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Es profesor de Física y construyó un sistema solar a escala en un paraje remoto de Salta: “Es como un viacrucis de los planetas
En un rincón perdido de Salta, donde no hay luz eléctrica ni señal de celular, un grupo de docentes y estudiantes decidió levantar un sistema solar. El escenario es Tonco, un paraje ubicado a más de 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar, junto al Parque Nacional Los Cardones. Allí, donde viven apenas quince familias, el cosmos se representa en una escala precisa —cada metro equivale a 464 millones de metros reales— que permite caminar de la Tierra a Marte, como si el universo se hubiera replegado sobre la montaña.
El impulsor es Carlos Alessandretti, un profesor santafesino de Matemática y Física que se radicó en la provincia hace más de dos décadas. La idea nació casi por azar, durante un proyecto educativo para enseñar a construir calefones solares en comunidades de altura. El docente llegó hasta ahí con ese propósito y quedó hipnotizado por el cielo “puro” y el silencio del lugar.
El plan inicial —cuenta ahora, en charla con Infobae— era hacer un observatorio a cielo abierto, pero llegó la pandemia y quedó trunco. En esa pausa afloró una nueva idea: recrear el sistema solar para que cualquiera pudiera caminar de Mercurio a Marte y mirar el firmamento desde un punto donde el universo parece más cercano.
“No es una idea superoriginal, está en otros lados, pero yo sentía que lo que había que hacer en Tonco era eso”, dice Alessandretti. Una tarde fue con su familia, casi de paseo, y detectó un sitio: “Por acá andaría bien el Sol, que sea una esfera de tres metros de diámetro”, pensó. Ese impulso definió la escala: si el Sol mide un millón y medio de kilómetros y aquí tendría tres metros de diámetro, todo debía reducirse unas 460 millones de veces.
Lo que siguió fueron mediciones de GPS y viajes sucesivos para pensar dónde ubicar el resto de los planetas. Sus compañeros del profesorado, que entonces eran estudiantes y hoy son docentes, lo acompañaron desde el comienzo. Después, llevaron maquetas a la comunidad local y explicaron la idea: “Lo que les dijimos fue que queríamos hacer una especie de viacrucis, pero en lugar de pasar por las imágenes de la Pasión de Cristo, íbamos a pasar por los planetas del sistema solar”. Los vecinos lo entendieron enseguida y se sumaron. Desde entonces, docentes, estudiantes y familias de Tonco levantan juntos en ese mapa del cosmos, que todavía está en construcción.
De Firmat al cosmos
Carlos tiene 53 años, dos hijos y reparte sus días entre colegios secundarios y el profesorado de Física. Su relación con esta disciplina empezó en la adolescencia. “En los ochenta compraba una revista que se llamaba Muy Interesante. Me encantaban las notas de física y creo que me encantaban porque no entendía nada. ‘Acá hay algo muy misterioso, muy raro, que no lo termino de entender’, pensaba, y me daba la sensación de que estaba buenísimo”, cuenta.
Durante un tiempo quiso ser científico, pero en el tercer año de la carrera cambió de rumbo y se fue a vivir al Sur. “Siempre sentí una tensión entre el estudio y la aventura, entre quedarme sentado, aprendiendo, y salir a explorar lugares desconocidos”, recuerda. Más adelante volvió a conectar con la física a través de la docencia y logró equilibrar sus dos pasiones. “Lo que estamos haciendo en Tonco permite que convivan ambas partes en armonía: por un lado, la física y la astronomía; y, por el otro, eso medio aventurero, de hacer algo distinto en un lugar poco habitual”, asegura.
El primer planeta lo colocaron a fines de 2021. “Eso fue muy lindo: hicimos una reunión y plantamos como la piedra fundamental donde iba a ir el Sol. Después, la comunidad hizo el ritual de la ‘Challa’, para agradecer a la Pachamama y pedirle permiso por lo que se iba a hacer”, cuenta Carlos.
Hasta ese momento —reconoce— no tenían trazado un plan: “Empezamos midiendo y poniendo cartelitos. Lo que hay es lo que llamamos el ‘Sendero de los planetas’ que va desde Mercurio hasta Marte. Tuvimos momentos de avance y momentos de que se planchó todo porque no había plata, porque no había tiempo o porque se me rompió la camioneta y no podía viajar hasta allá. En estos últimos meses, como queríamos mostrarlo para la 24° Reunión Nacional de Educación en Física, le pegamos una acelerada. Y avanzamos bastante: hace dos meses pusimos la estructura del sol. Pero durante un año y pico lo único que había era una columna de tres metros. Más que el Sol, parecía un obelisco. Ahora que tiene esa estructura curvada, se parece más. Cuando esté terminado, la idea es que sea una esfera metálica de aluminio, que va a reflejar la luz del Sol real”.
—El sol va a ser de aluminio. Y el resto de los planetas, ¿de qué material son?
—Arrancamos haciendo los planetas en cerámica, porque además tenía ese componente “tierra” del lugar. Los hicimos con la ayuda de una ceramista, pero era difícil lograr el tamaño exacto: la cerámica se contrae al cocerse en el horno. Las últimas versiones las hicimos en masilla epoxi, una mezcla que, cuando endurece, queda como piedra. Después apareció una artista de Salta que se ofreció a pintarlos, y la Tierra quedó tan real que parece de verdad. Así que los planetas que tenemos hasta ahora son de epoxi, porque queremos que respeten las medidas exactas. Si la pintura resiste o no la intemperie, lo iremos viendo. Para sostenerlos usamos rayos de bicicleta, y tratamos de colocarlos sobre lo que hay en el lugar: plataformas de piedra, tierra, incluso cardones que usamos como columnas. No es solo un proyecto científico: tiene algo artístico, cultural y artesanal. Es una mezcla de todo eso, pero con espíritu científico.
—Y la Luna, ¿cómo es?
—Es una bolita chiquita, mide menos de un centímetro. La colgamos con una tanza para que pueda girar alrededor de la Tierra, a unos ochenta centímetros. Con eso se pueden explicar cosas muy concretas, como los eclipses: qué son y por qué se producen. Incluso podemos generar eclipses reales, con la sombra de la Luna sobre la Tierra. Es muy didáctico: cuando lo ven, entienden muchas cosas.
—¿Qué buscan generar? ¿Conocimiento, asombro, belleza o una forma de conexión?
—Todo eso (ríe). Es una caminata a los planetas en un lugar que está a más de tres mil metros de altura y con pendiente, así que uno se va cansando. Caminar esas distancias, llegar al planeta, verlo de lejos y después acercarse es una experiencia muy distinta a cualquier imagen o documental. En el profesorado de Física damos mucha importancia al contacto directo con los fenómenos: si vamos a medir temperaturas, vamos con un termómetro. Hay toda una línea de enseñanza que promueve eso y funciona: los chicos se enganchan más cuando experimentan por sí mismos. Caminar hasta Marte —unos quinientos metros en subida— es, en cierto modo, una experiencia con el fenómeno. Pero, sobre todo, es una forma de conexión. Aparece el asombro, se despierta la curiosidad, y eso es más importante que el conocimiento. Cuando llevamos a la gente —niños, adolescentes o adultos—, todos terminan haciéndose preguntas sobre el sistema solar que no se les hubieran ocurrido sentados en sus casas mirando el cielo.
—¿Qué tipo de preguntas surgen?
—Cuando llegan, lo primero que notan es que la Tierra está inclinada, y eso ya les genera inquietud. “¿Por qué la Tierra está inclinada y el resto de los planetas no?”, preguntan. Así descubren que el sistema solar es un proceso dinámico. Hay algo muy mágico cuando los grupos se quedan a pasar la noche en la escuela de Tonco para mirar el cielo. Ahí aparecen preguntas más profundas, más místicas, sobre el destino del universo. Más que información, se llevan nuevos interrogantes. Uno de los objetivos es que vean las distancias entre los planetas, pero también que conecten con el lugar. Ese es el plus que ofrece Tonco: entre cardones y un paisaje casi desértico, los planetas parecen perdidos en la soledad, como ocurre en realidad. Entre el Sol y la Tierra hay apenas dos bolitas —Mercurio y Venus—, y estamos ahí, flotando en medio de la nada. Ver eso también es una experiencia: encontrarse con la Tierra tan lejos, tan chiquita.
—¿Y cuál fue el planeta que más los conmovió a todos?
—La Tierra. Verla y darse cuenta de que todos estamos ahí es lo que más los impacta. Incluso los astronautas que van a una estación espacial vuelven fascinados con la Tierra y traen el mismo mensaje: “Che, la Tierra es fantástica, pero frágil. Es única. ¿Qué hacemos peleándonos y destruyéndola?”. Creo que la astronomía te da un poco de eso. A veces digo que una noche ahí es mucho más efectiva que un año de clases, porque les abre la cabeza.
—Cuando el proyecto esté completo, ¿cuánto habrá que caminar para recorrer todo el sistema solar?
—Por ahora, la caminata va desde la Tierra hasta Marte: son casi quinientos metros, con una subida leve. Después solemos ir hasta el mirador, un cerrito que está al lado y que permite ver la disposición de los planetas desde arriba. Es como si fuera un dron, pero natural. Toda esa vuelta te lleva una hora, tranquilo. Cuando esté Júpiter va a llevar más tiempo. Y el día que quieras ir hasta Saturno y caminar tres kilómetros por la montaña, ya será un trekking de mediana dificultad. Tal vez la opción sea hacerlo a caballo. Vamos a tener que inventar alternativas. Ir hacia un planeta más lejano requiere más esfuerzo, pero también te premia: a medida que subís, el paisaje se vuelve cada vez más lindo. No vas solo a ver el planeta: caminás por un lugar que no verías si no fuera por ese planeta. Los dos últimos, Urano y Neptuno, se verán pasando en vehículo.
—¿Vos hacés de guía en todas las recorridas?
—Sí, casi siempre. Pero no estoy solo: en cada viaje y en cada movida hay grupos de profesores y estudiantes que me acompañan. Si esto sigue creciendo y el paseo empieza a recibir más visitantes, vamos a tener que organizarnos junto con la comunidad. Mi idea es que ellos se involucren cada vez más y que los chicos del secundario puedan ser los futuros guías. Tonco es un paraje pequeño que se está vaciando: los adolescentes terminan la escuela y migran a la ciudad de Salta. Nos encantaría que este proyecto ayude a revertir ese proceso, que los lugareños vean que tienen oportunidades, que hay futuro. Sería un sueño que los jóvenes se conviertan en guías astronómicos y que la comunidad ofrezca servicios turísticos: paseos a caballo, caminatas, comidas, artesanías, planetas en miniatura para los visitantes que recorren el sistema solar. Otra de las ideas es construir un albergue integrado al paisaje, con un pequeño observatorio, para que los contingentes de estudiantes puedan quedarse sin necesidad de usar la escuela. Creemos que puede funcionar. Y ojalá que con el tiempo ya no dependa tanto de mí, aunque estoy muy conectado con todo esto.
—Si tuvieras que resumir el proyecto en una frase, ¿cuál sería?
—Lo defino como un sueño compartido que evoluciona de manera aleatoria y caótica, como el mismo sistema solar cuando se formó. El sistema solar no apareció todo ordenadito. Al principio era un desparramo de planetas que se chocaban entre sí; Júpiter iba y venía, se acercaba al Sol, se alejaba, y dejó un reguero de piedras que hoy conocemos como el cinturón de asteroides.Hay muchas dudas sobre cómo se formó el sistema solar real. Nuestro proceso de avance es así: no hay un plan, vamos avanzando como podemos, de manera caótica y azarosa. Pero sabemos que, a futuro, este sistema solar va a tener vida propia, como el verdadero, que un día generó la suya. Y esa vida somos nosotros.
Fuente: Infobae
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN