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De pasaportes romanos a cucharitas de avión: el museo sin edificio con 50.000 piezas en 20 países
Durante décadas, los museos fueron asociados a edificios solemnes, recorridos rígidos y vitrinas silenciosas. El Museo del Turismo propone romper con esa lógica: se trata de una entidad sin fines de lucro dedicada a exhibir la historia de esta actividad, recuperar material olvidado y compartir curiosidades vinculadas al viajar, pero con una particularidad que lo distingue de cualquier otra institución cultural: no tiene una sede única. Su territorio es el mundo.
El proyecto nació en enero de 2016 como un “hobby” impulsado por Alberto Bosque Coello, promotor turístico español con más de tres décadas de trayectoria en la región de Castilla y León. Con el tiempo, aquella iniciativa personal se transformó en una propuesta colectiva que hoy coordina junto a otros cuatro referentes del sector.
A diez años de su creación, el Museo del Turismo se consolidó como una red global sin precedentes. No hay una dirección central ni un edificio emblemático: se trata de un museo extendido, descentralizado y en permanente movimiento.
Un museo sin fronteras
A diferencia de las instituciones tradicionales, el Museo del Turismo funciona a través de “salas” permanentes ubicadas en lugares que ya forman parte del ecosistema viajero: hoteles, agencias de viajes, oficinas de turismo y centros de formación.
“Actualmente contamos con 126 salas distribuidas en 20 países, y este 2026 marcará un hito histórico con la apertura de la sala número 127 en Nueva Zelanda, lo que nos permitirá tener presencia en los cinco continentes”, anticipó Bosque Coello.
Esta estructura es posible gracias a una comunidad internacional que sostiene el proyecto de manera ad honorem: más de 600 personas colaboran en el cuidado de las colecciones, con el respaldo de 200 compañías y un equipo de 30 community managers que difunden los contenidos en 20 idiomas a través de plataformas digitales.
De hélices históricas a “pasaportes” de bronce
¿Qué tesoros se pueden encontrar? El Museo del Turismo custodia alrededor de 50.000 piezas que abarcan desde objetos curiosos hasta elementos de alto valor histórico y arqueológico. Hagamos un pequeño repaso.
En la Sala 63, ubicada en Pernambuco, Brasil, se exhibe la hélice del hidroavión Fairey F III-D MkII que realizó en 1922 el primer vuelo entre Portugal y ese país. En tanto, la Sala 49, en Palencia, España, alberga las téseras de hospitalidad: piezas de bronce de más de 2.000 años de antigüedad que funcionaban como salvoconductos o documentos de identidad para viajeros celtas y romanos.
Las téseras son pequeñas piezas, metálicas o de hueso, que eran utilizadas como contraseñas y que garantizaban acuerdos recíprocos de protección y ayuda. Incluso podían ser fragmentadas para que cada parte tuviera una mitad, que luego se encajaba para verificar el acuerdo.
“Otro elemento destacado en las vitrinas son los primeros carnets de Guías de Turismo o Acompañantes de Forasteros y sus insignias, exhibidos en la sala 17, en la Escuela Turismo Alhamar, en Granada, España, que datan de hace más de medio siglo”, señaló el coordinador.
La colección funciona como un collage de la memoria viajera: cucharitas de líneas aéreas, uniformes antiguos de azafatas, lámparas ferroviarias, cámaras fotográficas de distintas épocas y cartelería publicitaria centenaria que ya invitaba a descubrir destinos lejanos.
También se conserva folletería utilizada para atraer turistas a acontecimientos específicos, como el eclipse total de sol observado en Burgos, España, en 1905; objetos vinculados a la historia de las estaciones de servicio; postales, souvenirs y una amplia variedad de piezas que dan cuenta de la evolución del turismo como práctica social.
Algunos de esos tesoros se exhiben en muestras itinerantes. Por ejemplo, “hasta finales de marzo de 2026, por ejemplo, el Museu del Turisme de Calella (Barcelona) exhibe la muestra “Destino España”, compuesta por 40 pósters que recorren la historia de la promoción turística del país a través de su cartelería".
La Argentina: una parada obligatoria
La Argentina participa de esta ruta histórica, y cuenta actualmente con seis salas abiertas al público:
- Ciudad de Buenos Aires: hay tres espacios dedicados a pioneros de la industria. Uno fue Juan Carlos Tártara, y se lo homenajea en las oficinas de la empresa que fundó, Viajes Piamonte (Sala 21). El segundo es Mario Aragoneses (Sala 105), creador de la compañía Aragoneses Viajes y Turismo. Y la Sala 26 que funciona en el Instituto Superior Perito Moreno de Buenos Aires recuerda a Sara Spinelli, impulsora de la formación turística en el país.
- Córdoba: la Sala 24 en la Agencia de Turismo Itatí resguarda materiales diversos sobre la evolución de la actividad.
- Sierra de la Ventana: la Sala 40 revive la historia de la comarca, del mítico Club Hotel y la labor turística del pionero Ernesto Tornquist.
- La Pampa: la Sala 107 ofrece una inmersión en la literatura de viajes y folletería del mundo desde la Biblioteca Profesor Fernando Aráoz, de la Secretaría de Turismo de Santa Rosa.
Una red abierta y participativa
El Museo del Turismo no es solo para observar recuerdos, sino una iniciativa totalmente participativa. Cualquier viajero, empresa o institución puede sumarse a esta aventura de tres formas: abriendo una nueva “sala”, donando material histórico (como guías, postales o souvenirs) o simplemente difundiendo el proyecto para que la red siga creciendo.
Como bien señala un artículo publicado por Aitor Pedrueza en el blog del Museo, el concepto moderno de turismo comenzó con visionarios como Thomas Cook, quien en 1841 delineó el primer viaje organizado de la historia.
“Movido por las oportunidades que podría brindar, el empresario fletó un tren para un grupo de personas que quería asistir a un congreso antialcohol desde Leicester a la localidad de Loughborough, en Inglaterra”, recuerda Pedrueza. Aunque la iniciativa no funcionó como esperaba, fue el puntapié inicial para que Cook creara su propia agencia de viajes, sentando así las bases de una industria que transformaría la forma de viajar.
Hoy, el Museo del Turismo retoma ese espíritu aventurero para recordarnos que cada vez que hacemos sellar un pasaporte o abrimos un mapa estamos escribiendo una página más en el libro global de las excursiones.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN