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Es chef, vino de Perú y puso un restaurante en el barrio 31: el gesto que tuvo con los que viven en la calle

Son las 7 de la tarde y estamos en la esquina pautada, en la entrada del barrio 31. Esperamos a Alex, un hombre peruano que abrió un local de sushi y comida fusión peruano-japonesa dentro del barrio. Obviamente, somos identificados como outsiders por los que controlan la zona, somos unos pichis, no pasa nada. Es el horario en el que muchos vuelven de sus trabajos y la calle se ve muy transitada. Viven aquí más de 45 mil personas.

Allá, no tan lejos, los últimos rayos del sol pegan en los edificios de la Recoleta. Los micros que salen de la estación de Retiro bordean el lugar y aceleran. ¿A propósito? Quién sabe. Un bus no alcanza a maniobrar muy bien y le raspa el costado trasero a un auto estacionado al filo de la calle, invadiendo el cordón amarillo. Algunos fisuritas o muertos vivos, como les dicen aquí, putean al chofer y otros se ríen.

Enseguida aparece Alexander en su pequeña camioneta, sonriente. Vamos para un sector urbanizado del barrio, detrás del Ministerio de Educación de la Ciudad, que se instaló ahí hace unos años.

Ya llegó la noche y hay bolsones de oscuridad por aquí y por allá. También focos luminosos dispersos, como en las canchitas de fútbol o sectores comerciales que ya cerraron sus puertas. En lo de Alex o “el chico del sushi” o “chinito” - su nombre completo es Jorge Alexander Osorio Ramos - hay una luz tenue y todo el local tiene evocaciones japonesas y peruanas, en las cocinas de Ososhi Nikkei se trabaja con frenesí porque hay que tener listas las más de 200 porciones que hoy Alex va a salir a repartir entre los más necesitados del barrio y de la zona de Constitución. “Hoy hago arroz chaufa de pollo para los que más lo necesitan. Es algo que siempre quise hacer y viene de familia, en Perú mi familia también lo hacía y yo aprendí eso. Un plato de comida no se le niega a nadie. Aquí hay gente que necesita, es una forma de ayudar, porque a mi Argentina me dio todo", dice, mientras maniobra el wok como una extensión de su cuerpo, ya nos dijo los ingredientes conocidos, arroz blanco cocido luego salteado con el pollo, cebolla verdeo, huevo, salsa de soja, ajo, pizca de sal y otros condimentos mágicos y un envase misterioso que es su secreto gastronómico.

Dentro del local sus hermanas y su mamá hacen los preparativos para cantarle el feliz cumpleaños, Alex hoy cumple 40 años. Hace 18 llegó al país y fue bachero, mozo, aprendiz de cocina y cocinero, luego se recibió de chef, hasta que puso -alquila el local- su emprendimiento en el barrio. Él decidió en su día, en lugar de recibir, salir a dar lo que puede. Para eso hizo una colecta por redes, algunos le donaron los paquetes de arroz, otra señora los pollos, y así.

En la cocina está Nahuel, tiene 20 años y es uno de los cuatro empleados que tiene Alex y que aprenden ahí a cocinar y preparar sushi y también a realizar tragos para la barra, otro servicio con el que cuenta el bar. “Aquí aprendo y esto lo hago porque quiero hacerlo. Yo no pasé hambre, pero mis padres, que son jujeños, me contaron que cuando llegaron comían de la basura, o iban a restaurantes o panaderías a pedir comida vieja. No lo viví pero duele”, cuenta mientras va envolviendo cada porción en un film transparente y acomodándolos en una caja térmica, para que la comida le llegue a la gente lo más caliente posible. Casi todo está listo. “¡Falta apagar las velitas!“, gritan las hermanas.

Alex sopla y pide los tres deseos de rigor. Su familia lo abraza y hay alguna lágrima escondida. Y enseguida sube a la camioneta en donde cargaron la comida. La primera parada es cerca del barrio Mugica, en donde una reja divide al estacionamiento de la terminal de Retiro y el barrio. Paramos en una esquina donde se juntan varias personas a pasar la noche. Alex se acerca con la comida empaquetada y enseguida se corre la voz: “Están dando comida, comida peruana”, se comenta, Alex y una de sus hermanas y una sobrina reparten las porciones y las cucharas, también la salsa casera que es el toque necesario para saborear mejor el chaufa. “Un manjar”, repite otro. “Yo me quedé sin trabajo, soy pintor. Esto me viene bárbaro... tenía un hambre”. Alex simplemente les da la comida y no quiere molestarlos, sabe que algunos están en procesos de adicción y que cualquier cuestión por pequeña que sea puede hacer que todo lo que está bien, de pronto, puede estar mal.

Queremos salir hasta otro punto del barrio, pero la gente sigue golpeando la camioneta por más comida. Una joven se acerca, pide dos porciones, se las dan, también la salsa casera. “No me graben, porfa, no me graben. Gracias de todo corazón, gracias”, dijo, y se perdió en uno de los pasillos.

Arrancamos y volvemos a parar dentro del barrio. Otro remolino de necesitados aparece, esta vez las manos que reciben las porciones tienen mugre y llagas, producto del constante encendido de las pipetas del paco. “Hoy duermo por ahí, o dormimos todos juntos”, cuenta José, nunca había probado comida peruana. “Probemos... ¿ a ver?”, dice y engulle una cucharada repleta, cierra los ojos. “Te felicito, riquísimo, y gracias”, le dice a Alex, que sonríe tímido, todavía con la chaqueta negra y el “mandil” que utiliza para cocinar. La sobrina y hermana de Alex siguen repartiendo las porciones y la salsa casera. La comida puede juntar a personajes que seguramente son antagónicos durante el día. Se escuchan comentarios como “a ese no le des, si ya comió en el otro comedor de abajo la autopista”, o los que tienen viejas rencillas: “Ya te voy a agarrar, vas a ver”. “Tranquilos, tranquilos”, se llama a la calma.

Arrancamos la pequeña camioneta. Antes, vuelven a tocar la puerta y se van dos porciones más. Alex decide arrancar para ConstituciónNo solamente en el barrio pica el hambre.

Dejamos atrás la 31 y vamos por Alem, subimos por Garay y hacemos una parada un poco más allá del cruce con la calle Santiago del Estero. Bajamos. Un joven con un bolso agarra una porción, vuelve con varios muchachos que también piden un plato, casi desesperadamente. “Me llamo Valentín. Sí, claro que se necesita la comida. ¿Cómo está el barrio? No pasa nada. Hace dos meses que estoy en la calle. Busco trabajo y no encuentro, soy mecánico, me doy maña con los motores”. Después se queda en la puerta de una casa antigua a media luz. Alguien envuelto en una frazada y tirado en la vereda se despierta, le llega el chaufa y se lo guarda, sigue durmiendo. Otro dice que los colombianos y dominicanos, dominan la zona. “Los manipulan con las drogas. Mucho fisura. Mucho hambre”.

Volvemos a la camioneta, la noche no se termina.

Paramos en la plaza de Constitución. Hay gente con bolsos muy cerca de una panchería. Alex se acerca, dice que tiene comida. Cambian las caras de desconfianza. Dos chicos muy jóvenes aceptan el chaufa. “Hoy no sé si duermo, no podés dormir, te descansan si te dormís. La calle es así, yo vengo del conurbano, Ituzaingó”, dice uno. Los dos comen y hay un tercero que se quedó escuchando la charla. Ese acota:“Es brava la calle”. Decimos gracias por la diminuta entrevista y el que viene de Ituzaingó, pregunta si no hay una moneda para comprar algo para tomar. Lele, corazón de camarógrafo, le está por dar unos billetes y el que se había arrimado dice “que sea para todos”.

-Es que él me pidió... - dice Lele, sin saber qué hacer para evitar una pelea.

Empiezan los gritos. “¡No! ¡Me lo da a mí! ¡No, para todos! ¡Pará!“.

Me acerco y calmo al otro con dos billetes anaranjados. Aunque igual rebuzna y dice “para todos, gracias” y sigue comiendo el chaufa.

Finalmente la discusión termina cuando unas señoras dicen que ya basta, ya fue, que se calmen.

Una es Ana, que no puede pagar el hotel y se quedó en la calle. Dice que espera a una amiga que fue “a trabajar” con un cliente, que le prometió que le iba a pagar el hotel, 18 mil pesos la noche. “Mi marido está privado de su libertad, por lo que me hizo, me pegó, casi me mata. Pero ya tenía antecedentes. Está en Melchor Romero. Ahora estoy sola”. Ana le guarda una porción de chaufa a su amiga. “Cuando ella vuelva lo vamos a comer juntas”, dice. Si su amiga no consigue nada, Ana cuenta que hay un sector de árboles en la plaza, a donde va a refugiarse. “A veces estoy ahí pero no duermo. Es peligroso, soy mujer. Está jodida la calle”, cuenta.

La otra señora vive en calle con sus hijos adolescentes. El chico come y la nena también mientras su mamá cuenta sus penurias. Tampoco dormirán aunque consigan un lugar. Las hermanas de Alex y su sobrina vuelven a la camioneta, quedan pocas porciones que van a repartir en Once. La noche se pone fresca y nos despedimos de Alex, que se va satisfecho de haber cumplido su meta de hoy. “Me voy contento que la gente se vaya feliz”, dice.

Con él asistimos a una radiografía social de los marginados y el hambre agazapado en una tierra rica.

Lo vuelvo a saludar por su cumpleaños. Le pregunto si va a haber algún tipo de festejo, incrédulo de que todo haya sido esa torta rodeado de pocos familiares. Con la mirada cansada responde: “Tengo que trabajar, no hay tiempo para eso”.

Fuente: TN

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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

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