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A 44 años de la Guerra: combatió en Malvinas, le amputaron una pierna y se casó con la enfermera que lo cuidó

Graciela Lo Russo tenía 16 años cuando tomó una decisión que iba a cambiarle la vida. No había guerra todavía, ni urgencias, ni salas llenas de soldados heridos. Solo una convocatoria inédita y una intuición.

“En agosto del año 1981 me enteré de que el Ejército Argentino por primera vez incorporaría mujeres a sus filas para formarlas como enfermeras. Con una ilusión sin precedentes me anoté y luego aprobé la admisión. Con ansias esperaba el momento de ingresar”, recuerda ella, que creció en Morón y por entonces apenas empezaba a imaginar su futuro.

La confirmación llegó meses después, en febrero de 1982. Una carta con los detalles de incorporación y una fecha precisa: 15 de abril. Para ella, que vivía cerca de Campo de Mayo, eso implicaba ir y venir todos los días, sin necesidad de internarse. La formación arrancó con intensidad, combinando disciplina militar con prácticas de enfermería: toma de signos vitales, colocación de inyecciones, admisión de pacientes. Todo parecía parte de un aprendizaje exigente pero previsible. Hasta que el contexto cambió de manera abrupta.

“Algo inesperado pasó el 2 de abril de 1982, cuando nos enteramos de que Argentina recuperaba las Islas Malvinas. Con orgullo en mi pecho pensé: ‘Llegó el día’”. A partir de ese momento, lo que hasta entonces era formación empezó a tener otro peso. Las prácticas se intensificaron y el hospital se convirtió en un lugar atravesado por la urgencia.

“Íbamos todos los días de 8 a 12. Colaborábamos con las enfermeras de piso, principalmente en el área de traumatología, y nos ocupábamos de cambios de camas, tomar signos vitales, suministrar la medicación y asistir a los médicos en las curaciones. A mí me interesaba mucho aprender e ingresaba en las habitaciones cuando los médicos hacían sus recorridos. Tuve la fortuna de ver cómo curaban por primera vez a muchos soldados”.

Cuerpos marcados por la guerra

Las escenas que empezaron a ver ya no tenían nada de teoría. Eran cuerpos marcados por la guerra, intervenciones complejas y decisiones médicas tomadas en contextos límite. En ese marco, hubo una situación que le quedó grabada para siempre.

“En una de esas curaciones había un soldado al que debimos realizarle injertos de piel extraídos de su propia espalda para reconstruir la otra pierna. Los médicos no sabían cómo reaccionaría su organismo, pero gracias a Dios todo fue un éxito, aunque el sufrimiento de ese soldado me quedó grabado en la mente”, recuerda.

Ese soldado era Julio Ruggiero, de San Isidro. Había perdido una pierna y atravesaba un proceso largo y doloroso de recuperación. En ese momento, él era uno más entre los tantos pacientes que llegaban al Hospital Militar de Campo de Mayo, pero con el tiempo su historia iba a cruzarse definitivamente con la de Graciela.

El ritmo en traumatología era constante. A cada aspirante le asignaban pacientes, y la rotación no se detenía. “En el piso de Traumatología me asignaron seis pacientes, a quienes se les daba el alta a medida que iban. En el peor momento de la guerra, cuarenta aspirantes hicimos guardia nocturna en el hospital. Preparábamos el material de enfermería que utilizarían al día siguiente, ya que en ese momento no había materiales descartables”, señala.

Los nombres de muchos de esos soldados todavía los recuerda. Algunos amputados, otros con heridas de bala o esquirlas, todos atravesados por la misma experiencia. “Recuerdo a muchos soldados que atendí, incluso tengo contacto actualmente con algunos de ellos”, cuenta. Y menciona, entre otros, a Marcos Irrazábal, Julio Ruggiero, Renato Ruiz, Alario, Pato García, Alfonso Fernández, Ariel Tazcón.

Los veteranos de guerra tenían la edad de las enfermeras

El hospital no era solo un espacio de trabajo. También era un lugar donde se construían vínculos. La cercanía generacional marcaba una diferencia: “Después de todo, los veteranos de guerra tenían la misma edad que nosotras, jóvenes de 18 años en su mayoría, y nos trataban de igual manera”. Esa horizontalidad se traducía en gestos cotidianos que iban más allá de lo médico.

“A las que salíamos los fines de semana, nos dejaban visitar a los soldados que no tenían familiares cerca para darles una palabra de aliento. Ayudábamos en lo que podíamos, especialmente mandando cartas o avisando por teléfono a sus familiares”. En medio de ese contexto, incluso el humor tenía un lugar inesperado. “Recuerdo un día que nos hicieron una broma y nos dijeron que debíamos sacarle el yeso a un paciente que había fallecido. Cuando nos acercamos para sacarle el yeso, se destapó gritando un soldado. El susto que nos llevamos fue inmenso. Después nos dimos cuenta: ¿para qué sacarle el yeso a un fallecido? Fue una broma. Había momentos en que el humor nos salvaba del horror y lo agradecíamos”.

Con el paso de los meses, la intensidad empezó a ceder. La sala de traumatología, que había estado desbordada, comenzó a vaciarse. Las aspirantes rotaban por otros sectores: cirugía, guardia, clínica médica, neurología. La guerra había terminado, pero las consecuencias seguían presentes en cada historia.

Fue en ese contexto, ya fuera de la urgencia inicial, cuando Julio volvió a aparecer en la vida de Graciela, esta vez desde otro lugar. “En el mes de octubre, luego de que terminó la guerra, nos dividieron en grupos para cumplir el servicio en distintos hospitales. En esas dos semanas de ausencia en el Hospital Militar de Campo de Mayo, Julio Ruggiero, que ya tenía el alta provisoria, le preguntó a una compañera mía si podía hablar conmigo”.

El encuentro se organizó sin demasiada ceremonia. Un miércoles, a la salida. “Recuerdo que los miércoles salíamos a las 13 y teníamos la tarde libre. Le dije que sí, que el miércoles nos veríamos”. Lo que siguió fue un cambio de escenario total.

“Uno de esos francos me vino a buscar en auto y me llevó hasta mi casa, me invitó a bailar, cosa que hasta ese momento nunca había hecho sola, siendo que solo tenía 17 años. Tuve que ingeniármelas para poder salir ese sábado. Fuimos a bailar a un lugar que se llamaba Cadalso. Era lejos de donde vivía, con tanta mala suerte que en un momento se prendió la luz del boliche y me encontré con muchas de mis camaradas. En unos días se enteró todo el mundo”, cuenta entre risas, con una naturalidad que contrasta con todo lo anterior.

“Palito Ortega le cantó el feliz cumpleaños al soldado que es mi esposo”

Para entonces, Julio llevaba nueve meses internado, con altas provisorias y un proceso de recuperación que había sido largo. En ese recorrido también hubo momentos que rompieron con la lógica hospitalaria. “Recuerdo que en julio del mismo año se reunió la señora de Fortabat, que ayudó mucho en la causa de Malvinas. Ella trajo al mismísimo Palito Ortega para que le cantara el ‘Feliz Cumpleaños’ a Julio. Ese día fue de relajación para todo Traumatología, nos hizo bien”.

La relación fue creciendo de manera progresiva. Ya no era el vínculo entre una enfermera y un paciente, sino algo distinto, construido sobre una experiencia compartida muy particular. A fines de 1982, Graciela terminó su formación: “Aprobé todas mis materias y el 4 de diciembre de ese año egresamos como Cabo en comisión y Auxiliar de Enfermería”. En 1983 fue destinada al Hospital Militar de Campo de Mayo, donde trabajó en terapia intensiva durante tres años.

Para entonces, la relación con Julio ya estaba consolidada. “Yo estaba de novia con Julio Ruggiero y decidimos casarnos. El 5 de noviembre de 1983 lo hicimos”. La vida en común empezó con la misma intensidad con la que se había dado todo lo anterior, aunque no sin dificultades.

“En 1984 quedé embarazada y a los seis meses lo perdí, entonces tomé la decisión de dejar la carrera para formar una familia”. Fue una decisión que marcó un punto de inflexión, pero no implicó alejarse de todo lo vivido, sino reconfigurarlo en otro plano.

Con el tiempo llegaron sus tres hijos: Fabián, Gabriel y Malvina. Cada uno, de alguna manera, vinculado con ese pasado. “Mi hijo más grande es oficial inspector de la Policía de la Provincia de Buenos Aires; mi segundo hijo es capitán del Ejército, piloto de helicóptero; y mi hija Malvina es sargento del Ejército, enfermera profesional en un regimiento de montaña en Mendoza”. La elección de los caminos no es casual, y ella misma lo reconoce: “Dos de mis tres hijos son militares y todo gracias al Ejército Argentino”.

Tienen cuatro nietos: dos nenas y dos nenes.

La historia con Julio también tuvo otra dimensión, menos visible pero igual de importante. “A nivel personal, me casé con un veterano de Malvinas, a quien contuve anímica y psicológicamente durante todos estos años para que pudiera sobrellevar el trauma provocado por la guerra”. Es una frase que resume décadas, más allá de los episodios concretos.

Hoy viven en La Caleta, en el partido de Mar Chiquita. Desde allí, Graciela repasa su historia y pone el foco en algo que, durante mucho tiempo, quedó en segundo plano: el rol de las mujeres en ese contexto.

“El gran problema es que nunca se contó nuestra historia. Gran parte de la sociedad argentina desconoce que existió la primera promoción de mujeres suboficiales en el Ejército durante la Gesta de Malvinas”. Su testimonio, en ese sentido, funciona también como una forma de registro.

“Tuve el privilegio y la experiencia profesional de haber atendido a cientos de suboficiales y soldados que pasaron por el Hospital Militar de Campo de Mayo”, dice, y en esa frase conviven el orgullo, el recuerdo y una necesidad de dejar constancia.

La historia con Julio no empezó como una historia de amor. No tuvo un inicio convencional ni condiciones ideales. Se fue armando en otro contexto, con otros tiempos y otras urgencias. Primero fue una mirada en una sala de hospital, después una conversación pendiente, más tarde un reencuentro y finalmente una vida compartida que ya lleva décadas.

Fuente: TN

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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”

De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.

Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.

Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.

Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida

Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.

Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.

En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.

Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.

Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?

La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.

La noche en que todo cambió

Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.

Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.

¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que . Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.

A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.

Una historia con fecha de vencimiento

Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.

Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.

Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.

Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.

La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.

El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?

Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.

Los trenes que los separaban también los volvían a unir

El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.

Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.

Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.

Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.

Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.

Fuente: TN

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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela

En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.

Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.

En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.

“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.

La situación en Venezuela hoy

Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.

Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.

Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.

El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794

El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.

Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).

Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.

Fuente: TN

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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección

Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.

En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.

Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.

La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.

El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.

No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.

En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.

“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.

El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.

Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.

Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.

La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.

La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.

Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.

Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.

Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.

Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.

También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.

Fuente: TN

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