Redes Sociales

Actualidad

Abrió una heladería en su garaje, su “super dulce de leche” fue un boom y ahora tiene más de 90 locales

Daniel Paradiso tenía 12 años cuando comenzó a trabajar en una heladería de San Fernando para ganarse unos pesos en el verano. A los 19 y ya recibido de electricista, un encuentro fortuito con su antiguo patrón le cambió la vida. En octubre de 1978, abrió una heladería en un garaje de la localidad de Victoria, y casi 50 años después se volvió un verdadero magnate del helado: está a la cabeza de un imperio de más de 90 locales, entre propios y franquicias, que produce toneladas por año.

“¡Helado Heladooooo!”

La infancia de Daniel transcurrió en los 60 en la zona norte del Gran Buenos Aires y como muchos chicos se emocionaba cuando en los veranos pasaba el carrito del heladero por la puerta al grito de “¡Helado Heladooooo!”. Sin embargo, en su casa “no había plata para helados” y solo era un placer ocasional para este hijo de un carpintero y una ama de casa. Todo cambió cuando a los 12 le preguntó a Roberto, el dueño de una heladería de barrio a 13 cuadras de su casa, si tenía trabajo para él. Le dijo que sí y ahí empezó una historia de amor inesperada con el oficio.

“Cuando tenía 12 años después de terminar el colegio en diciembre, tuve ganas de salir a trabajar. Durante seis años, los tres meses de vacaciones de verano los pase en esa heladería, en la cocina”, contó Paradiso a TN. Entonces estudiaba en un colegio industrial y no pensaba para nada en abrir una heladería. Daniel arrancó de abajo: empezó lavando baldes hasta que pasó a la cocina y fue aprendiendo las recetas de Roberto.

Se hacían siempre ocho sabores, era un trabajo bastante repetitivo, pero ahí le tomé el gusto al ritmo de la cocina. Es como en un restaurante, cada escuadra, cada lugar de producción tiene su ritmo especial. Bueno, ahí entendí lo que era ese ritmo. Me acoplé. Me hice mi grupo de amigos”, recordó Daniel.

Él siempre tuvo en claro que quería “trabajar por su cuenta” y al salir del cole con el título de técnico electrónico, comenzó a trabajar de electricista y se puso a arreglar electrodomésticos. Y así fue durante dos años, hasta que un día se cruzó con Roberto en la calle. “Fue un encuentro casual, pero años después me di cuenta de que me cambió la vida”, dijo Daniel. Una charla amena, de no más de 7-10 minutos. Hablaron de la vida y Roberto le dijo “¿por qué no te ponés una heladería, yo te ayudo con la materia prima”. “Ahí se me prendió el bichito, aunque los comienzos fueron muy duros”, contó Paradiso.

Con la ayuda de sus papás, Daniel compró máquinas usadas y alquiló un garaje a una cuadra de su casa, en la calle Palacios, “porque no tenía dinero para ir a una avenida o un centro comercial”. Arrancó con doce sabores, cuando ahora vende más de 50.

“En ese lugar nos quedamos 20 años. Es un lugar espectacular, un barrio y la gente nos conoció ahí. En este lugar se inició la historia. Con el tiempo compramos la casa de al lado del garaje y construimos arriba”. Como su maestro Roberto, Paradiso decidió ponerle su propio nombre al local y así nació Helados Daniel.

Durante décadas solo tuvo dos locales, el de Victoria y uno en La Horqueta. En los 80 el rubro explotó, la llegada del delivery en los 90 cambió el modelo de negocio e hizo que las heladerías estén abiertas todo el año. Con la crisis del 2001, desaparecieron muchos locales chicos y llegó el actual modelo de franquicias con el que Daniel construyó un imperio. Para abastecerlo, en 2015 abrió una enorme planta de producción de 2500 metros cuadrados “con tecnología de punta” en Garín, donde fabrican alrededor de 1.800.000 kilos de helado por año.

“Tomamos conciencia de que podíamos crecer a través de la franquicia y con mis hijas, María Sol y Florencia, nos capacitamos para ello”, explicó. Ahora ya tienen 90 locales, y hasta una pata en Miami, con Danielle Gelato. “Nos asusta un poco, nos preguntamos cuál es el límite. Llegar a los 100 locales sería un hito. Pero vamos de a poco”, se rio el maestro heladero, que dejó la compañía en manos de sus hijas hace dos años y ahora “mira la empresa desde otro ángulo”.

La creación del Super Dulce de Leche

Paradiso eligió posicionarse con un helado de calidad, pero con un precio accesible y parte de su éxito se lo debe a un invento casual, ocurrido en la mesa familiar una noche de noviembre de 1991. Ese fue el día en que se le ocurrió la fórmula del “Súper Dulce de Leche”, su sabor emblemático.

“Las cocinas, las reposterías son lugares donde uno puede hacer volar la imaginación. En los 90 empezamos a dar cuenta que queríamos hacer más cantidad de sabores y sabores distintos y empezamos a ver qué podíamos hacer. Ahí sacamos el alfajor de chocolate, que hasta el día de hoy nos acompaña. Y una noche estábamos en casa después de unas de un almuerzo familiar. Había un pote de helado que estábamos tomando, agarre un frasco de dulce de leche y dije: ‘vamos a ver que pasa’”, recordó Paradiso.

“Pensábamos que podía resultar muy empalagoso, pero lo probamos entre nosotros y nos gustó”. Al día siguiente el maestro heladero armó dos tachos de sabor dulce de leche veteado con dulce de leche y se los dio a su cuñado, que atendía en la otra sucursal que tenía. “¿Y este helado cómo se llama?”, le preguntó. “Qué sé yo, está el Súper sambayón vamos a ponerle ‘super dulce de leche’”, le contestó Daniel. Y así quedó.

Al día siguiente, su cuñado lo viene a ver y le pide que elabore más. “Me dijo haceme más, me lo sacaron de encima, no sabés la gente quedó enloquecida con este helado”, recordó. Y así fue que empezaron a hacerlo, y luego otras heladerías le copiaron la receta. “Entonces no había redes sociales, no había programas gourmet que podían transmitir este tipo de cosas, entonces solo pasaba por el boca a boca y la gente le empezó a pedir a sus heladerías que hagan uno así”, sostuvo.

Como buen maestro heladero y “padre” de todos sus helados, Daniel afirmó que no tiene un sabor preferido. “Yo los tengo que probar todos”, sostuvo. Aunque si se le insiste un poco, reconoce cierta preferencia por el chocolate amargo. “El chocolate combina con casi todo”, sostuvo.

Llegó la temporada alta y para este verano, Daniel lanzó tres nuevos sabores que prometen una explosión de frescura: mango; DanPari, un helado que recuerda al aperitivo con naranja; y Tropical IA -por “inteligencia artesanal”-, un helado de limón con una salsa de frutillas, maracuyá y durazno.

Según el maestro heladero, en el verano se venden más helados frutales y de agua, aunque la mayor parte de la torta corresponde al dulce de leche y el chocolate. “Los distintos DDL representan entre el 20 y 22% de las ventas, lo mismo por los chocolates. Luego las cremas representan un 40%, los de fruta entre un 8 y 12% y el sambayón alrededor del 4%”, detalló.

-TN: ¿Hay sabores que lanzaron fueron un fracaso?

-No hay. Te podría decir el último que fue una sugerencia para el equipo que fue un ‘chocolate azul’ que quisimos hacer. Era un chocolate con queso azul, porque maridan muy bien. Dijimos vamos a ver qué pasa con el helado... y no resultó. Estaba rico, pero la gente no acompañó. Si bien tratamo de hacer gustos novedosos tratamos de hacer gustos que sean masivos. Ahora, el que no lo conoce, que haga una tortita de chocolate y le ponga un poquito de roquefort, va a ver que es exquisito.

-TN: ¿Se vende helado todo el año?

-Estamos esperando el calor, la verdad que se está vendiendo muy bien realmente a pesar de la situación y los conflictos que está atravesando el país. La gente se hace un lugarcito para el helado. Las dos terceras partes de lo que se vende totalmente se vende en la temporada alta, que sería de octubre a marzo, y la otra tercera parte se vende en el resto del año. No es la gran venta, pero ayuda a bancar los gastos, aunque siempre te aparece un veranito de San Juan... Dependemos muchísimo del clima, a nosotros nos molesta más la lluvia que el frío. O sea, para nuestro negocio la lluvia es fulminante.

Fuente: TN

Actualidad

Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Actualidad

Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba

Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.

El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.

“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.

De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.

Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.

La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.

Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.

Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.

Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Actualidad

Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”

La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.

El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.

El comienzo del sueño

Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.

Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.

A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.

No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.

Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.

Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.

Una idea

Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.

Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.

Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.

Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.

Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.

Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.

Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.

El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.

El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.

Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.

Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.

Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.

Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.

La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.

Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.

Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.

El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.

Fuente: TN

Sigue leyendo
Advertisement

Nuestro Clima

Facebook