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Desafió dos duros diagnósticos, le dijeron que no podía tener hijos y un año después ocurrió el milagro

Un baño silencioso, el agua corriendo, y un mechón de pelo escurriéndose entre sus dedos. En ese instante, Ornella entendió que su vida había cambiado. Tenía 26 años, un diagnóstico devastador y un futuro reducido a preguntas. Lo que en aquel momento no sabía era que ese viaje lleno de vértigo recién empezaba, pero que, en medio de tanto dolor, iba a nacer su mayor milagro.

Un día, la joven empleada descubrió que tenía un bulto en la mama izquierda. Enseguida fue al médico y le dijeron que era una displasia mamaria, que no había de qué preocuparse y, sin preguntarle sobre sus antecedentes familiares, la dejaron ir.

Ornella había vivido de cerca el cáncer con su padre, que lo había sufrido dos veces, y sabía de qué se trataba. Sin embargo, para aquel entonces, nada la acercaba a ese pronóstico.

El tiempo pasó y después de largos meses descubrió que el bulto seguía creciendo. Ante la incertidumbre fue su abuela quien accionó y la llevó a un centro especializado. Allí la travesía acababa de comenzar.

“Cuando llegué me hicieron una ecografía mamaria y me dijeron que lo que veían no pintaba bien, así que iban a completar con una mamografía. Ahí comenzó todo”, relató Ornella en diálogo con TN.

Un diagnóstico devastador

Corría el año 2014 y por su edad, muchos médicos no hacían mamografías hasta después de los 40 años, salvo por casos excepcionales donde hay antecedentes. Pero en esta ocasión, el estudio fue clave. “Las dimensiones no eran buenas y deciden hacerme una biopsia. En ese momento viví la angustia de esperar 15 días hasta que finalmente me llamaron del hospital para decirme que ya estaban los resultados, que vaya acompañada”, explicó.

Orne emprendió camino con su mamá y apenas llegó notó que algo no andaba bien. “Me acuerdo que me recibieron unas chicas muy jovencitas, residentes, con lágrimas en los ojos, sabiendo lo que me iban a decir”, recordó.

Y el devastador diagnóstico llegó. “Era cáncer de mama triple negativo, uno de los mas agresivos. Había que actuar ya porque tenía metástasis en los ganglios linfáticos. El pronóstico no era nada bueno”, detalló.

La noticia la impactó de llenó. “En ese momento lloré mucho porque no estaba preparada para que me den esa noticia. Nadie está preparado para que le digan ‘tenés cáncer’. Lo primero que se te viene a la cabeza es que te vas a morir, o te haces la pregunta al menos. Se me vino el mundo abajo, no sabía muy bien para dónde correr, fue una semana donde no sabía qué hacer”, contó Orne.

Los médicos fueron rápidos: a la semana, Ornella había comenzado a hacer quimioterapia para reducir el tumor que tenía un tamaño importante. Luego de ello, la idea era sacarlo. “Cuando empieza el tratamiento, la primera pregunta que se me vino a la mente es ‘¿se me va a caer el pelo?’. Y sí, se iba a a caer. Empecé con la primera sesión y a la semana me estaba bañando y veo como me caían los mechones, fue un golpe bastante duro para mí“, recordó.

“La gente te puede decir ‘te están salvando la vida, qué superficial’, pero para mí fue una bomba, un shock, que me costó, me costó volver a encontrarme con esa nueva Ornella que estaba atravesando tantos cambios desde lo físico y emocional”, señaló.

Las amistades, para entonces, fueron clave. Ella no quería aceptarlo, intentaba sostener lo que quedaba hasta último momento, pero una amiga que tenía una máquina para cortar el pelo se animó y la acompañó. “Me rapó. Fue un momento muy emotivo. Ella se quedó con mi pelo y hasta el día de hoy lo tiene”, detalló emocionada.

El tratamiento continuó, le habían realizado seis sesiones de quimioterapia y el tumor se había reducido considerablemente, por lo que restaba realizar la cirugía para sacarlo. Finalmente, la operación se llevó adelante y todo salió perfecto.

Había sido un gran paso, pero no terminaba allí. “Lo que seguía eran más quimio, más tratamiento porque al haber tenido metástasis, debían asegurarse de matar toda célula mala que haya quedado en el cuerpo”, explicó.

Del “no vas a poder tener hijos” a Isabella, el “milagrito”

Lo que se le avecinaba a Ornella era mucho más fuerte. Esta nueva etapa iba a arrasar con todo para sanarla y ahí llegó otro duro diagnóstico. “El médico me dijo no vas a poder tener hijos, te doy un tiempo para que puedas congelar óvulos si querés’”, recordó. “Yo no tenía obra social, económicamente no estaba bien y tenía que comenzar con el tratamiento cuanto antes. Decidí arrancar y dije ‘seré madre de otra manera, adoptaré, si es el destino, si Dios lo quiso así por algo será’”, contó.

Así comenzó: 60 sesiones de rayos lograron barrer con todo lo malo. Finalmente, después de tanto luchar, la situación comenzaba a mejorar y ella ya podía volver a su vida. Pero en ese momento descubrió una situación inesperada. “Más o menos al año, un día, volví a menstruar. El médico no lo podía creer cuando se lo conté, lloramos juntos”, recordó Orne.

Todo comenzaba a ponerse en orden. Para entonces se había puesto de novia y había vuelto a su rutina. Pasaban cosas nuevas y buenas, pero la mejor todavía no la conocía.

Síntomas, malestares, cambios. Un día la joven decidió hacerse un test y no creyó lo que veía. “Estaba embarazada, fue un milagro, no lo podía creer. Estaba feliz, pero también con miedo porque después de todo lo que pasó por mi cuerpo me preguntaba de qué manera uno puede gestar vida y cómo iba a ser”, manifestó.

Pero esa vida se hizo presente más allá de cualquier cosa. “Tuve un embarazo hermoso, super a término, y un día llegó Isabella”, contó con emoción. “Nació con casi cuatro kilos, super sana. Ahí mi vida empezó de nuevo. Sentí que me había congelado en el tiempo, un tiempo en el que estuve muy para adentro, muy para mí, tratando de hacerme todas las preguntas, y cuando llego a ella fue arrancar una nueva vida, sana”, insistió.

“Fue un desafío haberme convertido en mamá. La llegada de Isa fue como mi salvación, todo empezó a tener sentido, como que todo lo que había pasado no había sido en vano, con la llegada de ella mi vida se volvió linda, todo el sufrimiento, los malos momentos, la angustia habían quedado en el pasado”, dijo con los ojos llenos de lágrimas y la mano de su hija agarrada a la suya.

“Cuando empecé a menstruar fue loco, pero el primer test que dio positivo fue una mezcla de llanto, de incertidumbre. Ahí me cayó la ficha y dije ‘evidentemente tenía que ser mamá’. Estaba escrito, ni la ciencia fue exacta conmigo, quizás mi propósito era ese: traer vida”, aseguró.

El segundo golpe

Cuando todo estaba acomodándose, Ornella tenía un trabajo que le gustaba y su hija -de entonces ya 6 años- crecía sana y feliz, sintió, una vez más, un bulto.

“Fue igual que la vez pasada: un bultito en la mama derecha, muy chiquito. Saqué turno con la mastóloga, me palpó y me dijo que íbamos a hacer una biopsia directamente, no le podíamos dar tiempo a nada”, explicó.

Orne, que ya estaba acostumbrada a los controles, creyó que se trataba de algo de rutina, estaba segura de que todo iba a ir bien. Para ese momento ya sabía leer con claridad los estudios que les realizaban a ella y a sus amigas, y esa capacidad fue clave cuando recibió el segundo diagnóstico.

“Me llegó por correo un sábado a las 15. Cuando veo el diagnóstico y leo ‘carcinoma triple negativo’ no lo podía creer, fue un shock, estaba en un rincón de la casa cargando el teléfono y me agarró una crisis. Me encerré en el baño y empecé a preguntar por qué, por qué otra vez, lloré mucho, sentí mucha angustia porque era de nuevo vivir todo eso que yo ya había pasado y que no quería volver a vivir. Gracias a Dios mi hija no estaba ese día porque yo estaba completamente descompensada y no podía mirarla a la cara”, recordó.

Ornella, ahora, tenía la dura situación de contarle del diagnóstico a su hija: “La vi a ella y pensaba qué iba a hacer si me pasaba algo. Yo sabía que la iba a luchar, que no me iba a dejar vencer, era fuerte, pero ahora era mamá. La senté, le conté que mamá tenia una bolita mala, que se la tenían que sacar, que iba a estar todo bien. Ahí empezó otra vez el recorrido: en este caso primero me operaron para sacarlo, porque iba a crecer muy rápido”.

“Me dijeron que se me iba a volver a caer el pelo y a la semana, otra vez, tenía mechones en la mano y, otra vez, el sostén de siempre: vino una amiga a raparme”, destacó la joven mamá. “El momento más difícil fue con Isa, ella no toleraba verme sin pelo, fue un shock muy fuerte así que fuimos a comprar una peluca y le pusimos Jacinta. Todo era ir de a poquito para que se vaya amigando a esta nueva mamá”, resaltó.

Isabella no solo lo fue incorporando, sino que también se convirtió en un gran refugio para su madre. “A medida que fue pasando el tiempo intentábamos transformar el dolor y los malos momentos en alegría, en risa y transmitirle a ella que, si bien era feo lo que estábamos pasando, era importante poder sacarle el lado positivo, buscar la manera de reírnos para que sea más fácil. Es como el mensaje que le quiero transmitir a ella, el legado que le quiero dejar: no importa lo que pase, siempre hay una lucecita al final del camino, algo de qué agarrarse para salir”, aseguró.

Y así pasó la enfermedad, una vez más. El cuerpo sanó y todo comenzó a estabilizarse. “Hoy estoy en pleno proceso de reconstrucción, es algo que marcó mi vida, primero a mis 26 años y después a mis 35. Sin duda fue algo fuerte y me ha dejado mucha enseñanza, mucha sabiduría. Quizás suena como medio trillada la frase pero es cierto que uno valora todo después. Yo exprimo cada segundo, cada minuto de la vida. Por supuesto no todo el tiempo estoy feliz pero trato de disfrutar y mirar el lado positivo. Hoy siento que estoy encontrándome devuelta conmigo, después de tanto tratamiento y medicación, hoy tengo un cuerpo diferente, soy otra persona”, aseguró.

El cáncer, igualmente, dejó sus secuelas. “Cuando me diagnosticaron por segunda vez la doctora me mandó a hacer un análisis genético porque no era común que en poco tiempo haya vuelto a hacer el mismo cáncer. El resultado fue positivo así que lo que venía era sacarme los ovarios porque, al ser genético, lo más probable era que, después de la mama, vaya a los ovarios".

Finalmente, le extrajeron los ovarios y una vez más el anuncio: “La médica me dijo ‘no vas a poder ser mamá, si querés tener otro hijo no vas a poder’, pero yo con Isa estaba recontra realizada, sentía que mi milagro ya estaba en la tierra”, reconoció Ornella.

A los 36 años, entonces, quedó menopáusica y fue un duro proceso atravesarlo, un shock que también le generó problemas físicos, hormonales, anímicos. Pero pese a todo, de la mano de Isa, Orne avanza. “Hoy estoy reconstruyéndome”, concluyó.

Fuente: TN

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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

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