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Abierta la inscripción a dos carreras de posgrado en UTN

La Facultad Regional Resistencia de UTN, a través de su Dirección de Posgrado, informa que se encuentran abiertas hasta el 30 de julio las inscripciones a la Maestría en Ingeniería en Calidad y Especialización de Sistemas de Información, cuyos dictados de clases comenzarán en el próximo mes de agosto.
  • Maestría en Ingeniería en Calidad
La Maestría en Ingeniería en Calidad se inscribe dentro de la perspectiva estratégica de fuerte vinculación de la UTN con el sistema productivo argentino, y desde 1996 lleva formados alrededor de 250 especialistas y 15 magísteres en Ingeniería en Calidad. Nació con el objetivo de formar profesionales con excelente nivel de competencias y aptitudes para el diseño, desarrollo, mejora y gestión integral de procesos, en todo tipo de organizaciones, y un nivel académico y científico que lo habilite para su desempeño en la investigación, transferencia de tecnología y formación de recursos humanos para la universidad y las organizaciones en general.
Su director, Hugo Maldonado, resume que la propuesta "consiste en dotar al profesional de capacidades para producir conocimiento confiable”. “Armamos un pool de capacidades y convocamos a un selectísimo grupo de profesionales. Yo creo que nuestra característica distintiva es la calidad del plantel docente”, destaca el ingeniero.
La Carrera está dirigida a profesionales con título superior de grado y otorga los títulos de Especialista en Ingeniería en Calidad, aprobados los 12 cursos de la Especialidad y el Seminario de Integración, y de Magíster en Ingeniería en Calidad, para lo cual es requisito aprobar los 18 seminarios y el Proyecto de Tesis.
Las clases se desarrollarán los días viernes, en el horario de 18 a 23, y sábados, de 8 a 13.
  • Especialización en Ingeniería de Sistemas de Información
La Especialización en Ingeniería de Sistemas de Información es una nueva propuesta de posgrado de UTN y ha sido diseñada con un enfoque orientado a industria. Los docentes del posgrado han sido seleccionados teniendo en cuenta el aporte que pueden hacer al profesional desde el punto de vista de conocimientos prácticos necesarios en el mundo laboral actual, además de sus credenciales académicas.
Está diagramada en 3 semestres de clases más un semestre de Trabajo Integrador Final y las materias electivas de la carrera, que representan el 60% de la carga horaria, han sido planificadas en torno a dos ejes de conocimiento principales: Ingeniería de Software, donde se concentran los contenidos asociados a las prácticas, herramientas y estrategias actuales para el desarrollo de software; y Negocios Digitales, donde se ha preparado un conjunto de materias con las herramientas necesarias para crear una empresa innovadora de base tecnológica.
La dirección de esta carrera de posgrado está a cargo de Mariano Minoli, ingeniero en sistemas de información egresado de la Facultad Regional Resistencia de UTN, Máster en Tecnologías de la Información y Sistemas Informáticos y Doctor en Informática por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.
Las clases tendrán lugar los días miércoles y jueves, en el horario de 18:00 a 22:00.
Para más información sobre estos posgrados, los interesados pueden contactarse a través de nuestras redes sociales o nuestro correo electrónico:
Facebook: Escuela de Posgrado UTN Facultad Regional de Resistencia
Instagram: @posgrado.utnfrre
O bien acercarse a la sede central de la Facultad Regional Resistencia -French 414- en el horario de atención de lunes a viernes de 17:30  a 20:30.

Salud

Día Mundial del Glaucoma: el 50% no sabe que lo tiene y es la principal causa de ceguera irreversible

Cada 12 de marzo se conmemora el Día Mundial del Glaucoma, una enfermedad que agrupa más de 60 patologías oculares capaces de provocar ceguera irreversible debido a la degeneración progresiva del nervio óptico. Según datos de la Asociación Mundial del Glaucoma, actualmente más de 80 millones de personas en el mundo viven con glaucoma y se proyecta que esa cifra ascenderá a 111,8 millones en 2040.

En Argentina, la situación es especialmente preocupante: “El 50% de la población no sabe qué es esta enfermedad y no se tomó la presión ocular en los últimos cinco años”, advirtió la médica oftalmóloga del Hospital Italiano de Buenos Aires María Angélica Moussalli (MN 80.561). Este dato refuerza la importancia de los controles oftalmológicos anuales a partir de los 40 años.

¿Qué es el glaucoma y por qué es una amenaza silenciosa para la visión?

El glaucoma es una enfermedad silenciosa, asintomática en sus primeras etapas, que puede avanzar sin ser advertida y causar daños irreversibles en la visión periférica.

Según el Consejo Argentino de Oftalmología (CAO), el glaucoma consiste en una lesión irreversible del nervio óptico que conlleva una pérdida progresiva del campo visual. La causa principal es una presión intraocular elevada, aunque existen otros factores de riesgo como la diabetes, los antecedentes familiares o la hipertensión arterial.

El médico oftalmólogo y vicepresidente de la Asociación Argentina de Glaucoma, Gabriel Bercovich, explicó que “el problema es que generalmente no da síntomas, no duele y no da señales tempranas, por lo que muchas veces llegamos tarde al diagnóstico, cuando ya el daño es irreversible”.

En este punto, Moussalli ahondó: “El glaucoma es una enfermedad del nervio óptico del ojo, el encargado de transmitir al cerebro la señal visual para poder ver. Es importante tomar conciencia de que se trata de una enfermedad silenciosa que puede llevar a la ceguera si no se la detecta a tiempo”.

El diagnóstico temprano es clave. “El principal factor de riesgo está dado por la presión intraocular elevada, que daña al nervio óptico”, detalla la especialista. La presión ocular normal varía de 10 mmHg a 21 mmHg; valores superiores pueden indicar la presencia de glaucoma. El estudio incluye la toma de presión ocular, fondo de ojos, gonioscopia, OCT y campo visual, procedimientos que “no son dolorosos ni invasivos”, subraya la Dra. Moussalli.

¿Cuáles son los principales factores de riesgo y grupos vulnerables?

La prevalencia del glaucoma aumenta de manera significativa con la edad: afecta a más del 6% de las personas mayores de 40 años y al 10% de quienes superan los 70 en Argentina.

Puede presentarse en diferentes formas: congénito, juvenil, del adulto de ángulo abierto o cerrado, y secundario a traumatismos o uso de corticoides. El tipo más frecuente es el “primario de ángulo abierto”, que suele aparecer a partir de los 40 años.

“El glaucoma generalmente afecta la visión periférica; sólo en etapas muy avanzadas compromete la visión central. Uno de los síntomas más frecuentes es que no se pueden ver los objetos hacia los costados”, advirtió Moussalli.

Además, pueden aparecer visión borrosa, halos alrededor de las luces y sensibilidad a la luz. “Los hijos, nietos y hermanos de pacientes con glaucoma tienen 10 veces más riesgo de contraerlo en comparación con las personas que no tienen parientes cercanos con esta enfermedad”, alerta la especialista.

Entre los factores de riesgo se incluyen también la miopía, la hipermetropía, la diabetes, la hipertensión arterial. “Todos podemos tener glaucoma, pero hay quienes tienen más riesgo de padecerlo: personas mayores de 40 años, con antecedentes familiares directos, que usaron o usan corticoides, o que sufrieron traumatismos en los ojos”, indicó el médico oftalmólogo y ex presidente del Consejo Argentino de Oftalmología, Javier Casiraghi.

Por estas razones, la recomendación generalizada es realizar un control oftalmológico anual a partir de los 40 años o antes si existen antecedentes o condiciones que eleven el riesgo.

¿Cómo se detecta y trata el glaucoma en Argentina?

La detección precoz del glaucoma se basa en exámenes sencillos y no invasivos, como la medición de la presión intraocular y el examen de la papila del nervio óptico. Estas pruebas son fundamentales para identificar la enfermedad en personas que no presentan síntomas.

En el marco de la Semana Mundial del Glaucoma, y principalmente durante la Campaña Nacional de Detección del Glaucoma organizada por el Consejo Argentino de Oftalmología, hospitales y centros médicos de todo el país ofrecen atención gratuita y por orden de llegada a personas de todas las edades. Cada año, entre 5.000 y 8.000 personas reciben atención oftalmológica gratuita, según los organizadores de la campaña.

Para chequear la sede más cercana y horarios de atención de este año, ingresar a www.oftalmologos.org.ar/glaucoma2026

Asimismo, el Hospital Italiano de Buenos Aires ofrecerá este viernes 13 controles oftalmológicos sin turno previo en sus sedes de Almagro y San Justo, de 9 a 16 horas. “El objetivo de esta jornada es detectar el glaucoma en forma precoz y, de esta forma, prevenir la ceguera asociada al avance de la enfermedad”, explican los organizadores.

“Dado que esta enfermedad no presenta síntomas ni molestias en su fase inicial, las personas afectadas desconocen que la padecen. Por esta razón, se la suele calificar como el ‘ladrón silencioso de la visión’. Pero hay una buena noticia: con un diagnóstico oportuno y un tratamiento adecuado, la gran mayoría de los pacientes con glaucoma conservan su visión”, destacó el médico oftalmólogo Daniel Grigera, integrante del CAO.

Tratamiento disponible y consejos para reducir el riesgo

“El tratamiento tiene como meta controlar la presión intraocular y detener la progresión de la enfermedad”, explicó Moussalli. Las opciones incluyen gotas diarias, láser o cirugía incisional. “Si el oftalmólogo indica un tratamiento vía medicación, habrá que colocar las gotas en el horario indicado, utilizando recordatorios si fuera necesario y reponiendo la medicación a tiempo”, recomendó la especialista.

Y agregó: “Si bien la pérdida de visión ocasionada por el glaucoma no se puede recuperar, su progreso se puede controlar mediante diferentes formas de tratamiento.

Para reducir el riesgo y mejorar la calidad de vida, los expertos sugieren:

  • Realizar ejercicio físico aeróbico regular, evitando posturas con la cabeza hacia abajo.
  • Consumir alimentos ricos en antioxidantes, como vegetales de hoja verde, arándanos y cacao.
  • Usar anteojos de sol con filtro UV certificado.
  • Evitar la automedicación y controlar la hipertensión arterial.
  • Prestar especial atención al uso de corticosteroides y consultar siempre con un oftalmólogo.
  • Realizar controles anuales a partir de los 40 años, o antes si existen antecedentes familiares o factores de riesgo.

Los especialistas insisten en la importancia de que las personas diagnosticadas mantengan controles periódicos, al menos una o dos veces al año, y permanezcan bajo supervisión oftalmológica de por vida. La adherencia a las indicaciones médicas y la constancia en los controles permiten sostener una buena calidad de vida y evitar la progresión hacia la ceguera.

El mensaje, respaldado por las entidades médicas y científicas, es contundente: el glaucoma puede no dar señales, pero el control médico oportuno puede marcar la diferencia entre conservar o perder la visión de manera irreversible.

Fuente: Infobae

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Salud

Seis hábitos dañinos que pueden frenar la vitalidad después de los 70 y qué hacer para revertirlos

El problema no es la edad, sino la fuerza del hábito, dice Mario Alonso Puig, médico y conferencista, en referencia a los adultos mayores. El “declive humano” se produce porque “se arrastran años o incluso décadas repitiendo rutinas que desgastan la vitalidad de forma silenciosa”, afirma en uno de los tantos videos de su canal de YouTube que dedica a hablar de la generación silver.

Esas “pequeñas costumbres”, que parecen parte normal del envejecimiento, “en verdad actúan como un tóxico lento y constante”, advierte. Son hábitos casi inconscientes, patrones de comportamiento que se repiten sin ver que “roban años de vida, energía, claridad mental y, sobre todo, la posibilidad de vivir esta etapa con plenitud”.

Puig apunta contra ese “momento en la vida de casi todas las personas”, alrededor de los 65, 70 años, en el que “el cerebro toma una decisión silenciosa”, sin que uno lo note, la mente “comienza a prepararse para dejar de vivir”.

No se trata de enfermedad, ni depresión, sino de “algo mucho más sutil y peligroso: tu cerebro empieza a aceptar que ya no eres protagonista de tu propia vida”, dice. La consecuencia es que “el cuerpo obedece, los músculos se debilitan más rápido, la memoria falla con más frecuencia, el ánimo baja, las ganas desaparecen y todo el mundo a tu alrededor dice que es normal, que es la edad, que así es la vida”.

Puis asegura que no es así, que no tiene por qué ser así, y explica qué hábitos concretos “alimentan ese proceso destructivo” y qué se puede hacer “para revertirlo”.

Son hábitos que aparentemente no tienen que ver con la salud, pero “que determinan si vas a vivir tus próximos años con vitalidad o si vas a ir apagándote como una vela”.

Apoltronados

El cuerpo humano no fue diseñado para estar quieto, observa. “Sin embargo, eso es exactamente lo que hacen millones de personas cuando llegan a cierta edad. Se sientan y desde un sillón empiezan a despedirse del mundo sin saberlo. El sedentarismo después de los 65, 70 años no es simplemente un mal hábito, es una sentencia”, asevera.

El deterioro que causa el inmovilismo en personas que se acaban de jubilar por ejemplo puede ser drástico y acelerado. Implica “pérdida de masa muscular, pérdida de equilibrio, caídas, fracturas, hospitalización”. Esto empieza “con algo tan simple como dejar de caminar”.

Los huesos pierden rápidamente densidad, la sarcopenia también se acelera “de una forma que no ocurriría” si la persona mantiene “aunque sea un mínimo de actividad”. Y Puig aclara que no está hablando de tres horas de gimnasio por día o de correr maratones. Está diciendo que “caminar 30 minutos, cuatro o cinco veces por semana” basta para marcar “la diferencia entre una vejez digna y una vejez postrada”.

Pero además, el sedentarismo no solo afecta al cuerpo sino a la mente, explica: “el movimiento genera endorfinas, serotonina, dopamina”, sustancias que son el combustible que necesita “el cerebro para experimentar bienestar, motivación y propósito”. Al no moverse, el cerebro interpreta que “ya no necesita producirlas” y “detiene su fabricación”. “Así emergen la apatía y el desánimo, un estado que muchos confunden con la depresión o el simple envejecimiento, cuando el origen real es la inactividad”, sostiene Puig.

El disco duro lleno

“Existe una creencia muy extendida, muy arraigada, que dice que a partir de cierta edad ya no se puede aprender nada nuevo, que el cerebro de una persona mayor es como un disco duro lleno, que ya no le cabe más información”, dice Puig que sostiene que esa creencia, “aparte de falsa, es tremendamente dañina, porque cuando una persona se la cree”, le está dando “permiso a su cerebro para dejar de funcionar”. La neurociencia ya demostró que “el cerebro humano tiene la capacidad de generar nuevas conexiones neuronales a cualquier edad, a los 70, 80, 90”.

Se llama neuroplasticidad. Significa, dice, que “el cerebro puede seguir creciendo, adaptándose, puede seguir aprendiendo” siempre que se lo incentive. Pero si todos los días hacemos y hablamos de lo mismo, el cerebro “entiende que no necesita esforzarse” y empieza su deterioro.

No se refiere Puig a grandes empresas, como empezar una carrera universitaria, sino de pequeños estímulos: leer cosas que no sean las acostumbradas, probar nuevas recetas, caminar por un sitio nuevo o hacer sudokus. “Cada una de esas pequeñas cosas es un estímulo para tu cerebro. Es como llevarle comida fresca, como darle gasolina. Y tu cerebro responde, vaya que responde”, asegura.

“El hábito de repetir lo mismo todos los días, de vivir en piloto automático, es uno de los más peligrosos después de los 70, porque no duele, no se nota, no parece grave”, advierte.

Por eso hay que romper la rutina, desafiar a la mente con un poco de incertidumbre.

Animal social

“La soledad no deseada en personas mayores tiene un efecto en la salud comparable al de fumar quince cigarrillos al día, según estudios serios —dice Puig—. La soledad crónica aumenta la inflamación del cuerpo, debilita el sistema inmune, incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, acelera el deterioro cognitivo y aumenta significativamente la probabilidad de muerte prematura”. Sin embargo, constata, no suele ser mencionado como hábito nocivo en personas mayores, porque se lo considera inherente a la etapa.

Esa soledad es habitual como lo son sus causas a esta edad: pérdida de seres queridos, alejamiento de los hijos, fin del trabajo. Puede pasar que esa persona mayor no hable con nadie en todo el día.

Se considera a la soledad “como si fuera parte de hacerse mayor”, dice Puig. “Pero no lo es, no tiene por qué serlo”, afirma. El ser humano es un animal social, por lo tanto, el contacto con otros no es un lujo sino una necesidad biológica.

“Cuando hablas con alguien, cuando compartes una conversación, cuando te ríes con otra persona, tu cerebro libera oxitocina, que es la hormona del vínculo, de la conexión, de la confianza. Y esa oxitocina tiene efectos reales y medibles en tu salud. Reduce la presión arterial, mejora la digestión, fortalece el sistema inmunológico, reduce la ansiedad, mejora el sueño. Todo eso simplemente por estar con otra persona”, explica el médico.

Por lo tanto, hay que combatir el hábito de aislarse, encerrarse, no buscar compañía, en suma, “aceptar la soledad como destino” porque “es uno de los hábitos más mortales”.

Buscar compañía, llamar a alguien, integrarse a un grupo, es, dice Puig, “la diferencia entre vivir y simplemente existir”.

Psicología de la nutrición

“Después de cierta edad, la mayoría de las personas no come por hambre, come por costumbre, aburrimiento, ansiedad, inercia. Come porque son las dos y hay que comer, porque la televisión está encendida y picotea mientras la mira o porque no tiene otra cosa que hacer”, señala Mario Alonso Puig. Y agrega: “Come porque la comida es uno de los pocos placeres que le quedan”, y comer por motivos emocionales “hace mucho daño”.

En estos casos, es frecuente duplicar el consumo de azúcar y en su entorno no le dicen “porque son mayores”. “Esa compasión mal entendida es una forma de negligencia —sentencia Puig—, porque el exceso de azúcar después de los 70 no es un placer inocente, es un acelerador del deterioro cognitivo, de la inflamación crónica, de la diabetes, de las enfermedades cardiovasculares. Es combustible para casi todo lo que puede ir mal en un cuerpo que ya está trabajando con menos recursos”.

Pero para Puig, el problema mayor es “la relación que se tiene con la comida”. Comer por aburrimiento, soledad, ansiedad, es convertir a la comida en sustituto de algo que falta, “movimiento, estímulo mental, contacto social, propósito”. Si todo eso está presente en la vida de una persona, “la relación con la comida se regula sola”. Deja de ser una “muleta emocional”.

A continuación, da algunos consejos “tremendamente simples, pero tremendamente efectivos”. El primero es beber agua, aunque no se tenga sed porque a partir de los 65, aunque el cuerpo necesite agua, “el cerebro ya no avisa con la misma urgencia”. La deshidratación crónica leve causa fatiga, confusión mental, dolor de cabeza, irritabilidad, problemas digestivos.

El segundo, es incorporar más fibra a la dieta. Frutas, verduras, legumbres. Basta con asegurarse de que en el plato haya color y variedad. Y productos de la tierra, antes que de la fábrica. Los ultraprocesados “son especialmente dañinos para personas mayores porque están cargados de sal, azúcar, y grasas que el cuerpo cada vez tiene menos capacidad de procesar”.

Tercero, recuperar “el acto de comer como algo consciente”, es decir, sentarse a la mesa, apagar la tele, comer acompañado de ser posible, masticar despacio.

Finalmente, no olvidar la proteína, porque después de los 70, el cuerpo la necesita más, no menos. “Hay muchas formas de incluir proteínas sin complicarte la vida y sin gastar una fortuna, pero necesitas hacerlo porque si no tu cuerpo empieza a comerse sus propios músculos para obtener la proteína que necesita. Y eso es exactamente lo que lleva a la fragilidad, a las caídas, a la dependencia”, explica Puig.

“Caminar, comer bien, beber agua, estar con gente —recapitula—. Son cosas que parecen muy básicas, pero precisamente por eso nadie les presta atención”. Pero “son los cimientos y sin cimientos cualquier edificio se derrumba”.

Sueño reparador

Otra cosa que se ve como normal a partir de los 65 es dormir mal. La gente considera lógico dormir menos horas y despertarse seguido durante la noche. Pero Puig afirma categóricamente que “dormir mal no es normal a ninguna edad”. “Es cierto que el sueño profundo se reduce y que los despertares nocturnos son más frecuentes —admite sin embargo—. Pero eso no significa que tengas que aceptar dormir cuatro horas o despertarte exhausto cada mañana”. El mal descanso nocturno es un factor de riesgo para el deterioro cognitivo.

El sistema linfático se activa durante el sueño profundo y se encarga de eliminar los residuos tóxicos que se acumulan en el cerebro durante el día y entre esos residuos están las proteínas que se han asociado con el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas, explica. “Cuando no duermes lo suficiente o cuando tu sueño es superficial y fragmentado, ese sistema de limpieza no puede hacer su trabajo y los residuos se acumulan”, señala.

Un obstáculo son las pantallas, cuya luz azul le dice al cerebro que es de día, que no es momento de producir melatonina, de dormir. La preocupación nocturna también perturba el sueño y las personas mayores tienden a preocuparse más de noche: por la salud, los hijos, el dinero, el futuro, la muerte. Esas preocupaciones generan cortisol, explica Puig, que es la hormona del estrés, enemigo número uno del sueño. Es biológicamente imposible dormir con el cuerpo inundado de cortisol.

Sus consejos para un sueño reparador: acostarse y levantarse todos los días a la misma hora todos los días, porque el cuerpo tiene un reloj interno que funciona mejor con horarios regulares; siesta de no más de 30 minutos y antes de las cuatro de la tarde; pantallas apagadas una hora antes de acostarse; antes de dormir, escribir en un cuaderno aquello que preocupa, no para solucionarlo, sino para sacarlo de la cabeza y ponerlo en el papel. “Ese gesto tan simple le dice a tu cerebro que puede soltar esas preocupaciones, que ya están registradas, que no hace falta que las revuelva toda la noche”, explica Puig.

Fuente: Infobae

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Actualidad

Adaptación escolar: qué es esperable en los primeros días y cuándo preocuparse

Con el comienzo del ciclo lectivo llegan grandes y nuevos desafíos. No se trata solamente de comprar útiles, forrar cuadernos y etiquetarlos. Para muchos es, también, adaptarse a un nuevo ámbito, y por supuesto, transitar en consecuencia, un proceso emocional profundo que moviliza tanto a los chicos como a los adultos.

Uno de los mitos más comunes es creer que una buena adaptación escolar es aquella en la que no hay lágrimas o algún que otro berrinche. “La adaptación no es una ausencia de malestar, y esto aplica tanto para los niños que ingresan a nivel inicial, como para que los comienzan la primaria o la secundaria”, dispara Constanza Leszczyñski, licenciada en psicología (MN43466), especialista en neurociencias, PNL y mindfulness.

Y aclara que, eso que nosotros llamamos malestar, y que muchas veces como padres nos inquieta es, ni más ni menos, que la evidencia de que “el cerebro se está ajustando a un cambio”. Y aunque no siempre aparece de la misma forma en todos los niños, nada indica que no sea saludable que surjan nervios, algo de llanto, enojo por el fin de las vacaciones, o incluso pequeñas regresiones, que en los más chicos pueden evidenciarse con una vuelta a la cama de los padres.

Para que ese ingreso a un mundo hasta ahora “desconocido” sea más simple, algunas instituciones -cada vez más-, proponen ingresos paulatinos o semanas de ambientación de manera previa.

Estos mecanismos ayudan a que los chicos se adapten a este nuevo espacio. “La escuela es la extensión de la casa y el inicio de la socialización secundaria”, indica Leszczyñski; por eso, es positivo que tengan momentos para ellos, sin estar “inundados de toda la cantidad” de gente y estímulos que tiene el colegio cuando funciona con los cursos completos.

Señales de alarma

Ahora bien, ¿qué pasa cuando los llantos se extienden, o los berrinches empiezan a transformarse en síntomas que perduran en el tiempo?

“La clave está en la intensidad y la duración. Cuando el malestar es intenso y sostenido en el tiempo significa que hay un síntoma”, agrega. Y es aquí donde es importante observar el cuerpo, “que habla antes que la palabra”, sostiene.

Síntomas físicos persistentes como dolor de panza a diario, vómitos o insomnio; cambios conductuales como retraimiento o alteraciones en la forma de ser; o llantos prolongados y cotidianos, podrían ser señal de problemas en el proceso de adaptación.

“Cuando el cuerpo de un niño se altera con algún síntoma y no logra regularse como lo hace habitualmente, es momento de consultar. Sobre todo cuando empieza el síntoma”, aclara.

Para eso, es fundamental diferenciar si eso que nosotros percibimos como un síntoma, es real o no. Ante la duda, lo aconsejable en primera instancia es hablar con la escuela, para saber cómo es la conducta del nene en ese ámbito, porque muchas veces los berrinches ocurren cuando mamá o papá los dejan en la escuela, y desaparecen a los pocos minutos de entrar al aula. Si efectivamente el síntoma persiste en la escuela, “lo más aconsejable, inicialmente, es consultar con el pediatra de cabecera, que es quien conoce el desarrollo del niño y podrá derivar a una orientación a padres o tratamiento si es necesario”.

El rol del adulto

En ocasiones somos los propios adultos quienes, sin querer, complicamos el proceso. Al dejar a un hijo en la escuela, se reaviva nuestra propia historia escolar y nuestros miedos a que sufran, a que no hagan amigos o la culpa por la separación. “Si yo no registro mi ansiedad, la voy a transmitir en gestos, porque nuestra comunicación es 80 por ciento no verbal”, explica Leszczyñski.

Por eso, para acompañarlos mejor durante esta etapa de adaptación, sugiere aprender a “autorregularse, transmitiéndoles tranquilidad a través del tono de voz y la postura; hacer despedidas breves, que no prolonguen la angustia; evitar la sobreprotección que nace del miedo, cuando sobreprotegemos transmitimos miedo, le estamos diciendo que está en peligro; y por supuesto, transmitirles confianza, demostrarles que confiamos en que ellos podrán con este nuevo desafío”.

Apostar al diálogo, tender un puente

También es importante que, al terminar la jornada escolar, y regresar a casa se genere un espacio de intercambio. No se trata solo de preguntar “cómo te fue”, sino de darles herramientas para que puedan compartir con nosotros aquello que les pasó durante el día, en palabras.

Una estrategia efectiva es que los padres también compartan su día: “Hoy estuve contenta porque hice una nota... ¿A vos qué te puso contento en el jardín?. Hoy me puse un poco triste porque algo no salió bien, ¿a vos te pasó algo parecido?”, ejemplifica Leszczyñski. Esto va a permitirles reconocer, identificar y poner en palabras sus propios sentimientos y emociones.

Rutinas y juegos

Este proceso de adaptación, que se da sobre todo para quienes comienzan el nivel inicial o primario, implica el comienzo de la puesta en marcha de las primeras rutinas.

En este sentido, Gilda Sabbatino, profesora de Educación Física y creadora de Criar en Amor -un emprendimiento desde el que da vida a actividades que ayudan a incorporar rutinas cotidianas- sostiene que el orden externo contribuye a la calma interna.

Por eso, diseñó una propuesta que se centra en rutinas visuales que transforman las obligaciones en algo lúdico, mediante la puesta en marcha de actividades con un enfoque basado en la paciencia y la elección de un método claro.

¿Cómo? Mediante un método visual que, valiéndose de pictogramas y checklists, les permite a los niños ser protagonistas de su día a día. “Estamos convencidos de que el orden trae calma”, dice la especialista. “Una rutina clara les brinda seguridad y les permite desarrollar su autonomía”, afirma.

Así, tarjetitas con tildes que se pegan y despegan cada vez que terminan una actividad, como por ejemplo, lavarse las manos o guardar la mochila, los motiva a incorporar actividades cotidianas. En este sentido, es fundamental que los papás los ayuden en el armado de esta rutina para que se apropien de ella antes de ponerla en práctica.

Acompañar es estar de verdad para ellos, mirándolos, observándolos, preguntándoles, sin el celular en la mano, cómo les fue, cómo se sintieron en el cole, qué hicieron de nuevo, qué les gustó más, a quién ayudaron ese día... Un montón de preguntas disparadoras para escucharlos de verdad”, afirma.

“Cada niño tiene su tiempo. Como adultos, el mejor camino es acompañarlos, frenar, guiar con paciencia y sin exigencias” en un camino en el que, aprender a confiar en la propia intuición y mantener una comunicación fluida con la escuela, resultan claves para que la adaptación sea el inicio de una etapa de crecimiento y disfrute.

Qué ocurre en el jardín

Cada niño vive el proceso de adaptación de manera diferente. Algunos ingresan con curiosidad desde el primer día, mientras que otros necesitan más tiempo para sentirse seguros en un entorno nuevo.

Para María Victoria Alfieri, licenciada en Educación, experta en pedagogía Reggio Emilia en la región, es importante que la escuela y los padres puedan acompañar estos primeros días con paciencia, escucha y respeto por los tiempos de cada chico.

“Cuando el niño se siente más confiado, ese acompañamiento se va retirando de manera gradual. Lo importante es que el proceso se realice con sensibilidad y respeto por el momento que está viviendo cada uno de ellos”, precisó.

La especialista da algunas recomendaciones para acompañarlos los primeros días:

  • Respetar los tiempos de cada niño sin comparar procesos.
  • Mantener despedidas claras y tranquilas, evitando prolongarlas demasiado.
  • Transmitir confianza en la escuela y en los docentes.
  • Sostener rutinas estables en casa que ayuden a dar previsibilidad.
  • Mantener diálogo cercano con el equipo docente para compartir información sobre el niño, sus intereses y necesidades.
  • Generar pequeños momentos cotidianos de encuentro, como compartir el desayuno o una colación saludable en el jardín.

Fuente: TN

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