Redes Sociales

Actualidad

Sobrevivió a Cromañón y trabaja como fotógrafo en recitales: “En el bondi me siento en el pasillo por si hay que salir rápido”

Ahora que Julieta, su hija mayor, tiene exactamente 15 años, Facundo “Irish” Suárez entiende como nunca antes a su papá, que el 30 de diciembre de 2004, en la esquina de Bartolomé Mitre y Jean Jaures, le pidió a la encargada de un edificio que le enjuagara la cara sucia de humo negro a su hijo y lo agarró del brazo para alejarlo lo más rápido posible de República de Cromañón.

Los dos habían ido a ver a Callejeros a ese escenario de Once. Los dos acababan de convertirse en sobrevivientes de esa tragedia en la que hace veinte años murieron 194 personas y tras la cual al menos 17 de esos sobrevivientes se suicidaron a lo largo de las últimas dos décadas. Los dos habían visto el techo de Cromañón prenderse fuego en apenas segundos. No lo sabían, pero estaban encerrados en la noche que partió en dos la historia de la vida nocturna en la Argentina.

“Me parte al medio pensar en que mi hija tiene los mismos 15 años que tenía yo esa noche. Eso es lo que más me pega de estos veinte años que se cumplen, la sola idea de lo intolerable que sería para mí que le pase algo así a mi hija”, reflexiona Facundo, que sobrevivió al recital más trágico del rock argentino y desde hace más de diez años trabaja como fotógrafo en recitales.

“No fui mucho a terapia después de lo que pasó, elegí no sobreanalizarlo. No creo haber pagado con salud mental lo que nos pasó en Cromañón, pero sí con todo lo vinculado al disfrute en un show. Ya no me gusta ir a pararme en una conglomeración de gente, tal vez sí me di cuenta de que en medio de un show, estando como público, estaba atento a por dónde se podía salir, si la gente estaba toda bien”, describe Facundo en conversación con Infobae.

“Ya es muy raro que vaya a un show como público; desde hace muchos años que voy casi exclusivamente como fotógrafo. Disfruto mucho, porque veo música en vivo, que es de las mejores cosas de la vida, y estoy concentrado en trabajar, entonces la cabeza no se me va para ningún lado más que a las fotos”, dice Suárez, autodidacta de pura cepa. Empezó a practicar “tocando todas las perillas” y haciendo retratos de su hija más grande y, en 2013, mandó un mail para que lo acreditaran para hacer fotos en un show de Las Pastillas del Abuelo en el Luna Park. Ahora es el fotógrafo de las presentaciones en vivo de artistas como Dillom y Wos, e hizo fotos en los shows que reunieron a Los Piojos tras quince años separados.

Un padre, un hijo y un mismo peligro

“Yo fui con mis amigos, mi viejo fue por su lado. A los dos nos gusta Callejeros hasta hoy, habíamos ido al show en Excursionistas ese mismo mes. Mi vieja vivía en Pompeya, mi viejo en Belgrano, y yo estaba mucho en la casa de mis abuelos, en Boedo. Llegué desde ahí por mi lado, caminando con mis amigos”, reconstruye Facundo.

Por aquellos años, cursaba la escuela secundaria en el Instituto Nueva Pompeya y tocaba el bajo en una banda de amigos que no tenía nombre pero tenía sede: una especie de salita improvisada en la casa de sus abuelos, que después de un rato de ensayo perdían la paciencia.

Había empezado a ir a los shows de Callejeros a los 12 ó 13 años y los seguía de cerca: era compañero de colegio del hermano de Elio Delgado, guitarrista de la banda forjada en Villa Celina. “Yo había ido a los shows en Cromañón del 28 y el 29 de diciembre, los dos recitales que hubo antes de que pasara todo”, cuenta.

“Todo” es una cadena de irresponsabilidades que desencadenaron la tragedia. Alguien prendió una bengala en un lugar cerrado. Eso encendió rápidamente una media sombra que cubría el techo y allí el fuego se expandió en apenas segundos. El poliuretano quemado formó una nube negra y, sobre todo, altamente tóxica.

Cromañón era gerenciado por Omar Chabán, histórico empresario de la noche porteña y quien estaba al frente del emblemático Cemento, en Constitución. El local de Once estaba habilitado como discoteca pero no como un lugar para llevar a cabo recitales. Además, la habilitación otorgada era para 1.031 espectadores y no para las alrededor de 4.500 que había allí esa noche, según consta en la causa judicial que investigó la tragedia.

La nube tóxica expandiéndose a toda velocidad y la temperatura subiendo -las pericias determinaron que en algunos sectores de Cromañón llegó a los 400º- desencadenaron estampidas para huir lo antes posible de ese infierno. Pero de las seis puertas de emergencia, cuatro estaban deliberadamente inhabilitadas. Morir les quedaba más cerca, aplastados en la estampida o asfixiados, a quienes intentaban salvar sus vidas o las de amigos o desconocidos.

“Mi viejo fue para arriba, a esa especie de balcón que tenía Cromañón, y yo me quedé en la planta abajo pero de la mitad para atrás. Empecé a ver que prendían candelas y me daba pánico que una rebotara en el techo y me cayera y me quemara, por eso me quedé más tranqui atrás”, se acuerda Facundo. También se acuerda de que, a diferencia de otras noches, esa vez les hicieron sacar las zapatillas al entrar para revisarlas: “Por eso muchas zapatillas quedaron flojas y a muchos se les salieron en medio de la huida”. Las zapatillas colgando se volvieron un símbolo de la masacre que atravesó a toda una generación.

“Tiraron una candela, bajó, dos, bajó, y la tercera ya no bajó y se prendió todo el techo de una. Por unos segundos estuve tranquilo, pensando que se iba a apagar y que el show iba a seguir. Pero empezaron como a ‘nevar’ bolas negras de ese plástico hirviendo que quemaba, y entramos en pánico. Empezó la estampida”, cuenta Facundo. La tragedia estaba en marcha.

Escapar para sobrevivir

“En Cromañón una valla separaba el sector de la entrada de la parte del campo. Esa valla hacía tope con la cabina de sonido, así que para salir tenías como que meterte más adentro del lugar para después irte para afuera. Lo último que vi antes de que se cortara la luz fue la puerta por la que tenía que salir. No había luces de emergencia y por suerte no llegué a ver la puerta de emergencia, porque la que tenía más cerca era una de las que estaba cerrada con candado”, cuenta el fotógrafo.

“Todas las puertas se abrían para adentro y mientras tanto respirabas un humo tóxico que te quemaba por dentro. Sentías la estampida venir, te tiraba para adelante, para atrás. No querías aplastar a nadie ni que te aplastaran”, suma Facundo, que se acuerda a la perfección de cómo se sentía tener un cuerpo enteramente apoyado sobre las piernas. “Cuando llegabas al piso, lo único que podías hacer era estirar la mano y rogar que alguien te viera y te sacara”.

Facundo salió de Cromañón por la puerta que había entrado y volvió a entrar por una más chiquita. Buscaba a Daniel, su papá, y mientras tanto cargaba a gente desmayada y la sacaba del local. No se acuerda bien, pero cree que entró dos o tres veces a sacar gente mientras intentaba encontrar (vivo) a su padre.

Sí se acuerda del chico que, ocho o diez años más grande que él, le dijo que ya no entrara más. Que el humo le había teñido la cara, y eso quería decir que ya lo había respirado mucho. Que se quedara a salvo afuera. Y de que, ya sobre Bartolomé Mitre, encontró a Daniel, o Daniel lo encontró a él, y que se abrazaron, y su papá le dijo que había bajado unos minutos antes de que empezara el incendio porque el clima en ese balcón se había puesto un poco espeso, y que la primera estampida lo había puesto en la calle.

“Me agarró fuerte y me llevó lo más lejos que pudo, lo más rápido que pudo. Y ahora, que tengo una hija de la misma edad que yo tenía en ese momento, lo entiendo como nunca”, cuenta Facundo. Todos sus amigos se salvaron esa noche, pero no todos sus conocidos. Algunos pasaron meses internados hasta recuperarse, otros murieron dentro de Cromañón. Con algunos de los conocidos, y también de los desconocidos, que sobrevivieron Facundo se reunió prácticamente a diario desde poco tiempo después de la tragedia y por algunos años.

La vida después del infierno

“Me hizo muy bien poder hablar de lo que nos había pasado con pibes como yo, de mi edad o un poco más grandes. Mi viejo salió enseguida, por suerte no pasó por lo peor. Así que pude hablar mejor con otras personas que habían salido y vuelto a entrar, o quienes fueron sacados. Pero dejé de ir después de un tiempo porque, en un momento, necesité conectar con otra cosa y no sentir que volvía a entrar a Cromañón permanentemente”, dice.

Este lunes, en el acto que se llevará a cabo por los veinte años de la tragedia, Facundo será el coordinador de los fotógrafos. “Creo que, a esta altura, el mayor acto de justicia posible es que no se repita una tragedia así. Y cuidado, porque hay quienes no vivieron esa masacre y por ahí van a un show y prenden una bengala. Pasó en febrero en un show en Niceto”, reflexiona.

“Yo no tengo dudas de que el máximo responsable fue el Estado, que daba por habilitado un lugar que claramente no estaba en condiciones. Por supuesto creo que a Chabán le cabe también una gran responsabilidad, sobre todo porque después se dio a la fuga y por las condiciones en las que estábamos. E incluso a Callejeros le cabe una parte, pero la máxima responsabilidad es del Estado”, sostiene Suárez.

La tragedia de Cromañón implicó la destitución por juicio político a Aníbal Ibarra, entonces jefe de Gobierno porteño, la condena a Chabán, que murió cumpliendo prisión domiciliaria, y a los integrantes de Callejeros, que ya cumplieron sus años en la cárcel por la causa. Además, se condenó a integrantes de la Superintendencia Federal de Bomberos de la Policía Federal, al mánager de Callejeros, a la mano derecha de Chabán y a integrantes del área de Fiscalización y Control y de Control Comunal del Gobierno de la Ciudad.

“A los 15 años te creés un poco inmortal, y además mi generación venía de diciembre de 2001, que había volado todo por los aires. Yo si alquilo un salón de fiestas para el cumpleaños de uno de mis hijos, asumo que está en condiciones, y lo mismo pienso cuando saco la entrada para un show. Pero en Cromañón estaba todo mal, y yo el trabajo que me tomo más a pecho después de lo que pasé es el de generar la conciencia que pueda desde mi lugar para que jamás vuelva a pasar algo así”, dice Facundo.

No se dio cuenta enseguida de que podría haberse muerto ese 30 de diciembre de hace dos décadas. Pero empezó a cruzarse con las fotos de la masacre que se publicaban en los diarios y en la televisión. “Y entonces te das cuenta de que te podría haber tocado a vos y de que le tocó a un pibe de tu misma edad, y ahí aparece la culpa del sobreviviente, que es tremenda pero que nos pasó a muchos. Eso cuesta tiempo sacarlo, y es durísimo; hay que aprender a vivir con eso”, cuenta, y la voz se le apesadumbra.

Volver a ver música

“Yo nunca dejé de ir a shows. Ese mismo enero fui al Gesell Rock, también vino mi viejo. Diría que nunca le tuve miedo al show, tal vez porque volví enseguida. Pero sí creo eso que dije sobre el disfrute, que siento que una parte de eso la perdí para siempre, por lo menos siendo público. Tal vez por eso me busqué otra manera de poder estar en un show y disfrutarlo”, reflexiona Facundo, que también es fotógrafo del canal de streaming Gelatina.

Fue padre joven. Cuando él tenía 20 años nació Julieta, y después vinieron Mateo, que hoy tiene 11, y Lola, de 9. “Hay algo de haber sido padre joven que sí creo que tiene que ver con lo que pasó en Cromañón, porque te diría que lo decidí y que tuvo que ver con tener alguien por quien levantarme, alguien en quién pensar todos los días. No por cargar a los chicos con eso, sino por encontrarle otro sentido, un sentido mucho más lindo, a la vida”, dice.

Su hija más grande ya va a recitales con sus amigos. “Yo me ocupo de decirle cómo tiene que cuidarse y hago todo lo que está a mi alcance para no transmitirle mis miedos, que son enormes ahora que la que va a los shows es ella. Pero hace poco me dijo que a ella también le daba miedo que a mí me pasara algo en un show, trabajando. Me preguntó por dónde se sale si estás adelante de todo, y le expliqué que detrás del escenario hay muchísimas salidas y no es para nada peligroso”, cuenta “Irish”, que construyó un apodo basado en su aspecto de pelirrojo irlandés.

A sus hijos les contó lo que había pasado en Cromañón de a poco, a medida que le fueron preguntando. “Lo primero que pasó fue que Juli, en unas Fiestas, me preguntó por qué me asustaban tanto los fuegos artificiales, por qué me metía en la casa en vez de ir a mirar, y le empecé a contar. Siempre hasta donde ellos quieren saber”, explica Facundo, que también es fotógrafo en el Teatro 25 de Mayo, parte del complejo teatral de la Ciudad.

Su vida cambió para siempre ese 30 de diciembre de 2004 en el que algunos se convirtieron en víctimas fatales y otros, en sobrevivientes. Empezó a darse cuenta viendo las fotos del infierno que había vivido y terminó de darse cuenta la primera vez que fue al cine después de la tragedia. “Saqué pasillo y hasta hoy sigo sacando pasillo. Y en el bondi siempre me siento en pasillo también, por si hay que salir rápido. Pienso en estar lo menos obstaculizado posible en caso de que haya que escapar”, cuenta. Como si deslizara un dato anecdótico y no la dimensión de una alarma que se encendió hace veinte años y todavía hace ruido.

Fuente: Infobae

Actualidad

Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Actualidad

Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Actualidad

Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

Sigue leyendo
Advertisement

Nuestro Clima

Facebook