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Viven en un hogar para adultos mayores y lanzaron su canal de streaming: “¿Cómo nos íbamos a imaginar estar en YouTube?”
Roberto parece distraído, cansado, o las dos cosas. Tiene 88 años y alguien empujó su silla de ruedas para ayudarlo a quedar en el lugar indicado de la mesa. Parece distraído o cansado hasta que escucha su nombre, la contraseña de que ha llegado su turno para hacerse escuchar. Entonces, como un rayo, la sonrisa le atraviesa la cara y ese pensamiento que venía cocinando se traduce en palabras que elige con calidez, con convicción y sin apuro. En un rato dirá que lo que tiene para transmitir, sobre todo, es “sabiduría, experiencia e historias”.
El cartel luminoso que dice “Estudio Ledor” está tan encendido como los micrófonos y las cámaras. Un operador pone las cortinas musicales y hace la seña de que es momento de hablar. Entonces, según de quién sea el turno, Mirta, Moshé, Lidia, Héctor o Roberto se acercan al micrófono y hacen lo suyo. Comentan las noticias del día, cuentan las peripecias de algún viaje que los llevó a alguna tierra lejana y hasta exótica, aconsejan a los que se comunican con el “Consultorio de Expertos” del que participan.
Hablan de la música y de los músicos que admiran, de los tiempos que pasaron y de los que corren, de los temas actuales que eligen estudiar para mantenerse al día. Cuentan chistes que rematan la emisión del día, contraponen sus miradas, se ponen de acuerdo, disienten, se escuchan y se hacen escuchar. Aflojan la espalda contra el respaldo de la silla cuando el operador hace la seña de que la grabación terminó. Agarran el bastón o el andador, si les hace falta, y salen del estudio al que tanto les gusta volver.
“¿Cómo nos íbamos a imaginar que de un taller de radio de repente se iba a armar esto? De repente hay que armar una columna, nos escuchan, nos hacen notas. ¿Cómo nos íbamos a imaginar estar en YouTube o en Instagram? Era imposible, y acá estamos, miranos”, dice Mirta Rosemberg, una de las participantes del taller de radio que empezó hace unos cuatro meses en el hogar para adultos mayores de la Fundación Ledor Vador, y que lanzó su canal de streaming hace apenas algunas semanas.
Cada semana, entre veinte y cuarenta y cinco personas forman parte de ese taller en la residencia en la que viven, con mayor o menor grado de autonomía, unas trescientas personas. Algunos de esos participantes se animaron a más: además de sumarse al taller, se meten algunas veces por semana al flamante estudio de streaming que el hogar, una institución ya emblemática dentro de la comunidad judía, inauguró tras recibir una donación que destinaron a esa innovación en su edificio de Chacarita.
“Para mí esto de hacer radio es una sorpresa enorme. Yo estoy en el hogar hace dos años y me engancho en todas las actividades. A esta vengo con mucho entusiasmo, con muchas ganas. La radio está en mi vida desde que tengo uso de razón: era el sonido de mi infancia y me acompaña hasta hoy. La prendo y escucho cada mañana. Y ahora resulta que me ponen un micrófono delante y, por un rato, me creo un cronista. Un hombre de radio. A mis hijos les pregunto si se van a bancar tener un viejo famoso y nos reímos”, cuenta Roberto Pinkus, que se dedicó toda su vida al diseño textil, el oficio que heredó de su padre.
Elías “Moshé” Eisenclach tiene 88 años como Roberto. Vivió en un kibutz, fue tornero y trabajó como viajante de juguetería durante casi cuatro décadas. Desde Neuquén hasta La Quiaca, en auto, siempre con la misma compañera: la radio. “La primera vez que vine al taller no me gustó, pero volví. Y me enganché, me empecé a sentir cómodo. Ahora la radio se ve, pasó por muchos cambios tecnológicos pero sigue ahí, haciendo compañía”.
Moshé es el especialista en llevar humor a la mesa del streaming, además de uno de los comentaristas más frecuentes de “A diario”, el ciclo del canal Estudio Ledor en el que algunos de los residentes del hogar discuten algunas de las noticias del día. Puede ser la historia de un hombre que decidió casarse con sí mismo o el crecimiento constante del consumo de huevos entre los argentinos: Moshé, Lidia, Mirta, Horacio o Roberto siempre tienen algo para aportar delante del micrófono y la cámara.
“El taller de radio surgió sobre todo para trabajar la autoestima y el empoderamiento de quienes quieran participar. Es cierto que les damos herramientas del lenguaje radial, pero sobre todo trabajamos en que se animen a decir, a combatir lo que a veces es incluso el autoprejuicio de ‘¿qué va a tener para decir este viejo?’, que está basado en una mirada que efectivamente existe hacia la vejez”, describe Gabriel Katz, especialista en gerontología y responsable del proyecto Estudio Ledor.
“La representación de los viejos en la sociedad y en los medios de comunicación es que son los jubilados o las víctimas de una entradera en una casa. Todo eso existe, pero también hay otra versión de las personas mayores: los que tienen historias para contar, deseos de aprender y de compartir lo que ya saben, inquietudes e intereses que no sabían que tenían”, suma Katz, y agrega: “Venimos del paradigma de asilos, un lugar que funcionaba como antesala de la muerte, como un ‘depósito de viejos’. Eso va cambiando y aparece la idea de ‘entró en la residencia y se fue para arriba’ en vez del ‘se fue para abajo’ de antes”.
Según el especialista, existe un prejuicio alrededor de los adultos mayores, por parte de la sociedad e incluso de ellos mismos, que implica despreciar las ideas que puedan compartir. “¿Sabés cuántos dicen ‘a nadie le va a importar lo que pensamos porque somos viejos’? Tratamos, a través de muchas actividades, de desmontar esa idea. Y el streaming busca que tengan una voz, que sean parte de la conversación que hasta ahora no los incluye”, describe Katz.
Lidia Brodsky tiene 89 años y vive hace tres en el hogar de la fundación. Se internó junto a su marido, cuya salud se había deteriorado. Él murió al mes de llegar y ella decidió quedarse. Quiso ser bailarina clásica pero a su padre le pareció que iba a ser muy buena, que iba a viajar por el mundo, que iba a llevar una vida demasiado libre. Estudió algunos años de Arquitectura, crió a sus hijos, se convirtió en profesora de yoga y abrió su propio centro cuando la disciplina aún no se había popularizado.
“En el hogar me invitaron a dar clases y di algunas. Participo de muchos talleres: teatro, periodismo, huerta. Y me sumé al de radio. Ahora tengo mi columna: ‘Los viajes de Lidia’. Tuve la suerte de viajar mucho, así que conté por ejemplo cuando estuve en Egipto, en la zona de las tumbas de los faraones, o en Marruecos. Escribo sobre los viajes y con eso armo la columna”, explica.
También, como Roberto, Mirta, Héctor y Elías, ha participado de la mesa del “Consultorio de Expertos”. En ese segmento, oyentes y visitantes del hogar dejan sus dudas para que los más experimentados les hagan sus recomendaciones. A veces se trata de la mejor comida para preparar rápido si uno vive solo, a veces se trata de si conviene o no estrechar lazos románticos en el trabajo. Siempre alguien -o varios- en la mesa tienen algo para aportar, entre el humor, el consejo y la total asertividad.
“Mis nietos me cuentan que me vieron en sus teléfonos, que les gustó. Están contentos con esto que estoy haciendo, y me lo demuestran. Me doy cuenta de que de repente escuchan los consejos que damos y se quedan con algo de eso”, cuenta Lidia.
Mirta Rosemberg es profesora de Historia. Dio clases en escuelas secundarias y en la universidad. Hasta hace no mucho tiempo, salía dos veces por semana del hogar de la Fundación Ledor Vador para ir a participar de distintos cursos en el Club Náutico Hacoaj. “Pero ahora voy una sola vez, dejé talleres como el de literatura, porque me quedo en el hogar para no perderme el taller de radio. Me encanta lo que hacemos, no me imaginé a dónde iba a llegar”, cuenta.
“A mí me propusieron que hiciera una columna sobre Historia, pero enseguida propuse otra cosa. Yo no quería que la columna fuera sobre algo aprendido, sino sobre algo por aprender, así que mi idea fue que sea sobre algún tema de actualidad. No sobre una noticia del día, pero sí sobre temas que son actuales ahora mismo: hice sobre Inteligencia Artificial, por ejemplo. Yo para armar una columna de cinco minutos leo toda la semana, investigo, me compro algún libro. Entonces eso me mantiene activa, pensando, aprendiendo, conociendo cosas nuevas”, describe Mirta, la más joven del grupo más estable de Estudio Ledor: tiene 79 años.
Héctor Copman es contador público y tiene 85 años. Siempre fue un aficionado a la música y tuvo sus años de pescador. “Ahora me dedico a la radio. Ad honorem, por ahora”, dice, y él y todos sus compañeros de proyecto se ríen. También se van a reír (mucho) cuando Lidia haga el esfuerzo de recordar el nombre de un escritor pero no lo logre. “Esto me pasa todo el tiempo, se me escapan los nombres”, va a decir, y Mirta, rápida, responderá: “No te creas muy original, eh”.
Copman vive hace más de dos años en el hogar y su columna, “La escena”, es biográfica: cuenta la vida de músicos y de humoristas que admira. La que más le gustó hacer fue sobre Lalo Schifrin, también disfrutó la de Astor Piazzolla.
“Todo lo que sea un proyecto nuevo a esta altura de la vida es estimulante y genera entusiasmo. Todos nosotros estuvimos ocupados toda la vida y ahora el tiempo sobra, uno a veces no sabe qué hacer con el tiempo. Entonces tener una actividad, y que encima otros la valoren, se siente muy bien”, reflexiona Héctor.
Por ahora, el canal de Estudio Ledor no transmite en vivo. “Los contenidos llegan a YouTube y a Instagram después de un proceso de curaduría y edición de nuestro equipo de Comunicación”, describe Jéssica Presman, coordinadora de Programas de la Fundación Ledor Vador. Allí pueden verse algunas emisiones de “Consultorio de Expertos”, “A diario”, “Mirta hoy”, “La escena” y “Los viajes de Lidia”.
“En muchos casos, los años de la vejez son años de soledad no deseada”, coinciden Presman y Katz. Compartir el espacio físico y algunas actividades cotidianas es una vía para que ese escenario solitario no sea el único posible para una población que, en medio de un envejecimiento demográfico casi global, se ensancha.
“La población de todo el mundo está envejeciendo. ¿Cómo puede ser entonces que los viejos no sean parte de la conversación?”, subraya Katz. Roberto, Mirta, Moshé, Lidia y Héctor -“los Cinco Fantásticos”, como los llaman algunos en los alrededores del Estudio Ledor-, son algunos de los que se animaron a sumarse a la conversación. Así que están atentos a las señas del operador, a los pies que les dan sus compañeros para que empiecen a hablar y a las preguntas que mandan los que los escuchan y los ven. Esos a los que Mirta ya llama, con cariño y seguridad, “la oyentada”.
Fuente: Infobae
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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”
De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.
Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.
Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.
Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida
Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.
Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.
En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.
Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.
Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?
La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.
La noche en que todo cambió
Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.
Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.
“¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que sí. Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.
A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.
Una historia con fecha de vencimiento
Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.
Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.
Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.
Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.
La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.
El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?
Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.
Los trenes que los separaban también los volvían a unir
El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.
Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.
Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.
Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.
Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.
Fuente: TN
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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela
En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.
Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.
En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.
“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.
La situación en Venezuela hoy
Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.
Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.
Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.
El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794
El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.
Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).
Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.
Fuente: TN
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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección
Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.
En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.
Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.
La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.
El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.
“No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.
En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.
“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.
El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.
Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.
Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.
La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.
La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.
Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.
Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.
Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.
Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.
También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.
Fuente: TN