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Tiene 9 años, es fanático de los autos y ya diseña un vehículo con motor V8

Stefano Marconi Sgroi tiene nueve años y arrancó el 2026 en el que, para él, es el mejor parque de diversiones del mundo: un taller mecánico. Mientras que a otros chicos los desvelan las pantallas, a Stefano lo apasionan los motores. No se trata de un simple hobby: hoy está desarrollando su propio auto y quiere estrenarlo este mismo año en una pista profesional.

En un galpón de Villa Ramallo, el pequeño platense actúa como un director de orquesta junto al equipo de DTA Racing, liderado por Ulises Armellini. De aquel primer boceto en papel al inicio del proyecto, Stefano decidió contarle su historia a TN mientras transforma su sueño en metal y fibra de carbono.

“Los autos me empezaron a gustar desde que tengo un año y medio, cuando les pedía a mis papás que me leyeran revistas. Por lo general eran de coches nacionales porque mi abuelo las guardaba. De ahí me empecé a enloquecer con los autos”, dijo. Adrián, su papá, recuerda aquel “clic” con orgullo: “A los dos años miraba por la ventana de la camioneta y nos iba diciendo las marcas de los otros coches. Nos mirábamos con mi señora y no lo podíamos creer”.

Una mente brillante al servicio de la mecánica

Un estudio reveló que Stefano tiene el coeficiente intelectual más alto del país, ubicándose en el 1% de la población mundial. Esta capacidad le permitió estudiar de forma extracurricular y obtener un título de mecánico en La Plata a una edad donde otros recién aprenden a dividir.

“A los cinco años, Stéfano tenía la costumbre de preguntarle a la gente su fecha de nacimiento y te calculaba la edad en base a ese dato. Ahí me di cuenta de que algo raro había, porque nadie le había enseñado matemática todavía. Después recurrí a una clienta de mi empresa que era doctora y me dijo que se le podía hacer un estudio de coeficiente intelectual. Con los resultados, nos dijo que podía absorber mucho conocimiento de golpe por la capacidad que tiene”, contó Adrián con el mismo asombro de aquel día.

El auto que inspiró su proyecto

Para poner en marcha su obra, Stefano viajó desde La Plata hasta Ramallo. “Desde muy chiquito quería hacer mi propio auto. El año pasado contacté al diseñador Matías D’Amico para que me ayudara con el dibujo. Le dije que quería algo inspirado en el Volkswagen Beetle; es mi favorito porque es ligero, tiene una historia increíble e hizo feliz a mucha gente”.

Consciente del personaje del que habla, Stefano cuenta cómo Adolf Hitler fue el impulsor del coche que más le gusta. El dictador, obsesionado con motorizar a las masas, le encargó personalmente a Ferdinand Porsche en 1934 la creación de un “auto del pueblo” que fuera económico y resistente. Aquel proyecto sobrevivió a la guerra, dejando atrás su oscuro origen político para convertirse en el símbolo de diseño más vendido del siglo XX.

“La idea del auto fue mía”, aseguró Stefano. Sin embargo, las circunstancias lo obligaron a ajustar el plan original: “En el proceso corregimos cosas. El chasis iba a ser de aluminio, pero para terminarlo en diez meses no llegábamos con ese material. Por eso, el chasis va a ser de cromo-molibdeno y la carrocería de fibra de carbono”.

La precisión técnica de Stefano no deja de asombrar: “El auto va a tener un motor trasero central para distribuir mejor el peso. Si lo acelerás de golpe, no tenés tantas probabilidades de irte de cola. Pasa mucho con autos como el Ford Mustang: al tener motor delantero tiene todo el torque ahí y atrás es una pluma; cuando lo acelerás, se te va”.

El vehículo va a tener un motor V8 de 4.4 litros de origen alemán, con 400 caballos de fuerza y sistema Twin Turbo para una mejor distribución de la potencia. Su objetivo es claro: que en diez meses el auto esté listo para circular en los autódromos del mundo. “Cuando vean el auto terminado, me gustaría que la gente diga: ‘¡Wow!”.

Su visión sobre la Fórmula 1 y el sueño de Franco Colapinto

A pesar de su edad, Stefano tiene una visión crítica sobre el presente y futuro de la Fórmula 1. “Me gustan los autos de antes; ese motor V10 que te rompía los oídos”, dice quien hoy cursa cuarto grado de la primaria pero que habla como un experimentado espectador de la categoría. Sobre los motores híbridos, es tajante: “Ya no hacen ruido. Además, para sacar el litio de las minas rompen todo el planeta y los camiones que usan para eso son gasoleros”.

Su sueño es conocer a Franco Colapinto: “Me encantaría poder hablar con él y hacerle una entrevista. Él es nuestro referente, ¡un argentino en la F1 después de 20 años!”. Para Stefano, este será un año clave: “Dicen que el mejor motor va a ser el de Mercedes, el que va a tener Franco. El Alpine va a ser una bestia”.

Stefano, en el “Olimpo” del automovilismo nacional

Stefano se mueve entre leyendas. Uno de sus ídolos es Juan Manuel Fangio y mantiene un vínculo estrecho con su hijo Rubén, a quien lo llama “abuelo”. Pero no es el único: también se sentó en la misma mesa con los célebres Horacio Pagani y Oreste Berta.

De Pagani atesora un consejo que lo marcó: “Horacio me dijo que siempre puedo hacer cualquier cosa, pero me quedo con una frase en particular: ‘Si sos el más inteligente y el más rico, vas a llegar hasta cierto lugar, pero si sos humilde, te van a abrir las puertas del infinito y más allá”.

Esa humildad ya lo llevó a cruzar fronteras. Según cuenta Adrián, a los cinco años el intendente de Maranello (sede central de Ferrari) le envió un mensaje por las redes sociales alentándolo a no dejar de soñar. “Tiempo después, el ingeniero Marcelo Fabián Di Matteo llevó personalmente a Italia una hoja escrita por Stefano junto a una carta del gobierno de La Plata. Allá la recibieron con mucho gusto; nos dijeron que lo quieren conocer y que tiene las puertas abiertas para visitar la fábrica”, reveló su padre.

Inspirado en sus mayores ídolos, el nene que asombra al país quiso dejar un mensaje final para otros chicos (y grandes): “Nunca paren de soñar y siempre persigan sus sueños”.

Fuente: TN

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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

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