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Viven en un hogar para adultos mayores y lanzaron su canal de streaming: “¿Cómo nos íbamos a imaginar estar en YouTube?”

Roberto parece distraído, cansado, o las dos cosas. Tiene 88 años y alguien empujó su silla de ruedas para ayudarlo a quedar en el lugar indicado de la mesa. Parece distraído o cansado hasta que escucha su nombre, la contraseña de que ha llegado su turno para hacerse escuchar. Entonces, como un rayo, la sonrisa le atraviesa la cara y ese pensamiento que venía cocinando se traduce en palabras que elige con calidez, con convicción y sin apuro. En un rato dirá que lo que tiene para transmitir, sobre todo, es “sabiduría, experiencia e historias”.

El cartel luminoso que dice “Estudio Ledor” está tan encendido como los micrófonos y las cámaras. Un operador pone las cortinas musicales y hace la seña de que es momento de hablar. Entonces, según de quién sea el turno, Mirta, Moshé, Lidia, Héctor o Roberto se acercan al micrófono y hacen lo suyo. Comentan las noticias del día, cuentan las peripecias de algún viaje que los llevó a alguna tierra lejana y hasta exótica, aconsejan a los que se comunican con el “Consultorio de Expertos” del que participan.

Hablan de la música y de los músicos que admiran, de los tiempos que pasaron y de los que corren, de los temas actuales que eligen estudiar para mantenerse al día. Cuentan chistes que rematan la emisión del día, contraponen sus miradas, se ponen de acuerdo, disienten, se escuchan y se hacen escuchar. Aflojan la espalda contra el respaldo de la silla cuando el operador hace la seña de que la grabación terminó. Agarran el bastón o el andador, si les hace falta, y salen del estudio al que tanto les gusta volver.

“¿Cómo nos íbamos a imaginar que de un taller de radio de repente se iba a armar esto? De repente hay que armar una columna, nos escuchan, nos hacen notas. ¿Cómo nos íbamos a imaginar estar en YouTube o en Instagram? Era imposible, y acá estamos, miranos”, dice Mirta Rosemberg, una de las participantes del taller de radio que empezó hace unos cuatro meses en el hogar para adultos mayores de la Fundación Ledor Vador, y que lanzó su canal de streaming hace apenas algunas semanas.

Cada semana, entre veinte y cuarenta y cinco personas forman parte de ese taller en la residencia en la que viven, con mayor o menor grado de autonomía, unas trescientas personas. Algunos de esos participantes se animaron a más: además de sumarse al taller, se meten algunas veces por semana al flamante estudio de streaming que el hogar, una institución ya emblemática dentro de la comunidad judía, inauguró tras recibir una donación que destinaron a esa innovación en su edificio de Chacarita.

“Para mí esto de hacer radio es una sorpresa enorme. Yo estoy en el hogar hace dos años y me engancho en todas las actividades. A esta vengo con mucho entusiasmo, con muchas ganas. La radio está en mi vida desde que tengo uso de razón: era el sonido de mi infancia y me acompaña hasta hoy. La prendo y escucho cada mañana. Y ahora resulta que me ponen un micrófono delante y, por un rato, me creo un cronista. Un hombre de radio. A mis hijos les pregunto si se van a bancar tener un viejo famoso y nos reímos”, cuenta Roberto Pinkus, que se dedicó toda su vida al diseño textil, el oficio que heredó de su padre.

Elías “Moshé” Eisenclach tiene 88 años como Roberto. Vivió en un kibutz, fue tornero y trabajó como viajante de juguetería durante casi cuatro décadas. Desde Neuquén hasta La Quiaca, en auto, siempre con la misma compañera: la radio. “La primera vez que vine al taller no me gustó, pero volví. Y me enganché, me empecé a sentir cómodo. Ahora la radio se ve, pasó por muchos cambios tecnológicos pero sigue ahí, haciendo compañía”.

Moshé es el especialista en llevar humor a la mesa del streaming, además de uno de los comentaristas más frecuentes de “A diario”, el ciclo del canal Estudio Ledor en el que algunos de los residentes del hogar discuten algunas de las noticias del día. Puede ser la historia de un hombre que decidió casarse con sí mismo o el crecimiento constante del consumo de huevos entre los argentinos: Moshé, Lidia, Mirta, Horacio o Roberto siempre tienen algo para aportar delante del micrófono y la cámara.

“El taller de radio surgió sobre todo para trabajar la autoestima y el empoderamiento de quienes quieran participar. Es cierto que les damos herramientas del lenguaje radial, pero sobre todo trabajamos en que se animen a decir, a combatir lo que a veces es incluso el autoprejuicio de ‘¿qué va a tener para decir este viejo?’, que está basado en una mirada que efectivamente existe hacia la vejez”, describe Gabriel Katz, especialista en gerontología y responsable del proyecto Estudio Ledor.

“La representación de los viejos en la sociedad y en los medios de comunicación es que son los jubilados o las víctimas de una entradera en una casa. Todo eso existe, pero también hay otra versión de las personas mayores: los que tienen historias para contar, deseos de aprender y de compartir lo que ya saben, inquietudes e intereses que no sabían que tenían”, suma Katz, y agrega: “Venimos del paradigma de asilos, un lugar que funcionaba como antesala de la muerte, como un ‘depósito de viejos’. Eso va cambiando y aparece la idea de ‘entró en la residencia y se fue para arriba’ en vez del ‘se fue para abajo’ de antes”.

Según el especialista, existe un prejuicio alrededor de los adultos mayores, por parte de la sociedad e incluso de ellos mismos, que implica despreciar las ideas que puedan compartir. “¿Sabés cuántos dicen ‘a nadie le va a importar lo que pensamos porque somos viejos’? Tratamos, a través de muchas actividades, de desmontar esa idea. Y el streaming busca que tengan una voz, que sean parte de la conversación que hasta ahora no los incluye”, describe Katz.

Lidia Brodsky tiene 89 años y vive hace tres en el hogar de la fundación. Se internó junto a su marido, cuya salud se había deteriorado. Él murió al mes de llegar y ella decidió quedarse. Quiso ser bailarina clásica pero a su padre le pareció que iba a ser muy buena, que iba a viajar por el mundo, que iba a llevar una vida demasiado libre. Estudió algunos años de Arquitectura, crió a sus hijos, se convirtió en profesora de yoga y abrió su propio centro cuando la disciplina aún no se había popularizado.

“En el hogar me invitaron a dar clases y di algunas. Participo de muchos talleres: teatro, periodismo, huerta. Y me sumé al de radio. Ahora tengo mi columna: ‘Los viajes de Lidia’. Tuve la suerte de viajar mucho, así que conté por ejemplo cuando estuve en Egipto, en la zona de las tumbas de los faraones, o en Marruecos. Escribo sobre los viajes y con eso armo la columna”, explica.

También, como Roberto, Mirta, Héctor y Elías, ha participado de la mesa del “Consultorio de Expertos”. En ese segmento, oyentes y visitantes del hogar dejan sus dudas para que los más experimentados les hagan sus recomendaciones. A veces se trata de la mejor comida para preparar rápido si uno vive solo, a veces se trata de si conviene o no estrechar lazos románticos en el trabajo. Siempre alguien -o varios- en la mesa tienen algo para aportar, entre el humor, el consejo y la total asertividad.

Mis nietos me cuentan que me vieron en sus teléfonos, que les gustó. Están contentos con esto que estoy haciendo, y me lo demuestran. Me doy cuenta de que de repente escuchan los consejos que damos y se quedan con algo de eso”, cuenta Lidia.

Mirta Rosemberg es profesora de Historia. Dio clases en escuelas secundarias y en la universidad. Hasta hace no mucho tiempo, salía dos veces por semana del hogar de la Fundación Ledor Vador para ir a participar de distintos cursos en el Club Náutico Hacoaj. “Pero ahora voy una sola vez, dejé talleres como el de literatura, porque me quedo en el hogar para no perderme el taller de radio. Me encanta lo que hacemos, no me imaginé a dónde iba a llegar”, cuenta.

“A mí me propusieron que hiciera una columna sobre Historia, pero enseguida propuse otra cosa. Yo no quería que la columna fuera sobre algo aprendido, sino sobre algo por aprender, así que mi idea fue que sea sobre algún tema de actualidad. No sobre una noticia del día, pero sí sobre temas que son actuales ahora mismo: hice sobre Inteligencia Artificial, por ejemplo. Yo para armar una columna de cinco minutos leo toda la semana, investigo, me compro algún libro. Entonces eso me mantiene activa, pensando, aprendiendo, conociendo cosas nuevas”, describe Mirta, la más joven del grupo más estable de Estudio Ledor: tiene 79 años.

Héctor Copman es contador público y tiene 85 años. Siempre fue un aficionado a la música y tuvo sus años de pescador. “Ahora me dedico a la radio. Ad honorem, por ahora”, dice, y él y todos sus compañeros de proyecto se ríen. También se van a reír (mucho) cuando Lidia haga el esfuerzo de recordar el nombre de un escritor pero no lo logre. “Esto me pasa todo el tiempo, se me escapan los nombres”, va a decir, y Mirta, rápida, responderá: “No te creas muy original, eh”.

Copman vive hace más de dos años en el hogar y su columna, “La escena”, es biográfica: cuenta la vida de músicos y de humoristas que admira. La que más le gustó hacer fue sobre Lalo Schifrin, también disfrutó la de Astor Piazzolla.

“Todo lo que sea un proyecto nuevo a esta altura de la vida es estimulante y genera entusiasmo. Todos nosotros estuvimos ocupados toda la vida y ahora el tiempo sobra, uno a veces no sabe qué hacer con el tiempo. Entonces tener una actividad, y que encima otros la valoren, se siente muy bien”, reflexiona Héctor.

Por ahora, el canal de Estudio Ledor no transmite en vivo. “Los contenidos llegan a YouTube y a Instagram después de un proceso de curaduría y edición de nuestro equipo de Comunicación”, describe Jéssica Presman, coordinadora de Programas de la Fundación Ledor Vador. Allí pueden verse algunas emisiones de “Consultorio de Expertos”, “A diario”, “Mirta hoy”, “La escena” y “Los viajes de Lidia”.

“En muchos casos, los años de la vejez son años de soledad no deseada”, coinciden Presman y Katz. Compartir el espacio físico y algunas actividades cotidianas es una vía para que ese escenario solitario no sea el único posible para una población que, en medio de un envejecimiento demográfico casi global, se ensancha.

“La población de todo el mundo está envejeciendo. ¿Cómo puede ser entonces que los viejos no sean parte de la conversación?”, subraya Katz. Roberto, Mirta, Moshé, Lidia y Héctor -“los Cinco Fantásticos”, como los llaman algunos en los alrededores del Estudio Ledor-, son algunos de los que se animaron a sumarse a la conversación. Así que están atentos a las señas del operador, a los pies que les dan sus compañeros para que empiecen a hablar y a las preguntas que mandan los que los escuchan y los ven. Esos a los que Mirta ya llama, con cariño y seguridad, “la oyentada”.

Fuente: Infobae

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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

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