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Tiene 10 años, sufrió bullying en la escuela e intentó quitarse la vida: “No quiere jugar con otros chicos”
La vida de la familia de T., una nena tucumana de 10 años, cambió de un día para el otro. El sufrimiento de la menor, que se desencadenó cuando tenía nueve, escaló y derivó en una sucesión de hechos que todavía no tienen solución.
T. iba al colegio como todos los días y su rutina era como la de cualquier chiquita de su edad. El año pasado, entre cambios y movimientos habituales dentro de la institución, hubo nuevas incorporaciones en su grado y la situación fue modificándose.
Paula, su mamá, contó que su hija se había hecho amiga de una nena que había sido cambiada de curso porque tenía problemas con otros chicos y que si bien al principio estaba todo bien, ella notó actitudes que no le gustaban y le pidió que se alejara.
Desde entonces, asegura, las cosas comenzaron a cambiar. “La nena se le puso en contra, se juntó con dos más y empezaron a hacerle de todo a T.”, lamentó Paula en diálogo con TN.
Las primeras pautas de alarma comenzaron cuando la nena dejó de querer ir al colegio. “Cuando la levantaba no quería ir o quería ir con el pelo suelto para que no se le vea la cara”, aseguró.
“Todos me decían que eran etapas, me daban consejos, pero ella siempre estaba cabizbaja, no quería hacer lo que hacía habitualmente, no podía sacarla de la cama porque no se quería levantar, era la lucha de todas las mañana”, insistió.
Al principio, extrañada por las actitudes de su hija, Paula habló con ella y de a poco, a veces por terceros, comenzó a enterarse de algunas situaciones que la menor estaba viviendo. “Hablé con las mamás de estas nenas, no soy de esas mamás que se quedan afuera conversando, yo la dejaba y me iba porque tenía que entrar al trabajo. Conocía a alguna que otra por el grupo de mamis, pero no a todas. Ahí empecé a buscar los nombres de los nenes, yo reclamaba por las mamás de las tres nenas, pero algunas no querían aceptar, decían ‘mi hija no es, no puede ser’”, agregó.
Con el correr de los días la situación no cesó, sino todo lo contrario. “Me enteré por una de las mamás que vende afuera de la escuela que cuando mi hija se compraba algo, las nenas se las quitaban y se iban corriendo. Cuando se los dije a los papás me dijeron ‘mi hija es re selectiva, no come cualquier cosa’”, recordó.
La situación no mejoró y ese viernes de septiembre de 2025 estalló todo. “El papá de T. fue a reclamarle al papá de una de las nenas porque ya era mucha la insistencia de mi hija para que habláramos. Nos contaba que le decían cosas feas y que le mandaban mensajes. Cuando el padre de T. finalmente encaró al hombre, en buen tono, le explicó que estábamos teniendo un problema y le pidió hablar para que no siga pasando. La insistencia era tanta porque el tema ya se había ido de las manos y mi hija aseguraba que la empujaban contra el armario y hasta la tiraban de la silla”, precisó Paula.
En medio del intercambio, el papá de la otra nena involucrada le preguntó a su hija, adelante de T., si ella la estaba molestando y la chiquita respondió que no. El padre también lo negó todo así que la situación terminó ahí. “Mi hija vino a casa y empezó a recibir un montón de mensajes en su celular que decían ‘ya sabes lo que te va a pasar el lunes’, como diciéndole que le iban a pegar, hasta la llamaron, hice que atendiera y eran gritos e insultos. Era mucho”, especificó la mujer.
“A mí no se me va más ese día de la cabeza porque fue de terror”, aseguró aun con la voz temblorosa.
Paula decidió sacarle el celular a T. para que no siguiera mirando los mensajes y se fue a llevar a su hija más chica al dentista. Mientras tanto, T. se recostó. “Cuando volví a las dos horas ella seguía acostada. Le pregunté si quería merendar y me dijo que no, que se sentía mal, que le dolía la cabeza. Al rato avisé que me iba a ir a comprar, que enseguida volvía”, explicó Paula.
Esa tarde agarró la moto, su celular, que no suele llevar cuando sale de compras, y se fue a cinco cuadras de su casa. Mientras esperaba a que la atendieran, el teléfono comenzó a sonar. “Mi hija más chica me empezó a mandar mensajes que decían ‘T. se encerró en el baño’, después me dijo que agarró papeles y que seguía ahí”, detalló la mujer.
Para ese entonces, Paula ya había salido rápido hacia su casa. “Estaba a dos cuadras cuando me volvió a llamar y me dijo ‘mi hermana no respira’. Yo quedé en shock. Llamé al papá, que estaba trabajando, y le dije que vaya urgente a casa. Esas dos cuadras y media se hicieron eternas, sentía que no llegaba más. Llegué, dejé la moto en la vereda con la llave puesta, entré y le pregunté a la más chica dónde estaba su hermana. Me señaló el baño. No sabía ni cómo reaccionar, empecé a gritar y salí corriendo a buscar ayuda”, recordó entre lágrimas la mujer.
Un vecino, que habitualmente no solía estar en ese horario, justo se encontraba en la vereda con su auto. Paula le pidió ayuda y entre los dos llevaron a T. al hospital de Avellaneda de la capital tucumana. “Fue de terror”, insistió.
En el centro de salud estuvieron más de una hora intentando reanimarla hasta que lograron que reaccionara. “La primera noche nos hicieron entrar a despedirnos porque no le daban esperanza de vida”, lamentó Paula. Pero pese al mal panorama, T. permaneció internada en terapia intensiva durante 14 días y finalmente pasó a sala común.
“Tuvo que aprender a hablar, había que darle de comer y no caminaba. Así estuvo casi un mes. Hoy habla, camina con dificultad, pero lo hace, y está medicada todo el día”, especificó.
Paula siente que su vida dio un giro total y que su hija fue quien cambió por completo. “Ella era una nena feliz”, insistió.
La menor permaneció casi tres meses internada y aunque hoy está en su casa, no va a la escuela y convive con secuelas. “Todavía no escribe, pero lee aunque desordena las palabras. Es difícil, el día a día cuesta mucho”, aseguró la mujer.
Sobre la posibilidad de que la chiquita vuelva al colegio, su madre señaló: “Al principio me decía que no quería volver, que no quería que le vuelvan a decir cosas o que se burlen de ella. Decía que tenía miedo de jugar con otros niños”.
“Tratamos con el papá de que se le vaya esto de que todos los niños son malos, de decirle que lo que le pasó fue horrible, pero no va a volver a pasar. Tratamos de inculcarle eso, de que va a tener nuevos compañeritos y hay días que quiere y días que no quiere saber nada”, agregó.
Desde que empezó a hablar, la pequeña nombra solo a estas tres nenas como un recuerdo que en realidad no quiere recordar. Cuando estuvo internada, sus propios compañeritos fueron quienes comenzaron a contar las situaciones que ella padecía y de las que sus padres no estaban al tanto.
Acerca del accionar del colegio, Paula remarcó que en su momento T. intentó buscar ayuda, pero no la encontró.
“Yo creo que somos los papás los que tenemos que guiarlos y enseñarles. Salieron 20 casos más atrás del de mi hija. Hasta el día de hoy se nos cambió por completo la vida, son muchas cosas. En el colegio realizaron talleres con el grado de T. y la situación terminó ahí. La causa por lo ocurrido, luego de una breve investigación, está cerrada. Fui por la parte civil, pero hasta el día de hoy no tuve respuesta de nada, porque en lo penal ya está archivado. Nos duele porque no sabemos que más hacer y los problemas están en todos lados. Sumado a eso, T. ella nació con un problema en los riñones y hoy en la salud publica en Tucumán no hay urología infantil, ella necesita un especialista porque empeoró en ese tema y no hay”, sumó.
Sobre el final, Paula reflexionó: “Hoy me duele en el alma tener a mi hija así, que no pueda ir a la escuela, son muy fuertes todas las cosas que vengo viviendo. Hoy no puedo trabajar, hago muy poco porque nos dividimos con el papá para poder estar con ella. Pido que esto no vuelva a pasar, no le deseo a nadie vivir lo que estoy viviendo, les pido que eduquen con amor a sus hijos”.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN