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Tiene 10 años, sufrió bullying en la escuela e intentó quitarse la vida: “No quiere jugar con otros chicos”

La vida de la familia de T., una nena tucumana de 10 años, cambió de un día para el otro. El sufrimiento de la menor, que se desencadenó cuando tenía nueve, escaló y derivó en una sucesión de hechos que todavía no tienen solución.

T. iba al colegio como todos los días y su rutina era como la de cualquier chiquita de su edad. El año pasado, entre cambios y movimientos habituales dentro de la institución, hubo nuevas incorporaciones en su grado y la situación fue modificándose.

Paula, su mamá, contó que su hija se había hecho amiga de una nena que había sido cambiada de curso porque tenía problemas con otros chicos y que si bien al principio estaba todo bien, ella notó actitudes que no le gustaban y le pidió que se alejara.

Desde entonces, asegura, las cosas comenzaron a cambiar. “La nena se le puso en contra, se juntó con dos más y empezaron a hacerle de todo a T.”, lamentó Paula en diálogo con TN.

Las primeras pautas de alarma comenzaron cuando la nena dejó de querer ir al colegio. “Cuando la levantaba no quería ir o quería ir con el pelo suelto para que no se le vea la cara”, aseguró.

“Todos me decían que eran etapas, me daban consejos, pero ella siempre estaba cabizbaja, no quería hacer lo que hacía habitualmente, no podía sacarla de la cama porque no se quería levantar, era la lucha de todas las mañana”, insistió.

Al principio, extrañada por las actitudes de su hija, Paula habló con ella y de a poco, a veces por terceros, comenzó a enterarse de algunas situaciones que la menor estaba viviendo. “Hablé con las mamás de estas nenas, no soy de esas mamás que se quedan afuera conversando, yo la dejaba y me iba porque tenía que entrar al trabajo. Conocía a alguna que otra por el grupo de mamis, pero no a todas. Ahí empecé a buscar los nombres de los nenes, yo reclamaba por las mamás de las tres nenas, pero algunas no querían aceptar, decían ‘mi hija no es, no puede ser’”, agregó.

Con el correr de los días la situación no cesó, sino todo lo contrario. “Me enteré por una de las mamás que vende afuera de la escuela que cuando mi hija se compraba algo, las nenas se las quitaban y se iban corriendo. Cuando se los dije a los papás me dijeron ‘mi hija es re selectiva, no come cualquier cosa’”, recordó.

La situación no mejoró y ese viernes de septiembre de 2025 estalló todo. “El papá de T. fue a reclamarle al papá de una de las nenas porque ya era mucha la insistencia de mi hija para que habláramos. Nos contaba que le decían cosas feas y que le mandaban mensajes. Cuando el padre de T. finalmente encaró al hombre, en buen tono, le explicó que estábamos teniendo un problema y le pidió hablar para que no siga pasando. La insistencia era tanta porque el tema ya se había ido de las manos y mi hija aseguraba que la empujaban contra el armario y hasta la tiraban de la silla”, precisó Paula.

En medio del intercambio, el papá de la otra nena involucrada le preguntó a su hija, adelante de T., si ella la estaba molestando y la chiquita respondió que no. El padre también lo negó todo así que la situación terminó ahí. “Mi hija vino a casa y empezó a recibir un montón de mensajes en su celular que decían ‘ya sabes lo que te va a pasar el lunes’, como diciéndole que le iban a pegar, hasta la llamaron, hice que atendiera y eran gritos e insultos. Era mucho”, especificó la mujer.

“A mí no se me va más ese día de la cabeza porque fue de terror”, aseguró aun con la voz temblorosa.

Paula decidió sacarle el celular a T. para que no siguiera mirando los mensajes y se fue a llevar a su hija más chica al dentista. Mientras tanto, T. se recostó. “Cuando volví a las dos horas ella seguía acostada. Le pregunté si quería merendar y me dijo que no, que se sentía mal, que le dolía la cabeza. Al rato avisé que me iba a ir a comprar, que enseguida volvía”, explicó Paula.

Esa tarde agarró la moto, su celular, que no suele llevar cuando sale de compras, y se fue a cinco cuadras de su casa. Mientras esperaba a que la atendieran, el teléfono comenzó a sonar. “Mi hija más chica me empezó a mandar mensajes que decían ‘T. se encerró en el baño’, después me dijo que agarró papeles y que seguía ahí”, detalló la mujer.

Para ese entonces, Paula ya había salido rápido hacia su casa. “Estaba a dos cuadras cuando me volvió a llamar y me dijo ‘mi hermana no respira’. Yo quedé en shock. Llamé al papá, que estaba trabajando, y le dije que vaya urgente a casa. Esas dos cuadras y media se hicieron eternas, sentía que no llegaba más. Llegué, dejé la moto en la vereda con la llave puesta, entré y le pregunté a la más chica dónde estaba su hermana. Me señaló el baño. No sabía ni cómo reaccionar, empecé a gritar y salí corriendo a buscar ayuda”, recordó entre lágrimas la mujer.

Un vecino, que habitualmente no solía estar en ese horario, justo se encontraba en la vereda con su auto. Paula le pidió ayuda y entre los dos llevaron a T. al hospital de Avellaneda de la capital tucumana. “Fue de terror”, insistió.

En el centro de salud estuvieron más de una hora intentando reanimarla hasta que lograron que reaccionara. “La primera noche nos hicieron entrar a despedirnos porque no le daban esperanza de vida”, lamentó Paula. Pero pese al mal panorama, T. permaneció internada en terapia intensiva durante 14 días y finalmente pasó a sala común.

Tuvo que aprender a hablar, había que darle de comer y no caminaba. Así estuvo casi un mes. Hoy habla, camina con dificultad, pero lo hace, y está medicada todo el día”, especificó.

Paula siente que su vida dio un giro total y que su hija fue quien cambió por completo. “Ella era una nena feliz”, insistió.

La menor permaneció casi tres meses internada y aunque hoy está en su casa, no va a la escuela y convive con secuelas. “Todavía no escribe, pero lee aunque desordena las palabras. Es difícil, el día a día cuesta mucho”, aseguró la mujer.

Sobre la posibilidad de que la chiquita vuelva al colegio, su madre señaló: “Al principio me decía que no quería volver, que no quería que le vuelvan a decir cosas o que se burlen de ella. Decía que tenía miedo de jugar con otros niños”.

“Tratamos con el papá de que se le vaya esto de que todos los niños son malos, de decirle que lo que le pasó fue horrible, pero no va a volver a pasar. Tratamos de inculcarle eso, de que va a tener nuevos compañeritos y hay días que quiere y días que no quiere saber nada”, agregó.

Desde que empezó a hablar, la pequeña nombra solo a estas tres nenas como un recuerdo que en realidad no quiere recordar. Cuando estuvo internada, sus propios compañeritos fueron quienes comenzaron a contar las situaciones que ella padecía y de las que sus padres no estaban al tanto.

Acerca del accionar del colegio, Paula remarcó que en su momento T. intentó buscar ayuda, pero no la encontró.

“Yo creo que somos los papás los que tenemos que guiarlos y enseñarles. Salieron 20 casos más atrás del de mi hija. Hasta el día de hoy se nos cambió por completo la vida, son muchas cosas. En el colegio realizaron talleres con el grado de T. y la situación terminó ahí. La causa por lo ocurrido, luego de una breve investigación, está cerrada. Fui por la parte civil, pero hasta el día de hoy no tuve respuesta de nada, porque en lo penal ya está archivado. Nos duele porque no sabemos que más hacer y los problemas están en todos lados. Sumado a eso, T. ella nació con un problema en los riñones y hoy en la salud publica en Tucumán no hay urología infantil, ella necesita un especialista porque empeoró en ese tema y no hay”, sumó.

Sobre el final, Paula reflexionó: “Hoy me duele en el alma tener a mi hija así, que no pueda ir a la escuela, son muy fuertes todas las cosas que vengo viviendo. Hoy no puedo trabajar, hago muy poco porque nos dividimos con el papá para poder estar con ella. Pido que esto no vuelva a pasar, no le deseo a nadie vivir lo que estoy viviendo, les pido que eduquen con amor a sus hijos”.

Fuente: TN

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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”

De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.

Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.

Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.

Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida

Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.

Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.

En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.

Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.

Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?

La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.

La noche en que todo cambió

Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.

Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.

¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que . Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.

A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.

Una historia con fecha de vencimiento

Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.

Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.

Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.

Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.

La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.

El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?

Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.

Los trenes que los separaban también los volvían a unir

El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.

Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.

Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.

Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.

Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.

Fuente: TN

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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela

En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.

Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.

En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.

“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.

La situación en Venezuela hoy

Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.

Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.

Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.

El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794

El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.

Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).

Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.

Fuente: TN

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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección

Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.

En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.

Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.

La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.

El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.

No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.

En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.

“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.

El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.

Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.

Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.

La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.

La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.

Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.

Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.

Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.

Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.

También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.

Fuente: TN

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