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A los 89 años ganó una medalla de oro en natación y reveló cuál es su secreto

No es lo mismo meterse a la pileta de casa que enfrentarse a una semiolímpica. Una vez que bajás las escaleras y empezás a nadar hacia adelante, la sensación es clara: el final parece no llegar nunca. El cuerpo se cansa antes de tiempo y la cabeza duda. Pero no para Elena Placci. A los 89 años, esas distancias que intimidan se convirtieron en rutina. Nadó 400 metros combinados y 800 libres en una pileta del doble de longitud a la que estaba acostumbrada y se llevó la primera medalla de oro de su vida.

Su triunfo es el reflejo de una vida marcada por el esfuerzo, la constancia y la pasión. Esos factores la llevaron a consagrarse campeona mundial en Singapur, donde recibió una medalla grabada con una frase que resume su recorrido: Water Shapes Us (el agua nos forma). Para Elena, nadar nunca fue solo un deporte: fue una forma de vivir, de proyectarse y de seguir avanzando, incluso cuando muchos creen que ya es tarde.

En una entrevista con TN contó su historia de pies a cabeza: qué la llevó a empezar a nadar, por qué considera fundamental tener objetivos en la vida y por qué no alcanza solo con soñarlos, sino que hay que salir a perseguirlos.

La jubilación no es el final

Elena nació el 22 de octubre de 1935 en Río Cuarto, Córdoba. Completó todos sus estudios, desde el jardín hasta la escuela secundaria. Se recibió como maestra, obtuvo una beca para realizar un viaje de estudios a Estados Unidos y, al regresar, se dedicó a la docencia como profesora de inglés. “Fui profesora durante 28 años. Así que se pueden imaginar la cantidad de alumnos que tuve durante esos años en cinco colegios distintos”, recordó.

Además de la docencia, tenía un objetivo firme en la vida: conocer el mundo. Admitió que estudió inglés justamente para tener esa posibilidad. Y cuando se jubiló, ese deseo empezó a hacerse realidad. Viajó con su familia a Europa y tomó una decisión clave. “Dije: ‘Bueno, es hora de hacer algo que me guste’, porque cuando era profesora repetía siempre las mismas cosas: horarios de alumnos particulares, clases, estudiar para ellos”, contó. Frente a ese pensamiento, decidió priorizarse: “Entonces dije: ‘No, esta vez me voy a dar el gusto, voy a seguir nadando’”. Además de viajar, Elena nadaba mucho, sobre todo en el Club Estudiantes de Río Cuarto.

Un día, viendo televisión, se enteró de que un entrenador canadiense de Masters de Natación iba a llegar a Córdoba. “Lo escuché decir que cualquier persona a la que le gustara nadar, que tuviera paciencia y constancia, podía hacerlo”. Entonces llamó al canal para averiguar cómo anotarse en el club de masters, que funcionaba en el Círculo de la Fuerza Aérea de Córdoba. La atendió el capitán de ese momento, Fernando Rezoagli, quien le dijo: “Véngase esta tarde con la malla y verá al entrenador”. Elena cumplió al pie de la letra.

Ese primer día, el entrenador le pidió que se tirara a la pileta e hiciera 25 metros en el estilo que supiera. “Yo no me tiraba de cabeza: bajé por la escalerita y empecé con crawl, espalda y pecho. Al salir, el entrenador me dijo que había muchas cosas para corregir y pulir”. Le recomendó contratar a un profesor para perfeccionar la técnica. Elena lo hizo y empezó a entrenar tres veces por semana de manera particular y otras tres con el equipo de masters. El resultado fue inmediato: “Ese mismo año fui a un torneo en Rosario y después de eso no me dejaban faltar a ninguno”.

Nadar por el mundo

Su perseverancia la llevó a competir en distintos puntos del planeta: desde Brasil, en el estadio Maracaná, hasta Budapest, en Hungría, con sus palacios históricos, y la icónica arquitectura de Sídney, en Australia. “Te hace conocer el mundo. Ese siempre fue mi objetivo. Por eso estudié inglés, porque quería viajar”, dijo entre risas. “Se juntaron dos objetivos: nadar, que siempre fue lo más importante para mí, y los viajes”.

Uno de los últimos destinos antes de la pandemia fue Gwangju, Corea del Sur. “El último mundial fue en 2019 y terminé en tercer y cuarto puesto”, recordó, medallas en mano, junto al lema de ese año: The Water is Our World (el agua es nuestro mundo). Luego llegó la pandemia y durante dos años no compitió, aunque siguió entrenando como pudo.

Con el paso del tiempo, Elena no solo se superó en los resultados, sino también en sus marcas personales. “Bajé mis tiempos de 1.22 a 1.13. Para mí fue muy importante porque nunca podía nadar los 50 metros libres. No llegaba con los tiempos y además siempre entrenaba en una pileta de 25 metros, la semiolímpica”, explicó.

Más allá de las medallas, destacó lo que significó la experiencia: “Más que ganar, a veces te compensa participar, estar sobre la plataforma, tirarte de cabeza y nadar”.

“Ni pensaba en ganar porque practico en una pileta de 25 metros y las competencias son en piletas de 50. Eso cambia muchísimo. Llegar a 50 metros no es lo mismo que llegar a 25 y dar la vuelta”, explicó. Antes de llegar a la meta, el cuerpo y la mente se sincronizan: calcular cuánto falta, cuánto patalear, cómo mover los brazos, cómo tocar y girar. Cada detalle cuenta.

“Siempre doy las gracias antes de tirarme”, afirmó con alegría. Elena participó en 104 competiciones y reúne una colección impresionante de unas 500 medallas, de distintos colores, tamaños y listones; pero que conforman su camino al éxito. “En algunas salgo primera, en otras segunda o tercera”, dijo. Para ella, lo importante es poder estar, siempre y cuando pueda participar.

El secreto de su éxito

Para Elena, la jubilación nunca fue un punto final. Al contrario, fue el momento de hacerse una pregunta clave: qué quería para ella. Desde entonces se dedica a todo lo que puede y quiere: forma parte de un club de lectura y nada todas las semanas. Lectora, curiosa y activa, entendió que algunos sueños se transforman con el tiempo, pero no desaparecen. “Hay que reemplazar lo que ya no podés hacer y seguir buscando”, explicó. Adaptarse, para ella, no significa resignarse, sino encontrar otra manera de seguir adelante.

Hoy nada dos veces por semana. No es la pileta ideal ni la frecuencia que quisiera, pero alcanza. El cuerpo avisa: aparecen dolores y el cansancio se hace sentir. Aun así, insiste en no rendirse antes de tiempo. “Mientras todavía podés, hay que intentarlo y no decir ‘no puedo’, porque entonces te estás destruyendo a vos misma”, reflexionó.

Además de la natación, estudia literatura comparada de manera presencial y toma cursos virtuales de cine y memoria. “Eso me nutre”, dijo. Elige lo que el cuerpo y la mente le permiten y se aferra a eso. El deporte también le regaló algo que no figura en ningún podio: las amistades. A lo largo de los torneos sumó compañeras de Argentina y del exterior, vínculos que resistieron el paso del tiempo y la distancia. Con algunas se escribe todos los días, primero por cartas, hoy por WhatsApp. “Conocer gente, hacerse amigas y continuar la amistad no tiene precio”, asegura. Para Elena, ese también es un objetivo cumplido.

Esta cordobesa es una de esas varias, pero únicas personas, a las que la edad no limitó. Su vida fue como la de una oruga que se transformó en mariposa. Fue paciente, enseñó toda su vida, aprendió el idioma que le abrió miles de posibilidades y junto al nado pudo hacer de su vida un viaje constante, lleno de personas a lo largo y ancho del mundo, y sea donde sea que nade, estará bien porque será feliz persiguiendo sus objetivos.

Fuente: TN

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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

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