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Medía 2,32 metros, fue el primer argentino en la NBA y murió olvidado: la triste historia del gigante González
Fue una desmesura. Eso: estaba fuera de medida. El mundo no estaba hecho para él. No entraba en casi ningún lugar.
Jorge González fue un gigante. Llegó a medir 2 metros 32 centímetros. Fue jugador de básquet, fue el primer argentino elegido en un draft de la NBA y tuvo un breve esplendor en la lucha libre norteamericana. Murió joven, triste y vencido, sin energías, cuando ya pocos se acordaban de él.
Nació en El Colorado, Formosa. Su padre trabajaba en la construcción. Familia numerosa y pobre que una madre amorosa y dedicada mantenía a flote. Jorge medía un metro setenta a los 8 años, más de uno noventa a los 12. Hasta ese momento sólo creían que era alto. Dejó la escuela temprano y trabajó de lo que pudo. Albañil, changas, pequeños mandados. La ropa y el calzado empezó a no entrarle.
Todo cambió la tarde en la que un viajante de comercio entró a ese bar de pueblo. Paró a ver unos clientes y decidió tomar algo fresco. Salió del baño de lavarse la cara, de sacarse el polvo que se había pegado en su frente transpirada, cuando vio entrar al lugar a un joven enorme. Gigantesco. El chico caminaba con la cabeza baja, los hombres caídos, las rodillas levemente flexionadas, como intentando ocultar su altura, tratando de parecer más bajo. Tenía 16 años y medía más de dos metros veinte. Lo dicho: un gigante. El hombre, Oscar Rozanovich se acercó, habló con él, tuvo que extirparle las palabras a ese joven tímido, que vivía perpetuamente a la defensiva. Sabía que era muy diferente a los demás y estaba acostumbrado a que lo señalaran, burlaran, excluyeran. Era septiembre de 1982. Hasta ese momento nadie había pensado que ese chico, el gigante del pueblo, pudiera convertirse en deportista.
Pocos días después, otro hombre entró al mismo bar de El Colorado, Formosa, y preguntó cómo podía encontrar a ese chico tan alto. Era una pregunta que cualquiera de los 10.000 habitantes del pueblo podía responder. El hombre era directivo de un club de básquet chaqueño y una vieja gloria provincial, Carlos Lutringer. Le ofreció un contrato. El chico le dijo que nunca había jugado al básquet. “No importa eso”, contestó el hombre sabiendo lo que decía. Fueron a hablar con los padres de Jorge que lo terminaron de convencer y en el mismo momento, después de despedirse, Jorge viajó a Resistencia. Esa noche, por primera vez en su vida, durmió en un hotel.
Casi se convierte en el Abebe Bikila del básquet. El etíope ganó descalzo la maratón de los Juegos Olímpicos de Roma 60; decía que se sentía más cómodo sintiendo el suelo en sus pies (cuatro años más tarde en Tokio repitió el triunfo pero ya calzado: adidas lo había tentado). Cuando Jorge González pidió autorización para jugar descalzo no se trató de una conexión con sus ancestros ni una cuestión espiritual. Fue algo bien pragmático: en el país nadie fabricaba zapatillas de su talla, las hormas industriales no aceptaban un talle 56.
Le mandaron hacer un par a medida. Al poco tiempo hubo que cambiarlas: ya calzaba 58. Hasta ese momento usaba una especie de sandalias franciscanas de fabricación casera, que era lo único que le entraba y protegía sus pies.
Apenas le pusieron una pelota de básquet en las manos, los entrenadores creyeron que a pesar de la altura sería imposible sacar un jugador de esa humanidad desmesurada. Pesaba más de 180 kilos, era torpe y se movía con mucha lentitud. La pelota parecía un damasco en sus manos. Cada vez que la picaba era como si el recorrido de la pelota entre el parquet y sus manos durara minutos, tanta era la distancia.
Pero Jorge fue aprendiendo. Primero el reglamento, luego los rudimentos del juego y a ubicarse en la cancha para aprovechar su tamaño. Se acercaba al aro y depositaba la pelota en la canasta. Ni bandejas ni volcadas. Era una especie de breve delivery que se convertía en doble. Fue muy importante para su equipo. Los medios nacionales comenzaron a hablar de él. Era la nueva esperanza del básquet argentino.
Cuando escuchaban hablar de él, los dirigentes de los equipos de la Liga Nacional de Básquet se interesaban. Creían que podían tener un arma infalible para ganar partidos ¿Quién iba a alcanzarlo? Y, en todo caso, sabían que si no resultaba buen jugador, también obtendrían beneficios: la gente se acercaría a verlo, a comprobar en directo la anomalía. León Najnudel, alma mater de la resurrección del básquet nacional, lo recomendó a Gimnasia y Esgrima. Allí hizo sus primeras armas. Hubo notas en diarios y en El Gráfico, pero también dificultades de adaptación y lesiones, muchas lesiones: no era un cuerpo predispuesto para el deporte. Volvió a Formosa.
El presidente de Sport Club Cañada de Gómez fue a buscarlo a la casa. Recorrió las calles polvorientas y vacías de El Colorado y estacionó su auto en la puerta del hogar de los González. Antes de anunciarse comprobó un par de veces la dirección en el papelito que guardaba en el bolsillo. Al espiar por la ventana y ver un sillón gigante, una especie de trono de madera maciza, se convenció de que estaba en el sitio correcto. Le gritaron que pasara. Al internarse en la casa fue siguiendo las voces. Encontró a Jorge pintando una de las habitaciones. Se enfrentó a una imagen inédita, algo que nunca había visto: Jorge González estaba pintando el techo sin necesitar escalera. Charlaron unos minutos y muy rápido arreglaron el contrato.
León Najnudel lo recibió en Sport Club Cañada de Gómez. Le enseñó los fundamentos del juego y lo cuidó y educó fuera de la cancha. Las estadísticas de González en la Liga Nacional fueron muy buenas. En sus tres años finales promedió casi 20 puntos y 12 rebotes por partido.
Llegó el llamado a la Selección Nacional. Jugó el preolímpico, campeonatos continentales y un cuadrangular en Madrid. Allí lo vio el scouter de Atlanta Hawks.
En esos años en Argentina le hacían notas con frecuencia. La mirada periodística oscilaba entre la fascinación por el fenómeno y la esperanza de construir un jugador de básquet imparable, una máquina humana de encestar. Si bien eran muchos los que lo conocían, su gran pico de popularidad ocurrió el 30 de agosto de 1989. Hacía poco más de un mes que Menem había asumido la presidencia de la República. El país ardía en la hiperinflación, el dólar descontrolado y la amenaza de que los saqueos reaparecieran. Menem estaba deslumbrado y deslumbraba con las apariciones en la prensa y con los beneficios y comodidades del poder. Parecía que se daba todos los lujos. Jugar con Maradona, la Ferrari, las vedettes, las cenas con celebridades, los trajes brillosos. Quizá esta haya sido su primera gran intervención fuera de libreto de su presidencia. Decidió jugar un partido de básquet a beneficio en el Luna Park. La Selección versus un combinado de Capital Federal. Menem, como no podía ser de otra manera, jugó para la Selección. Nobleza obliga: lo hizo bien y encestó varios tiros de larga distancia. En el momento de la presentación de los equipos, el presidente hábil manipulador mediático, alguien que representaba y anticipaba con precisión en su cabeza la tapa de los diarios y las revistas del día siguiente, se ubicó estratégicamente entre los dos jugadores más destacados del equipo. Los dos fenómenos (aunque cada uno con una acepción diferente del término): Pichi Campana y Jorge González. La mañana siguiente la foto de Menem y el Gigante González saludando con el brazo en alto, con la ridícula pero entrañable diferencia de estatura, fue portada de todos los diarios nacionales. “Aro, Aro, Aro”, tituló Página 12.
Por esos días Jorge González era la persona más alta del país y por apenas un centímetro no era el hombre vivo más alto del mundo: dos metros treinta y dos centímetros.
En 1988 quedó seleccionado en el draft de la NBA en el puesto 54 elegido por Atlanta Hawks. Fue el primer argentino en ser drafteado. En esos años parecía imposible que un argentino fuera seleccionado por una de las franquicias de la liga más importante del mundo. “Que un argentino fuera elegido en la NBA en el 88 era una especie de milagro”, contó alguna vez Fernando Bastide, su representante.
Los Atlanta Hawks tenían en su plantilla leyendas al final de camino como Moses Malone, cracks vigentes como Dominique Wilkins y jugadores confiables como Antoine Carr. Pero había también una curiosidad: jugaba Spud Webb, un muy habilidoso base de 1.68, casi un liliputiense para la NBA. Algún directivo habrá pensado que era una idea extraordinaria juntar en la misma plantilla a un enano y al gigante, tener a los dos extremos de la escala vertical de la liga.
Lo convocaron para su campamento de verano. Entrenó con ellos unas semanas y lo devolvieron a Argentina con un estricto plan de entrenamientos, rutinas kinesiológicas, tratamientos médicos y una dieta rigurosa: debía adelgazar 40 kilos en un año si pretendía integrar el equipo el año siguiente.
Cumplido el plazo, Jorge volvió a viajar a Estados Unidos. Ya solo al verlo bajar del avión, los ejecutivos del equipo se dieron cuenta de que no había cumplido con las indicaciones y que no lo contratarían. Antes de regresarlo a Argentina, a alguien se le ocurrió una idea y le hicieron un ofrecimiento que a otro deportista lo hubiera ofendido pero a Jorge le brindaba una oportunidad única. El magnate Ted Turner era uno de los empresarios con mayor renombre e influencia: la CNN, TNT, los Hawks, los Atlanta Braves, el romance con Jane Fonda. Una de las empresas de su conglomerado era de espectáculos de lucha libre, la segunda en importancia. Uno de los ejecutivos quiso aprovechar los pasajes en primera clase que habían pagado desde Argentina y luego de comunicarle que no iban a contratarlo para el equipo de la NBA porque no había bajado los 40 kilos que le habían pedido, le ofreció integrarse a la troupe de lucha libre. El contrato era muy tentador. Si superaba los tres meses de prueba, luego lo esperaba un vínculo de tres años de duración y pagos progresivos. 175.000 dólares el primer año, 225.000 el segundo y 350.000 el tercero. Una fortuna que nunca iba a poder ganar con el básquet.
Jorge González con timidez, casi con voz inaudible, les informó que nunca había peleado en su vida: ¿Quién se animaría a enfrentarse a alguien de más de 2.30 metros? Le dijeron que se olvidara, que lo entrenarían, le enseñarían los secretos del negocio y que se convertiría en una de las grandes atracciones de la liga. No le mintieron.
Faltaba un paso más. Debía comunicar a su club de la Liga Nacional que no iba a continuar, debía acordar la rescisión del contrato. En Sport Club Cañada de Gómez lo liberaron de inmediato. Nadie iba a hacerle perder la oportunidad de ganar un contrato que era imposible de igualar, que era hasta casi imposible de pensar en esa Liga todavía estableciéndose y en una Argentina que caminaba hacia la hiperinflación.
Lo apodaron, sin ninguna originalidad, El Gigante. Lo enfundaron en una malla color carne que cubría todo su cuerpo desde el cuello a los tobillos y que tenía dibujados músculos definidos en brazos, piernas y abdominales y vellosidades varias. En el reparto inicial le tocó estar del lado de los buenos. Revoleaba rivales por encima de las sogas hasta la tercera fila del ring-side, peleaba contra tres a la vez, lo encerraban en jaulas, partían sillas en su espalda. Muy rápido se convirtió en uno de los favoritos del público por su presencia imponente.
Tenía su propia toma y era (casi) infalible. La Garra del Gigante. Apoyaba la mano en la frente del rival y con el pulgar y el dedo medio apretaba muy fuerte las sienes. Todos terminaban arrodillados, clamando piedad, vencidos. Era su método favorito para terminar las peleas. Era la toma que lo identificaba, su firma personal. Otra toma que solía usar para terminar los combates era la Chokeslam que consistía tomar al rival del cuello levantarlo de allí haciéndole separar varios centímetros los pies del suelo y luego lanzarlo a la lona haciéndolo caer de manera horizontal. Una toma que no tenía nada que envidiarle a la Doble Nelson de nuestros titanes en el ring.
La segunda temporada hubo un cambio importante. Lo convirtieron en malo. Los chicos lo abucheaban, él los atemorizaba con su tamaño irreal. Al finalizar ese año una noticia inesperada lo devolvió a su pueblo. De manera súbita, había muerto su madre. Era una mujer joven, tenía 45 años. Él se enteró en el vestuario de un gran estadio. Lloró durante horas su dolor en la habitación de un hotel 5 estrellas hasta que le consiguieron pasajes para regresar a Argentina. Llegó tarde, un día después del entierro. Se quedó en El Colorado, semanas, meses. Muchos más de los otorgados por la licencia por duelo. No le importó, desoyó cada una de las convocatorias. No podía irse de su pueblo. Pasaba allí las tardes interminables y quietas, rodeado del calor y el polvo. Varios meses después consideró que era hora de volver a la lucha. Apenas llegó a Atlanta le informaron que rescindían el contrato por incumplimiento. No se había presentado en término y su estado físico no era el que fijaban las condiciones contractuales. No cobró el tercer año de contrato, el de los 350.000 dólares. Pero no se quedó en la calle, ni regresó al país. Lo contrató la competencia, la WWF. Comandada por Vince McMahon era la empresa líder en lucha libre (terminaría absorbiendo la estructura de Ted Turner unos años después). McMahon vio en Jorge el candidato ideal para reemplazar a un favorito del público, André The Giant, un francés de 2,23 metros que se había retirado por problemas de salud.
Una vez más el Gigante entretenía multitudes. Peleó con Hulk Hogan, The Undertaker y con todos los grandes nombres del momento hasta convertirse él mismo en uno de ellos. Mientras triunfaba Jordan, la NBA se imponía en el mundo y el Dream Team tomaba forma para arrasar en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, González se alejaba cada vez más del básquet.
En esos tiempos peleaba más de 200 veces al año, vivía en grandes hoteles, se trasladaba en limusinas, firmaba autógrafos (todavía no había teléfonos con cámaras que fueron los que jubilaron a los autógrafos) y hacía giras por México, Europa y Japón, donde se convirtió en una gran estrella. Hizo publicidades y participó en varias películas clase B y en una capítulo de Baywatch junto a Pamela Anderson y David Hasselhoff. Tenía chofer y una novia, Kimberley Patillo, Kimmy que lo abandonó sin dar explicaciones ni regresar 14 meses después de iniciar el vínculo.
Una noche después de una presentación en Japón volvió a sentirse mal. mareos, un desvanecimiento. No era la primera vez que le pasaba. Se retiró. Volvió a Formosa. El plan original era una vez dejada la lucha, regresar unos años al básquet, a la Liga Nacional. Pero las rodillas ya no daban más. Era inimaginable sostener una temporada. No estaba en condiciones ni siquiera de jugar un partido. Probó en Andino de La Rioja. Allí le descubrieron la diabetes, la hipófisis muy deteriorada, los órganos funcionando mal. Hacía tiempo que la sensibilidad en los pies había disminuido notoriamente pero Jorge no le había prestado atención, pensó que se trataba de algún problema con el calzado, algo que le había sucedido toda la vida.
Comía con voracidad. Las anécdotas sobre sus atracones son célebres. Doce alfajores consecutivos, los desayunos en los hoteles de gira con docena y media de medialunas, aperitivos con 12 o 14 empanadas.
Eran otros tiempos y los jugadores y los artistas (él fue ambas: basquetbolista y luchador) tenían menos monitoreo profesional y la salud no estaba escaneada como en la actualidad. Cualquiera podía haber hecho un diagnóstico de su condición, no se necesitaba ser un súper especialista para decir que padecía de gigantismo acromegálico. La glándula pituitaria produciendo hormona de crecimiento sin parar, de manera excesiva. También problemas vasculares, diabetes y varias cosas más. Nunca se cuidó demasiado.
En los primeros hoteles en los que vivió desarrolló un método que no era demasiado cómodo pero que al menos le permitía dormir: al pie de la cama ponía algunas sillas que funcionaban como alargadores para que sus piernas no quedaran en el aire.
Con la plata que fue ganando en el básquet y en la lucha, se hizo la casa de El Colorado a medida. Los marcos de las puertas eran altísimos, los artefactos de baño y de cocina estaban colocados sobre plataformas de cemento de un metro de altura, la cama medía 2.70 metros de largo (y reforzada) y muchos de los muebles parecían sacados del set de filmación de Querida Encogí a los Niños: muebles enormes que hacían parecer a las personas muy pequeños. Excepto, claro, a Jorge.
En los siete años como luchador, como The Giant, había ganado buena plata. pero también había gastado mucho, realizado malas inversiones y había sido generoso con sus hermanos. En poco tiempo se quedó sin nada.
Su padre se murió y él se quedó con su hermanastro de 8 años. Sus hermanos vivían en la casa de al lado, la que había sido la casa familiar.
En El Colorado sus días eran lánguidos e iguales. Cada tanto llegaba desde Buenos Aires una periodista para entrevistarlo, para contar la historia del hombre más alto del país, que había pasado de ídolo deportivo a fenómeno del circo de la lucha libre.
Jorge no tenía proyectos. Sentado en su sillón enorme, en ese trono de roble, usando una silla de ruedas como caminador, dejaba pasar el tiempo. Esperaba. Una ayuda del gobierno, un subsidio, la llegada de una medicación desde Capital, el momento de viajar para que lo vean nuevos médicos, que alguna vecina aceptara una de sus propuestas amorosas. Esperaba que llegara la muerte. Estaba convencido de que moriría joven. Se apoyaba en las estadísticas. Decía que los que padecían su enfermedad morían entre los 45 y los 50 años. En vez de salir a devorarse esos últimos años, el Gigante se sentó a esperar que la muerte lo fuera a buscar. Se había resignado y se había quedado sin fuerzas. Como si ya no pudiera lidiar contra las dificultades de un mundo hecho a otra escala, un mundo que le quedaba incómodo desde que tenía memoria, que provocaba que todos lo miraran, que le hicieran saber que era diferente al resto: “Soy el oso de circo de todos estos. Vienen a ver al monstruo de dos metros treinta y a cagarse de risa: ‘ Uy no sabés las manos que tiene, la cabeza’. Se creen que porque estoy siempre acá tengo que atender a todo el mundo”, le dijo a Leila Guerriero.
El Gigante González cumpliría hoy 60 años. Vivió muchos menos.
Es posible que no haya soñado con millones, lujos, mujeres, ovaciones, ni tapas de diarios aunque consiguió cada una de esas cosas. Sus sueños más habituales eran otros, más comunes, menos ambiciosos pero absolutamente imposibles. Jorge González soñaba con ser normal.
Sufrió una de las peores condenas, un motivo del que se alimentó la Biblia y la mitología. Aquello que lo llevó al éxito, fue lo que significó su perdición, lo que lo llevó a la muerte temprana.
Jorge González murió el 22 de septiembre de 2010 en el hospital de General San Martín, Chaco, donde lo habían trasladado desde El Colorado, su pueblo formoseño, el mismo lugar en el que nació. Estaba solo, cansado y enfermo.
Tenía 44 años. Hacía mucho tiempo que las energías lo habían abandonado. Hacía mucho tiempo que se había entregado con mansedumbre a su destino trágico. La muerte no lo sorprendió, la esperaba, resignado a no encajar en el mundo.
Fuente: TN
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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”
De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.
Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.
Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.
Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida
Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.
Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.
En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.
Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.
Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?
La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.
La noche en que todo cambió
Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.
Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.
“¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que sí. Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.
A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.
Una historia con fecha de vencimiento
Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.
Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.
Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.
Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.
La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.
El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?
Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.
Los trenes que los separaban también los volvían a unir
El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.
Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.
Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.
Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.
Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.
Fuente: TN
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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela
En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.
Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.
En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.
“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.
La situación en Venezuela hoy
Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.
Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.
Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.
El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794
El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.
Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).
Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.
Fuente: TN
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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección
Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.
En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.
Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.
La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.
El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.
“No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.
En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.
“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.
El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.
Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.
Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.
La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.
La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.
Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.
Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.
Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.
Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.
También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.
Fuente: TN