Actualidad
Las ocho preguntas que Lautaro, un paciente de cáncer de 11 años, le escribió a su médico: “¿Está muy adentro de la cabeza?”
Era lunes por la tarde y en la guardia del Hospital Alemán, Lautaro Demarco esperaba con el uniforme del colegio todavía puesto. Sus padres (Alejandro y Florencia) lo habían pasado a buscar después de clases junto con su hermanito menor, Alejo.
El dolor en la cabeza -punzante e intenso, ubicado en la zona de la nuca- no mejoraba, tampoco los vómitos, pese a la dieta estricta que los médicos le habían prescripto días atrás creyendo que todo se trataba de un dolor estomacal. Y no. Lautaro no había mejorado.
Ese lunes Lautaro no volvió a su casa: quedó internado. “No se pueden ir”, les dijeron los médicos tras un nuevo estudio. El viernes siguiente ingresaría al quirófano para una operación tan urgente como peligrosa: debían extirparle un extraño tumor alojado muy cerca del cerebelo. Las horas de intervención eran una incógnita; lo que podría encontrar el neurocirujano al operar, también. Así, todo rápido, o más bien de golpe, para ese niño de 10 años. De una tarde más a la salida del colegio, a una operación con riesgo de vida.

Pasaron apenas unos meses desde ese lunes de marzo. En cambio, todo lo que debió atravesar Lautaro junto con su familia excede cualquier parámetro temporal. Se mide en preocupación y ansiedad, en preguntas y desconcierto, en miedos y angustia. Y en semanas de internación, en cirugías; en ciclos de quimioterapia y jornadas de rayos.
Pero también en la sonrisa de Lauti, que se convirtió en todo un fenómeno en redes sociales, a partir de un video que compartió en Instagram mientras cumplía una sesión de quimioterapia, y que se hizo viral. Porque este niño, que ahora tiene 11, es un pequeño emprendedor: vende las pulseritas que comenzó a hacer para que las horas en el hospital no sean eternas. Y sobre todo, ayuda a que otros chicos -y otras familias- puedan afrontar la situación límite que él está superando.
Acompañado por Alejandro, su papá, Lautaro llega a Infobae con el barbijo puesto, cumpliendo con todos los recaudos y cuidados necesarios. Y con muchas ganas de compartir su historia.
—Lauti, ¿cómo fue? ¿Un día empezaste a sentirte mal?
Lauti: —Sí. Un día me desperté con náuseas. Y vomité. Ahí me empezó a agarrar un dolor en la parte de la nuca. No era un dolor de cabeza normal: era extraño porque me tiraba, me hacía poner la cabeza para atrás.
Alejandro: —Lo llevamos a una consulta en el Alemán. Lauti venía de varias mañanas que se sentía mal. El dolor de cabeza era muy corto y repentino: le causaba el vómito y se pasaba. Nos parecía raro. En esa primera consulta le dan una dieta estricta para ver si venía por el lado estomacal. Pero sigue una semana igual, con dolor de cabeza y vómitos casi todos los días.
—¿Y ahí, qué pasó?
Alejandro: —El 11 de marzo decidimos llevarlo para buscar más, tener algún otro estudio o algo más específico. Le hicieron una tomografía y en ese mismo momento nos dicen que encontraron un bulto en la parte posterior de la cabeza. Fuimos para una consulta a la salida del cole a las 5 de la tarde y ahí ya nos quedamos. Fue un lunes; el martes la hacen una resonancia, donde sale que ese bulto era un tumor. Y se programa una cirugía para el viernes.
—¿El resultado de esa primera tomografía, te lo dan a vos y a tu esposa?
Alejandro: —A los cuatro. Estábamos todos en la guardia.
—¿Entendieron lo que les estaban diciendo?
Alejandro: —Entendimos. Pero igualmente, Lauti se dio cuenta...
—¿Me contás, Lauti?
Lauti: —Mirá, te digo: mi mamá también tuvo un tumor, acá (se señala).

—Cáncer de mama.
Lauti: —Sí. Y ella terminaba de hacer rayos y yo, empezaba con esto. Entonces pensé en lo mismo que le dieron a mi mamá.
—O sea, mientras el médico les mostraba la tomografía y les explicaba que había un bulto, ¿vos pensaste que tenías algo parecido a lo de tu mamá?
Lauti: —Sí, sí.
—¿Te asustaste?
Lauti: —No. Asustar, no. Me preguntaba muchas cosas: como si tenía solución, cómo se sacaba y muchas cosas más. Pero no tenía miedo. Y en los días que estaba internado, les iba preguntando a mamá y papá.
—¿Ustedes rápidamente hablaron con Lauti? ¿Le dijeron la verdad?
Alejandro: —Sí. Es un chico que entiende todo. Y entonces en su lenguaje, a su modo, se lo fuimos diciendo. Es más, el neurocirujano nos dijo: “Hablen con él sobre todas las dudas que tenga, para que se las saque”. Y Lauti hizo una lista con preguntas para el neurocirujano, con un nivel de preguntas que lo sorprendió.
—¿Lauti, cuál era esa lista de preguntas para el médico?
Lauti: —Le preguntaba cuánto tenían que cortarme el pelo para la cirugía. También quería saber cuál era el tamaño de la pelotita.

Estaba escrito en una hoja rayada de carpeta. Sobre el margen izquierdo, su nombre y su grado. En los renglones, escrito con birome negra y en letras mayúsculas, las dudas de Lautaro. Son ocho preguntas: “¿De qué está hecha?, ¿por qué se creó?, ¿me van a tener que cortar el pelo?, ¿está muy adentro de la cabeza?, ¿va a ser rápido?, ¿me va a quedar doliendo un poco en la parte que me saquen la pelotita?, ¿me puede volver a la cabeza?, ¿hay algo que tenga que no hacer para prevenir y que me vuelva a pasar?”.
—Y a ustedes, como padres, ¿qué les pasó?
Alejandro: —Se te viene el mundo abajo, literal. Es terrible. Te hacés mil preguntas, te culpás…
—¿De qué?
Alejandro: —Lo primero que te preguntás es: “¿Qué hice o qué estoy haciendo mal? ¿Qué pasó para que pasara esto? ¿Por qué es así?”. Además, cuando Florencia estaba terminando de hacer rayos, nos dan esta noticia... Ella tuvo una cirugía a fines del 23 y en febrero arrancó con la quimio. Todavía no la había terminado cuando nos llega esta noticia.
—¿Cómo está ella ahora?
Alejandro: —Está bien. Ya terminó con rayos. Está con los controles normales que requiere. Los médicos nos cuentan que la cirugía de Lauti se tenía que hacer lo más rápido posible, y era muy compleja, de riesgo, por el lugar donde estaba ubicado (el tumor): en la fosa posterior, cerca del cerebelo.
—¿Una zona difícil?
Alejandro: —Está toda la parte nerviosa. Los médicos nos explican que hasta no abrir la zona, no sabían con qué se iban a encontrar: si estaba afectando algo; si se podía sacar todo, una parte o nada, directamente. Aunque era un tumor grande, nos explicaron que el tamaño no era la dificultad: a veces un tumor muy chiquito es peor si está ubicado en un lugar de riesgo. La cirugía era un mínimo de cuatro horas, pero podrían llegar a ser hasta ocho: no se sabría hasta que lo abrieran. El panorama era algo terrible: podía salir de la cirugía con respirador, con una vía en cada pierna, en cada brazo... Tampoco se sabía si podían quedar secuelas.
—¿Cuánto tardó finalmente?
Alejandro: —Cuatro horas. Y fue un éxito. El grupo de neurocirujanos del Alemán hizo un trabajo increíble. Limpiaron toda la zona. Y Lauti salió despierto, hablándonos. Fue algo increíble. Al día de hoy, sigo llorando...
—Y también estaba la biopsia, que era determinante.
Alejandro: —Claro, porque indicaría si era benigno o maligno, y en consecuencia, el tratamiento a seguir; cambiaba totalmente si era una cosa o la otra. Teníamos que esperar entre 20 y 25 días el resultado de la biopsia. Los días se hacían larguísimos, esperando el llamado para que nos dijeran qué había pasado con esa biopsia. Hasta que nos avisan que era un tumor maligno, muy frecuente en huesos largos, como fémur, tibia o peroné, y por eso no sabían por qué se había formado ahí. Científicamente, todavía no lo saben.
—¿Era un cáncer de hueso formado en la cabeza?
Alejandro: —Claro. Se llama sarcoma de Ewing. En la cirugía también le sacaron un pedacito de hueso porque estaba tocando el tumor y no podían arriesgarse a dejarlo. También hubo que analizar ese hueso para ver cómo estaban esos bordes.

—¿Se sabe hace cuánto tiempo hace que eso estaba en la cabecita de Lauti?
Alejandro: —No. Y es otra de las preguntas que nos hacíamos nosotros: si habíamos demorado nosotros en llevarlo. Y no. Eso no se sabe bien. Los síntomas aparecieron tres semanas antes.
—Después de la cirugía exitosa y una recuperación excelente, llegó con la biopsia una mala noticia.
Alejandro: —Y otro baldazo más, porque uno siempre tiene esa fe de que va a ser benigno. Eso cambiaba todo.
—¿Cuál fue el tratamiento que indicaron los médicos?
Lauti: —Tenía que arrancar con quimioterapia. 14 ciclos de quimioterapia.
—¿Cómo es cada ciclo?
Alejandro: —Cada ciclo son entre tres y cuatro días de internación. En un ciclo largo, Lauti se interna un lunes, martes y miércoles recibe medicación por medio de un catéter, el jueves le dan lo que se llaman rescates, y después, el alta. También están los ciclos cortos: lunes internación, martes medicación, y miércoles los rescates.
—Lauti, ¿quién te contó que tenías que empezar estos 14 ciclos de quimioterapia?
Lauti: —Primero me lo dijeron ellos, y después me lo fueron contando mi doctora, mi oncóloga. Me dijeron que me iban a tener que poner un Port-a-Cath (catéter) para no lastimar. Y que no sabían todavía cuántos días o meses iban a ser.
—¿Vos ya sabías lo que era la quimioterapia?
Lauti: —Sí, también por mi mamá. Sabía que se te caía el pelo. Yo les decía que si por los tratamientos se me iba a caer el pelo, me sentiría súper mal. No podría... Y bueno, pude. Pude...
—¿Acompañaste vos?
Alejandro: —No quiso porque dice que me quedaba re feo. Igual mucho no tengo. Me dice no: “Papá, vos te queda horrible. No te rapes”.
—¿Tu papá se quiso rapar junto con vos y no quisiste?
Lauti: —Y sí, porque medio que como que ya se había rapado una vez de chiquito y no le quedaba muy bien.
Alejandro: —El hermano ahí nomás se rapó. Acompañó todo el tratamiento. Acompañó la quimio, los rayos. Increíble lo del hermanito también. Estuvo en todo.
—¿Qué le dijiste?
Lauti: —Siempre le pregunto qué piensa de todo esto.
—¿Y qué piensa?
Lauti: —Me dice que no sabe.
—¿Decidiste cortártelo vos?
Lauti: —Me bañé y ya veía que se me caía. Y dije: “Bueno, ya me rapo”.

—¿Por qué ciclo de quimioterapia vas?
Lauti: —Terminé el 13. Ahora entro en el 14. Los más difíciles fueron los primeros. Me acuerdo que una vez salí y tuve que volver al hospital al otro día porque estaba deshidratado. Y otra vez estuve súper bajón: me tiré en la cama, y después iba al comedor y me tiraba en el piso...
—Mientras comenzaban con la terapia, en paralelo esperaban la biopsia del pedacito de hueso. ¿Qué indicó esa biopsia?
Alejandro: —Si los bordes de ese hueso estaban infectados con células malas, había que hacer una asepsia, limpiar, lo que significaba otra cirugía más. Pero el resultado fue que esos bordes estaban limpios. Y fue otro paso importantísimo: significaba no entrar a un quirófano y tener que interrumpir la quimioterapia.
—¿Lauti siempre es así de genio, de positivo, de entero?
Alejandro: —Sí. Y es lo que nos dio mucha fuerza: él nos sacaba adelante a nosotros, y no nosotros a él. Esa es la verdad.
—Lauti, ¿vos entendías que mamá y papá estaban un poco asustados?
Lauti: —Sí, sí. Entendía.
—¿Y qué les decías? ¿Que se pusieran las pilas?
Lauti: —Y, sí, porque...
—Porque el que vomitabas eras vos.
Lauti: —¡Claro, claro! Y tampoco podés parar. Tenés que seguir.
—En algún momento se hizo un PET (tomografía por emisión de positrones). ¿Siempre se realiza ante una situación así?
Alejandro: —Sí. Se hace en la mitad de la quimio, en el ciclo siete, para ver que no haya nada desparramado en otra parte. Una metástasis. Entonces otra vez había que esperar esos resultados. Y cada día, se hacía otra vez larguísimo... Hasta que llega la noticia de que estaba todo limpio, de que no había nada, tanto en la resonancia como en el PET. Otra vez otra buena noticia, otro pasito más.
—¿Se festejan los buenos resultados?
Alejandro: —Sí, sí. Hacíamos una cena, porque cada pasito que iba saliendo bien, era algo gigante. Uno decía pasito porque faltaba mucho, pero en sí, era un salto.
—Lauti, ¿vos entendías lo importante que eran esos resultados?
Lauti: —Lo fui entendiendo más después. Antes se ponían muy felices ellos, y yo casi no entendía...
Alejandro: —El día que nos dan el resultado del PET, nos habíamos ido a internar para un ciclo de Lauti. Estábamos ahí, esperando, y viene la doctora: “Está el resultado. Salió todo bien, está todo limpio”. Y con la mamá, era un llanto... Y Lauti estaba acostadito ahí, y nos miraba. No entendía por qué (llorábamos). “Quedate tranquilo porque están llorando de la felicidad”, le dijo la doctora.

—¿Alguna vez tuvieron que posponer un ciclo porque las defensas estuvieran bajas o porque no era momento para hacerlo?
Lauti: —Sí, pasó varias veces.
Alejandro: —Bajan mucho las plaquetas, los glóbulos blancos, y entonces no puede entrar el otro ciclo. Esta semana justamente estuvo muy bajo de glóbulos; levantó el fin de semana de una forma increíble y ahora va a entrar el lunes. En el ciclo siete también se determinaba si él necesitaba rayos o no, que era importantísimo también.
—¿Y que se determinó?
Alejandro: —Que no los necesitaba. Pero de forma preventiva decidieron que igual los hiciera, en paralelo a la quimio, y en la zona de la lesión, en la nuca.
Lauti: —Ya los terminé.
—¿Cuántos fueron?
Alejandro: —33.
—Lauti, ¿en qué momento decidiste empezar a compartir con tus seguidores todo lo que estabas viviendo?
Lauti: —Mi tío tiene una cuenta en la que publica todo su trabajo. Y él me dijo que empiece a publicar también lo de mis pulseras, para que la gente se dé cuenta. Un día, haciendo un video mientras estaba en la quimio, se empieza a viralizar, así, así, así. Y se hace más grande. Y me empezaron a llegar pedidos de pulseras.
—¿Qué contabas en el video?
Lauti: —Que estaba en quimio. Y que para pasar el tiempo hacía pulseras y las vendía. Y me empezó a seguir mucha gente.
—¿Cuántos seguidores tenés ahora?
Lauti: —14.900.
—¿Te mandan mensajes?
Lauti: —Sí. Tengo millones de mensajes en los que me preguntan cómo estoy, si me siento bien. La última vez, cuando subí que el hemograma (análisis de sangre) me había salido mal, todos me preguntaban si seguía bien.
—¿Te gusta que estén tan pendientes de vos?
Lauti: —Sí. Me genera felicidad. Me gusta que quieran saber cómo me siento, cómo estoy, que se preocupen por mí. A veces también me pasa que estoy cansado y tengo que responder mensajes. Los respondo. Pero a veces me siento muy cansado, y por eso no respondo. Pero siempre los valoro.
—¿Ustedes, como padres, estuvieron de acuerdo cuando Lauti empezó a compartir el tratamiento en las redes?
Alejandro: —Sí, porque empezamos a ver que ayudaba a mucha gente. Le llegan mensajes de personas están pasando por el tratamiento y le dicen que, después de verlo a él, tienen fuerzas para seguir. “Me sacaste miedos”, le dicen. Eso es importantísimo. Además, todo esto también lo ayuda a Lauti a pasar mejor los tres o cuatro días de internación. Tratamos de que sea Lauti el que responda los mensajes, con su forma, con sus palabras, pero siempre leyéndolos nosotros antes. También miro los perfiles; eso está continuamente monitoreado por nosotros.
—Una vez que termine el ciclo 14, ¿qué viene?
Alejandro: —Los controles.
—¿En cuánto tiempo podría recibir el alta?
Alejandro: —El alta total es de diez años. Son muy importantes los primeros dos años. A partir de ahí ya se van acortando las probabilidades. Y a partir del décimo año ya es casi imposible que vuelva a aparecer algo.
—Lauti, ¿cuántas pulseras vendiste?
Lauti: —No sé... Pero mil, por lo menos.
—¿A cuánto las vendés?
Lauti: —Y... según el modelo. Hay una de 1500.
—¿Cómo te las encargan?
Lauti: —Me pueden mandar un chat privado al Instagram, LautiPulseras, y me escriben el modelo, el color y el tamaño, en centímetros, de la muñeca.
—¿Qué estás haciendo con la plata que ganás por las pulseras?
Lauti: —Estoy ahorrando para hacer un viaje y poder comprarme cosas que me gustan.
—¿Adónde te gustaría ir?
Lauti: —A París, para ver la Torre Eiffel. Me gustaría hacer un viaje en avión.
—¿Qué le decís a los chicos que están empezando este recorrido que vos hoy estás terminando?
Lauti: —Que busquen algo que sea productivo y que puedan, digamos, pasarlo más rápido.
—¿A vos, todo esto te ayudó?
Lauti: —Sí. Lo puedo llevar bien.
—Y a los papás y las mamás, ¿qué les decís?
Alejandro: —Que es difícil, pero se puede. Que acompañen. Que traten de buscar la forma de que ese chico pase el tiempo con algo entretenido. Pero bueno, ya te digo: es difícil. Pero se puede... Todo se puede.
Fuente: Infobae
Actualidad
Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”
De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.
Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.
Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.
Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida
Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.
Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.
En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.
Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.
Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?
La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.
La noche en que todo cambió
Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.
Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.
“¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que sí. Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.
A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.
Una historia con fecha de vencimiento
Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.
Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.
Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.
Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.
La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.
El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?
Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.
Los trenes que los separaban también los volvían a unir
El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.
Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.
Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.
Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.
Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.
Fuente: TN
Actualidad
Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela
En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.
Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.
En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.
“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.
La situación en Venezuela hoy
Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.
Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.
Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.
El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794
El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.
Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).
Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.
Fuente: TN
Actualidad
“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección
Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.
En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.
Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.
La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.
El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.
“No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.
En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.
“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.
El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.
Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.
Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.
La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.
La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.
Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.
Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.
Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.
Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.
También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.
Fuente: TN