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Tuvo un accidente en moto, perdió una pierna y tardó 15 años en hacer rehabilitación: el encuentro que le cambió la vida

Cuando se despertó del coma, el 8 de enero de 2008, Alberto Petrak (42) no recordaba quién era ni qué le había sucedido. Había pasado 23 días intubado en terapia intensiva. Sus padres y sus hermanas lloraban cada vez que entraban a verlo. “¿Qué pasó?”, fue lo primero que les preguntó cuando pudo volver a hablar. Nadie se animaba a contestarle. Semanas antes, había salido a dar una vuelta en su moto y un auto frenó de golpe frente a él. El impacto lo hizo volar más de 25 metros. Al abrir los ojos, lo último que esperaba era descubrir que le faltaba una pierna.

Se están por cumplir 18 años del accidente y Alberto escucha la pregunta: “¿Quién eras vos en ese momento, cómo era tu vida?”. Sentado en una cafetería del microcentro porteño, busca hacia atrás en el tiempo y todavía se emociona al recordar. “Era un chico de 24 años que tenía una vida muy activa: jugaba al fútbol, al pádel y salía con mis amigos. Vivía el presente con alegría pero, sobre todo, con libertad. La libertad de hacer lo que quería. La moto, de alguna manera, representaba todo eso”, le cuenta a Infobae.

Alberto no dice que el accidente lo volvió mejor persona, ni habla de grandes lecciones. “Si pudiese volver el tiempo atrás, quisiera que esto nunca hubiese ocurrido”, asegura. Para él, la pérdida fue brutal: le llevó años aceptarla y aceptarse. Las limitaciones que trajo la amputación fueron muchas y crueles. “Me convencí de que el dolor iba a ser parte de mi vida para siempre”, explica. En ese momento no sabía que todo ese sufrimiento podía haberse evitado. La prótesis que le dieron no era la adecuada, pero tardó años en descubrirlo. Y más aún en volver a caminar sin dolor.

Un antes y un después

Alberto nació en la localidad bonaerense de Lomas de Zamora y es el menor de cuatro hermanas mujeres. Hijo de un albañil y una empleada doméstica, creció en un hogar donde nunca faltó, pero tampoco sobró nada. A los 24, antes de que su vida cambiara para siempre, trabajaba como administrativo en una empresa de transporte y se debatía entre seguir con la licenciatura en Planificación Logística en la Universidad Nacional de Lanús o arrancar el profesorado de Historia en Adrogué. “Siempre anhelaba mejorar la situación económica”, dice.

El día del accidente —el 16 de diciembre de 2007— había ido a jugar al fútbol y, después de bañarse, fue a tomar unos mates a lo de su mejor amigo, que vivía en su misma manzana. Se quedó a cenar, pero en vez de volver a su casa, decidió ir a dar una vuelta con la moto. “De regreso, un auto frenó delante de mí de forma imprudente y no pude parar. La moto pasó de largo y le pegué con la pierna izquierda, arriba de la óptica trasera. Salí despedido unos 25 metros hasta el cordón de la vereda”, cuenta.

La noticia de la amputación la recibió casi un mes más tarde, cuando despertó de un coma que duró 23 días. “Veía que mi familia entraba a verme y lloraba. En un momento se acercó el doctor a hacerme unas curaciones. Me incorporé y noté que me faltaba una pierna. ‘Debe ser un sueño. Me voy a dormir y cuando despierte, va a haber pasado’, pensé. Y trataba de dormir, pero no podía”. Según le explicaron, las fracturas expuestas, combinadas con el contacto con el agua estancada de una zanja, derivaron en una infección generalizada. “Empezaron a amputar desde el tobillo y terminaron por encima de la rodilla. Por suerte me quedó parte del fémur, que hoy me sirve de palanca”, explica.

Fue el trauma más grande de mi vida —asegura Alberto—. Me levanté y había una parte de mi cuerpo que ya no estaba. Enseguida me puse a pensar en el laburo, en la familia, en mis amigos, y dije: ‘Bueno, se terminó acá. El juego se terminó acá’”.

La prótesis que recibió meses más tarde fue “básica” y el seguimiento por parte del médico ortopedista, distante. “Me mostró cómo se colocaba el equipamiento y listo. ‘Esto se pone así, meté el muñón acá, tocá este botón y tratá de buscar equilibrio’. ¿Viste los instructivos para armar un mueble? Bueno, así”, cuenta. Como si fuera poco, perdió el juicio contra el automovilista. “No cobré ningún resarcimiento económico, así que me costó muchísimo recomponerme. Tampoco pude hacer rehabilitación. De hecho, no la hice. La empecé en 2022”.

—¿Y mientras tanto?

—Caminaba como podía.

Vivir con dolor

En marzo de 2008, Alberto regresó a su casa en una silla de ruedas. En agosto, le retiraron los tornillos del tutor que le habían colocado en el fémur. Esos cinco meses los pasó encerrado. “Lo único que hacía era comer y dormir. No quería que nadie viniera a verme”, cuenta.

Volvió a trabajar en octubre. No por deseo, sino por necesidad. “La situación económica familiar era crítica y, al no tener sueldo, empecé a ser una carga para mis padres”, explica. Moverse en la calle fue duro. El colectivo que lo llevaba hasta la empresa paraba a tres cuadras de su casa y lo dejaba a cinco del trabajo. “Andaba con muletas porque no sabía caminar con la prótesis: iba como en el aire”, dice.

A pesar del esfuerzo diario, seguía sin las herramientas básicas para adaptarse a su nueva condición. La rehabilitación —un proceso fundamental para recuperar la movilidad, la autonomía y la calidad de vida tras una amputación— era una opción lejana. “Tenía que hacerla, pero por una cuestión de tiempo, costos y traslados, no podía. De hecho, antes de reincorporarme, la empresa me hizo un préstamo para que pudiera pagar los viáticos. Estaba en la ruina, desde lo emocional hasta lo económico. Desinformado. Mal asesorado. Entonces dije: ‘Me voy a trabajar así’”, dice.

Lo que siguió fue una tortura silenciosa. “Recordarlo me avergüenza. No entiendo por qué pasó, pero todos los días era lo mismo: la prótesis se me salía y me lastimaba. Y yo volvía, con un sacrificio inmenso, a la ortopedia. Incluso, hubo un momento en que me ataban una soga, como un cinto, para que no se saliera nada. Y cuando empezaba a quedarme grande, rellenaban el interior con una especie de goma”, recuerda. “Otra vez le expliqué que mi pisada era mala porque me había puesto un pie un talle más: yo calzo 40 y era 41. ‘Bueno, comprá una zapatilla más grande’, me contestó”.

Los reclamos eran constantes, pero no servían. “El técnico ortopedista llegó a decirme que el dolor era parte de mi vida y yo me convencí. Creía que estaba bien que me doliera porque él me dijo que era así. Me la pasaba tomando diclofenac. Durante muchos años, mi rutina fue siempre la misma: iba a trabajar, volvía y me quedaba acostado en casa. Era el único momento en que no sentía dolor. Estaba muy deprimido. Subí muchísimo de peso: llegué a pesar 124 kilos”, agrega.

El “clic”

Durante seis años, entre 2008 y 2013, Alberto se sintió limitado y sin ganas de vivir. Caminaba alternando muletas y bastón, y su marcha era inestable y dolorosa. Hasta que un día, en una visita a la ortopedia, algo cambió: “Me crucé con un muchacho, también amputado, que entró transpirado. Nos saludamos y empezamos a conversar. Le pregunté por qué estaba así y me dijo: ‘Vengo de jugar al tenis’. Yo me miré… apenas podía caminar”.

En ese intercambio, el hombre le recomendó que fuera a ver a Damiana Pacho, una fisiatra que lo había ayudado mucho. “Me dio una tarjeta, me puse en contacto y, una semana después, la visité. Ese mismo día me hizo correr. Salí de la consulta llorando porque pensé que nunca más iba a volver a hacer algo así”, dice.

De esa manera, casi fortuita, comenzó su rehabilitación. No era formal ni cubierta por la obra social: se trataba de un taller gratuito para personas amputadas que querían volver a correr. Estar en contacto con otros que estaban en su misma situación le abrió los ojos. “Un día, en una juntada, les mostré mi prótesis. Nadie podía creer cómo la usaba. ‘Alberto, vos tenés un equipamiento muy precario. Tenés que cambiarlo: no te tiene que doler’, me dijeron”.

Envalentonado, en 2014 pidió hablar con el secretario general del Sindicato Camioneros, Hugo Moyano, gremio al que pertenece la empresa donde trabaja. “Le conté lo que estaba atravesando y, automáticamente, me cambió de ortopedia y de equipamiento. Ahí me dieron una prótesis de primer nivel y fue un renacer. No te puedo explicar la alegría que experimenté cuando me paré y no me dolía nada. Yo estaba acostumbrado a caminar agarrado de las paredes”, dice.

La rehabilitación formal llegó en 2020, pero debió interrumpirla por la pandemia. La retomó en 2022. Recién entonces aprendió lo que debería haber aprendido en 2008: “A mantener el equilibrio, a fortalecer el muñón, a hacer ejercicio, a tener estabilidad, a cambiar la velocidad, a subir escaleras, a bajarlas. Antes lo hacía como podía. Hoy puedo hacerlo de una manera convencional. Sin temores. Levantando la cabeza”, asegura.

El cambio no fue solo físico: “En 2015 volví a usar bermudas. Antes no me animaba. Andaba todo tapado, con jeans o joggings, para que nadie viera lo que tenía”, cuenta. “Empecé a sentirme libre nuevamente y eso se trasladó a mi familia. Celebramos cada paso: desde que solté el bastón, hasta que bajé de peso. Ahora estoy en 90 kilos”, agrega. Además, arrancó terapia. “Ahí tomé conciencia de que tenía que aceptarme a mí mismo y que el otro también me tenía que aceptar. Hasta ese momento me sentía en inferioridad de condiciones ante la sociedad. Hoy, en cambio, me siento orgullo de mí”, agrega.

Re-nacer

Alberto dice que su vida cambió gracias al apoyo que recibió del Sindicato de Camioneros y la prótesis que le consigueron. Tras años de sedentarismo y dolor, hoy siente que recuperó parte de esa libertad que tenía a los 24 años. “Salvo el fútbol, pude volver a jugar al pádel y al golf”, cuenta.

También dejó de fumar y redescubrió sus intereses. “Arranqué a participar del programa de radio Infocamioneros. Hacemos un resumen semanal, los miércoles a las 15, con las principales noticias del gremio. Además, cubro el plano deportivo del Club de Camioneros y, si el equipo juega en otro lugar, viajo para hacer notas o transmisiones. Todo eso me inyectó vida”, asegura.

Sigue con la rehabilitación, aunque ya no sea imprescindible. “Tal vez no la necesite tanto, pero la hago para perfeccionarme. Gracias a eso pude hacer cosas como tirarme en paracaídas”, cuenta, mientras saca el celular y muestra el video del salto. “Fue una propuesta de mi ortopedista, Javier Bernat. ‘¿Qué tenés ganas de hacer?’, me preguntó. Tenía que ser algo que me costara, porque si no, no tenía sentido. Lo hice y lo volvería a hacer”, dice.

En ese camino de reconstrucción, Alberto aprendió a mirar hacia atrás sin idealizar su discapacidad: “A veces se habla de superación como si fuera algo mágico o heroico. Aunque hoy me sienta feliz, no fue un camino fácil ni rápido. No es el mensaje que quiero dejar. En mi caso, entendí que lo malo no dura para siempre. No somos lo que perdimos. Somos lo que hacemos con lo que nos pasó. Lo que logramos a partir de decidir mejorar”.

Fuente: Infobae

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El Senado aprobó el Régimen Penal Juvenil y la edad de imputabilidad bajará a 14 años

El Senado de la Nación convirtió en ley el proyecto impulsado por el Ministerio de Seguridad durante la gestión de Patricia Bullrich, quien celebró la sanción como un logro propio. El eje principal de la norma es la baja de la edad punible para el sistema penal argentino.

Con 44 votos afirmativos, 27 negativos y una abstención, la ley que ya había sido aprobada por Diputados ahora aguarda la reglamentación y publicación en el Boletín Oficial.

“El Estado no va a seguir mirando para otro lado. ¿Quieren que los ciudadanos que no cometen delitos sean de segunda? No importa la edad de los delincuentes, importa el delito”, comenzó Patricia Bullrich.

Y agregó: “Este modelo se agotó, nosotros venimos a plantear algo moral y jurídicamente distinto, una teoría que deja de poner en la indefensión total a las familias que enterraban a sus hijos. Cuando el delito no tiene consecuencias, la ley pierde autoridad, y eso es lo que pasaba antes”.

“Vinimos a poner orden y no nos da vergüenza. Si las hizo, las paga, por eso ordenamos las calles y hacemos cumplir la ley. Proteger a los adolescentes, reparar a las víctimas. Queremos una sociedad con menos delincuentes y menos presos. Hoy votamos justicia, responsabilidad, hoy votamos contra los kirchneristas de batallón militante. Estamos cambiando la historia de la Argentina”, cerró la senadora.

Luego pidió un minuto de silencio por las víctimas e hizo parar a todo el bloque. El peronismo observó y Villarruel aclaró que ella no podía definir eso. Finalmente, todos se pusieron de pie y se hizo silencio.

El peronismo se opuso desde el inicio y, además de advertir que la ley se concentra en lo punitivo y no en la protección de las infancias, remarcó que los fondos presupuestados resultan insuficientes.

Según la norma, el presupuesto para un sistema que reduce la edad de 16 a 14 años destina $23.700 millones a las provincias.

Datos del Servicio Penitenciario Federal indican que el costo del metro cuadrado es de 3,2 millones de pesos. Con el presupuesto previsto se podrían construir 7.400 metros cuadrados. Dividido por los 24 distritos, cada provincia recibiría 308 metros cuadrados.

Frente a esos números, Jorge Capitanich del PJ señaló: “Si no contamos con el presupuesto necesario, estas quedan en letra muerta y constituyen una frustración colectiva”.

La respuesta llegó desde el bloque libertario, algunos con mayor énfasis, como Luis Juez, quien acusó al peronismo de “mentiroso. Solo con una fuerte cuota de ignorancia se puede opinar como opinan”.

“Si la discusión es la plata, que la pongan las provincias. Se la gastan en cualquier cosa, en publicidad. A pocos metros de acá hay familiares que vienen a buscar justicia, no venganza”, agregó el cordobés que ahora integra LLA.

Parte de la postura peronista se reflejó en la intervención de la senadora Lucía Corpacci. El bloque estaba molesto porque había acordado con los libertarios no habilitar la presencia de familiares en las gradas. Sin embargo, el oficialismo permitió el ingreso de varios que se ubicaron en los palcos del primer piso.

“Somos legisladores, no estamos para responder el enojo, estamos para dictar leyes que hagan la vida mejor y construyan una sociedad mejor. Debemos actuar con racionalidad y humanidad. Esta ley no es la solución de nada”, sostuvo Corpacci.

Gerardo Zamora, de Santiago del Estero, recorrió diferentes artículos para argumentar la inconstitucionalidad de la norma. El ex gobernador advirtió que el proyecto generará “litigiosidad”. “En defensa del federalismo, mi voto y el de mi bloque es negativo”.

El cierre del kirchnerismo estuvo a cargo del senador Martín Soria, quien señaló: “A pesar de las correcciones, este proyecto de Régimen Penal Juvenil sigue siendo muy malo, contiene errores graves y peligrosos. No va a solucionar lo que ustedes creen que van a solucionar. Esta ley es peor que el decreto de Videla porque viola el principio de culpabilidad disminuida”.

Qué dice el proyecto

La ley crea un sistema penal juvenil especializado para adolescentes de 14 a 18 años, con el objetivo de garantizar procesos judiciales adecuados a la edad. El texto establece la presunción favorable a la minoría de edad y que los menores de 18 años no compartan ámbitos judiciales ni penitenciarios con adultos.

El régimen introduce principios como legalidad, proporcionalidad y excepcionalidad de la privación de libertad, y prioriza la resocialización de los jóvenes. El sistema prevé que los adolescentes cuenten con garantías judiciales desde el inicio y que las causas se tramiten en órganos y centros especializados. Se contempla la rápida intervención judicial y el derecho de los adolescentes a ser escuchados y que su familia participe activamente en el proceso.

El capítulo dedicado a las víctimas otorga un rol central a quienes resulten damnificados por delitos juveniles. El proyecto garantiza asistencia jurídica y psicológica inmediata, la posibilidad de intervenir en audiencias y oponerse a decisiones del Ministerio Público Fiscal, y la participación en instancias restaurativas como la mediación penal juvenil.

El sistema de sanciones prevé un esquema progresivo y diversificado, que incluye medidas educativas, tareas comunitarias, monitoreo electrónico y reparación del daño, además de restricciones de circulación. La privación de libertad solo se aplicará en delitos graves, con límites estrictos de tiempo y separación permanente de los jóvenes respecto de los adultos.

En la etapa de ejecución de sanciones, el proyecto incorpora la figura del supervisor judicial especializado, responsable de acompañar y monitorear el proceso de reinserción. La libertad condicional solo podrá otorgarse con aval del Ministerio Público Fiscal y bajo condiciones precisas. También se incluyen respuestas específicas para problemáticas de salud mental y consumo problemático, con intervención de equipos interdisciplinarios.

La propuesta detalla estándares de alojamiento que prohíben la convivencia de adolescentes con adultos y garantizan acceso a educación, cultura, recreación y atención espiritual. Se prevé diferenciación por edad y situación procesal dentro de los centros, así como capacitación del personal a cargo.

En los casos de menores inimputables, el texto dispone intervención judicial para investigar el hecho y aplicar medidas curativas o protectoras, siempre bajo la órbita de la justicia civil. Además, se estipula la especialización obligatoria de jueces, fiscales y defensores en materia penal juvenil.

Fuente: Infobae

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Camina por el barrio, elige un lugar al azar y lo pinta gratis: ya transformó casi 40 negocios

Diego Fleitas camina por las calles de Berazategui y Quilmes con un ojo clínico. No busca baches ni direcciones; busca frentes apagados, persianas descascaradas y emprendedores que, como él hace 15 años, la estén “remando” contra viento y marea.

Diego, de 48 años, es dueño de Patodacolores, una pinturería familiar, pero en el último año se convirtió en algo más: el hombre que les devuelve el color a los barrios, de forma gratuita y al azar.

“Esta idea es para ayudar a un emprendedor que la está peleando. El frente de un comercio demuestra que la pintura es buena, pero sobre todo, demuestra que hay alguien del otro lado que apuesta por vos”, contó Diego en diálogo con TN.

La historia de la pinturería nació de un giro inesperado. Diego era profesor de Educación Física cuando conoció a Patricia Gauna (47). Ella trabajaba en el rubro y él, con el alma de emprendedor inquieta, le propuso abrir un negocio propio. “Me dijo de poner un gimnasio, pero terminamos emprendiendo en una pinturería”, recuerda.

Los comienzos en Quilmes no resultaron fáciles. Fueron durísimos. Los proveedores no nos querían vender y, para que te abran una cuenta, tenías que pagar todo en efectivo, invertir muchísimo dinero para iniciar y, encima, el alquiler. Fue a pulmón”. Hoy, 15 años después, el equipo es plenamente familiar: Diego, Patricia, su ahijado y sus hermanos, que dan una mano cuando el trabajo desborda.

La iniciativa de pintar fachadas gratis surgió en octubre de 2024, aunque los videos empezaron a viralizarse recién en 2025. “La idea fue mía, pero mi esposa me sigue a todo lo que digo, pobre”, bromeó Diego. El concepto es simple pero potente: detectar un local que necesite un cambio de imagen, presentarse con una carta y ofrecer la transformación total.

Sin embargo, el camino de la solidaridad tiene obstáculos. “Muchas veces nos rebotaron por desconfianza. También hay mucho ‘odio’ en redes porque llama la atención que alguien haga esto gratis”, explicó. Pero cuando el “sí” llega, la magia ocurre en tiempo récord: “Si lo podemos hacer en seis o siete horas, lo hacemos. Me encanta el factor sorpresa”.

“No pinto beige, la onda es que se vea”

Diego no se limita a cubrir manchas: busca impacto. Sus diseños suelen incluir colores vibrantes e incluso luces para que el negocio destaque de noche. “Necesitás ese impacto visual. Puedo pintar un beige clarito o un blanco, pero la idea es que se vea, que la gente pase y diga: ‘Mirá ese local’”, sostuvo.

Los resultados son inmediatos y no solo estéticos. Diego recuerda el caso de un barbero en un pueblo de Corrientes de 30 mil habitantes: “Lo vieron tres millones de personas en redes. Al pibe le llovían los pedidos. Yo les digo que van a vender más después de pintar, y después, me llaman para confirmarlo. Eso me emociona: la cara de la gente cuando ve su local terminado”.

Llevar adelante este proyecto requiere un malabarismo constante. Diego y Patricia coordinan las pintadas en los baches que deja la rutina familiar. “Lo voy mechando como puedo. Cuando mi nena está en el jardín, mi mujer va y viene del local y yo le meto al pincel”, relató.

Con casi 40 emprendedores ya transformados bajo el brazo, Diego siente que el rédito más grande no es económico, aunque el trabajo en la pinturería aumentó gracias a los “tips” y la visibilidad. “Todo lo que es solidaridad lo hacemos, no me alcanza. Hemos pintado hasta casas de acumuladores compulsivos”, indicó.

Para Diego, cada persiana que se levanta con color nuevo es una batalla ganada al desánimo. “Me re emociona que se vea tanto. Si nosotros subsistimos 15 años, quiero ayudar a que otros también lo logren”, completó.

Fuente: TN

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“Voy para el sur”: la historia del voluntario que dejó todo para combatir los incendios en Epuyén

Las noticias de los incendios en Epuyén encendieron una alarma en Juan “Jota” Bello. No lo dudó, fue al grupo de la red de voluntarios que brinda apoyo a los brigadistas en la Patagonia, y avisó: “Voy para el sur, puedo sumar a cuatro personas y cargar insumos”.

Así, en Buenos Aires, se despidió de su pareja, que lo abrazó en silencio, y de sus hijas que le pidieron que se cuide. También de su hermana, que no deja de llamarlo para monitorear que él esté bien. Y emprendió el camino, en el trayecto levantó a un bombero de Vicente López y en La Pampa a un brigadista cordobés. También sumaron equipamiento: borceguíes, guantes, mangueras, motobombas, alimentos y hasta remedios.

Es la primera vez que Jota está trabajando activamente en la zona de los incendios, el año pasado había sido voluntario pero desde Buenos Aires. “No te das idea de la magnitud del incendio hasta que llegás. Hoy hablaba con alguien que vive en la zona desde el año 77, y me contaba que nunca vivieron algo así, con tantas lenguas y frentes activos al mismo tiempo”, cuenta en diálogo con TN, con preocupación en su voz.

El primer día recibió una rápida formación para aprender a alejar de los focos todo lo que puede ser combustible para el fuego (lo que está verde, la pinocha y más) y también medidas de seguridad. “Trabajamos más de 14 horas por día, hoy es la primera vez que terminamos antes de que se ponga el sol. Viendo tanto, a los tres días empezás a ser experto en encontrar posibles nuevos focos bajo la tierra”, describe Jota.

La vida entre el fuego

Jota y el equipo de voluntarios con los que trabaja todos los días están parando en una zona especial, a la que llaman zona de transición: ubicada entre el verde (que puede rápidamente prenderse) y el incendio activo. “Estamos a disposición de los brigadistas”, dice.

“Aunque parezca raro, lo que sucede es que estar acá te da una conexión tan profunda con la naturaleza que uno se olvida del estrés. No estoy bruxando, no uso mi placa para descansar mientras duermo”, cuenta con una calma que encierra cuidado y saber que está haciendo lo que debe.

Pero eso no significa que no estén conscientes de lo que sucede a su alrededor. “Dos noches decidimos dormir afuera, pusimos los colchones al lado del tanque australiano, con las mangueras y las motobombas instaladas, porque teníamos fuego por dos frentes diferentes”, relata.

A esto se suman las guardias, salir a recorrer la zona donde descansan en formato de espiral hacia afuera, para detectar si hay posibles focos que hay que atacar con urgencia o si pueden esperar. “Si es esta segunda opción, lo mejor es tratarlos de día, porque de noche puede ser peligroso, porque la tierra está muy caliente”, advierte Jota.

Mate y arrancar

Desde el 13 de enero (muchos llegaron antes, y están en el combate desde el 6) la rutina de Jota inicia a primera hora con un mate, y rápidamente salir al campo. La zona que ellos tienen a cargo abarca unos 80 kilómetros.

“Recorremos las partes quemadas. Hacemos guardias de cenizas, que es buscar los focos que vuelven a encenderse. Vamos buscando pequeñas columnas de humo, fumarolas y las enfriamos. Hay que hacerlo con mucho cuidado, porque la tierra está muy caliente en esos lugares. El otro día, habíamos tirado miles de litros de agua para enfriar una parte, y sin darse cuenta un bombero metió su pie adentro y literalmente el agua estaba hirviendo; ahora tiene una quemadura de segundo grado”, relata, dejando en claro la importancia del trabajo, pero también el cuidado que todos deben tener.

Cuando encuentran estas fumarolas el objetivo es poder enfriarlas y aislarlas de todo lo que pueda ser combustible para que vuelva a encenderse, porque esto puede suceder muy rápido. “Ayer, por ejemplo, vimos unos pequeños focos y decidimos ir a buscar agua para atacarlos. En el trayecto nos encontramos con otros focos que necesitaban que actuemos con más urgencia, así que demoramos dos horas en volver a los primeros. Cuando llegamos nos encontramos con las copas de los árboles ya prendidas fuego. Así de cambiante y rápido avanzan las llamas”, dice Jota.

La comunidad unida

Se calcula que en la zona de Epuyén se incendiaron en lo que va de 2026 entre 20 y 30 mil hectáreas. “Acá la gente está enojada. Hay más de 200 brigadistas autoconvocados, más bomberos, y los brigadistas del servicio oficial de bosques, bomberos de otras ciudades. Todos trabajando para salvar el bosque”, cuenta Jota.

Y mientras el gobierno nacional asegura que la situación está controlada (lo que los focos latentes desmienten), la autoorganización de la comunidad del sur sigue demostrando que la unión hace la fuerza.

La gente se encarga de la logística, de que haya agua, alimentos. Parecen cosas básicas, pero en la zona faltaron. También se encargan de rellenar los tanques australianos, para siempre estar preparados por si se acerca el fuego. Son todos voluntarios. Ahora estamos en una escuela, que pronto tendremos que dejar. Acá se da hasta asistencia psicológica y también hay enfermería. Todo se fue optimizando conforme pasaron los días, parece un centro de catástrofe de los que vemos en las películas de Hollywood”, detalla Jota.

Para este voluntario el bosque es “sinónimo de vida, sobre todo en la Argentina, donde prácticamente no quedó tierra que no haya sido convertida con fines productivos. El bosque, y también el monte, son fuente de biodiversidad, de vida, de medicinas, sostienen los alimentos que comemos. Donde todavía podés darte un baño de naturaleza y sentirte parte. Acá encontramos esa conexión que se va perdiendo atrás de tantas pantallas; el divorcio con la naturaleza es claro cuando uno logra desconectar del mundo online”.

“No se olviden de dónde salimos: venimos de los bosques. Si perdemos esa conexión con la naturaleza nos alienamos. Somos parte de ella, no algo separado. La naturaleza tal como la conocemos se nos está yendo entre los dedos”, pide Jota, mientras alista las cosas para pasar una nueva noche en el sur, donde estará mientras lo necesiten.

Fuente: TN

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