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La enfermera y el marinero: la historia de uno de los besos más icónicos del siglo XX y de la fotografía que lo volvió un símbolo
Podría ser la escena final de una película de cine mudo de los años ‘20: Nueva York en blanco y negro; el corazón de la isla, el Times Square, latiendo su ritmo taquicárdico. Ella toda de blanco, enfundada en su uniforme de enfermera sin mácula, con zapatos de taco medio, el pelo recogido, la cintura quebrada, el pie derecho levantado: entregada. Él, de azul oscuro, en su traje de marinero orgulloso, rodeándola con sus brazos fornidos: una mano sujetándole la espalda, la otra sosteniéndola por la cadera, los dedos fuertes ejerciendo presión sobre su cuerpo. Las bocas fundiéndose en un beso. Ellos no lo sabían —no tenían cómo— pero ese instante sería eterno.
Esa imagen, tomada el 14 de agosto de 1945 por el fotógrafo Alfred Eisenstaedt —que la publicó en la revista Life y la bautizó como V-J Day (Día de la Victoria sobre Japón)— no fue el cierre perfecto de una ninguna ficción sino el de una realidad cruda y aterradora. El beso apasionado entre la enfermera y el marinero, capturado en el centro de Manhattan, era producto de la celebración y la euforia por la noticia: Japón se había rendido ante los aliados, la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin.
La foto, que se volvió emblema de ese momento histórico en todo el globo, también daría comienzo, años después, a una investigación que duró décadas: ¿quién era la pareja que protagonizaba ese apasionado beso?
Greta Friedman: la enfermera
Greta Friedman nació el 5 de junio de 1924 como Greta Zimmer en Wiener Neustadt, un pueblo pequeño de Austria, a las afueras de Viena. Era hija de Max e Ida Zimmer, tenía tres hermanas y su padre era dueño de una tienda de ropa.
Cuando Alemania ocupó Austria y la vida de las familias judías comenzó a desteñirse, Max e Ida enviaron a sus hijas fuera del país. Greta y dos de sus hermanas llegaron a Estados Unidos en 1939, la otra hermana se fue a Palestina. Nunca volverían a ver a sus padres, quienes fueron asesinados en los campos de exterminio.
Greta llegó a Nueva York donde trabajó como asistente en un consultorio odontológico, de ahí su uniforme impoluto. El 14 de agosto de 1945, al enterarse de que la guerra había terminado, se fue de su trabajo a Times Square a celebrar. Entonces no sabía cuál había sido el destino de su familia.
George Mendonsa: el marinero
George Mendonsa era pescador, hijo de pescador. En la Segunda Guerra Mundial servía como soldado en la Marina de Estados Unidos. El 14 de agosto de 1945 tenía 22 años y días libres de sus funciones en la costa del Pacífico. En el libro The Kissing Sailor: the mystery behind the photo that ended the World War II (El marinero que besa: El misterio detrás de la foto que puso fin a la Segunda Guerra Mundial), publicado en 2012 por Lawrence Verria, Mendonsa contó: “Recién había vuelto de Filipinas”. “Mi barco había enfrentado mucha acción. Nos enviaron de vuelta a los Estados Unidos hasta que la Armada adquiriera suficiente fuerza”.
Quiso aprovechar esa tarde para una cita romántica: iba a salir con una chica que había conocido unas semanas atrás en una reunión familiar, su nombre era Rita Petry, tenía 20 años y era pariente de su cuñado. “Ella era hermosa. Creo que me enamoré de ella la primera vez que la vi”, dijo Mendonsa.
Ese 14 de agosto había planchado su uniforme cuidadosamente para impresionar a Rita. Estaba nervioso. Se encontró con ella y tomaron juntos el tren que iba a Manhattan. La cita empezaba en el Radio City Music Hall, iban a ver la película A bell for Adano a las 13.05, y luego irían a tomar unos tragos. Pero no llegaron al final del film: “Desde la calle comenzaron a golpear las puertas del teatro. Prendieron las luces y pararon la proyección. ‘La guerra terminó, Japón se rindió’”, recordó Mendonsa en el libro.
El beso
Al recibir la noticia más importante de los últimos años, George y Rita salieron corriendo del cine hacia un bar cercano. Para celebrar el final de la guerra, en un clima de euforia, los barman ofrecieron tragos. El marinero reconoció que había tomado “unos cuantos”. Después se fueron a Times Square a festejar con todas las personas que estaban ahí. Cuando cruzó la 7th Avenida con la calle 44th, abrupta e impulsivamente, Mendonsa tomó en sus brazos a una mujer con uniforme de enfermera y la besó. Después la soltó y se fue a una estación de Metro, con Rita.
Eso dijo él.
En el libro sobre el beso que publicó Verria, Greta Friedman recordó: “De pronto alguien me agarró por la cintura”, “ese hombre era muy fuerte. Yo no lo estaba besando. Él me estaba besando a mí”.
A ninguno de los dos se le ocurrió, ni por un instante, que ese beso súbito y repentino sería publicado en un medio masivo y que se convertiría en símbolo.
El fotógrafo
La imagen tomada por Alfred Eisenstaedt era parte de un reportaje de la revista estadounidense Life sobre el fin de la guerra. Eisenstadt, que produjo más de 2500 historias y 90 portadas para esa publicación, describió en el libro sobre la fotografía cómo captó ese momento —una versión que dista un poco del recuerdo moderado de Mendonsa de esa tarde—: “En Times Square, durante el Día de la Victoria, vi a un marinero a lo largo de la calle que agarraba a todas y a cada una de las chicas que se ponían a su alcance. Tanto si pudieran ser su abuela, fueran altas, delgadas o viejas, no hacía distinción”. “Fui corriendo atrás mirando por encima del hombro con mi Leica pero ninguna de las tomas que hacía me agradaba. De repente, como un destello, vi algo que se me grabó. Me di la vuelta y capturé el momento justo en que el marinero besó a una enfermera. Si ella hubiera llevado un vestido oscuro jamás me habría dado cuenta. Nunca habría disparado la toma, o si el marinero hubiera llevado uniforme blanco, lo mismo. Realicé cuatro tomas. Fue en apenas unos segundos”, dijo.
En busca de los protagonistas
El 14 de agosto, en la vorágine de la celebración, intentando una imagen que le agradara en medio de los festejos por el fin de la guerra, Eisenstaedt no registró los nombres del hombre y la mujer que se besaban en Times Square. Y la foto tampoco fue inmediatamente un ícono. Pasaron años para que la popularidad de la imagen llevara a la pregunta acerca de quiénes eran sus protagonistas. Y más años antes de que se confirmara la identidad de Mendonsa y Friedman.
Aunque la imagen se publicó al día siguiente, el 15 de agosto de 1945, aquel día no causó demasiada repercusión: estaba en tamaño pequeño en la página 27 de la revista. Recién en 1980, 35 años después, Life la volvió a publicar, esta vez en la primera plana.
Para entonces, hacía veinte años que Greta Friedman se había topado, por primera vez, con la imagen en el libro El ojo de Eisenstaedt (1969), publicado por el fotoreportero, y se había reconocido. Cuando se vio nuevamente, esta vez en la portada de Life, se contactó con la revista para darse a conocer. Pero desde la publicación le dijeron que ya habían localizado a la protagonista: se llamaba Edith Shain, era una maestra de Beverly Hills, California, que le había escrito al fotógrafo diciendo que era la mujer del beso, que en esa época trabajaba en un hospital de Nueva York.
“No le creí porque sabía que eso me había pasado a mí”, dijo años más tarde —en 2005—, Friedman, cuando recordó ese momento en una entrevista del Veterans History Project —creado por el Congreso de Estados Unidos para recopilar y preservar los recuerdos de los veteranos de guerra—. “Esa era mi figura, lo que traía puesto y, en especial, mi peinado”. “Mi ropa estaba perfectamente planchada, tenía cuidado en eso. Tenía esta pequeña cartera…”. Sin embargo, durante años Shain fue considerada la verdadera enfermera. (Incluso en la actualidad pueden encontrarse publicaciones con Shain como protagonista de la foto).
Cuando Greta se vio siendo besada en blanco y negro ya estaba casada —lo estaba desde 1956— con Mischa Friedman, un científico del Ejército de los Estados Unidos con el que tuvo un hijo y una hija. También había estudiado Artes, pintaba y hacía serigrafías. Nunca le había comentado a nadie sobre ese episodio que no había sido especialmente significativo en el marco de los festejos. “No fue algo romántico, sino una forma de decir: ‘Gracias a Dios, la guerra ha terminado’”, explicó.
La identidad del marinero también fue un misterio por décadas: había sido reclamada por al menos once hombres.
Cuando la foto fue portada de Life, George llevaba mucho tiempo casado con Rita. “Fue como mirarme en el espejo”, dijo el exsoldado sobre su reacción al ver la imagen. “Pero cuando Rita vio la foto, dijo: ‘Creo que esa soy yo’”, a lo que él respondió: “Esa no eres tú, no puedes ser tú”. También dijo que Greta le había recordado a las enfermeras que vio en un barco hospital.
Después de ese día de 1945 George y Rita continuaron con su relación, que apenas comenzaba, sin hablar de ese beso. Y se unieron para toda la vida. “Muchas personas querían saber lo que yo estaba pensado” —dijo Rita en el libro sobre la foto—. “Fue un día feliz. Yo estaba festejando como loca. El beso realmente no me molestó. Si hubiésemos estado comprometidos, tal vez”. “Nunca le di muchas vueltas al asunto. Para cuando supe de ella, ya estaba casada por años”, dijo.
Durante décadas muchos veteranos de la Marina dijeron ser los besadores y otras tantas enfermeras dijeron ser las receptoras de ese beso. Las controversias sobre la imagen rodearon incluso a su veracidad: se cuestionó que hubiera sido tomada ese día y se dudó de su espontaneidad y autenticidad. Nada de eso manchó su simbolismo y lo que representaba. Pero fue un impulso para confirmar la identidad de los retratados, lo que terminó por hacerse con tecnología de reconocimiento facial.
¿Celebración o beso sin consentimiento?
Tampoco esa fue la única polémica alrededor de la foto. Por años la imagen, ahora conocida como “El Beso”, fue la representación de la emoción de los estadounidenses al enterarse del fin de la Segunda Guerra Mundial. Como muchas obras de arte que adquieren gran popularidad fue reproducida, recreada y homenajeada hasta el infinito. Sin embargo, más acá en el tiempo, la rodeó un anillo de inquietud, un interrogante que partía de la descripción que había hecho Greta de ese momento.
En 2012, un autor del sitio web Crates and Ribbons sostenía que la fotografía no mostraba un instante romántico sino “un abuso sexual según nuestros estándares”, ya que al hablar con el Veterans History Project la protagonista había dicho: “Sentí que él era muy fuerte. Me apretaba. No estoy segura del beso”. “Solo era alguien que celebraba. No fue algo romántico”. En 2014 la revista Time se plegó a esta mirada y, en un artículo, mencionó: “Mucha gente ve la foto como la documentación de un abuso sexual muy público, y no como algo para celebrar”.
Pese a estas perspectivas Joshua Friedman, el hijo de Greta, aseguró que su madre no se avergonzaba de la foto, ni recordaba ese momento de esa manera. Entendía por qué podía verse como un acto de acoso pero para ella no había sido así. Tampoco para George, ni para Rita, que llegaron a cumplir 73 años de matrimonio y tenían enmarcada y colgada la imagen en su casa, lo que George aseguraba en un reportaje que no hubiese sucedido sin la autorización de su esposa: “Ella es la jefa!”, confesó, “Después de todo, yo beso a Rita”.
En una entrevista publicada en 2012 Rita continuaba asegurando que el beso entre quien era su pretendiente y esa mujer desconocida nunca le molestó. Aunque sí dejaba un pensamiento flotando: “En todos estos años, George nunca me ha besado así”.
El fin de la historia
En septiembre de 2016, a los 92 años, murió la enfermera —que no era enfermera— besada en Manhattan. En febrero de 2019, a los 95, murió el marinero que la besó sin conocerla. No sin antes volverse a ver. En 2012 ellos se reencontraron en Times Square para posar ante decenas de flashes y recrear, casi 70 años después, aquella imagen que los hizo eternos.
Fuente: TN
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La historia de la Labubu: el imperio que factura US$27.500 millones y tiene fanáticos como Rihanna y De Paul
Es, al mismo tiempo, una muñeca, un accesorio de moda, un artículo coleccionable y un objeto aspiracional.
Es algo que tienen en común Rihanna, Kim Kardashian, una superestrella del K-Pop, Rodrigo de Paul, y mi hija Julieta, de 9 años.
Las Labubus se han convertido en un boom global.
Se agotan apenas salen al mercado las nuevas ediciones, en Europa se han tenido que suspender las ventas por los disturbios ocasionados en las filas, hay decenas de miles de videos en TikTok con los unboxing. Algunas que originalmente salían alrededor de 30 dólares han llegado a valer 170.000 en la reventa.
Si usted nunca ha visto una Labubu, debe saber que se trata de unos muñecos de unos 20 centímetros de alto con cuerpo de peluche y cabeza de vinilo. Ojos muy grandes, ovalados y expresivos, orejas puntiagudas, nariz pequeña, y una ambigua sonrisa de exactos 9 dientes -hasta las versiones truchas tienen 9 dientes-: no sabemos si es una sonrisa simpática o algo malévola. El que las observa por primera vez no sabe si se trata de una muñeca tierna o siniestra.
Según sus creadores la describen en la web oficial, Labubu es “buena y siempre está dispuesta a ayudar, pero a menudo, sin querer, consigue lo contrario”. Pero no se trata más que de storytelling.
Rodrigo de Paul y Rihanna comparten su amor por el accesorio furor (Foto: Inter Miami / Daily Mail)
Quién es el creador de las Labubus y por qué tardaron tanto en convertirse en furor
Fueron creadas originalmente por el artista coreano Kasing Lung. Eran parte de un libro ilustrado y Labubu era uno de Los Monstruos.
Las muñecas Labubus salieron al mercado en 2019 como parte de una serie y sin demasiada expectativa. Era un producto más de los que se sacaban para el público infantojuvenil. Pop Mart, la empresa fabricante, no había depositado muchas ilusiones en ellas. Y en los primeros años no se equivocaron. Un camino lento y discreto. Hasta que en 2024 se produjo la explosión fenomenal.
Primero fue China, luego el resto del mercado asiático. Después, el mundo occidental.
Dicen que quien inició la tendencia fue Lisa, cantante K-pop e integrante de la banda Blackpink. Cada cosa que ella muestre en sus redes es consumida después con devoción por sus millones de fans. Zapatillas, ropa, teléfonos, restaurantes a los que concurre. En abril del 2024 publicó en Instagram varias imágenes junto a sus Labubus. Sus fans se encargaron del resto.
A partir de ese momento no se detuvo el fenómeno. Se esparció velozmente. Un contagio global.
Según la edición, las Labubus pueden salir entre 18 y 50 dólares. Pero después hace su trabajo el mercado, la ley de oferta y demanda. La desesperación de la gente por tenerlas es tal, que su precio en el mercado de la reventa se multiplica exponencialmente.
Las peleas que surgen en los lugares de venta física se deben a que algunos acaparan demasiadas para venderlas en sitios de internet a precios mucho más elevados que los originales. Agio y especulación en el mercado de las muñecas. La empresa debió suspender en más de una ocasión estas ventas en comercios y realizarlas totalmente a través de internet debido a los disturbios (en los que estuvieron involucrados dependientes, padres, niños y adolescentes).
No se hace demasiado sencillo explicar las causas de este éxito descomunal. No se trata de una idea revolucionaria ni del diseño más hermoso del mundo. Es más, al enfrentarse a ellas por primera vez, uno no sabe si son bellas, tiernas, insípidas o desagradables. No parecen memorables a primera vista.
Como suele ocurrir en estos casos se mezclan algunos factores racionales, con el efecto contagio, lo aspiracional, la sintonía con un público determinado y la propagación inmediata que realizan la web y las redes sociales que provoca en otros una necesidad de la que carecían, un deseo irrefrenable hacia ese objeto.
En las redes, por ejemplo, se encuentran diferentes videos que muestran a personas amuchadas, alrededor de una joven abriendo una caja de Labubu. Están ansiosos por saber cuál le tocó de toda la colección.
Uno de los motivos de intriga y seducción es que vienen en cajas cerradas y el comprador no se sabe con cuál de las Labubu se va a encontrar. Ahí en las blind boxes está una de las claves. Algunas muñecas son mucho más usuales que otras. Están también las figuritas difíciles del álbum: oscuros objetos del deseo de los coleccionistas.
La comparación con las figuritas parece razonable (más allá del precio). Porque uno no sabe qué viene dentro del paquete, porque existe el riesgo alto de que salgan repetidas (late, late, late) y porque se genera una pulsión por completar la colección. Otro factor parece ser el de la oportunidad; reemplazaron a las Sonny Angel, el anterior y breve furor de juguetes/accesorios. Pero las Labubus llegaron a lugares que antes no habían sido alcanzados por ningún juguete y menos a tanta velocidad.
Alguien explicó que en los consumidores se impuso el estilo Kawaii, que describe una estética infantil, naif, modos de escapar de la rutina no convencionales, que se alejan de lo solemne y del concepto de lo adulto.
Hace poco en su columna semanal, el escritor Rodrigo Fresán, después de confesarse coleccionista de algunos ítems a lo largo de su vida, trató de entender lo que está sucediendo con la creación de Pop Mart y habló de algo similar: “Los adultos están comprando más juguetes que nunca no porque quieran volver a ser niños, sino porque siente que así escapan de un mundo caótico y de futuro incierto. Son -así se los ha calificado- Kidults. Suerte mala de lost boys peterpánicos quienes -como sienten que se juega con ellos- se dicen que lo mejor es seguir jugando y no tener un juguete, sino que ese juguete te tenga y te contenga”.
Que su origen sea chino no generó en los países occidentales la preocupación que se podría haber supuesto a priori. “Es tan buen producto que a nadie parece importarle de dónde vienen”, dijo un experto estadounidense que probablemente tenga en su casa una hija embobada con estos monstruitos de 9 dientes.
Pop Mart extiende la franquicia todo lo que puede y aprovecha el impulso. No solo hay muchas ediciones distintas de Labubus, sino que otras criaturas de la serie Los Monstruos ya están en el mercado. Es evidente que pertenecen a la misma familia, tanto que las diferencias con la Labubu son muy escasas, son variaciones: los Zimomo (Labubu con cola), Mokoko (novia del anterior) o Tycoco (un esqueleto de Labubu).
Después hay Labubus para cada ocasión. Hay algunas asociadas a Coca Cola, otras recrean motivos artísticos y se venden en el Museo del Louvre.
También, Pop Mart procura obtener la mayor parte posible del negocio. No solo vende de manera directa a través de su web, sino que puso máquinas expendedoras en más de 30 países y creó unos roboshops que no necesitan de dependientes.
Pero la empresa no es la única que intenta monetizar el fenómeno. Cada semana en sitios de noticias de todo el mundo aparecen noticias de grandes decomisos de partidas enormes de Labubus truchas por valores de cientos de millones de dólares. Nadie quiere quedarse fuera del negocio.
Wan Ning, fundador de Pop Mart, superó en la lista de mayores fortunas de su país a Jack Ma, de Alibaba
En esta historia hay un gran ganador: Wan Ning, fundador de Pop Mart. Wan Ning, gracias al furor de las Labubus, se convirtió en hipermillonario. Es uno de los hombres más ricos de China (y del mundo). Superó en la lista de mayores fortunas de su país a Jack Ma, fundador de Alibaba. Forbes calcula su fortuna en 27.500 millones de dólares.
Hoy Pop Mart vale al menos tres veces más que Mattel y Hasbro, las grandes empresas de juguetes y muñecas clásicas, propietarios de Barbie y sus derechos, entre muchos otros. Las acciones de la empresa china aumentaron su cotización un 500% desde la explosión mundial de las Labubus.
En las últimas convocatorias de la Selección Argentina, uno de los motivos de intriga era ver qué look elegían los jugadores al ingresar al predio de Ezeiza. Rodrigo de Paul y Otamendi, acaso, sean los más audaces y a la vanguardia de la moda. En la fecha FIFA reciente, varios ingresaron con bolsos de grandes marcas. Pero Rodrigo de Paul le sumó un accesorio. De su bolso colgaba una Labubu que tenía puesta la camiseta 7 de la selección argentina, su número.
Rihanna también lleva una Labubu especial en su cartera, lo mismo que Cher (para buscar una antípoda generacional, para que se vea que no solo es cosa de jóvenes) y decenas de figuras más de Hollywood, la canción, el deporte. También nenas de primarias que las cuelgan de sus mochilas o les hacen upa al terminar el horario escolar.
Fuente: TN
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Su bebé fue devorada por un animal salvaje pero no le creyeron y la condenaron por asesinato: el caso de la familia Chamberlain
Corría el mes de agosto cuando el matrimonio australiano Lindy (32) y Michael (36) Chamberlain decidieron tomarse unos días de vacaciones. Disfrutaban mucho de la vida al aire libre y pensaron que acampar con sus tres hijos (Aidan,7; Reagan, 4; y Azaria, de solo 9 semanas de vida) en un camping familiar ubicado en Uluru, cerca de Ayers Rock, un lugar sagrado para los aborígenes locales, era una excelente idea. Salieron del pueblo minero Mount Isa, en el que vivían al norte de Queensland, en su auto Holden Torana amarillo. Debían viajar unos 1282 kilómetros hasta el parque nacional ubicado en el centro de Australia. El miércoles 13 de agosto de 1980 cargaron las carpas y todo lo necesario para sus vacaciones y partieron felices.
De haber sabido que abrir la puerta de su casa esa mañana sería abrir la puerta del infierno más temido, jamás habrían traspasado el umbral. Pero la realidad siempre es contrafáctica y volver los segundos atrás solo se puede hacer en las películas.
La religiosa familia Chamberlain
Michael Chamberlain, de origen neozelandés, había llegado a Australia en 1964, con solo 20 años. Se convirtió en pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y fue precisamente en el templo donde conoció a Alice “Lindy” Lynne Murchison, quien también había nacido en Nueva Zelanda, el 4 de marzo de 1948. Ella era hija de otro pastor de la iglesia y había llegado a Australia con su propia familia siendo pequeña.
Se enamoraron y todo terminó en casamiento el 18 de noviembre de 1969. Los primeros cinco años de su vida en pareja los pasaron en la isla australiana de Tasmania. Mientras su marido trabajaba como pastor religioso, Lindy estudiaba confección, sastrería y dibujo. Cuatro años después del casamiento nació Aidan. Luego se mudaron a Bowen, en Queensland, donde en 1976 llegó Reagan, el segundo hijo. Y, finalmente, se instalaron en Mount Isa. En junio de 1980, Lindy dio a luz a Azaria. La primera hija mujer. Eran felices con su familia simple, religiosa y sin grandes ambiciones económicas. En Mount Isa ambos trabajaban. Lindy, además de estar comprometida con las labores religiosas de su marido, confeccionaba vestidos de novia por encargo.
Nunca podrían haber imaginado por ese entonces, con sus vidas anónimas y tranquilas, que sus nombres estarían por años impresos en la prensa internacional, que su historia inundaría documentales y que llegaría a la pantalla grande de Hollywood con la película postulada al Oscar Un grito en la oscuridad, con Meryl Streep interpretando a Lindy. Porque su tragedia personal se convirtió en éxito de taquilla y significó dinero para muchos durante décadas. Mientras ellos quedaron sumidos en la desesperación y el desastre.
El dolor de unos, la inspiración de otros y la curiosidad del resto. Como siempre ocurre cuando una historia tiene los condimentos no deseados del horror, la muerte, la intriga, la confusión y los temibles prejuicios.
Una beba de cinco kilos
Luego de tres días de viaje, los Chamberlain llegaron a destino dentro del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta. Fue el sábado 16 de agosto de 1980, por la tarde. Los adultos bajaron los petates, armaron las carpas y se dispusieron a disfrutar de la naturaleza.
A la mañana siguiente, domingo 17, visitaron el monolito de Uluru, llamado la Roca Sagrada, y estuvieron en La cueva de la Fertilidad. Mientras Michael y los dos varones trepaban y se divertían, Lindy llevaba siempre a Azaria con ella. Se sacaron fotos. En una se ve a Lindy sosteniendo a Azaria por los brazos y con sus pequeños pies apoyados sobre esa tierra colorada y remota. Fue en ese recorrido que Lindy observó a un dingo, típico perro salvaje australiano. Son animales que abundan en la zona. Lo espantó con firmeza para que no se acercara a ellos.
La temperatura del día era amable y rozaba los 20 grados, pero cuando caía el sol subía el frío. A las cinco de la tarde se sentaron cerca del calor de una barbacoa para cocinar y conversar con otros turistas del campamento. Lindy tenía sobre su falda a la pequeña Azaria, la beba regordeta y rubia ya pesaba unos 5 kilos. Estando allí, cerca del fuego, Lindy observó a otro dingo y pensó que el animal se había acercado por el olor a carne asada. Michael le tiró un trozo de pan, pero el dingo no le prestó atención y lo dejó tirado.
Luego de comer, a eso de las ocho, Lindy decidió que ya era hora de llevar a Azaria y a Reagan a la carpa para que descansaran. Estaba armada a unos veinte metros de donde estaban sentados conversando. Los acostó, los tapó y cuando estuvieron dormidos fue con Aidan hasta el auto a buscar una lata de porotos. Volvió al área de la fogata con Aidan un poco después. Unos minutos más tarde todos se sobresaltaron con un llanto. Provenía de las carpas de los Chamberlain. Lindy se paró alarmada y fue corriendo a ver qué pasaba. La puerta de la tienda estaba abierta y vio salir, en la oscuridad, a un dingo con Azaria colgando de sus mandíbulas. Empezó a chillar desesperada y corrió hacia Michael repitiendo enloquecida: “Mi dios, mi dios… ¡¡¡Un dingo se llevó a mi hija!!!”.
Esa misma noche tres centenares de personas, entre turistas, voluntarios y guardaparques, comenzaron la búsqueda infructuosa de Azaria hasta la tres de la mañana. Luego, llegó la policía y rastrilló el área.
La madre explicaría, una y otra vez a lo largo de su vida, que ese dingo la había visto y le había gruñido sacudiendo su cabeza con Azaria entre los dientes. Describió con precisión lo que su hija llevaba puesto: un enterito de pijama y un saquito tejido de color blanco.
Las únicas pruebas iniciales que se hallaron fueron unas pocas huellas de un dingo cerca de la tienda de los Chamberlain. Una semana después, un turista encontró cerca del campamento el enterito de Azaria. Estaba enredado en un matorral, desgarrado y tenía restos de sangre a la altura del cuello.
La primera investigación corroboró la versión de los padres: el dingo se había llevado a la hija menor de los Chamberlain. Sin embargo, no sería tan fácil la resolución del horrendo acontecimiento.
La impotencia de que nadie crea lo que sucedió
El caso causó revuelo en todo el país y cruzó fronteras. Tenía ribetes cinematográficos. Una beba, un perro salvaje, una familia joven destrozada. Pero las dudas no demoraron en instalarse. Los expertos empezaron a decir que no había en Australia ningún caso registrado de un ataque de un dingo a un ser humano. Sostenían que si bien estos perros eran salvajes y carnívoros, se solían alimentar de canguros, zarigüeyas o wombats, no de personas. Les parecía imposible que un dingo se hubiese introducido en una carpa para robar a una bebé de cinco kilos y llevársela con el fin de devorarla.
Ciencia ficción, repetían por lo bajo. Por otro lado, las autoridades temían ahuyentar al turismo de los parques nacionales con la increíble historia de los dingos que se comían niños. No querían ese cuco.
El relato de Lindy había empezado a enfrentarse con la piedra de la incredulidad de los científicos y de la cruel opinión pública. Después de todo, murmuraban, Lindy era la última en haber visto a Azaria con vida. ¿Podría ser ella la responsable de algo siniestro? Comenzaron las interpretaciones de la imagen de esa madre. Lindy se veía con el pelo bien peinado, demasiado cuidada para tanta pena, sin llantos desgarrados. La percibían fría y seria. Todos opinaban: la prensa, los ciudadanos, los policías.
Lindy empezó a mutar de víctima a victimaria. Era cuestionada: ¿cómo era posible que una madre llevara a ese sitio a una beba de nueve semanas? Comenzaron a circular teorías disparatadas. Sostenían que era extraño que Lindy hubiera vestido algunas veces —en esos días— a la bebé con una campera negra; debatían cómo podía ser que ella, que había supuestamente realizado una tesis de grado sobre los dingos, hubiese dejado mal cerrada la puerta de la carpa; discutían sobre el hecho de que ellos fueran parte de los Adventistas del Séptimo Día, que pronosticaran el fin de los tiempos. Sus creencias, en esa época, eran consideradas como “sectarias”.
Hubo bastante más. Algunos empezaron a preguntarse si esa mujer gélida no habría sacrificado a su hija en algún ritual desconocido porque ¿cómo podría un dingo transportar en su boca a una bebé de cinco kilos? Además, ¿por qué no había aparecido el saquito blanco que llevaba puesto sobre el enterito que habían hallado rasgado? ¡Un dingo no le podía haber quitado el abrigo para comerla mejor!
Presionada y sin respuestas, la policía viró su lupa y la enfocó en Lindy. Ella podría haberla asesinado y enterrado en algún lugar. ¿En qué se apoyaron para esta acusación? En unas gotas de sangre microscópicas halladas en el auto familiar: más precisamente en la alfombra delantera, en una manija del coche y en un asiento.
La hipótesis que cobró fuerza fue que Lindy la había degollado en el auto de la familia para luego deshacerse del cuerpo y volver a la zona de la barbacoa. A estas alturas todos en su país odiaban a Lindy y la colocaban en la hoguera de las brujas.
Había, por supuesto, unos pocos que defendían a la familia y decían que era ridículo, que ellos habían sido siempre una familia feliz y que Azaria había sido una beba deseada. Los Chamberlain vivían dentro de una pesadilla: habían perdido a su hija y, ahora, eran sospechosos de un malvado asesinato.
El combustible sobre ellos estaba echado. Los prendieron fuego sin contemplaciones.
Fuente: Infobae
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La echaron de su club por un video, ganó miles de dólares como modelo en Only Fans y ahora tendrá otra oportunidad como futbolista
La futbolista inglesa Madelene Wright de 26 años concretó su incorporación al Chatham Town, equipo que disputa la National League femenina. El club oficializó la llegada de la jugadora de 26 años tras una pretemporada en la que el cuerpo técnico evaluó su rendimiento y determinó que podía sumar potencia al frente ofensivo del plantel que participa en la quinta división del fútbol inglés.
Wright, que contabiliza pasos recientes por Leyton Orient, Charlton Athletic y Chesham United, se hallaba sin equipo y entrenó durante la preparación de Chatham Town de cara al arranque de la nueva temporada. Luego de esa etapa, la entidad anunció la firma de su contrato mediante un mensaje difundido en redes sociales: “Le damos una cálida bienvenida a Madelene”, publicó el club de la ciudad de Kent, citado por The Sun.
La noticia de la llegada de Wright produjo de inmediato una activa reacción entre los seguidores y simpatizantes del club. Los aficionados manifestaron entusiasmo por lo que consideran un refuerzo relevante tanto dentro como fuera del campo de juego. Entre los mensajes destacados, uno expresó: “Ahí tenés aumentados los seguidores en Twitter y la asistencia”, mientras que otro consultó sobre el precio de los abonos de temporada del club ante la expectativa generada por la presentación de la delantera.
La futbolista desarrolló buena parte de su trayectoria en divisiones del fútbol femenino británico, donde se ha desempeñado principalmente en posiciones de ataque. Sin embargo la futbolista inglesa fue despedida de su club anterior, Charlton Athletic, luego de la viralización de videos polémicos publicados en Instagram, donde se la veía en situaciones consideradas inapropiadas por la institución.
En las imágenes se la puede ver a Wright en el asiento trasero de un auto, mientras uno de sus amigos se encuentra adelante junto a un perro, que se muestra al volante. En otro video, un chico aparece con una de champagne y varias jóvenes que serían amigas de Madelene inhalaban globos.
“Como club, estamos decepcionados con el comportamiento que no representa los estándares que mantiene el equipo”, indicaron desde el Charlton Athletic Women’s Football Club. Tras la cancelación de su contrato, Wright reconoció: “Cuando todo sucedió, también entendí a cuántas personas había decepcionado. Me sentí culpable, avergonzada y decepcionada de mí misma por haberme mostrado bajo esa luz”.
Tras el episodio, la futbolista inició una etapa como modelo de OnlyFans y, según declaró, logró ingresos superiores a 500.000 libras esterlinas (más de 670 mil dólares), además de trabajar con distintas marcas y en redes, lo que incrementó su notoriedad pública. Este canal se convirtió no solo en una fuente de exposición sino también en una vía de ingresos paralela a la actividad deportiva, ya que Wright mantiene una presencia consolidada en plataformas sociales, donde reúne una amplia comunidad de seguidores.
Wright declaró que, a pesar de sus dudas iniciales sobre vincularse a la industria del contenido para adultos, considera que tomó la decisión adecuada respecto a su carrera personal y profesional. Por ello, seis años después de alejarse del fútbol profesional, aceptó el ofrecimiento del Chatham Town Women para la próxima temporada.
La llegada de Wright representa al club una oportunidad para incrementar el flujo de público a los estadios en un contexto en el que el fútbol femenino inglés experimenta un crecimiento sostenido. Los comentaristas y fanáticos estiman que la repercusión digital de la deportista —sumada al interés que despiertan sus actividades fuera del césped— puede traducirse en mayor visibilidad para la competencia de la National League y aportar recursos a la institución tanto por venta de entradas como por la promoción derivada del impacto en las redes.
La National League, escalón intermedio de la estructura del fútbol femenino en Inglaterra, compite por ganar terreno y atraer audiencias frente a la Súper Liga y la Championship. En ese marco, la dirigente de figuras cuyo perfil trasciende el campo de juego constituye una estrategia para potenciar la adopción de nuevos públicos y redefinir los criterios de convocatoria en los clubes de la categoría.
Fuente: Infobae
