Redes Sociales

Actualidad

Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

Actualidad

Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Actualidad

La increíble historia de Celeste: tiene 15 años, vive en una comunidad originaria de Misiones y se recibió de árbitra

El fútbol es una máquina de sueños inagotable. Así se presenta también para Celeste Núñez, una chica de apenas 15 años que vive en la comunidad originaria mbya guaraní de Misiones y que, tras dar sus primeros pasos como jugadora, hoy sueña con convertirse en árbitra profesional y llegar a los estadios más grandes del mundo.

“Desde los 11 años que el fútbol es mi pasión”, le dijo Celeste a TN desde la casa que comparte con su mamá Laura, su papá Marcos y sus ocho hermanos.

Hace cuatro años, Celeste fue seleccionada para integrar uno de los equipos femeninos del Municipio de Fracrán en las Ligas Interculturales, un encuentro de fútbol que reúne a todas las comunidades originarias de Misiones. El conjunto, además, juega también a nivel local bajo el nombre de Paula Mendoza, en homenaje a la esposa del primer cacique de su comunidad. La aldea se conoce como Paí Antonio Martínez y está compuesta por unas 140 familias. Allí viven unas mil personas, sobre la ruta nacional 14.

La joven, que empezó a jugar en su equipo como delantera y luego alternó posiciones como mediocampista, pronto empezó también a interesarse por el arbitraje. ”Mis ganas de ser árbitra nacieron por el gran amor que siento por el fútbol y porque quería conocer el deporte desde otro punto de vista”, explicó.

Marcos, el papá de Celeste, jugó al fútbol a nivel local hasta los 34 años. Tras dejar la actividad, se volcó al arbitraje. A sus conocimientos prácticos le sumó la teoría, aprendida en el curso que hizo en San Vicente, una localidad cercana a Fracrán. Hasta allí también llegó hace un tiempo la joven que, con clases dos veces al mes, logró obtener su diploma de árbitra: “En ese curso estudiamos todas las reglas que se ponen en juego dentro de la cancha”.

El primer partido de Celeste como árbitra

El debut de Celeste en el arbitraje fue como asistente (jueza de línea) en un partido de fútbol infantil masculino en la localidad de San Pedro. Sin embargo, su experiencia fue algo problemática: “Me puse nerviosa y nos terminaron corriendo a todos de la cancha”, relató hoy ya con cierta tranquilidad por el paso del tiempo.

Y precisó: “Yo estaba de jueza de línea y mi compañero, de árbitro principal. No cobré un offside. Después de eso paré un tiempo, pero no dejé de ir a la cancha para ver los partidos en los que dirigía mi papá”.

El papá de Celeste, además de trabajar en su chacra y en el Municipio de Fracrán, actualmente se desempeña como árbitro todos los fines de semana y es el único integrante de su comunidad en la Comisión de Árbitros de San Vicente. Dirige partidos los fines de semana en localidades como El Soberbio, San Pedro, Fracrán, San Vicente y Dos de Mayo, entre otras. Hasta allí va la joven para seguir formándose y, tal vez, tener alguna oportunidad de entrar a la cancha a dirigir.

Cómo sigue la carrera de Celeste

Cuando Celeste hizo el curso para ser árbitra, solo había tres mujeres en su clase. Ella, además, era la única de su comunidad. Ahora, tomó la decisión de dejar su equipo de fútbol y de no participar de la liga como jugadora, para poder ser designada como árbitra en algún partido.

La joven, cuya historia fue dada a conocer por el colectivo de fotógrafas llamado “Cuerpas reales, hinchas reales”, está decidida a dejar atrás ese mal trago de su debut oficial. Acompañando a su papá, logró entrar como asistente a algunos partidos y así va ganando confianza.

“Si no hay nadie, me voy con vos”, le dijo Celeste hace algunas semanas a su papá y se subió a la moto con él para recorrer los 120 kilómetros hasta El Soberbio. Con el equipo completo a cuestas (indumentaria, silbato, banderines, banderas del tiro de esquina) llegaron hasta la cancha a la que el juez de línea designado no pudo asistir. “Mi hija es árbitra”, le dijo Marcos a uno de los organizadores del torneo, que pronto dio el visto bueno.

“Tuve un poco de nervios, pero ya sabía lo que tenía que hacer y fue una experiencia muy linda”, reconoció la joven sobre esa nueva oportunidad que se le presentó en su carrera.

Celeste está cursando tercer año del secundario en una escuela que está dentro de su comunidad. “Me va muy bien. Hace poco retiramos los boletines y no me llevo ninguna materia hasta ahora”, destacó. En paralelo, quiere seguir creciendo en el arbitraje, siendo actualmente la única mujer de su comunidad que desarrolla ese rol: “Voy a seguir metiéndole las pilas para seguir estudiando”.

La búsqueda de oportunidades y el camino detrás de un sueño

“En mi comunidad no hay muchas oportunidades para seguir creciendo y yo quiero llegar a lo más alto”, sostiene Celeste. Con su tono firme, busca que no queden dudas de cuáles son sus ilusiones y sus aspiraciones.

Para Marcos, su papá, es importante poder ofrecerle una esperanza a su hija: “Nosotros la apoyamos emocional y económicamente, pero cuesta mucho. Queremos que la sociedad vea que los jóvenes de los pueblos originarios también tienen ganas de superarse y de tener un futuro”.

La expectativa de la joven es poder, en algún momento, recibir una beca o una invitación para seguir formándose en alguna escuela de árbitros profesional.

“Yo la animo, me comprometo y la llevo a las canchas de manera continua para que pueda dedicarse de lleno a esto y superarse”, señaló Marcos.

Con el italiano Pierluigi Collina como referente, Celeste no titubea cuando habla de su máximo sueño: “Me gustaría en unos años ir a dirigir en canchas de mundiales, como por ejemplo el Monumental. Quiero llegar a esos lugares”.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Actualidad

Se quedó pelado a los 9 años, vivía pendiente del espejo y una decisión le cambió la vida

Perder el pelo suele estar asociado con el paso del tiempo. Para muchos hombres, la caída comienza recién durante la adultez. Sin embargo, hay casos en los que el proceso aparece mucho antes.

Santiago Marzano tenía apenas nueve años cuando comenzó a quedarse pelado. Durante años probó distintos peinados para disimular la falta de pelo, hasta que a los 15 tomó una decisión que marcaría un antes y un después: se rapó por completo.

Hoy tiene 24 años y lleva más de la mitad de su vida siendo pelado. Lo que alguna vez fue motivo de preguntas, comentarios y miradas terminó convirtiéndose en una característica de su identidad y en una experiencia que ahora lo impulsa a acompañar a amigos y conocidos que atraviesan situaciones similares.

En diálogo con TN, Santiago contó de qué forma descubrió que estaba perdiendo el pelo, cómo vivió ese proceso durante su infancia y de qué manera logró aceptar su apariencia.

Cómo descubrió que se estaba quedando pelado

Su familia fue la primera en notar que algo era diferente con su pelo. “Desde muy chico, en los primeros años de mi vida, mi familia empezó a notar que algo no andaba bien en mi cabeza, porque siempre tuve muy poco pelo o pelo muy finito”, recuerda Santiago.

Con el paso de los años, él también comenzó a tomar conciencia de la situación. “Cuando empecé a tener uso de razón y empecé a compararme, a verme al espejo y demás, notaba que algo no estaba del todo bien”, cuenta.

Sus padres decidieron llevarlo a distintos especialistas. “Me llevaron con dermatólogos porque les preocupaba que, a tan temprana edad, me estuviera quedando pelado”, explica Santiago.

Después de realizarse diferentes estudios, llegó el diagnóstico: alopecia androgenética, de origen genético. “Todos los estudios concluyeron que era una alopecia androgenética, 100% genética y heredada, que no tenía ninguna otra complicación más allá de la cuestión estética”, señala.

La noticia fue un golpe para él. “A mí ya me estaba afectando bastante la situación y, cuando me comentaron que la única solución era un trasplante, pero que a mi edad era inviable porque era muy chico, la verdad que fue muy frustrante”, recuerda.

“Sentía que no encajaba”

Durante su infancia, Santiago no podía evitar sentirse diferente del resto. “Por mucho tiempo sentí que no era parte de la escuela, de mis compañeros y de los grupos que frecuentaba siendo tan chico. No me veía igual a ellos; notaba que era el único que tenía eso. Me costó mucho tiempo sentirme parte”, relata.

Aunque se recuerda como un chico sociable, la situación afectaba su manera de relacionarse con los demás: “Sentía que no encajaba porque era distinto, me veía mayor y era algo muy feo, muy frustrante para ser tan chico”.

Sin embargo, aclara que el sufrimiento no estuvo relacionado con las burlas. “En la escuela no me hicieron bullying; los pensamientos pasaban por mi cabeza y por dentro, no con los demás. Tuve la gran suerte de que nunca me hicieron bullying”, afirma.

Durante la primaria y la secundaria, Santiago hacía todo lo posible para ocultar su alopecia. “Fue una odisea mental. Era levantarme una hora antes para acomodarme el pelo y que quedara perfecto, para que no se me viera la pelada”, cuenta.

Cualquier situación cotidiana podía convertirse en un problema. “Si llovía, era el peor día de mi vida porque se me mojaba el pelo y se notaba; si tenía que transpirar en Educación Física o había viento, también”, recuerda.

Los recuerdos que más se le vienen sobre esa época son estar frente a su reflejo buscando el peinado perfecto: “Era todo el tiempo estar con un espejo cerca o reflejándome con el celular para verme si estaba todo en orden”.

Mantuvo ese ritmo hasta que un día no aguantó más: “Hice de todo hasta que a los 15 años tomé la decisión de que no daba para más y me rapé. Agarré la máquina y me pelé a cero. Fue como sacarme una mochila de encima”, destaca.

Para Santiago, pelarse no solo fue un quiebre, sino también un aprendizaje: “Cuando me pelé, acepté todo y empecé a vivir la mejor etapa de mi vida”.

Todo lo que cambió después de raparse

A día de hoy, Santiago reconoce que su experiencia le trajo mucho conocimiento y cambió su forma de ver las cosas: “Haber atravesado una situación así desde tan chico y no conocer a nadie que lo haya vivido me hizo muy resiliente”.

Y, al mismo tiempo, transformó su manera de afrontar la vida: “Siento que puedo enfrentar cualquier tipo de problema, porque el problema más grande que me podría haber puesto la vida fue quedarme sin pelo siendo tan joven”.

“Fortaleció mucho mi carácter, mis convicciones. No me importan los comentarios ajenos, las miradas ajenas, nada”, destaca Santiago.

No solo lo inspiró, sino que también cambió su percepción sobre los demás: “Cambió mucho mi tacto y mi mirada sobre los demás, sobre todo con las personas que son diferentes o tienen una cualidad distinta al resto. Me dio mucha empatía y siento que falta bastante en la sociedad”.

Su mensaje hacia su yo del pasado es claro: “Si yo tuviera a ese Santi de nueve años enfrente, le diría que es un bajón, que lo entiendo, que es algo muy triste y difícil de aceptar, pero que cuanto antes se pele y lo acepte, va a ser mucho mejor”.

A los 24 años, Santiago mira hacia atrás y encuentra una conclusión diferente a la que tenía durante su infancia: “Por más que sea una diferencia estética que te marca, todo está en la mente y con personalidad se llega a todos lados”.

Fuente: TN

Sigue leyendo
Advertisement

Nuestro Clima

Facebook