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Se conocieron bailando, duermen en una camioneta y desafían a los haters: “No hay edad para short y tacos”

El amor, a veces, tiene ritmo de cuarteto, pasodoble o cumbia. Para Marcela, de 54 años, y Jorge, de 64, el baile no fue solo un pasatiempo, sino el puente para cruzar el duelo y la soledad. Ella, vecina de Corral de Bustos, Córdoba, enfrentó el golpe más duro durante la pandemia al quedar viuda. Él, empleado municipal, terminó una etapa de cuatro décadas de matrimonio.

“Yo no soy amiga de la soledad, no nos llevamos bien. Sufrí mucho cuando perdí a mi compañero. Aunque tuve el apoyo de mis hijos, siempre buscaba un lugar para ir a charlar con alguna amiga, alguna distracción para no estar sola”, recordó Marce en diálogo con TN.

Para Jorge, el proceso fue distinto, pero igual de complejo luego de finalizar una relación de tantos años. No le fue fácil rehacer su vida ni lidiar con la mirada ajena. Pero el destino, que suele tener su propio ritmo, los estaba esperando en una pista.

El encuentro: un duelo, un baile y un desafío

Fue un Día de la Madre en Isla Verde. Los hijos de Marcela, en un intento por verla sonreír de nuevo, la llevaron a una fiesta un año después de haber quedado viuda. Allí apareció Jorge, a quien ella ya ubicaba de Corral de Bustos por su rol como delegado municipal.

“Me invitó a bailar, le dije ‘mirá que bailo bien’, agrandada, y él me respondió: ‘yo bailo mejor que vos’”, relató entre risas Marcela sobre aquel primer chispazo. Sobre ese encuentro, aseguró, sintió que apareció su “ángel”. Así empezaron a charlar, a conocerse y a enviarse mensajes. Sin embargo, el camino no estuvo libre de dudas internas y prejuicios externos.

Para mí era muy pronto rehacer mi vida, después entendí que todo continúa, que mi marido no iba a volver”, reflexionó ella. Mientras tanto, en el pueblo, las miradas pesaban. “Fuimos juzgados porque esto es un pueblito, sin conocerte ni saber de tu vida hablan. Nadie sabe la vida que llevamos, lo que tuvimos o sufrimos”, explicó Marcela. Por eso, al principio, buscaban aire lejos: “Empezamos a salir para conocernos mejor a bailes de otros pueblos, hacíamos más de 100 kilómetros”.

Con el tiempo, el dolor se transformó en aprendizaje. Por eso, Jorge lo resumió con claridad: “Me di cuenta que lo único que perdí fue lo material. Si estuve tantos años fue porque la quise a mi exmujer, pero no iba más. Gané otra cosa. Y ahí empezó todo otra vez”.

El salto a la viralidad: de la pista a las pantallas

Lo que comenzó como una terapia de pareja frente al duelo se convirtió en un fenómeno digital. Un sábado, en Marcos Juárez, una joven capturó en video la química que tenían al bailar. “Le gustó como bailamos y ella me preguntó si quería que me pase los videos. Me los envió y se me dio por compartirlo en las redes. De repente empecé a tener 4 mil vistas, no lo podía creer”, contó Marcela.

A la semana siguiente, la escena se repitió y el video se volvió imparable. Pronto llegaron a los 200 mil seguidores. Esa visibilidad los llevó a canales televisivos de Bell Ville, a programas de streaming y a compartir escenarios con bandas emblemáticas como Los Lirios, Trulalá y el Grupo Volcán. Incluso se animaron a competir profesionalmente: “Hicimos un curso de salsa y bachata, aprendimos a hacer cruces de brazos, nos inscribimos en un concurso de baile, entramos con 18 mil votos, y lo ganamos. Para nosotros, para la edad que tenemos, es un montón. Había profesores y nosotros somos amateurs”.

Pero detrás de los brillos y de la pista, hay dos personas que mantienen los pies sobre la tierra. Marcela trabaja en 12 casas de familia y Jorge es empleado municipal en Obras Públicas. “Estamos los dos solos, yo trabajo, ella trabaja, pagamos nuestros gastos y salimos a divertirnos”, sostuvo él.

Su pasión por el baile es tal que adaptaron su camioneta Ford EcoSport para poder viajar por la provincia sin riesgos. “Le hicimos una especie de cajonera que se hace cama. Tiene dos colchones atrás, una caja donde tenemos frazadas, toallas, sábanas. Llevamos un tupper con té, mate cocido, un abrelatas. El problema no es la ida, es la vuelta que estás cansado de bailar toda la noche, entonces nos quedamos acampando por ahí”, explicaron. Con esta “casa a cuestas”, se aseguran de no manejar cansados, de disfrutar cada destino y de volver sanos y contentos a casa.

Bailar para sanar a otros

Hoy, el propósito de la pareja trascendió el disfrute personal. Se dedican a colaborar con causas nobles y a visitar centros de jubilados y geriátricos de forma gratuita. En sus presentaciones, la inclusión es prioridad: “Durante los eventos sacamos a bailar a gente con silla de ruedas que se mueren por hacerlo. Yo voy, las saco con las sillas, Jorge les da la mano y ellos están felices”.

Y si bien tienen miles de seguidores que los aman, también lidian con críticas por su forma de vestir o actuar. “Tengo mis haters también. Me dicen ‘mujer grande para andar usando pollera corta’ o ‘ay, que ridícula, no se usan más los shorts’. Yo me considero con el alma joven. No me interesa que digan que soy ridícula, uso tiradores, corbatas, me encantan los accesorios. Si no voy a bailar con tacos, no voy”, sentenció Marcela con orgullo.

El presente: un casamiento y una promesa

Después de cuatro años y medio de novios, en diciembre pasado la pareja decidió dar el sí. Hoy forman una familia ensamblada: Jorge tiene cuatro hijos y nietos, y Marcela tiene dos hijos.

La clave de su relación es la comunicación y el respeto. “Somos un matrimonio que nos llevamos bien, nos queremos mucho, hay mucho respeto y somos de hablar mucho”, aseguraron. Y aunque bailan de todo -desde cumbia y cuarteto hasta pasodoble y tarantela-, hay una regla de oro que Marcela le repite a su marido: “No me lleves a un baile si no me vas a sacar a bailar”.

Para Jorge y Marcela, la vida se vive de sábado a sábado. “De lunes a viernes tenemos una vida, pero el sábado no nos duele nada. Enseguida le estoy preguntando: ¿a qué hora salimos?, ¿qué te vas a poner? Porque además vamos combinados”, reconoció Jorge entre risas. Para ellos, el baile fue la medicina que curó sus heridas. “Son cosas que vivirlas a esta edad, siendo que fui mamá muy jovencita, es impagable. Amamos lo que hacemos”, cerró Marce.

Fuente: TN

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Hugo Lescano, experto en lenguaje no verbal, supo que tenía ELA cuando leyó el miedo en la cara de una médica

Hugo Lescano pasó más de tres décadas analizando los gestos de los demás. Bautizado por los medios como el “detector de mentiras”, este consultor de la OEA y experto en lenguaje no verbal se encontraba en Washington dando una conferencia cuando detectó que arrastraba la “r” mientras hablaba.

Su médico de cabecera no estaba en la ciudad y fue a la consulta con otra profesional. Ese fue el inicio de una paradoja que cambiaría su vida: el hombre que descifra verdades ocultas en los demás tuvo que leer, en la cara de una médica, el diagnóstico que no quería escuchar. “Fue una microexpresión de miedo”, cuenta Telenoche.

“Ella no pudo ocultar su reacción. Sobre la unidad de acción cinco aparece el miedo: los párpados se elevan, las cejas no, y la boca se contrae”, describe Hugo con precisión técnica.

A pesar de que la doctora intentó postergar la noticia, él ya lo había leído todo: “Salimos del consultorio y le dije a mi esposa: esto es ELA como mínimo. Tuve que analizar el rostro de alguien que tenía una verdad escondida para mí”.

Tras meses de estudios y la confirmación del diagnóstico, el especialista transitó todas las etapas del duelo: la negación —que lo llevó a sacar pasajes para una expedición en Papúa Nueva Guinea— y el enojo por la estadística arbitraria de una enfermedad que afecta a 20 cada 100 mil personas.

“Mi mente fue directo al peor escenario. Es un mecanismo humano. Pero en enfermedades como esta, ese escenario puede ser muy duro. Pensé en traqueotomías, sillas especiales, dependencia total. Después me detuve: eso todavía no pasó y no sabemos si va a pasar. Incluso siempre existe la posibilidad de morirse de otra cosa”, afirmó con humor.

“Hoy tengo la suerte de que mi único síntoma fuerte es la dificultad en el habla. Sigo viviendo mi vida. No puedo permitirme que la enfermedad ocupe todo. Incluso le puse horario a la tristeza: de una a dos de la tarde. Después sigo con mi día. Si no, la vida queda tomada por el dolor".

Con el objetivo de gestionar el dolor, Lescano aplica una técnica singular: marcarle agenda a la tristeza. “De 1 a 2 es mi horario para llorar. Así me queda todo el día para mi gato, mi familia y para sonreír.

La familia, un factor fundamental

“Mi esposa tiene una enorme capacidad de acompañar sin dramatizar. Mi hija, ingeniera, aporta una mirada lógica y práctica. Entre los dos lograron que el proceso sea más llevadero".

Desde lo espiritual, Hugo tiene formación en teología que lo ayudó mucho. “Aprendí a vivir el presente. Hoy aplico eso: mirar lo que sí tengo. Si puedo mover nueve dedos, disfruto eso en lugar de lamentarme por el que falla”.

Hugo no siente que la enfermedad le esté “enseñando” algo nuevo que no supiera, pero sí que lo desafía a aplicar lo que siempre dijo. “También me pregunto cómo esto puede servir a otros. Ojalá mi experiencia le dé esperanza a personas que no tienen visibilidad".

Lescano sigue trabajando, dando clases y buscando herramientas tecnologías -clonó su voz con inteligencia artificial para seguir enseñando en el futuro-.

En cuanto al tratamiento Lescano sostiene: “Hago lo indicado por los médicos, y también estoy en contacto con desarrollos científicos que buscan alternativas. Sin generar falsas expectativas, hay investigaciones en curso y eso abre puertas”.

Pero más allá de todo, su mensaje es claro: “no perdamos los momentos maravillosos de la vida esperando un milagro. El milagro somos nosotros. La enfermedad no borra lo que hicimos, lo que construimos, los vínculos, la historia.

Fuente: TN

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Tiene 53 años y, con un Dodge de 1960, enfrentará uno de los rallies más extremos de la Patagonia

La decisión llegó después de años de escuchar la invitación. Siempre estaba ahí, dando vueltas, como esas ideas que no terminan de concretarse pero que nunca desaparecen del todo. Esta vez fue distinto.

Andrea Ricci, 53 años, neuquina, madre, trabajadora y amante de la naturaleza, dijo que sí. Y ese sí la va a llevar a vivir una de las experiencias más exigentes y fascinantes de su vida: recorrer más de 3.000 kilómetros por la Patagonia en el rally “Locos de la Patagonia”.

Pero hay un detalle que vuelve su historia aún más singular. Andrea no va como acompañante ni como copiloto: va sola. Al volante de un Dodge M37 modelo 1960, enfrentará caminos inhóspitos, frío extremo, rutas sin señalizar y una convivencia intensa con más de 250 participantes en una travesía donde todo puede pasar.

“Es la primera vez que voy a participar de este rally porque en las otras ediciones por mi trabajo no había podido”, cuenta y agrega: “La verdad que estoy con muchas expectativas, con muchas ganas de que llegue el día”.

El rally comenzará el este sábado desde San Carlos de Bariloche y finalizará diez días después en El Calafate. No hay rutas fijas, asistencia oficial ni garantías. Solo hay una premisa: tener espíritu libre y que los vehículos sean (todos) anteriores a 1991.

En ese escenario, Andrea será una de las pocas participantes mujeres. En un universo históricamente dominado por hombres, su presencia no pasa desapercibida. Pero a ella, eso, no la inquieta. “No es un problema estar con hombres. Tengo hijos varones, trabajo con empleados hombres, tengo muchos familiares hombres… siempre estuve rodeada”, dice con naturalidad y se anticipa: “Creo que nos vamos a reír mucho”.

El viaje será exigente, sí. Pero también profundamente humano. Cada noche, los más de 250 participantes compartirán comidas, historias, anécdotas. “Es como un casamiento por noche durante diez noches”, describen quienes ya lo vivieron. Y en medio de ese universo itinerante, Andrea no solo manejará: también cocinará.

“Voy preparada para cocinar porque me encanta. Ya tenemos pensadas algunas cosas con mi marido”, cuenta. Porque si algo caracteriza a este rally, además de la aventura, es la convivencia.

Su marido es Sergio Pérez. Y aunque viajarán juntos, no lo harán en el mismo vehículo. Él estará al mando de un imponente camión Iveco 4x4 traído desde España, preparado especialmente para enfrentar terrenos extremos. Pero su rol va más allá de competir.

Sergio es, de alguna manera, el “ángel guardián” de la caravana. En su camión lleva herramientas, repuestos y todo lo necesario para asistir a quienes queden varados en el camino. Porque en este rally no hay auxilio externo: los propios participantes se ayudan entre sí.

Si alguien se queda, Sergio estará ahí. Si alguien se encaja, también y si alguien necesita una mano, él será uno de los que aparezca. Es una lógica que define el espíritu del evento: nadie llega solo.

Mientras tanto, Andrea avanzará con su Dodge 1960, un vehículo tan noble como desafiante. Sin lujos, sin comodidades excesivas, con lo justo y necesario.

La previa

“Estamos ultimando detalles de luces, de calefacción… porque no tenía calefacción”, cuenta entre risas. La preparación es constante, pero siempre en los tiempos que permite el trabajo.

“Vamos mechando el trabajo con los preparativos”, explica. Porque la vida sigue mientras la aventura se arma. También hay logística: comida, ropa, abrigo. “No podemos llevar todo, así que vamos con lo justo. Habrá que lavar o usar dos veces si no se ensucia”, dice, con esa mezcla de pragmatismo y entusiasmo que define a quienes se animan a este tipo de desafíos.

El recorrido no es menor. Durante diez días atravesarán caminos de ripio, estepa, zonas sin señal, posibles vados, heladas intensas y condiciones climáticas cambiantes. Desde la ruta 40 hasta senderos apenas marcados, cada jornada tendrá su propia dificultad.

Y como si eso fuera poco, cada día incluirá una “prueba”: empujar el vehículo, cantar en público, sacar fotos, disfrazarse, no pinchar una rueda. Nada está librado al azar. Pero todo puede fallar y ahí es donde aparece lo más interesante.

“Me gusta mucho la aventura, la vida, la naturaleza… todos los desafíos son lindos para mí”, dice Andrea. “Creo que este va a ser un desafío lindo por el clima, por la gente, por las situaciones que van a surgir”, añade.

Andrea sabe que habrá frío. Que habrá cansancio. Que habrá momentos difíciles. Pero también sabe que hay algo más grande en juego. Esa mezcla de incertidumbre y emoción que solo aparece cuando uno sale de lo conocido.

El rally “Locos de la Patagonia” no premia la velocidad. No gana el más rápido. Gana el que llega. O el que, incluso sin llegar, vuelve con historias. Y en ese sentido, Andrea ya empezó a construir la suya. Una historia que habla de animarse. De salir del lugar esperado. De romper, sin estridencias, ciertos moldes.

Porque, como ella misma dice, no se trata solo de manejar un vehículo antiguo en condiciones extremas: se trata de decidir ir, de confiar y de animarse. “Sé que mi esposo estará cerca, pero no al lado. Acompañando desde otro rol, sosteniendo desde la experiencia, desde la mecánica, desde la ayuda”, explica.

Y en ese contexto, su figura toma otra dimensión: cada vez más mujeres se animan a ocupar espacios históricamente ajenos. De que el límite, muchas veces, está más en la mirada que en la capacidad. El viaje, asegura, entre risas, ya empezó “mucho antes de arrancar el motor”.

Fuente: TN

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El triste final de la historia del boxeador que rescató a un nene que juntaba basura y lo llevó a vivir con él

En octubre de 2025, el país conocía una historia que parecía salida de una película. Alejandro Cardona, un boxeador amateur de Longchamps, le contaba a TN cómo su vida había cambiado al rescatar a Danilo, un nene de 14 años que revolvía la basura para comer. “Nos salvamos mutuamente”, decían entonces, rodeados de guantes de boxeo y la promesa de una vida nueva, lejos de la violencia y el hambre.

Sin embargo, el “felices para siempre” se chocó con la cruda realidad de la crianza y las heridas del pasado. Hoy, la casa en Longchamps está en silencio. Danilo, a quien todos apodan “Choclo”, decidió irse. El motivo del quiebre fue algo que para muchos es una oportunidad, pero para él se convirtió en una carga insoportable: el estudio.

La convivencia empezó a desgastarse cuando Danilo, a quien Alejandro adoptó cuando tenía 9 años, comenzó la escuela secundaria. El hombre, consciente de que el chico recién había aprendido a leer hacía dos años -ya siendo un adolescente-, intentó ser paciente, pero firme.

“Él estaba usando el celular en clases y me estaban citando bastante del colegio. No había forma de poner el límite hasta que empecé a sacarle el celular para que se enfoque“, relató Alejandro a TN.

Ese límite fue el detonante. Danilo, acostumbrado en sus primeros años a la falta total de reglas, no toleró la restricción. “No le gustó ese límite y empezó a hacer berrinches. Yo ya lo notaba extraño e intuía que se estaba por ir”, confesó el boxeador, con la voz quebrada por la desvelada de las primeras noches sin su hijo del corazón.

Para Alejandro, la formación de Danilo se basaba en un trípode que no podía fallar: “Yo le decía que tenía tres hogares: el gimnasio de boxeo, la escuela y mi casa. Estaba incumpliendo con uno de los tres y yo le llamaba mucho la atención”.

“Hice lo que estuvo a mi alcance”

Alejandro no solo le dio un techo, sino una identidad. Compartieron años de entrenamientos, videos virales en TikTok y la disciplina del ring. Pero la exigencia del padre chocó con el deseo de libertad del adolescente. “La verdad, no creo que vuelva. Yo soy un tipo muy exigente y allá tiene libertad“, admitió Alejandro, haciendo referencia al entorno biológico de Danilo, con quien el hombre mantiene poco contacto.

A pesar de la tristeza, el boxeador aseguró que no se recrimina nada: “Hice lo mejor posible para que él se sienta bien y se convierta en un gran hombre. No soy un tipo perfecto, tengo mis errores, pero intenté ser la mejor figura paterna que podía tener”.

Lo que más le duele a Alejandro no es el desplante, sino la incertidumbre sobre qué será de la vida de “Choclo”. Él quería que el boxeo fuera una carrera, pero el estudio, una garantía de supervivencia. “Le decía: ‘si tenés un desprendimiento de retina o una lesión y no podés boxear más, ya tenés la segunda herramienta’. Yo quería que fuera un mejor hombre de lo que soy yo“.

Hoy, el temor es que Danilo regrese a los peligros que lo acechaban antes de conocerlo. “Mi peor escenario sería que termine en adicciones o en la delincuencia. Siempre le dije que vergüenza es robar”, reflexionó Alejandro.

La relación de Danilo con su familia biológica sigue siendo compleja. Según relató el boxeador, ellos cobran la asignación del menor pero nunca se hicieron cargo de sus gastos diarios, algo que él costeó con su trabajo sin quejarse. Ahora, el joven ha vuelto a ese entorno.

“Deseo de todo corazón que le vaya bien, que siga entrenando y estudiando. Pero la adolescencia es una edad donde se busca el carácter y él necesita a alguien que esté diciéndole lo que está bien y lo que está mal“, concluyó Alejandro.

Fuente: TN

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