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Cata de Elía, de la depresión a la esperanza con el embarazo de gemelas: “Me daba lo mismo no despertar, quería desaparecer”
“Somos personas en situación de periodista”, dice Catalina de Elía, haciendo una mueca. El ingenioso axioma sirve para definir una situación que no siempre está considerada: “La gente piensa que porque salís en la tele, tenés plata. Y no -advierte-. Pero no me quejo: tengo techo, comida, todo. Y trabajo de lo que amo”.
Sin embargo, la máxima contiene mucho más que eso. A menudo -como sucede con muchas profesiones-, el periodista muestra otra faceta suya. Casi como una máscara, esconde lo que en verdad le sucede: el dolor, la tristeza, la angustia, la depresión. Tiempo atrás, Cata debió salir varias veces al aire con el premiado Altavoz, en la TV Pública, minutos después de haber recibido una noticia que le había “desgarrado el corazón”. Y lo hizo con una sonrisa enorme, sin que nadie supiera -ni siquiera sus compañeros- que el tratamiento de fertilidad no había funcionado. Que su sueño de ser madre se le escurría una vez más.
Fueron muchos años de “oscuridad”, como dirá la periodista de América y Metro (Gente de bien). De “un golpe atrás del otro”. De que le costara salir de la cama porque todo le “daba lo mismo”. De “querer desaparecer”.
Y también de mucho trabajo personal, de terapia. De mucho esfuerzo. De resiliencia. Hasta llegar a este presente que la encuentra muy feliz, con su propio “milagro”, como lo define: Catalina está embarazada de gemelas. Después de mucho buscarlo, a los 40 años será mamá.
Ahora se sienta con Infobae y asume el rol opuesto. Por primera vez esta licenciada en Ciencias Políticas que se “enamoró” de los medios después de arrancar como pasante en Telenoche (“Todo me lo gané sola, llevándole el jamón crudo a Morales Solá”, cuenta, divertida), se dispone a responder las preguntas, en lugar de formularlas. “Es la única vez que voy a hablar de mi vida personal -anticipa-. Tiene que ver con hablarle a las mujeres que quieren ser mamás y no pueden. Y a las personas que están pasando un momento difícil con su salud mental”.
—Te escuché decir que venías de años muy tristes.
—Sí, vengo de años muy tristes... Hay algunas cosas duras que tuve que atravesar, pero que prefiero dejarlas en la intimidad. Me costaron mucha terapia. Y a la par de eso, durante muchos años con mi expareja busqué un hijo, y no vino nunca. Hicimos muchísimos tratamientos de fertilidad, y llegué a deprimirme por eso. Se habla muy poco de lo duro que es hacer un tratamiento de fertilidad. Hay algunas mujeres que les va bien al toque, pero la realidad es que son las menos.
—Y muchas veces, te lleva puesta la pareja.
—Sí. Y tus ánimos, porque tenés que inyectarte hormonas. Llega un momento donde ya no tenés lugar en la panza donde pincharte. Te duelen los pinchazos. Con mi ex buscamos de forma natural y no venía. Hasta que por la edad, porque yo ya estaba en los 35, la ginecóloga me recomienda que vaya a un tratamiento de fertilidad.
—No había un diagnóstico.
—No, ninguno. Y nunca lo hubo. Yo tenía óvulos, se formaba el embrión cuando lo juntaban con los espermatozoides de mi ex, pero mi cuerpo rechazaba los embriones. Me habían estudiado toda y no encontraban la causa.
—¿Estaban haciendo los tratamientos que se llaman de baja complejidad?
—Inseminación. Y después empezás con la fertilización. No estoy en contra de los tratamientos de fertilidad, porque muchas mujeres logran ser mamás gracias a la ciencia. Pero no te explican lo doloroso que es atravesar un proceso de fertilización. Es durísimo. Te deprimís por las hormonas, que afectan tu estado de ánimo. Te cambia la vida porque tenés que darte pinchazos a determinado horario. Te duele la panza, se te pone dura y no sabes dónde más pincharte. Es la frustración. Muchas veces me ha llegado el mail con los resultados, que siempre fueron negativos, y lo leía cinco minutos antes de salir al aire. Y tenía que arrancar y decir: “¡Hola! ¡Bienvenidos a Altavoz!”. Y yo me estaba muriendo por adentro, se me desgarraba el corazón, porque era el tercero, el cuarto, el quinto intento... Y salía mal. Y tenía que sonreír en cámara.
—¿Cuántos intentos hiciste?
—Seis. No son seguidos: tenés que descansar. Te tenés que dar muchas hormonas, te tenés que preparar, te estudian. Te tienen que sacar óvulos en un quirófano. Después fecundan los óvulos con los espermatozoides, dejan pasar unos meses, te van preparando con medicación para implantar el embrión. Y volvés al quirófano para hacer las transferencias (procedimiento por el cual se introducen uno o más embriones en el útero, para que se implanten y se desarrolle un embarazo). Y ahí, a esperar el resultado. Pero mi cuerpo siempre rechazaba los embriones. No hay una explicación. No sé si fue por todos los procesos personales que pasé...
—Esos 10 o 15 días entre la transferencia y el examen para saber si el embrión implantó, es un tiempo de muchísimos sueños y expectativas.
—De mucha ilusión. Y era frustración tras frustración. Lo mal que te sentís... porque es una tristeza: una ilusión y una desilusión muy rápida. Y por el otro lado, tu cuerpo está cada vez más cansado y lleno de hormonas: nadie te cuenta que te puede agarrar angustia, depresión.
—¿Tu pareja te acompañaba?
—Acompañaba. Sufría como yo. Pero es cierto que ese proceso también afecta a la pareja, porque la ilusión es para los dos. Y la desilusión, también. Me pinchaba y me ayudaba, y llorábamos. No me separé por eso, pero alteró la dinámica de la pareja.
—¿Y te deprimiste, Cata?
—Estuve muy triste, no solo por eso, sino porque me venían pasando muchas cosas al mismo tiempo. Y después de diez años, me separo.
—En el medio se muere el fiscal Federico Delgado, muy amigo tuyo.
—Hermano del alma. Por eso te digo que vengo de años de oscuridad...
—Lo definiste como un mentor en algunas cosas.
—En todo. Me voy a largar a llorar... Fue todo tan de golpe... En un chequeo de rutina le salta una manchita muy rara en el pulmón: “Esto es malo”, le dijeron. Y desde ahí, fueron cuatro meses... No dio tiempo de nada. Él quería vivir, la peleó. Estaba conmigo en mi programa de noticias en la radio y vino con la quimio, con los gorritos, hasta que un día me dijo: “Ya no me puedo parar de la cama”. Después lo internaron porque apareció una metástasis. Nunca más pudo salir de eso.
—¿Seguís teniendo vínculo con los hijos?
—Sí. Sus hijos me dicen hermanita. Tenemos una relación muy cercana. Todos los domingos me junto con su familia a comer asados. Me adoptaron.
—¿Y cuando les contaste que estabas embarazada?
—Les conté como si fuese mi familia, y lo festejaron como si fuese mi familia. Porque además, me enteré que estaba embarazada el día en que se cumplió un año de la muerte de Fede. Ese día fuimos a homenajearlo al Varela Varelita, un bar donde Fede escribía, se juntaba, daba notas. Cuando volví, yo estaba retriste. Tenía un atraso. “¡Qué raro!”, dije. Ya había empezado a salir con Nico (su pareja). Me fui a una farmacia muy cercana, compré un Evatest. Era la una de la mañana de un lunes.
—Cuando estabas con mucha tristeza, ¿pediste ayuda?
—Sí. Es muy importante cuidar la salud mental. Todo el proceso lo viví con una psicóloga. Y además, con una psiquiatra. En su momento usé medicación y me fue muy útil. También hice yoga, ejercicio, distintas cosas para tratar de salir adelante, porque es muy difícil. Tenía que buscar la luz porque estaba en la oscuridad.
—Nunca dejaste de trabajar.
—Nunca. Y sonreía en cámara. La mayoría de mis compañeros no se dieron cuenta porque cuando se me derrumbaba la vida, me puse una coraza. Te ponés como el disfraz del actor que se sube al escenario.
—¿Te apoyaste en el trabajo en esos momentos difíciles?
—Me refugié mucho en el trabajo. Muchísimo. Quizás demasiado, porque tapaba muchas cosas y tampoco calmaba mis angustias.
—¿Vos entendías que estabas mal?
—Sí. Me costaba levantarme de la cama y me daba lo mismo. Y llegué a momentos que... Es la realidad. Por eso pedí ayuda. En pandemia fue cuando peor estuve, con ataques de pánico. No había nada que me calmara. Me sentía en un pozo oscuro en el cual yo decía: “Bueno, si no me despierto mañana, me da lo mismo”. Nunca me imaginé estar en una situación así... Nadie en mi entorno se lo imaginaba porque yo sonreía a la cámara. Saqué mi segundo libro, salía en todos lados, estaba haciendo doble pantalla, y sin embargo, no podía con mi vida. Adentro mío, yo quería desaparecer. Se me produjo por crisis de angustia muy fuerte. Era un golpe atrás del otro. Hay veces que a uno la vida lo golpea y, por más que te duela, no le cae de esa manera. En mi caso, me tiró. No podía pararme. Por más que iba y trabajaba, podía no estar al otro día y adentro mío, me daba lo mismo.
—Veíamos a una persona que sonreía en cámara, pero que cuando llegaba a su casa, estaba viviendo su propio infierno. Digo esto para tener una mirada un poco más amorosa y amable. A veces podemos no estar viendo qué le pasa al otro.
—Sí, está buenísimo lo que decís. Nunca sabés del otro lado qué le está pasando al otro. Y lo digo también por el hate en las redes. En mis peores momentos, mi papá se agarra covid, termina en terapia intensiva. Yo iba a trabajar y era piel y hueso. Ya soy flaca de por sí, y encima de que estaba mal, estaba muy flaca. Y los comentarios en redes... Me decían cosas horribles, súper agresivas. Me decían anoréxica, como si fuera un insulto, cuando es una enfermedad. No tenía anorexia en ese momento, pero podría haberla tenido. Esos comentarios me dañaban un montón. Y cuando salió la noticia de que estaba embarazada, leí comentarios en los que me deseaban la muerte y cosas así.
—¿Por qué se enojan con vos? ¿Por alguna ideología política?
—Mirá, me han pegado de los dos lados... Libertaria, ensobrada, kirchnerista, kuka o zurda: me han dicho de todo.
—En un momento te amigaste con vos misma. ¿Con qué tuvo que ver?
—Con mucha terapia. No queda otra que trabajar sobre uno, aceptar sus límites, sus vulnerabilidades. Porque a uno le cuestan algunas cosas. Porque no es tu culpa. Miro para atrás y veo que hice lo que pude. Pero me cuesta porque soy autoexigente: “¿Cómo puede ser que me pasó esto a mí?”, me digo. Y ahí, todo eso vuelve para atrás. Pero después voy a terapia y entiendo. Es muy difícil. Pero también pienso que pude abrirme a conocer a Nico, a enamorarme, cosa que pensé que nunca más me iba a pasar en la vida.
—¿Cómo se conocieron?
—Por una app de citas. Apenas la bajé, dije: “Esto no es para mí”. Era como un menú de personas, todos vendiéndose.
—¿Y vos, cómo te vendías?
—Me daba mucha vergüenza... Puse todas fotos a cara lavada, nada que tenga que ver con la tele. Y puse que solo quería conocer extranjeros en Buenos Aires para aprender idiomas, salir y divertirme.
—Una mentira absoluta.
—Pero era verdad. Quería conocer un profesor de literatura británico, una cosa así. Estaba con eso en la cabeza. Y no aparecía ningún extranjero... La iba a sacar, pero las chicas de maquillaje de América me empezaron a likear a un montón de chicos. A la noche me puse a mirar y estaba Nico. “Qué lindo”, dije, y le escribí: “¿Sos extranjero?”. “No”, me respondió. Y lo eliminé. Con argentinos, no. Pero Nico se volvió a instalar la app para poder volver a hablarme. Me comentó una foto mía para que yo lo viera, y me pareció gracioso lo que puso: “Viajo mucho a Uruguay. Dame bola”. Nos pusimos a hablar. Y cuando salimos, me enamoré en el primer día.
—¿Cómo fue la primera cita?
—Fuimos a comer, al río a mirar las estrellas, y no pasó nada. Ni un besito. Me dejó en mi casa con un ramo de flores. Al otro día, apenas me desperté me mandó un mensaje diciendo ya había sacado entradas para la película que le conté que quería ver: Intensamente 2. “Espero que quieras venir conmigo”, me dijo. Desde ahí nunca más nos separamos. Fue amor. Nunca en mi vida me pasó algo así. No buscaba un novio, porque era el primer chico con el que salía después de mucho tiempo. Y me enamoré.
—¿Y qué hicieron con la aplicación de citas?
—La sacamos a los dos o tres días. “Esto es monogamia”, dijimos. Por eso los dos nos hicimos estudios, para ver que ninguno tuviera ninguna enfermedad sexual ni nada, y que pudiéramos tener relaciones. Pero no pensando en buscar un hijo sino en decir: “Bueno, estamos juntos, no vamos a estar con otra pareja”. Y pensé: “Si estuve siete años buscando con tratamientos, esto va a ser para pasarla bien con un chico con el que tengo una relación monogámica”. Y así quedé embarazada: haciendo las cosas bien. Y embarazada de gemelas, a los 15 días de conocer a Nico, de forma natural. Estuve muchos años buscando con tratamiento, entonces, no tengo más explicación que pensar que es mi milagro.
—Esa noche, cuando te hiciste el test, ¿de cuánto tiempo era el atraso?
—De una semana, nueve días. Yo soy muy regular, nunca había tenido un atraso. Entonces dije: “¿Y si pruebo?”. Me hice el Evatest a la una de la mañana, me dio positivo y lo llamé por teléfono a Nico.
—¿Cómo reaccionó?
—¡Feliz! Nico también es divorciado, de mi edad. Buscaba una pareja. Se moría de ganas de ser papá. Estaba enamorado, igual que yo. Y fue todo felicidad.
—Todo lindo.
—Todo lindo... Pero como no lo puedo creer. Yo decía: “Fede, me lo mandaste vos”. Pienso eso porque... no puede ser. Y para mí era uno solo, un varón. Mi primera obstetra me dice: “Como tenés 40 años y una historia de no haber quedado embarazada, recomiendo hacerte una ecografía temprana, de los dos meses”. La hicimos. Y el ecógrafo me dice: “Felicitaciones, estás embarazada. Acá hay uno y... acá está el otro”. Y yo: “¡¿Qué?! ¿Cómo el otro?”. Nos hizo escuchar el latido de los dos corazones. Con Nico nos mirábamos y decíamos: “No puede ser”. No tengo ninguna explicación de cómo pasó...
—¿Y cómo te sentís?
—Muy feliz. Tengo ansiedad de que crezcan sanas. Mi embarazo es de riesgo por ser un embarazo gemelar. Y en mi caso, encima comparten la placenta. Entonces hay que hacer controles todas las semanas para ver cómo están comunicadas entre ellas, si se pasan sangre, que crezcan bien, que ninguna esté más grande que la otra. Me agarra como ansiedad de ir a la próxima ecografía y ver que las gemelas estén bien. Estoy en ese rollo. Es duro el primer trimestre. También se habla poco del cuerpo de la mujer y el sufrimiento. Es como: “La embarazada está feliz”. ¡Estoy refeliz! Pero te sentís remal...
—¿Te sentís muy mal?
—Y... sí. Muchos días no pude ir a trabajar por los vómitos, las náuseas, el cansancio. Hay días que estoy bárbaro, como hoy.
—¿Cómo las llamas hoy a las gemelas?
—Las Bebitas, o Margarita y Matilde. Cuando me enteré que estaba embarazada, dije: “Si es nena, le voy a poner Margarita o Matilde”. Y eran dos... Así que entraron los dos nombres.
—¿Tu ex novio se enteró de que estabas embarazada por...?
—(Interrumpe) Por mí. Fue la primera persona a la que le conté. Le tengo mucho cariño, terminamos muy bien, es una gran persona a la cual le deseo que le pase esto también. No sé ni en qué anda él, ojalá que ande en algo lindo, pero yo me ponía en su lugar. Y decía: “Bueno, es fuerte”.
—¿No fue una opción ser mamá sola?
—No. Ser mamá sola, no. Las rebanco a esas mujeres, son revalientes. Pero yo deseaba una familia. Niños, perros, dedicarme a la maternidad. Nosotras decimos que podemos con todo, trabajar, que es lo que hacemos, pero a costa de un montón de cosas. Y la realidad es que no sé si es posible sostener tantas cosas.
—Se vienen un montón de cosas lindas.
—¡Sí! Es algo que deseé tanto... Y encima, yo me moría de ganas de que sean mujeres, y voy a tener nenitas en unos meses. Es una felicidad que no me entra en el cuerpo. Pensé que no iba a vivir algo así, había bajado los brazos completamente de la lucha de la maternidad, porque cuando me separé, a los 39, dije: “Ya está, hasta que conozca a alguien, y esa persona quiera, y tengamos los dos amor, y yo pueda, y la otra persona pueda... ¡Son tantas cosas!”. Y solté.
—Te agradezco un montón que además de contarme tu historia de amor hayamos hablado de salud mental y del camino de la fertilidad. Deseo que todo termine de sanar y que todo lo que viene sea con mucho amor y toda la felicidad del mundo.
—Gracias por este espacio, solo quisiera decirle a las personas que están escuchando esta nota o leyéndola que si estás pasando un mal momento, pedí ayuda porque se puede salir de un estado de mucha angustia donde sentís que la vida ya no tiene sentido. Se puede salir de ese lugar.
Fuente: Infobae
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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”
De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.
Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.
Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.
Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida
Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.
Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.
En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.
Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.
Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?
La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.
La noche en que todo cambió
Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.
Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.
“¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que sí. Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.
A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.
Una historia con fecha de vencimiento
Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.
Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.
Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.
Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.
La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.
El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?
Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.
Los trenes que los separaban también los volvían a unir
El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.
Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.
Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.
Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.
Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.
Fuente: TN
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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela
En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.
Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.
En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.
“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.
La situación en Venezuela hoy
Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.
Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.
Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.
El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794
El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.
Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).
Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.
Fuente: TN
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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección
Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.
En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.
Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.
La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.
El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.
“No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.
En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.
“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.
El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.
Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.
Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.
La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.
La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.
Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.
Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.
Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.
Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.
También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.
Fuente: TN