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Es chef, vino de Perú y puso un restaurante en el barrio 31: el gesto que tuvo con los que viven en la calle

Son las 7 de la tarde y estamos en la esquina pautada, en la entrada del barrio 31. Esperamos a Alex, un hombre peruano que abrió un local de sushi y comida fusión peruano-japonesa dentro del barrio. Obviamente, somos identificados como outsiders por los que controlan la zona, somos unos pichis, no pasa nada. Es el horario en el que muchos vuelven de sus trabajos y la calle se ve muy transitada. Viven aquí más de 45 mil personas.

Allá, no tan lejos, los últimos rayos del sol pegan en los edificios de la Recoleta. Los micros que salen de la estación de Retiro bordean el lugar y aceleran. ¿A propósito? Quién sabe. Un bus no alcanza a maniobrar muy bien y le raspa el costado trasero a un auto estacionado al filo de la calle, invadiendo el cordón amarillo. Algunos fisuritas o muertos vivos, como les dicen aquí, putean al chofer y otros se ríen.

Enseguida aparece Alexander en su pequeña camioneta, sonriente. Vamos para un sector urbanizado del barrio, detrás del Ministerio de Educación de la Ciudad, que se instaló ahí hace unos años.

Ya llegó la noche y hay bolsones de oscuridad por aquí y por allá. También focos luminosos dispersos, como en las canchitas de fútbol o sectores comerciales que ya cerraron sus puertas. En lo de Alex o “el chico del sushi” o “chinito” - su nombre completo es Jorge Alexander Osorio Ramos - hay una luz tenue y todo el local tiene evocaciones japonesas y peruanas, en las cocinas de Ososhi Nikkei se trabaja con frenesí porque hay que tener listas las más de 200 porciones que hoy Alex va a salir a repartir entre los más necesitados del barrio y de la zona de Constitución. “Hoy hago arroz chaufa de pollo para los que más lo necesitan. Es algo que siempre quise hacer y viene de familia, en Perú mi familia también lo hacía y yo aprendí eso. Un plato de comida no se le niega a nadie. Aquí hay gente que necesita, es una forma de ayudar, porque a mi Argentina me dio todo", dice, mientras maniobra el wok como una extensión de su cuerpo, ya nos dijo los ingredientes conocidos, arroz blanco cocido luego salteado con el pollo, cebolla verdeo, huevo, salsa de soja, ajo, pizca de sal y otros condimentos mágicos y un envase misterioso que es su secreto gastronómico.

Dentro del local sus hermanas y su mamá hacen los preparativos para cantarle el feliz cumpleaños, Alex hoy cumple 40 años. Hace 18 llegó al país y fue bachero, mozo, aprendiz de cocina y cocinero, luego se recibió de chef, hasta que puso -alquila el local- su emprendimiento en el barrio. Él decidió en su día, en lugar de recibir, salir a dar lo que puede. Para eso hizo una colecta por redes, algunos le donaron los paquetes de arroz, otra señora los pollos, y así.

En la cocina está Nahuel, tiene 20 años y es uno de los cuatro empleados que tiene Alex y que aprenden ahí a cocinar y preparar sushi y también a realizar tragos para la barra, otro servicio con el que cuenta el bar. “Aquí aprendo y esto lo hago porque quiero hacerlo. Yo no pasé hambre, pero mis padres, que son jujeños, me contaron que cuando llegaron comían de la basura, o iban a restaurantes o panaderías a pedir comida vieja. No lo viví pero duele”, cuenta mientras va envolviendo cada porción en un film transparente y acomodándolos en una caja térmica, para que la comida le llegue a la gente lo más caliente posible. Casi todo está listo. “¡Falta apagar las velitas!“, gritan las hermanas.

Alex sopla y pide los tres deseos de rigor. Su familia lo abraza y hay alguna lágrima escondida. Y enseguida sube a la camioneta en donde cargaron la comida. La primera parada es cerca del barrio Mugica, en donde una reja divide al estacionamiento de la terminal de Retiro y el barrio. Paramos en una esquina donde se juntan varias personas a pasar la noche. Alex se acerca con la comida empaquetada y enseguida se corre la voz: “Están dando comida, comida peruana”, se comenta, Alex y una de sus hermanas y una sobrina reparten las porciones y las cucharas, también la salsa casera que es el toque necesario para saborear mejor el chaufa. “Un manjar”, repite otro. “Yo me quedé sin trabajo, soy pintor. Esto me viene bárbaro... tenía un hambre”. Alex simplemente les da la comida y no quiere molestarlos, sabe que algunos están en procesos de adicción y que cualquier cuestión por pequeña que sea puede hacer que todo lo que está bien, de pronto, puede estar mal.

Queremos salir hasta otro punto del barrio, pero la gente sigue golpeando la camioneta por más comida. Una joven se acerca, pide dos porciones, se las dan, también la salsa casera. “No me graben, porfa, no me graben. Gracias de todo corazón, gracias”, dijo, y se perdió en uno de los pasillos.

Arrancamos y volvemos a parar dentro del barrio. Otro remolino de necesitados aparece, esta vez las manos que reciben las porciones tienen mugre y llagas, producto del constante encendido de las pipetas del paco. “Hoy duermo por ahí, o dormimos todos juntos”, cuenta José, nunca había probado comida peruana. “Probemos... ¿ a ver?”, dice y engulle una cucharada repleta, cierra los ojos. “Te felicito, riquísimo, y gracias”, le dice a Alex, que sonríe tímido, todavía con la chaqueta negra y el “mandil” que utiliza para cocinar. La sobrina y hermana de Alex siguen repartiendo las porciones y la salsa casera. La comida puede juntar a personajes que seguramente son antagónicos durante el día. Se escuchan comentarios como “a ese no le des, si ya comió en el otro comedor de abajo la autopista”, o los que tienen viejas rencillas: “Ya te voy a agarrar, vas a ver”. “Tranquilos, tranquilos”, se llama a la calma.

Arrancamos la pequeña camioneta. Antes, vuelven a tocar la puerta y se van dos porciones más. Alex decide arrancar para ConstituciónNo solamente en el barrio pica el hambre.

Dejamos atrás la 31 y vamos por Alem, subimos por Garay y hacemos una parada un poco más allá del cruce con la calle Santiago del Estero. Bajamos. Un joven con un bolso agarra una porción, vuelve con varios muchachos que también piden un plato, casi desesperadamente. “Me llamo Valentín. Sí, claro que se necesita la comida. ¿Cómo está el barrio? No pasa nada. Hace dos meses que estoy en la calle. Busco trabajo y no encuentro, soy mecánico, me doy maña con los motores”. Después se queda en la puerta de una casa antigua a media luz. Alguien envuelto en una frazada y tirado en la vereda se despierta, le llega el chaufa y se lo guarda, sigue durmiendo. Otro dice que los colombianos y dominicanos, dominan la zona. “Los manipulan con las drogas. Mucho fisura. Mucho hambre”.

Volvemos a la camioneta, la noche no se termina.

Paramos en la plaza de Constitución. Hay gente con bolsos muy cerca de una panchería. Alex se acerca, dice que tiene comida. Cambian las caras de desconfianza. Dos chicos muy jóvenes aceptan el chaufa. “Hoy no sé si duermo, no podés dormir, te descansan si te dormís. La calle es así, yo vengo del conurbano, Ituzaingó”, dice uno. Los dos comen y hay un tercero que se quedó escuchando la charla. Ese acota:“Es brava la calle”. Decimos gracias por la diminuta entrevista y el que viene de Ituzaingó, pregunta si no hay una moneda para comprar algo para tomar. Lele, corazón de camarógrafo, le está por dar unos billetes y el que se había arrimado dice “que sea para todos”.

-Es que él me pidió... - dice Lele, sin saber qué hacer para evitar una pelea.

Empiezan los gritos. “¡No! ¡Me lo da a mí! ¡No, para todos! ¡Pará!“.

Me acerco y calmo al otro con dos billetes anaranjados. Aunque igual rebuzna y dice “para todos, gracias” y sigue comiendo el chaufa.

Finalmente la discusión termina cuando unas señoras dicen que ya basta, ya fue, que se calmen.

Una es Ana, que no puede pagar el hotel y se quedó en la calle. Dice que espera a una amiga que fue “a trabajar” con un cliente, que le prometió que le iba a pagar el hotel, 18 mil pesos la noche. “Mi marido está privado de su libertad, por lo que me hizo, me pegó, casi me mata. Pero ya tenía antecedentes. Está en Melchor Romero. Ahora estoy sola”. Ana le guarda una porción de chaufa a su amiga. “Cuando ella vuelva lo vamos a comer juntas”, dice. Si su amiga no consigue nada, Ana cuenta que hay un sector de árboles en la plaza, a donde va a refugiarse. “A veces estoy ahí pero no duermo. Es peligroso, soy mujer. Está jodida la calle”, cuenta.

La otra señora vive en calle con sus hijos adolescentes. El chico come y la nena también mientras su mamá cuenta sus penurias. Tampoco dormirán aunque consigan un lugar. Las hermanas de Alex y su sobrina vuelven a la camioneta, quedan pocas porciones que van a repartir en Once. La noche se pone fresca y nos despedimos de Alex, que se va satisfecho de haber cumplido su meta de hoy. “Me voy contento que la gente se vaya feliz”, dice.

Con él asistimos a una radiografía social de los marginados y el hambre agazapado en una tierra rica.

Lo vuelvo a saludar por su cumpleaños. Le pregunto si va a haber algún tipo de festejo, incrédulo de que todo haya sido esa torta rodeado de pocos familiares. Con la mirada cansada responde: “Tengo que trabajar, no hay tiempo para eso”.

Fuente: TN

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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”

De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.

Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.

Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.

Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida

Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.

Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.

En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.

Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.

Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?

La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.

La noche en que todo cambió

Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.

Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.

¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que . Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.

A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.

Una historia con fecha de vencimiento

Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.

Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.

Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.

Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.

La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.

El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?

Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.

Los trenes que los separaban también los volvían a unir

El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.

Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.

Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.

Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.

Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.

Fuente: TN

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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela

En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.

Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.

En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.

“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.

La situación en Venezuela hoy

Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.

Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.

Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.

El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794

El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.

Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).

Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.

Fuente: TN

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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección

Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.

En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.

Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.

La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.

El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.

No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.

En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.

“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.

El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.

Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.

Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.

La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.

La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.

Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.

Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.

Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.

Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.

También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.

Fuente: TN

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