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Proteínas, entrenamiento de fuerza y mejora progresiva: los secretos de la mujer que batió el récord mundial del Ironman
La triatleta británica más rápida en la historia del Ironman, Lucy Charles-Barclay, reveló sus principales secretos de preparación y estrategia para afrontar la competencia de resistencia más exigente del triatlón, durante una entrevista exclusiva en el UNTAPPED podcast.
Autora del récord en Kona con 8 horas y 24 minutos, la campeona mundial expuso los trucos, hábitos y rutinas que la llevaron a la élite mundial y explicó por qué esta competición representa uno de los mayores retos físicos y mentales en el deporte.
Buscar siempre la mejora constante en el Ironman
“Siempre tengo que marcarme objetivos que me asusten, que estén en el límite absoluto de lo posible”, afirmó la triatleta a Spencer Matthews, conductor del podcast. Recordó que su primer Ironman, realizado hace 11 años, le tomó más de 12 horas. Actualmente, tras aplicar el principio de “ganancias marginales”, consiguió reducir casi cuatro horas a su mejor marca.
“He notado con los años que siempre hay detalles que se pueden optimizar: la nutrición de carrera, la posición en la bicicleta, el equipamiento, la constancia en la carrera”, explicó. Para ella, el éxito reside en las pequeñas mejoras sumadas día a día, que marcan la diferencia al competir con deportistas de alto nivel.
Charles-Barclay confesó que nunca imaginó que el Ironman se convertiría en su carrera profesional: “La primera vez que crucé la meta, experimenté una euforia increíble y quedé enganchada”. El deseo de descubrir sus propios límites se transformó en la base de su disciplina.
Alimentación y carga de carbohidratos para el rendimiento
La alimentación adecuada es fundamental para el alto rendimiento. “Intento seguir una dieta equilibrada y evitar entrenar en déficit de calorías”, puntualizó. Para las primeras sesiones del día, prefiere alimentos proteicos como batidos o yogures con algo de carbohidrato.
“En los tres días previos a una carrera, suelo comer arroz y pollo. También necesito proteínas porque, si no tengo reservas completas, los músculos se desgastan en el Ironman”, comentó. Tras ser diagnosticada con celiaquía, dejó de consumir pasta y pizza antes de competir. “Si quieres sentirte realmente bien, el arroz es una opción mucho más limpia para la carga de carbohidratos”, agregó.
El papel del entrenamiento de fuerza en la preparación de Ironman
El entrenamiento de fuerza es esencial en la metodología de la atleta de 32 años. “Realizo levantamiento de pesas por lo menos tres veces a la semana. La fuerza muscular no solo mejora el desempeño en la bicicleta y la carrera; también previene lesiones”, afirmó.
Subrayó la importancia de ser fuerte y potente, más allá de perseguir solamente la delgadez. “En la última parte de la maratón, cuando el músculo ya está agotado, el trabajo con cargas pesadas ayuda a aguantar y seguir”, explicó.
Además, aclaró que levantar pesas no implica conseguir una musculatura desproporcionada: “Hay quienes temen por la apariencia física, pero apenas se gana músculo con el entrenamiento funcional que hago”.
Mejoras técnicas y equipamiento en el segmento de ciclismo
La parte técnica y el equipamiento juegan un papel decisivo en el rendimiento. “En el segmento de bicicleta, donde recorremos 180 kilómetros, cualquier ajuste cuenta”, señaló. Tras experimentar con diferentes posiciones, cascos y trajes en túneles de viento, pudo conseguir ahorros de hasta tres minutos en una prueba de Ironman solo modificando algunos detalles.
“A veces basta con cambiar el visor del casco o el traje aerodinámico para ahorrar energía, sin añadir horas de entrenamiento”, añadió. Para la plusmarquista, la búsqueda científica de la optimización es clave para mantenerse en la cima de la disciplina.
Organización y planificación: el factor diferencial
Para Charles-Barclay, la mayor diferencia entre amateurs y profesionales está en la organización. “El secreto es tener una agenda clara: horarios, rutinas, alimentación, bloques de entrenamiento”, destacó. Tanto en la élite como en el deporte aficionado, manejar bien el tiempo y los recursos propios es determinante para el éxito.
La británica advirtió que el supuesto “glamour” es engañoso, ya que detrás de cada triunfo hay una rutina exigente y estrictamente organizada.
Ejemplo de rutina semanal de una campeona de Ironman
Al describir su semana típica, explicó que alterna el foco entre las disciplinas según la etapa de preparación. “En semanas de mucho ciclismo, puedo llegar a 20 horas en la bicicleta; en otras, priorizo la carrera”, indicó en el UNTAPPED podcast.
Comienza cada día a las cinco de la mañana, nada durante dos horas (hasta seis kilómetros), toma un segundo desayuno y distribuye las sesiones de ciclismo y carrera durante la jornada. “Procuro nadar todos los días, montar en bicicleta casi a diario y correr en días alternos”, detalló. Incluso los lunes y viernes, considerados días suaves, incluyen natación y entrenamiento de fuerza.
Fuente: Infobae
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Una runner argentina ganó una maratón en las Islas Malvinas y homenajeó a los caídos: “No hay que olvidar”
La runner argentina Candela Cerrone ganó la maratón que se corre en las Islas Malvinas, una competencia de 42 kilómetros considerada la más austral del mundo. El triunfo quedó registrado en un video que se viralizó en redes sociales y en el que se la ve celebrando emocionada tras cruzar la meta.
“Por los caídos, por los veteranos, por los tenientes, por todos los que estuvieron acá”, se la escucha decir en el clip mientras completaba los últimos metros de su recorrido.
En diálogo con Telenoche, la atleta contó que uno de sus objetivos al participar en la Stanley Marathon era visibilizar la causa Malvinas porque “se van renovando las generaciones” y “no hay que olvidar”.
“Gracias por difundir la verdad. Hoy renuncié a seguir recorriendo y haciendo expediciones en la isla para poder atenderlos y darle el broche al objetivo que era buscar esto: que se visualice, que no se olvide Malvinas, que se vuelva a escuchar”, explicó.
Según contó, durante la preparación para la carrera se enteró de que los competidores no podían utilizar símbolos argentinos. “En el transcurso de los cuatro meses de preparación me dijeron que no podíamos correr con nada de Argentina”, recordó.
Cerrone aseguró que esa situación fue lo que la impulsó a proponerse ganar la competencia. “Me despertó una desesperación que no me esperé. Dije: tengo que ganar de alguna forma, tengo que subir al podio y hacer que se escuche Argentina”, contó.
Candela, de 48 años, explicó que suele correr maratones en distintos puntos del país y que inicialmente ya estaba feliz con la posibilidad de participar en las islas. Sin embargo, el contexto le dio un significado especial al desafío.
La carrera se llevó a cabo este domingo en Puerto Argentino y la atleta logró completar el recorrido en 3 horas, 14 minutos y 30 segundos.
“Yo no soy joven, estoy más cerca de los 50 y es difícil correr fuerte o tratar de ganar una carrera a mi edad. Pero dejé todo y se cumplió ese sueño de escuchar a Argentina ahí”, afirmó.
Fuente: TN
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Tenía 16 años, 30 dólares y creó un emprendimiento que lo sacó de la depresión
Hay historias de emprendedores que nacen en garajes, otras que empiezan con grandes inversiones y planes de negocio cuidadosamente diseñados, y después está la de José Huguet, de 24 años, que empezó en silencio, sin capital, sin manual y sin siquiera saber usar Excel, mientras intentaba salir de uno de los momentos más difíciles de su vida.
En ese tiempo no había emprendimiento, marca, clientes, ni planes de expansión, era solamente un adolescente intentando entender qué hacer con su vida mientras encontraba un único refugio posible en el deporte. “El básquet fue lo que me reflotó de esa situación”, recuerda en diálogo con TN, y esa frase funciona como una llave para entender todo lo que vino después.
La idea apareció casi por accidente cuando quiso comprarse un calzado que no conseguía en ningún lado. “No había, nadie traía las zapatillas, y empezamos a escuchar en el club que todos estaban en la misma”, cuenta. Lo que para muchos era una dificultad de mercado, para él fue una pregunta inevitable: “si nadie las trae, ¿por qué no hacerlo nosotros?".
El clic que cambió todo
“Tenía 16 años y estaba en una especie de crisis existencial de la adolescencia. Llegaron incluso a diagnosticarme depresión”, explica. Y lo dice sin dramatismo, como quien mira hacia atrás y reconoce un paisaje que ya no habita pero que fue determinante.
La depresión no llegó de golpe, sino de manera progresiva, casi imperceptible, como una suma de pequeñas cosas no dichas, de conflictos entre amistades, romances, problemáticas adolescentes, de emociones guardadas y de noches cada vez más largas. “Dormía dos o tres horas durante meses, no hablaba con nadie, lo tapaba todo, lo empujaba abajo de la alfombra”, contó.
Pero un día, en su Rosario natal, ocurrió algo que él todavía describe como un quiebre emocional más que como una decisión racional: “Tuve un clic en el que dije: ‘Nadie me va a venir a rescatar acá, tengo que salir yo’”.
Su primer “modelo comercial” fue, en realidad, un acuerdo improvisado con un vendedor que ya tenía stock y no lograba moverlo. “Le dije: ‘Yo publico tu catálogo y vemos si se vende algo’. No tenía plata, no tenía nada que perder. Simplemente intentar”.
Durante casi un mes subió contenido todos los días a Instagram mediante su cuenta Hoop Shoes -que hoy cuenta con 164 mil seguidores- en una época en la que todavía no existían los reels ni la lógica actual de los algoritmos en las redes sociales. Con la constancia casi obsesiva de quien necesita que algo funcione, Josi, como lo llaman sus amigos, vendió su primer par. Ganó 30 dólares.
Aprender haciendo, equivocarse rápido
El crecimiento no fue inmediato ni ordenado, sino una sucesión de pequeñas pruebas que se retroalimentaban. Vendió tres pares el segundo mes, veinte al cuarto, leyó su primer libro de ventas, buscó tutoriales en YouTube y empezó a aplicar todo el mismo día que lo aprendía.
“Era adictivo, aprendía algo y lo aplicaba, veía resultado y quería aprender más”, explicó. Sin formación empresarial, sin pasar por la universidad y con una educación secundaria orientada a humanidades, el aprendizaje fue completamente autodidacta.
“No sabía ni usar un Excel, pero tenía el negocio andando y necesitaba entenderlo, entonces aprendía porque lo necesitaba y porque sentía que eso podía crecer”, reconoció.
Primero vendió productos de otros, después comenzó a importar a pedido desde Estados Unidos, más tarde convirtió la casa de sus padres en depósito improvisado, hasta que su mamá puso un límite doméstico inolvidable. “Un día me dijo: ‘Tengo pelotas de básquet en la cocina, ¿qué hacemos?’”.
Ese fue el primer indicio de que aquello ya no era un experimento adolescente.
El crecimiento que se volvió comunidad
El salto llegó con la pandemia, aunque no de la manera tradicional. Mientras el deporte se detenía, las canchas se vaciaban y las ventas desaparecían, él decidió hacer algo que no generaba ingresos inmediatos pero sí construía identidad.
“Vender no voy a vender, pero pensé que al generar contenido podía entretener a la gente que estaba encerrada”, precisó. Hizo vivos, desafíos, sorteos, videos, habló con su audiencia como si fueran compañeros de equipo y no clientes.
Cuando el básquet volvió, esa comunidad ya existía: “La gente volvió a jugar y vino en oleada a comprarme a mí porque ya habíamos generado un vínculo”.
Ese nexo terminó transformándose en una estructura real, con equipo de trabajo, logística, producción textil propia y un local que dejó de ser solamente un punto de venta, para convertirse en un espacio cultural.
Hoy son más de diez personas trabajando en el proyecto, incluido su propio padre, a quien sumó cuando la empresa necesitó ordenarse y profesionalizarse. “Lo contraté a mi viejo, es mi mano derecha, él me ayudó a estructurar todo lo que yo había hecho medio a los tumbos”, cuenta con orgullo.
Volver siempre al origen
En el camino probó otras ideas, lanzó marcas que no estaban directamente relacionadas con el básquet y hasta logró que funcionaran, pero algo no terminaba de cerrar: “Me di cuenta de que me estaba alejando de mi núcleo, de lo que yo era”.
Tomó entonces una decisión difícil pero coherente: vender su parte de Hoopers Brand y volver a enfocarse completamente en el universo que lo había sacado adelante.
Hoy no solo vende indumentaria gracias a Goat Brand, sino que produce ropa especializada, genera contenido, impulsa torneos y está desarrollando un espacio con media cancha integrada dentro del local, además de una cancha completa en otro predio pensada para alquiler, competencia amateur y desarrollo cultural del deporte en Rosario.
La idea no es solamente comercial, sino casi una misión personal. “Quiero seguir impulsando el básquet y darle cosas al deporte en sí”, resumió.
En ese recorrido, incluso logró colaboraciones de indumentaria con figuras de la Generación Dorada como Facundo Campazzo y Andrés Nocioni, e incluso jugar en un torneo amateur contra el cantante de trap, Duki. Experiencias que menciona con naturalidad, como si fueran parte lógica de un camino que, visto desde afuera, parece vertiginoso.
Lo que quedó de aquel adolescente
A pesar del crecimiento, los viajes y los proyectos en expansión, Josi insiste en que la mayor transformación no fue económica, sino personal.
“No me arrepiento de nada, porque todo lo que hice y se dio me trajo hasta acá”, explicó con una convicción serena, lejos del discurso motivacional prefabricado.
De aquella etapa oscura conserva una enseñanza que hoy funciona como brújula: entender que todo es transitorio. “Si estás en el mejor momento de tu vida, disfrutalo, pero mantenete humilde porque mañana puede cambiar; y si estás mal, también va a pasar”.
Esa idea de no sobrerreaccionar ni al éxito ni a la crisis se volvió su forma de tomar decisiones, especialmente en un país atravesado por inestabilidad constante: “Hubo un montón de momentos malos, económicos, personales, de todo, pero entendí que son ciclos”.
Una oportunidad más
Cuando mira hacia atrás, el punto de inflexión no fue la primera venta ni el primer local, sino un instante mucho más íntimo, casi invisible, que ocurrió cuando tenía 16 años. “Me di una oportunidad más”, sostiene.
Esa oportunidad fue hablar después de mucho tiempo de silencio, empezar terapia, volver a entrenar, animarse a probar algo sin garantías y sostenerlo incluso cuando parecía insignificante.
Lo que vino después —la tienda, el equipo, las marcas, la cancha en construcción— fue consecuencia de haber tomado aquella decisión inicial, la más difícil de todas, la de seguir.
Y quizá por eso su historia no se explica en números ni en metros cuadrados de depósito, sino en algo menos medible pero más profundo: convertir una búsqueda personal en un proyecto colectivo donde, como le gusta repetir, “soy un jugador de básquet que le vende a otros jugadores de básquet”.
Fuente: TN
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Tiene 23 años, la echaron del trabajo y creó una pyme para mujeres electricistas: “En un día gano $200 mil”
Hay una imagen que a Oriana todavía le genera una sonrisa: la de verse frente al espejo con la ropa de trabajo, transpirada y con las manos curtidas por el polvo de las paredes.
Ella, que siempre fue de las camisas de lino y las uñas impecables, hoy porta el uniforme de electricista con una honra que no le dio ningún escritorio. “Yo soy Oriana, tengo 23 años y vivo en Virreyes. Acá arrancó mi carrera, pero antes de los cables, mi realidad era otra”, dijo a TN, mientras recuerda que 2025 empezó como una pesadilla y terminó siendo el “click” que le salvó la vida.
Todo se precipitó en abril del año pasado. Oriana trabajaba en el sector de ventas de una pyme gráfica, un empleo que buscó para tener la seguridad de un sueldo fijo mientras empezaba a construir su hogar. Pero la crisis no perdona a los nuevos: “Hubo un recorte de personal y, como había entrado hacía nada, fui de las primeras afectadas”. Lo que siguió fueron 90 días de una angustia silenciosa.
“Estuve tres meses sin laburo. No salía absolutamente nada”, recordó. La desesperación la llevó a una búsqueda ciega: tiraba currículums por aplicaciones, por internet y de forma presencial, incluso en la misma gráfica que la había despedido.
“Estaba súper deprimida, encerrada en un cuarto, me estaba comiendo la cabeza. Mi novia se la bancó como una campeona, pero yo sentía la presión de que nos estábamos por mudar solas y no tenía un peso para los impuestos ni para la comida”, explicó.
La chispa apareció en su propia casa en construcción. Mientras Gabriel, su suegro, instalaba el cableado, Oriana se acercó para distraer la mente. Lo que empezó como una curiosidad terminó en una clase magistral. “Gaby me enseñó a conectar una lamparita y un enchufe. Cuando vi que prendía, me sentí una genia. En ese momento fue un manotazo de ahogado que me rescató del pozo”, indicó la joven.
Ese primer circuito fue el inicio de una formación profesional. Se anotó en un curso de electricista domiciliario en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) de San Fernando y pasó meses entre cables y tableros.
“Lo que más me costaba era entender cómo poner la tecla de luz y el enchufe juntos en una misma caja, ¡era una ciencia que me explotaba la cabeza!”, confesó entre risas. Pero la técnica llegó con la práctica: aprendió sobre fotocélulas, prolijidad en los empalmes y la importancia de la seguridad.
Electrilindas: el proyecto que cambió su vida
El nombre de su pyme surgió de una charla al pasar. Su novia, viendo su entusiasmo, soltó un nombre que parecía una broma: Electrilindas. “Me quedó resonando. Sentí que tenía un potencial enorme, más allá de ser solo una chica electricista”, explicó.
Con el título en mano y el apoyo de Gabriel —quien todavía le presta el atornillador y el sensor de tensión—, Oriana decidió lanzarse a las redes. Subió un video a TikTok un lunes cualquiera, sin mucha fe, y para cuando se quiso dar cuenta, su vida ya no era la misma: “Ese video explotó por todos lados. De un día para el otro, con una mínima acción, todo cambió”.
Hoy, la joven de Virreyes no solo es una inspiración para otras mujeres —le escriben desde padres cuyas hijas quieren estudiar el oficio hasta colegas de España—, sino que logró una independencia económica impensada. “Por día, haciendo laburos simples de ocho o nueve horas, estoy sacando entre 150 y 200 mil pesos”, cuenta con orgullo.
La diferencia con su antiguo empleo es abismal. “Tengo una obra grande ahora en marzo y voy a ganar en una sola semana lo que ganaba en un mes entero en la gráfica”. Sin embargo, lo que más valora es la confianza que genera en sus clientas: “La mayoría son mujeres que viven solas y no quieren meter a un extraño en su casa. Se genera una fraternidad muy linda, es como ir a arreglarle algo a una amiga”, sostuvo.
Oriana ya no mira los avisos clasificados. Ahora estudia para matricularse y proyecta expandir su pyme a todo el país, trabajando codo a codo con otras mujeres plomeras y albañiles.
Su mensaje para quienes hoy están en ese cuarto oscuro donde ella estuvo es claro: “El sueldo fijo te da tranquilidad, pero a veces te detiene. El día que me la jugué, cambió mi panorama por completo. Si lo hacés con dedicación y te formás, no te puede ir mal”.
Fuente: TN