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Cómo será el mundo cuando se retire el coronavirus COVID-19
Las grandes crisis han sido siempre, históricamente, momentos de cambio radical. Algunos creen que tras el coronavirus se abrirá la oportunidad de reorganizar una sociedad mejor; otros argumentan cómo, al contrario, la injusticia prevalecerá
Desde su aparición a fines de diciembre de 2019 en Wuhan, China, el nuevo coronavirus transformó —literalmente— la faz de la Tierra. En casi 100 días el COVID-19 hizo una labor de años: impuso el trabajo a distancia, cerró las escuelas, causó millones de desempleados y buena parte de los comercios, terminó con las reuniones de gente (lo que equivale a decir que eliminó conciertos, obras de teatro, grand slams y juegos olímpicos, pero también cumpleaños, casamientos y funerales), vació las calles de las grandes ciudades, generó los planes de rescate de la economía más enormes de la historia, devolvió sentido a la información de calidad sobre los supuestos de las redes sociales, dejó a miles de millones en cuarentena (incluidas víctimas de violencia familiar encerradas con sus victimarios), impuso la distancia social, cambió los rituales de higiene, eliminó el apretón de manos, creó los documentos de inmunidad para certificar quién puede volver a interactuar en el mundo...
..."en algunos lugares —sigue la enumeración de un profundo análisis de The Guardian—, los propietarios no cobrarán la renta ni los bancos las cuotas hipotecarias, y las personas sin techo podrían quedarse gratuitamente en hoteles; se pondrán en marcha experimentos para la provisión de ingresos básicos directamente desde el Estado".
La magnitud y la velocidad de los cambios evocan menos el ritmo de las transformaciones en democracia que apenas un puñado de antecedentes: “La epidemia global de gripe de 1918 ayudó a crear los servicios nacionales de salud en varios países europeos. Las crisis gemelas de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial sentaron las bases para el moderno estado de bienestar”, comparó Peter Baker en su extenso artículo. Pero, también, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que causaron tanto guerras y ocupaciones como el permiso para suspender la privacidad, o la crisis de 2008, que dejó huellas económicas y sociales todavía perceptibles.
“Debido a que las crisis moldean la historia, cientos de pensadores han dedicado sus vidas a estudiar cómo se desarrollan. Esta tarea —que podríamos llamar ‘estudios de crisis’— muestran cómo, cuando las crisis llegan a una comunidad determinada, la realidad fundamental de esa comunidad queda al descubierto. Quién tiene más y quién tiene menos. Dónde está el poder. Qué valora la gente y a qué le teme”.
Pero además de revelar los huesos que quedan bajo el tejido roto de la normalidad, se vislumbran las formas posibles de aquello que lo reemplazará. “Algunos pensadores que estudian los desastres se centran más en todo lo que puede salir mal. Otros son más optimistas y enmarcan las crisis no solo en términos de lo que se pierde sino también de lo que se podría ganar”.
Perspectivas pesimistas
Para Mike Davis, un historiador estadounidense que escribió sobre la gripe aviar en 2005, las pandemias son un ejemplo perfecto de la clase de crisis a las que el capitalismo global es particularmente vulnerable, debido al movimiento constante de personas y mercancías por un territorio que parece único pero que, en realidad, está fragmentado. Así, aunque el coronavirus es una misma batalla en todas partes, “podría haber mucha demonización y pedidos de aislamiento”, dijo Davis al periódico británico. “Lo cual implicará más muertes y más sufrimiento a escala mundial”.
La xenofobia no se hizo esperar: “Funcionarios republicanos, think tanks y medios de comunicación ha dicho o dejado implícito que el COVID-19 es un arma biológica china de factura humana. A su vez, funcionarios chinos han impulsado la teoría conspirativa de que el brote llegó a China llevado por soldados estadounidenses”, citó Baker. Quizá el ejemplo más claro haya sido el primer ministro húngaro Viktor Orbán: “Estamos librando una guerra en dos frentes: un frente se llama inmigración y el otro es el coronavirus. Existe una conexión lógica entre ambos".
En el vértigo de la crisis, algunos cambios se plantean como transitorios, por la necesidad del momento. Pero se quedan para siempre, sin que en la coyuntura se pueda comprender las implicaciones que podrían tener en otros contextos. “La académica Shoshana Zuboff, autora de La era del capitalismo de la vigilancia, me recordó que antes del 11 de septiembre [de 2001] el Gobierno de los Estados Unidos había estado en el proceso de desarrollar regulaciones serias para darle a los usuarios de internet una verdadera elección sobre cómo se usaba y cómo no se usaba su información personal”. Y todo cambió en cuestión de días.
Con consecuencias hasta hoy: “Para los Gobiernos que buscan monitorear a sus ciudadanos cada vez más y para las empresas que se quieren enriquecer haciendo lo mismo, sería difícil imaginar una crisis más perfecta que una pandemia global”, siguió Baker. “Hoy en China hay drones que buscan personas sin barbijos; cuando las encuentran, los altavoces de los drones emiten las amonestaciones de la policía”. Alemania, Austria, Italia y Bélgica utilizan datos de las empresas de telecomunicaciones —"anonimizados, por ahora", apuntó el autor— para rastrear el movimiento de las personas. “En Israel, la agencia de seguridad nacional tiene permiso para acceder al registro telefónico de las personas infectadas. Corea del Sur envía mensajes de textos al público para identificar a individuos potencialmente infectados y compartir información sobre dónde han estado”.
Vasuki Shastry, investigador de Chatham House que se especializa en la relación mutua entre tecnología y democracia, analizó: “Para la gente es muy difícil recordar el derecho a la privacidad cuando tratan de sobrellevar algo como una pandemia. Y una vez que el sistema se impone a gran escala, puede ser muy difícil volverlo atrás. Y entonces, quizá, sirve para otras cosas”.
Tanto en Israel como en Hungría, los primeros ministros tienen hoy la capacidad de gobernar por decreto, sin que interfieran los legisladores o los jueces. En el Reino Unido, la policía y los agentes de inmigración tienen la autoridad, durante los próximos dos años, de detener a los sospechosos de ser portadores del coronavirus, para que se les haga el análisis. “Estos poderes se habilitan y suenan razonables en el momento, y luego rápidamente se emplean con otros fines que nada tienen que ver con la democracia o la seguridad pública”, observó Kevin Blowe, de Netpol, un grupo británico sobre el derecho a la protesta.
Perspectivas optimistas
Otra escuela de pensamiento ve en las crisis “destellos de posibilidades”, continuó Baker. Para los que se identifican con esas ideas, el COVID-19 podría abrir las puertas a políticas más progresistas. Rebecca Solnit, una de las principales analistas de las crisis y sus consecuencias, parece creerlo: “Hay espacio para un cambio que antes no existía. Es una apertura”. Y Pankaj Mishra escribió: “Ha sido necesario un desastre para que el estado asuma su responsabilidad original de proteger a los ciudadanos”.
Si antes se consideraba que la intervención estatal, o un estado grande, eran inviables, ahora se insinúa que el mercado solo también lo es. “Desde esta perspectiva, hoy la tarea no es luchar contra el virus para volver a lo mismo de siempre, porque lo mismo de siempre ya fue un desastre. En cambio, el objetivo es combatir el virus y, al hacerlo, transformar lo mismo de siempre en algo más humano y seguro”, sintetizó Baker.
En su libro Un paraíso hecho en el infierno, Solnit utilizó ejemplos de desastres como el terremoto en la ciudad de México de 1985, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y el huracán Katrina para argumentar que en las emergencias no solo lo malo se revela como aún peor ni la gente se vuelve solamente suspicaz y egoísta: los desastres también abrieron las reservas humanas de improvisación, solidaridad y decisión, incluso en medio del dolor y la pérdida.
“El libro no fue un llamado a celebrar el desastre sino a prestar atención a las posibilidades que podría contener y al modo en que nos podría sacar de encima viejas costumbres", recordó Baker. "En el relato de Solnit, las respuestas ‘oficiales’ a los desastres mostraban una tendencia a confundir el cuadro al tratar a las personas como parte del problema a gestionar, no como una parte invaluable de la solución”.
La crisis del COVID-19, en comparación con la del 2008, que hasta era difícil de entender por la complicada ingeniería financiera de los créditos que la causaron, es transparente. “Es una docena de crisis enredadas en una sola, y todas se desarrollan a la vez y de maneras que no se pueden pasar por alto. Los políticos se están infectando. Las celebridades ricas se están infectando. Los amigos y los parientes se están infectando”.
Si bien las diferencias económicas y sociales persisten, esta vez la catástrofe se parece bastante a estar todos en el mismo barco, observó The Guardian: “Los optimistas creen que hay esperanza de que podamos empezar a ver el mundo de otra manera. Acaso podamos concebir nuestros problemas como algo compartido y la sociedad como algo más que una masa de individuos que compiten entre sí por la riqueza y el estatus”.
¿Y el cambio climático?
Hasta poco antes de la irrupción del coronavirus, la conversación global más importante era sobre el cambio climático. Y es posible que, tras la crisis del COVID-19, vuelva al centro del escenario, pero de otra manera.
Las dos cuestiones tienen “similitudes sugestivas”, destacó Baker. “Ambas requerirán niveles inusuales de cooperación global. Ambas demandarán cambios en la conducta de hoy para reducir el sufrimiento de mañana. Hace mucho ya que los científicos anticiparon con gran certeza ambos problemas, mientras que los gobernantes no podían ver más allá de las estadísticas de crecimiento del trimestre fiscal siguiente. En consecuencia, ambos requerirán que los Gobiernos tomen medidas drásticas y eliminen la lógica del mercado en ciertos ámbitos de la actividad humana”.
“Hace años que intentamos pasar a la gente de una actitud normal a una actitud de emergencia", dijo Margaret Klein Salamon, directora de Movilización por el Clima. “Lo que se considera políticamente posible es básicamente distinto cuando mucha gente entra en ‘modo de emergencia’, cuando aceptan que hay peligro y que, para estar seguros, tenemos que hacer todo lo que podamos. Ha sido interesante ver esa teoría validada por la respuesta al coronavirus. Ahora el desafío es mantener activado el ‘modo de emergencia’ con respecto el clima, cuyos peligros son de magnitud mayor".
Si bien la analogía entre las dos situaciones no llega mucho más allá —"la mayoría de la gente no siente que ellos o sus seres queridos podrían morir por la crisis climática este mes", recordó crudamente Baker— es posible que la experiencia del COVID-19 “nos ayude a comprender el cambio climático de otra manera”. Una de las noticias que se repitieron es el impacto del paro productivo en el medioambiente: la contaminación cayó enormemente.
“A principios de marzo, el científico Marshall Burke, de la Universidad de Stanford, utilizó los datos de contaminación de cuatro ciudades chinas para medir los cambios en el nivel de PM2,5, un contaminante particularmente nocivo que ataca el corazón y los pulmones. Estimó que, solo en China, la reducción de las emisiones desde el comienzo de la pandemia había salvado, de hecho, las vidas de al menos 1.400 niños menores de cinco años y 51.700 adultos mayores de 70 años”, citó el periódico británico.
Nunca hay que desperdiciar una gran crisis
¿Sería posible dar algunos pasos para que las perspectivas de los optimistas tengan más probabilidades de concretarse que las de los pesimistas? “Philip Mirowski, autor de Nunca desperdicies una gran crisis: cómo el capitalismo sobrevivió el colapso financiero, advirtió contra la complacencia", citó Baker, que abriría las puertas a las peores perspectivas.
“El resultado político de la epidemia —dijo Mike Davis—, como todos los resultados políticos, se decidirá en una lucha, en batallas por la interpretación, por señalar qué cosas causan los problemas y cuáles los solucionan. Y necesitamos comenzar a analizar eso, en el mundo, como podamos". Un obstáculo evidente es la distancia social, que hace imposibles las manifestaciones en las calles, una de las expresiones políticas más arraigadas.
Pero Davis tiene esperanza en que los manifestantes encontrarán un modo de estar en las vía pública. “Especuló que una acción con todos los participantes munidos de carteles separados por tres o cuatro metros sería una imagen espectacular para los medios”, citó el texto. “Solnit dijo que le daba ánimo ver las nuevas formas que las personas encontraban para conectarse y ayudarse mutuamente en el mundo entero, desde las redes de reparto domiciliario en los barrios, que surgieron para llevar alimentos a las personas que no podían salir hasta las intervenciones más simbólicas, como unos niños que fueron a tocar música frente a la casa de un anciano”. El politólogo italiano Alessandro Delfanti vaticinó una ola de huelgas posbrote en los almacenes de Amazon en los Estados Unidos y en Europa.
“Lo que suceda a continuación podría depender de la capacidad de los optimistas para trasladar esos momentos de solidaridad a la esfera política, para argumentar que no tiene sentido ocuparse del COVID-19 sin al menos tratar de arreglar todo lo demás también, para crear un mundo en el que los recursos compartidos rindan más a una mayor cantidad de gente”, analizó Baker.
Citó, para concluir, el libro de Solnit: “Ni siquiera tenemos un término para nombrar esa emoción que nos causa lo maravilloso que llega envuelto en lo terrible, la alegría en la pena, el coraje en el miedo. No podemos darle la bienvenida al desastre, pero podemos valorar las respuestas, tanto prácticas como psicológicas”. Porque no existe un camino alternativo, de todas maneras: en las últimas semanas la humanidad comprobó que hasta lo más sólido en apariencia puede cambiar en un instante.
Fuente: Infobae.com
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La historia de la Labubu: el imperio que factura US$27.500 millones y tiene fanáticos como Rihanna y De Paul
Es, al mismo tiempo, una muñeca, un accesorio de moda, un artículo coleccionable y un objeto aspiracional.
Es algo que tienen en común Rihanna, Kim Kardashian, una superestrella del K-Pop, Rodrigo de Paul, y mi hija Julieta, de 9 años.
Las Labubus se han convertido en un boom global.
Se agotan apenas salen al mercado las nuevas ediciones, en Europa se han tenido que suspender las ventas por los disturbios ocasionados en las filas, hay decenas de miles de videos en TikTok con los unboxing. Algunas que originalmente salían alrededor de 30 dólares han llegado a valer 170.000 en la reventa.
Si usted nunca ha visto una Labubu, debe saber que se trata de unos muñecos de unos 20 centímetros de alto con cuerpo de peluche y cabeza de vinilo. Ojos muy grandes, ovalados y expresivos, orejas puntiagudas, nariz pequeña, y una ambigua sonrisa de exactos 9 dientes -hasta las versiones truchas tienen 9 dientes-: no sabemos si es una sonrisa simpática o algo malévola. El que las observa por primera vez no sabe si se trata de una muñeca tierna o siniestra.
Según sus creadores la describen en la web oficial, Labubu es “buena y siempre está dispuesta a ayudar, pero a menudo, sin querer, consigue lo contrario”. Pero no se trata más que de storytelling.
Rodrigo de Paul y Rihanna comparten su amor por el accesorio furor (Foto: Inter Miami / Daily Mail)
Quién es el creador de las Labubus y por qué tardaron tanto en convertirse en furor
Fueron creadas originalmente por el artista coreano Kasing Lung. Eran parte de un libro ilustrado y Labubu era uno de Los Monstruos.
Las muñecas Labubus salieron al mercado en 2019 como parte de una serie y sin demasiada expectativa. Era un producto más de los que se sacaban para el público infantojuvenil. Pop Mart, la empresa fabricante, no había depositado muchas ilusiones en ellas. Y en los primeros años no se equivocaron. Un camino lento y discreto. Hasta que en 2024 se produjo la explosión fenomenal.
Primero fue China, luego el resto del mercado asiático. Después, el mundo occidental.
Dicen que quien inició la tendencia fue Lisa, cantante K-pop e integrante de la banda Blackpink. Cada cosa que ella muestre en sus redes es consumida después con devoción por sus millones de fans. Zapatillas, ropa, teléfonos, restaurantes a los que concurre. En abril del 2024 publicó en Instagram varias imágenes junto a sus Labubus. Sus fans se encargaron del resto.
A partir de ese momento no se detuvo el fenómeno. Se esparció velozmente. Un contagio global.
Según la edición, las Labubus pueden salir entre 18 y 50 dólares. Pero después hace su trabajo el mercado, la ley de oferta y demanda. La desesperación de la gente por tenerlas es tal, que su precio en el mercado de la reventa se multiplica exponencialmente.
Las peleas que surgen en los lugares de venta física se deben a que algunos acaparan demasiadas para venderlas en sitios de internet a precios mucho más elevados que los originales. Agio y especulación en el mercado de las muñecas. La empresa debió suspender en más de una ocasión estas ventas en comercios y realizarlas totalmente a través de internet debido a los disturbios (en los que estuvieron involucrados dependientes, padres, niños y adolescentes).
No se hace demasiado sencillo explicar las causas de este éxito descomunal. No se trata de una idea revolucionaria ni del diseño más hermoso del mundo. Es más, al enfrentarse a ellas por primera vez, uno no sabe si son bellas, tiernas, insípidas o desagradables. No parecen memorables a primera vista.
Como suele ocurrir en estos casos se mezclan algunos factores racionales, con el efecto contagio, lo aspiracional, la sintonía con un público determinado y la propagación inmediata que realizan la web y las redes sociales que provoca en otros una necesidad de la que carecían, un deseo irrefrenable hacia ese objeto.
En las redes, por ejemplo, se encuentran diferentes videos que muestran a personas amuchadas, alrededor de una joven abriendo una caja de Labubu. Están ansiosos por saber cuál le tocó de toda la colección.
Uno de los motivos de intriga y seducción es que vienen en cajas cerradas y el comprador no se sabe con cuál de las Labubu se va a encontrar. Ahí en las blind boxes está una de las claves. Algunas muñecas son mucho más usuales que otras. Están también las figuritas difíciles del álbum: oscuros objetos del deseo de los coleccionistas.
La comparación con las figuritas parece razonable (más allá del precio). Porque uno no sabe qué viene dentro del paquete, porque existe el riesgo alto de que salgan repetidas (late, late, late) y porque se genera una pulsión por completar la colección. Otro factor parece ser el de la oportunidad; reemplazaron a las Sonny Angel, el anterior y breve furor de juguetes/accesorios. Pero las Labubus llegaron a lugares que antes no habían sido alcanzados por ningún juguete y menos a tanta velocidad.
Alguien explicó que en los consumidores se impuso el estilo Kawaii, que describe una estética infantil, naif, modos de escapar de la rutina no convencionales, que se alejan de lo solemne y del concepto de lo adulto.
Hace poco en su columna semanal, el escritor Rodrigo Fresán, después de confesarse coleccionista de algunos ítems a lo largo de su vida, trató de entender lo que está sucediendo con la creación de Pop Mart y habló de algo similar: “Los adultos están comprando más juguetes que nunca no porque quieran volver a ser niños, sino porque siente que así escapan de un mundo caótico y de futuro incierto. Son -así se los ha calificado- Kidults. Suerte mala de lost boys peterpánicos quienes -como sienten que se juega con ellos- se dicen que lo mejor es seguir jugando y no tener un juguete, sino que ese juguete te tenga y te contenga”.
Que su origen sea chino no generó en los países occidentales la preocupación que se podría haber supuesto a priori. “Es tan buen producto que a nadie parece importarle de dónde vienen”, dijo un experto estadounidense que probablemente tenga en su casa una hija embobada con estos monstruitos de 9 dientes.
Pop Mart extiende la franquicia todo lo que puede y aprovecha el impulso. No solo hay muchas ediciones distintas de Labubus, sino que otras criaturas de la serie Los Monstruos ya están en el mercado. Es evidente que pertenecen a la misma familia, tanto que las diferencias con la Labubu son muy escasas, son variaciones: los Zimomo (Labubu con cola), Mokoko (novia del anterior) o Tycoco (un esqueleto de Labubu).
Después hay Labubus para cada ocasión. Hay algunas asociadas a Coca Cola, otras recrean motivos artísticos y se venden en el Museo del Louvre.
También, Pop Mart procura obtener la mayor parte posible del negocio. No solo vende de manera directa a través de su web, sino que puso máquinas expendedoras en más de 30 países y creó unos roboshops que no necesitan de dependientes.
Pero la empresa no es la única que intenta monetizar el fenómeno. Cada semana en sitios de noticias de todo el mundo aparecen noticias de grandes decomisos de partidas enormes de Labubus truchas por valores de cientos de millones de dólares. Nadie quiere quedarse fuera del negocio.
Wan Ning, fundador de Pop Mart, superó en la lista de mayores fortunas de su país a Jack Ma, de Alibaba
En esta historia hay un gran ganador: Wan Ning, fundador de Pop Mart. Wan Ning, gracias al furor de las Labubus, se convirtió en hipermillonario. Es uno de los hombres más ricos de China (y del mundo). Superó en la lista de mayores fortunas de su país a Jack Ma, fundador de Alibaba. Forbes calcula su fortuna en 27.500 millones de dólares.
Hoy Pop Mart vale al menos tres veces más que Mattel y Hasbro, las grandes empresas de juguetes y muñecas clásicas, propietarios de Barbie y sus derechos, entre muchos otros. Las acciones de la empresa china aumentaron su cotización un 500% desde la explosión mundial de las Labubus.
En las últimas convocatorias de la Selección Argentina, uno de los motivos de intriga era ver qué look elegían los jugadores al ingresar al predio de Ezeiza. Rodrigo de Paul y Otamendi, acaso, sean los más audaces y a la vanguardia de la moda. En la fecha FIFA reciente, varios ingresaron con bolsos de grandes marcas. Pero Rodrigo de Paul le sumó un accesorio. De su bolso colgaba una Labubu que tenía puesta la camiseta 7 de la selección argentina, su número.
Rihanna también lleva una Labubu especial en su cartera, lo mismo que Cher (para buscar una antípoda generacional, para que se vea que no solo es cosa de jóvenes) y decenas de figuras más de Hollywood, la canción, el deporte. También nenas de primarias que las cuelgan de sus mochilas o les hacen upa al terminar el horario escolar.
Fuente: TN
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Su bebé fue devorada por un animal salvaje pero no le creyeron y la condenaron por asesinato: el caso de la familia Chamberlain
Corría el mes de agosto cuando el matrimonio australiano Lindy (32) y Michael (36) Chamberlain decidieron tomarse unos días de vacaciones. Disfrutaban mucho de la vida al aire libre y pensaron que acampar con sus tres hijos (Aidan,7; Reagan, 4; y Azaria, de solo 9 semanas de vida) en un camping familiar ubicado en Uluru, cerca de Ayers Rock, un lugar sagrado para los aborígenes locales, era una excelente idea. Salieron del pueblo minero Mount Isa, en el que vivían al norte de Queensland, en su auto Holden Torana amarillo. Debían viajar unos 1282 kilómetros hasta el parque nacional ubicado en el centro de Australia. El miércoles 13 de agosto de 1980 cargaron las carpas y todo lo necesario para sus vacaciones y partieron felices.
De haber sabido que abrir la puerta de su casa esa mañana sería abrir la puerta del infierno más temido, jamás habrían traspasado el umbral. Pero la realidad siempre es contrafáctica y volver los segundos atrás solo se puede hacer en las películas.
La religiosa familia Chamberlain
Michael Chamberlain, de origen neozelandés, había llegado a Australia en 1964, con solo 20 años. Se convirtió en pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y fue precisamente en el templo donde conoció a Alice “Lindy” Lynne Murchison, quien también había nacido en Nueva Zelanda, el 4 de marzo de 1948. Ella era hija de otro pastor de la iglesia y había llegado a Australia con su propia familia siendo pequeña.
Se enamoraron y todo terminó en casamiento el 18 de noviembre de 1969. Los primeros cinco años de su vida en pareja los pasaron en la isla australiana de Tasmania. Mientras su marido trabajaba como pastor religioso, Lindy estudiaba confección, sastrería y dibujo. Cuatro años después del casamiento nació Aidan. Luego se mudaron a Bowen, en Queensland, donde en 1976 llegó Reagan, el segundo hijo. Y, finalmente, se instalaron en Mount Isa. En junio de 1980, Lindy dio a luz a Azaria. La primera hija mujer. Eran felices con su familia simple, religiosa y sin grandes ambiciones económicas. En Mount Isa ambos trabajaban. Lindy, además de estar comprometida con las labores religiosas de su marido, confeccionaba vestidos de novia por encargo.
Nunca podrían haber imaginado por ese entonces, con sus vidas anónimas y tranquilas, que sus nombres estarían por años impresos en la prensa internacional, que su historia inundaría documentales y que llegaría a la pantalla grande de Hollywood con la película postulada al Oscar Un grito en la oscuridad, con Meryl Streep interpretando a Lindy. Porque su tragedia personal se convirtió en éxito de taquilla y significó dinero para muchos durante décadas. Mientras ellos quedaron sumidos en la desesperación y el desastre.
El dolor de unos, la inspiración de otros y la curiosidad del resto. Como siempre ocurre cuando una historia tiene los condimentos no deseados del horror, la muerte, la intriga, la confusión y los temibles prejuicios.
Una beba de cinco kilos
Luego de tres días de viaje, los Chamberlain llegaron a destino dentro del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta. Fue el sábado 16 de agosto de 1980, por la tarde. Los adultos bajaron los petates, armaron las carpas y se dispusieron a disfrutar de la naturaleza.
A la mañana siguiente, domingo 17, visitaron el monolito de Uluru, llamado la Roca Sagrada, y estuvieron en La cueva de la Fertilidad. Mientras Michael y los dos varones trepaban y se divertían, Lindy llevaba siempre a Azaria con ella. Se sacaron fotos. En una se ve a Lindy sosteniendo a Azaria por los brazos y con sus pequeños pies apoyados sobre esa tierra colorada y remota. Fue en ese recorrido que Lindy observó a un dingo, típico perro salvaje australiano. Son animales que abundan en la zona. Lo espantó con firmeza para que no se acercara a ellos.
La temperatura del día era amable y rozaba los 20 grados, pero cuando caía el sol subía el frío. A las cinco de la tarde se sentaron cerca del calor de una barbacoa para cocinar y conversar con otros turistas del campamento. Lindy tenía sobre su falda a la pequeña Azaria, la beba regordeta y rubia ya pesaba unos 5 kilos. Estando allí, cerca del fuego, Lindy observó a otro dingo y pensó que el animal se había acercado por el olor a carne asada. Michael le tiró un trozo de pan, pero el dingo no le prestó atención y lo dejó tirado.
Luego de comer, a eso de las ocho, Lindy decidió que ya era hora de llevar a Azaria y a Reagan a la carpa para que descansaran. Estaba armada a unos veinte metros de donde estaban sentados conversando. Los acostó, los tapó y cuando estuvieron dormidos fue con Aidan hasta el auto a buscar una lata de porotos. Volvió al área de la fogata con Aidan un poco después. Unos minutos más tarde todos se sobresaltaron con un llanto. Provenía de las carpas de los Chamberlain. Lindy se paró alarmada y fue corriendo a ver qué pasaba. La puerta de la tienda estaba abierta y vio salir, en la oscuridad, a un dingo con Azaria colgando de sus mandíbulas. Empezó a chillar desesperada y corrió hacia Michael repitiendo enloquecida: “Mi dios, mi dios… ¡¡¡Un dingo se llevó a mi hija!!!”.
Esa misma noche tres centenares de personas, entre turistas, voluntarios y guardaparques, comenzaron la búsqueda infructuosa de Azaria hasta la tres de la mañana. Luego, llegó la policía y rastrilló el área.
La madre explicaría, una y otra vez a lo largo de su vida, que ese dingo la había visto y le había gruñido sacudiendo su cabeza con Azaria entre los dientes. Describió con precisión lo que su hija llevaba puesto: un enterito de pijama y un saquito tejido de color blanco.
Las únicas pruebas iniciales que se hallaron fueron unas pocas huellas de un dingo cerca de la tienda de los Chamberlain. Una semana después, un turista encontró cerca del campamento el enterito de Azaria. Estaba enredado en un matorral, desgarrado y tenía restos de sangre a la altura del cuello.
La primera investigación corroboró la versión de los padres: el dingo se había llevado a la hija menor de los Chamberlain. Sin embargo, no sería tan fácil la resolución del horrendo acontecimiento.
La impotencia de que nadie crea lo que sucedió
El caso causó revuelo en todo el país y cruzó fronteras. Tenía ribetes cinematográficos. Una beba, un perro salvaje, una familia joven destrozada. Pero las dudas no demoraron en instalarse. Los expertos empezaron a decir que no había en Australia ningún caso registrado de un ataque de un dingo a un ser humano. Sostenían que si bien estos perros eran salvajes y carnívoros, se solían alimentar de canguros, zarigüeyas o wombats, no de personas. Les parecía imposible que un dingo se hubiese introducido en una carpa para robar a una bebé de cinco kilos y llevársela con el fin de devorarla.
Ciencia ficción, repetían por lo bajo. Por otro lado, las autoridades temían ahuyentar al turismo de los parques nacionales con la increíble historia de los dingos que se comían niños. No querían ese cuco.
El relato de Lindy había empezado a enfrentarse con la piedra de la incredulidad de los científicos y de la cruel opinión pública. Después de todo, murmuraban, Lindy era la última en haber visto a Azaria con vida. ¿Podría ser ella la responsable de algo siniestro? Comenzaron las interpretaciones de la imagen de esa madre. Lindy se veía con el pelo bien peinado, demasiado cuidada para tanta pena, sin llantos desgarrados. La percibían fría y seria. Todos opinaban: la prensa, los ciudadanos, los policías.
Lindy empezó a mutar de víctima a victimaria. Era cuestionada: ¿cómo era posible que una madre llevara a ese sitio a una beba de nueve semanas? Comenzaron a circular teorías disparatadas. Sostenían que era extraño que Lindy hubiera vestido algunas veces —en esos días— a la bebé con una campera negra; debatían cómo podía ser que ella, que había supuestamente realizado una tesis de grado sobre los dingos, hubiese dejado mal cerrada la puerta de la carpa; discutían sobre el hecho de que ellos fueran parte de los Adventistas del Séptimo Día, que pronosticaran el fin de los tiempos. Sus creencias, en esa época, eran consideradas como “sectarias”.
Hubo bastante más. Algunos empezaron a preguntarse si esa mujer gélida no habría sacrificado a su hija en algún ritual desconocido porque ¿cómo podría un dingo transportar en su boca a una bebé de cinco kilos? Además, ¿por qué no había aparecido el saquito blanco que llevaba puesto sobre el enterito que habían hallado rasgado? ¡Un dingo no le podía haber quitado el abrigo para comerla mejor!
Presionada y sin respuestas, la policía viró su lupa y la enfocó en Lindy. Ella podría haberla asesinado y enterrado en algún lugar. ¿En qué se apoyaron para esta acusación? En unas gotas de sangre microscópicas halladas en el auto familiar: más precisamente en la alfombra delantera, en una manija del coche y en un asiento.
La hipótesis que cobró fuerza fue que Lindy la había degollado en el auto de la familia para luego deshacerse del cuerpo y volver a la zona de la barbacoa. A estas alturas todos en su país odiaban a Lindy y la colocaban en la hoguera de las brujas.
Había, por supuesto, unos pocos que defendían a la familia y decían que era ridículo, que ellos habían sido siempre una familia feliz y que Azaria había sido una beba deseada. Los Chamberlain vivían dentro de una pesadilla: habían perdido a su hija y, ahora, eran sospechosos de un malvado asesinato.
El combustible sobre ellos estaba echado. Los prendieron fuego sin contemplaciones.
Fuente: Infobae
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La echaron de su club por un video, ganó miles de dólares como modelo en Only Fans y ahora tendrá otra oportunidad como futbolista
La futbolista inglesa Madelene Wright de 26 años concretó su incorporación al Chatham Town, equipo que disputa la National League femenina. El club oficializó la llegada de la jugadora de 26 años tras una pretemporada en la que el cuerpo técnico evaluó su rendimiento y determinó que podía sumar potencia al frente ofensivo del plantel que participa en la quinta división del fútbol inglés.
Wright, que contabiliza pasos recientes por Leyton Orient, Charlton Athletic y Chesham United, se hallaba sin equipo y entrenó durante la preparación de Chatham Town de cara al arranque de la nueva temporada. Luego de esa etapa, la entidad anunció la firma de su contrato mediante un mensaje difundido en redes sociales: “Le damos una cálida bienvenida a Madelene”, publicó el club de la ciudad de Kent, citado por The Sun.
La noticia de la llegada de Wright produjo de inmediato una activa reacción entre los seguidores y simpatizantes del club. Los aficionados manifestaron entusiasmo por lo que consideran un refuerzo relevante tanto dentro como fuera del campo de juego. Entre los mensajes destacados, uno expresó: “Ahí tenés aumentados los seguidores en Twitter y la asistencia”, mientras que otro consultó sobre el precio de los abonos de temporada del club ante la expectativa generada por la presentación de la delantera.
La futbolista desarrolló buena parte de su trayectoria en divisiones del fútbol femenino británico, donde se ha desempeñado principalmente en posiciones de ataque. Sin embargo la futbolista inglesa fue despedida de su club anterior, Charlton Athletic, luego de la viralización de videos polémicos publicados en Instagram, donde se la veía en situaciones consideradas inapropiadas por la institución.
En las imágenes se la puede ver a Wright en el asiento trasero de un auto, mientras uno de sus amigos se encuentra adelante junto a un perro, que se muestra al volante. En otro video, un chico aparece con una de champagne y varias jóvenes que serían amigas de Madelene inhalaban globos.
“Como club, estamos decepcionados con el comportamiento que no representa los estándares que mantiene el equipo”, indicaron desde el Charlton Athletic Women’s Football Club. Tras la cancelación de su contrato, Wright reconoció: “Cuando todo sucedió, también entendí a cuántas personas había decepcionado. Me sentí culpable, avergonzada y decepcionada de mí misma por haberme mostrado bajo esa luz”.
Tras el episodio, la futbolista inició una etapa como modelo de OnlyFans y, según declaró, logró ingresos superiores a 500.000 libras esterlinas (más de 670 mil dólares), además de trabajar con distintas marcas y en redes, lo que incrementó su notoriedad pública. Este canal se convirtió no solo en una fuente de exposición sino también en una vía de ingresos paralela a la actividad deportiva, ya que Wright mantiene una presencia consolidada en plataformas sociales, donde reúne una amplia comunidad de seguidores.
Wright declaró que, a pesar de sus dudas iniciales sobre vincularse a la industria del contenido para adultos, considera que tomó la decisión adecuada respecto a su carrera personal y profesional. Por ello, seis años después de alejarse del fútbol profesional, aceptó el ofrecimiento del Chatham Town Women para la próxima temporada.
La llegada de Wright representa al club una oportunidad para incrementar el flujo de público a los estadios en un contexto en el que el fútbol femenino inglés experimenta un crecimiento sostenido. Los comentaristas y fanáticos estiman que la repercusión digital de la deportista —sumada al interés que despiertan sus actividades fuera del césped— puede traducirse en mayor visibilidad para la competencia de la National League y aportar recursos a la institución tanto por venta de entradas como por la promoción derivada del impacto en las redes.
La National League, escalón intermedio de la estructura del fútbol femenino en Inglaterra, compite por ganar terreno y atraer audiencias frente a la Súper Liga y la Championship. En ese marco, la dirigente de figuras cuyo perfil trasciende el campo de juego constituye una estrategia para potenciar la adopción de nuevos públicos y redefinir los criterios de convocatoria en los clubes de la categoría.
Fuente: Infobae
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