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Vivía en un country de Zona Norte, vendió su casa en 24 horas y volvió a su pueblo: “El campo me salvó”

Andrea Aira (36) vivía en un country de Zona Norte con su familia, y trabajaba en una inmobiliaria. Cuando los gastos fijos fueron difíciles de sostener jamás creyó que en Saladillo, su ciudad natal, iba a reencauzar su vida.

Pasó de estar rodeada de mansiones, el asfalto perfectamente señalizado y la visita de los carpinchos en el patio, a convivir con el verde de la llanura bonaerense, los pozos de los caminos rurales y el olor de la hacienda.

Por una propuesta laboral de su hermano se bajó de los stilettos que usaba para vender propiedades, y ahora todos los días se pone las botas para trabajar en el campo.

“Jamás imaginé volver a vivir en el pueblo”

Yo era de las que veía bosta y sentía asco, y hoy no hay nada que me haga más feliz que llegar a casa y estar llena de tierra. Volví triste a mi pueblo, y cuando descubrí el campo, me enamoré”, contó en diálogo con TN.

Cuando se instaló en Saladillo, Andrea trabajó en marketing; hizo tareas administrativas en una panadería que tenía unos 20 empleados; y su hermano le propuso ocuparse del campo. Lo que al principio le pareció una idea descabellada, hoy es el leit motiv de sus días.

“Por estar en el rubro, la casa del country la vendí en menos de 24 horas. Jamás imaginé volver a vivir en el pueblo, me aburría acá y empecé a pensar qué podía hacer. Por mi hermano empecé completando planillas, pagando a provedores y él se dio cuenta que yo podía hacer más cosas”, detalló Andrea.

“Eso que muestro en redes es lo que soy”

Su transformación fue rotunda. Antes todo “le daba impresión”, y después de animarse a “ensillar sola un caballo” empezó a incorporar más actividades del agro.

“Cuando me separé empecé a ir al campo, y el campo me salvó porque siempre hay algo para hacer. Si no lo hubiese tenido, iba a seguir tirada en el sillón, y si me preguntás, no vuelvo más a Capital. Yo no podía ni ver una jeringa, y ahora vacuno, curo a los terneritos... Hago todo menos tacto”, dijo.

Andrea asegura que aprendió “desde cero”, y que a las hectáreas de su familia había ido, como mucho, dos veces en su vida.

“Eso que muestro en redes, es lo que soy. En los pueblos se necesita gente para trabajar, y no es necesario tener tierras. Laburo hay, y lo que hay que tener es ganas de aprender”, reflexionó.

Fuente: TN

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Tenía 16 años, 30 dólares y creó un emprendimiento que lo sacó de la depresión

Hay historias de emprendedores que nacen en garajes, otras que empiezan con grandes inversiones y planes de negocio cuidadosamente diseñados, y después está la de José Huguet, de 24 años, que empezó en silencio, sin capital, sin manual y sin siquiera saber usar Excel, mientras intentaba salir de uno de los momentos más difíciles de su vida.

En ese tiempo no había emprendimiento, marca, clientes, ni planes de expansión, era solamente un adolescente intentando entender qué hacer con su vida mientras encontraba un único refugio posible en el deporte. “El básquet fue lo que me reflotó de esa situación”, recuerda en diálogo con TN, y esa frase funciona como una llave para entender todo lo que vino después.

La idea apareció casi por accidente cuando quiso comprarse un calzado que no conseguía en ningún lado. “No había, nadie traía las zapatillas, y empezamos a escuchar en el club que todos estaban en la misma”, cuenta. Lo que para muchos era una dificultad de mercado, para él fue una pregunta inevitable: “si nadie las trae, ¿por qué no hacerlo nosotros?".

El clic que cambió todo

“Tenía 16 años y estaba en una especie de crisis existencial de la adolescencia. Llegaron incluso a diagnosticarme depresión”, explica. Y lo dice sin dramatismo, como quien mira hacia atrás y reconoce un paisaje que ya no habita pero que fue determinante.

La depresión no llegó de golpe, sino de manera progresiva, casi imperceptible, como una suma de pequeñas cosas no dichas, de conflictos entre amistades, romances, problemáticas adolescentes, de emociones guardadas y de noches cada vez más largas. “Dormía dos o tres horas durante meses, no hablaba con nadie, lo tapaba todo, lo empujaba abajo de la alfombra”, contó.

Pero un día, en su Rosario natal, ocurrió algo que él todavía describe como un quiebre emocional más que como una decisión racional: “Tuve un clic en el que dije: ‘Nadie me va a venir a rescatar acá, tengo que salir yo’”.

Su primer “modelo comercial” fue, en realidad, un acuerdo improvisado con un vendedor que ya tenía stock y no lograba moverlo. “Le dije: ‘Yo publico tu catálogo y vemos si se vende algo’. No tenía plata, no tenía nada que perder. Simplemente intentar”.

Durante casi un mes subió contenido todos los días a Instagram mediante su cuenta Hoop Shoes -que hoy cuenta con 164 mil seguidores- en una época en la que todavía no existían los reels ni la lógica actual de los algoritmos en las redes sociales. Con la constancia casi obsesiva de quien necesita que algo funcione, Josi, como lo llaman sus amigos, vendió su primer par. Ganó 30 dólares.

Aprender haciendo, equivocarse rápido

El crecimiento no fue inmediato ni ordenado, sino una sucesión de pequeñas pruebas que se retroalimentaban. Vendió tres pares el segundo mes, veinte al cuarto, leyó su primer libro de ventas, buscó tutoriales en YouTube y empezó a aplicar todo el mismo día que lo aprendía.

“Era adictivo, aprendía algo y lo aplicaba, veía resultado y quería aprender más”, explicó. Sin formación empresarial, sin pasar por la universidad y con una educación secundaria orientada a humanidades, el aprendizaje fue completamente autodidacta.

“No sabía ni usar un Excel, pero tenía el negocio andando y necesitaba entenderlo, entonces aprendía porque lo necesitaba y porque sentía que eso podía crecer”, reconoció.

Primero vendió productos de otros, después comenzó a importar a pedido desde Estados Unidos, más tarde convirtió la casa de sus padres en depósito improvisado, hasta que su mamá puso un límite doméstico inolvidable. “Un día me dijo: ‘Tengo pelotas de básquet en la cocina, ¿qué hacemos?’”.

Ese fue el primer indicio de que aquello ya no era un experimento adolescente.

El crecimiento que se volvió comunidad

El salto llegó con la pandemia, aunque no de la manera tradicional. Mientras el deporte se detenía, las canchas se vaciaban y las ventas desaparecían, él decidió hacer algo que no generaba ingresos inmediatos pero sí construía identidad.

“Vender no voy a vender, pero pensé que al generar contenido podía entretener a la gente que estaba encerrada”, precisó. Hizo vivos, desafíos, sorteos, videos, habló con su audiencia como si fueran compañeros de equipo y no clientes.

Cuando el básquet volvió, esa comunidad ya existía: “La gente volvió a jugar y vino en oleada a comprarme a mí porque ya habíamos generado un vínculo”.

Ese nexo terminó transformándose en una estructura real, con equipo de trabajo, logística, producción textil propia y un local que dejó de ser solamente un punto de venta, para convertirse en un espacio cultural.

Hoy son más de diez personas trabajando en el proyecto, incluido su propio padre, a quien sumó cuando la empresa necesitó ordenarse y profesionalizarse. “Lo contraté a mi viejo, es mi mano derecha, él me ayudó a estructurar todo lo que yo había hecho medio a los tumbos”, cuenta con orgullo.

Volver siempre al origen

En el camino probó otras ideas, lanzó marcas que no estaban directamente relacionadas con el básquet y hasta logró que funcionaran, pero algo no terminaba de cerrar: “Me di cuenta de que me estaba alejando de mi núcleo, de lo que yo era”.

Tomó entonces una decisión difícil pero coherente: vender su parte de Hoopers Brand y volver a enfocarse completamente en el universo que lo había sacado adelante.

Hoy no solo vende indumentaria gracias a Goat Brand, sino que produce ropa especializada, genera contenido, impulsa torneos y está desarrollando un espacio con media cancha integrada dentro del local, además de una cancha completa en otro predio pensada para alquiler, competencia amateur y desarrollo cultural del deporte en Rosario.

La idea no es solamente comercial, sino casi una misión personal. “Quiero seguir impulsando el básquet y darle cosas al deporte en sí”, resumió.

En ese recorrido, incluso logró colaboraciones de indumentaria con figuras de la Generación Dorada como Facundo Campazzo y Andrés Nocioni, e incluso jugar en un torneo amateur contra el cantante de trap, Duki. Experiencias que menciona con naturalidad, como si fueran parte lógica de un camino que, visto desde afuera, parece vertiginoso.

Lo que quedó de aquel adolescente

A pesar del crecimiento, los viajes y los proyectos en expansión, Josi insiste en que la mayor transformación no fue económica, sino personal.

“No me arrepiento de nada, porque todo lo que hice y se dio me trajo hasta acá”, explicó con una convicción serena, lejos del discurso motivacional prefabricado.

De aquella etapa oscura conserva una enseñanza que hoy funciona como brújula: entender que todo es transitorio. “Si estás en el mejor momento de tu vida, disfrutalo, pero mantenete humilde porque mañana puede cambiar; y si estás mal, también va a pasar”.

Esa idea de no sobrerreaccionar ni al éxito ni a la crisis se volvió su forma de tomar decisiones, especialmente en un país atravesado por inestabilidad constante: “Hubo un montón de momentos malos, económicos, personales, de todo, pero entendí que son ciclos”.

Una oportunidad más

Cuando mira hacia atrás, el punto de inflexión no fue la primera venta ni el primer local, sino un instante mucho más íntimo, casi invisible, que ocurrió cuando tenía 16 años. “Me di una oportunidad más”, sostiene.

Esa oportunidad fue hablar después de mucho tiempo de silencio, empezar terapia, volver a entrenar, animarse a probar algo sin garantías y sostenerlo incluso cuando parecía insignificante.

Lo que vino después —la tienda, el equipo, las marcas, la cancha en construcción— fue consecuencia de haber tomado aquella decisión inicial, la más difícil de todas, la de seguir.

Y quizá por eso su historia no se explica en números ni en metros cuadrados de depósito, sino en algo menos medible pero más profundo: convertir una búsqueda personal en un proyecto colectivo donde, como le gusta repetir, “soy un jugador de básquet que le vende a otros jugadores de básquet”.

Fuente: TN

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Tiene 23 años, la echaron del trabajo y creó una pyme para mujeres electricistas: “En un día gano $200 mil”

Hay una imagen que a Oriana todavía le genera una sonrisa: la de verse frente al espejo con la ropa de trabajo, transpirada y con las manos curtidas por el polvo de las paredes.

Ella, que siempre fue de las camisas de lino y las uñas impecables, hoy porta el uniforme de electricista con una honra que no le dio ningún escritorio. “Yo soy Oriana, tengo 23 años y vivo en Virreyes. Acá arrancó mi carrera, pero antes de los cables, mi realidad era otra”, dijo a TN, mientras recuerda que 2025 empezó como una pesadilla y terminó siendo el “click” que le salvó la vida.

Todo se precipitó en abril del año pasado. Oriana trabajaba en el sector de ventas de una pyme gráfica, un empleo que buscó para tener la seguridad de un sueldo fijo mientras empezaba a construir su hogar. Pero la crisis no perdona a los nuevos: “Hubo un recorte de personal y, como había entrado hacía nada, fui de las primeras afectadas”. Lo que siguió fueron 90 días de una angustia silenciosa.

Estuve tres meses sin laburo. No salía absolutamente nada”, recordó. La desesperación la llevó a una búsqueda ciega: tiraba currículums por aplicaciones, por internet y de forma presencial, incluso en la misma gráfica que la había despedido.

“Estaba súper deprimida, encerrada en un cuarto, me estaba comiendo la cabeza. Mi novia se la bancó como una campeona, pero yo sentía la presión de que nos estábamos por mudar solas y no tenía un peso para los impuestos ni para la comida”, explicó.

La chispa apareció en su propia casa en construcción. Mientras Gabriel, su suegro, instalaba el cableado, Oriana se acercó para distraer la mente. Lo que empezó como una curiosidad terminó en una clase magistral. “Gaby me enseñó a conectar una lamparita y un enchufe. Cuando vi que prendía, me sentí una genia. En ese momento fue un manotazo de ahogado que me rescató del pozo”, indicó la joven.

Ese primer circuito fue el inicio de una formación profesional. Se anotó en un curso de electricista domiciliario en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) de San Fernando y pasó meses entre cables y tableros.

“Lo que más me costaba era entender cómo poner la tecla de luz y el enchufe juntos en una misma caja, ¡era una ciencia que me explotaba la cabeza!”, confesó entre risas. Pero la técnica llegó con la práctica: aprendió sobre fotocélulas, prolijidad en los empalmes y la importancia de la seguridad.

Electrilindas: el proyecto que cambió su vida

El nombre de su pyme surgió de una charla al pasar. Su novia, viendo su entusiasmo, soltó un nombre que parecía una broma: Electrilindas. “Me quedó resonando. Sentí que tenía un potencial enorme, más allá de ser solo una chica electricista”, explicó.

Con el título en mano y el apoyo de Gabriel —quien todavía le presta el atornillador y el sensor de tensión—, Oriana decidió lanzarse a las redes. Subió un video a TikTok un lunes cualquiera, sin mucha fe, y para cuando se quiso dar cuenta, su vida ya no era la misma: “Ese video explotó por todos lados. De un día para el otro, con una mínima acción, todo cambió”.

Hoy, la joven de Virreyes no solo es una inspiración para otras mujeres —le escriben desde padres cuyas hijas quieren estudiar el oficio hasta colegas de España—, sino que logró una independencia económica impensada. “Por día, haciendo laburos simples de ocho o nueve horas, estoy sacando entre 150 y 200 mil pesos”, cuenta con orgullo.

La diferencia con su antiguo empleo es abismal. “Tengo una obra grande ahora en marzo y voy a ganar en una sola semana lo que ganaba en un mes entero en la gráfica”. Sin embargo, lo que más valora es la confianza que genera en sus clientas: “La mayoría son mujeres que viven solas y no quieren meter a un extraño en su casa. Se genera una fraternidad muy linda, es como ir a arreglarle algo a una amiga”, sostuvo.

Oriana ya no mira los avisos clasificados. Ahora estudia para matricularse y proyecta expandir su pyme a todo el país, trabajando codo a codo con otras mujeres plomeras y albañiles.

Su mensaje para quienes hoy están en ese cuarto oscuro donde ella estuvo es claro: “El sueldo fijo te da tranquilidad, pero a veces te detiene. El día que me la jugué, cambió mi panorama por completo. Si lo hacés con dedicación y te formás, no te puede ir mal”.

Fuente: TN

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La abandonaron al nacer y 32 años después quiere encontrar al hombre que la salvó: “¿Dónde estás?"

El relato de sus padres sobre su origen fue natural, casi poético. “No hubo una charla formal. Tengo grabado estar acostada con mi mamá y que me dijera: ‘Vos sos hija de acá’ y se señaló el pecho, ‘y no de acá’ y se señaló la panza. Con eso entendí todo", recuerda.

Al hablar de sus padres, la voz de la joven de Banfield se llena de orgullo. Describe a su madre como “el ser más bueno de la tierra” y una mujer de “ternura silenciosa que no hace ruido pero sostiene todo”.

Su padre, que falleció hace dos años, era quien le aportaba el carácter y las lecciones de vida. “Él no me contaba cuentos, me contaba historias de su barrio. Éramos muy compañeros. Soy una mezcla perfecta de los dos: de ella heredé lo amorosa y de él el carácter”, dice emocionada.

Cuenta que una prima la definió una vez como “la más esperada y amada”. Ella siente que esa frase resume su infancia mejor que cualquier descripción. Sin embargo, en la adolescencia empezaron las preguntas.

A los 16 o 17 años, aprovechó un trabajo práctico de la materia Derecho para indagar cómo había sido su adopción. Su mamá solo respondía lo básico: que la habían abandonado en la calle. No había más detalles. Fue a los 23, después de una jornada electoral, que su papá sintió que ella estaba lista y le entregó la sentencia de adopción. Fue la primera vez que leyó un nombre, una dirección y una hora.

Florencia descubrió que su hallazgo no había sido “visible” o a plena luz del día como ella imaginaba, sino en la soledad de la noche y gracias a la curiosidad de esos chicos que alertaron a Luis.

“Me encontraron llorando, envuelta en una mantilla (así lo describe la sentencia) y apoyada en el suelo. De ahí me llevan a la seccional policial y después me trasladan al Hospital Fiorito, donde, según las evaluaciones médicas, tenía entre 24 y 48 horas de nacida. También detallan que esa mantilla no correspondía a ningún hospital, que era más como un pañal o una sábana casera”, describe.

El impacto de conocer el lugar exacto del hallazgo fue tan profundo que decidió grabárselo en la piel: se tatuó las coordenadas de la calle España al 500. “Es mi punto de inflexión. Es el primer dato concreto de mi existencia”, reflexiona.

Y agrega: “Tener esas coordenadas tatuadas es reconocer ese inicio que siempre va a formar parte de mí, aunque no tenga todos los detalles previos. Es también reconocer que, gracias a ese momento, se construyó todo lo que vino después: mi familia, mi hogar, mi historia”.

En 2020, en plena pandemia, con el mundo en pausa, Florencia sintió que era el momento de iniciar su búsqueda. Hubo un disparador inesperado: la serie “Anne with an E”, la historia de una niña huérfana adoptada que enfrenta muchos prejuicios. “Me despertó una incomodidad linda”, explica. Publicó su historia en el grupo de Facebook “¿Dónde estás?“ y en horas, se volvió viral.

De Luis sabe poco: nacionalidad uruguaya y 39 años al momento del hallazgo. Nada más. “A lo largo de estos años me ha llegado muchísima información que me hace sentir cerca de encontrarlo”.

Florencia busca a Luis para agradecerle y volver a sentir algo especial: “Creo que, si alguna vez me levantó en brazos y hoy llego a repetir ese abrazo, mi cuerpo lo reconocería. Ese calorcito debe estar guardado en algún rincón mío“.

La joven explica que en la zona donde fue abandonada había conventillos uruguayos: “Tal vez él recuerde algo, alguna situación, algún detalle mínimo, que pueda aportar a mi búsqueda. A veces, un dato chiquito puede abrir una puerta enorme”.

A la par de Luis, Florencia espera encontrar algún dato sobre su familia biológica, pero aclara con firmeza que lo hace lejos del odio y los rencores: “Es curiosidad, no reclamo. Quiero entender qué pasó, cuál era el contexto. Si no encuentro nada, al menos me queda la paz de haberlo intentado”.

A los 32 años, con el apoyo de su madre y el recuerdo de su padre, Florencia sigue caminando las calles de Avellaneda para completar sus “páginas en blanco”. “Es eso, es recuperar piezas que son mías, conocer mi origen y seguir escribiendo mi historia con más verdad”, cierra.

Fuente : TN

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