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Maquillaje terapéutico: el poderoso trabajo que hace un grupo de voluntarias para ayudar a mujeres con cáncer

Las voluntarias de Maquillaje Terapéutico se reúnen todos los miércoles en la entrada del Hospital Oncológico María Curie. Este movimiento solidario dedicado a pacientes con cáncer, único en el mundo, comenzó en 2013 con solo una maquilladora, Claudia Eboli, y hoy agrupa a una comunidad de mujeres y hombres profesionales que prestan sus servicios de corazón.

Son casi 12 años en los que Eboli y su organización impactaron las vidas de tantas personas que vuelven a sonreír cuando se miran al espejo. “Me hace recordar mi vida pasada; me hace sentir como una mujer”, es una de las miles de reacciones que se escuchan en este hospital.

A las 10:00 comienza la actividad y el grupo ya está dividido por tareas: limpieza de cutis y masajes en el sector de quimio, en el primer piso; limpieza, masajes o maquillaje en el segundo, el sector pre y posoperatorio; y el mismo tratamiento para los pacientes del tercero, el área de cuidados paliativos. La atención se brinda tanto a pacientes como a acompañantes que deseen unos minutos de relajación.

En esta oportunidad, hay 12 voluntarias y un voluntario barbero. Forman parte de una gran comunidad de maquilladoras, cosmetólogas, cosmiatras, pero también profesionales de otras carreras que encontraron la vocación del maquillaje terapéutico. Cada uno tiene una experiencia de vida que los guio a este camino.

Cuando se hace la convocatoria para cada semana, algunas de las personas que responden llegan desde La Plata, Baradero, Ramallo y otros lugares fuera de Capital. Graciela Jerez viaja casi todos los miércoles desde Trenque Lauquen para prestar servicio en el hospital oncológico. Es cosmiatra y maquilladora profesional, y apoya al equipo desde la pandemia. “Yo sé lo que es estar ahí”, le dice a TN. El ahí es el lado del cuidador, del familiar de un paciente gravemente enfermo.

“Yo tuve a mi marido tres años y medio en coma y hace dos años se murió. Él estuvo internado y sé lo que es querer un bienestar”, asegura Graciela. Su esposo sufrió un accidente cerebrovascular (ACV) hemorrágico y nunca más despertó. Fue derivado de Trenque Lauquen al Centro de Neurorrehabilitación Santa Catalina, y mientras él permaneció internado, ella trataba de conectar con las enfermeras; hacía lo posible por mantenerse fuerte.

“Con todas esas cosas que te pasan, decís, ‘¿qué hago? O me amargo o salgo de mí y hago algo’. Querés ayudar al otro, y cuando conocí a Claudia, dije ‘voy a hacer maquillaje terapéutico’”, cuenta.

Susana Sánchez es cosmetóloga, cosmiatra, podóloga y también es instructora. Conoció a Claudia por referencia de otras compañeras en el rubro y se enteró de la capacitación de maquillaje oncológico. “Yo tenía una amiga que estaba entrando en la enfermedad de cáncer y me interesé en esto, para poder ayudarla. Ella partió y yo me quedé con Claudia” en el grupo de Maquillaje Terapéutico, cuenta.

No lo hace solo como un homenaje a su amiga, sino también por una razón que mantiene vigente a la actividad. “Yo me voy llena de acá. No es lo mismo venir a hacer el voluntariado que trabajar por dinero. A veces, me cuesta más ir a trabajar por mi dinero que venir al voluntariado. Los pacientes me dan energía. Ellos dicen que nosotros les transmitimos, pero ellos nos transmiten mucho. Es muy gratificante”, apunta Susana.

Algunas pacientes que tienen tratamiento o tienen tiempo internadas saben que las maquilladoras van a visitarlas sin falta. “Nos esperan con una sonrisa de oreja a oreja”, agrega.

“Si falto un día al hospital, me siento mal porque no vine”, confiesa Cecilia Abud, mano derecha de Clauda Eboli y líder de uno de los grupos de Maquillaje Terapéutico. Trabajaba en una oficina y, en paralelo, estudió maquillaje y peluquería, y siempre quiso hacer voluntariado. “Yo trabajaba como maquilladora social y algo faltaba. Vi a Claudia en la tele y dije ‘es ahí donde quiero ir’ porque me gusta, e hice el curso”, indica. Cecilia se graduó en la primera camada del curso de maquillaje social en la Legislatura porteña, también creado por Eboli.

Desde hace cinco años, Cecilia trabaja como voluntaria de maquillaje social en cárceles, en el Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial José Tiburcio Borda, en el Hospital María Curie, entre otros. Lo hace por el “sentido de pertenencia”, afirma.

“Nos encanta venir acá. Es un grupo muy humano”, remarca Cecilia. Ella también resalta el momento de complicidad que se genera cuando le hacen una limpieza de cutis o maquillan a una paciente. “La gente suele hacer catarsis y nosotras callamos. Lo que no hace la maquilladora terapéutica es opinar. La gente se engancha, sabe que es un mimo que es aparte de todas las malas noticias, es como que salen, no están pensando que están acá adentro, es el momento de ellas”.

Maquillarse para reencontrarse

El aspecto psicológico del maquillaje y la limpieza es muy importante. Por eso, el grupo de maquilladoras cuenta con la coordinación de María Inés Cortez, licenciada en Psicología y trabajadora del María Curie desde hace 34 años.

Desde las primeras visitas de Maquillaje Terapéutico, Cortez está presente. Ella, ante todo, monitorea el estado de ánimo de las pacientes, pero también capacita a las maquilladoras con talleres y juegos de roles para que aprendan a mantener distancia operativa. Advierte que puede ser una actividad muy impactante porque en el hospital hay todo tipo de diagnósticos con distintos estados de gravedad, por lo que cuida con mínimo detalle la interacción voluntaria-paciente. “No cualquiera puede hacerlo”, subraya.

Aunque la licenciada admite que tuvo sus dudas la primera vez que le hablaron de este movimiento solidario, hoy es una aliada de las maquilladoras.

“Nunca me pareció importante el maquillaje. [...] Si bien tenía claro que la paciente lo que más sufría era su pérdida de imagen corporal, nunca me imaginé que, con un maquillaje terapéutico especial, ellas se vuelven a reconocer. Darles ese pequeño mimo que no tiene ver con pincharte, curarte, sino tocarte -con guantes- y dejarte bonita no tiene precio”, reconoce la psicóloga.

Para alguien que trabajaba en una oficina, estar siempre arreglada era primordial, como es el caso Maira Yegros, paciente con cáncer de colon. Ella conoce a las voluntarias, le han hecho limpieza de cutis y maquillaje en varias ocasiones.

“Son cosas que uno no hace más. Al estar acá, uno olvida eso”, dice mientras le hacen la limpieza, y agrega que disfruta mucho estas sesiones: “Me hace recordar mi vida pasada; me hace sentir como una mujer”, asegura.

Maira tiene 32 y siempre ha sido coqueta. Al encontrarse con el equipo de TN, se cohíbe un poco, pero minutos después, Claudia terminó de maquillarla con un color naranja en los labios y un efecto ahumado en los ojos, y todo cambió. “¡Wow, a dónde me fui!”, exclama Maira. “[Yo] me encanto”, repite mientras se mira al espejo. Está tan fascinada con el efecto de la sombra en los ojos almendrados que le pide instrucciones a Claudia y esta le promete darle consejos de automaquillaje en la siguiente visita.

“Muchos piensan que con esta enfermedad, lo físico es lo de menos o que no tenés que preocuparte por la apariencia. Todo el mundo te dice eso. En realidad, la apariencia es parte de tu identidad. Es importante sentirse linda para llevar mejor la enfermedad”, explica María Luján (20), otra paciente de cáncer de colon que está a un cubículo de distancia de Maira.

El antes y el después no solo se observa en el rostro, sino en el espíritu y en el lenguaje corporal, como en el caso de Emilce Varela, paciente con cáncer de cervix. Era la primera vez que la maquillaban y, al verse en el espejo, ya no era tímida, floreció su verdadera personalidad y su voz recobró fuerza. “¡Me encanta, me encanta! ¿Cómo hago para estar así todos los días?”, dice con una gran sonrisa. El turbante fucsia le combina perfecto con la sombra de ojos marrón. “Gracias por recordarme a mí. ¡Me vuelvo a ver a mí!”, celebra.

Claudia Eboli: “Si tengo que vivir con esto, tengo que hacer algo”

Yo tenía 40 años y pesaba 40 kilos. Ver una foto mía de lo que era es impactante”, relata Claudia Eboli, quien trabaja desde hace 33 años en la Legislatura porteña y es la creadora de Maquillaje Terapéutico. Ella sobrevivió a una arritmia ventricular compleja, una enfermedad congénita que la afectó por 10 años, pero hoy se encuentra en remisión.

“Cuando fui paciente, lo primero que me impactó fue mi deterioro físico. Yo veía que todos mis compañeros me miraban con cara de pena. Siempre digo no hay peor cosa que la mirada del otro, porque te da la pauta de lo mal que estás. Cuando yo me vi en esa situación, lo primero que hice antes de mi primera operación fue un curso de automaquillaje”, detalla.

Después de esa intervención, completó el curso de maquillaje social. Estaba por certificarse cuando le informaron que la enfermedad había vuelto, era muy grave y tenían que volver a operarla: se habían formado pequeños tumores en el tracto de salida del ventrículo izquierdo.

“Cuando volví a entrar al quirófano, recuerdo que entré supermaquillada, hiperproducida. Mi hija me miró y me dijo: ‘Mamá, estás toda maquillada, es una ridiculez’. Y le dije: ‘Querida, si paso para el otro lado, que sea diosa’. Me acuerdo de que el médico me dijo que no sabían qué podían hacer por mí y me dormí pensando que me moría. Cuando me desperté, el médico me dijo que esta enfermedad me iba a acompañar por siempre, yo dije: ‘Si tengo que vivir con esto, voy a hacer algo’”, sostiene.

Esa experiencia fue crucial para decantarse por el maquillaje como una vía para hacer terapia. Después de completar esos primeros dos cursos, Eboli hizo muchos más y no deja de aprender. Aprendió de profesionales como la maquilladora de Mirtha Legrand y sigue especializándose en la colorimetría con Manuel Rubín, uno de los referentes de la clínica del color en el mundo. “Fueron 13 años de mucho aprendizaje. Yo todo el tiempo estoy tomando cursos porque la oncología, lamentablemente, está impactando cada vez más y es más potente”, reflexiona.

Además, adquirió conocimientos más profundos gracias a su hermano, que fue oncólogo y falleció de cáncer de hígado, y su exesposo también es médico oncológico especializado en cáncer de útero. “Fueron 20 años de hablar de cáncer en todas las reuniones. Eso también fue potenciando mis ganas de dedicarme a esto, y el haber pasado por dos operaciones tan graves donde yo podía morir, me hizo entender que morir, te podés morir; el tema es cómo, y que la muerte tiene que sobrevenir, pero con dignidad, porque fue lo que yo siempre busqué para mí. Yo sentí que si me iba a morir, no les podía dejar a mis hijos la imagen de una madre derrotada. Yo tenía que dejar mi mejor impronta”, resalta.

En el primer congreso de sobrevivientes de cáncer organizado por el Hospital María Curie, Eboli conoció a la jefa de Oncología, la doctora Cristina Rosales, y le propuso ir a visitar a las pacientes para maquillarlas. Así, comenzó en 2013 este proyecto solidario.

Conforme pasaba el tiempo, no solo aumentó la popularidad de la actividad entre las pacientes, sino que las cifras de casos fue aumentando, por lo que fue necesario sumar voluntarias. Fue así como Eboli logró que se aprobara hace nueve años el curso de Maquillaje social, adaptado al maquillaje terapéutico (especialmente el oncológico y psiquiátrico) en la Legislatura. Con la pandemia, el curso también evolucionó a la modalidad virtual, lo que permitió se sumaran estudiantes de otros países, como Andorra, España, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Chile y Colombia.

Estas técnicas enfocadas en pacientes oncológicas eran algo nuevo en la Argentina, por lo que Eboli patentó el proyecto. El 14 de diciembre, además, este programa fue declarado de interés en la Ciudad de Buenos Aires y la Salud pública.

En este recorrido, Claudia se convirtió en referente en el país y más de 300 maquilladoras terapéuticas que se formaron con ella forman parte de este movimiento solidario.

“El maquillaje social lo definimos como ese maquillaje que ayuda a la persona a verse mejor, pero que interviene en momentos felices”, explica. En cambio, el maquillaje social especializado en lo terapéutico se enfoca en pacientes que, en algunos casos, pueden ser terminales. “Se cubren las imperfecciones más graves: las pacientes con piel amarilla por cáncer de hígado, las de piel verdosa por cáncer de páncreas, y vos le enseñás a la paciente a maquillarse. La idea del maquillaje terapéutico es que la paciente pueda seguir su vida relativamente normal con esta catarata de cuestiones que la aquejan sin perder su impronta, sin deprimirse, y que si está en una faceta terminal, que ella recupere su estima y que también recuperen la imagen los parientes que la despiden”, puntualiza.

Fuente: TN

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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

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