Internacionales
Se enamoró de un hombre que tenía cáncer e igual decidió formar una familia
Lo conoció dos meses después de la cirugía en la que le sacaron un tumor de casi 3 kilos. Mientras muchos le decían "estás loca, se va a morir", ella decidió seguir adelante con la relación. "La vida es distinta cuando sabés que la fecha de vencimiento está cerca", asegura.
El día en que su amiga la invitó a la cena, Mechi contestó "ni loca". Hacía dos años que había logrado poner punto final a una relación atravesada por el maltrato y todavía seguía en la etapa "bicho bolita". Su nivel de autoestima estaba en cero y su único interés era tratar de devolverle a sus hijos la vida que la violencia les había robado.
Pero otra amiga insistió -"no tenés nada que perder", dijo- y la convenció. A la mesa se sentaron ellas tres, "amigas de la vida", y ellos tres, amigos y ex jugadores de rugby del club Curupaity, de Hurlingham. Mechi, que jamás había creído en el amor a primera vista, salió del restaurante "casi enamorada".
Se suponía que iba a ser la típica primera cita -superficial y, en el mejor de los casos, divertida- pero terminaron teniendo una charla profunda sobre la vida y la muerte. Esa misma noche, Mechi supo que Pedro, el hombre al que no podía parar de mirar, tenía cáncer de riñón y acababan de extirparle un tumor de casi 3 kilos.
La segunda cita también fue grupal: una cena con pizzas caseras que Mechi organizó en su casa. Ella estaba divorciada, tenía 47 años y tres hijos. Pedro Colombo era cinco años mayor pero también estaba divorciado y era padre de tres hijos.
Se suponía que iba a ser la típica primera cita -superficial y, en el mejor de los casos, divertida- pero terminaron teniendo una charla profunda sobre la vida y la muerte. Esa misma noche, Mechi supo que Pedro, el hombre al que no podía parar de mirar, tenía cáncer de riñón y acababan de extirparle un tumor de casi 3 kilos
"Fue como un flash, quedé fascinada. Le dije a mis amigas: 'No me pregunten qué tiene este señor pero me encanta. Me gusta su forma de ser, su sonrisa, todo", cuenta a Infobae Mercedes Mastandrea (52), que era y sigue siendo profesora de inglés y bibliotecaria en el colegio Marín.
Esa noche se alejaron un poco del grupo y tuvieron una conversación más íntima. Al día siguiente, Pedro la llamó y la invitó a salir, esta vez solos. Era marzo de 2014 "y desde ese día no nos separamos más", sigue ella. Lo dice ahora, cuatro meses después de la muerte de Pedro, convencida de que tampoco la muerte ha logrado separarlos.
El comienzo del amor
Ella se enamoró perdidamente pero Pedro avanzó más despacio. "Sabía lo que le podía pasar y tenía miedo de que yo saliera muy lastimada", cuenta. Sabía, porque ocho meses antes de conocerla, se había rozado con la muerte por primera vez.
"Mientras intentaban sacarle el tumor habían pinchado la vena cava y casi se desangra. Sus hijos me contaron ese día, los médicos gritaban 'se muere', 'se muere'". La cirugía en la que finalmente lograron extirparlo fue dos meses antes de la cena en la que se conocieron: tardaron 11 horas pero lograron sacarle un tumor en el riñón que había crecido sobre la vesícula, el hígado y, había subido, como un lengüetazo, por la vena cava.
"Cuando lo conocí él estaba muy bien, limpio. Pero el tumor había llegado tan lejos que por algún lado podía volver a aparecer. Así que yo, de alguna forma, siempre supe que era un amor con fecha de vencimiento", sigue.
Sus hijos también tuvieron miedo cuando ella les contó que estaba saliendo con alguien: ¿y si volvía a formar pareja con un violento? ¿y si volvía a invadir sus vidas un hombre que no los quisiera? En seguida, sin embargo, percibieron la diferencia: desde que Pedro estaba cerca, su mamá había vuelto a cocinar, había decorado la casa, se tentaba con los chistes que él hacía y contagiaba las carcajadas.
La vida que encararon no fue la de dos adultos divorciados y solitarios, con los hijos ya crecidos. Fue entre todos: ella, él y la manada de seis hijos. Pero una infección generalizada pateó los planes cuando todavía no habían cumplido un año de relación. Pedro volvió a quedar al borde de la muerte. "No fue el cáncer, no lo podíamos creer".
En la clínica fueron claros: había que operarlo de urgencia, tenía un 30% de posibilidades de sobrevida. "Antes de entrar a la cirugía, cuando supo que iba a estar un tiempo en coma inducido, me dijo: 'Quiero que entres derecha a verme', firme y no bicho bolita, porque yo voy a estar dormido pero te voy a sentir. Quiero que te pongas el perfume que te regalé y vengas tranquila, porque voy a salir'".
El perfume era "La Vie est Belle" ("La vida es bella"), de Lancome. Pedro estuvo un mes internado. Salió.
A muchos les pareció una locura que Mechi hubiera decidido fundar una familia con él sabiendo que estaba enfermo. Le dijeron de todo: que era una masoquista, que le gustaba sufrir, que así como antes había creído que podía salvar al psicópata ahora creía que iba a salvar al enfermo.
"Cuando me veían sufrir me decían 'bueno, vos sabías en lo que te estabas metiendo'. Y sí, yo sabía y no cambiaría mi decisión por nada del mundo. Porque nuestra vida juntos no fue sólo el cáncer. Pedro siempre decía que el cáncer tiene mala prensa, pero en realidad te da tiempo para hacer un montón de cosas que un infarto, por ejemplo, no te da".
Cuando se recuperó, pensaron en viajar a Europa pero entendieron que no hacía falta tanta escenografía y viajaron en manada, cada verano, a Mar Azul. "Pedro nos enseñó a capitalizar el tiempo. Nunca me voy a olvidar de su cara de felicidad cuando se metía al mar de noche. Yo lo miraba desde la arena, congelada, parecía un chico", dice, y el recuerdo la hace sonreír.
Mechi era de las personas que paran en una esquina, miran el semáforo pero no miran el cielo. Con Pedro empezó a pasar ratos mirando pájaros por la ventana. "Eran cosas chiquitas. Me acuerdo de una vez que fuimos caminando a comprar una calabaza y volvimos tentados de la risa. No sabés lo distinta que es la vida cuando sabés que tu fecha de vencimiento está cerca".
La filosofía de Pedro era simple y compleja a la vez: "La vida es linda", repetía. Y "la vida es ahora". Mechi aprendió a usar el tiempo a su favor. "Yo sabía que se iba a morir pero, después de tantos años de oscuridad, también tenía la certeza de que era el amor de mi vida. No soy ninguna heroína, yo lo amaba: nunca se me cruzó por la cabeza la idea de dejarlo para no sufrir yo después".
La inminencia de la muerte
En 2017 el cáncer volvió: esta vez, el tumor había trepado por la columna. Ser conscientes de que Pedro estaba muriendo los ayudó a no llenar el tiempo con falsas expectativas y segundas opiniones y aprovecharlo, en cambio, para decirse todo lo que la negación suele tapar.
—Yo me voy a morir pero igual te voy a extrañar. Vos ¿qué vas a hacer cuando me muera? — le preguntó Pedro.
Mechi le contestó lo único que tenía claro: "Que no iba a volver a enamorarme, que yo ya había conocido al gran amor de mi vida. ¿Había durado poco tiempo? Puede ser, pero ¿cuántas personas podrías decir que tuvieron la suerte de conocer al amor de sus vidas?".
La metástasis avanzó por la columna a tal velocidad que, a comienzos de 2019, Pedro ya no podía ponerse las medias. Se estaba muriendo. Fue ahí que apareció lo que ella llama "la palabra de moda": soltar.
"Me decían 'visualizalo atravesando un arco iris y soltalo', 'Mechi soltalo, papá no se puede ir porque te ve a vos triste'. Hasta los médicos me decían que yo no lo dejaba irse. A ver, yo no lo soltaba porque no podía, no es cortar un hilo y ya está, no es tan fácil soltar la vida".
Fue cuando se dio cuenta de que las muecas de Pedro ya no eran de risa sino de dolor que empezaron a despedirse. "Le dije la verdad. 'Yo sé que voy a quedar como un rompecabezas de 1.500 piezas que se cae al piso y queda todo desparramado. Pero yo ya me levanté una vez y pude rearmarme. Tal vez esta vez sea con más dolor pero el amor me hizo una persona mucho más fuerte. Voy a estar bien, andá tranquilo".
Antes de partir, Pedro le hizo un pedido: escribí el libro. Ella le hizo otro: "Avisame cuando llegues". La última noche, entre rescates de morfina, le pidieron a la enfermera que lo acomodara en la cama para poder dormir juntos. "Lo último que dijo, con ese humor que tenía, fue: 'Dejen de toquetearme que me están matando'".
Pedro murió a comienzos de este año, cuando estaban por cumplir 5 años de relación. Fue él quien eligió la ropa que quería usar en su velatorio: nada negro, un pantalón claro y una camisa rosa. Fue él quien pidió que en la ceremonia sirvieran anís -su bebida preferida- y sonara Barry White. Fue él quien pidió que lo enterraran cerca de un banco y un pino para que ella pudiera sentarse a leer cerca de él.
"Yo le había dicho 'mandame una señal de que estás bien: no sé, que el jazmín florezca antes, que haya más mariposas, algo que me dé cuenta, no me mandes un viento'. Es loco pero mi jazmín floreció en marzo y no paro de cruzarme mariposas. Una amiga, que es bióloga, me dijo que hasta ellos estaban sorprendidos: hacía muchos veranos que no veían tantas".
El después
Mechi había escrito desde la adolescencia pero el único rastro de su escritura estaba en su blog, que tiene 32.000 seguidores. A eso se refería Pedro cuando le dijo "escribí el libro". Quería que se animara y publicara las historias que los lectores le habían ido contando.
No fue ese, sin embargo, el libro que Mechi terminó escribiendo. Hizo otro, que acaba de publicarse. Se llama "Pedro, pedazo de cielo", y va a presentarse en la Feria del libro.
"Muchas noches lloro abrazada a la almohada de él, no te voy a mentir. Pero me quedó todo ese amor. Pedro me ayudó a ver cosas en mí que yo desconocía porque mi pareja anterior me decía: 'A vos nadie te va a leer', y yo me lo había creído. Mi relación con Pedro me hizo más fuerte, mejor persona así que por supuesto que viviría todo de nuevo. Yo no tengo ninguna dudas de que se puede ser feliz al lado de alguien que se está muriendo".
Después abre un ejemplar de su libro y lo dedica. Tiene un infinito tatuado en el antebrazo, el mismo símbolo que ella le dibujaba con el índice sobre la espalda cuando lo acariciaba. En el anular tiene las dos alianzas. "Gracias por escuchar la historia de un buen amor", escribe. "La vida es linda".
Fuente: Infobae
Internacionales
La historia de la Labubu: el imperio que factura US$27.500 millones y tiene fanáticos como Rihanna y De Paul
Es, al mismo tiempo, una muñeca, un accesorio de moda, un artículo coleccionable y un objeto aspiracional.
Es algo que tienen en común Rihanna, Kim Kardashian, una superestrella del K-Pop, Rodrigo de Paul, y mi hija Julieta, de 9 años.
Las Labubus se han convertido en un boom global.
Se agotan apenas salen al mercado las nuevas ediciones, en Europa se han tenido que suspender las ventas por los disturbios ocasionados en las filas, hay decenas de miles de videos en TikTok con los unboxing. Algunas que originalmente salían alrededor de 30 dólares han llegado a valer 170.000 en la reventa.
Si usted nunca ha visto una Labubu, debe saber que se trata de unos muñecos de unos 20 centímetros de alto con cuerpo de peluche y cabeza de vinilo. Ojos muy grandes, ovalados y expresivos, orejas puntiagudas, nariz pequeña, y una ambigua sonrisa de exactos 9 dientes -hasta las versiones truchas tienen 9 dientes-: no sabemos si es una sonrisa simpática o algo malévola. El que las observa por primera vez no sabe si se trata de una muñeca tierna o siniestra.
Según sus creadores la describen en la web oficial, Labubu es “buena y siempre está dispuesta a ayudar, pero a menudo, sin querer, consigue lo contrario”. Pero no se trata más que de storytelling.
Rodrigo de Paul y Rihanna comparten su amor por el accesorio furor (Foto: Inter Miami / Daily Mail)
Quién es el creador de las Labubus y por qué tardaron tanto en convertirse en furor
Fueron creadas originalmente por el artista coreano Kasing Lung. Eran parte de un libro ilustrado y Labubu era uno de Los Monstruos.
Las muñecas Labubus salieron al mercado en 2019 como parte de una serie y sin demasiada expectativa. Era un producto más de los que se sacaban para el público infantojuvenil. Pop Mart, la empresa fabricante, no había depositado muchas ilusiones en ellas. Y en los primeros años no se equivocaron. Un camino lento y discreto. Hasta que en 2024 se produjo la explosión fenomenal.
Primero fue China, luego el resto del mercado asiático. Después, el mundo occidental.
Dicen que quien inició la tendencia fue Lisa, cantante K-pop e integrante de la banda Blackpink. Cada cosa que ella muestre en sus redes es consumida después con devoción por sus millones de fans. Zapatillas, ropa, teléfonos, restaurantes a los que concurre. En abril del 2024 publicó en Instagram varias imágenes junto a sus Labubus. Sus fans se encargaron del resto.
A partir de ese momento no se detuvo el fenómeno. Se esparció velozmente. Un contagio global.
Según la edición, las Labubus pueden salir entre 18 y 50 dólares. Pero después hace su trabajo el mercado, la ley de oferta y demanda. La desesperación de la gente por tenerlas es tal, que su precio en el mercado de la reventa se multiplica exponencialmente.
Las peleas que surgen en los lugares de venta física se deben a que algunos acaparan demasiadas para venderlas en sitios de internet a precios mucho más elevados que los originales. Agio y especulación en el mercado de las muñecas. La empresa debió suspender en más de una ocasión estas ventas en comercios y realizarlas totalmente a través de internet debido a los disturbios (en los que estuvieron involucrados dependientes, padres, niños y adolescentes).
No se hace demasiado sencillo explicar las causas de este éxito descomunal. No se trata de una idea revolucionaria ni del diseño más hermoso del mundo. Es más, al enfrentarse a ellas por primera vez, uno no sabe si son bellas, tiernas, insípidas o desagradables. No parecen memorables a primera vista.
Como suele ocurrir en estos casos se mezclan algunos factores racionales, con el efecto contagio, lo aspiracional, la sintonía con un público determinado y la propagación inmediata que realizan la web y las redes sociales que provoca en otros una necesidad de la que carecían, un deseo irrefrenable hacia ese objeto.
En las redes, por ejemplo, se encuentran diferentes videos que muestran a personas amuchadas, alrededor de una joven abriendo una caja de Labubu. Están ansiosos por saber cuál le tocó de toda la colección.
Uno de los motivos de intriga y seducción es que vienen en cajas cerradas y el comprador no se sabe con cuál de las Labubu se va a encontrar. Ahí en las blind boxes está una de las claves. Algunas muñecas son mucho más usuales que otras. Están también las figuritas difíciles del álbum: oscuros objetos del deseo de los coleccionistas.
La comparación con las figuritas parece razonable (más allá del precio). Porque uno no sabe qué viene dentro del paquete, porque existe el riesgo alto de que salgan repetidas (late, late, late) y porque se genera una pulsión por completar la colección. Otro factor parece ser el de la oportunidad; reemplazaron a las Sonny Angel, el anterior y breve furor de juguetes/accesorios. Pero las Labubus llegaron a lugares que antes no habían sido alcanzados por ningún juguete y menos a tanta velocidad.
Alguien explicó que en los consumidores se impuso el estilo Kawaii, que describe una estética infantil, naif, modos de escapar de la rutina no convencionales, que se alejan de lo solemne y del concepto de lo adulto.
Hace poco en su columna semanal, el escritor Rodrigo Fresán, después de confesarse coleccionista de algunos ítems a lo largo de su vida, trató de entender lo que está sucediendo con la creación de Pop Mart y habló de algo similar: “Los adultos están comprando más juguetes que nunca no porque quieran volver a ser niños, sino porque siente que así escapan de un mundo caótico y de futuro incierto. Son -así se los ha calificado- Kidults. Suerte mala de lost boys peterpánicos quienes -como sienten que se juega con ellos- se dicen que lo mejor es seguir jugando y no tener un juguete, sino que ese juguete te tenga y te contenga”.
Que su origen sea chino no generó en los países occidentales la preocupación que se podría haber supuesto a priori. “Es tan buen producto que a nadie parece importarle de dónde vienen”, dijo un experto estadounidense que probablemente tenga en su casa una hija embobada con estos monstruitos de 9 dientes.
Pop Mart extiende la franquicia todo lo que puede y aprovecha el impulso. No solo hay muchas ediciones distintas de Labubus, sino que otras criaturas de la serie Los Monstruos ya están en el mercado. Es evidente que pertenecen a la misma familia, tanto que las diferencias con la Labubu son muy escasas, son variaciones: los Zimomo (Labubu con cola), Mokoko (novia del anterior) o Tycoco (un esqueleto de Labubu).
Después hay Labubus para cada ocasión. Hay algunas asociadas a Coca Cola, otras recrean motivos artísticos y se venden en el Museo del Louvre.
También, Pop Mart procura obtener la mayor parte posible del negocio. No solo vende de manera directa a través de su web, sino que puso máquinas expendedoras en más de 30 países y creó unos roboshops que no necesitan de dependientes.
Pero la empresa no es la única que intenta monetizar el fenómeno. Cada semana en sitios de noticias de todo el mundo aparecen noticias de grandes decomisos de partidas enormes de Labubus truchas por valores de cientos de millones de dólares. Nadie quiere quedarse fuera del negocio.
Wan Ning, fundador de Pop Mart, superó en la lista de mayores fortunas de su país a Jack Ma, de Alibaba
En esta historia hay un gran ganador: Wan Ning, fundador de Pop Mart. Wan Ning, gracias al furor de las Labubus, se convirtió en hipermillonario. Es uno de los hombres más ricos de China (y del mundo). Superó en la lista de mayores fortunas de su país a Jack Ma, fundador de Alibaba. Forbes calcula su fortuna en 27.500 millones de dólares.
Hoy Pop Mart vale al menos tres veces más que Mattel y Hasbro, las grandes empresas de juguetes y muñecas clásicas, propietarios de Barbie y sus derechos, entre muchos otros. Las acciones de la empresa china aumentaron su cotización un 500% desde la explosión mundial de las Labubus.
En las últimas convocatorias de la Selección Argentina, uno de los motivos de intriga era ver qué look elegían los jugadores al ingresar al predio de Ezeiza. Rodrigo de Paul y Otamendi, acaso, sean los más audaces y a la vanguardia de la moda. En la fecha FIFA reciente, varios ingresaron con bolsos de grandes marcas. Pero Rodrigo de Paul le sumó un accesorio. De su bolso colgaba una Labubu que tenía puesta la camiseta 7 de la selección argentina, su número.
Rihanna también lleva una Labubu especial en su cartera, lo mismo que Cher (para buscar una antípoda generacional, para que se vea que no solo es cosa de jóvenes) y decenas de figuras más de Hollywood, la canción, el deporte. También nenas de primarias que las cuelgan de sus mochilas o les hacen upa al terminar el horario escolar.
Fuente: TN
Internacionales
Su bebé fue devorada por un animal salvaje pero no le creyeron y la condenaron por asesinato: el caso de la familia Chamberlain
Corría el mes de agosto cuando el matrimonio australiano Lindy (32) y Michael (36) Chamberlain decidieron tomarse unos días de vacaciones. Disfrutaban mucho de la vida al aire libre y pensaron que acampar con sus tres hijos (Aidan,7; Reagan, 4; y Azaria, de solo 9 semanas de vida) en un camping familiar ubicado en Uluru, cerca de Ayers Rock, un lugar sagrado para los aborígenes locales, era una excelente idea. Salieron del pueblo minero Mount Isa, en el que vivían al norte de Queensland, en su auto Holden Torana amarillo. Debían viajar unos 1282 kilómetros hasta el parque nacional ubicado en el centro de Australia. El miércoles 13 de agosto de 1980 cargaron las carpas y todo lo necesario para sus vacaciones y partieron felices.
De haber sabido que abrir la puerta de su casa esa mañana sería abrir la puerta del infierno más temido, jamás habrían traspasado el umbral. Pero la realidad siempre es contrafáctica y volver los segundos atrás solo se puede hacer en las películas.
La religiosa familia Chamberlain
Michael Chamberlain, de origen neozelandés, había llegado a Australia en 1964, con solo 20 años. Se convirtió en pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y fue precisamente en el templo donde conoció a Alice “Lindy” Lynne Murchison, quien también había nacido en Nueva Zelanda, el 4 de marzo de 1948. Ella era hija de otro pastor de la iglesia y había llegado a Australia con su propia familia siendo pequeña.
Se enamoraron y todo terminó en casamiento el 18 de noviembre de 1969. Los primeros cinco años de su vida en pareja los pasaron en la isla australiana de Tasmania. Mientras su marido trabajaba como pastor religioso, Lindy estudiaba confección, sastrería y dibujo. Cuatro años después del casamiento nació Aidan. Luego se mudaron a Bowen, en Queensland, donde en 1976 llegó Reagan, el segundo hijo. Y, finalmente, se instalaron en Mount Isa. En junio de 1980, Lindy dio a luz a Azaria. La primera hija mujer. Eran felices con su familia simple, religiosa y sin grandes ambiciones económicas. En Mount Isa ambos trabajaban. Lindy, además de estar comprometida con las labores religiosas de su marido, confeccionaba vestidos de novia por encargo.
Nunca podrían haber imaginado por ese entonces, con sus vidas anónimas y tranquilas, que sus nombres estarían por años impresos en la prensa internacional, que su historia inundaría documentales y que llegaría a la pantalla grande de Hollywood con la película postulada al Oscar Un grito en la oscuridad, con Meryl Streep interpretando a Lindy. Porque su tragedia personal se convirtió en éxito de taquilla y significó dinero para muchos durante décadas. Mientras ellos quedaron sumidos en la desesperación y el desastre.
El dolor de unos, la inspiración de otros y la curiosidad del resto. Como siempre ocurre cuando una historia tiene los condimentos no deseados del horror, la muerte, la intriga, la confusión y los temibles prejuicios.
Una beba de cinco kilos
Luego de tres días de viaje, los Chamberlain llegaron a destino dentro del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta. Fue el sábado 16 de agosto de 1980, por la tarde. Los adultos bajaron los petates, armaron las carpas y se dispusieron a disfrutar de la naturaleza.
A la mañana siguiente, domingo 17, visitaron el monolito de Uluru, llamado la Roca Sagrada, y estuvieron en La cueva de la Fertilidad. Mientras Michael y los dos varones trepaban y se divertían, Lindy llevaba siempre a Azaria con ella. Se sacaron fotos. En una se ve a Lindy sosteniendo a Azaria por los brazos y con sus pequeños pies apoyados sobre esa tierra colorada y remota. Fue en ese recorrido que Lindy observó a un dingo, típico perro salvaje australiano. Son animales que abundan en la zona. Lo espantó con firmeza para que no se acercara a ellos.
La temperatura del día era amable y rozaba los 20 grados, pero cuando caía el sol subía el frío. A las cinco de la tarde se sentaron cerca del calor de una barbacoa para cocinar y conversar con otros turistas del campamento. Lindy tenía sobre su falda a la pequeña Azaria, la beba regordeta y rubia ya pesaba unos 5 kilos. Estando allí, cerca del fuego, Lindy observó a otro dingo y pensó que el animal se había acercado por el olor a carne asada. Michael le tiró un trozo de pan, pero el dingo no le prestó atención y lo dejó tirado.
Luego de comer, a eso de las ocho, Lindy decidió que ya era hora de llevar a Azaria y a Reagan a la carpa para que descansaran. Estaba armada a unos veinte metros de donde estaban sentados conversando. Los acostó, los tapó y cuando estuvieron dormidos fue con Aidan hasta el auto a buscar una lata de porotos. Volvió al área de la fogata con Aidan un poco después. Unos minutos más tarde todos se sobresaltaron con un llanto. Provenía de las carpas de los Chamberlain. Lindy se paró alarmada y fue corriendo a ver qué pasaba. La puerta de la tienda estaba abierta y vio salir, en la oscuridad, a un dingo con Azaria colgando de sus mandíbulas. Empezó a chillar desesperada y corrió hacia Michael repitiendo enloquecida: “Mi dios, mi dios… ¡¡¡Un dingo se llevó a mi hija!!!”.
Esa misma noche tres centenares de personas, entre turistas, voluntarios y guardaparques, comenzaron la búsqueda infructuosa de Azaria hasta la tres de la mañana. Luego, llegó la policía y rastrilló el área.
La madre explicaría, una y otra vez a lo largo de su vida, que ese dingo la había visto y le había gruñido sacudiendo su cabeza con Azaria entre los dientes. Describió con precisión lo que su hija llevaba puesto: un enterito de pijama y un saquito tejido de color blanco.
Las únicas pruebas iniciales que se hallaron fueron unas pocas huellas de un dingo cerca de la tienda de los Chamberlain. Una semana después, un turista encontró cerca del campamento el enterito de Azaria. Estaba enredado en un matorral, desgarrado y tenía restos de sangre a la altura del cuello.
La primera investigación corroboró la versión de los padres: el dingo se había llevado a la hija menor de los Chamberlain. Sin embargo, no sería tan fácil la resolución del horrendo acontecimiento.
La impotencia de que nadie crea lo que sucedió
El caso causó revuelo en todo el país y cruzó fronteras. Tenía ribetes cinematográficos. Una beba, un perro salvaje, una familia joven destrozada. Pero las dudas no demoraron en instalarse. Los expertos empezaron a decir que no había en Australia ningún caso registrado de un ataque de un dingo a un ser humano. Sostenían que si bien estos perros eran salvajes y carnívoros, se solían alimentar de canguros, zarigüeyas o wombats, no de personas. Les parecía imposible que un dingo se hubiese introducido en una carpa para robar a una bebé de cinco kilos y llevársela con el fin de devorarla.
Ciencia ficción, repetían por lo bajo. Por otro lado, las autoridades temían ahuyentar al turismo de los parques nacionales con la increíble historia de los dingos que se comían niños. No querían ese cuco.
El relato de Lindy había empezado a enfrentarse con la piedra de la incredulidad de los científicos y de la cruel opinión pública. Después de todo, murmuraban, Lindy era la última en haber visto a Azaria con vida. ¿Podría ser ella la responsable de algo siniestro? Comenzaron las interpretaciones de la imagen de esa madre. Lindy se veía con el pelo bien peinado, demasiado cuidada para tanta pena, sin llantos desgarrados. La percibían fría y seria. Todos opinaban: la prensa, los ciudadanos, los policías.
Lindy empezó a mutar de víctima a victimaria. Era cuestionada: ¿cómo era posible que una madre llevara a ese sitio a una beba de nueve semanas? Comenzaron a circular teorías disparatadas. Sostenían que era extraño que Lindy hubiera vestido algunas veces —en esos días— a la bebé con una campera negra; debatían cómo podía ser que ella, que había supuestamente realizado una tesis de grado sobre los dingos, hubiese dejado mal cerrada la puerta de la carpa; discutían sobre el hecho de que ellos fueran parte de los Adventistas del Séptimo Día, que pronosticaran el fin de los tiempos. Sus creencias, en esa época, eran consideradas como “sectarias”.
Hubo bastante más. Algunos empezaron a preguntarse si esa mujer gélida no habría sacrificado a su hija en algún ritual desconocido porque ¿cómo podría un dingo transportar en su boca a una bebé de cinco kilos? Además, ¿por qué no había aparecido el saquito blanco que llevaba puesto sobre el enterito que habían hallado rasgado? ¡Un dingo no le podía haber quitado el abrigo para comerla mejor!
Presionada y sin respuestas, la policía viró su lupa y la enfocó en Lindy. Ella podría haberla asesinado y enterrado en algún lugar. ¿En qué se apoyaron para esta acusación? En unas gotas de sangre microscópicas halladas en el auto familiar: más precisamente en la alfombra delantera, en una manija del coche y en un asiento.
La hipótesis que cobró fuerza fue que Lindy la había degollado en el auto de la familia para luego deshacerse del cuerpo y volver a la zona de la barbacoa. A estas alturas todos en su país odiaban a Lindy y la colocaban en la hoguera de las brujas.
Había, por supuesto, unos pocos que defendían a la familia y decían que era ridículo, que ellos habían sido siempre una familia feliz y que Azaria había sido una beba deseada. Los Chamberlain vivían dentro de una pesadilla: habían perdido a su hija y, ahora, eran sospechosos de un malvado asesinato.
El combustible sobre ellos estaba echado. Los prendieron fuego sin contemplaciones.
Fuente: Infobae
Internacionales
La echaron de su club por un video, ganó miles de dólares como modelo en Only Fans y ahora tendrá otra oportunidad como futbolista
La futbolista inglesa Madelene Wright de 26 años concretó su incorporación al Chatham Town, equipo que disputa la National League femenina. El club oficializó la llegada de la jugadora de 26 años tras una pretemporada en la que el cuerpo técnico evaluó su rendimiento y determinó que podía sumar potencia al frente ofensivo del plantel que participa en la quinta división del fútbol inglés.
Wright, que contabiliza pasos recientes por Leyton Orient, Charlton Athletic y Chesham United, se hallaba sin equipo y entrenó durante la preparación de Chatham Town de cara al arranque de la nueva temporada. Luego de esa etapa, la entidad anunció la firma de su contrato mediante un mensaje difundido en redes sociales: “Le damos una cálida bienvenida a Madelene”, publicó el club de la ciudad de Kent, citado por The Sun.
La noticia de la llegada de Wright produjo de inmediato una activa reacción entre los seguidores y simpatizantes del club. Los aficionados manifestaron entusiasmo por lo que consideran un refuerzo relevante tanto dentro como fuera del campo de juego. Entre los mensajes destacados, uno expresó: “Ahí tenés aumentados los seguidores en Twitter y la asistencia”, mientras que otro consultó sobre el precio de los abonos de temporada del club ante la expectativa generada por la presentación de la delantera.
La futbolista desarrolló buena parte de su trayectoria en divisiones del fútbol femenino británico, donde se ha desempeñado principalmente en posiciones de ataque. Sin embargo la futbolista inglesa fue despedida de su club anterior, Charlton Athletic, luego de la viralización de videos polémicos publicados en Instagram, donde se la veía en situaciones consideradas inapropiadas por la institución.
En las imágenes se la puede ver a Wright en el asiento trasero de un auto, mientras uno de sus amigos se encuentra adelante junto a un perro, que se muestra al volante. En otro video, un chico aparece con una de champagne y varias jóvenes que serían amigas de Madelene inhalaban globos.
“Como club, estamos decepcionados con el comportamiento que no representa los estándares que mantiene el equipo”, indicaron desde el Charlton Athletic Women’s Football Club. Tras la cancelación de su contrato, Wright reconoció: “Cuando todo sucedió, también entendí a cuántas personas había decepcionado. Me sentí culpable, avergonzada y decepcionada de mí misma por haberme mostrado bajo esa luz”.
Tras el episodio, la futbolista inició una etapa como modelo de OnlyFans y, según declaró, logró ingresos superiores a 500.000 libras esterlinas (más de 670 mil dólares), además de trabajar con distintas marcas y en redes, lo que incrementó su notoriedad pública. Este canal se convirtió no solo en una fuente de exposición sino también en una vía de ingresos paralela a la actividad deportiva, ya que Wright mantiene una presencia consolidada en plataformas sociales, donde reúne una amplia comunidad de seguidores.
Wright declaró que, a pesar de sus dudas iniciales sobre vincularse a la industria del contenido para adultos, considera que tomó la decisión adecuada respecto a su carrera personal y profesional. Por ello, seis años después de alejarse del fútbol profesional, aceptó el ofrecimiento del Chatham Town Women para la próxima temporada.
La llegada de Wright representa al club una oportunidad para incrementar el flujo de público a los estadios en un contexto en el que el fútbol femenino inglés experimenta un crecimiento sostenido. Los comentaristas y fanáticos estiman que la repercusión digital de la deportista —sumada al interés que despiertan sus actividades fuera del césped— puede traducirse en mayor visibilidad para la competencia de la National League y aportar recursos a la institución tanto por venta de entradas como por la promoción derivada del impacto en las redes.
La National League, escalón intermedio de la estructura del fútbol femenino en Inglaterra, compite por ganar terreno y atraer audiencias frente a la Súper Liga y la Championship. En ese marco, la dirigente de figuras cuyo perfil trasciende el campo de juego constituye una estrategia para potenciar la adopción de nuevos públicos y redefinir los criterios de convocatoria en los clubes de la categoría.
Fuente: Infobae
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