Redes Sociales

Actualidad

“Tenía mi casa, pero viví seis años en una plaza”: la joven que dormía sobre cartones y mendigaba obligada por su padre

Fue durante el invierno de 2011. Karen Cooper todavía no había cumplido seis años cuando su papá le dijo: “Agarrá un abrigo, que vamos a ir a pasear”. La propuesta la llenó de ilusión: hacía rato que el hombre estaba distante y cada vez pasaba menos tiempo con ella. Juntos viajaron desde Turdera, Lomas de Zamora, hasta Barrancas de Belgrano. Para ella iba a ser una aventura, hasta que se hizo de noche.

“Empecé a tener frío y sueño. Le dije a mi papá que quería volver a casa y me contestó: ‘Nos vamos a quedar un ratito más hasta que llegue el tren. Si tenés sueño acostate en este banco’”, cuenta. “Lo último que me acuerdo es que me estaba haciendo mimos. Cuando me desperté ya era de día. Tenía el cuerpo duro de tanto frío y estaba sola. Empecé a mirar para todos lados. ‘Pá, pá’, gritaba. Hasta que en un momento lo vi salir de atrás de un árbol. Otra vez le pedí volver a casa. ‘Hoy nos quedamos acá’, volvió a decirme. Y así sucesivamente. Pasaron dos semanas, un mes, cuatro meses… Seis años nos quedamos en la calle”.

Ese banco de plaza fue el inicio de una infancia y una adolescencia atravesadas por la precariedad y repletas de violencia, abusos y abandono. “De un día para el otro empezamos a acomodarnos en plazas con cartones y frazadas. Yo no entendía nada”, repasa, hoy, Karen. Después de un tiempo, ella y su padre se instalaron en el parque Los Andes, en Chacarita, donde ahora transcurre esta entrevista. “Dormíamos entre los arbustos”, dice apuntando a los arbustos podados en forma de círculo que siguen estando en el mismo lugar.

¿Cómo es crecer en la calle a pesar de tener una casa? ¿Cómo se sobrevive al frío, al hambre, a la mirada ajena? ¿Qué lugar ocupaba la escuela en medio de todo eso? ¿Dónde estaba el resto de su familia? En esta entrevista con Infobae, Karen responde esas y otras preguntas.

La infancia antes de la calle

Karen Cooper nació en un hogar atravesado por la separación de sus padres. Su mamá la tuvo a los 17 años y la crianza recayó en su abuela materna. Fue una primera infancia dura: “Mi abuela tenía mucha preferencia por mi hermana, que era un año y un mes más grande que yo y tenía otro papá. Todo el tiempo marcaba diferencias entre nosotras. A mí me daba de comer polenta y a ella le daba otra cosa. A mí me decía: ‘Negrita’ o ‘Negra de mierda’. También me obligaba a acompañar a mi abuelo a levantar cartón. Mi hermana, en cambio, iba al jardín”.

A pesar de su corta edad, Karen guarda recuerdos muy nítidos de aquella época. De su madre son difusos porque, prácticamente, no estaba en la casa. Su papá, también bastante ausente, la pasaba a buscar los fines de semana cada quince días. “Con él tenía mucha conexión. Me traía chocolates, me llevaba a la plaza y a la calesita. Me alegraba verlo porque era el único que me dedicaba tiempo”, dice.

En esa etapa —explica ahora— nunca se animó a contarles a sus padres lo que le hacía su abuela. “En mi casa había muchas discusiones, gritos y problemas, y yo no quería cargarlos con algo más. Entonces me lo guardaba. Un poco por eso y otro poco porque tenía miedo”, cuenta.

A los tres años, una crisis de salud dejó a Karen al borde de la anorexia. En ese contexto, su padre decidió llevársela a Turdera, la localidad de Lomas de Zamora, donde él vivía. Allí, por primera vez, tuvo una rutina de cuidados básicos. “Mi papá me enseñó a bañarme, porque nadie me lo había enseñado. Tengo una imagen muy linda de él, parado atrás de la puerta, diciéndome: ‘Ahí tenés el jabón; el shampoo sirve para lavarte el pelo; si querés que el agua salga más fría, girá la canilla para este lado’”.

Durante un tiempo la vida pareció estabilizarse, pero meses antes de que Karen cumpliera seis años, todo cambió. Su padre empezó a mostrarse extraño, distante, y a ausentarse casi todo el día. “Ya no salíamos a jugar y apenas me prestaba poca atención. Yo pasaba mucho tiempo sola, mirando televisión. Una vez me caí por la escalera de la terraza y me lastimé la rodilla. No sé si me puse hielo o una curita, pero sí sé que me acostumbré a resolver”, cuenta.

Dormir a la intemperie

La primera noche que durmió en un banco de cemento a la intemperie, Karen no sabía que ese iba a ser su destino por los próximos seis años. Los primeros meses los pasaron en la plaza Barrancas de Belgrano, hasta que la policía empezó a correrlos de madrugada. “Así llegamos a parque Los Andes, que era como más tranquilo. Encontramos unos arbustos y ahí dejamos nuestros cartoncitos y nuestra bolsa de ropa, que habíamos juntado gracias a donaciones de la gente”, recuerda, mientras señala el lugar.

Allí aprendió a sobrevivir con lo justo y necesario. “Cuando vivís en la calle no te podés armar una casa porque te movés para todos lados. En ese sentido, tener un colchón era todo un tema. Primero, por el traslado; segundo, por las lluvias. Cuando llueve, el colchón no se te seca. Y si lo dejábamos en algún lugar, alguien se lo llevaba. Entonces, era imposible. Para dormir usábamos cartón: lo poníamos sobre el pasto y luego cubríamos con una o dos frazadas para estar más calentitos, porque el cartón se humedecía con el pasto”, recuerda. Lo peor eran las noches de invierno. “Dormir en la calle con frío era una tortura: se te congelaban los dedos, la cara… todo el cuerpo. Era como que dejaba de sentirlo. Nosotros nos cubríamos con nailon para taparnos del viento. Hasta que nos dimos cuenta de que así llamábamos más la atención y podía venir la policía. Así que, directamente, nos tapábamos con el nailon y poníamos la frazada arriba”, explica.

Las duchas con agua caliente eran esporádicas: cada tanto, ella y su padre iban a un parador del Gobierno de la Ciudad, donde podían higienizarse. “Aunque eran diez minutos, esos días los aprovechaba un montón porque podía pasarme jabón por todo el cuerpo y lavarme bien el pelo con shampoo”, dice. Otras veces, la mayoría, recurría a una fuente de la plaza. “Me tiraba agua como podía y la pasaba bastante mal porque estaba muy fría”, agrega.

Las dos caras de la escuela

A pesar de la realidad que afrontaba, Karen asistía al colegio a diario. Según cuenta, todas las mañanas se ponía el guardapolvo, pasaba a lavarse la cara y los dientes por un restaurante que estaba enfrente del parque y luego caminaba dos cuadras hasta la escuela pública, donde cursaba jornada completa. “Para mí el colegio era como un hogar. Un lugar calentito para quedarse. Te daban el desayuno, el almuerzo, podías estudiar en la biblioteca”, dice. Sus actividades no terminaban ahí: cuando salía de la institución asistía a un taller de apoyo escolar y actividades artísticas.

Con el tiempo, sin embargo, la escuela también se volvió un espacio hostil. “Antes de entrar al colegio, algunos de mis compañeros pasaban por la plaza y me veían salir de entre los arbustos. Eso me trajo muchos problemas porque empezaron a hacerme bullying y yo me moría de vergüenza”, cuenta. Mientras algunos niños la señalaban y se burlaban de ella, las madres de esos chicos comenzaron a acercarse con gestos de cuidado: “A veces me invitaban a tomar la chocolatada a sus casas y era hermoso. Después volvía a mi realidad y me entraban muchas ganas de llorar. Siempre quise ser igual a mis compañeritos”.

Esa necesidad de pertenecer encontraba un respiro en una fecha especial: el 13 de noviembre, el día de su cumpleaños. Ese día, al menos por unas horas, Karen dejaba de ser “la chica que vivía en la plaza” y podía sentirse una más. “Siempre fui fanática de mi cumpleaños porque es el día en que uno recibe más cariño y atención. Diez días antes, arrancaba con la cuenta regresiva. Soplaba las velitas en la escuela y en el taller”, recuerda. Con el paso de los años, también lo celebraba en las ollas populares donde se acercaba a cenar y le improvisaban una torta. Cuando pedía los tres deseos, ansiaba que alguien de su familia fuera a buscarla para desearle feliz cumpleaños. “Mi ilusión siempre fue que aparecieran mi hermana, mi abuela, mi mamá… alguien. Pero nunca pasó”, admite.

De recorrer las villas a pedir en los trenes

Con el paso de los meses, Karen entendió que su papá era adicto y que la calle era su nueva casa. “A los siete ya sabía que se drogaba. Me llevaba con él a la Villa 31 porque era de noche y no quería dejarme sola. Caminaba tan rápido por la abstinencia que yo no podía seguirle el ritmo”, recuerda.

En ese estado, el hombre se aprovechó de su hija. “Mi papá vivía de mí. No es que vino un día y me dijo: ‘Andá a hacer plata’, pero me lo sugirió. ‘Sería bueno que vayas a pedir a los trenes para que comamos. Yo no puedo hacerlo porque soy grande y soy hombre. Vos sos chiquitita y te van a dar más plata’, me dijo”.

Al principio, Karen pedía tímidamente “una monedita, por favor”. Después repartió estampitas y papelitos escritos. Pero cuando la plata no alcanzaba, tuvo que apelar a otros recursos. “Ahí mi papá me hizo cambiar el speech: ‘Decí que tenés dos hermanitos, que yo estoy internado y que necesitás plata para comer’. Y yo me subía al tren y repetía todo eso”, lamenta.

En la vida de Karen, la figura de su padre ocupa un lugar complejo. Por un lado -dice- fue quien la rescató del maltrato de su abuela; por el otro, la arrastró a vivir en una plaza y vulneró todos sus derechos. En medio de esa contradicción, ella destaca algunos gestos:

Mi papá tenía momentos y momentos. Momentos en los que yo no lo reconocía y momentos en los que intentaba conectar conmigo e inculcarme algunos valores. Me explicaba: ‘Vos tenés que limpiar tu guardapolvo. No importa que vivas en la calle: al colegio tenés que ir limpita’. Entonces yo iba y lavaba el guardapolvo en la fuente. Cada vez que podía, me decía: ‘Yo soy el ejemplo que vos no tenés que seguir’. Me lo decía y me miraba con tanta tristeza que yo me ponía a llorar. ‘No digas eso, papi, no digas eso’, le respondía”.

Mientras deambulaba mendigando plata, Karen también atravesó situaciones inesperadas. Una de las más traumáticas ocurrió en un tren casi vacío, cuando un hombre intentó abusar de ella. “Salí corriendo y me bajé en cualquier estación”, recuerda. Tiempo después, una mujer que conoció paseando a su perro en parque Los Andes, le propuso adoptarla. “Me dijo que podía darme la vida que mi papá no me estaba dando: llevarme al colegio, comprarme ropa, juguetes e irnos de viaje. Pero cuando le pregunté si lo iba a llevar a él también y me dijo que no, me negué. No quería dejarlo solo”, relata.

“¿Nosotros teníamos una casa?"

Seis años después de aquella tarde en la que le había dicho “vamos a pasear” y la llevó a dormir por primera vez a un banco de plaza, el padre de Karen volvió a repetir la misma palabra: “Vamos”. Ella no entendía a dónde, pero, como siempre, lo siguió. “Subimos al tren y en un momento veo que es mi casa. Le dije: ‘Pará, ¿nosotros teníamos una casa? ¿Esto era nuestro?’. Y me dice: ‘Sí, pasá, es tuyo’. Me chocó un montón. Muchos sentimientos encontrados. No podía creerlo: tenía mi casa pero viví seis años en una plaza”, recuerda. Estaba todo como lo había dejado: la cama con el mismo acolchado, mi camperita favorita, que ese día no me la había llevado, mi ropa bien acomodadita, mis juguetes, que ya no me interesaban y los tuve que regalar”, agrega.

Cuando cumplió 15, se reencontró con su madre que, para entonces, había formado otra familia. “Empecé a contarle todo lo que había atravesado. Ella me escuchó y, en un momento, me dijo: ‘Sí, yo ya sé que pasaste todo eso. Estaba al tanto de todo’. Yo por dentro pensaba: ‘¿Estabas al tanto de todo y nunca viniste a buscarme?’. Fue durísimo porque, además, ella tuvo más hijos y con ellos era una mamá presente”, dice.

Cuando por fin pudo volver a dormir en una cama, guardar comida en una heladera y bañarse todos los días con agua caliente, Karen creyó que su vida iba a cambiar para bien. Pero no fue así. “Mi papá entró en el alcohol y canalizaba toda la abstinencia de la droga conmigo. Me pegaba, me agarraba la cabeza y me la daba contra la pared. Me ha revoleado vasos de vidrio y me ha amenazado con botellas cortadas”, recuerda. Los golpes eran tan fuertes que, más de una vez, fingió desmayos para que dejara de “pegarle piñas”.

El reencuentro con su madre. “Le conté todo lo que había atravesado. Ella me escuchó y, en un momento, me dijo: ‘Sí, yo estaba al tanto de todo’. Nunca vino a buscarme”, dice (Video/Maxi Bernardi)

Del enojo al perdón

Después de cumplir 15, Karen se independizó y se fue de la casa de su padre. Terminó el secundario en la Escuela N° 41 de Turdera y se refugió en la fe. Aceptar lo que había vivido no fue fácil. “Hasta ese momento tenía todas las emociones muy guardadas, como que las había ocultado”, dice. Primero apareció la bronca: “Me empezó a dar mucha ira y frustración para con mis padres. ‘Yo dormía en la calle, yo salía a pedir plata por los trenes... ¿Nadie se daba cuenta de que todo eso estaba mal?’, pensaba”. Hasta que finalmente entendió que quedarse enojada no le iba a servir. “Mi mejor método de defensa fue decir: ‘Soy la mujer que soy gracias a todo esto que pasé’. Igual, me costó un montón procesarlo”.

Sin dinero para costear sesiones de terapia, encontró en Internet su forma de empezar a sanar. “Veía videos en YouTube para entender de dónde vienen las heridas y cómo sanarlas. Todo me llevaba al perdón. Y yo decía: ‘La verdad es que no quiero perdonarlos y después sentarme al lado de ellos como si nada’. Hasta que entendí que el perdón no es eso, que hay muchas maneras de perdonar”, dice. La que encontró ella fue escribir cartas de liberación. “Les escribí a cada uno como si les estuviera hablando. ‘Papi, querido: Todo lo que hiciste me dolió, pero te suelto’, le decía. Lo mismo con mi mamá, con mi abuela. Después las quemé en el fuego”, cuenta.

Aunque ahora no tiene relación con sus padres, hace dos años, su papá le tocó el timbre y, como pudo, le ofreció unas disculpas por las situaciones a las que la expuso. “Yo te quiero pedir perdón por todo lo que te hice, por todo lo que pasaste”, le dijo mientras lloraba “como un nene”. Para ella fue un buen gesto y así lo recibió. “Me gustó recibir perdón de su parte”, asegura.

Hoy, Karen se dedica a ser mentora de mujeres. “Para eso primero tuve que sanar yo. Estudié formación de alto impacto, coaching y realicé varios cursos de psicoterapia. Mi hambre por ayudar era mucho. ¿Qué hago? Acompaño a mujeres que atraviesan duelos, desamores, que se sienten en piloto automático. Yo pasé por ese proceso y sé lo que se siente estar ahí. La raíz siempre es tu historia: tu infancia, tus traumas, tus heridas pasadas. Hacer esa introspección es lo que permite sanar y pasar a otra etapa”, explica.

“Yo soñaba con ser una mujer que pudiera enfocarse en ella misma, que pudiera decir que no sin sentir culpa. Hoy sé decir ‘Hasta acá’, sé lo que quiero y lo que no quiero. Hoy puedo hablar, expresarme, decir lo que siento. Lógicamente, me faltan un montón de cosas por aprender, pero lo principal, que era convertirme en la mujer de mis sueños, ya lo alcancé”, se despide Karen, con la convicción de quien convirtió la herida en un motor para seguir adelante.

Fuente: Infobae

Actualidad

Pablo tiene 27 y descubrió recién hace tres años que nunca tuvo olfato: “No elegiría vivir de otra manera”

Entre los aspectos de la percepción humana, el olfato ocupa un lugar esencial que se relaciona además con la experencia del sabor. ¿Cómo será imaginar la realidad sin perfume y sin olores desagradables?

Pablo Orlando (27) está habituado a esta condición porque, desde que nación, no percibe olores. Siempre sintió que le faltaba algo, pero no podía determinar qué. En 2024 se hizo los estudios para entender por qué no era como los demás descubrió la verdad.

Los médicos descubrieron que le faltaba el nervio olfatorio y su caso les llamó la atención. Según los profesionales, ese tipo de fibras son las primeras en desarrollarse en la gestación, y él no la tenía, pero el resto de su cuerpo estaba intacto.

Un bebé tranquilo

Ni Pablo ni su familia sospecharon algo: “Es muy difícil saber si tu hijo no tiene olfato. Yo era muy tranquilo de chiquito. Tanto que mi mamá creyó que era discapacitado porque no lloraba”. Tal era la sospecha de su mamá que lo llevó al médico; este le hizo distintas pruebas, como aplaudirle en el oído y revisarle los ojos, pero todo pareció normal. “El médico le dijo a mi mamá que yo estaba bien, solo que era tranquilo; a nadie se le ocurre ‘hay que probar si huele’”, comentó.

Se empezó a dar cuenta muy de a poco, pero no lograba descifrar lo que le pasaba. “Era difícil porque, por ejemplo, un ciego de nacimiento no sabe qué son los colores. Bueno, yo no sé qué es oler. Yo pensaba que todo el mundo percibía las cosas como yo”. Pablo describe su falta de olfato a una sensación parecida a como si siempre estuviera engripado.

Una de las anécdotas que le llamaron la atención en su infancia fue cuando ganó un peluche apestoso con su hermano y él podía aguantar el olor: “Me acuerdo de que mi hermano me lo ponía en la nariz y yo lo aguantaba sin problema. Yo sentía que no había nada”.

Otra señal de alerta fueron las comidas, comía todo lo que su mamá preparara. “Nunca tuve problema. Yo creo que tiene que ver porque no siento el sabor completo de la comida”, destacó.

El descubrimiento

Pensó en hacer estudios en pandemia: “Yo tenía una amiga enferma de los olores y en la pandemia ella pensó que yo tenía COVID, así que le tuve que explicar que nunca olí en mi vida. Me probó con cosas para oler y yo no sentía nada”.

No se hizo el estudio hasta 2024: “Sentía que nunca me había ocupado del tema, como que yo pensaba que era así desde el principio y ya está. Después quise averiguar el porqué”. En algunos momentos, Pablo llegó a sospechar que él mismo era el problema.

Una resonancia magnética dio un resultado tan inesperado que el médico se sorprendió: “Tenía anosmia, una ausencia total del sentido del olfato. Vio que me faltaba el nervio olfatorio; es como un cable que une el cerebro con la nariz. Dijeron que es muy raro porque es una de las primeras cosas que se forman, entonces es llamativo que todo lo demás se haya desarrollado bien”.

Los médicos también tuvieron en cuenta que podría haberlo desarrollado, pero perdido de chico: “Tal vez en algún caso de faringitis o rinitis de muy chico, también estaba la posibilidad de que yo hubiera tenido una enfermedad respiratoria de chico y por eso lo perdí”.

Vivir otros sentidos con intensidad

Pablo estudia en el Conservatorio de la Ciudad de Buenos Aires y comparte contenido en redes sociales con más de 300 mil seguidores. Desde chico se sintió atraído por el sonido y cree que está relacionado con su falta de olfato: “Creo que me incliné más a lo auditivo que al olfato. Generé una locura por la música”.

Me gustaba desde chico, siempre me gustó y tengo muy buena memoria. Puedo acordarme de una canción que escuché triste un domingo siete de noviembre a tal hora”, explicó.

A los 12 años empezó a desarrollar su pasión. Primero aprendió a tocar la guitarra, estudió música y le empezó a interesar todo lo que tuviera que ver con ese mundo. Hoy, toca el piano en el conservatorio y sube contenido a redes sociales únicamente sobre música.

Los riesgos de vivir sin olfato

A pesar de que él se sienta cómodo y no perciba olores desagradables, contó que la anosmia tiene sus riesgos: “Me cuesta mucho usar perfumes, siempre alguien lo tiene que elegir por mí. Tengo que confiar en sus decisiones”. Con la ropa le pasaba lo mismo; su familia era quien distinguía si tenía una prenda sucia o no. Y, como no percibe nada, también se baña hasta tres veces al día para evitar el mal olor.

Además, no solo no percibe el olor del monóxido de carbono, sino que tampoco sabe cuándo la comida está podrida. “Una vez que me comí una pechuga de pollo que había estado una semana en la heladera, llegó mi pareja y me preguntó qué comí, que olía mal”, recordó.

Aunque él jamás experimentó el olor de las comidas o las flores, él preferiría quedarse como está. “Siento que me hace particular, no solo por lo gracioso de contarlo en anécdotas, sino que siento que todos somos particulares en nuestras maneras”, expresó.

No eligiría vivir de otra manera, no podría”, sintetizó.

Pablo convirtió su condición en una forma distinta de percibir el mundo. Su historia no solo expone un caso médico poco frecuente, sino también una manera singular de adaptarse a lo cotidiano, donde otros sentidos —como el oído— cobran un protagonismo central. Hoy lleva una vida en la que la falta de olfato no es un obstáculo, sino una característica más de su identidad.

En un contexto en el que muchas veces se busca “corregir” lo diferente, su mirada invita a pensar en la diversidad desde otro lugar. Pablo no solo aceptó su condición, sino que la integró como parte de lo que lo define.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Actualidad

Toneladas de sal y carbón: el dibujo monumental de Matías Duville que representará a la Argentina en Venecia

Egresado de esa experiencia fecunda llamada Beca Kuitca para Jóvenes Artistas, entre otros espacios de formación, al marplatense Matías Duville la suerte lo encontró trabajando. Con una obra prolífica y reconocible (esos raros paisajes entre terrenales y lunares) que surge en torno a recuerdos y vivencias. Una infancia patagónica y el impacto de unos bosques petrificados. Una vida en conexión con el mar, que lo lleva por el mundo como surfista, buscando olas. Y una mirada distorsionada de ciudades, de cartografías urbanas extrañadas, que viene de algún lugar en su cabeza.

Ha expuesto enormes anzuelos inquietantes. Y oscuros montículos de carbón, igual de perturbadores. Su dibujo es la base de un trabajo de búsquedas y experimentación con diversos materiales y soportes. Con imagen, con sonido. Algunos, de grandes dimensiones, le dejan las manos negras como las de un minero.

Ahora prepara el dibujo más grande de su vida, que ocupará el pabellón argentino de la Bienal de Venecia. Se presentó a la convocatoria por sexta vez y por fin resultó elegido con un proyecto llamado Monitor ying yang, que está tomando forma. Un dibujo monumental hecho con dos materiales amigos de su trabajo: carbón y sal. Treinta toneladas que llegarán en barco hasta los galpones del Arsenale veneciano para construir un diseño en el suelo del pabellón. Sí, será pisado, caminado, modificado por las personas. Entre otras cosas que sucederán ahí, en la que promete convertirse en una de las puestas más asombrosas del año.

Duville es, además, el primer artista que va a la exposición internacional más importante del mundo ya sin financiación estatal. Su obra, curada por Josefina Barcia, y que el público de todas partes podrá visitar entre mayo y noviembre, fue financiada íntegramente por privados. En buena medida convocados por la galería que lo auspicia, “Barro”.

En su precioso taller y hogar de Belgrano, Duville responde sobre esto con cierta resignación. Aunque desde que se conoció la noticia de su nombre no le quedó otra que comentarlo y ya está acostumbrado. Elegido entre 69 proyectos, un récord de convocatoria Monitor ying yang destacó “por lo inédito de su propuesta de gran calidad”, según dijo Adriana Rosemberg, de PROA. Integrante de un jurado que completaron Amalia Amoedo, presidenta de la Fundación Ama Amoedo, Sergio Baur, presidente de la Academia Nacional de Bellas Artes, Rodrigo Moura, exdirector artístico del MALBA, Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes, Tulio Andreussi Guzmán, presidente del Fondo Nacional de las Artes y Eugenia Usellini, presidenta de la Fundación del Museo Castagnino.

“Lo terminaron financiando coleccionistas privados, fue la manera de hacer frente a un proyecto que requiere inversión”, dice. “Las cartas están tiradas y uno tiene que trabajar para dar lo mejor. Pienso que nada debe sacarme del foco más importante, que es generar la mejor versión posible de ese proyecto. Y en esta edición las cartas son así. Ya con las bases se sabía que era así, que uno tenía que financiarse. Hubo todo un equipo de gente de apoyo de mi galería buscando fondos y los consiguieron”.

Una de las cosas que sorprende primero de su propuesta es que se trata de un dibujo en el suelo, donde será, por supuesto, modificado. “El pabellón argentino es un espacio increíble, pero complejo. Entonces, en vez de enfocarme en las columnas, las paredes o el techo, pensé en hacer una experiencia transitable, en el suelo”, cuenta. “Y manejé varios layers como lo sonoro, la iluminación, el dibujo en una escala así, expansiva. Un dibujo sobre el suelo hecho con dos minerales, sal y carbón. Hay como distintas terminales de contenido, y me encanta cuando pasa eso, cuando parecería que uno lo pensó muy racionalmente y está todo atado, pero en realidad fue todo lo contrario”.

-Sal y carbón son dos materiales que te acompañan y, a la vez, tienen mucha simbología.

-El carbón tiene una conexión muy fuerte en el dibujo. En mi trabajo, es el carbón vegetal que me lleva a varios lugares: las cenizas, un mundo en extinción, los antiguos bosques sepultados en capas, en las profundidades. El carbón emerge y me hace pensar en el territorio.

-Y la sal es el mar.

-Sí, el mar y la condensación de los antiguos océanos. En mi trabajo hay algo muy fuerte con la idea del océano como si fuese una analogía: entre el misterio de la profundidad de la mente y el misterio de la profundidad del mar. Para los que nos criamos en el mar hay algo muy natural, jugamos con el mar, además soy surfista. Somos afectados por el mar. Pero también me gusta como la mugre de las grandes ciudades. El ir y venir entre la naturaleza y la ciudad, entrar y salir, me parece enriquecedor.

Los que entren al pabellón argentino de la Bienal vivirán una especie de experiencia inmersiva. En la que sus movimientos, y las partículas de polvo que generen, producirán alteraciones de un sonido en el que trabajó el artista, en colaboración con el músico Alvise Vidolin y los del Centro di Sonología Computazionale de la Universidad de Padua. Como resultado, cada vez que se visite el pabellón el sonido será distinto. Centolla Society se llama la banda que Matías tiene con su hermano Pablo. Y que define como un sonido que va desde banda pop a muy experimental.

“Hicimos muchos proyectos en este terreno de la escena del arte, y tenemos una gran biblioteca de sonidos inventados. Siempre pensé que el sonido era algo muy importante. Hay una lógica del sonido que sigue un poco la lógica de la imagen, de la narrativa, del dibujo que tiene que ver con con lo abstracto, pero también con ciertas escenas dinámicas paisajísticas, u otras más estáticas. El sonido viste. Pero es muy difícil explicar qué va a sonar”.

Duville habla y reflexiona, jugando con su timidez, entre obras de gran formato que se roban la mirada. No hay forma de no preguntarle por esos paisajes, coloridos o en blanco y negro, como mapas de un mundo extraño en el que perderse. Vastedad, descampados naturales: palabras suyas. “Mi papá era químico, pero también estaba vinculado con con la biología marina”, cuenta. “Y en los 80 viajábamos mucho al Sur, a Madryn y más lejos todavía. Mi papá hacía documentación, de geología, para publicaciones que eran más de del ámbito académico. Lo acompañábamos y de pronto aparece ese bosque petrificado, esos primeros encuentros con el paisaje primitivo y en expansión. Nos traíamos troncos petrificados, puntas de indio y esas cosas que ahora están totalmente prohibidas”.

Acaso, la condensación de su trabajo, para usar una palabra suya, se encuentre en el dibujo de su vida. En la Bienal de Venecia que abre en mayo y se queda hasta noviembre. Una obra que resume la idea del cambio constante que le interesa. “Se visita un terreno, se lo camina, se mezclan los materiales. Y que el espectador se sienta adentro de esa materia y del ADN de ese gran paisaje”.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Actualidad

Tiene 10 años, sufrió bullying en la escuela e intentó quitarse la vida: “No quiere jugar con otros chicos”

La vida de la familia de T., una nena tucumana de 10 años, cambió de un día para el otro. El sufrimiento de la menor, que se desencadenó cuando tenía nueve, escaló y derivó en una sucesión de hechos que todavía no tienen solución.

T. iba al colegio como todos los días y su rutina era como la de cualquier chiquita de su edad. El año pasado, entre cambios y movimientos habituales dentro de la institución, hubo nuevas incorporaciones en su grado y la situación fue modificándose.

Paula, su mamá, contó que su hija se había hecho amiga de una nena que había sido cambiada de curso porque tenía problemas con otros chicos y que si bien al principio estaba todo bien, ella notó actitudes que no le gustaban y le pidió que se alejara.

Desde entonces, asegura, las cosas comenzaron a cambiar. “La nena se le puso en contra, se juntó con dos más y empezaron a hacerle de todo a T.”, lamentó Paula en diálogo con TN.

Las primeras pautas de alarma comenzaron cuando la nena dejó de querer ir al colegio. “Cuando la levantaba no quería ir o quería ir con el pelo suelto para que no se le vea la cara”, aseguró.

“Todos me decían que eran etapas, me daban consejos, pero ella siempre estaba cabizbaja, no quería hacer lo que hacía habitualmente, no podía sacarla de la cama porque no se quería levantar, era la lucha de todas las mañana”, insistió.

Al principio, extrañada por las actitudes de su hija, Paula habló con ella y de a poco, a veces por terceros, comenzó a enterarse de algunas situaciones que la menor estaba viviendo. “Hablé con las mamás de estas nenas, no soy de esas mamás que se quedan afuera conversando, yo la dejaba y me iba porque tenía que entrar al trabajo. Conocía a alguna que otra por el grupo de mamis, pero no a todas. Ahí empecé a buscar los nombres de los nenes, yo reclamaba por las mamás de las tres nenas, pero algunas no querían aceptar, decían ‘mi hija no es, no puede ser’”, agregó.

Con el correr de los días la situación no cesó, sino todo lo contrario. “Me enteré por una de las mamás que vende afuera de la escuela que cuando mi hija se compraba algo, las nenas se las quitaban y se iban corriendo. Cuando se los dije a los papás me dijeron ‘mi hija es re selectiva, no come cualquier cosa’”, recordó.

La situación no mejoró y ese viernes de septiembre de 2025 estalló todo. “El papá de T. fue a reclamarle al papá de una de las nenas porque ya era mucha la insistencia de mi hija para que habláramos. Nos contaba que le decían cosas feas y que le mandaban mensajes. Cuando el padre de T. finalmente encaró al hombre, en buen tono, le explicó que estábamos teniendo un problema y le pidió hablar para que no siga pasando. La insistencia era tanta porque el tema ya se había ido de las manos y mi hija aseguraba que la empujaban contra el armario y hasta la tiraban de la silla”, precisó Paula.

En medio del intercambio, el papá de la otra nena involucrada le preguntó a su hija, adelante de T., si ella la estaba molestando y la chiquita respondió que no. El padre también lo negó todo así que la situación terminó ahí. “Mi hija vino a casa y empezó a recibir un montón de mensajes en su celular que decían ‘ya sabes lo que te va a pasar el lunes’, como diciéndole que le iban a pegar, hasta la llamaron, hice que atendiera y eran gritos e insultos. Era mucho”, especificó la mujer.

“A mí no se me va más ese día de la cabeza porque fue de terror”, aseguró aun con la voz temblorosa.

Paula decidió sacarle el celular a T. para que no siguiera mirando los mensajes y se fue a llevar a su hija más chica al dentista. Mientras tanto, T. se recostó. “Cuando volví a las dos horas ella seguía acostada. Le pregunté si quería merendar y me dijo que no, que se sentía mal, que le dolía la cabeza. Al rato avisé que me iba a ir a comprar, que enseguida volvía”, explicó Paula.

Esa tarde agarró la moto, su celular, que no suele llevar cuando sale de compras, y se fue a cinco cuadras de su casa. Mientras esperaba a que la atendieran, el teléfono comenzó a sonar. “Mi hija más chica me empezó a mandar mensajes que decían ‘T. se encerró en el baño’, después me dijo que agarró papeles y que seguía ahí”, detalló la mujer.

Para ese entonces, Paula ya había salido rápido hacia su casa. “Estaba a dos cuadras cuando me volvió a llamar y me dijo ‘mi hermana no respira’. Yo quedé en shock. Llamé al papá, que estaba trabajando, y le dije que vaya urgente a casa. Esas dos cuadras y media se hicieron eternas, sentía que no llegaba más. Llegué, dejé la moto en la vereda con la llave puesta, entré y le pregunté a la más chica dónde estaba su hermana. Me señaló el baño. No sabía ni cómo reaccionar, empecé a gritar y salí corriendo a buscar ayuda”, recordó entre lágrimas la mujer.

Un vecino, que habitualmente no solía estar en ese horario, justo se encontraba en la vereda con su auto. Paula le pidió ayuda y entre los dos llevaron a T. al hospital de Avellaneda de la capital tucumana. “Fue de terror”, insistió.

En el centro de salud estuvieron más de una hora intentando reanimarla hasta que lograron que reaccionara. “La primera noche nos hicieron entrar a despedirnos porque no le daban esperanza de vida”, lamentó Paula. Pero pese al mal panorama, T. permaneció internada en terapia intensiva durante 14 días y finalmente pasó a sala común.

Tuvo que aprender a hablar, había que darle de comer y no caminaba. Así estuvo casi un mes. Hoy habla, camina con dificultad, pero lo hace, y está medicada todo el día”, especificó.

Paula siente que su vida dio un giro total y que su hija fue quien cambió por completo. “Ella era una nena feliz”, insistió.

La menor permaneció casi tres meses internada y aunque hoy está en su casa, no va a la escuela y convive con secuelas. “Todavía no escribe, pero lee aunque desordena las palabras. Es difícil, el día a día cuesta mucho”, aseguró la mujer.

Sobre la posibilidad de que la chiquita vuelva al colegio, su madre señaló: “Al principio me decía que no quería volver, que no quería que le vuelvan a decir cosas o que se burlen de ella. Decía que tenía miedo de jugar con otros niños”.

“Tratamos con el papá de que se le vaya esto de que todos los niños son malos, de decirle que lo que le pasó fue horrible, pero no va a volver a pasar. Tratamos de inculcarle eso, de que va a tener nuevos compañeritos y hay días que quiere y días que no quiere saber nada”, agregó.

Desde que empezó a hablar, la pequeña nombra solo a estas tres nenas como un recuerdo que en realidad no quiere recordar. Cuando estuvo internada, sus propios compañeritos fueron quienes comenzaron a contar las situaciones que ella padecía y de las que sus padres no estaban al tanto.

Acerca del accionar del colegio, Paula remarcó que en su momento T. intentó buscar ayuda, pero no la encontró.

“Yo creo que somos los papás los que tenemos que guiarlos y enseñarles. Salieron 20 casos más atrás del de mi hija. Hasta el día de hoy se nos cambió por completo la vida, son muchas cosas. En el colegio realizaron talleres con el grado de T. y la situación terminó ahí. La causa por lo ocurrido, luego de una breve investigación, está cerrada. Fui por la parte civil, pero hasta el día de hoy no tuve respuesta de nada, porque en lo penal ya está archivado. Nos duele porque no sabemos que más hacer y los problemas están en todos lados. Sumado a eso, T. ella nació con un problema en los riñones y hoy en la salud publica en Tucumán no hay urología infantil, ella necesita un especialista porque empeoró en ese tema y no hay”, sumó.

Sobre el final, Paula reflexionó: “Hoy me duele en el alma tener a mi hija así, que no pueda ir a la escuela, son muy fuertes todas las cosas que vengo viviendo. Hoy no puedo trabajar, hago muy poco porque nos dividimos con el papá para poder estar con ella. Pido que esto no vuelva a pasar, no le deseo a nadie vivir lo que estoy viviendo, les pido que eduquen con amor a sus hijos”.

Fuente: TN

Sigue leyendo
Advertisement

Nuestro Clima

Facebook