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Olivia Saal, la chef detrás del restaurante adonde van a comer los cocineros
Es más fuerte que ella, cuando algo le interesa, Olivia Saal lee todo lo que puede sobre el tema. Toma clases. Investiga, aprende, experimenta. Fue así que a los 19 cursó a la vez dirección de cine y la carrera de pastelería en el IAG. Once años después, y con solo 30, está a la cabeza de Oli, un café/restaurante/pastelería que es furor desde que abrió hace cuatro años en Palermo, famoso por sus medialunas y reconocido por sus pares, que lo convirtieron en su cantina.
“Siempre me gustó estudiar, entonces la carrera de cine la hice con mucho foco en lo académico, pero me di cuenta de que no me interesaba la industria. Ahí empecé a estudiar pastelería, porque siempre me gustó hacer cosas dulces para los demás y tenía ganas de saber más de eso”, dijo Saal a TN.
Y así fue que encontró su vocación: “Me enamoré de los equipos, de las cocinas, de las distintas formas de cocinar, de los utensilios, de las recetas, de la adrenalina de la cocina”.
En 2017, Olivia continuó su formación en Panadería y pastelería en la muy exigente escuela Le Cordon Bleu de Londres. También hizo pasantías en restaurantes de hoteles como Alvear y Sofitel y trabajó cinco años con Fernando Trocca en Mostrador Santa Teresita en Uruguay y en Montauk, Estados Unidos, donde fue jefa de pastelería.
“Mi paso por Santa Teresita fue mi importante para mí, sigue muy presente en mi vida. Me hice muchos amigos, fuimos como toda una camada que salió de allí. Después me surgieron un montón de cosas”, sostuvo.
En medio de la pandemia, creó su propio curso de viennoiserie, en el que enseñó a más de 2.000 alumnos a hacer laminados. “Me tiré a hacer clases por zoom y la gente se copó“. Tras una última temporada en Uruguay, sintió que era tiempo de hacer base, de volver a Buenos Aires tras años de andanzas culinarias.
“Me acababa de separar de un novio que tuve muchos años, quería buscar algo más estable. Estaba como en una especie de crisis esperanzadora, con mucha motivación y un poco de angustia", contó la chef, que con el tiempo aprendió a hacer foco en su salud física y mental.
Aparte “estaba pasando algo muy lindo en Buenos Aires” a nivel gastronómico y Olivia tenía ganas de “formar parte”, “de estar”. Y así fue que nació Oli, en un local de 175 m² que su mamá le ayudó a encontrar. “Me decía, es acá, es acá. Yo dudaba, pero me convenció porque necesitaba un lugar con mucho movimiento”.
Oli y la “cocina de transparencia”
Hasta hace poco, Olivia Saal era conocida como “La Chica pájaro” en redes, donde ostenta más de 47.000 seguidores. Un apodo/chicana del secundario que hizo propio. Pero llegaron los 30 y asumió su nombre como tal. “Uno va creciendo y se acomoda. Me gusta mi nombre”, le dijo a TN.
Su local, Oli, también tuvo un ligero cambio de nombre. Perdió la mención “café” que le había puesto la principio, porque fue mutando desde que lo abrió. Lo que había pensado como un lugar “para comer un brunch y tomar un Bloody Mary” se convirtió más bien en un bistró.
Hay dos cosas que suelen impactar a quienes entran a Oli: el mostrador repleto de delicias y la cocina totalmente abierta, separada del salón por un vidrio. Del otro lado, se pueden ver las pilas de bolsas de harina y de chocolate belga, el ir y venir de los chefs, el paso a paso de cada plato.
Ese ventanal establece un diálogo sordo entre la cocina y los clientes. Mientras se zambullan en su plato, los comensales miran con curiosidad a quienes los elaboran. Los segundos pueden ver en vivo cómo disfrutan la comida que les prepararon. Sus reacciones ante cada sabor. Intercambian miradas.
Esa “transparencia” es, según dijo Olivia Saal a TN, lo que define su cocina. Aunque tiene una robusta formación en fine dining, a Saal le interesaba algo más simple, más cotidiano. “La comida por la comida”, pero con técnica, sostuvo.
“La idea de transparencia está muy bien expresado en Oli, porque vos ves a todos los que están cocinando. Hay un ventanal enorme, no hay otra cosa, no hay algo que te estés perdiendo. Lo mismo pasa con nuestros platos, nuestra propuesta. Son todos platos que cuando lees el menú ya sabés qué son: un club sándwich, unos ñoquis, una milanesa, una caesar salad... Lo que hicimos fue una profundización en los íconos gastronómicos. Hay algo muy reconfortante, una tranquilidad en eso“, explicó.
El ambiente, luminoso, con ladrillo a la vista pintado de blanco, pisos de parquet y mesas de madera complementan esa sensación de confort. El universo que Saal armó es completo: hasta tiene su propia línea de vajilla diseñada en colaboración con los ceramistas de Communal.
Saal considera que hay algo de “diario íntimo” en su cocina. A cada plato le aplica “su expresión, su modo de hacerlo: ”El menú siempre está definido por lo que me gusta comer y lo que me gusta consumir”, redondeó.
Hay hits de Oli, como el french toast, que tienen algo de anécdota personal: estuvo temporadas enteras preparándolos cuando arrancó en Mostrador Santa Teresita. Ahora que tiene su local, le pudo dar su vuelta de tuerca.
-TN:¿Cómo cambia Oli a lo largo del día?
-“A la mañana es un momento muy fuerte de desayunos y de take away. Y después, el mediodía es el momento más fuerte de mesas, el de más adrenalina. A la tarde hay otros tiempos, más distendidos, de gente que busca cosas del mostrador”.
Sin querer, Oli se convirtió de cierto modo en la cantina de varios chefs, y Olivia cree que es porque “vienen a comer la comfort food que no tienen en sus restaurantes”.
Pese al éxito, la gestión de su numeroso equipo de mas de treinta personas no le acaparró del todo. La clave es que supo rodearse: “Lo que más hago es estar en la cocina y el servicio. Tengo buenos responsables encargados de todas las áreas. Armé un equipo muy sólido, así me meto en donde me tengo que meter“.
“Todos los puestos son importantes. Todos los puestos hacen que el engranaje funcione y el restaurante funcione como una máquina”.
-TN: alguna vez dijiste que siempre fuiste una “pendeja desubicada e indomesticable”..., ¿cómo encaja eso con la jerarquía en la cocina?
-Tuve suerte. Eso me dio mucho mucha libertad y mucho vuelo, pero también la cocina me salvó en algún punto de ese lugar, porque en la cocina no te queda otra que no ser una pendeja desubicada. Esa pulsión descontrolada me llevó a muchos lugares dentro de la creatividad y todo ese mundo, pero la cocina me ordenó y me permitió disfrutar del orden y de la disciplina. En la cocina hay tantos pasos hasta que terminás de hacer algo, tantos pasos de orden, logística y cabeza hasta que vos terminás de hacer un helado, una tarta, una carne, que empecé a cambiar mi manera de pensar, de cómo moverme en la vida. Busco optimizar el tiempo en todo. Nos retroalimentamos mucho mi mundo interno y mi mundo de la cocina en ese sentido.
Medialunas y fosforitos: una oda al paladar argentino
Las medialunas de Oli aparecen en lo alto en todos los rankings gastronómicos y quizás sin querer, se percibe en Oli cierta reivindicación de la tradición porteña, con los fosforitos, las medialunas, en momentos en que CABA se llenó de panes de chocolate.
“Lo que pasa es que la verdad es que los fosforitos son muy ricos. Lo que está en nuestro mostrador son los ítems que consideramos que son muy, muy ricos: un buen vigilante, un buen fosforito, un buen chipá. Son nuestros productos argentinos, estamos en Buenos Aires, no hay mucha vuelta que darle. Es lo que comemos y es lo que nos gusta, es nuestro paladar. Después, sí tenemos algunas cosas diferentes, experimentamos cosas, por ejemplo, una factura danesa que vamos cambiando por temporada, pero lo que más vendemos son los vigilantes, cañoncitos, medialunas. Son cosas que ya son de la gente y no podemos sacarlos", dijo.
-¿Y cómo es el proceso para crear nuevas cosas en el mostrador?
-Son varias líneas que se van cruzando. En primer lugar, la parte comercial y de ver las ventas y de cómo funcionan ciertos productos, siempre pensando en que cada pieza del mostrador ocupa y cumple un rol para distintos momentos y distintas situaciones en las que está el cliente. Las facturas que cumplen un rol de llevar a una casa o las piezas de pastelería que cumplen un rol para el que viene a almorzar y se quiere comprar algo para la noche, para llevar a una comida. Algo para llevar y no mancharse la mano, como un alfajor, una factura o una cookie. Siempre tiene que haber una galleta, algo chiquito para después de comer. Entonces, miramos la parte comercial y vemos qué funciona, qué no funciona, qué formatos funcionan más y qué formatos funcionan menos. También influye qué tenemos de temporada, por ejemplo, si hay pistachos o si hay duraznos o si hay ciruelas.
Oli Estudio
A Olivia le encantan la moda y el diseño. Tiene un estilo muy peculiar, marcado por lo onírico, con toques de excentricidad.
Esa faceta se percibe en sus tortas y en los proyectos que arma con Oli Estudio, su catering, donde puede volcar de alguna manera su pasión por el teatro y lo estético y romper con la rutina.
Con Oli Estudio, Saal armó desde una cena para 90 personas en el Teatro Colón durante la presentación de la ópera Madame Butterfly hasta cumpleaños, bodas y eventos para empresas.
“Oli Estudio nace como una forma de expandir, de investigar más en pastelería y eventos. Tratamos de establecer un diálogo con el cliente que nos permita hacer algunas expresiones más lúdicas de la comida y que sean emocionantes, no solo el momento de comer, sino el momento de experimentar el servicio. Es una expresión mucho más dramática y escenográfica“, sostuvo.
El dulce verano uruguayo
Por segunda vez, en el verano Olivia Saal abrió un restaurante pop up en Posada Ayana, en Uruguay. Servicio nocturno, la contracara de Oli.
“Me encanta que sea algo efímero, me parece muy especial que sea algo que solamente funciona en el verano uruguayo, que aparte Uruguay es como una parte de mi vida, entonces me encanta poder cocinar allá. Es un proyecto que me enamora mucho, me encanta diseñar desde los uniformes hasta los colores de las alfombras, la música, el sonido, la iluminación, las flores. Siempre estoy muy encima de todo lo que no es solamente la cocina, entonces eso también de este proyecto me gusta mucho como quedó”.
Olivia Saal y el proyecto del libro propio
Saal dijo a TN que está “muy ilusionada” trabajando en su propio libro de cocina, que debería salir este año: “Será mitad de cocina, mitad de pastelería y un poco de otras cosas lindas”. No le teme a compartir sus recetas. Al contrario, “le encanta”.
En su casa, se apilan los libros. Los hay de cine, novelas, libros sobre cultura, moda y cocina, obvio. Muchos. “Compro libros de cocina sin parar y me quedan en cualquier lado. Siempre, siempre estoy hojeando un libro de cocina, son como una parte mía. Me quedó comiendo con un libro, por ahí se queda abierto un par de días. Tengo libros en la cocina, tengo libros en el escritorio, tengo libros en el living, tengo libros en mi cuarto, estoy medio rodeada”, se río.
“Lo que más me gustan son los libros que son tipo enciclopedia Por ejemplo, hace poco descubrí un libro que se llama El libro de la carne, y tiene todas las partes de la carne, distintas cocciones, distintos fondos, salsas, consomé...“, contó.
Y siguió con una anécdota: “El otro día fui a lo de mi abuelo y, sin darme cuenta, cuando nos sentamos a tomar el té con budines, agarré sus libros de cocina y me puse a leerlos. ‘Llevátelos, llevátelos’, me decía”, contó Olivia.
Su abuelo se llama Pedro, es el papá de su mamá, y el único que le queda. También es una figura clave en su formación. “Es alguien muy gourmet, vivió muchos años en Catamarca y sabe mucho de productos y regiones. Es un maestro para mí”.
De hecho, sus primeros recuerdos gastronómicos están vinculados a su abuelo. “Fue el que me enseñó a cocinar. Cuando era chiquita, hacíamos mermelada de frutilla juntos”, explicó. Aparte, su abuelo era quien la cuidaba cuando sus papás se iban de viaje. “Me cocinó durante mucho tiempo, siempre se comía muy bien en su casa”.
Ahora es Olivia quien lo recibe en la suya, pero aún siguen las lecciones- “Ahora yo cocino para él, le encanta ir al restaurante. De vez en cuando me tira algún tip también”.
Alguna vez, Saal comparó a los cocineros con deportistas, porque ambos empiezan sus carreras muy jóvenes. Pero según dijo, su romance con la cocina está lejos de terminar: “ Cada vez me enamoro más, es un amor muy fresco, la cocina es mi lugar favorito para estar”.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN