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Fue radiólogo, cantante y se hizo viral al contar que vive en la calle: “Hay días que no tengo para comer”
Marcelo Bevacqua pide disculpas antes de contar su realidad, como si hiciera falta, como si poner en palabras lo que vive fuera una molestia para el otro. “Perdón, pero mirá, por ahí es difícil de entenderlo… yo soy un tipo que está rehaciendo su vida”, dice, y en esa frase ya aparece todo: el intento, la caída previa, el esfuerzo por volver a armar algo con lo poco que queda.
Tiene 60 años, nació el 26 de marzo de 1966, fue técnico en radiología durante décadas, se subió a escenarios desde los años 80 como cantante y hoy, en Mendoza, su día a día es otro. Vive en situación de calle, aunque algunas noches encuentra refugio en una casa que le dejaron cuidar, una situación provisoria que le permite no dormir a la intemperie, pero que no alcanza para hablar de estabilidad. Comer no siempre está garantizado, moverse tampoco.
“Yo ayer, por ejemplo, llegué re tarde a la plaza, me tuve que tomar dos colectivos, no tenía ni siquiera para comer, hoy tampoco… me cuesta llevarlo adelante. Estoy cuidando una casa que estaba abandonada. Mi vida sigue siendo bastante caótica, mucho más organizada que antes, pero igual… soy un tipo pobre, que le cuesta muchísimo hacer un mango”, cuenta.
De profesión: radiólogo y cantante
Su historia no empezó ahí, claro. Durante años tuvo una vida que podría encajar en cualquier esquema de normalidad. Creció en Godoy Cruz, en el barrio Bancarios, en una familia trabajadora donde el esfuerzo era la regla. Su padre era comerciante y fotógrafo, su madre técnica radióloga, y él eligió ese mismo camino, el de la salud, el de un trabajo estable, el de una profesión concreta.
“Fue una infancia relativamente normal, con algunos altibajos, pero normal. Una linda infancia, una adolescencia complicada pero dentro de todo normal, hijo de un padre laburante a full”, recuerda.
Pero Marcelo hoy está en la calle por circunstancias de la vida. Trabajó desde 1995 haciendo radiografías, un oficio que sostuvo durante años mientras en paralelo desarrollaba otra pasión que nunca abandonó: la música. “Desde el año 85, 86, me subí por primera vez a un escenario. Toqué en muchas bandas, tuve una que era mía, Betty Fru, nos fuimos a Chile, vivimos dos años allá… la mayor parte de mi vida hice radiografías y canté”, resume.
Esa doble vida, entre hospitales y escenarios, formó parte de su identidad durante décadas. Incluso en los últimos años volvió a grabar: participó en el disco Bucle, de la banda Quizás, Quizás, Quizás, donde canta dos temas. “Sigo cantando todavía”, dice, como si aferrarse a eso fuera también una forma de sostenerse.
Pero en algúnpunto, todo se desordenó. “No es una sola cosa, son muchas. La gente dice ‘está en la calle porque es un vago, porque es delincuente’, y no es así siempre. Hay problemas familiares, separaciones, desempleo… cuando la familia deja de serlo, se rompe todo, se empieza a caer todo”, reflexiona.
A ese escenario se le suma la depresión, el consumo, las adicciones, una cadena que se retroalimenta y de la que no es fácil salir. Marcelo no esquiva su propia responsabilidad ni intenta suavizarla. “Las drogas arruinaron mi vida, sí, por supuesto. Es una enfermedad, no es joda. Hoy estoy limpio, sobrio, gracias a una comunidad que me ayuda, pero es una lucha de por vida”, afirma.
El frío de la calle
La caída no fue de un día para el otro, pero hubo un momento que funciona como quiebre. Vivía en una pensión de la calle Avellaneda, donde había pasado diez años. Tenía sus cosas, su trabajo, cierta estabilidad. Hasta que dejó de poder pagar.
“En 2014 comí en la plaza por primera vez, en una olla popular. Fue terrible”, dice, y la frase queda flotando, sin necesidad de explicaciones.
La calle llegó de golpe, aunque en realidad venía anunciándose. Y con ella, una forma de vida que nunca había imaginado. “Uno nunca piensa que va a terminar así. Mi familia, mis amigos… todos hicieron lo que pudieron, pero llega un momento en que te quedás solo”, cuenta.
Esa soledad es, para él, lo más duro. “Lo peor es sentir que no le importás a nadie, que no saben si estás vivo”, dice, y ahí aparece una herida más profunda que la falta de techo o de comida.
Las primeras noches fueron extremas. Para escapar del frío, se subía a los colectivos y viajaba durante horas. “Andar en bondi era barato, me quedaba charlando con los choferes… era una forma de pasar la noche”, recuerda. No había refugio, no había rutina, no había descanso real.
Con el tiempo, fue encontrando distintas formas de transitar esa situación: refugios, casas de amigos, espacios temporarios. “Hace diez años que estoy así, no todo el tiempo en la calle, pero sí en esa inestabilidad permanente”, explica. Porque, como insiste, la “situación de calle” es mucho más amplia que dormir en una plaza.
También pasó por lugares que valora, como el refugio del Puente de las Américas, en Mendoza, donde recibió acompañamiento psicológico y atención de salud. Y estuvo en Buenos Aires, donde conoció organizaciones que —según dice— trabajan con un compromiso enorme. Pero aun así, salir no es automático.
“Tenés herramientas y no podés salir. Es como una desconexión entre el corazón y el cerebro. No podés tomar decisiones básicas, no podés salir a trabajar, no te sentís capacitado para nada. Es un problema mental”, explica.
En ese recorrido hubo momentos límite. Pensamientos que lo llevaron al borde. “Pensé en suicidarme, tirarme desde el puente del Corredor del Oeste”, dice sin rodeos, como quien ya atravesó ese lugar oscuro. Y sin embargo, sigue.
Hoy vende libros en Plaza Italia, en Mendoza. Es su forma de generar algún ingreso, de sostenerse, de estar en contacto con otros. Aunque no siempre puede. “Me hubiera encantado volver a la plaza, pero no tengo ni para el colectivo”, dice, en una frase que vuelve a poner todo en perspectiva.
También escribe. Dos libros, en paralelo.
Uno se llama —o se llamará— La calle que no me calla. Es un trabajo que reúne historias reales de personas en situación de calle en Mendoza, entrevistas, relatos, poemas, textos propios y de otros. “Es re bonito, hay poesías de gente que está en la calle… y también aborda problemáticas: el consumo, la basura, la gente grande, los que salen de la cárcel”, explica.
El otro libro es completamente distinto. Se llama Ratas, palomas y cucarachas y es ficción. Un universo oscuro, casi kafkiano, donde esos animales representan a personas que vivieron en la calle y ahora habitan un inframundo. “Son historias que empiezan cuando se esconde el sol”, dice.
Escribir, para Marcelo, no es solo una forma de expresarse. Es una manera de entender y de darle sentido a lo vivido. “Pude estudiar, trabajé desde chico, pero el problema tiene que ser claro: las drogas. Es un flagelo terrible que afecta a cualquiera”, insiste.
En medio de todo eso, hay algo que le cambió el presente hace poco: un perro. Pipino. “Me salvó la vida. Es una terapia verdadera. Dormimos abrazados muchas veces. Es compañía”, dice sin dudar.
Ese vínculo, simple pero profundo, le devolvió algo que parecía perdido: la sensación de no estar completamente solo.
Marcelo también convive con diabetes, lo que agrega una dificultad más a un contexto ya complejo. “A veces no estoy bien”, admite, aunque no se detiene demasiado en eso.
Prefiere hablar del intento. “Soy un tipo que está rehaciendo su vida”, repite y vuelve a presentarse como alguien que atravesó un proceso que, según él, puede tocarle a cualquiera. “Si alguien quiere comunicarse conmigo por laburo, cuidar una casa o lo que sea, me serviría mucho”, dice, casi al final, volviendo a pedir permiso.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN