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Maquillaje terapéutico: el poderoso trabajo que hace un grupo de voluntarias para ayudar a mujeres con cáncer
Las voluntarias de Maquillaje Terapéutico se reúnen todos los miércoles en la entrada del Hospital Oncológico María Curie. Este movimiento solidario dedicado a pacientes con cáncer, único en el mundo, comenzó en 2013 con solo una maquilladora, Claudia Eboli, y hoy agrupa a una comunidad de mujeres y hombres profesionales que prestan sus servicios de corazón.
Son casi 12 años en los que Eboli y su organización impactaron las vidas de tantas personas que vuelven a sonreír cuando se miran al espejo. “Me hace recordar mi vida pasada; me hace sentir como una mujer”, es una de las miles de reacciones que se escuchan en este hospital.
A las 10:00 comienza la actividad y el grupo ya está dividido por tareas: limpieza de cutis y masajes en el sector de quimio, en el primer piso; limpieza, masajes o maquillaje en el segundo, el sector pre y posoperatorio; y el mismo tratamiento para los pacientes del tercero, el área de cuidados paliativos. La atención se brinda tanto a pacientes como a acompañantes que deseen unos minutos de relajación.
En esta oportunidad, hay 12 voluntarias y un voluntario barbero. Forman parte de una gran comunidad de maquilladoras, cosmetólogas, cosmiatras, pero también profesionales de otras carreras que encontraron la vocación del maquillaje terapéutico. Cada uno tiene una experiencia de vida que los guio a este camino.
Cuando se hace la convocatoria para cada semana, algunas de las personas que responden llegan desde La Plata, Baradero, Ramallo y otros lugares fuera de Capital. Graciela Jerez viaja casi todos los miércoles desde Trenque Lauquen para prestar servicio en el hospital oncológico. Es cosmiatra y maquilladora profesional, y apoya al equipo desde la pandemia. “Yo sé lo que es estar ahí”, le dice a TN. El ahí es el lado del cuidador, del familiar de un paciente gravemente enfermo.
“Yo tuve a mi marido tres años y medio en coma y hace dos años se murió. Él estuvo internado y sé lo que es querer un bienestar”, asegura Graciela. Su esposo sufrió un accidente cerebrovascular (ACV) hemorrágico y nunca más despertó. Fue derivado de Trenque Lauquen al Centro de Neurorrehabilitación Santa Catalina, y mientras él permaneció internado, ella trataba de conectar con las enfermeras; hacía lo posible por mantenerse fuerte.
“Con todas esas cosas que te pasan, decís, ‘¿qué hago? O me amargo o salgo de mí y hago algo’. Querés ayudar al otro, y cuando conocí a Claudia, dije ‘voy a hacer maquillaje terapéutico’”, cuenta.
Susana Sánchez es cosmetóloga, cosmiatra, podóloga y también es instructora. Conoció a Claudia por referencia de otras compañeras en el rubro y se enteró de la capacitación de maquillaje oncológico. “Yo tenía una amiga que estaba entrando en la enfermedad de cáncer y me interesé en esto, para poder ayudarla. Ella partió y yo me quedé con Claudia” en el grupo de Maquillaje Terapéutico, cuenta.
No lo hace solo como un homenaje a su amiga, sino también por una razón que mantiene vigente a la actividad. “Yo me voy llena de acá. No es lo mismo venir a hacer el voluntariado que trabajar por dinero. A veces, me cuesta más ir a trabajar por mi dinero que venir al voluntariado. Los pacientes me dan energía. Ellos dicen que nosotros les transmitimos, pero ellos nos transmiten mucho. Es muy gratificante”, apunta Susana.
Algunas pacientes que tienen tratamiento o tienen tiempo internadas saben que las maquilladoras van a visitarlas sin falta. “Nos esperan con una sonrisa de oreja a oreja”, agrega.
“Si falto un día al hospital, me siento mal porque no vine”, confiesa Cecilia Abud, mano derecha de Clauda Eboli y líder de uno de los grupos de Maquillaje Terapéutico. Trabajaba en una oficina y, en paralelo, estudió maquillaje y peluquería, y siempre quiso hacer voluntariado. “Yo trabajaba como maquilladora social y algo faltaba. Vi a Claudia en la tele y dije ‘es ahí donde quiero ir’ porque me gusta, e hice el curso”, indica. Cecilia se graduó en la primera camada del curso de maquillaje social en la Legislatura porteña, también creado por Eboli.
Desde hace cinco años, Cecilia trabaja como voluntaria de maquillaje social en cárceles, en el Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial José Tiburcio Borda, en el Hospital María Curie, entre otros. Lo hace por el “sentido de pertenencia”, afirma.
“Nos encanta venir acá. Es un grupo muy humano”, remarca Cecilia. Ella también resalta el momento de complicidad que se genera cuando le hacen una limpieza de cutis o maquillan a una paciente. “La gente suele hacer catarsis y nosotras callamos. Lo que no hace la maquilladora terapéutica es opinar. La gente se engancha, sabe que es un mimo que es aparte de todas las malas noticias, es como que salen, no están pensando que están acá adentro, es el momento de ellas”.
Maquillarse para reencontrarse
El aspecto psicológico del maquillaje y la limpieza es muy importante. Por eso, el grupo de maquilladoras cuenta con la coordinación de María Inés Cortez, licenciada en Psicología y trabajadora del María Curie desde hace 34 años.
Desde las primeras visitas de Maquillaje Terapéutico, Cortez está presente. Ella, ante todo, monitorea el estado de ánimo de las pacientes, pero también capacita a las maquilladoras con talleres y juegos de roles para que aprendan a mantener distancia operativa. Advierte que puede ser una actividad muy impactante porque en el hospital hay todo tipo de diagnósticos con distintos estados de gravedad, por lo que cuida con mínimo detalle la interacción voluntaria-paciente. “No cualquiera puede hacerlo”, subraya.
Aunque la licenciada admite que tuvo sus dudas la primera vez que le hablaron de este movimiento solidario, hoy es una aliada de las maquilladoras.
“Nunca me pareció importante el maquillaje. [...] Si bien tenía claro que la paciente lo que más sufría era su pérdida de imagen corporal, nunca me imaginé que, con un maquillaje terapéutico especial, ellas se vuelven a reconocer. Darles ese pequeño mimo que no tiene ver con pincharte, curarte, sino tocarte -con guantes- y dejarte bonita no tiene precio”, reconoce la psicóloga.
Para alguien que trabajaba en una oficina, estar siempre arreglada era primordial, como es el caso Maira Yegros, paciente con cáncer de colon. Ella conoce a las voluntarias, le han hecho limpieza de cutis y maquillaje en varias ocasiones.
“Son cosas que uno no hace más. Al estar acá, uno olvida eso”, dice mientras le hacen la limpieza, y agrega que disfruta mucho estas sesiones: “Me hace recordar mi vida pasada; me hace sentir como una mujer”, asegura.
Maira tiene 32 y siempre ha sido coqueta. Al encontrarse con el equipo de TN, se cohíbe un poco, pero minutos después, Claudia terminó de maquillarla con un color naranja en los labios y un efecto ahumado en los ojos, y todo cambió. “¡Wow, a dónde me fui!”, exclama Maira. “[Yo] me encanto”, repite mientras se mira al espejo. Está tan fascinada con el efecto de la sombra en los ojos almendrados que le pide instrucciones a Claudia y esta le promete darle consejos de automaquillaje en la siguiente visita.
“Muchos piensan que con esta enfermedad, lo físico es lo de menos o que no tenés que preocuparte por la apariencia. Todo el mundo te dice eso. En realidad, la apariencia es parte de tu identidad. Es importante sentirse linda para llevar mejor la enfermedad”, explica María Luján (20), otra paciente de cáncer de colon que está a un cubículo de distancia de Maira.
El antes y el después no solo se observa en el rostro, sino en el espíritu y en el lenguaje corporal, como en el caso de Emilce Varela, paciente con cáncer de cervix. Era la primera vez que la maquillaban y, al verse en el espejo, ya no era tímida, floreció su verdadera personalidad y su voz recobró fuerza. “¡Me encanta, me encanta! ¿Cómo hago para estar así todos los días?”, dice con una gran sonrisa. El turbante fucsia le combina perfecto con la sombra de ojos marrón. “Gracias por recordarme a mí. ¡Me vuelvo a ver a mí!”, celebra.
Claudia Eboli: “Si tengo que vivir con esto, tengo que hacer algo”
“Yo tenía 40 años y pesaba 40 kilos. Ver una foto mía de lo que era es impactante”, relata Claudia Eboli, quien trabaja desde hace 33 años en la Legislatura porteña y es la creadora de Maquillaje Terapéutico. Ella sobrevivió a una arritmia ventricular compleja, una enfermedad congénita que la afectó por 10 años, pero hoy se encuentra en remisión.
“Cuando fui paciente, lo primero que me impactó fue mi deterioro físico. Yo veía que todos mis compañeros me miraban con cara de pena. Siempre digo no hay peor cosa que la mirada del otro, porque te da la pauta de lo mal que estás. Cuando yo me vi en esa situación, lo primero que hice antes de mi primera operación fue un curso de automaquillaje”, detalla.
Después de esa intervención, completó el curso de maquillaje social. Estaba por certificarse cuando le informaron que la enfermedad había vuelto, era muy grave y tenían que volver a operarla: se habían formado pequeños tumores en el tracto de salida del ventrículo izquierdo.
“Cuando volví a entrar al quirófano, recuerdo que entré supermaquillada, hiperproducida. Mi hija me miró y me dijo: ‘Mamá, estás toda maquillada, es una ridiculez’. Y le dije: ‘Querida, si paso para el otro lado, que sea diosa’. Me acuerdo de que el médico me dijo que no sabían qué podían hacer por mí y me dormí pensando que me moría. Cuando me desperté, el médico me dijo que esta enfermedad me iba a acompañar por siempre, yo dije: ‘Si tengo que vivir con esto, voy a hacer algo’”, sostiene.
Esa experiencia fue crucial para decantarse por el maquillaje como una vía para hacer terapia. Después de completar esos primeros dos cursos, Eboli hizo muchos más y no deja de aprender. Aprendió de profesionales como la maquilladora de Mirtha Legrand y sigue especializándose en la colorimetría con Manuel Rubín, uno de los referentes de la clínica del color en el mundo. “Fueron 13 años de mucho aprendizaje. Yo todo el tiempo estoy tomando cursos porque la oncología, lamentablemente, está impactando cada vez más y es más potente”, reflexiona.
Además, adquirió conocimientos más profundos gracias a su hermano, que fue oncólogo y falleció de cáncer de hígado, y su exesposo también es médico oncológico especializado en cáncer de útero. “Fueron 20 años de hablar de cáncer en todas las reuniones. Eso también fue potenciando mis ganas de dedicarme a esto, y el haber pasado por dos operaciones tan graves donde yo podía morir, me hizo entender que morir, te podés morir; el tema es cómo, y que la muerte tiene que sobrevenir, pero con dignidad, porque fue lo que yo siempre busqué para mí. Yo sentí que si me iba a morir, no les podía dejar a mis hijos la imagen de una madre derrotada. Yo tenía que dejar mi mejor impronta”, resalta.
En el primer congreso de sobrevivientes de cáncer organizado por el Hospital María Curie, Eboli conoció a la jefa de Oncología, la doctora Cristina Rosales, y le propuso ir a visitar a las pacientes para maquillarlas. Así, comenzó en 2013 este proyecto solidario.
Conforme pasaba el tiempo, no solo aumentó la popularidad de la actividad entre las pacientes, sino que las cifras de casos fue aumentando, por lo que fue necesario sumar voluntarias. Fue así como Eboli logró que se aprobara hace nueve años el curso de Maquillaje social, adaptado al maquillaje terapéutico (especialmente el oncológico y psiquiátrico) en la Legislatura. Con la pandemia, el curso también evolucionó a la modalidad virtual, lo que permitió se sumaran estudiantes de otros países, como Andorra, España, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Chile y Colombia.
Estas técnicas enfocadas en pacientes oncológicas eran algo nuevo en la Argentina, por lo que Eboli patentó el proyecto. El 14 de diciembre, además, este programa fue declarado de interés en la Ciudad de Buenos Aires y la Salud pública.
En este recorrido, Claudia se convirtió en referente en el país y más de 300 maquilladoras terapéuticas que se formaron con ella forman parte de este movimiento solidario.
“El maquillaje social lo definimos como ese maquillaje que ayuda a la persona a verse mejor, pero que interviene en momentos felices”, explica. En cambio, el maquillaje social especializado en lo terapéutico se enfoca en pacientes que, en algunos casos, pueden ser terminales. “Se cubren las imperfecciones más graves: las pacientes con piel amarilla por cáncer de hígado, las de piel verdosa por cáncer de páncreas, y vos le enseñás a la paciente a maquillarse. La idea del maquillaje terapéutico es que la paciente pueda seguir su vida relativamente normal con esta catarata de cuestiones que la aquejan sin perder su impronta, sin deprimirse, y que si está en una faceta terminal, que ella recupere su estima y que también recuperen la imagen los parientes que la despiden”, puntualiza.
Fuente: TN
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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”
De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.
Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.
Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.
Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida
Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.
Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.
En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.
Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.
Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?
La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.
La noche en que todo cambió
Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.
Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.
“¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que sí. Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.
A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.
Una historia con fecha de vencimiento
Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.
Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.
Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.
Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.
La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.
El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?
Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.
Los trenes que los separaban también los volvían a unir
El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.
Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.
Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.
Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.
Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.
Fuente: TN
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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela
En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.
Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.
En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.
“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.
La situación en Venezuela hoy
Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.
Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.
Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.
El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794
El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.
Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).
Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.
Fuente: TN
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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección
Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.
En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.
Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.
La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.
El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.
“No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.
En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.
“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.
El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.
Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.
Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.
La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.
La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.
Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.
Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.
Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.
Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.
También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.
Fuente: TN