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Fue futbolista, dejó todo por su verdadera pasión y logró ser campeón mundial en la “Fórmula 1 del agua”
Hay historias que no siguen un guión lógico, pero justamente en eso radica su fuerza. La de Leo Morelli es una de ellas. Durante años fue arquero del Ascenso, con recorrido en clubes tradicionales de Rosario y una carrera que, sin ser rutilante, le permitió vivir del fútbol. Sin embargo, detrás de eso había otra pasión, más profunda, ligada al ruido de los motores y la adrenalina, algo imposible de encontrar dentro de una cancha.
Este rosarino de 46 años se enamoró de la motonaútica, el deporte que popularizó Daniel Scioli en la Argentina durante la década del ’90. Los tiempos cambiaron y aquellas grandes lanchas le dieron paso a vehículos más chicos, que posibilitaron otro tipo de competencias.
“Soy un apasionado del agua. Entreno todos los días, llueva o truene. Me pongo antiparras, el chaleco, le aviso a Prefectura y me subo a la moto. Navego entre 25 minutos y media hora, y me vuelvo”, cuenta entusiasmado Morelli, que tuvo su primer contacto con estos vehículos náuticos en 1997.
La decisión de dejar el fútbol y dedicarse de lleno a este deporte no fue inmediata. El desgaste emocional y una sensación persistente de estar en el lugar equivocado lo fueron empujando a buscar otros rumbos. Lo que comenzó como una vía de escape terminó convirtiéndose en una carrera deportiva inesperada, marcada por títulos y logros que pocos argentinos pueden contar.
¿Porqué dejaste el fútbol y te volcaste a la motonáutica?
Fue un tema que me costó mucho. Tuve que ir a un psicólogo deportivo cuando dejé de jugar porque extrañaba levantarme temprano e ir a entrenar. En los últimos años había tenido una lesión crónica en el hombro y no estaba cómodo. Sentía que al no dar todo, defraudaba a mis compañeros, por eso me retiré. Ahí me empecé a interesar en las motos de agua. Alguna vez me había subido y me había encantado. Además, no me molestaba la lesión en el hombro porque la fuerza se hace con las piernas.
¿Qué evaluación hiciste de tu carrera en el fútbol?
Empecé de chiquito en un club de baby e hice todas las inferiores en Newell’s, equipo del que soy hincha. Entrené con la Primera, pero no llegué a debutar. En un intercambio de jugadores llegué a Central Córdoba, que estaba en el Ascenso y ahí logré afirmarme como arquero titular. Subimos al Nacional B y estuve varios años. También jugué en Argentino de Rosario, en Tiro Federal y en varios equipos menores. Me fue bien económicamente, pero el fútbol nunca fue mi pasión. Entré por un mandato de mi viejo y me quedé. Mi pasión siempre fueron los motores.
¿Y cómo ingresás a la motonáutica?
Mi primer moto de agua la compré en 2001, cuando todavía era jugador de fútbol. Sin embargo, a los dirigentes no les gustaba que yo practicara eso en mi tiempo libre y la vendí. Cuando me retiré, en 2011, lo primero que hice fue salir a comprar una y empecé a competir. Eso me permitió que la adrenalina se trasladara de una actividad a la otra.
¿Cuál es la diferencia entre la motonáutica que practicás y la que hacía Scioli en los años ’90?
La motonáutica se divide en dos partes: los catamarán o lanchas y las motos de agua. Los que corren en la primera categoría son gente de mucha plata, generalmente árabes. Allí no pasa tanto por la habilidad, sino más bien por la billetera. En la que estoy yo es un poco más económico competir. Mucha gente me comparó con Scioli, y es verdad que los dos competimos en motonáutica, pero las categorías son completamente distintas.
Pese a que comenzaste tarde en este deporte tenés varios títulos locales, sudamericanos y también sos campeón del mundo...
Si, el campeonato mundial de 2022 fue uno de los logros más importantes de mi carrera. Y tiene algo curioso: en un principio había decidido no competir porque se iba a hacer en Grecia. Finalmente se cambió la sede y se hizo en Brasil. Mi mamá fue la que me animó. Yo estaba medio bajoneado porque no tenía una buena moto. Al final, por esas cosas de la vida, terminé ganando. Pensé que ese iba a ser mi retiro con gloria de la actividad, tenía 42 años, pero bueno al final seguí.
¿Por qué a la motonáutica le dicen la “Fórmula 1 del agua”?
El reglamento es prácticamente igual: la clasificación, las puntuaciones, las normas en pista, las banderas y los tiempos son iguales a la Fórmula 1. Es más fácil para la asociación usar un reglamento estipulado como el de la FIA que inventar uno nuevo. La única diferencia que tenemos con los autos es que nosotros no tenemos frenos. Llegamos a andar a 140 km/h sin poder frenar.
En la F1 la máquina es más importante que el piloto, ¿cómo es el porcentaje en la motonáutica?
Los pilotos son muy buenos todos, pero al igual que en la F1 acá tienen mucho que ver las máquinas. Siempre digo que el piloto es un 30 por ciento responsable de la victoria, pero el 70 por ciento es por la moto. Esto no le quita responsabilidad al piloto, porque si vos le erraste a una curva o entraste mal en el agua, el problema es tuyo. Pero si la máquina te falla, te falla todo.
Tuviste una grave lesión en la espalda con la que luchaste durante mucho tiempo. ¿Qué pasó?
En la temporada 2023 me rompí feo. Yo corría para Yamaha, salté una ola, y otro competidor se me cayó encima. Me rompió varias vértebras y me volví de emergencia a Rosario. Me hicieron un tratamiento con metacrilato y me medicaron con oxicodona, pero el dolor no se iba y la situación fue empeorando. Finalmente decidí operarme porque los dolores eran terribles.
¿Y cómo fue la recuperación?
La pasé muy mal. Viví con morfina y con oxicodona. Me ponían suero y me dejaban en la clínica un día o dos. No entendíamos qué pasaba, hasta que encontraron que un nervio inguinal me estaba molestando. Me volvieron a operar y a las dos semanas me empecé a sentir bien. El dolor que sentí durante ese tiempo me liquidó anímicamente. Tomaba siete pastillas por día, una para que no me deprima, otra para el dolor inguinal, otra para el dolor los músculos, era insoportable. Recién ahora me estoy desintoxicando. Dejar la oxicodona me llevó tres días que no dormí.
¿No te dio miedo volver a competir?
Me operé en octubre de 2025 y ahora corrí en diciembre, en Uruguay, y me sentí muy bien. No paro de entrenar desde entonces y por eso decidí volver a competir en el Mundial, que se va a llevar a cabo en Estados Unidos.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN