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La cocina enamora: por qué los argentinos consideran que preparar un buen plato es garantía de éxito
Daniela y Ezequiel se habían visto en un cumpleaños y se quedaron charlando toda la noche. Con conocidos en común, fue totalmente natural que él la invitara a cenar a su casa a la semana. “Llegué y había cocinado. Eso me impactó positivamente, pero había hecho un plato con langostinos, que yo creía que no me gustaban. Pero desde ese día son unos de mis gustos favoritos”, se ríe la entonces agasajada. Lo cierto es que esa receta fue la celestina ideal para una pareja que lleva más de una década de convivencia.
Con apps, del modo tradicional y hasta en citas a ciegas, los solteros y solteras aseguran que un encuentro en el que interviene la comida tiene una mayor garantía de éxito a futuro. Es que el 81,9% de los solteros argentinos de entre 18 y 35 años asegura que la cocina es la green flag (bandera verde, es decir, un rasgo positivo) por excelencia. Incluso, el 61,1% dijo tener más probabilidades de conectar con alguien en una app de citas si demuestra interés o habilidad culinaria.
Estos datos salen de una encuesta realizada por Knorr, mediante la que también detectaron que uno de cada tres encuestados afirma que no consideraría salir con alguien que no sepa cocinar.
La psicóloga Beatriz Goldberg recuerda que la comida está relacionada con la oralidad que se da en los primeros años de vida, muy relacionada al afecto. Por eso, muchas veces recurrimos a la comida o algún sustituto en momentos de estrés.
“Si es el hombre el que cocina, también en la mujer, pero más en los varones, es algo que da protección, invierto en vos el afecto, el tiempo. Incluso, el cocinar juntos da la idea de poder hacer algo de a dos. Es algo más afectivo que una salida tradicional, muestra que lo importante es compartir”, observa Goldberg.
Y a esto se suma el plus de la creatividad. “Da a lugar que no sea algo rutinario. Una persona que cocina muestra que no es tan rígida. Es también salir de las individualidades, es creer que se pueden hacer proyectos con el otro. Incluso, hoy proliferan los programas de comida, y ponen el foco en compartir, en cómo presentar el plato”, añade Goldberg.
Pero alimentarnos es algo que es parte de nuestro cotidiano. Entonces, haciendo historia, “el acto físico, fisiológico, de comer de los primeros humanoides se imponía como un hecho individual. Con el tiempo se ve cómo desde aquello que es tan básico, de comer con las manos y de un mismo recipiente se avanza hacia comer según las distintas culturas con cubiertos o palillos y con una estética refinada y donde la comida establece un espacio donde se fortalecen los lazos sociales”, explica la socióloga Mercedes Jones, directora de Proyectos del Centro de Innovación Social de la Universidad de San Andrés (UdeSA).
De hecho, esta experta señala que “no se registran sociedades en las que sea lícito comer cualquier cosa, en cualquier sitio, con cualquiera, y en cualquier circunstancia. Por el contrario, el consumo de alimentos está sujeto a reglas y costumbres que se entrecruzan y marcan los límites de lo permitido y lo prohibido”.
Esto quiere decir que “los alimentos y las oportunidades para consumirlos se encuentran socialmente definidos. Tienen normas de cortesía y de etiqueta. Se prescriben y proscriben espacios, tiempos, horarios, modos y maneras de comer desde las comidas propuestas por grandes chefs hasta la comida callejera queda claro que hay reglas y que comer es un hecho social”, suma Jones.
Estas normas se trasladan a las citas, al proceso de conocer a otra persona. El verse frente a frente, sentados a la mesa, aporta mucha información sobre la nueva conquista: desde sus gustos hasta sus costumbres y educación.
Ahora, volviendo a la premisa de que cocinar es una green flag, ¿por qué sucede esto? Paula Kirton, Brand Manager de Knorr, opina: “Independientemente de si son hábiles o no para cocinarle a alguien, creemos que es una forma de conectar, mostrar creatividad y demostrar cuidado por los demás. El saber cocinar se lo asocia con mostrarse independientes y que es efectivo para conocer mejor a la persona ya que demuestra sus destrezas manuales”.
Los argentinos y la comida
Hay un detalle importante que resalta Jones: cuando estamos comiendo no hablamos, comemos. “Pero, la comensalidad requiere del diálogo. Somos seres sociales, entre otras cosas porque tenemos palabra para manifestarnos y relacionarnos. Comensalidad no es solo comer en la misma mesa, requiere conversar y requiere tiempo”.
Por eso, comer rápido y mirando el celular va en contra del diálogo. “Es por lo que frente al fast food que propone comer cualquier cosa, de manera rápida y comprarla en cualquier negocio que venda algo para comer, surgió la tendencia contraria del slow food, tendencia que en Argentina la impulsaron Perla Herro y un grupo de jóvenes cocineros, como Gonzalo Bazterrica, quien insiste en que hay que tomarse tiempo para comer y cocinar; demuestra que la comida puede ser sana, rica, divertida y atractiva, y que es fundamental buscar momentos para compartirla”, detalla la socióloga de UdeSA.
Promover la sobremesa, que es algo muy típico de nuestro país. Y en esto se basó Bazterrica para fomentar el slow food. “Esto viene desde la época de los banquetes griegos, hay registro de la relevancia de la comensalidad como espacio para los intercambios significativos. En Argentina se le agrega a las comidas el bonus track de la sobremesa, el tiempo extra después del plato principal, que se dedica a continuar una buena conversación con las personas con las que se comparte la comida. Se entiende que la comida es la excusa, que estar juntos es la verdadera razón de estar en esa mesa. Cuando invitás a una persona a tu casa, a tu mesa y compartís una comida con ella, que hayas cocinado o no, definitivamente implica intimidad”, analiza Jones.
“Cocinar es, sin duda, un acto de amor que ha sido transmitido de generación en generación, de abuelas a nietos, de padres a hijos, convirtiéndose en una expresión de cuidado y afecto. La gastronomía siempre es tema de conversación. Se habla de recetas, de experiencias culinarias y del placer de cocinar para otros. En este sentido, la cocina se convierte en una herramienta de seducción, utilizada tanto por hombres como por mujeres para generar un vínculo más profundo con su pareja”, describe Quique Yafuso, socio y creador de Mixtape, Shimada y Haiku.
Además, es preciso traer a la conversación que el vínculo de la comida con las emociones es realmente antiguo. “Incluso, el conocimiento de las conexiones entre los alimentos, el placer y la erótica tiene registros ancestrales. El conocido médico griego Hipócrates prescribía miel y recomendaba beber leche y miel para inducir el amor y el éxtasis. En nuestra época los descubrimientos de las neurociencias confirman las ideas de Hipócrates y también las creencias populares, como recurrir al chocolate que produce serotonina, una sustancia química que mejora el estado de ánimo”, aporta la socióloga.
Un poco de esto habla Maxi Bartfeld, socio de Bulebar: “Un caso particular es el de una pareja que nos visita todas las semanas y siempre ordena los mismos platos, aunque varían los cócteles. Imaginamos que, además de haberse enamorado entre ellos, también encontraron en la experiencia gastronómica un punto de unión. Ese compartir en la mesa refuerza el vínculo y se convierte en parte de su historia juntos”.
“Estamos en un momento en el que las conexiones impersonales a velocidad de un algoritmo pierden relevancia cultural frente a relaciones con sentido de humanidad, donde predomina el tiempo de calidad y la cercanía a motivaciones personales”, señala Rodrigo Foussats, Head de Publicis Intelligence, firma que analiza el comportamiento de los consumidores.
La relación de las distintas generaciones con la cocina
La generación silver (integrada por los +50) es hoy foco de atracción, porque se están animando a probar y experimentar, están activos, tienen proyectos y se suman a las apps de citas con afluencia.
En este sentido, los baby boomers (nacidos entre 1946 y 1964) también apelan a la comida para conquistar en sus encuentros amorosos. “Esta generación tiene tiempo para cocinar y compartir con otros y la mayoría lo hace. Los millennials (nacidos entre 1977 y 1995), a su vez, tienen puntos en común con los boomers en lo que respecta a sus preferencias por compartir experiencias con la comida, el cocinar y el prestar atención a las tradiciones alimentarias”, reflexiona Jones.
Es más, “un estudio indica que a las dos generaciones les interesa el tema, tanto que el 88% de los baby boomers y el 84% de la generación Z dijeron que las viejas recetas familiares estaban entre sus comidas favoritas. Y, al mismo tiempo les interesa la innovación, ya que el 76% de los baby boomers y el 82% de los participantes de la Generación Z mostraron un gran interés en crear recetas y propuestas culinarias propias al cocinar para amigos y familiares”, refuerza Jones.
Manos a la obra
“A los solteros les recomendamos que se animen a ser auténticos y creativos en la cocina. También consideramos que compartir el proceso de cocinar, acompañado de una conversación que lleve a conocerse más, puede ser una parte divertida de una cita y una experiencia que se puede disfrutar mucho No se trata únicamente del resultado final, sino también de disfrutar cada paso del proceso, fomentando la conexión y la complicidad entre ambos”, aconseja Kirton.
Pedro Lambertini, cocinero, asegura que “cocinar es una actividad que le da placer al que cocina, y al que recibe el resultado de ese arte, que lo degusta, que lo prueba, que lo celebra. Cuando empecé a cocinar me di cuenta rápido que esto era muy valorado por los demás, entonces ocupa un rol fundamental a la hora de querer seducir o encontrar pareja”.
“Cocinar para dos es muy fácil, lo que recomiendo es tener algo preparado y una parte que esté elaborada por la persona. Un menú con el que me sedujeron a mí, a los 18 años, fue empezar con 6 piezas de sushi de entrada, de principal unas cintas caseras y de postre obligado algo de chocolate”, recuerda el cocinero.
En este sentido, según Goldberg, “quien viene de una pareja tóxica, en la que no fue valorado o querido, a veces el que alguien te cocine, o que lo hagan juntos, que puedan hacer algo creativo en pareja, entonces los hace sentir que son merecedores uno del otro. Te hace saber que vos tenés ese valor y lo demuestra”.
En todo sentido, la comida es un viaje directo a sentirse querido y protegido, dos cualidades que muchos buscan en sus parejas.
Recetas para enamorar
Pedro Lambertini ofrece recetas para una cena para dos comensales que incluye un plato principal y un postre, ideal para encarar una cita puertas adentro y causar no solo la primera mejor impresión sino también, compartir un momento agradable.
Risotto de hongos con espinaca y almendras
Ingredientes:
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- 100 gramos de arroz carnaroli/ arborio
- Media cebolla chica
- Medio diente de ajo
- 30ml de vino blanco
- C/n de caldo de hongos
- 50 gramos de hongos de pino secos
- Hojas de tomillo fresco
- 50 gramos de manteca fría
- 50 gramos de queso parmesano rallado
- 30 gramos de almendras peladas tostadas
- 1 puñado de hojas de espinaca
- 80 gramos de champignones y/o portobellos
- Aceite de oliva, sal y pimienta, a gusto
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Paso a paso:
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- Lavar los hongos de pino para retirarles la arenilla e hidratarlos en poca agua hasta que estén blandos. Para acelerar este paso se pueden entibiar. Procesarlos hasta obtener un puré.
- Picar la cebolla y el ajo finamente. Limpiar los champiñones y portobellos con un paño húmedo y cortarlos en láminas no muy finas.
- Rehogar la cebolla y el ajo en aceite de oliva, agregar el arroz y nacrar, es decir, cocinar hasta que el arroz esté transparente.
- Desglasar con vino blanco y dejar evaporar el alcohol.
- Agregar un par de cucharadas de puré de hongos y caldo de a cucharadas removiendo cada tanto para que el arroz libere su almidón y resulte una preparación cremosa. Ir salpimentando de a poco.
- En una sartén caliente dorar los hongos en aceite de oliva, agregar las espinacas a último momento y salpimentar.
- Cuando el risotto esté casi a punto montar con manteca y parmesano.
- Servir el risotto en un plato hondo y terminar con las espinacas, los hongos y las almendras.
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Mousse de chocolate oscuro
Ingredientes:
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- 260 gramos de chocolate cobertura semiamargo de buena calidad
- 200 gramos de manteca
- 6 huevos
- 130 gramos de azúcar
- 100 gramos de crema
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Paso a paso:
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- Fundir a baño de María el chocolate picado con la manteca en trozos, cuidando que el agua caliente de la olla no toque el fondo del bowl.
- Batir los huevos con el azúcar a baño de María hasta que estén muy espumosos y se hayan pasteurizado. Para ello, la mezcla debe llegar a estar caliente al tacto.
- Fuera del fuego incorporar el chocolate y la manteca fundidos a los huevos batidos integrando con espátula de goma y movimientos suaves y envolventes para bajar lo menos posible el batido.
- Batir la crema e incorporar a la mezcla cuidando que esta no esté caliente para no derretir la crema.
- Transferir a un recipiente y tapar con papel film.
- Refrigerar en la heladera durante toda la noche.
- Servir con nueces picadas.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN