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Frases prohibidas: 8 cosas que los padres senior nunca deben decirles a sus hijos adultos
Mario Alonso Puig es un cirujano general y del aparato digestivo, que practicó su especialidad durante 25 años en hospitales de Estados Unidos y de España. Pero a partir del 2002 fue dejando poco a poco el ejercicio de la medicina para consagrarse a la investigación y la docencia en la temática del desarrollo personal y profesional.
Desde hace más de 20 años trabaja con importantes empresas del mundo como conferencista, docente y coach. Su expertise se centra en el liderazgo, los equipos, la gestión del cambio, la salud y el bienestar, entre otras áreas.
Sus exposiciones y consejos están siempre enmarcados en las categorías de la filosofía estoica, y van acompañados de citas de los principales pensadores de esa escuela: Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.
En uno de sus podcasts, Mario Alonso Puig da una lista de 8 frases prohibidas, cosas que, dice, “aun siendo ciertas, nunca deberías decir frente a tus hijos adultos”. No necesariamente porque sean falsas, pueden no serlo en muchos casos, “sino porque la auténtica sabiduría estoica nos recuerda que hay momentos en los que el silencio tiene más fuerza que las palabras”.
“Te lo dije…”
La primera frase que no se debe decir nunca a un hijo adulto, según Mario Alonso Puig (en adelante MAP), es, frente a un yerro o fracaso, es el famoso “te lo dije”, o sus variantes (“mirá que te avisé”; “yo ya te lo había advertido”, etc).
“Los estoicos entienden algo profundo sobre la naturaleza humana. La experiencia es el único maestro que realmente educa el alma. Cuando tu hijo adulto viene a ti con una relación rota, un negocio fallido o una decisión financiera desastrosa, lo último que necesita es que le recuerdes tu sabiduría previa”, dice MAP. En esa circunstancia, el hijo “ya está aprendiendo la lección” que sus padres querían enseñarle “hace meses o años”.
Cada persona recorrerá su propio camino y es muy difícil, por no decir imposible, transmitir la experiencia, porque ésta surge de la vivencia.
El que pronuncia esa frase, dice MAP, en realidad está “más preocupado por demostrar que tiene razón que por ayudar (al hijo) a levantarse de su caída”.
Luego señala que si el hijo, luego de una equivocación, vuelve a apelar a los padres por ayuda, les “está demostrando una confianza extraordinaria” y “reconociendo implícitamente su sabiduría y su amor”. Entonces, “¿por qué destruir ese momento sagrado con un te lo dije?” ¿Cómo se debe reaccionar. MAP sugiere: “Todos hemos estado ahí, ¿en qué puedo apoyarte ahora?”
“En mis tiempos…”
La segunda frase vedada es la también clásica: “En mis tiempos esto no pasaba”.
Al decir eso, se está invalidando la experiencia presente del hijo, dice Puig. “Estás diciéndole que su realidad no es válida, que sus desafíos no son reales, que su contexto no importa”. MAP recuerda que para los estoicos cada generación enfrenta los desafíos de su tiempo con las herramientas de su tiempo. Irónicamente, es un error que se comete a pesar de haber sido víctimas de él, porque seguramente los padres de esos padres también les dijeron en su momento: “En mis tiempos….”
Recuerda el concepto del filósofo estoico Séneca: memento vivere, recuerda vivir. Es decir, “la vida sucede ahora, no en el pasado”.
“Tu hijo enfrenta crisis económicas que tú no conociste. Vive en un mundo donde la privacidad prácticamente no existe, donde las redes sociales han redefinido las relaciones humanas, donde el mercado laboral cambia cada cinco años. Sus desafíos son tan reales y válidos como lo fueron los tuyos en su momento”, señala MAP.
Y aconseja: “En lugar de aferrarte a tu época como el estándar dorado, podrías preguntarte: ‘¿Qué puedo aprender del mundo de mi hijo? ¿Qué sabiduría nueva está emergiendo de sus desafíos únicos?’”
“Mirá tu hermano…”
Esta es una frase que MAP no duda en calificar de “devastadora”: la comparación de un hijo con su hermano o con los hijos de otros. “Es quizás una de las heridas más profundas que podemos infligir”, dice y señala que se está sembrando “resentimiento”, donde se debería sembrar “autodescubrimiento”, porque cada persona tiene su singularidad y debe hallar su propio camino. “Cuando le dices ‘si fueras como tu hermano…’, lo que tu hijo realmente escucha es: ‘No eres suficiente como eres’, y esa herida puede durar décadas enteras”.
La virtud estoica, dice MAP, no se mide comparándose con otros, sino desarrollando el propio carácter.
Otro efecto destructivo de esta frase es que puede generar rivalidad fraternal ya que las comparaciones pueden estar “envenenando la relación entre hermanos, que debería ser una de las más puras y duraderas de sus vidas”.
Tambié deja una enseñanza negativa: “Estás enseñando a tus hijos que el amor parental es condicional y se distribuye según el rendimiento comparativo”.
La postura estoica indica que, en lugar de comparaciones, se debe practicar “lo que llamaban simpatía, la comprensión de que todos estamos interconectados, pero cada uno cumple un papel único en el gran teatro de la vida”, dice MAP. En palabras de Séneca: “Cada alma tiene su propia música. No trates de que toque la sinfonía de otra”.
“Yo a tu edad….”<b> </b>
La cuarta “verdad” que un padre o una madre debe guardar para sí es: “Yo a tu edad ya tenía casa propia, estaba casado, con hijos, trabajo estable…”. Y agrega MAP: “O cualquier imposición de cronograma vital basado en expectativas externas”. Es, dice el médico y coach, “un veneno lento que destruye la autoestima y la confianza”, pero es una frase que también “revela una incomprensión fundamental de lo que los estoicos llamaban el orden natural de las cosas”, porque “cada persona tiene su propio ritmo de crecimiento y forzarlo es como intentar que una semilla crezca tirando de ella hacia arriba”.
MAP recuerda que los hijos no “navegan el mismo océano” que navegaron sus padres; se enfrentan a otras oportunidades y desafíos, en el contexto de un mundo inestable y cambiante. En cambio la frase “a tu edad, ya…” implica que los padres saben “cuál es el propósito último de la vida” de sus hijos. Pero, advierte MAP, tal vez esa diferente cronología lo prepare para otras cosas, para relaciones más maduras o para una carrera inesperada. Tal vez no sean “años perdidos”, dice, sino preparación para futuras realizaciones. “Cuando impones cronogramas externos, estás diciéndole a tu hijo que no confíe en su propio proceso de desarrollo”.
“Para esto me sacrifiqué…”
MAP es tajante en este punto: “Nunca debes verbalizar ningún recordatorio constante de tus sacrificios pasados como arma emocional”.
Por más reales que hayan sido esos sacrificios, esos esfuerzos, esos placeres postergados, ello nunca debe ser usado “como una carga emocional para tus hijos adultos”, porque eso implica que “estás convirtiendo el amor en una deuda”. Evoca la frase de Séneca: “El verdadero regalo no espera nada a cambio, ni siquiera reconocimiento”. El recuerdo constante de los sacrificios parentales desvirtúa la esencia del amor y convierte ese vínculo en una transacción comercial.
“Estás convirtiendo los momentos más puros de tu maternidad o paternidad en instrumentos de manipulación”, advierte MAP. “Cuando das esperando algo específico a cambio, no estás dando, estás invirtiendo -sentencia-. Y cuando esa inversión no produce el retorno que esperas, te sientes estafado”.
El mensaje que encierran estos reproches es que la existencia de los hijos fue “una carga, no una bendición”. El hijo como problema, no como regalo.
Epicteto, dice MAP, decía que las personas “florecen cuando sienten que su existencia es celebrada”, no “cuando sienten que su existencia requirió sacrificios que ahora deben pagar”. No significa que no se pueda recordar la propia historia, pero MAP sugiere otra forma de decirlo: “Trabajé muy duro para darte oportunidades y me siento orgulloso de lo que logramos juntos”. Y recuerda otra verdad: “Tus hijos adultos saben lo que hiciste por ellos y lo aprecian más de lo que crees, pero necesitan que ese amor siga siendo libre, no condicionado”. De nuevo acude a Séneca: “El verdadero poder de un padre no está en lo que sus hijos le deben, sino en lo que les ha dado libremente”.
“Esa persona no te conviene”
Otra gran tentación que a muchos padres les cuesta evitar. MAP dice que los padres deben mantener en silencio su opinión sobre las relaciones románticas de su hijo adulto. Nuevamente vale la enseñanza de Epicteto. Hay dos tipos de aprendizaje: el que viene de los consejos de otros y el que viene de la experiencia directa. El segundo aprendizaje es más transformador.
“Cuando le dices a tu hijo adulto que su pareja no le conviene -señala MAP- estás asumiendo que conoces mejor que él lo que necesita para su crecimiento personal”, además de estar “creando una situación terrible en la que tu hijo debe elegir entre su pareja y tu aprobación”. Puig asegura haber sido testigo de muchos casos en los que esa disyuntiva forzada hace que muchos padres pierdan la relación con su hijo.
Además advierte que de esa forma se está “interfiriendo con una de las escuelas más importantes de la vida, que son las relaciones íntimas”, pues en ellas “aprendemos las lecciones más profundas sobre nosotros mismos, la naturaleza del amor, nuestros límites personales y el significado del compromiso”.
MAP aclara que esto no significa que se deba aprobar relaciones abusivas o peligrosas. “Si hay violencia o adicciones serias involucradas, por supuesto que debes actuar”. Pero que no les guste la personalidad de la pareja del hijo no es motivo para ponerlo en palabras. Lo mejor es el silencio.
“No cambiás más…”
Otra frase que no se debe pronunciar, porque puede ser una profecía autocumplida. Para MAP, es “una de las cosas más antiestoicas” que se puede decir, porque contradice “uno de los principios fundamentales de esta filosofía: la capacidad infinita del ser humano para crecer y transformarse. Séneca escribió: “Cada día puede ser el primer día de una vida completamente nueva”.
Además, MAP advierte que “los seres humanos tenemos una tendencia psicológica a cumplir las expectativas que otros tienen de nosotros; si las personas más importantes en nuestra vida creen que somos incapaces de cambio, comenzamos a creerlo nosotros mismos”. Declarar que el hijo nunca va a cambiar, implica decirle que “él es sus errores, no que simplemente los ha cometido”. Recuerda que “el cerebro humano mantiene la capacidad de cambiar y crear nuevas conexiones durante toda la vida”. Por lo tanto, declarar que alguien “nunca va a cambiar”, implica negar “una realidad biológica fundamental”. MAP sugiere en consecuencia decir algo así como: “Sé que el cambio es difícil, pero tengo fe en tu capacidad”, y “te amo independientemente de donde estés en tu proceso”.
“No te hace falta ayuda profesional...”
Aquí apunta MAP a la “minimización de los problemas de salud mental de un hijo”. Y señala: “Esta es quizás la más peligrosa de todas las verdades, porque puede literalmente salvar o destruir vidas”. Puig destaca que “vivimos en una época en la cual finalmente estamos entendiendo que la mente, como el cuerpo, puede enfermarse, y necesitar tratamiento profesional”.
Esto es algo relativamente nuevo para muchos integrantes de la generación silver, criada en tiempos en que los problemas mentales eran “tabú” o bien vistos como signos de “debilidad de carácter”. Ir al psicólogo era “sinónimo de estar loco”. Pero, advierte, “la verdadera fortaleza a veces consiste en reconocer que necesitas ayuda”.
Pero con esta actitud, se les está enseñando a los hijos que “pedir ayuda es cobardía y que los problemas mentales son simplemente una cuestión de actitud”. Epicteto, recuerda MAP, enseñaba que “el sabio reconoce los límites de su conocimiento y busca maestros en cada área de la vida”.
“Cuando tu hijo adulto te dice que está considerando terapia o que está luchando con ansiedad, depresión o cualquier otro desafío mental y tú respondes ‘solo tienes que ser más fuerte’, le estás diciendo que sus problemas no son reales o válidos, que son solo invenciones de una mente débil”, dice MAP. El mensaje es que no se confía en el juicio del hijo sobre lo que está viviendo.
También es una reacción que, según Puig, puede venir del temor a que “el terapeuta descubra nuestros errores como padres, que nuestros hijos hablen de nosotros, que se cuestionen las decisiones que tomamos durante su crianza”. Pero, aclara, la terapia no tiene como finalidad encontrar culpables, sino soluciones. “Un buen terapeuta no está interesado en demonizar a los padres, sino en ayudar a la persona a entender sus patrones, sanar sus heridas y desarrollar herramientas para una vida más plena”, agrega.
En lugar de minimizar lo que le está pasando al hijo, en lugar de juzgar, se debe ofrecer apoyo; es una forma de validar su experiencia y su autonomía.
Conclusiones
Puig cierra su exposición señalando una importante diferencia entre “ser padre de un niño y ser padre de un adulto”. “Cuando nuestros hijos eran pequeños, nuestro trabajo era protegerlos del mundo hasta que desarrollaran las herramientas necesarias para navegar solos. Ahora que son adultos, nuestro trabajo es confiar en que esas herramientas están ahí, incluso cuando no podemos verlas claramente”.
No se trata de desentenderse por completo, sino de medir en qué momento las palabras “sanarán y cuándo lastimarán”. “Es la valentía de permitir que nuestros hijos cometan sus propios errores, sabiendo que algunos dolores son necesarios para el crecimiento”, dice. Hay que optar por la confianza por encima del control, sugiere. No se trata de una confianza ciega, “no significa que aprobemos todas las decisiones de nuestros hijos o que no tengamos preocupaciones legítimas”, aclara. “Significa que reconocemos que ya no somos los principales arquitectos de sus vidas. Somos consultores que pueden ser llamados cuando se nos necesita”, define.
Map reconoce que “cuando vemos a nuestros hijos adultos tomar decisiones que consideramos equivocadas, nuestro primer instinto es intervenir”, para evitarles un sufrimiento. Pero en ese intento, “a menudo los protegemos también del crecimiento”.
“Ser padre de un hijo adulto es una de las transiciones más difíciles que enfrentamos”, señala MAP. Durante las dos primeras décadas de vida de los hijos, los padres protegen, guían, corrigen, enseñan. Pero ahora que los hijos son adultos, se trata de “acompañar, apoyar y confiar”.
“Esta transición es especialmente desafiante porque coincide con nuestro propio envejecimiento, con la conciencia creciente de nuestra mortalidad, con el temor de que no hemos hecho lo suficiente, de que no hemos preparado adecuadamente a nuestros hijos para el mundo”, admite MAP. Pero el verdadero amor no posee, libera, recuerda citando una vez más a Séneca. El amor protector debe pasar a ser “amor empoderador”.
“Tus hijos adultos no necesitan que seas su oráculo de verdades dolorosas -concluye Puig-. Necesitan que seas su refugio seguro, el lugar donde pueden ser vulnerables, donde pueden fallar, donde pueden crecer a su propio ritmo” y “cuando practiques este silencio amoroso, descubrirás que tus hijos adultos, en lugar de defenderse de tus consejos, buscarán tu compañía”.
Fuente: Infobae
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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”
De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.
Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.
Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.
Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida
Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.
Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.
En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.
Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.
Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?
La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.
La noche en que todo cambió
Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.
Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.
“¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que sí. Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.
A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.
Una historia con fecha de vencimiento
Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.
Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.
Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.
Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.
La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.
El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?
Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.
Los trenes que los separaban también los volvían a unir
El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.
Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.
Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.
Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.
Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.
Fuente: TN
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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela
En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.
Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.
En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.
“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.
La situación en Venezuela hoy
Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.
Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.
Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.
El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794
El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.
Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).
Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.
Fuente: TN
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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección
Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.
En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.
Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.
La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.
El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.
“No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.
En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.
“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.
El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.
Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.
Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.
La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.
La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.
Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.
Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.
Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.
Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.
También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.
Fuente: TN