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Cata de Elía, de la depresión a la esperanza con el embarazo de gemelas: “Me daba lo mismo no despertar, quería desaparecer”
“Somos personas en situación de periodista”, dice Catalina de Elía, haciendo una mueca. El ingenioso axioma sirve para definir una situación que no siempre está considerada: “La gente piensa que porque salís en la tele, tenés plata. Y no -advierte-. Pero no me quejo: tengo techo, comida, todo. Y trabajo de lo que amo”.
Sin embargo, la máxima contiene mucho más que eso. A menudo -como sucede con muchas profesiones-, el periodista muestra otra faceta suya. Casi como una máscara, esconde lo que en verdad le sucede: el dolor, la tristeza, la angustia, la depresión. Tiempo atrás, Cata debió salir varias veces al aire con el premiado Altavoz, en la TV Pública, minutos después de haber recibido una noticia que le había “desgarrado el corazón”. Y lo hizo con una sonrisa enorme, sin que nadie supiera -ni siquiera sus compañeros- que el tratamiento de fertilidad no había funcionado. Que su sueño de ser madre se le escurría una vez más.
Fueron muchos años de “oscuridad”, como dirá la periodista de América y Metro (Gente de bien). De “un golpe atrás del otro”. De que le costara salir de la cama porque todo le “daba lo mismo”. De “querer desaparecer”.
Y también de mucho trabajo personal, de terapia. De mucho esfuerzo. De resiliencia. Hasta llegar a este presente que la encuentra muy feliz, con su propio “milagro”, como lo define: Catalina está embarazada de gemelas. Después de mucho buscarlo, a los 40 años será mamá.
Ahora se sienta con Infobae y asume el rol opuesto. Por primera vez esta licenciada en Ciencias Políticas que se “enamoró” de los medios después de arrancar como pasante en Telenoche (“Todo me lo gané sola, llevándole el jamón crudo a Morales Solá”, cuenta, divertida), se dispone a responder las preguntas, en lugar de formularlas. “Es la única vez que voy a hablar de mi vida personal -anticipa-. Tiene que ver con hablarle a las mujeres que quieren ser mamás y no pueden. Y a las personas que están pasando un momento difícil con su salud mental”.
—Te escuché decir que venías de años muy tristes.
—Sí, vengo de años muy tristes... Hay algunas cosas duras que tuve que atravesar, pero que prefiero dejarlas en la intimidad. Me costaron mucha terapia. Y a la par de eso, durante muchos años con mi expareja busqué un hijo, y no vino nunca. Hicimos muchísimos tratamientos de fertilidad, y llegué a deprimirme por eso. Se habla muy poco de lo duro que es hacer un tratamiento de fertilidad. Hay algunas mujeres que les va bien al toque, pero la realidad es que son las menos.
—Y muchas veces, te lleva puesta la pareja.
—Sí. Y tus ánimos, porque tenés que inyectarte hormonas. Llega un momento donde ya no tenés lugar en la panza donde pincharte. Te duelen los pinchazos. Con mi ex buscamos de forma natural y no venía. Hasta que por la edad, porque yo ya estaba en los 35, la ginecóloga me recomienda que vaya a un tratamiento de fertilidad.
—No había un diagnóstico.
—No, ninguno. Y nunca lo hubo. Yo tenía óvulos, se formaba el embrión cuando lo juntaban con los espermatozoides de mi ex, pero mi cuerpo rechazaba los embriones. Me habían estudiado toda y no encontraban la causa.
—¿Estaban haciendo los tratamientos que se llaman de baja complejidad?
—Inseminación. Y después empezás con la fertilización. No estoy en contra de los tratamientos de fertilidad, porque muchas mujeres logran ser mamás gracias a la ciencia. Pero no te explican lo doloroso que es atravesar un proceso de fertilización. Es durísimo. Te deprimís por las hormonas, que afectan tu estado de ánimo. Te cambia la vida porque tenés que darte pinchazos a determinado horario. Te duele la panza, se te pone dura y no sabes dónde más pincharte. Es la frustración. Muchas veces me ha llegado el mail con los resultados, que siempre fueron negativos, y lo leía cinco minutos antes de salir al aire. Y tenía que arrancar y decir: “¡Hola! ¡Bienvenidos a Altavoz!”. Y yo me estaba muriendo por adentro, se me desgarraba el corazón, porque era el tercero, el cuarto, el quinto intento... Y salía mal. Y tenía que sonreír en cámara.
—¿Cuántos intentos hiciste?
—Seis. No son seguidos: tenés que descansar. Te tenés que dar muchas hormonas, te tenés que preparar, te estudian. Te tienen que sacar óvulos en un quirófano. Después fecundan los óvulos con los espermatozoides, dejan pasar unos meses, te van preparando con medicación para implantar el embrión. Y volvés al quirófano para hacer las transferencias (procedimiento por el cual se introducen uno o más embriones en el útero, para que se implanten y se desarrolle un embarazo). Y ahí, a esperar el resultado. Pero mi cuerpo siempre rechazaba los embriones. No hay una explicación. No sé si fue por todos los procesos personales que pasé...
—Esos 10 o 15 días entre la transferencia y el examen para saber si el embrión implantó, es un tiempo de muchísimos sueños y expectativas.
—De mucha ilusión. Y era frustración tras frustración. Lo mal que te sentís... porque es una tristeza: una ilusión y una desilusión muy rápida. Y por el otro lado, tu cuerpo está cada vez más cansado y lleno de hormonas: nadie te cuenta que te puede agarrar angustia, depresión.
—¿Tu pareja te acompañaba?
—Acompañaba. Sufría como yo. Pero es cierto que ese proceso también afecta a la pareja, porque la ilusión es para los dos. Y la desilusión, también. Me pinchaba y me ayudaba, y llorábamos. No me separé por eso, pero alteró la dinámica de la pareja.
—¿Y te deprimiste, Cata?
—Estuve muy triste, no solo por eso, sino porque me venían pasando muchas cosas al mismo tiempo. Y después de diez años, me separo.
—En el medio se muere el fiscal Federico Delgado, muy amigo tuyo.
—Hermano del alma. Por eso te digo que vengo de años de oscuridad...
—Lo definiste como un mentor en algunas cosas.
—En todo. Me voy a largar a llorar... Fue todo tan de golpe... En un chequeo de rutina le salta una manchita muy rara en el pulmón: “Esto es malo”, le dijeron. Y desde ahí, fueron cuatro meses... No dio tiempo de nada. Él quería vivir, la peleó. Estaba conmigo en mi programa de noticias en la radio y vino con la quimio, con los gorritos, hasta que un día me dijo: “Ya no me puedo parar de la cama”. Después lo internaron porque apareció una metástasis. Nunca más pudo salir de eso.
—¿Seguís teniendo vínculo con los hijos?
—Sí. Sus hijos me dicen hermanita. Tenemos una relación muy cercana. Todos los domingos me junto con su familia a comer asados. Me adoptaron.
—¿Y cuando les contaste que estabas embarazada?
—Les conté como si fuese mi familia, y lo festejaron como si fuese mi familia. Porque además, me enteré que estaba embarazada el día en que se cumplió un año de la muerte de Fede. Ese día fuimos a homenajearlo al Varela Varelita, un bar donde Fede escribía, se juntaba, daba notas. Cuando volví, yo estaba retriste. Tenía un atraso. “¡Qué raro!”, dije. Ya había empezado a salir con Nico (su pareja). Me fui a una farmacia muy cercana, compré un Evatest. Era la una de la mañana de un lunes.
—Cuando estabas con mucha tristeza, ¿pediste ayuda?
—Sí. Es muy importante cuidar la salud mental. Todo el proceso lo viví con una psicóloga. Y además, con una psiquiatra. En su momento usé medicación y me fue muy útil. También hice yoga, ejercicio, distintas cosas para tratar de salir adelante, porque es muy difícil. Tenía que buscar la luz porque estaba en la oscuridad.
—Nunca dejaste de trabajar.
—Nunca. Y sonreía en cámara. La mayoría de mis compañeros no se dieron cuenta porque cuando se me derrumbaba la vida, me puse una coraza. Te ponés como el disfraz del actor que se sube al escenario.
—¿Te apoyaste en el trabajo en esos momentos difíciles?
—Me refugié mucho en el trabajo. Muchísimo. Quizás demasiado, porque tapaba muchas cosas y tampoco calmaba mis angustias.
—¿Vos entendías que estabas mal?
—Sí. Me costaba levantarme de la cama y me daba lo mismo. Y llegué a momentos que... Es la realidad. Por eso pedí ayuda. En pandemia fue cuando peor estuve, con ataques de pánico. No había nada que me calmara. Me sentía en un pozo oscuro en el cual yo decía: “Bueno, si no me despierto mañana, me da lo mismo”. Nunca me imaginé estar en una situación así... Nadie en mi entorno se lo imaginaba porque yo sonreía a la cámara. Saqué mi segundo libro, salía en todos lados, estaba haciendo doble pantalla, y sin embargo, no podía con mi vida. Adentro mío, yo quería desaparecer. Se me produjo por crisis de angustia muy fuerte. Era un golpe atrás del otro. Hay veces que a uno la vida lo golpea y, por más que te duela, no le cae de esa manera. En mi caso, me tiró. No podía pararme. Por más que iba y trabajaba, podía no estar al otro día y adentro mío, me daba lo mismo.
—Veíamos a una persona que sonreía en cámara, pero que cuando llegaba a su casa, estaba viviendo su propio infierno. Digo esto para tener una mirada un poco más amorosa y amable. A veces podemos no estar viendo qué le pasa al otro.
—Sí, está buenísimo lo que decís. Nunca sabés del otro lado qué le está pasando al otro. Y lo digo también por el hate en las redes. En mis peores momentos, mi papá se agarra covid, termina en terapia intensiva. Yo iba a trabajar y era piel y hueso. Ya soy flaca de por sí, y encima de que estaba mal, estaba muy flaca. Y los comentarios en redes... Me decían cosas horribles, súper agresivas. Me decían anoréxica, como si fuera un insulto, cuando es una enfermedad. No tenía anorexia en ese momento, pero podría haberla tenido. Esos comentarios me dañaban un montón. Y cuando salió la noticia de que estaba embarazada, leí comentarios en los que me deseaban la muerte y cosas así.
—¿Por qué se enojan con vos? ¿Por alguna ideología política?
—Mirá, me han pegado de los dos lados... Libertaria, ensobrada, kirchnerista, kuka o zurda: me han dicho de todo.
—En un momento te amigaste con vos misma. ¿Con qué tuvo que ver?
—Con mucha terapia. No queda otra que trabajar sobre uno, aceptar sus límites, sus vulnerabilidades. Porque a uno le cuestan algunas cosas. Porque no es tu culpa. Miro para atrás y veo que hice lo que pude. Pero me cuesta porque soy autoexigente: “¿Cómo puede ser que me pasó esto a mí?”, me digo. Y ahí, todo eso vuelve para atrás. Pero después voy a terapia y entiendo. Es muy difícil. Pero también pienso que pude abrirme a conocer a Nico, a enamorarme, cosa que pensé que nunca más me iba a pasar en la vida.
—¿Cómo se conocieron?
—Por una app de citas. Apenas la bajé, dije: “Esto no es para mí”. Era como un menú de personas, todos vendiéndose.
—¿Y vos, cómo te vendías?
—Me daba mucha vergüenza... Puse todas fotos a cara lavada, nada que tenga que ver con la tele. Y puse que solo quería conocer extranjeros en Buenos Aires para aprender idiomas, salir y divertirme.
—Una mentira absoluta.
—Pero era verdad. Quería conocer un profesor de literatura británico, una cosa así. Estaba con eso en la cabeza. Y no aparecía ningún extranjero... La iba a sacar, pero las chicas de maquillaje de América me empezaron a likear a un montón de chicos. A la noche me puse a mirar y estaba Nico. “Qué lindo”, dije, y le escribí: “¿Sos extranjero?”. “No”, me respondió. Y lo eliminé. Con argentinos, no. Pero Nico se volvió a instalar la app para poder volver a hablarme. Me comentó una foto mía para que yo lo viera, y me pareció gracioso lo que puso: “Viajo mucho a Uruguay. Dame bola”. Nos pusimos a hablar. Y cuando salimos, me enamoré en el primer día.
—¿Cómo fue la primera cita?
—Fuimos a comer, al río a mirar las estrellas, y no pasó nada. Ni un besito. Me dejó en mi casa con un ramo de flores. Al otro día, apenas me desperté me mandó un mensaje diciendo ya había sacado entradas para la película que le conté que quería ver: Intensamente 2. “Espero que quieras venir conmigo”, me dijo. Desde ahí nunca más nos separamos. Fue amor. Nunca en mi vida me pasó algo así. No buscaba un novio, porque era el primer chico con el que salía después de mucho tiempo. Y me enamoré.
—¿Y qué hicieron con la aplicación de citas?
—La sacamos a los dos o tres días. “Esto es monogamia”, dijimos. Por eso los dos nos hicimos estudios, para ver que ninguno tuviera ninguna enfermedad sexual ni nada, y que pudiéramos tener relaciones. Pero no pensando en buscar un hijo sino en decir: “Bueno, estamos juntos, no vamos a estar con otra pareja”. Y pensé: “Si estuve siete años buscando con tratamientos, esto va a ser para pasarla bien con un chico con el que tengo una relación monogámica”. Y así quedé embarazada: haciendo las cosas bien. Y embarazada de gemelas, a los 15 días de conocer a Nico, de forma natural. Estuve muchos años buscando con tratamiento, entonces, no tengo más explicación que pensar que es mi milagro.
—Esa noche, cuando te hiciste el test, ¿de cuánto tiempo era el atraso?
—De una semana, nueve días. Yo soy muy regular, nunca había tenido un atraso. Entonces dije: “¿Y si pruebo?”. Me hice el Evatest a la una de la mañana, me dio positivo y lo llamé por teléfono a Nico.
—¿Cómo reaccionó?
—¡Feliz! Nico también es divorciado, de mi edad. Buscaba una pareja. Se moría de ganas de ser papá. Estaba enamorado, igual que yo. Y fue todo felicidad.
—Todo lindo.
—Todo lindo... Pero como no lo puedo creer. Yo decía: “Fede, me lo mandaste vos”. Pienso eso porque... no puede ser. Y para mí era uno solo, un varón. Mi primera obstetra me dice: “Como tenés 40 años y una historia de no haber quedado embarazada, recomiendo hacerte una ecografía temprana, de los dos meses”. La hicimos. Y el ecógrafo me dice: “Felicitaciones, estás embarazada. Acá hay uno y... acá está el otro”. Y yo: “¡¿Qué?! ¿Cómo el otro?”. Nos hizo escuchar el latido de los dos corazones. Con Nico nos mirábamos y decíamos: “No puede ser”. No tengo ninguna explicación de cómo pasó...
—¿Y cómo te sentís?
—Muy feliz. Tengo ansiedad de que crezcan sanas. Mi embarazo es de riesgo por ser un embarazo gemelar. Y en mi caso, encima comparten la placenta. Entonces hay que hacer controles todas las semanas para ver cómo están comunicadas entre ellas, si se pasan sangre, que crezcan bien, que ninguna esté más grande que la otra. Me agarra como ansiedad de ir a la próxima ecografía y ver que las gemelas estén bien. Estoy en ese rollo. Es duro el primer trimestre. También se habla poco del cuerpo de la mujer y el sufrimiento. Es como: “La embarazada está feliz”. ¡Estoy refeliz! Pero te sentís remal...
—¿Te sentís muy mal?
—Y... sí. Muchos días no pude ir a trabajar por los vómitos, las náuseas, el cansancio. Hay días que estoy bárbaro, como hoy.
—¿Cómo las llamas hoy a las gemelas?
—Las Bebitas, o Margarita y Matilde. Cuando me enteré que estaba embarazada, dije: “Si es nena, le voy a poner Margarita o Matilde”. Y eran dos... Así que entraron los dos nombres.
—¿Tu ex novio se enteró de que estabas embarazada por...?
—(Interrumpe) Por mí. Fue la primera persona a la que le conté. Le tengo mucho cariño, terminamos muy bien, es una gran persona a la cual le deseo que le pase esto también. No sé ni en qué anda él, ojalá que ande en algo lindo, pero yo me ponía en su lugar. Y decía: “Bueno, es fuerte”.
—¿No fue una opción ser mamá sola?
—No. Ser mamá sola, no. Las rebanco a esas mujeres, son revalientes. Pero yo deseaba una familia. Niños, perros, dedicarme a la maternidad. Nosotras decimos que podemos con todo, trabajar, que es lo que hacemos, pero a costa de un montón de cosas. Y la realidad es que no sé si es posible sostener tantas cosas.
—Se vienen un montón de cosas lindas.
—¡Sí! Es algo que deseé tanto... Y encima, yo me moría de ganas de que sean mujeres, y voy a tener nenitas en unos meses. Es una felicidad que no me entra en el cuerpo. Pensé que no iba a vivir algo así, había bajado los brazos completamente de la lucha de la maternidad, porque cuando me separé, a los 39, dije: “Ya está, hasta que conozca a alguien, y esa persona quiera, y tengamos los dos amor, y yo pueda, y la otra persona pueda... ¡Son tantas cosas!”. Y solté.
—Te agradezco un montón que además de contarme tu historia de amor hayamos hablado de salud mental y del camino de la fertilidad. Deseo que todo termine de sanar y que todo lo que viene sea con mucho amor y toda la felicidad del mundo.
—Gracias por este espacio, solo quisiera decirle a las personas que están escuchando esta nota o leyéndola que si estás pasando un mal momento, pedí ayuda porque se puede salir de un estado de mucha angustia donde sentís que la vida ya no tiene sentido. Se puede salir de ese lugar.
Fuente: Infobae
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN