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Diseñó un ingenioso plan para que sus hijas la ayuden en su casa: “El esfuerzo tiene recompensa”
A los 11 y 12 años, la vida suele medirse en la velocidad con la que se pasa de una pantalla a otra, en el apuro por llegar a la escuela o en las ganas de conseguir las figuritas del próximo Mundial. En la casa de Jes, en San Martín, la rutina tiene todo eso, pero también el pulso de un tablero invisible donde cada acción cuenta. Ella es madre soltera, emprendedora y la mente detrás de un plan casero que empezó para calmar las típicas discusiones de hermanas y terminó convirtiéndose en una rutina familiar.
El problema en casa era el de siempre: la balanza de las tareas del hogar estaba inclinada. Mía, la más chica, ayudaba en todo; Martina, la más grande, miraba para otro lado. “La que hacía más decía: ‘Si después salimos a la plaza, salimos las dos. Si después me llevás a tomar un helado, el helado es para las dos. Y yo estoy haciendo cosas en casa y ella no’”, recordó Jes a TN.
La solución no fue el reto ni la penitencia, sino el ingenio. Buscando algo equitativo que motivara a ambas por igual, diseñó un sistema propio inspirado en la economía de fichas, una dinámica de puntos positivos y negativos que se anotan día a día y se transforman, el fin de semana, en un premio económico. Hoy, el esfuerzo máximo se premia con $15.000 semanales, el escalón medio con $8000 y el piso queda en $5000.
Al principio, confiesa Jes, el living de la casa se pareció bastante a una pista de atletismo. “Arrancaron como competencia, a decir: ‘Ah no, si ella tiene tanto yo voy a tener más’ y empezar a ver qué podía hacer para sumar”. Pero el egoísmo duró poco. Con los días, las dos hermanas descubrieron que la matemática de la convivencia funciona mejor si se comparte. “Con el transcurrir del tiempo se fueron dando cuenta de que si empezaban a trabajar en equipo les servía a las dos. Por ejemplo, una dice: ‘Yo voy a hacer mi cama y después quiero colgar la ropa. ¿Me ayudás a hacer mi cama y después te ayudo a colgar la ropa?’. Era como hacer las cosas entre las dos y después se repartían los puntos. Buscaron la manera de aliarse”, explicó su mamá.
El código de convivencia que Jes armó premia la autonomía. Tender la cama suma dos puntos; colaborar con el almuerzo o lavar los platos, tres o cuatro.
Sin embargo, el verdadero tesoro del tablero está en los hábitos personales y en la iniciativa propia: “Las cosas que tienen más puntos son cuando ellas van a sus actividades y no faltan —la más grande es atleta federada y la menor hace danza y circo—, cuando hacen tareas de la escuela sin que yo se lo recuerde, o cuando comen frutas y verduras. También si por decisión propia dicen ‘ponemos una hoja de cuentas para repasar’ o ‘me voy a leer este cuento’. Mi idea es incentivar lo de ellas”.
Pero el sistema no es un pase libre: contestar mal, faltar el respeto o pelearse entre sí resta puntos de inmediato. Las acciones, les enseñó su mamá, siempre traen consecuencias.
Para Jes, el cambio fue un alivio que se siente en el cuerpo. Su rutina es un laberinto diario: arranca a las seis de la mañana, corre para dejar a las nenas en escuelas distintas, trabaja frente a la computadora, graba videos de humor para sus redes y, por las noches, asiste a una escuela para adultos. “Vuelvo tipo 10 de la noche de estudiar y a veces llego y está la casa ordenada. ‘Mirá, fuimos anotando todas las cosas que estuvimos haciendo’, me dicen. Desde que arrancamos con esto cambió muchísimo nuestra dinámica, es muchísimo más trabajo en equipo y yo puedo estar tranquila de que funcionamos todas por igual”, relató.
La madurez de Martina y Mía también se trasladó al bolsillo. De pedir juguetes o tiempo de pantalla, pasaron a administrar sus propios ingresos semanales, descubriendo de golpe el verdadero peso del dinero. “Al principio dijeron: ‘Wow, tengo plata, la empiezo a gastar’. Pero después se dieron cuenta lo que costaba juntar esa plata. Decían: ‘Si yo estoy toda esta semana haciendo un montón de cosas para juntar esta platita, no me la puedo gastar toda en un día o en dos días que voy a la feria’. Eso ayudó a que vayan administrando”. De hecho, Mía ya decidió que el costoso álbum del mundial se lo va a comprar íntegramente con sus ahorros.
De ese aprendizaje financiero nació una de las escenas que Jes guarda como el mejor de los premios. Ocurrió a la salida de una reunión escolar de la hermana mayor. “Cuando salimos, la más chiquita me dice: ‘Mirá mamá, te invito a tomar un café en el kiosquito de afuera’. Yo le dije que no se gastara su platita en esto y me contestó: ‘No me importa mamá, yo te quiero invitar un café a vos’. Una locura”, contó Jes, emocionada.
Detrás del juego, de las planillas y de los billetes repartidos los sábados, late una lección mucho más profunda, un mensaje que Jes quiere grabar a fuego en el futuro de sus hijas.
“Yo espero que el día de mañana sepan que todo su esfuerzo y todo lo que ellas hacen en la casa también sea reconocido, de alguna manera simbólica, de acompañamiento. Muchas veces el trabajo doméstico, el ser ama de casa, está invisibilizado. Entonces es darle un valor a eso. Es decir: lo que vos estás haciendo cuenta y vale. Y el día de mañana no van a estar, creo yo, con una persona aceptando lo mínimo”, completó.
Fuente: TN
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Parece Italia, pero está en Buenos Aires: el rincón con estilo de la Toscana que queda a 40 minutos de CABA
Entre las opciones para una escapada de fin de semana cerca de la Ciudad de Buenos Aires, Torrepueblo se destaca por su propuesta única: un paseo cultural y gastronómico inspirado en la Toscana italiana. Lo mejor es que está ubicado a solo 40 minutos de CABA, en Benavídez, partido de Tigre.
El complejo, inaugurado en marzo de 2016, ocupa un predio de 8 hectáreas y fue diseñado para recrear la atmósfera de los pueblos medievales del norte de Italia, con reminiscencias de Umbría y Véneto. Su acceso es gratuito y cuenta con estacionamiento sin cargo. Para llegar, hay que tomar Panamericana, Ramal Escobar, y salir a la altura del kilómetro 40,5, en Libertad 50.
Un paseo para toda la familia con shows, gastronomía y arquitectura de época
Torrepueblo es conocido como “la Toscana Argentina” y sorprende por su arquitectura: una torre central y construcciones que evocan villas italianas del Renacimiento. El complejo ofrece departamentos de dos y tres ambientes para quienes deseen alojarse, con acceso a spa, gimnasio y sala de juegos.
El paseo es ideal tanto para quienes buscan pasar el día como para quienes planean quedarse. Para las familias con chicos, la cercanía con Temaikén (a solo 10 minutos) y con Ingeniero Maschwitz permite combinar actividades. Además, el Delta del Tigre está a pocos kilómetros, al sumar otra opción turística.
Durante la semana y especialmente los fines de semana, la Plaza Toscana es escenario de recitales en vivo, shows para chicos y clases de baile. Se presentan bandas tributo y músicos independientes de distintos géneros, lo que convierte a Torrepueblo en un punto de encuentro cultural.
Propuestas gastronómicas y servicios
El paseo gastronómico de Torrepueblo ofrece opciones para todos los gustos, con especial foco en la comida italiana: casas de pasta, parrillas y cocina gourmet. Muchas familias eligen el lugar para almorzar, cenar o sólo disfrutar de un desayuno o merienda en un entorno diferente.
El complejo también cuenta con oficinas, viviendas para residencia permanente, servicio de laundry, cocheras y seguridad las 24 horas. La inversión para desarrollar el proyecto fue de unos 7 millones de dólares, con la idea de imitar una villa italiana auténtica.
Si bien el complejo no tiene piscina para visitantes ocasionales, algunos departamentos de hospedaje sí ofrecen natatorios para quienes se alojen ahí, un dato valorado especialmente en verano.
Eventos y actividades especiales
Torrepueblo dispone de un salón para eventos que se adapta a diferentes necesidades: aniversarios, cumpleaños de 15, convenciones, congresos o desayunos empresariales. El espacio se puede alquilar y cuenta con servicios adicionales para quienes lo contraten.
La cercanía con Buenos Aires y la variedad de propuestas hacen de Torrepueblo una alternativa distinta para escapadas cortas, con el atractivo de sentirse en un pueblo italiano sin salir del conurbano.
Fuente: TN
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Creció en el barrio chino de París, llegó a la Argentina y apostó por una idea que parecía descabellada
Cuando Matías McLurg era chico, vivía en el distrito 13 de París, el mal llamado “barrio chino” que en realidad estaba poblado por inmigrantes vietnamitas y camboyanos. Allí, entre edificios altos, almacenes orientales y restaurantes familiares, comenzó una historia que décadas después terminaría cambiando la gastronomía porteña.
Hijo de una argentina exiliada durante la dictadura y de un padre escocés, Matías nació en Francia, pero siempre sintió que pertenecía a más de un lugar.
“Siempre se cuidó mucho ese vínculo con la Argentina. Yo tenía la percepción de que tenía por lo menos dos casas”, recordó en diálogo con TN sobre los viajes anuales que hacía a Córdoba para visitar a su familia materna.
Un paladar entre varios mundos
Durante años, la cocina vietnamita formó parte de su vida cotidiana. No era una rareza ni una moda: era simplemente la comida de su barrio.
“Vivía en el corazón del barrio asiático de París. Toda mi vida cotidiana estaba atravesada por la cultura vietnamita”, contó.
“Bajaba de mi departamento y comía vietnamita; volvía y comía vietnamita”, dijo sobre lo que calificó de “convivencia cultural muy fuerte y temprana” que terminó teniendo una gran incidencia en su vida como empresario gastronómico.
Sin embargo, su primer camino profesional fue otro. A los 20, McLurg decidió instalarse en la Argentina, estudió Derecho, fundó una familia y llegó a ejercer como abogado. Pero algo no terminaba de encajar.
“Nunca me sentí del todo realizado como abogado”, admitió a TN. La pasión estaba en otro lado.
El salto al vacío
En 2016, junto a su socio Pablo Marotta, decidió apostar por una idea que parecía descabellada para la Buenos Aires de aquel momento: abrir un restaurante de comida vietnamita en San Telmo.
“Queríamos abrir un restaurante vietnamita porque era la posibilidad de comer lo que a mí me gustaba”, sostuvo sobre por qué eligió este tipo de comida.
La ciudad todavía no había vivido el boom de las cocinas asiáticas. Más allá del sushi, la oferta era escasa y la gastronomía vietnamita era prácticamente desconocida para el gran público.
“Hace diez años la propuesta gastronómica porteña era mucho más cerrada. Si querías comer vietnamita, prácticamente no había opciones”, afirmó al mencionar como precursor al restaurante Green Bamboo, ahora cerrado.
La elección de San Telmo no fue casual. McLurg vivía en el barrio y entendía que su espíritu cosmopolita podía ser el terreno ideal para una propuesta diferente.
Lo que siguió fue una mezcla de intuición, entusiasmo y algo de locura emprendedora: “Cuando uno arranca, no piensa tan estratégicamente. Te mueve un motor interno. Decís: hagamos esto que está buenísimo y, si tenemos suerte, va a funcionar”.
La noche que cambió todo
La apertura de Saigón Noodle Bar quedó grabada en su memoria. Fue el 17 de diciembre de 2016, “un día de mucho calor”, con una térmica que rozó los 35°C y con el local -el antiguo bar gallego La Coruña, en el Mercado de San Telmo- todavía en obra.
“Dije: esta noche abrimos. Pase lo que pase tenemos que abrir”, recordó. Aún había andamios en el local, pero la decisión estaba tomada.
Lo que ocurrió horas después sorprendió incluso a los dueños. “Levantamos la persiana y había unas 150 personas afuera esperando”, contó McLurg, todavía incrédulo 10 años después.
El fenómeno, en momentos en que el sudeste asiático se estaba poniendo de moda entre los viajeros argentinos, fue inmediato.
“Funcionó. El cliente vino, le gustó y volvió”, dijo el gastronómico, que habló de “una cuestión timing y de suerte”. Según McLurg, había una necesidad latente en el mercado: “la gente quería descubrir nuevos sabores y nuevas formas de comer”.
Para McLurg, uno de los rasgos más distintivos de la gastronomía vietnamita es su vínculo con la comida callejera, los puestitos y pequeños restaurantes. “Ahí es donde se encuentran algunos de los platos más representativos”, sostuvo.
“La riqueza de la gastronomía vietnamita está en la variedad de ingredientes, en la complejidad de sus sabores y en la creatividad con la que supieron apropiarse de otras tradiciones", como la china o la francesa, producto de la colonización del siglo XIX. “Son maestros en transformar ingredientes simples en platos muy interesantes”, sostuvo.
El desafío de encontrar a un chef vietnamita en Buenos Aires
Uno de los mayores desafíos para los socios fue algo tan básico como encontrar quién cocinara auténtica comida vietnamita.
“Encontrar un chef vietnamita en Buenos Aires hace diez años era casi imposible”, recordó McLurg. La búsqueda fue tan desesperada que llegaron a consultar en el consulado de Vietnam.
Finalmente apareció Thomas Nguyen, un cocinero vietnamita que vivió también en Tailandia y EE.UU . y tenía un restaurante a puertas cerradas en San Telmo.
La primera reacción fue poco alentadora. “Thomas nos dijo: ‘Ustedes están locos. Este proyecto no va a funcionar’”. Sin embargo, terminó sumándose al emprendimiento y fue clave para darle identidad gastronómica.
“Yo sabía qué quería en el menú porque eran las cosas que comí toda mi vida, pero no sabía cocinar. Sin Thomas, Saigón no hubiese sido posible”, afirmó McLurg.
Entre los platos estrellas de la carta figuran el pho, la sopa vietnamita más famosa, preparada con caldo aromático, fideos de arroz y carne de cerdo o pollo, así como los Spring Rolls, unos arrollados de papel de arroz con langostinos, fideos de arroz, panceta, lechuga, pepino y hierbas aromáticas, acompañados con salsa de maní y salsa nuoc cham.
Los nems fritos de cerdo son otro hit del menú, también arrollados de papel de arroz, pero de carne porcina, zanahorias, cebollas y fideos de poroto que se sirven con salsa nuoc man cham. O su versión vegana, con tofu marinado, fideos de arroz, pepinos, hierbas aromáticas y salsa de maní.
Entre los principales, el Bo Luc Lac es el más pedido, que consiste en ojo de bife marinado y salteado a la manteca, con salsa, huevo frito, tomates cherry, pepino y cilantro.
Fuente: TN
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La compra de vino online gana terreno mientras los consumidores comparan precios, cuotas y opiniones antes de elegir
Cada vez más consumidores compran vino por internet después de comparar precios, cuotas, costos de envío y opiniones de otros usuarios. Aunque el comercio electrónico todavía representa una porción reducida de las ventas de la categoría, las bodegas, los marketplaces y las tiendas digitales empiezan a modificar una decisión de compra que durante años estuvo asociada casi exclusivamente a la recomendación del vinotequero y a la experiencia presencial.
El crecimiento del canal digital no implica el reemplazo de la vinoteca, sino un cambio en el recorrido previo a la compra. Hoy, es habitual que los consumidores descubran una etiqueta en redes sociales, lean reseñas, comparen promociones entre distintos vendedores y recién entonces definan dónde comprar, según un sondeo que realizó TN.
Los datos muestran que todavía existe un amplio margen para el desarrollo del comercio electrónico en el sector. Según Youniversal, mientras el e-commerce ya representa el 18% de las ventas generales en la Argentina, la venta online de vino todavía no supera el 2%. “Eso no habla de un techo, habla de un potencial enorme todavía sin explotar”, afirmó Ximena Díaz Alarcón, CEO de la firma.
La pantalla gana espacio en la decisión
El cambio no pasa únicamente por el canal de venta, sino también por la forma en que el consumidor elige una botella. Según Trendsity, la comparación entre precios, promociones y condiciones de compra se volvió mucho más sencilla, lo que incrementó la sensibilidad al precio y redujo las diferencias de información entre bodegas, supermercados y vinotecas.
Mariela Mociulsky, CEO y fundadora de la compañía, explicó que el consumidor compra vino online cuando percibe una ventaja concreta frente al canal físico. Entre los factores que más influyen, mencionó los descuentos, las cuotas sin interés para etiquetas de mayor valor, el costo y la rapidez del envío, las reseñas de otros compradores, las fichas técnicas y la disponibilidad de vinos que muchas veces no se consiguen cerca del domicilio.
También remarcó que “la recomendación no desaparece, cambia de formato”. En ese sentido, explicó que las reseñas, los rankings, los algoritmos y hasta las herramientas de inteligencia artificial empiezan a ocupar parte del lugar que históricamente tenía el asesoramiento del vinotequero.
Youniversal coincidió al detectar una tendencia similar. “El vino es un producto donde la experiencia y la autoridad siguen siendo clave para la decisión de compra. Lo que cambió es dónde se busca esa autoridad. La pantalla reemplazó al mostrador como fuente de confianza”, señaló Díaz Alarcón.
Un comprador que planifica más
El comercio electrónico también modifica el comportamiento de compra. Según Youniversal, casi la mitad de las operaciones online se realizan en cuotas, una señal de que el consumidor incorpora variables financieras incluso en una categoría históricamente asociada al disfrute.
“El vino siempre fue una compra emocional y sensorial, pero en el canal digital esa decisión se negocia con la lógica financiera de un consumidor que administra cuidadosamente su presupuesto”, indicó Díaz Alarcón.
Néstor Arranz, especialista en e-commerce y marketplaces, explicó que el comprador online suele realizar compras de mayor volumen, aprovechar promociones y evaluar la conveniencia general de la operación más que resolver una necesidad inmediata. En ese contexto, la reputación del vendedor, la calidad de las publicaciones, la logística y las condiciones de entrega pasan a formar parte de la decisión junto con la etiqueta elegida.
Para Arranz, el marketplace no elimina la tradición del vino, pero obliga a las bodegas a competir en un entorno donde el consumidor puede comparar alternativas en pocos segundos y donde la claridad de la propuesta comercial adquiere un peso decisivo.
El desafío de hablarle al consumidor
Además de vender por nuevos canales, la industria enfrenta el desafío de adaptar la forma en que comunica sus productos.
Dolores Lavaque, fundadora de Dolores Lavaque Studio y docente de CAVE, consideró que promociones, financiación y envíos ayudan a impulsar la compra, pero advirtió que el consumidor necesita, sobre todo, orientación para elegir entre una oferta cada vez más amplia. “El gran desafío no es solamente vender online, sino entender cómo decide ese consumidor y cómo lo acompañamos en ese proceso”, explicó.
También sostuvo que la expansión de los marketplaces modificó el recorrido previo a la compra sin desplazar completamente a la vinoteca que, dijo, “sigue teniendo un rol muy valioso como espacio de curaduría, recomendación y confianza”. “Lo que cambió es que hoy el consumidor llega al vino por muchos caminos al mismo tiempo”, explicó.
Lavaque traerá en agosto, y por primera vez a Argentina, el Programa Ejecutivo de Marketing Estratégico del Vino, una propuesta desarrollada por Dolores Lavaque Studio junto a CAVE que busca acercar herramientas de estrategia, construcción de marca, comprensión del consumidor y planificación de negocios a profesionales de la industria vitivinícola.
Un negocio que también impulsa otras actividades
Mientras cambia la forma de vender y comprar vino, la actividad continúa expandiéndose hacia nuevas regiones productivas. Desde la Federación de Obreros y Empleados Vitivinícolas y Afines (FOEVA) señalaron que proyectos de menor escala en distintas provincias amplían la oferta y fortalecen las economías regionales.
“Estamos viendo un crecimiento y una extensión de la actividad vitivinícola en distintas regiones del país, con bodegas más boutique, proyectos más pequeños y una fuerte presencia de vinos de autor que se van sumando a toda la cadena productiva”, explicó Daniel Romero, secretario de Prensa de FOEVA.
Romero agregó que el desarrollo de la actividad beneficia también al turismo, la gastronomía, el comercio y a los proveedores vinculados con la producción vitivinícola, mientras que la diversidad de regiones abre nuevas oportunidades comerciales tanto en el mercado interno como en el exterior.
El desarrollo de los canales digitales también amplía las posibilidades comerciales para las bodegas que buscan llegar a consumidores fuera de sus mercados habituales. En ese proceso, la logística gana importancia.
Desde Mail Boxes Etc. señalaron que muchas bodegas y pymes exportan partidas más pequeñas, productos premium o muestras comerciales, por lo que requieren soluciones flexibles para llegar a nuevos mercados. “Las economías regionales están ganando protagonismo en mercados internacionales gracias a productos que compiten por calidad, diferenciación e identidad. Para muchas de estas empresas, contar con soluciones logísticas flexibles y acompañamiento especializado resulta clave para sostener ese crecimiento y acceder a nuevos destinos”, dijo Santino Rebuffo, Country Manager de Mail Boxes Etc. Argentina.
Fuente: TN