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Caída de la natalidad y el fenómeno de los “perrihijos”: los cambios ya se sienten en las familias
En los últimos años, una escena cotidiana se volvió cada vez más común en ciudades de todo el mundo: personas jóvenes que celebran el cumpleaños de su perro con torta, globos y fotos en redes sociales; que priorizan la salud emocional de sus mascotas con etólogos y paseadores; o que los consideran parte de la familia al punto de referirse a ellos como sus hijos. Lejos de ser una excentricidad aislada, esta práctica forma parte de una transformación más amplia: cada vez más personas deciden postergar —o directamente descartar— la maternidad o paternidad tradicional y vuelcan su afecto, cuidados y recursos en animales.
El fenómeno, conocido popularmente como “perrihijos”, involucra un vínculo simbólico que, aunque no reemplaza a la parentalidad humana, ocupa un lugar cada vez más central en los proyectos de vida. A través de este tipo de lazos, emergen nuevas formas de cuidado, pertenencia y expresión emocional que responden a cambios sociales, culturales y económicos profundos.
Una nueva forma de vincularse: el auge de las familias multiespecie
“El fenómeno de los ‘perrihijos’ o los vínculos inter-especie, donde personas eligen criar o cuidar animales como perros o gatos con un nivel de implicación emocional, simbólica y económica equiparable a la parentalidad, puede pensarse como un emergente vincular y social que dice mucho sobre los lazos, los modos de ser y hacer familia y las transformaciones del deseo en la actualidad”, comenzó a explicar a Infobae la licenciada en Psicología con orientación Perinatal y Reproductiva María Agustina Capurro (MN 69748).
Según el doctor en Psicología y docente Flavio Calvo (MN 66.869), “llamarlos ‘perrihijos’ no es solo una forma de hablar: muchas veces expresa un vínculo emocional intenso que incluye roles, rutinas y afectos que antes se asociaban a la crianza de niños”.
La investigadora María Dolores Dimier de Vicente, del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral, sostuvo ante la consulta de este medio que esta tendencia responde a “una combinación de diversos factores, pero por sobre todo a cambios culturales que incitan a un cuestionamiento de la familia tradicional”. En este nuevo esquema, se observa “una transformación en la manera en que se entiende la relacionalidad, en cuyo caso, el cuidado no viene de la mano de los vínculos humanos nativos o biológicos, sino de los elegidos”.
Las mascotas pasan a ser parte central del mundo emocional. Para Calvo, “no es solo compañía, es cuidado activo, es dedicación, son rutinas específicas, celebraciones, y en muchos casos una importante inversión emocional y económica”. También subrayó que “se humaniza al animal, se le habla como si entendiera, se interpreta su conducta en clave afectiva”.
Capurro señaló que estos vínculos también pueden pensarse como espacios donde se alojan “el deseo de cuidado, ternura, función parental simbólica”, aunque también quedan al margen aspectos como la “reproducción biológica, el sentido de trascendencia y los conflictos parentales”.
La caída de la natalidad y la redefinición del proyecto de vida
En la mayoría de los países, la tasa de natalidad está en descenso. Para los especialistas, este fenómeno es multicausal. “Muchas personas postergan o directamente descartan la idea de tener hijos, por decisiones personales, económicas o existenciales”, sostuvo Calvo.
Dimier indicó que “suele escucharse que criar un hijo implica un costo económico a largo plazo, que si bien es cierto que ser padre o madre exige tiempo, recursos y estructura ante el costo de vida, la precariedad laboral y la falta de políticas de conciliación trabajo-familia, se lo percibe como un proyecto de alto riesgo”.
Según Calvo, “tener un perro —o un gato— puede verse como una alternativa que sea emocionalmente gratificante y más accesible. No requiere las mismas responsabilidades legales, económicas y vitales que implica criar un hijo”. En esa línea, agregó: “para algunos, es una forma de ejercer el cuidado sin tener que resignar autonomía o enfrentar las exigencias que hoy tiene la parentalidad”.
Capurro vinculó este emergente con “el contexto de baja de natalidad global, donde múltiples factores (económicos, ecológicos, de estilo de vida, de desafíos reproductivos) complejizan o desincentivan la decisión de tener hijos o hijas”.
Dimier señaló al respecto que también está cambiando la manera en que se entiende el pasaje al mundo adulto: “Ya no forman parte de los aspiracionales personales ‘tener una pareja estable’ o ‘formar una familia’, pues confrontan con los valores de los jóvenes de hoy, como ser las relaciones afectivas menos exigentes, menos permanentes, basadas en decisiones a corto o mediano plazo, reversibles, más centradas en el deseo, en la sensibilidad, en la conveniencia”.
Del mandato de familia a los vínculos electivos
La idea tradicional de familia también se está redefiniendo. Capurro sostuvo que “las familias ya no se definen solo por lazos consanguíneos ni por estructura tradicional nuclear, sino por configuraciones afectivas electivas”. En ese nuevo marco, el animal ocupa un lugar de “otro significativo”, con funciones de compañía y sostén emocional.
En ese sentido, Dimier advirtió que “las estructuras de hogares se encuentran en una constante modificación del modelo más tradicional: de las familias nucleares y multigeneracionales hacia estructuras de hogares monoparentales, parejas sin hijos, familias reconstituidas, convivencias no formales, o personas que eligen vivir solas”. En Argentina, “el número de hogares unipersonales (25%) se duplicó en los últimos 30 años, y la cantidad de hogares sin hijos (57%) enrocó con la de hogares con hijos (43%) en la última década”, según un reciente estudio del Observatorio del Desarrollo Humano de la Universidad Austral.
Para muchas personas, cuidar un perro o un gato es una forma de canalizar su capacidad de afecto. Calvo subrayó que “el apego puede construirse también con un animal, y ser una fuente real de bienestar y sentido. No reemplaza exactamente el vínculo con un hijo humano, pero en términos emocionales, para muchas personas es suficiente o incluso preferible”.
Dimier coincidió en que la decisión de no tener hijos y adoptar un perro como “hijo” puede implicar “una ruptura simbólica a los mandatos tradicionales” y se vuelve “más compatible con su proyecto de realización profesional o laboral”.
El deseo de cuidar, sin renunciar a la autonomía
Cuidar, proteger, establecer rutinas y sentirse importante para otro ser son necesidades humanas profundas. “El acto de cuidar no siempre requiere que el otro sea humano”, afirmó Calvo, quien consideró que los animales “permiten satisfacer esa necesidad humana de cuidar, proteger, establecer rutinas, y sentirnos importantes para otro ser”.
Capurro remarcó que en estos vínculos se otorgan funciones subjetivas a los animales dentro de la constitución de un mundo afectivo y familiar. Pero advirtió que cada situación es singular y que “no todos estos movimientos suceden por una única razón, sino desde la articulación entre deseo, libertad electiva, proyectos afectivos y/o familiares”.
Dimier, por su parte, explicó que “el cuidado optativo de relación con otro ser, como la mascota, es elegido según conveniencia, centrado en el bienestar propio y no necesariamente en la trascendencia o continuidad debido a las responsabilidades permanentes que conlleva la implicancia de ser padres”.
Según Calvo, el cuidado intensivo de un perro puede cubrir “el deseo de compañía, la necesidad de afecto incondicional, de rutina, de sentirse útil, de dar y recibir amor, de tener a quién cuidar y sentirse cuidado”. En contextos donde la soledad es frecuente, “un perro puede volverse un verdadero ancla emocional”.
¿Crítica o síntoma de época?
En lugar de lecturas moralizantes o reduccionistas, los especialistas invitaron a pensar el fenómeno como un emergente complejo. “Es importante no juzgarlo como patológico ni tampoco idealizarlo”, aclaró Capurro. En su opinión, se trata de “formas contemporáneas de vincularnos, las mutaciones del deseo parental y sobre cómo a los animales se les otorgan funciones subjetivas en la constitución de un mundo afectivo y familiar”.
Dimier consideró que los “perrihijos” podrían expresar “algunos elementos propios de la maternidad o paternidad: cuidar, proteger, ‘adiestrar’ (no educar), nutrir y establecer relaciones afectivas”. Pero distinguió que “el cuidado de un perro como ‘hijo’ es optativo, reversible y flexible”. En cambio, la familia, como institución, “permanece como un ámbito esencial para la realización personal y la necesidad humana de trascender, de dejar huella en otros, y de recibir la vida como don y responsabilidad”.
Mientras tanto, el mercado también promueve este vínculo afectivo adaptado al presente. “Promueve una perspectiva en la que una mascota brinda satisfacción emocional con menor inversión estructural, promoviendo un sinfín de productos, moda y servicios, creando nuevas necesidades alrededor de un animal”, dijo Dimier.
Así, en medio de una sociedad que redefine sus lazos, los “perrihijos” se convierten en figuras simbólicas de compañía, contención y rutina, sin las exigencias formales de la parentalidad. Una expresión de época que pone en primer plano la autonomía, el deseo y los nuevos modos de cuidar.
Fuente: Infobae
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN