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Médica graduada en la UNNE premiada en Brasil: “No pude haber tenido mejor formación”
Su profesión la llevó a explorar otros rumbos. El gusto por la Medicina Tropical orientó su camino hacia el Amazonas brasilero; y por su vocación y compromiso de servicio, la abrazaron en Santarém, un pequeño municipio del estado de Pará.
Mariana Martínez Quiroga es médica infectóloga graduada en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), y hace casi dos décadas dejó su Chaco natal para asentarse en el vecino país donde recientemente fue distinguida con la medalla “Padre João Felipe Bettendorf”, el mayor reconocimiento que el municipio donde vive entrega a aquellas personas que se destacan en sus campos profesionales y así contribuyen al desenvolvimiento de la ciudad.
Como con cada logro de estudiantes y graduados, el reconocimiento fue motivo de alegría en la familia de la UNNE y desde la Radio de la universidad tomamos contacto telefónico con Mariana para transmitirle las felicitaciones y contar su historia. La amena charla fue también ocasión para que ésta reconocida profesional de la salud recuerde su formación en esta casa de estudio.
Con emoción en la voz, aseguró que los recuerdos que guarda de su paso como estudiante de la Facultad de Medicina de la UNNE son “los mejores”. “Desde las clases de anatomía en la morgue con el Dr. Civetta, hasta los últimos años de internado en el Hospital Escuela, fueron los mejores años”, aseguró.
“Realmente nuestra formación, tanto en la parte académica en la Universidad como en la residencia, yo creo que no pude tener una mejor”, aseguró Mariana y recordó las vivencias también del internado y después en la residencia médica con pacientes: “fuimos privilegiados”, valoró.
Dada su experiencia en el vecino país, comparó por ejemplo la realidad académica de quienes hoy estudian en la Facultad de Medicina que funciona en Santarém hace unos 5 años. “Allí los estudiantes dan Anatomía pero en los libros y modelos; nosotros disecábamos cadáveres”, comentó. “Entonces creo que fuimos generaciones privilegiadas en eso, tanto en la parte de laboratorio, anatomía y después en el internado, contacto con pacientes y demás, nuestras vivencias creo que fueron maravillosas”, agregó.
Sonriente, Mariana valoró incluso los vínculos humanos de aquella época. Las relaciones forjadas en ese tiempo siguen firmes aún a la distancia. “Mantengo contacto con casi todos mis compañeros de promoción”, aseguró.
LOS INICIOS EN EL CAMINO DE LA INFECTOLOGÍA
La calidez de la lengua portuguesa se trasluce en el castellano de Mariana. Y la historia que así cuenta, la suya, la de sus comienzos en la Medicina Tropical y allí en tierras amazónicas, no pueden menos que conmover a quien la escucha.
Allá por 1999 y ya con el título de médica de la UNNE logrado el año antes, la joven Dra. Martínez Quiroga comenzó su residencia de Clínica Médica en el Hospital Perrando de Resistencia, Chaco. Pero en el último año y ante la posibilidad de hacer tres meses de rotación opcional, comenzó el camino hacia la Infectología. “A mi siempre me gustó la parte de infectología, de Enfermedades Tropicales. Y cuando comencé a averiguar dónde podía hacer esa rotación, surgió la posibilidad de ir al Instituto de Medicina Tropical de San Pablo. Comencé a escribir para ver si me aceptaban y tuve noticias de que también había una chaqueña haciendo una rotación allá. Y bueno, comencé a escribir las cartas y me aceptaron”, recordó ese momento con la alegría y el entusiasmo de entonces.
Realizó entonces la rotación en el Hospital de Clínicas de la Universidad de San Pablo. “Fui con la intención de quedarme 3 meses”, dijo sonriente. Y es que estando allá supo que había lugares para que extranjeros puedan hacer la residencia de Infectología. Entonces, “ya que estaba estudiando allá, dije bueno estudio un poquito más y me presento a la prueba de residencia”, pensó Mariana y así lo hizo. Resultó seleccionada, por lo que volvió a San Pablo en 2001, pero ya como residente de Infectología del Hospital de Clínicas.
“Los residentes extranjeros no teníamos salario, pero nos daban casa y podíamos desayunar, almorzar, todo en el hospital”, recuerda, aunque lejos de decirlo a modo de queja, lo señala con el optimismo de quien supo ver allí una oportunidad.
Dos años la Dra. Martínez Quiroga estuvo en San Pablo, y ya durante el primero conoció Santarém, por medio de un intercambio en el marco de un acuerdo con el Instituto de Medicina Tropical de San Pablo y la Secretaría de Salud de dicha ciudad. En aquella época, esa región del Amazonas era muy castigada por la malaria y el paludismo, entre otras tantas enfermedades propias de la pobreza y aislamiento de sus pobladores. Un convenio con el Ministerio de Salud brasilero posibilitó que médicos de San Pablo lleguen hasta allí y actúen como voluntarios en el combate a la malaria. “Entonces yo vine mi primer y segundo año de la residencia de Infecto (Infectología), a hacer aquí también una rotación opcional”, recordó Mariana cuando se apasionó con el trabajo de campo que realizó, tan afín al juramento hipocrático que había hecho años atrás en Argentina.
“Lo que más me gustó allí fue el trabajo. Llegar a comunidades que nunca habían visto un médico tal vez. Paludismo aquí era una enfermedad que mataba a todo el mundo y estaban acostumbrados a vivir con eso”, contó Mariana en diálogo con Radio UNNE 99.7.
Como si fuera hoy recuerda aún con cierta sorpresa lo que sintió y pensó cuando llegó por primera vez y se encontró con familias “que habían hecho su casita ahí en el medio del monte”. “Llegábamos a veces en canoas, remando, porque no había otra embarcación para entrar”, relató también parte del esfuerzo que implicaba para los profesionales de la salud llegar hasta allí. “Con el barco avanzabamos por la parte grande del río y después ya comenzaban esos atajos y allá perdidas encontrábamos las casas, personas con malaria”, describió la travesía y el lugar donde trabajaba junto a sus colegas.
“Es una realidad totalmente diferente de lo que nosotros podemos imaginar o ver”, aseguró. “Los chicos por ejemplo no conocían un televisor, pero no porque nunca vieron uno sino porque jamás escucharon hablar siquiera de ello”, comentó para intentar graficar la situación.
“Son personas que nacieron y se criaron ahí, viviendo de la caza y de la pesca y nunca salieron de allí, y sus hijos quizás construyan su casita ahí un poco más adentro. Son comunidades totalmente aisladas del mundo”, agregó.
Pero como siempre, la pobreza era proporcional a la calidad humana de esas personas. “No tenían ningún tipo de maldad”, aseguró Mariana y con emoción recordó que “cuando una llegaba, te ofrecían por ejemplo jugos de frutas exprimidos con sus manos, y hechos con el agua que sacaban de un tacho, y que era marrón”.
“Eso era lo que ellos tomaban y obviamente te lo ofrecían”, cuenta resaltando el gesto, aunque un par de veces eso le haya costado enfermarse.
SALUD, NO ASISTENCIALISMO
El trabajo allí consistía en entrenar a personas para que pudieran hacer el diagnóstico en campo. “Entrenábamos a los agentes comunitarios de salud, que eran de las propias comunidades ribereñas; y ya se los entrenaba también y se les dejaba tratamiento, para los casos que den positivo, así ya se los trataba inmediatamente”, explicó sobre la forma de diagnóstico precoz que el gobierno encontró “para evitar que sigan muriendo personas”.
La Dra. Martínez Quiroga valoró entonces ese programa de Malaria que en su opinión “fue bien montado, porque les llevábamos la solución, no fuimos a hacer simple asistencialismo”. “Fuimos a tratar la malaria sabiendo que nadie más lo iba a hacer, y dejamos gente formada ahí que podría sustituir a un médico”, explicó.
“Para mi fue sentirme útil para lo que había estudiado, y fue lo que me hizo quedarme aquí”, aseguró Mariana.
Tanto ella como sus colegas, iban a trabajar en la lucha contra la malaria, “pero en el camino encontrábamos brotes de hepatitis, chicos desnutridos, leishmaniasis, o lepra, que aquí en comunidades aisladas había muchísimos casos”.
Parte de la dura realidad con la que se encontraba era también, por ejemplo, que “los nenes hasta los 2 o 3 años, comían nada más que harina de mandioca, y cuando conseguían pescar la mezclaban con pescado”. Y allí sí Mariana diferencia el trabajo de la lucha contra la malaria, de lo que pudieron aportar para contrarrestar los índices de desnutrición o parasitosis “que sabíamos no la íbamos a solucionar. Porque no tienen saneamiento básico, no tienen agua potable, toman agua de ríos que muchas veces están contaminados”.
“Eran comunidades totalmente carentes de salud pública. A veces tenían puestos de salud con técnicos de enfermería, pero nunca tenían médicos. Entonces, eso fue lo que me hizo quedarme aquí en Santarém”, remarcó.
El impacto de esa realidad y su vocación de servicio, la llevaron incluso a tomar la decisión de seguir yendo a trabajar allí con la Organización Panamericana de Salud, al finalizar la residencia de Infectología.
LA REALIDAD HOY, EN MEDIO DE LA PANDEMIA POR CORONAVIRUS
Mariana revalidó luego su título de Médica en Argentina y se especializó en epidemiología y control de infecciones en la Universidad Federal de Pará (UFPA).
Ya instalada en Santarem, pude trabajar como médica infectóloga e implementó el Servicio de Control de Infecciones Hospitalarias del Hospital Regional de Baixo Amazonas (HRBA), donde colaboró con la creación del Servicio de Infectología que hoy dirige.
Su trabajo en el hospital regional, que funciona desde hace unos 10 años y fue designado por el Estado para ser el hospital de referencia, le permite también hoy ejercer la medicina y su especialidad en el contexto de la pandemia Covid 19.
Allí puede ver a diario, las consecuencias de las medidas gubernamentales. Consultada sobre la situación de aislamiento, la Dra. Martínez Quiroga relató que “partiendo de nuestro excelentísimo presidente que cree que el Coronavirus es solamente una gripe simple, se comenzaron a liberar todos los bloqueos que había”.
“Estuvimos bloqueados hace diez días, no hacen aún dos semanas atrás y ya estamos viviendo el impacto de esa segunda ola”, lamentó incluso las consecuencias de ello.
Conocedora también de la realidad de Argentina, Mariana incluso comparó ambos países y aseguró que “cuando estábamos en confinamiento, no fue tan estricto como vi en Argentina u otros países. Aquí no hubo bloqueo de verdad”.
“Y ahora acaban de liberar todo, así que nos espera una situación peor, creo que a partir de la semana que viene van a aumentar aún más los casos”, anticipó con tristeza, pero con la misma vocación de servicio con la que recibió su título de Médica en la UNNE y la convicción de seguir aportando a la salud en lugares donde tanta falta hacen, como el que eligió para vivir y formar su familia.
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La historia de la Labubu: el imperio que factura US$27.500 millones y tiene fanáticos como Rihanna y De Paul
Es, al mismo tiempo, una muñeca, un accesorio de moda, un artículo coleccionable y un objeto aspiracional.
Es algo que tienen en común Rihanna, Kim Kardashian, una superestrella del K-Pop, Rodrigo de Paul, y mi hija Julieta, de 9 años.
Las Labubus se han convertido en un boom global.
Se agotan apenas salen al mercado las nuevas ediciones, en Europa se han tenido que suspender las ventas por los disturbios ocasionados en las filas, hay decenas de miles de videos en TikTok con los unboxing. Algunas que originalmente salían alrededor de 30 dólares han llegado a valer 170.000 en la reventa.
Si usted nunca ha visto una Labubu, debe saber que se trata de unos muñecos de unos 20 centímetros de alto con cuerpo de peluche y cabeza de vinilo. Ojos muy grandes, ovalados y expresivos, orejas puntiagudas, nariz pequeña, y una ambigua sonrisa de exactos 9 dientes -hasta las versiones truchas tienen 9 dientes-: no sabemos si es una sonrisa simpática o algo malévola. El que las observa por primera vez no sabe si se trata de una muñeca tierna o siniestra.
Según sus creadores la describen en la web oficial, Labubu es “buena y siempre está dispuesta a ayudar, pero a menudo, sin querer, consigue lo contrario”. Pero no se trata más que de storytelling.
Rodrigo de Paul y Rihanna comparten su amor por el accesorio furor (Foto: Inter Miami / Daily Mail)
Quién es el creador de las Labubus y por qué tardaron tanto en convertirse en furor
Fueron creadas originalmente por el artista coreano Kasing Lung. Eran parte de un libro ilustrado y Labubu era uno de Los Monstruos.
Las muñecas Labubus salieron al mercado en 2019 como parte de una serie y sin demasiada expectativa. Era un producto más de los que se sacaban para el público infantojuvenil. Pop Mart, la empresa fabricante, no había depositado muchas ilusiones en ellas. Y en los primeros años no se equivocaron. Un camino lento y discreto. Hasta que en 2024 se produjo la explosión fenomenal.
Primero fue China, luego el resto del mercado asiático. Después, el mundo occidental.
Dicen que quien inició la tendencia fue Lisa, cantante K-pop e integrante de la banda Blackpink. Cada cosa que ella muestre en sus redes es consumida después con devoción por sus millones de fans. Zapatillas, ropa, teléfonos, restaurantes a los que concurre. En abril del 2024 publicó en Instagram varias imágenes junto a sus Labubus. Sus fans se encargaron del resto.
A partir de ese momento no se detuvo el fenómeno. Se esparció velozmente. Un contagio global.
Según la edición, las Labubus pueden salir entre 18 y 50 dólares. Pero después hace su trabajo el mercado, la ley de oferta y demanda. La desesperación de la gente por tenerlas es tal, que su precio en el mercado de la reventa se multiplica exponencialmente.
Las peleas que surgen en los lugares de venta física se deben a que algunos acaparan demasiadas para venderlas en sitios de internet a precios mucho más elevados que los originales. Agio y especulación en el mercado de las muñecas. La empresa debió suspender en más de una ocasión estas ventas en comercios y realizarlas totalmente a través de internet debido a los disturbios (en los que estuvieron involucrados dependientes, padres, niños y adolescentes).
No se hace demasiado sencillo explicar las causas de este éxito descomunal. No se trata de una idea revolucionaria ni del diseño más hermoso del mundo. Es más, al enfrentarse a ellas por primera vez, uno no sabe si son bellas, tiernas, insípidas o desagradables. No parecen memorables a primera vista.
Como suele ocurrir en estos casos se mezclan algunos factores racionales, con el efecto contagio, lo aspiracional, la sintonía con un público determinado y la propagación inmediata que realizan la web y las redes sociales que provoca en otros una necesidad de la que carecían, un deseo irrefrenable hacia ese objeto.
En las redes, por ejemplo, se encuentran diferentes videos que muestran a personas amuchadas, alrededor de una joven abriendo una caja de Labubu. Están ansiosos por saber cuál le tocó de toda la colección.
Uno de los motivos de intriga y seducción es que vienen en cajas cerradas y el comprador no se sabe con cuál de las Labubu se va a encontrar. Ahí en las blind boxes está una de las claves. Algunas muñecas son mucho más usuales que otras. Están también las figuritas difíciles del álbum: oscuros objetos del deseo de los coleccionistas.
La comparación con las figuritas parece razonable (más allá del precio). Porque uno no sabe qué viene dentro del paquete, porque existe el riesgo alto de que salgan repetidas (late, late, late) y porque se genera una pulsión por completar la colección. Otro factor parece ser el de la oportunidad; reemplazaron a las Sonny Angel, el anterior y breve furor de juguetes/accesorios. Pero las Labubus llegaron a lugares que antes no habían sido alcanzados por ningún juguete y menos a tanta velocidad.
Alguien explicó que en los consumidores se impuso el estilo Kawaii, que describe una estética infantil, naif, modos de escapar de la rutina no convencionales, que se alejan de lo solemne y del concepto de lo adulto.
Hace poco en su columna semanal, el escritor Rodrigo Fresán, después de confesarse coleccionista de algunos ítems a lo largo de su vida, trató de entender lo que está sucediendo con la creación de Pop Mart y habló de algo similar: “Los adultos están comprando más juguetes que nunca no porque quieran volver a ser niños, sino porque siente que así escapan de un mundo caótico y de futuro incierto. Son -así se los ha calificado- Kidults. Suerte mala de lost boys peterpánicos quienes -como sienten que se juega con ellos- se dicen que lo mejor es seguir jugando y no tener un juguete, sino que ese juguete te tenga y te contenga”.
Que su origen sea chino no generó en los países occidentales la preocupación que se podría haber supuesto a priori. “Es tan buen producto que a nadie parece importarle de dónde vienen”, dijo un experto estadounidense que probablemente tenga en su casa una hija embobada con estos monstruitos de 9 dientes.
Pop Mart extiende la franquicia todo lo que puede y aprovecha el impulso. No solo hay muchas ediciones distintas de Labubus, sino que otras criaturas de la serie Los Monstruos ya están en el mercado. Es evidente que pertenecen a la misma familia, tanto que las diferencias con la Labubu son muy escasas, son variaciones: los Zimomo (Labubu con cola), Mokoko (novia del anterior) o Tycoco (un esqueleto de Labubu).
Después hay Labubus para cada ocasión. Hay algunas asociadas a Coca Cola, otras recrean motivos artísticos y se venden en el Museo del Louvre.
También, Pop Mart procura obtener la mayor parte posible del negocio. No solo vende de manera directa a través de su web, sino que puso máquinas expendedoras en más de 30 países y creó unos roboshops que no necesitan de dependientes.
Pero la empresa no es la única que intenta monetizar el fenómeno. Cada semana en sitios de noticias de todo el mundo aparecen noticias de grandes decomisos de partidas enormes de Labubus truchas por valores de cientos de millones de dólares. Nadie quiere quedarse fuera del negocio.
Wan Ning, fundador de Pop Mart, superó en la lista de mayores fortunas de su país a Jack Ma, de Alibaba
En esta historia hay un gran ganador: Wan Ning, fundador de Pop Mart. Wan Ning, gracias al furor de las Labubus, se convirtió en hipermillonario. Es uno de los hombres más ricos de China (y del mundo). Superó en la lista de mayores fortunas de su país a Jack Ma, fundador de Alibaba. Forbes calcula su fortuna en 27.500 millones de dólares.
Hoy Pop Mart vale al menos tres veces más que Mattel y Hasbro, las grandes empresas de juguetes y muñecas clásicas, propietarios de Barbie y sus derechos, entre muchos otros. Las acciones de la empresa china aumentaron su cotización un 500% desde la explosión mundial de las Labubus.
En las últimas convocatorias de la Selección Argentina, uno de los motivos de intriga era ver qué look elegían los jugadores al ingresar al predio de Ezeiza. Rodrigo de Paul y Otamendi, acaso, sean los más audaces y a la vanguardia de la moda. En la fecha FIFA reciente, varios ingresaron con bolsos de grandes marcas. Pero Rodrigo de Paul le sumó un accesorio. De su bolso colgaba una Labubu que tenía puesta la camiseta 7 de la selección argentina, su número.
Rihanna también lleva una Labubu especial en su cartera, lo mismo que Cher (para buscar una antípoda generacional, para que se vea que no solo es cosa de jóvenes) y decenas de figuras más de Hollywood, la canción, el deporte. También nenas de primarias que las cuelgan de sus mochilas o les hacen upa al terminar el horario escolar.
Fuente: TN
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Su bebé fue devorada por un animal salvaje pero no le creyeron y la condenaron por asesinato: el caso de la familia Chamberlain
Corría el mes de agosto cuando el matrimonio australiano Lindy (32) y Michael (36) Chamberlain decidieron tomarse unos días de vacaciones. Disfrutaban mucho de la vida al aire libre y pensaron que acampar con sus tres hijos (Aidan,7; Reagan, 4; y Azaria, de solo 9 semanas de vida) en un camping familiar ubicado en Uluru, cerca de Ayers Rock, un lugar sagrado para los aborígenes locales, era una excelente idea. Salieron del pueblo minero Mount Isa, en el que vivían al norte de Queensland, en su auto Holden Torana amarillo. Debían viajar unos 1282 kilómetros hasta el parque nacional ubicado en el centro de Australia. El miércoles 13 de agosto de 1980 cargaron las carpas y todo lo necesario para sus vacaciones y partieron felices.
De haber sabido que abrir la puerta de su casa esa mañana sería abrir la puerta del infierno más temido, jamás habrían traspasado el umbral. Pero la realidad siempre es contrafáctica y volver los segundos atrás solo se puede hacer en las películas.
La religiosa familia Chamberlain
Michael Chamberlain, de origen neozelandés, había llegado a Australia en 1964, con solo 20 años. Se convirtió en pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y fue precisamente en el templo donde conoció a Alice “Lindy” Lynne Murchison, quien también había nacido en Nueva Zelanda, el 4 de marzo de 1948. Ella era hija de otro pastor de la iglesia y había llegado a Australia con su propia familia siendo pequeña.
Se enamoraron y todo terminó en casamiento el 18 de noviembre de 1969. Los primeros cinco años de su vida en pareja los pasaron en la isla australiana de Tasmania. Mientras su marido trabajaba como pastor religioso, Lindy estudiaba confección, sastrería y dibujo. Cuatro años después del casamiento nació Aidan. Luego se mudaron a Bowen, en Queensland, donde en 1976 llegó Reagan, el segundo hijo. Y, finalmente, se instalaron en Mount Isa. En junio de 1980, Lindy dio a luz a Azaria. La primera hija mujer. Eran felices con su familia simple, religiosa y sin grandes ambiciones económicas. En Mount Isa ambos trabajaban. Lindy, además de estar comprometida con las labores religiosas de su marido, confeccionaba vestidos de novia por encargo.
Nunca podrían haber imaginado por ese entonces, con sus vidas anónimas y tranquilas, que sus nombres estarían por años impresos en la prensa internacional, que su historia inundaría documentales y que llegaría a la pantalla grande de Hollywood con la película postulada al Oscar Un grito en la oscuridad, con Meryl Streep interpretando a Lindy. Porque su tragedia personal se convirtió en éxito de taquilla y significó dinero para muchos durante décadas. Mientras ellos quedaron sumidos en la desesperación y el desastre.
El dolor de unos, la inspiración de otros y la curiosidad del resto. Como siempre ocurre cuando una historia tiene los condimentos no deseados del horror, la muerte, la intriga, la confusión y los temibles prejuicios.
Una beba de cinco kilos
Luego de tres días de viaje, los Chamberlain llegaron a destino dentro del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta. Fue el sábado 16 de agosto de 1980, por la tarde. Los adultos bajaron los petates, armaron las carpas y se dispusieron a disfrutar de la naturaleza.
A la mañana siguiente, domingo 17, visitaron el monolito de Uluru, llamado la Roca Sagrada, y estuvieron en La cueva de la Fertilidad. Mientras Michael y los dos varones trepaban y se divertían, Lindy llevaba siempre a Azaria con ella. Se sacaron fotos. En una se ve a Lindy sosteniendo a Azaria por los brazos y con sus pequeños pies apoyados sobre esa tierra colorada y remota. Fue en ese recorrido que Lindy observó a un dingo, típico perro salvaje australiano. Son animales que abundan en la zona. Lo espantó con firmeza para que no se acercara a ellos.
La temperatura del día era amable y rozaba los 20 grados, pero cuando caía el sol subía el frío. A las cinco de la tarde se sentaron cerca del calor de una barbacoa para cocinar y conversar con otros turistas del campamento. Lindy tenía sobre su falda a la pequeña Azaria, la beba regordeta y rubia ya pesaba unos 5 kilos. Estando allí, cerca del fuego, Lindy observó a otro dingo y pensó que el animal se había acercado por el olor a carne asada. Michael le tiró un trozo de pan, pero el dingo no le prestó atención y lo dejó tirado.
Luego de comer, a eso de las ocho, Lindy decidió que ya era hora de llevar a Azaria y a Reagan a la carpa para que descansaran. Estaba armada a unos veinte metros de donde estaban sentados conversando. Los acostó, los tapó y cuando estuvieron dormidos fue con Aidan hasta el auto a buscar una lata de porotos. Volvió al área de la fogata con Aidan un poco después. Unos minutos más tarde todos se sobresaltaron con un llanto. Provenía de las carpas de los Chamberlain. Lindy se paró alarmada y fue corriendo a ver qué pasaba. La puerta de la tienda estaba abierta y vio salir, en la oscuridad, a un dingo con Azaria colgando de sus mandíbulas. Empezó a chillar desesperada y corrió hacia Michael repitiendo enloquecida: “Mi dios, mi dios… ¡¡¡Un dingo se llevó a mi hija!!!”.
Esa misma noche tres centenares de personas, entre turistas, voluntarios y guardaparques, comenzaron la búsqueda infructuosa de Azaria hasta la tres de la mañana. Luego, llegó la policía y rastrilló el área.
La madre explicaría, una y otra vez a lo largo de su vida, que ese dingo la había visto y le había gruñido sacudiendo su cabeza con Azaria entre los dientes. Describió con precisión lo que su hija llevaba puesto: un enterito de pijama y un saquito tejido de color blanco.
Las únicas pruebas iniciales que se hallaron fueron unas pocas huellas de un dingo cerca de la tienda de los Chamberlain. Una semana después, un turista encontró cerca del campamento el enterito de Azaria. Estaba enredado en un matorral, desgarrado y tenía restos de sangre a la altura del cuello.
La primera investigación corroboró la versión de los padres: el dingo se había llevado a la hija menor de los Chamberlain. Sin embargo, no sería tan fácil la resolución del horrendo acontecimiento.
La impotencia de que nadie crea lo que sucedió
El caso causó revuelo en todo el país y cruzó fronteras. Tenía ribetes cinematográficos. Una beba, un perro salvaje, una familia joven destrozada. Pero las dudas no demoraron en instalarse. Los expertos empezaron a decir que no había en Australia ningún caso registrado de un ataque de un dingo a un ser humano. Sostenían que si bien estos perros eran salvajes y carnívoros, se solían alimentar de canguros, zarigüeyas o wombats, no de personas. Les parecía imposible que un dingo se hubiese introducido en una carpa para robar a una bebé de cinco kilos y llevársela con el fin de devorarla.
Ciencia ficción, repetían por lo bajo. Por otro lado, las autoridades temían ahuyentar al turismo de los parques nacionales con la increíble historia de los dingos que se comían niños. No querían ese cuco.
El relato de Lindy había empezado a enfrentarse con la piedra de la incredulidad de los científicos y de la cruel opinión pública. Después de todo, murmuraban, Lindy era la última en haber visto a Azaria con vida. ¿Podría ser ella la responsable de algo siniestro? Comenzaron las interpretaciones de la imagen de esa madre. Lindy se veía con el pelo bien peinado, demasiado cuidada para tanta pena, sin llantos desgarrados. La percibían fría y seria. Todos opinaban: la prensa, los ciudadanos, los policías.
Lindy empezó a mutar de víctima a victimaria. Era cuestionada: ¿cómo era posible que una madre llevara a ese sitio a una beba de nueve semanas? Comenzaron a circular teorías disparatadas. Sostenían que era extraño que Lindy hubiera vestido algunas veces —en esos días— a la bebé con una campera negra; debatían cómo podía ser que ella, que había supuestamente realizado una tesis de grado sobre los dingos, hubiese dejado mal cerrada la puerta de la carpa; discutían sobre el hecho de que ellos fueran parte de los Adventistas del Séptimo Día, que pronosticaran el fin de los tiempos. Sus creencias, en esa época, eran consideradas como “sectarias”.
Hubo bastante más. Algunos empezaron a preguntarse si esa mujer gélida no habría sacrificado a su hija en algún ritual desconocido porque ¿cómo podría un dingo transportar en su boca a una bebé de cinco kilos? Además, ¿por qué no había aparecido el saquito blanco que llevaba puesto sobre el enterito que habían hallado rasgado? ¡Un dingo no le podía haber quitado el abrigo para comerla mejor!
Presionada y sin respuestas, la policía viró su lupa y la enfocó en Lindy. Ella podría haberla asesinado y enterrado en algún lugar. ¿En qué se apoyaron para esta acusación? En unas gotas de sangre microscópicas halladas en el auto familiar: más precisamente en la alfombra delantera, en una manija del coche y en un asiento.
La hipótesis que cobró fuerza fue que Lindy la había degollado en el auto de la familia para luego deshacerse del cuerpo y volver a la zona de la barbacoa. A estas alturas todos en su país odiaban a Lindy y la colocaban en la hoguera de las brujas.
Había, por supuesto, unos pocos que defendían a la familia y decían que era ridículo, que ellos habían sido siempre una familia feliz y que Azaria había sido una beba deseada. Los Chamberlain vivían dentro de una pesadilla: habían perdido a su hija y, ahora, eran sospechosos de un malvado asesinato.
El combustible sobre ellos estaba echado. Los prendieron fuego sin contemplaciones.
Fuente: Infobae
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La echaron de su club por un video, ganó miles de dólares como modelo en Only Fans y ahora tendrá otra oportunidad como futbolista
La futbolista inglesa Madelene Wright de 26 años concretó su incorporación al Chatham Town, equipo que disputa la National League femenina. El club oficializó la llegada de la jugadora de 26 años tras una pretemporada en la que el cuerpo técnico evaluó su rendimiento y determinó que podía sumar potencia al frente ofensivo del plantel que participa en la quinta división del fútbol inglés.
Wright, que contabiliza pasos recientes por Leyton Orient, Charlton Athletic y Chesham United, se hallaba sin equipo y entrenó durante la preparación de Chatham Town de cara al arranque de la nueva temporada. Luego de esa etapa, la entidad anunció la firma de su contrato mediante un mensaje difundido en redes sociales: “Le damos una cálida bienvenida a Madelene”, publicó el club de la ciudad de Kent, citado por The Sun.
La noticia de la llegada de Wright produjo de inmediato una activa reacción entre los seguidores y simpatizantes del club. Los aficionados manifestaron entusiasmo por lo que consideran un refuerzo relevante tanto dentro como fuera del campo de juego. Entre los mensajes destacados, uno expresó: “Ahí tenés aumentados los seguidores en Twitter y la asistencia”, mientras que otro consultó sobre el precio de los abonos de temporada del club ante la expectativa generada por la presentación de la delantera.
La futbolista desarrolló buena parte de su trayectoria en divisiones del fútbol femenino británico, donde se ha desempeñado principalmente en posiciones de ataque. Sin embargo la futbolista inglesa fue despedida de su club anterior, Charlton Athletic, luego de la viralización de videos polémicos publicados en Instagram, donde se la veía en situaciones consideradas inapropiadas por la institución.
En las imágenes se la puede ver a Wright en el asiento trasero de un auto, mientras uno de sus amigos se encuentra adelante junto a un perro, que se muestra al volante. En otro video, un chico aparece con una de champagne y varias jóvenes que serían amigas de Madelene inhalaban globos.
“Como club, estamos decepcionados con el comportamiento que no representa los estándares que mantiene el equipo”, indicaron desde el Charlton Athletic Women’s Football Club. Tras la cancelación de su contrato, Wright reconoció: “Cuando todo sucedió, también entendí a cuántas personas había decepcionado. Me sentí culpable, avergonzada y decepcionada de mí misma por haberme mostrado bajo esa luz”.
Tras el episodio, la futbolista inició una etapa como modelo de OnlyFans y, según declaró, logró ingresos superiores a 500.000 libras esterlinas (más de 670 mil dólares), además de trabajar con distintas marcas y en redes, lo que incrementó su notoriedad pública. Este canal se convirtió no solo en una fuente de exposición sino también en una vía de ingresos paralela a la actividad deportiva, ya que Wright mantiene una presencia consolidada en plataformas sociales, donde reúne una amplia comunidad de seguidores.
Wright declaró que, a pesar de sus dudas iniciales sobre vincularse a la industria del contenido para adultos, considera que tomó la decisión adecuada respecto a su carrera personal y profesional. Por ello, seis años después de alejarse del fútbol profesional, aceptó el ofrecimiento del Chatham Town Women para la próxima temporada.
La llegada de Wright representa al club una oportunidad para incrementar el flujo de público a los estadios en un contexto en el que el fútbol femenino inglés experimenta un crecimiento sostenido. Los comentaristas y fanáticos estiman que la repercusión digital de la deportista —sumada al interés que despiertan sus actividades fuera del césped— puede traducirse en mayor visibilidad para la competencia de la National League y aportar recursos a la institución tanto por venta de entradas como por la promoción derivada del impacto en las redes.
La National League, escalón intermedio de la estructura del fútbol femenino en Inglaterra, compite por ganar terreno y atraer audiencias frente a la Súper Liga y la Championship. En ese marco, la dirigente de figuras cuyo perfil trasciende el campo de juego constituye una estrategia para potenciar la adopción de nuevos públicos y redefinir los criterios de convocatoria en los clubes de la categoría.
Fuente: Infobae
