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A 44 años de la Guerra: combatió en Malvinas, le amputaron una pierna y se casó con la enfermera que lo cuidó
Graciela Lo Russo tenía 16 años cuando tomó una decisión que iba a cambiarle la vida. No había guerra todavía, ni urgencias, ni salas llenas de soldados heridos. Solo una convocatoria inédita y una intuición.
“En agosto del año 1981 me enteré de que el Ejército Argentino por primera vez incorporaría mujeres a sus filas para formarlas como enfermeras. Con una ilusión sin precedentes me anoté y luego aprobé la admisión. Con ansias esperaba el momento de ingresar”, recuerda ella, que creció en Morón y por entonces apenas empezaba a imaginar su futuro.
La confirmación llegó meses después, en febrero de 1982. Una carta con los detalles de incorporación y una fecha precisa: 15 de abril. Para ella, que vivía cerca de Campo de Mayo, eso implicaba ir y venir todos los días, sin necesidad de internarse. La formación arrancó con intensidad, combinando disciplina militar con prácticas de enfermería: toma de signos vitales, colocación de inyecciones, admisión de pacientes. Todo parecía parte de un aprendizaje exigente pero previsible. Hasta que el contexto cambió de manera abrupta.
“Algo inesperado pasó el 2 de abril de 1982, cuando nos enteramos de que Argentina recuperaba las Islas Malvinas. Con orgullo en mi pecho pensé: ‘Llegó el día’”. A partir de ese momento, lo que hasta entonces era formación empezó a tener otro peso. Las prácticas se intensificaron y el hospital se convirtió en un lugar atravesado por la urgencia.
“Íbamos todos los días de 8 a 12. Colaborábamos con las enfermeras de piso, principalmente en el área de traumatología, y nos ocupábamos de cambios de camas, tomar signos vitales, suministrar la medicación y asistir a los médicos en las curaciones. A mí me interesaba mucho aprender e ingresaba en las habitaciones cuando los médicos hacían sus recorridos. Tuve la fortuna de ver cómo curaban por primera vez a muchos soldados”.
Cuerpos marcados por la guerra
Las escenas que empezaron a ver ya no tenían nada de teoría. Eran cuerpos marcados por la guerra, intervenciones complejas y decisiones médicas tomadas en contextos límite. En ese marco, hubo una situación que le quedó grabada para siempre.
“En una de esas curaciones había un soldado al que debimos realizarle injertos de piel extraídos de su propia espalda para reconstruir la otra pierna. Los médicos no sabían cómo reaccionaría su organismo, pero gracias a Dios todo fue un éxito, aunque el sufrimiento de ese soldado me quedó grabado en la mente”, recuerda.
Ese soldado era Julio Ruggiero, de San Isidro. Había perdido una pierna y atravesaba un proceso largo y doloroso de recuperación. En ese momento, él era uno más entre los tantos pacientes que llegaban al Hospital Militar de Campo de Mayo, pero con el tiempo su historia iba a cruzarse definitivamente con la de Graciela.
El ritmo en traumatología era constante. A cada aspirante le asignaban pacientes, y la rotación no se detenía. “En el piso de Traumatología me asignaron seis pacientes, a quienes se les daba el alta a medida que iban. En el peor momento de la guerra, cuarenta aspirantes hicimos guardia nocturna en el hospital. Preparábamos el material de enfermería que utilizarían al día siguiente, ya que en ese momento no había materiales descartables”, señala.
Los nombres de muchos de esos soldados todavía los recuerda. Algunos amputados, otros con heridas de bala o esquirlas, todos atravesados por la misma experiencia. “Recuerdo a muchos soldados que atendí, incluso tengo contacto actualmente con algunos de ellos”, cuenta. Y menciona, entre otros, a Marcos Irrazábal, Julio Ruggiero, Renato Ruiz, Alario, Pato García, Alfonso Fernández, Ariel Tazcón.
Los veteranos de guerra tenían la edad de las enfermeras
El hospital no era solo un espacio de trabajo. También era un lugar donde se construían vínculos. La cercanía generacional marcaba una diferencia: “Después de todo, los veteranos de guerra tenían la misma edad que nosotras, jóvenes de 18 años en su mayoría, y nos trataban de igual manera”. Esa horizontalidad se traducía en gestos cotidianos que iban más allá de lo médico.
“A las que salíamos los fines de semana, nos dejaban visitar a los soldados que no tenían familiares cerca para darles una palabra de aliento. Ayudábamos en lo que podíamos, especialmente mandando cartas o avisando por teléfono a sus familiares”. En medio de ese contexto, incluso el humor tenía un lugar inesperado. “Recuerdo un día que nos hicieron una broma y nos dijeron que debíamos sacarle el yeso a un paciente que había fallecido. Cuando nos acercamos para sacarle el yeso, se destapó gritando un soldado. El susto que nos llevamos fue inmenso. Después nos dimos cuenta: ¿para qué sacarle el yeso a un fallecido? Fue una broma. Había momentos en que el humor nos salvaba del horror y lo agradecíamos”.
Con el paso de los meses, la intensidad empezó a ceder. La sala de traumatología, que había estado desbordada, comenzó a vaciarse. Las aspirantes rotaban por otros sectores: cirugía, guardia, clínica médica, neurología. La guerra había terminado, pero las consecuencias seguían presentes en cada historia.
Fue en ese contexto, ya fuera de la urgencia inicial, cuando Julio volvió a aparecer en la vida de Graciela, esta vez desde otro lugar. “En el mes de octubre, luego de que terminó la guerra, nos dividieron en grupos para cumplir el servicio en distintos hospitales. En esas dos semanas de ausencia en el Hospital Militar de Campo de Mayo, Julio Ruggiero, que ya tenía el alta provisoria, le preguntó a una compañera mía si podía hablar conmigo”.
El encuentro se organizó sin demasiada ceremonia. Un miércoles, a la salida. “Recuerdo que los miércoles salíamos a las 13 y teníamos la tarde libre. Le dije que sí, que el miércoles nos veríamos”. Lo que siguió fue un cambio de escenario total.
“Uno de esos francos me vino a buscar en auto y me llevó hasta mi casa, me invitó a bailar, cosa que hasta ese momento nunca había hecho sola, siendo que solo tenía 17 años. Tuve que ingeniármelas para poder salir ese sábado. Fuimos a bailar a un lugar que se llamaba Cadalso. Era lejos de donde vivía, con tanta mala suerte que en un momento se prendió la luz del boliche y me encontré con muchas de mis camaradas. En unos días se enteró todo el mundo”, cuenta entre risas, con una naturalidad que contrasta con todo lo anterior.
“Palito Ortega le cantó el feliz cumpleaños al soldado que es mi esposo”
Para entonces, Julio llevaba nueve meses internado, con altas provisorias y un proceso de recuperación que había sido largo. En ese recorrido también hubo momentos que rompieron con la lógica hospitalaria. “Recuerdo que en julio del mismo año se reunió la señora de Fortabat, que ayudó mucho en la causa de Malvinas. Ella trajo al mismísimo Palito Ortega para que le cantara el ‘Feliz Cumpleaños’ a Julio. Ese día fue de relajación para todo Traumatología, nos hizo bien”.
La relación fue creciendo de manera progresiva. Ya no era el vínculo entre una enfermera y un paciente, sino algo distinto, construido sobre una experiencia compartida muy particular. A fines de 1982, Graciela terminó su formación: “Aprobé todas mis materias y el 4 de diciembre de ese año egresamos como Cabo en comisión y Auxiliar de Enfermería”. En 1983 fue destinada al Hospital Militar de Campo de Mayo, donde trabajó en terapia intensiva durante tres años.
Para entonces, la relación con Julio ya estaba consolidada. “Yo estaba de novia con Julio Ruggiero y decidimos casarnos. El 5 de noviembre de 1983 lo hicimos”. La vida en común empezó con la misma intensidad con la que se había dado todo lo anterior, aunque no sin dificultades.
“En 1984 quedé embarazada y a los seis meses lo perdí, entonces tomé la decisión de dejar la carrera para formar una familia”. Fue una decisión que marcó un punto de inflexión, pero no implicó alejarse de todo lo vivido, sino reconfigurarlo en otro plano.
Con el tiempo llegaron sus tres hijos: Fabián, Gabriel y Malvina. Cada uno, de alguna manera, vinculado con ese pasado. “Mi hijo más grande es oficial inspector de la Policía de la Provincia de Buenos Aires; mi segundo hijo es capitán del Ejército, piloto de helicóptero; y mi hija Malvina es sargento del Ejército, enfermera profesional en un regimiento de montaña en Mendoza”. La elección de los caminos no es casual, y ella misma lo reconoce: “Dos de mis tres hijos son militares y todo gracias al Ejército Argentino”.
Tienen cuatro nietos: dos nenas y dos nenes.
La historia con Julio también tuvo otra dimensión, menos visible pero igual de importante. “A nivel personal, me casé con un veterano de Malvinas, a quien contuve anímica y psicológicamente durante todos estos años para que pudiera sobrellevar el trauma provocado por la guerra”. Es una frase que resume décadas, más allá de los episodios concretos.
Hoy viven en La Caleta, en el partido de Mar Chiquita. Desde allí, Graciela repasa su historia y pone el foco en algo que, durante mucho tiempo, quedó en segundo plano: el rol de las mujeres en ese contexto.
“El gran problema es que nunca se contó nuestra historia. Gran parte de la sociedad argentina desconoce que existió la primera promoción de mujeres suboficiales en el Ejército durante la Gesta de Malvinas”. Su testimonio, en ese sentido, funciona también como una forma de registro.
“Tuve el privilegio y la experiencia profesional de haber atendido a cientos de suboficiales y soldados que pasaron por el Hospital Militar de Campo de Mayo”, dice, y en esa frase conviven el orgullo, el recuerdo y una necesidad de dejar constancia.
La historia con Julio no empezó como una historia de amor. No tuvo un inicio convencional ni condiciones ideales. Se fue armando en otro contexto, con otros tiempos y otras urgencias. Primero fue una mirada en una sala de hospital, después una conversación pendiente, más tarde un reencuentro y finalmente una vida compartida que ya lleva décadas.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN