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“Rompí mi familia”: tiene 23 años, contrajo deudas con 15 entidades financieras, robó una herencia y la perdió en el juego online
“Llevo un año, tres meses y 27 días en abstinencia”, dice Juan, que no se llama así pero elige ese nombre para preservar su identidad en esta charla con Infobae.
Desde que hizo su primera apuesta en una plataforma digital, no pudo parar. Al principio usó dinero propio, pero cuando se le terminó, le pidió prestado a varios amigos, con historias inventadas. Después a entidades financieras, hasta que tocó fondo y usó los ahorros de toda la vida de su familia.
“Podía estar hasta el cuello de deudas y seguía pensando que con una próxima apuesta iba a poder saldar todo”, explica, y hoy no tiene dudas de que eran los síntomas de una enfermedad silenciosa, a la que pudo poner nombre: ludopatía. “Sé que voy a estar enfermo toda la vida, y por eso es tan importante el proceso de recuperación en el que estoy”, explica.
La primera vez que fue a una reunión de Jugadores Anónimos (JA), lo acompañaron sus padres, que acudieron desesperados, en búsqueda de ayuda para su hijo. “Entramos los tres llorando; fue el mismo día que les conté que había usado toda la plata que tenían guardada, que era una herencia familiar”, cuenta, con la impotencia a flor de piel.
Tuvo tres recaídas en períodos de abstinencia, y revela que aprendió algo diferente de cada una. Hoy no solo está comprometido con su propia rehabilitación, sino que además presta servicio en un grupo para jóvenes menores de 30 años que sufren la misma problemática. “Soy uno de los fundadores, y recibimos a un montón de personas, porque hay todo tipo de historias y situaciones”, asegura.
—¿Cómo es tu familia?
—Soy hijo único, crecí en una familia con padre, madre, y dos abuelos maternos. Hice la primaria y la secundaria sin problemas, y siempre me sentí aceptado en mi grupo de amigos. Nunca tuve grandes problemas para relacionarme con la gente.
—¿No diste muchos dolores de cabeza en la adolescencia tampoco?
—Para nada. Tengo un grupo de amigos que es muy sano, y tengo el gusto de mantenerlos hasta hoy conmigo cerca. Son muy importantes para mí.
—¿Recordás cuando fue la primera vez que apostaste?
—Desde chico he tenido algún indicio de apuesta en mi familia, de modo recreativo. Capaz que un domingo después de comer, todos jugábamos a algo en casa, unas chirolas por plata, y ahora me doy cuenta de que yo ya tenía conductas que repercutieron de más grande en mi personalidad. Mi peor período fue desde mitad de 2021 hasta mediados de 2022, que exploté, apostando de manera compulsiva.
—Desde ese momento, de algún juego de cartas en casa con tus papás, hasta el día en el que empezás a apostar online, ¿en el medio no hubo acercamientos a bingos ni a casinos?
—No, para nada. En 2020 empecé a consumir diferentes tipos de contenidos, muchos eran por streaming, viendo a influencers o personas en los medios que hacían ese tipo de contenido, y de a poco me fui metiendo cada vez más. Al principio sin realizar apuestas, hasta que el consumo se convirtió en apuesta. No fue de un día para el otro, ni de un mes a otro, fue progresivo.
—¿Y cómo fue cuando entraste por primera vez a un sitio online de apuestas?
—Había trabajado tres meses en vacaciones, y ahorré un poco de plata. La primera vez que jugué realicé una apuesta online y mis padres me vieron. Me dijeron que no les gustaba para nada que hiciera eso, y yo les dije que era algo recreativo. “Ustedes saben que yo nunca me voy a meter en eso”, les dije, y terminé apostando en todo tipo de juegos, haciendo apuestas de todo tipo.
—¿Qué pasó aquella primera vez? ¿Ganaste o perdiste?
—Las primeras veces gané. Gané cantidades que en ese momento eran grandes sumas, y con ese dinero, esa gran ganancia, había planificado unas vacaciones con amigos en el verano. Faltaban cinco meses en ese momento, y al mes pude retirar la plata de donde estaba. Jugué una muy porción muy chiquita, la perdí, volví a jugar y así terminé perdiendo todo. Llegué a tener quince cuentas abiertas en diferentes entidades financieras, todas con montos adeudados.
—Decís que al principio era esporádico, ¿pero identificás el momento en que se complejizó todo?
—Sí, las primeras veces no era todos los días. Era una vez por mes, después una vez por fin de semana, y con el tiempo empecé a escalar más. Se convirtió en una necesidad, era pura adrenalina cuando jugaba. Me sentí en un lugar donde todo lo demás pasaba a segundo plano, donde nadie me reprochaba nada y yo creía que no estaba molestado a nadie. Se podría decir que era como un estado de éxtasis.
—Tenía que ver con la adrenalina, no con la fantasía de ganar.
—Era una mezcla de todo. Aunque nunca pensé en vivir del juego, tenía conductas que demostraban lo contrario. Siempre pensaba que iba a ganar y recuperar todo.
—Quiero aclarar que a la larga nunca se gana. El sistema está hecho para que en algún momento se pierda. Uno puede ganar una vez, dos, tres o cinco, pero después va a perder.
—Desde mi experiencia, nunca gané. He tenido algunas ganancias, pero al otro día lo perdía, y perdía más. Siempre era una cadena y nada era suficiente. Ganás y perdés el doble, siempre. Cuando perdía sentía una desesperación inmensa, y seguido a eso la necesidad de seguir apostando. No existía mi juicio. Era completamente ingobernable. Soy impotente ante el juego, y toda mi vida voy a serlo. Me he retirado por unas horas, pero mientras hubiera de dónde sacar, nunca podía frenar.
—Hoy, cuando miras para atrás, ¿te das cuenta de qué era lo que te pasaba, que vacío estabas llenando con el juego?
—Todavía no sé bien por qué jugaba. Pero tiene que ver con los vacíos, sí. Al día de hoy no hay algo que me llene como me llenaba el juego. Pero mi vida hoy, lejos del juego, mejoró muchísimo. Yo no podía dormir, no podía establecer una charla con alguna persona querida, porque mi vida era alrededor del juego: pensar cómo pagar las deudas, qué estrategia me iba a hacer ganar, todo giraba en torno a eso.
—¿Cómo era ir a un cumpleaños? ¿Podías disfrutar el momento?
—Absolutamente no. Capaz que media hora, pero ya me quería ir porque quería apostar. El juego llenó todos los espacios de mi vida. Los afectivos, los laborales, los de un estudio universitario, porque en ese momento había empezado a estudiar Ingeniería Industrial, pero en mi cabeza siempre estaba primero el juego.
—¿Podías estudiar la noche previa a un parcial?
—Si estudiaba un día antes, tal vez era un logro, porque si me ponía a estudiar tenía abierta en un segundo plano una página de juego, o miraba el celular para ver cómo venían los resultados.
—Primero usaste tu dinero, después empezaste a pedir prestado a amigos, ¿y ellos empezaron a sospechar lo que te estaba pasando?
—No, porque yo no daba indicio de nada. Sufría en silencio, y ni siquiera la gente con la que jugaba regularmente veía mi lado compulsivo en el juego, porque lo ocultaba. Cuando me juntaba con amigos ponía una sonrisa, como que estaba todo bien, lo mismo con mi familia, y en la facultad me iba muy bien, aunque solamente asistía a cursar. Quizá el único el indicador era que me irritaba y alejaba a la gente. Tenía mucha ira reprimida y respondía muy mal a cualquier cosa. Estaba muy solitario. Me encerraba mucho, no compartía con nadie, cada vez me fui aislando más y más. Mentía mucho, inventaba cosas, ‘pinché una rueda con el auto y necesito cambiarla ahora’, o ‘me robaron plata de la cuenta’, me victimizaba para conseguir más dinero para apostar.
—¿Perdiste vínculos por esto?
—Sí, muchos. Luego de estar en abstinencia pude sanarlos. Me abrí con ellos, les conté lo que me pasaba, la enfermedad que estoy transitando y mi proceso de recuperación. Algunas personas lo entendieron y otras no, que no las juzgo para nada, porque yo hice mucho mal, mucho daño, y fui una persona muy ausente emocionalmente con quienes realmente quería.
—Estabas enfermo.
—Estoy enfermo, pero en un camino de recuperación en abstinencia.
—¿Cuál fue el momento más oscuro?
—Cuando toqué pozo financiero, es decir que ya había cometido un delito de robo, porque saqué dinero que no era mío. Era de mi familia y me lo jugué absolutamente todo, cada centavo.
—¿De dónde lo sacaste?
—Era plata que mis padres tenían guardada y yo sabía dónde estaba. Iba sacando montos pequeños, hasta que se fueron de vacaciones, que estuve 15 días solo, y me bastaron para hacer un desastre económico que me va a llevar tal vez diez años de mi vida resarcirlo. Y seguía creyendo que lo podía solucionar con una próxima apuesta. No veía la magnitud de lo que había hecho, ni de lo mal que estaba yo. En ese momento estaba en un estado de éxtasis, donde lo único que quería era conseguir la plata. Era un mundo de posibilidades ese dinero, era una emoción que no la puedo poner en palabras.
—¿Eran ahorros de tu familia?
—Sí, era una herencia familiar.
—¿Se puede decir cuánto era o no se puede?
—En Jugadores Anónimos no hablamos de montos. Solamente podemos decir si era mucho o poco, que igual depende el poder adquisitivo de cada familia. Lo que para mí es mucho, para otro puede ser poco. Hay muchas realidades económicas diferentes, pero lo que todos tenemos en común es que somos enfermos, y financieramente, no importa qué vida tengamos, jugamos absolutamente todo lo que tenemos, y no hay un fin.
—Y el fin para algunos es la muerte, hay casos así lamentablemente.
—Nosotros tenemos claro que hay tres posibles destinos si seguimos jugando: la cárcel, la locura o la muerte. Todo jugador compulsivo convive con esas tres realidades.
—¿Fue a raíz de ese dinero que usaste que hablaste con tus padres?
—Sí, pero lo hablé recién 20 días después de que ellos volvieron. Nunca se les ocurrió que yo podría haber llegado a hacer algo así. Cuando les dije que ya no había más nada, no podían creerlo. Fuimos a revisar y cuando vieron que no había nada, no lo podían creer. Entraron en un estado de conmoción total. Los tres estábamos llorando, viendo qué iba a ser de mi vida. Mis papás lo primero que pensaron no fue el tema económico, sino que se preocuparon por qué iba a ser de mí cuando ellos no estuvieran, y eso me impactó mucho.
—Tus papás entendieron rápidamente que estabas enfermo.
—A los diez minutos de la conversación, me dijeron: “Vos estás enfermo”. Y yo llorando y diciéndoles que no. No podía aceptarlo. Y encima les conté solamente del dinero que había robado de la familia, y no de todas mis otras deudas, con terceros y con entidades financieras. Rompí la confianza de ese vínculo que teníamos como familia. La destrocé por completo.
—¿En ese momento ellos se acercaron a Jugadores Anónimos? ¿Cómo fue?
—Se los conté un viernes, y ese mismo viernes me dijeron: “Te vamos a conseguir ayuda”, y me llevaron a mi primera reunión. Yo les pedía por favor que no me llevaran, que no estaba enfermo, que solamente había cometido un error. Por suerte me llevaron igual. Fue el 10 de marzo de 2023. Llegué destrozado, los tres llorando de nuevo, y una de las personas que comparte grupo hasta hoy conmigo, le dice a mi mamá: “Tranquila, llegaste al lugar correcto”. Cuando me senté con todos los vi riéndose, comiendo sanguchitos de miga, y yo pensaba: “¿quién es esta gente? ¿Dónde estoy? ¿Por qué no están igual de mal que yo? Supuestamente si soy un enfermo, tienen que estar todos igual de mal que yo”. Con el tiempo yo soy uno más de los que se ríe. Voy al grupo, charlamos, me siento partícipe y me encanta estar. Antes lo hacía por obligación, porque me lo decían mis padres, pero hoy voy por gusto. Salgo de trabajar y pienso: “Tengo ganas de ir al grupo”.
—¿Ese día que te llevaron tus padres fue el que dejaste de jugar por primera vez?
—Estuve dos meses sin apostar, desde la primera vez que llegué a Jugadores Anónimos, y después recaí, justamente porque no terminaba de entender el por qué estaba ahí, y comprenderlo me llevó tres recaídas, todas distintas. Fue en la última donde entendí y sentí: “No quiero más esto para mí”, y no por lo que causé en otras personas, sino porque me sentía una persona vacía, sin propósito en la vida, porque nada me llenaba. Lo único que quería hacer era jugar y causaba estragos en toda persona que tuviese contacto conmigo. Me cansé de vivir como vivía, de no poder dormir, de estar triste, de no tener ganas de hacer absolutamente nada.
—En esas recaídas, ¿pudiste pedir ayuda o a alguien se tenía que dar cuenta?
—En las dos primeras se dieron cuenta mis papás, porque en ese contexto de que yo dejo de jugar, cedí todo el dinero, todas mis cuentas, y el uso de mi celular.
—¿Tus papás tenían tu celular?
—Sí, yo lo único que hacía era revisarlo quince minutos a la noche, mientras ellos me lo miraban. Solamente eso. Una de las sugerencias es no asociarse con gente que juega, y yo tenía un montón de contactos, que los bloqueé a todos. Salí de todos los grupos relacionados, me alejé completamente de las plataformas que promocionan el juego, y dejé de seguir a un montón de personas en redes sociales. Dejé de usar seis meses el celular. Solamente tenía abierto en el trabajo un WhatsApp Web únicamente para cosas laborales. El teléfono quedaba guardado en mi casa, y ese fue un paso muy grande, porque una de las cosas que te dicen es que no te acerques a establecimientos de juego, que no te pongas en riesgo, y a mí me costó mucho entender que el celular era mi sala de juego. He ido a salas presenciales también, pero no me generaban lo mismo que el celular.
—Y la plata, tu sueldo, ¿lo administraban ellos también?
—Si, entregué absolutamente todo después de mi última recaída. Antes de eso, lo único que tenía que hacer era pasarles el dinero que yo cobraba a su cuenta, pero el segundo mes, esa única cosa que tenía que hacer, no pude hacerla y por eso recaí. No podía manejar dinero.
—El clic estuvo ahí, ¿en esa segunda recaída?
—No, recién en mi tercera recaída.
—¿Uno deja de apostar en su cabeza o lo que logra es no pasarlo a la acción?
—Hoy para mí es cada vez menos frecuente la aparición de un pensamiento de juego, por el trabajo de recuperación, de asistencia a los grupos, de abrirme y sacar toda esa mochila de culpa que tenía, y entender que estaba enfermo. Cuando entré a Jugadores Anónimos, a mí me dijeron: “No sabíamos que estábamos enfermos, pero una vez que sabemos que estamos enfermos, depende totalmente de nosotros decidir qué hacemos con eso, si nos recuperamos o seguimos por la misma vida que nos destrozó tanto tiempo”. Si aparece un pensamiento de juego, hay una barrera de contención que nos enseñan, para ponerle freno, además de la contención familiar.
—Tus papás no te soltaron la mano nunca.
—Nunca. Hoy realmente son una contención inmejorable para mí. Están a todo momento. Mis papás son todo, mi familia es todo. Lo primero que me pidieron cuando supieron lo que me pasaba fue que me recupere, que eso era lo más importante.
—¿Qué les decís a tus papás hoy?
—Hoy con ellos puedo hablar. Mi relación cambió y mejoró mucho. Todo es porque yo cambié, porque soy una persona que se interesa por los demás. Lo veo en mis amigos, que me puedo sentar a hablar con ellos, escucharlos, interesarme por lo que me cuentan. Eso era imposible años atrás. A mis papás puedo escucharlos hablar sobre sus laburos y cosas que les pasan día a día.
—¿Les pudiste agradecer a tus papás?
—Intento agradecerles siempre, porque me bancaron mucho más de lo que alguna vez pensé que me iba a llegar a imaginar. Me contuvieron desde todos los lugares posibles. Fue muy duro para ellos y yo lo sé. Me contuvieron dos personas rotas, porque yo rompí mi familia. No hay palabras que puedan describir lo que ellos hicieron por mí.
—Vos hiciste un trabajo enorme, pero ese día tus viejos te salvaron también.
—Completamente. Ellos y Jugadores Anónimos. No hay manera de agradecer lo que hicieron por mí. Lo pude hablar con amigos, con mis papás, pero nadie me entendió y me ayudó como me ayudaron en Jugadores Anónimos. Cada cosa que yo decía, veía que la gente asentía con la cabeza.
—Dejaste de sentirte solo.
—El primer día que llegué, me abrazaron, y yo ni sabía que necesitaba un abrazo. Hoy no los veo y los extraño.
—Y hoy cuando llega alguien como ese Juan que eras vos hace menos de dos años, ¿lo abrazas también?
—Siempre se abraza a cualquier persona que llega. Yo llegué muy roto, sin saber qué iba a hacer con mi vida, y sé que la persona que llega, llega igual o más rota que yo; entonces uno le presta el oído, le sugiere y lo contiene, como nos contuvieron a nosotros.
—¿Empezaste a devolver algo de la plata?
—Sí, desde mi última recaída. Desde ese día todo mi sueldo lo manejan mis papás para resarcir la deuda económica que yo generé. Algo que nos enseñan en Jugadores Anónimos es que el problema económico, el financiero, es el más fácil de solucionar. Y yo pensaba: “¿Cómo va a ser más fácil si fue por eso que llegué acá?”, pero es cierto, porque cuando uno está lejos de las apuestas, la plata se genera trabajando. Siempre nos dicen que hay que honrar las deudas, y hoy en día a mí no me pesa trabajar y saber que ese dinero mensual es para eso. Antes sí me pesaba no tener ni para juntarme a comer con amigos, pero entendí que yo lo causé, y que lejos del juego estoy saldando esa deuda. Antes eran diez años que me iba a llevar, ahora capaz sean cinco. Todo porque estoy lejos del juego.
—Me dijiste que era una herencia familiar, así que probablemente ese dinero fue el trabajo de muchos años, generado por algún ser querido, así que puede ser muy sanador arreglar algo que uno rompió.
—Es todo. Nosotros somos enfermos emocionales y tenemos millones de defectos de carácter. Si no cambiamos, si no trabajamos eso, vamos a seguir siendo las mismas personas que éramos. Por eso siempre decimos: “No quiero volver a ser quien era antes de jugar”. Yo soy una persona diferente, y si yo vuelvo a ser la misma, probablemente vuelva a jugar.
—¿Uno es un enfermo para siempre?
—No hay otra manera. Es así. Hay que trabajar todos los días, 24 horas. Me costó aceptar que era un jugador compulsivo, pero una vez que lo acepté, todo fue más fácil. Día a día avanzo y estoy muy feliz. Eso es gracias a estar en los grupos, y hacer las cosas como debería haberlas hecho desde un principio. No cambiaría ni el mejor día en carrera de juego por el peor día lejos de carrera de juego, porque hoy realmente soy una persona distinta, que puede disfrutar la vida.
Fuente: Infobae
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El Senado aprobó el Régimen Penal Juvenil y la edad de imputabilidad bajará a 14 años
El Senado de la Nación convirtió en ley el proyecto impulsado por el Ministerio de Seguridad durante la gestión de Patricia Bullrich, quien celebró la sanción como un logro propio. El eje principal de la norma es la baja de la edad punible para el sistema penal argentino.
Con 44 votos afirmativos, 27 negativos y una abstención, la ley que ya había sido aprobada por Diputados ahora aguarda la reglamentación y publicación en el Boletín Oficial.
“El Estado no va a seguir mirando para otro lado. ¿Quieren que los ciudadanos que no cometen delitos sean de segunda? No importa la edad de los delincuentes, importa el delito”, comenzó Patricia Bullrich.
Y agregó: “Este modelo se agotó, nosotros venimos a plantear algo moral y jurídicamente distinto, una teoría que deja de poner en la indefensión total a las familias que enterraban a sus hijos. Cuando el delito no tiene consecuencias, la ley pierde autoridad, y eso es lo que pasaba antes”.
“Vinimos a poner orden y no nos da vergüenza. Si las hizo, las paga, por eso ordenamos las calles y hacemos cumplir la ley. Proteger a los adolescentes, reparar a las víctimas. Queremos una sociedad con menos delincuentes y menos presos. Hoy votamos justicia, responsabilidad, hoy votamos contra los kirchneristas de batallón militante. Estamos cambiando la historia de la Argentina”, cerró la senadora.
Luego pidió un minuto de silencio por las víctimas e hizo parar a todo el bloque. El peronismo observó y Villarruel aclaró que ella no podía definir eso. Finalmente, todos se pusieron de pie y se hizo silencio.
El peronismo se opuso desde el inicio y, además de advertir que la ley se concentra en lo punitivo y no en la protección de las infancias, remarcó que los fondos presupuestados resultan insuficientes.
Según la norma, el presupuesto para un sistema que reduce la edad de 16 a 14 años destina $23.700 millones a las provincias.
Datos del Servicio Penitenciario Federal indican que el costo del metro cuadrado es de 3,2 millones de pesos. Con el presupuesto previsto se podrían construir 7.400 metros cuadrados. Dividido por los 24 distritos, cada provincia recibiría 308 metros cuadrados.
Frente a esos números, Jorge Capitanich del PJ señaló: “Si no contamos con el presupuesto necesario, estas quedan en letra muerta y constituyen una frustración colectiva”.
La respuesta llegó desde el bloque libertario, algunos con mayor énfasis, como Luis Juez, quien acusó al peronismo de “mentiroso. Solo con una fuerte cuota de ignorancia se puede opinar como opinan”.
“Si la discusión es la plata, que la pongan las provincias. Se la gastan en cualquier cosa, en publicidad. A pocos metros de acá hay familiares que vienen a buscar justicia, no venganza”, agregó el cordobés que ahora integra LLA.
Parte de la postura peronista se reflejó en la intervención de la senadora Lucía Corpacci. El bloque estaba molesto porque había acordado con los libertarios no habilitar la presencia de familiares en las gradas. Sin embargo, el oficialismo permitió el ingreso de varios que se ubicaron en los palcos del primer piso.
“Somos legisladores, no estamos para responder el enojo, estamos para dictar leyes que hagan la vida mejor y construyan una sociedad mejor. Debemos actuar con racionalidad y humanidad. Esta ley no es la solución de nada”, sostuvo Corpacci.
Gerardo Zamora, de Santiago del Estero, recorrió diferentes artículos para argumentar la inconstitucionalidad de la norma. El ex gobernador advirtió que el proyecto generará “litigiosidad”. “En defensa del federalismo, mi voto y el de mi bloque es negativo”.
El cierre del kirchnerismo estuvo a cargo del senador Martín Soria, quien señaló: “A pesar de las correcciones, este proyecto de Régimen Penal Juvenil sigue siendo muy malo, contiene errores graves y peligrosos. No va a solucionar lo que ustedes creen que van a solucionar. Esta ley es peor que el decreto de Videla porque viola el principio de culpabilidad disminuida”.
Qué dice el proyecto
La ley crea un sistema penal juvenil especializado para adolescentes de 14 a 18 años, con el objetivo de garantizar procesos judiciales adecuados a la edad. El texto establece la presunción favorable a la minoría de edad y que los menores de 18 años no compartan ámbitos judiciales ni penitenciarios con adultos.
El régimen introduce principios como legalidad, proporcionalidad y excepcionalidad de la privación de libertad, y prioriza la resocialización de los jóvenes. El sistema prevé que los adolescentes cuenten con garantías judiciales desde el inicio y que las causas se tramiten en órganos y centros especializados. Se contempla la rápida intervención judicial y el derecho de los adolescentes a ser escuchados y que su familia participe activamente en el proceso.
El capítulo dedicado a las víctimas otorga un rol central a quienes resulten damnificados por delitos juveniles. El proyecto garantiza asistencia jurídica y psicológica inmediata, la posibilidad de intervenir en audiencias y oponerse a decisiones del Ministerio Público Fiscal, y la participación en instancias restaurativas como la mediación penal juvenil.
El sistema de sanciones prevé un esquema progresivo y diversificado, que incluye medidas educativas, tareas comunitarias, monitoreo electrónico y reparación del daño, además de restricciones de circulación. La privación de libertad solo se aplicará en delitos graves, con límites estrictos de tiempo y separación permanente de los jóvenes respecto de los adultos.
En la etapa de ejecución de sanciones, el proyecto incorpora la figura del supervisor judicial especializado, responsable de acompañar y monitorear el proceso de reinserción. La libertad condicional solo podrá otorgarse con aval del Ministerio Público Fiscal y bajo condiciones precisas. También se incluyen respuestas específicas para problemáticas de salud mental y consumo problemático, con intervención de equipos interdisciplinarios.
La propuesta detalla estándares de alojamiento que prohíben la convivencia de adolescentes con adultos y garantizan acceso a educación, cultura, recreación y atención espiritual. Se prevé diferenciación por edad y situación procesal dentro de los centros, así como capacitación del personal a cargo.
En los casos de menores inimputables, el texto dispone intervención judicial para investigar el hecho y aplicar medidas curativas o protectoras, siempre bajo la órbita de la justicia civil. Además, se estipula la especialización obligatoria de jueces, fiscales y defensores en materia penal juvenil.
Fuente: Infobae
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Camina por el barrio, elige un lugar al azar y lo pinta gratis: ya transformó casi 40 negocios
Diego Fleitas camina por las calles de Berazategui y Quilmes con un ojo clínico. No busca baches ni direcciones; busca frentes apagados, persianas descascaradas y emprendedores que, como él hace 15 años, la estén “remando” contra viento y marea.
Diego, de 48 años, es dueño de Patodacolores, una pinturería familiar, pero en el último año se convirtió en algo más: el hombre que les devuelve el color a los barrios, de forma gratuita y al azar.
“Esta idea es para ayudar a un emprendedor que la está peleando. El frente de un comercio demuestra que la pintura es buena, pero sobre todo, demuestra que hay alguien del otro lado que apuesta por vos”, contó Diego en diálogo con TN.
La historia de la pinturería nació de un giro inesperado. Diego era profesor de Educación Física cuando conoció a Patricia Gauna (47). Ella trabajaba en el rubro y él, con el alma de emprendedor inquieta, le propuso abrir un negocio propio. “Me dijo de poner un gimnasio, pero terminamos emprendiendo en una pinturería”, recuerda.
Los comienzos en Quilmes no resultaron fáciles. Fueron durísimos. Los proveedores no nos querían vender y, para que te abran una cuenta, tenías que pagar todo en efectivo, invertir muchísimo dinero para iniciar y, encima, el alquiler. Fue a pulmón”. Hoy, 15 años después, el equipo es plenamente familiar: Diego, Patricia, su ahijado y sus hermanos, que dan una mano cuando el trabajo desborda.
La iniciativa de pintar fachadas gratis surgió en octubre de 2024, aunque los videos empezaron a viralizarse recién en 2025. “La idea fue mía, pero mi esposa me sigue a todo lo que digo, pobre”, bromeó Diego. El concepto es simple pero potente: detectar un local que necesite un cambio de imagen, presentarse con una carta y ofrecer la transformación total.
Sin embargo, el camino de la solidaridad tiene obstáculos. “Muchas veces nos rebotaron por desconfianza. También hay mucho ‘odio’ en redes porque llama la atención que alguien haga esto gratis”, explicó. Pero cuando el “sí” llega, la magia ocurre en tiempo récord: “Si lo podemos hacer en seis o siete horas, lo hacemos. Me encanta el factor sorpresa”.
“No pinto beige, la onda es que se vea”
Diego no se limita a cubrir manchas: busca impacto. Sus diseños suelen incluir colores vibrantes e incluso luces para que el negocio destaque de noche. “Necesitás ese impacto visual. Puedo pintar un beige clarito o un blanco, pero la idea es que se vea, que la gente pase y diga: ‘Mirá ese local’”, sostuvo.
Los resultados son inmediatos y no solo estéticos. Diego recuerda el caso de un barbero en un pueblo de Corrientes de 30 mil habitantes: “Lo vieron tres millones de personas en redes. Al pibe le llovían los pedidos. Yo les digo que van a vender más después de pintar, y después, me llaman para confirmarlo. Eso me emociona: la cara de la gente cuando ve su local terminado”.
Llevar adelante este proyecto requiere un malabarismo constante. Diego y Patricia coordinan las pintadas en los baches que deja la rutina familiar. “Lo voy mechando como puedo. Cuando mi nena está en el jardín, mi mujer va y viene del local y yo le meto al pincel”, relató.
Con casi 40 emprendedores ya transformados bajo el brazo, Diego siente que el rédito más grande no es económico, aunque el trabajo en la pinturería aumentó gracias a los “tips” y la visibilidad. “Todo lo que es solidaridad lo hacemos, no me alcanza. Hemos pintado hasta casas de acumuladores compulsivos”, indicó.
Para Diego, cada persiana que se levanta con color nuevo es una batalla ganada al desánimo. “Me re emociona que se vea tanto. Si nosotros subsistimos 15 años, quiero ayudar a que otros también lo logren”, completó.
Fuente: TN
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“Voy para el sur”: la historia del voluntario que dejó todo para combatir los incendios en Epuyén
Las noticias de los incendios en Epuyén encendieron una alarma en Juan “Jota” Bello. No lo dudó, fue al grupo de la red de voluntarios que brinda apoyo a los brigadistas en la Patagonia, y avisó: “Voy para el sur, puedo sumar a cuatro personas y cargar insumos”.
Así, en Buenos Aires, se despidió de su pareja, que lo abrazó en silencio, y de sus hijas que le pidieron que se cuide. También de su hermana, que no deja de llamarlo para monitorear que él esté bien. Y emprendió el camino, en el trayecto levantó a un bombero de Vicente López y en La Pampa a un brigadista cordobés. También sumaron equipamiento: borceguíes, guantes, mangueras, motobombas, alimentos y hasta remedios.
Es la primera vez que Jota está trabajando activamente en la zona de los incendios, el año pasado había sido voluntario pero desde Buenos Aires. “No te das idea de la magnitud del incendio hasta que llegás. Hoy hablaba con alguien que vive en la zona desde el año 77, y me contaba que nunca vivieron algo así, con tantas lenguas y frentes activos al mismo tiempo”, cuenta en diálogo con TN, con preocupación en su voz.
El primer día recibió una rápida formación para aprender a alejar de los focos todo lo que puede ser combustible para el fuego (lo que está verde, la pinocha y más) y también medidas de seguridad. “Trabajamos más de 14 horas por día, hoy es la primera vez que terminamos antes de que se ponga el sol. Viendo tanto, a los tres días empezás a ser experto en encontrar posibles nuevos focos bajo la tierra”, describe Jota.
La vida entre el fuego
Jota y el equipo de voluntarios con los que trabaja todos los días están parando en una zona especial, a la que llaman zona de transición: ubicada entre el verde (que puede rápidamente prenderse) y el incendio activo. “Estamos a disposición de los brigadistas”, dice.
“Aunque parezca raro, lo que sucede es que estar acá te da una conexión tan profunda con la naturaleza que uno se olvida del estrés. No estoy bruxando, no uso mi placa para descansar mientras duermo”, cuenta con una calma que encierra cuidado y saber que está haciendo lo que debe.
Pero eso no significa que no estén conscientes de lo que sucede a su alrededor. “Dos noches decidimos dormir afuera, pusimos los colchones al lado del tanque australiano, con las mangueras y las motobombas instaladas, porque teníamos fuego por dos frentes diferentes”, relata.
A esto se suman las guardias, salir a recorrer la zona donde descansan en formato de espiral hacia afuera, para detectar si hay posibles focos que hay que atacar con urgencia o si pueden esperar. “Si es esta segunda opción, lo mejor es tratarlos de día, porque de noche puede ser peligroso, porque la tierra está muy caliente”, advierte Jota.
Mate y arrancar
Desde el 13 de enero (muchos llegaron antes, y están en el combate desde el 6) la rutina de Jota inicia a primera hora con un mate, y rápidamente salir al campo. La zona que ellos tienen a cargo abarca unos 80 kilómetros.
“Recorremos las partes quemadas. Hacemos guardias de cenizas, que es buscar los focos que vuelven a encenderse. Vamos buscando pequeñas columnas de humo, fumarolas y las enfriamos. Hay que hacerlo con mucho cuidado, porque la tierra está muy caliente en esos lugares. El otro día, habíamos tirado miles de litros de agua para enfriar una parte, y sin darse cuenta un bombero metió su pie adentro y literalmente el agua estaba hirviendo; ahora tiene una quemadura de segundo grado”, relata, dejando en claro la importancia del trabajo, pero también el cuidado que todos deben tener.
Cuando encuentran estas fumarolas el objetivo es poder enfriarlas y aislarlas de todo lo que pueda ser combustible para que vuelva a encenderse, porque esto puede suceder muy rápido. “Ayer, por ejemplo, vimos unos pequeños focos y decidimos ir a buscar agua para atacarlos. En el trayecto nos encontramos con otros focos que necesitaban que actuemos con más urgencia, así que demoramos dos horas en volver a los primeros. Cuando llegamos nos encontramos con las copas de los árboles ya prendidas fuego. Así de cambiante y rápido avanzan las llamas”, dice Jota.
La comunidad unida
Se calcula que en la zona de Epuyén se incendiaron en lo que va de 2026 entre 20 y 30 mil hectáreas. “Acá la gente está enojada. Hay más de 200 brigadistas autoconvocados, más bomberos, y los brigadistas del servicio oficial de bosques, bomberos de otras ciudades. Todos trabajando para salvar el bosque”, cuenta Jota.
Y mientras el gobierno nacional asegura que la situación está controlada (lo que los focos latentes desmienten), la autoorganización de la comunidad del sur sigue demostrando que la unión hace la fuerza.
“La gente se encarga de la logística, de que haya agua, alimentos. Parecen cosas básicas, pero en la zona faltaron. También se encargan de rellenar los tanques australianos, para siempre estar preparados por si se acerca el fuego. Son todos voluntarios. Ahora estamos en una escuela, que pronto tendremos que dejar. Acá se da hasta asistencia psicológica y también hay enfermería. Todo se fue optimizando conforme pasaron los días, parece un centro de catástrofe de los que vemos en las películas de Hollywood”, detalla Jota.
Para este voluntario el bosque es “sinónimo de vida, sobre todo en la Argentina, donde prácticamente no quedó tierra que no haya sido convertida con fines productivos. El bosque, y también el monte, son fuente de biodiversidad, de vida, de medicinas, sostienen los alimentos que comemos. Donde todavía podés darte un baño de naturaleza y sentirte parte. Acá encontramos esa conexión que se va perdiendo atrás de tantas pantallas; el divorcio con la naturaleza es claro cuando uno logra desconectar del mundo online”.
“No se olviden de dónde salimos: venimos de los bosques. Si perdemos esa conexión con la naturaleza nos alienamos. Somos parte de ella, no algo separado. La naturaleza tal como la conocemos se nos está yendo entre los dedos”, pide Jota, mientras alista las cosas para pasar una nueva noche en el sur, donde estará mientras lo necesiten.
Fuente: TN