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De villanas de cuento a aliadas: el verdadero rol de las madrastras en las nuevas familias ensambladas
Ser madrastra nunca fue sencillo, al menos en el imaginario colectivo. La literatura y el cine la dibujaron como una figura cruel, competitiva y hasta despiadada. Pero lejos de los cuentos, en la vida real las familias cambiaron: hoy los divorcios, las nuevas parejas y la convivencia de múltiples hogares hacen que el rol de la pareja del padre sea cada vez más frecuente y, también, más complejo.
Ni bruja ni heroína, la madrastra ocupa un lugar donde se mezclan los desafíos de los límites, las lealtades cruzadas y, muchas veces, la oportunidad de construir un vínculo genuino con los hijos de otro.
Algunas preguntas surgen entonces inevitablemente: ¿qué lugar ocupa la pareja del padre en el entramado familiar? ¿Se la acepta como cuidadora? ¿Puede poner límites? ¿Es “traición” de los hijos a sus madres llevarse bien con ella?
La construcción de un vínculo más allá de los roles
“Cuando conocí a Damián y nos pusimos de novios, su hija Cecilia tenía 4 años. Desde el principio tuve claro que no quería asumir el papel de madre, eso probablemente porque yo era muy joven y no tenía deseo de maternar. Así que mi rol fue el de una colaboradora: siempre dispuesta a ayudar con las tareas del colegio, llevarla y buscarla de la casa de sus amigas, pero sin meterme en los temas de los padres”, relata Martina -hoy de 47 años con un hijo de 14, hermano de su hijastra - y recuerda: al tiempo quedé embarazada de Mariano y la relación se complicó un poco por los celos de Cecilia. Entonces le dije: “sé que me odias ahora, pero te voy a dar el regalo más grande: un hermano”.
“Con el nacimiento del bebé, la dinámica cambió por completo: Cecilia, en vez de reclamar tiempo con su padre, buscaba estar sola conmigo”, explica. “Finalmente, nos separamos con Damián, pero el vínculo con su hija se fortaleció aún más porque sentí la gran responsabilidad de mantener la relación entre los hermanos. Además, siempre tuve una gran empatía por la madre de Cecilia, respeté su lugar y sé que ella estuvo agradecida por cómo cuidé a su hija. Hoy siento que mi relación con la hermana de mi hijo es de confidentes, con los años nuestra conexión se volvió más cercana y de confianza“, asegura.
El relato de Martina grafica una posible forma de relación que se construye entre una mujer y el hijo de su pareja. Al respecto, una pregunta posible para hacerse respecto a esta construcción es la que impulsó el trabajo de la filósofa, divulgadora y autora Florencia Sichel en su último libro Todas las exigencias del mundo: ¿Cómo se empieza a amar a un niño que no se deseó, pero que habilita las emociones del espectro materno?
“Creo que ese interrogante podemos hacerlo extensivo a cualquier vínculo madre-hijo (biológico o no biológico). No tenemos garantías de que un hijo nos vaya a querer “para toda la vida”. Pensamos que eso va a ser así porque es lo que a una le gustaría. Pero la relación con un hijo o una hija es una construcción duradera, que se practica y valida todos los días. Conozco hijos de ex-parejas que se siguen viendo con sus antiguas madrastras por elección propia, y también conozco hijos que no eligen ver a sus madres. En ese sentido, quizás las madres (adoptivas, biológicas, las madrastras) corremos el mismo peligro que corren todos los vínculos. Peligro y fortuna. Porque si se quedan es porque lo desean”, reflexiona Sichel.
El mapa de una familia ensamblada
Según analiza la psicóloga clínica Romina Halbwirth, la familia es un sistema: un entramado de relaciones donde cada persona cumple un rol y existe una jerarquía. Así, la salud del sistema depende de que esos límites y jerarquías estén claros. Cuando aparece una madrastra, esos límites se reacomodan. No reemplaza a la madre biológica, pero tampoco puede quedar relegada como si fuera invisible. El desafío está en encontrar un rol intermedio: acompañar sin invadir, sostener sin apropiarse. “El gran riesgo es que los hijos queden atrapados en medio de tensiones o alianzas cruzadas. Por eso, más que una etiqueta, la clave está en definir con claridad qué lugar ocupa cada adulto y cómo se reparte la autoridad”, advierte Halbwirth en diálogo con TN y propone algunos consultas que pueden aparecer respecto a los vínculos con la madrastra.
- ¿Llevarse bien con la madrastra es amar menos a mamá?
Para muchos chicos, aceptar a la pareja del padre puede vivirse como una traición. Es fundamental que los adultos aclaren que el afecto no es un juego de suma cero: querer a una madrastra no implica querer menos a la madre.
- ¿Puede poner límites?
Si convive con los hijos, inevitablemente tendrá que marcar reglas básicas de la vida diaria. La clave es que esas normas estén en sintonía con el padre y, en lo posible, consensuadas con la madre, para que no se transformen en luchas de poder.
- ¿Participa en la crianza?
La respuesta varía. En algunos casos, la madre y la madrastra logran una relación cooperativa, construyendo una red de cuidado que multiplica el sostén. En otros, la rivalidad predomina y la convivencia se vuelve un campo de batalla.
Entre la cooperación y la rivalidad
Es importante tener en cuenta, comenta la licenciada Halbwirth, que el rol de las madrastras cambia según la etapa vital de los hijos y el momento en que se formó la pareja. No es lo mismo una mujer que aparece en la adolescencia, cuando los jóvenes ya tienen autonomía y suelen resistirse a nuevas figuras de autoridad, que una que estuvo presente desde la primera infancia y acompañó gran parte de la vida cotidiana de esos niños. En ese último caso, el vínculo se construye con más tiempo, continuidad y naturalidad.
Además, no todos los ensambles familiares tienen el mismo origen. No es igual cuando la nueva pareja surge tras una viudez, donde muchas veces la madrastra ocupa un lugar de sostén y reconstrucción, que en una separación conflictiva, donde puede ser vista como intrusa o rival. También influye si el padre o la madre decidió irse, o si la nueva pareja apareció después de un acuerdo pacífico. Cada historia familiar marca el terreno donde se edifican los vínculos.
Entonces, cómo reflexiona Sichel, si los hijos no son de nadie, sino solo de ellos mismos, la idea de rivalidad entre mujeres y de “las villanas madrastras” ya debería borrarse del imaginario popular. Claro que también habrá historias distintas y particulares: hay madres que ven a la madrastra como aliada (alguien que también se preocupa y acompaña) y otras que sienten que esa presencia amenaza su lugar. La diferencia está en si los adultos logran separar los conflictos de pareja de las necesidades de los hijos. Cuando eso sucede, los chicos no tienen que elegir bando y pueden sentirse contenidos por más de un adulto de referencia. Cuando no, las lealtades divididas generan angustia y presión.
Quizás la pregunta no es si la madrastra “tiene derecho” a estar, sino cómo se integra. Así, de villana de cuento puede transformarse en alguien que aporta cuidado y otra mirada. “Las familias ensambladas hoy escriben historias nuevas, con vínculos que se reacomodan y afectos que se multiplican. En esas historias, la madrastra puede dejar de ser un personaje temido para convertirse en parte de la red que cría, sostiene y acompaña”, cierra Halbwirth.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN