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Se fundió seis veces, bajó 12 kilos y su esposa le dio un ultimátum: “Hasta que una idea cambió mi vida”
Hay personas que nacen con el gen de la inquietud clavado en el pecho. Esos que no se bancan la comodidad de un escritorio con sueldo fijo y necesitan salir a patear la calle, a inventar algo nuevo, a ser sus propios jefes. Maximiliano Laise (44) es uno de ellos.
Sin embargo, el camino del emprendedor independiente suele tener más espinas que flores, y Maxi tiene las cicatrices para demostrarlo. Pasó por seis rubros completamente distintos, saboreó el éxito efímero, se fundió, lo estafaron y hasta vio cómo el agua se le llevaba los ahorros de toda su vida.
Hoy, asentado en el barrio porteño de Belgrano junto a su familia, mira hacia atrás con la tranquilidad del que finalmente “la pegó”. Pero para llegar al éxito actual con su empresa de detección de fugas en piscinas, tuvo que aprender a perder.
Magia, globos y la primera gran desilusión
La historia de Maxi con el trabajo arrancó por necesidad y rebeldía adolescente en Martínez, zona norte del Conurbano, donde se crió. “A mis 16 años la situación económica de mi familia cambió de golpe. Mi viejo, que laburaba en un banco, se quedó sin ese ingreso extra y salió a manejar un taxi. En casa no faltaba la comida, pero yo quería mis cosas, mi ropa, mi plata”, rememoró Maxi en diálogo con TN.
Volviendo del colegio a su casa vio un cartel en un salón de fiestas infantiles llamado Happy Play donde buscaban personal. Se postuló sin saber hacer nada y terminó cuidando chicos dentro de un pelotero. Ahí se le despertó una vocación oculta. Estudió magia, globología y perfeccionó el rubro de la animación. Un día faltó el conductor oficial, le dieron el micrófono y ya no hubo vuelta atrás.
A los 18 años, su nombre ya cotizaba alto en el ambiente de los eventos, a tal punto que llamó la atención del dueño de un salón importante en Olivos, quien le propuso abrir una sucursal para fiestas de adultos. Max, con la inocencia de la juventud, aportó todo su equipamiento de audio e iluminación de alta gama sin firmar un solo papel. “Llevábamos casi un año laburando y yo solo cobraba por los eventos chiquitos, nunca veía las ganancias del salón grande. Me mostraba papeles que yo no entendía. Hasta que mi vieja me abrió los ojos y me dijo que me estaban cagando”, confesó Maxi, casado con Gisela, con quien son padres de Martina, Santino y Benjamín.
La salida fue drástica. En una sola noche, contrató un camión, desmanteló el salón y se llevó sus cosas. Tuvo que vender absolutamente todo para pagar las deudas que había contraído para montar el lugar. Primer fracaso consumado: quedar en cero.
De los sándwiches gourmet a la odisea de la “papa loca”
Maxi volvió a las bases, combinando las animaciones con laburos en verdulerías o lo que saliera. A los 23 años conoció a su mujer, se mudó a Capital Federal y entró a trabajar en venta telefónica en Garbarino. Le iba muy bien, pero el encierro no era lo suyo. Cuando la empresa empezó a flaquear y ofreció retiros voluntarios, no lo dudó: agarró la plata y se puso una sandwichería a la que llamó Breisa Gourmet.
“Hacían fila en la puerta. A los dos meses era terrible lo que laburábamos con mi mujer. Mi hijo, que tenía cuatro o cinco años, se dormía abajo de la mesa de lo cansados que estábamos”, recordó. El negocio marchaba sobre ruedas hasta que la competencia le jugó fuerte: le pusieron un local de comida por peso justo enfrente. El público cambió de vereda y las ventas se desplomaron. “Se me caían las lágrimas de ver a mis clientes comprando enfrente”, graficó. Decidió vender todo antes de que fuera tarde. Segundo intento fallido.
Buscando en internet qué hacer, vio un video viral de China sobre las “papas locas” (papas espiraladas en un palito). Registró la patente de la forma y armó un puesto en Villa La Ñata. Le fue tan bien que lo llamaron desde Gualeguaychú, Entre Ríos, para ofrecerle un parador en la zona de la playa.
La apuesta fue total. Vendieron un departamento chico que su esposa había heredado e invirtieron el 80% de esos ahorros en la aventura entrerriana. Se mudaron tres meses en familia. Diciembre fue una locura espectacular; Maxi incluso compró un juego mecánico tipo jumping para sumar al parador. El negocio parecía imbatible, hasta que en enero el clima dijo otra cosa.
“Empezaron las lluvias y el río empezó a subir. A las tres de la mañana me avisó el de seguridad que levantara los motores. A las seis el agua ya estaba a un metro”, relató con angustia. “Hay una foto mía increíble de ese mediodía, mirando el horizonte donde lo único que se ve es la puntita de la bandera de mi cabaña. Todo lo demás quedó bajo el agua. Perdimos la temporada y perdimos todo”. Tercer fracaso, esta vez por fuerza mayor.
Cintas de suspensión chinas y socios complejos
Maxi no se quedó llorando. Volvió a Buenos Aires y vio que en Estados Unidos estaba de moda el entrenamiento en suspensión (TRX). Fabricó su propia versión local con materiales de alta calidad, las Power Tapes, con una presentación impecable que incluía manuales y remeras. Las casas de deporte le empezaron a pedir de a decenas. “Dije ‘la pegué con esto’, nos fuimos a una convención a Mar del Plata y todo”, comentó. Pero el viento de cola duró poco: al año entraron los productos importados de China a una fracción de su costo y el negocio se volvió insostenible. Cuarto cierre.
En el medio de la frustración, reapareció la oportunidad de reflotar las papas locas con unos inversores corporativos. Terminaron con un food truck dentro de Bioparque Temaikèn y en la feria de Mataderos. Se vendía muchísimo, pero la relación con los socios se volvió densa. Al no tener las cosas del todo claras en los papeles, Maxi terminó dando un paso al costado sin un peso en el bolsillo.
La estafa de los lotes fantasma
Desesperado por mantener a su familia, estudió para tripulante de cabina, pero el mercado se pulverizó. Terminó manejando para Uber y trabajando como administrativo en una empresa de fugas de gas natural. En paralelo, zafó de milagro de la estafa de Generación Zoe retirando sus fondos a tiempo. Sin embargo, la ambición de recuperarse lo llevó a su sexto y más doloroso tropiezo: se asoció con un hombre que supuestamente desarrollaba un barrio privado cerca del Río de la Plata. Maxi puso su capacidad como vendedor y le ofreció los lotes a amigos y conocidos de confianza, firmando contratos ante escribano. Todo parecía legal, hasta que un día saltó la peor verdad: los terrenos no existían.
“Me enteré en la oficina por una discusión. Los terrenos estaban a nombre de otros dos tipos, no había nada, era solo pasto. Lo terrible fue que la gente a la que yo le había vendido de buena fe me empezó a buscar a mí”, relató Maxi sobre el momento más oscuro de su vida. “Tuve que juntar audios, papeles y pruebas para demostrar mi inocencia y armar una reunión con todos para explicarles que a mí también me habían estafado y que debían ir contra el verdadero culpable”.
El costo emocional fue devastador. “Estuve tres meses encerrado en mi casa. Bajé 12 kilos por los ataques de nervios y de pánico. Recibía agresiones, amenazas, todo era horrible”, confesó. La situación llegó al límite familiar: “Un día mi mujer me miró y me dijo: ‘Maxi, o nos separamos, o te vas solo, o te levantás. Punto, hasta acá llegué’. Tenía toda la razón del mundo porque yo era un ente que no hacía nada”.
El nacimiento de “Pool-Detect” y el éxito global
Acorralado y con el ultimátum de su esposa resonando en la cabeza, Maxi se paró frente a la crisis. Pensó en lo que sabía hacer: venta, tecnología y su experiencia en la empresa de fugas de gas. El novio de su suegra, que es arquitecto, le dio la pista definitiva al comentarle que las piscinas eran un dolor de cabeza crónico porque se rajaban y nadie sabía dónde perdían agua. Investigando, descubrió que el 90% de las piscinas del mundo tienen filtraciones y que no existía ninguna empresa dedicada 100% a solucionarlo de forma tecnológica.
Sin un peso para invertir, diseñó un logo tirando líneas en Canva y armó un grupo familiar para elegir el nombre. Sus hijos ganaron la pulseada y así nació Pool-Detect (detección de fugas en piscinas).
“Abrí una cuenta de Instagram y compré una línea de teléfono para atender como si fuéramos una mega empresa. A la semana tenía entre 40 y 50 consultas. Era terrible, ahí me di cuenta de que iba en serio”, recordó Max. Como sus antecedentes de fracasos eran conocidos, pocos quisieron prestarle los miles de dólares que costaban los equipos tecnológicos importados de Estados Unidos y España. Arrancó desde su casa, dándose maña con lo que tenía, priorizando un servicio premium con uniformes, profesionalismo extremo y la atención directa del dueño con el cliente.
A tres años de aquel inicio, la realidad de la empresa superó cualquier ficción. Hoy atienden en sus oficinas de Capital Federal, cubren todo el Partido de la Costa, se expandieron a Córdoba y planean llegar a más provincias. El gran diferencial radica en la velocidad del diagnóstico gracias a la tecnología que importó.
“Ahorramos tiempo y dinero al cliente. De la forma tradicional, llaman a un constructor, adivinan por dónde baja el agua y rompen todo a ciegas. Nosotros, en solo dos horas, detectamos todos los puntos de fugas, garantizamos la solución y el cliente sabe que ante cualquier duda habla conmigo, con el dueño directo”, detalló Maxi sobre el eslogan que hoy comparte su hijo más chico en las redes de la marca.
El impacto de este método, único en su tipo a nivel mundial, cruzó las fronteras al año de arrancar cuando un inversor lo contactó desde el exterior deslumbrado por el contenido que Maxi subía a internet. “Me pagó el pasaje, viajé y firmamos un contrato porque quería el sistema completo. En México usaban tintas y tardaban entre 12 y 24 horas en encontrar una filtración; no podían creer que nosotros lo resolviéramos en dos”, reveló con orgullo.
La marca ya es un fenómeno internacional: arrancó en Sonora, se expandió a Monterrey, abrió su pata operativa en Tulum y está por cerrar contratos en Guadalajara, Cancún y Chihuahua. Además, en sociedad con el mismo inversor, Pool-Detect desembarcará en Estados Unidos con aperturas confirmadas en Miami y Tucson.
Con la perspectiva que dan los golpes, Maxi dejó una reflexión para aquellos que tienen el alma emprendedora pero temen dar el salto: “Siempre se puede, tenés que tener ganas. Está el que prefiere quedarse tranquilo tras un escritorio por su sueldito a fin de mes, pero al que le gusta le busca la vuelta. No hay que pelear por precios, hay que pelear por calidad de servicio”.
Para quienes lo perdieron todo en un intento, su mensaje es claro: “No bajen los brazos. Hay que aprender de los errores al 100%, saber exactamente qué se hizo mal y adaptarse. Y un consejo clave: nunca arranquen desde el negocio grande, arranquen desde su casa, achicando los costos al mínimo”.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN