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Lo robaron de los brazos de su madre al nacer, pero ella nunca dejó de buscarlo: 33 años después, se reencontraron
La mente puede engañarnos; el corazón no. Cuando la abrazó por primera vez percibió su aroma. Era nuevo: jamás lo había sentido. Y sin embargo le resultaba familiar, como si lo hubiera acompañado desde siempre. Olía a niñez robada, a juegos nunca compartidos, a adolescencia perdida. A un “te amo, hijo” jamás escuchado. Olía a comida casera, a abrigo, a hogar. Olía a su mamá.
Alejandro Martín Pérez Guahnon tenía 33 años cuando abrazó por primera a Nélida Isabel Benítez, su mamá. Y contaba con apenas unas horas de vida cuando -con engaños, mentiras y una cadena de complicidades- se lo llevaron de una clínica de Posadas, Misiones, para el desconsuelo sin medida de esa joven mujer. Lo robaron.
Empezaría entonces una historia propia de una serie dramática, de las que están en cualquier plataforma. Pero con una salvedad: aquí no hay nada de ficción. Es la triste realidad de muchísimos niños robados del norte de la Argentina, que se hacen adultos desconociendo su verdadera identidad, víctimas de un negocio millonario cargado de las complicidades de un sistema perverso. Y es también la realidad de esas madres y esos padres que buscan a sus hijos, ante el olvido del Estado, el desamparo de la Justicia y la desatención de la Policía.
Alejandro terminaría publicando un libro con todo lo vivido, 33 años en 48 horas, cuya versión digital es gratuita. Porque al fin, este comerciante de Villa Crespo procura descubrir una situación que suele pasar inadvertida a los ojos de la sociedad. “Quiero que a partir de mi historia estas cosas no sigan pasando. Esto se tiene que acabar. El robo de identidades es una de las peores cosas que pueden pasar en la historia -le dice a Infobae-. Y también cuento el poder de una madre para encontrar a su hijo. Porque nunca nada la detuvo. El amor ayuda a romper cualquier frontera y encontrar lo más preciado”.
—Vayamos al inicio. ¿Creciste sabiendo que eras adoptado?
—Sí, siempre lo supe. Es más: no recuerdo el día en que me dijeron: “Sos adoptado”. Para mí, era algo natural.
—¿Cómo era la casa de tu infancia?
—Una casa normal, donde tuve apoyo familiar de mis abuelos, mis tíos, mis primos, y un trato muy lindo, siempre. Tengo dos hermanos adoptivos: Gabriel y Denise. Somos tres; yo soy el del medio.
—¿Cada adopción fue por separado?
—Exacto. Primero adoptaron a Gabriel, también en Misiones. Al año y medio, en 1987, me adoptaron a mí. Y a los tres años nació Denise: ella es hija biológica de mis padres adoptivos. A mis 18 años tengo el recuerdo de estar sentado en mi habitación y ver a mi mamá entrar abrazando una carpeta: “Siempre te quiero contar la verdad”, me dice, llorando. Como no quería verla así, y como yo tampoco estaba preparado, le dije: “No me interesa saber quién es mi familia biológica. Llevate esa carpeta”.
—Sabías que habías sido adoptado, pero no la forma.
—Exacto. Hoy entiendo que fue una apropiación.
—¿Y cuándo iniciaste la búsqueda por saber cuál era tu familia biológica?
—Cuando fui papá. Cada vez que hacía algún estudio clínico o análisis de sangre, me preguntaban por antecedentes genéticos: si tenía algún familiar con alguna enfermedad congénita o muerte súbita. Pero nunca se me había ocurrido preguntar. Hasta los 28 años, en uno de los primeros estudios de mi hija, me consultaron por los antecedentes genéticos y muerte súbita. Y me quedé helado... Ahora me lo preguntaban por mi hija, no por mí. Entonces me tiré de cabeza a esta aventura.
—¿Y le pediste la carpeta a tus padres adoptivos?
—Sí. El domingo 11 de abril del 2021 fui a la casa de mi mamá y le pedí la carpeta. Ya no tenía miedo por lo que me iba a encontrar. Pero tampoco imaginé que me iba a encontrar todo esto...
—¿Te la dio sin problemas?
—Sí, sí, sin problemas. Ya veníamos hablando un poco del tema de la carpeta, pero nunca se la había pedido.
—¿Y nunca le habías preguntado qué tipo de adopción habían realizado?
—No, nunca. Siempre supe que había sido una adopción legal. En ese momento las adopciones eran por escribanía pública: uno se presentaba, se anotaba, y una asistente social buscaba a una madre que no pudiera hacerse cargo de su hijo. De esa forma, los adoptantes tenían que mantener a la madre biológica por medio de la asistente social, hasta el nacimiento del chico. Después, y hasta los seis meses, venía el período de guarda. Y luego un juicio por la adopción plena, en ese momento con la antigua Ley de Adopción. Con mi hermano, se anotaron en esta lista y la asistente social los llamó: “Hay un chico que va a nacer en tal fecha, necesito que vengan unos días antes para ayudar a la madre y hacer los papeles”. Viajaron a Posadas, lo adoptaron; no hubo ningún inconveniente, volvieron a Buenos Aires. Al año y medio esta misma asistente social llamó nuevamente a mis padres adoptivos, el 16 de diciembre (de 1987), a las 12 del mediodía; yo nací a las 10 de la mañana. Le dijo a mi padre que había nacido un chico, y que la madre biológica no podía hacerse cargo porque era pobre.
—¿Esto es lo que te contaron tus padres adoptivos?
—Sí. Y cuando abrí la carpeta, encontré que hubo un juicio por la adopción plena. Pero también vi una denuncia de mi madre biológica contra la asistente social. Y también un artículo del diario El territorio, de Misiones: “Resuelven que un niño continúe viviendo con sus padres adoptivos a pesar de que su madre biológica realizó una denuncia con el fin de recuperarlo”.
—¿Tus papás entendían que la adopción, hecha así, estaba mal?
—Es que no sé si estuvo mal, porque la adopción fue por escribanía pública. La que me robó de la panza de mi madre fue la asistente social. La adopción plena tardaba en salir, y recién al año y medio ellos se enteraron que había una denuncia por mi devolución.
—¿En la carpeta estaban los datos de tus padres biológicos?
—Tenía la denuncia de mi mamá biológica, con su nombre, apellido y número de DNI. También el certificado de nacimiento: estoy anotado como hijo biológico de Nélida, y adoptado por Esther y Alberto. Me encontré con todo eso.
—Y también te encontraste con unos padres biológicos que lucharon por vos.
—Sí. Eso fue lo primero que vi.
—¿Y qué te pasó con eso?
—Fue un tsunami de emociones. No creía que todo esto era real. En la denuncia decía que (mis padres) eran pobres, indigentes, y no podían hacerse cargo de mí. Hasta que una jueza determinó que yo tenía que vivir con mis padres adoptivos porque eran gente de bien, pudiente, con un trabajo fijo, y entonces podían hacerse cargo de mí. Mandaban asistentes sociales a Buenos Aires y a Posadas. Y allá, en Misiones, decían que mi madre ya tenía cuatro hijos, que no estaba casada con mi papá, Ramón, que eran pobres, que tenían una casa muy precaria, y que entonces, no podían hacerse cargo de mí.
—¿Sos el menor de cinco hermanos?
—Nélida tuvo primero a Gonzalo y a Carolina, y después tuvo a Micaela y a Gisele con otro hombre; son dos padres distintos. Después conoció a Ramón y me tuvieron a mí. Mi mamá tenía fecha para el 18 de diciembre de 1987, pero el 15 Ramón no estaba con ella. Entonces mi tía biológica, la hermana de Nélida, la acompañó a un centro cívico con la idea de buscar un bolsón de comida. Cuando entraron, estaba esta asistente social: les dijo que no había bolsones, que volvieran a su casa. Cuando volvieron, a los pocos minutos la asistente social toca la puerta y le empieza a preguntar a mi mamá: “Te veo sola. ¿Quién es el padre? ¿Quién está a cargo de todos estos chicos?”. Ella le cuenta que en ese momento el padre no estaba, y que no podía ir a la clínica a que yo naciera porque no tenía con quien dejar a los chicos. La asistente social le dijo que la podía ayudar, que fuera con ella, que la llevaría a una clínica privada. Y terminó yendo a la Clínica Posadas.
—¿Y es la asistente social quien te roba?
—Sí, con complicidad de mi tía biológica. Nazco a las 10 de la mañana, y lo primero que le dicen a mi madre es que yo había muerto. Ella no lo creyó, y empezó a hacer disturbios, a llamar a las enfermeras, a la asistente social. Después le dijeron que había nacido con una malformación en las piernas y que tenían que trasladarme de urgencia a Buenos Aires para una operación, y que me traerían nuevamente. Le hicieron firmar un papel, que no le dejaron leer. “Es para el traslado de Alejandro”, le decían. Y la amenazaban: “El avión va a salir ya; si no firmás, Alejandro no va a poder viajar”. La obligaron a firmar.
—¿Las enfermeras fueron cómplices de esa situación?
—Sí. Toda la clínica fue cómplice.
—Tu mamá no sabía que estaba entregando a su hijo en adopción.
—No. Nunca lo supo. Cuando le dijeron que yo tenía un problema, dijo: “Quiero verlo”. Pero la asistente social le hacía la cabeza: “No. Alejandro tiene que viajar ya”.
—¿En algún momento le hicieron alguna promesa o intercambio económico?
—No. Nunca.
—¿Y a tu tía?
—No lo puedo dar por sentado. No puedo afirmarlo. Lo único que sé es que el mismo año en el que yo nací, a mi tía le entregaron una casa y un puesto en el Gobierno, en ese mismo centro cívico.
—¿Tus padres adoptivos pagaron por esa adopción? Más allá de la adopción directa, que en ese momento existía, pagar era ilegal.
—Lo que sé, porque está en los papeles, es que tuvieron que pagar la clínica, el servicio de esta asistente social y algunas cosas más. Entonces sí, hubo alguna especie de intercambio de dinero. El recibo de la clínica, que en ese momento estaba en australes, lo tengo.
—¿Y tu mamá, cuándo empieza a reclamarte?
—Nélida, mi madre, después me cuenta que la asistente social desapareció. La dejó en su casa el viernes 18 y ni siquiera le dijo chau; fue muy agresiva la despedida. Ahí mi mamá se empezó a dar cuenta de que había algo medio raro. Esa misma tarde llegó Ramón, mi papá, y le preguntó por mí: “No creo nada”, dijo, cuando le contó del traslado a Buenos Aires. Fue al centro cívico a buscar a la asistente social, que le mostró unas denuncias contra mi madre: su expareja, o sea, el padre de mis hermanas, y mi tía, la que me había entregado, denunciaban que era una mala madre, que dejaba a los hijos solos.
—Ramón no firmó ningún papel para darte en adopción.
—No, pero tampoco estaba casado, entonces la Justicia le decía: “Usted no es nadie”. Lo que hicieron fue casarse, para que Ramón pudiera tener más peso en la causa.
—Se casan para luchar por vos. Y además hacen todo judicialmente, que es muy difícil, sobre todo cuando uno está en una situación vulnerable.
—Sí. Mi mamá iba todas las mañanas a ese centro cívico y reclamaba hasta que cerraban las puertas, pero no le daban respuesta. Era como reclamar contra nadie, a un muro de ladrillos. A la asistente social no la vio nunca más en ese centro cívico. Y todos los días, antes de volver a su casa, mi mamá iba a la comisaría a pedir por mí. Le tomaban las denuncias pero no llegaban a ningún lado. Hasta que un día un policía la sigue. La empuja a un callejón y le dice: “Señora, yo no puedo verla así. Le voy a contar una cosa pero necesito que no me nombre porque puedo aparecer muerto”. Le dijo que su denuncia la tenían cajoneada en el Juzgado Número 4, a cargo de una jueza, y le dijo: “El chico está en Buenos Aires, en esta dirección. Y los padres son estos”. Los nombres no terminaron siendo los de mis padres, pero eran muy parecidos. Mi mamá va al juzgado, pide por esa jueza, le dicen que no está. Ve su nombre en la puerta de un despacho y se manda: “Señora jueza, usted tiene cajoneada mi denuncia. Esta asistente social me robó a mi hijo”. Lo primero que le dice la jueza es: “¿Quién te dio tanta información? ¿Cómo sabés tanto vos?”. Empezó a prepotearla: “¿Vos sabés quién es la señora que está ahí, atrás tuyo?”, le dice. Mi mamá ve a una señora tirada en un sillón, como descansando. “Ella estuvo con vos en la escribanía, firmando la adopción de tu hijo”. “¡Yo no firmé ninguna adopción!”, le responde. Entra Ramón al despacho, el ambiente se pone medio tenso. “No tenés idea con quién te estás metiendo. Voy a meter preso a tu esposo si seguís reclamando”. La sacaron del juzgado y nunca más la dejaron entrar. A partir de ahí, todos los días mi mamá se arrodillaba en la puerta del juzgado y se ponía a rezar por mí. Era lo único que podía hacer porque nadie la atendía: ni en la comisaría, ni en el juzgado, ni en el centro cívico.
—¿Quién era la señora que estaba sentada?
—Era otra jueza que, se supone, fue la que la acompañó a firmar en la escribanía. Sobre esto, les pregunté a mis padres adoptivos si vieron a mi madre biológica firmando en la escribanía y me dijeron que no, que no había nadie.
—¿Sigue viva la jueza?
—No lo sé. Hace dos años fui a entrevistar a tres de mis tíos que estuvieron implicados en todo esto, y me comentaron que no saben nada de la jueza, que ni siquiera la conocen. Y de la asistente social, primero me dijeron que estaba internada, que estaba muy vieja, que ya no podía hablar. En la misma charla después me dijeron que estaba muerta. Y después me comentaron que la habían visto caminando por la calle. Fue todo tan raro...
—Volvamos al momento que abrís la carpeta y encontrás que había una mamá buscándote.
—Sí. Eso fue lo primero que vi. Ya no sabía cuál era la realidad: había unos papeles que me estaban diciendo que me estaban buscando, pero en mi cabeza yo tenía otra historia. Ahí comencé esta investigación yo solo.
—¿Cuánto tardaste en conocer a tu mamá?
—El libro se llama 33 años en 48 horas porque estuve 48 horas, desde las 11 de la mañana del 12 hasta las 11 de la mañana del 14, que tuvimos nuestra primera videollamada. Pasé dos días sin parar buscando nombres y apellidos de mis hermanas por redes sociales. La primera videollamada fue un momento único: sentía que estaba hablando con alguien que conocía de toda la vida. Y la veía y era igual a mí. Toda la vida la gente me hizo notar las diferencias físicas con mi familia, porque son todos rubios de ojos claros y yo era el único morocho. Era muy claro que había sido adoptado. Esa primera comunicación fue muy pobre porque no había mucha señal, pero cuando le empiezo a decir mi nombre, Alejandro Martín, ella me dice: “Sí, ya sé. Te buscamos con los dos nombres, hacíamos oraciones por vos, viajamos a Buenos Aires”. Me empezó a contar todas estas cosas y era mucha información.
—La encontraste, la llamaste y le dijiste: “Hola, Nélida, soy…”.
—Sí. Antes de esto tuve un chat con mi hermana Gisela: “Mi nombre es Alejandro Martín. Estoy buscando a Nélida Isabel Benítez. Creo que es mi madre biológica”. Y ella me dice: “Sí, es mi mamá. Te estuvimos buscando durante mucho tiempo”. Y me dijo muchas cosas: “Mamá viajaba a Buenos Aires a buscarte apenas naciste. Fueron muchos viajes, de ida y vuelta”. Me comentó que fue a un edificio, que me buscaba en un colegio, en una plaza.
—Y a partir de tu hermana, arreglás el encuentro con tu mamá.
—Sí. Me dijo: “Acaba de llegar mamá. Está muy nerviosa, estamos tratando de que se calme un poco”. A los dos minutos me avisa: “Bueno, ya está calmada”. En ese momento me dio miedo, sentí pánico: “Tengo que hablar con ella y no sé qué decirle”. Se me puso la mente en blanco. Tuvimos la primera videollamada. Y me contó que cuando toda la familia se juntaba a comer, dejaban un lugar en la mesa, como si estuviesen esperando a que yo llegara. Y antes de comer, ella rezaba: “Dios, acortá el camino que me separa de mi hijo Alejandro Martin”. Y ese rezo lo dijo cada día de su vida.
—¿Y ahí empezaron un vínculo?
—Sí. Hablábamos todo los días, todo el tiempo. Y empecé a escribir todas estas cosas que me pasaban porque era mucha información la que me llegaba, y tenía que ir procesándola de a poco.
—¿En algún momento te enojaste con tus padres adoptivos?
—Sí. Me enojé. No me animaba a hablar con ellos. Hasta que cuando fui cerrando la historia y todo recaía sobre ellos, tuve que enfrentarlos y preguntarles todo.
—¿Qué les preguntaste?
—Si la conocían a mi madre. O qué se acordaban: cuándo habían viajado, qué había pasado en ese viaje, si habían visto a esta asistente social, si habían conocido a mis tíos, si vieron a mi madre en la clínica. Yo tenía todas esas preguntas
—¿Qué te dijeron respecto al juicio posterior, en el que Nélida intentaba recuperar a su hijo?
—Viajaron a Posadas y se juntaron con la jueza. Les contó que había aparecido mi padre biológico, y que le decía a mi madre biológica: “¿Cómo vas a entregar al chico y no pedís una plata por esto?”. Y que por eso me estaban pidiendo de vuelta. Lo importante era que no se juntaran mis padres adoptivos con mis padres biológicos.
—¿En estas búsquedas que tus padres biológicos hicieron en Buenos Aires, nunca se vieron?
—Este policía le da una dirección a Nélida, mi mamá: avenida La Plata 555. Yo recuerdo que viví en esta dirección, en el piso 13. En el primer viaje, Nélida va y habla con el encargado: “Acá viven dos chicos que los trajeron de Paraguay”. “No. A mi hijo me lo robaron acá, en Argentina”. La esposa del encargado se compadece de mi mamá y la acompaña al piso 13. Una mujer abre la puerta: “Ella es la madre del chico que acaban de adoptar”, le dice la encargada, pero le cierra la puerta en la cara. Nélida no llegó a verla, pero al parecer, era mi abuela adoptiva, que murió antes de que pase todo esto. Entonces, nunca pude preguntarle nada a mi abuela.
—¿Les creés a tus papás en la historia que te cuentan?
—Sí. Estuvieron en un lugar muy difícil. Cuando mi madre biológica va al juzgado a reclamar por mí, empezaron a aparecer otras mujeres que también estaban pidiendo por sus hijos, que habían sido robados por esta misma asistente social.
—Es toda una situación muy turbia, de mucha vulnerabilidad por parte de tus padres biológicos, de mucho desamparo legal. Por eso te preguntaba si les creías o no a tus papás adoptivos.
—Sí. La respuesta es sí, les creo. Lo que les pregunté, lo que me cuentan, les creo. Capaz hay cosas que no estoy preguntando y no me están respondiendo…
—Pueden ser muy dolorosas.
—Puede ser. Pero lo que yo tenía que preguntar, sí. Y todos los caminos me llevaron a esta asistente social, y a la jueza, y a sus jefes, a quienes están ahí, con todo esto. Porque claramente una persona sola no puede ingresar a una clínica y mover todo un sistema para vender tan impunemente a un bebé recién nacido. Tiene que haber una fuerza mayor ahí.
—¿Nélida perdonó a tus padres adoptivos?
—Habría que preguntarle a ella. A Nélida le tuve que explicar que mis padres adoptivos no fueron los que me robaron, sino que fue la asistente social, esta organización. Y a mis padres adoptivos tuve que explicarles que me robaron: “Capaz vos no me robaste, pero fui robado. A mí me robaron la identidad, me apropiaron. Vos me adoptaste legalmente, pero en el medio hubo un robo”, le dije a mi papá.
—¿Nélida y tus padres adoptivos, se encontraron?
—Sí, Nélida y mi mamá se conocieron.
—¿Y cómo fue?
—Cuando ya estaba todo más calmado, cuando pude hacer entrar en razón a las dos y entendieron un poco más la historia, tuvimos una cena en mi casa. Hay un video, con el abrazo de ellas dos.
—¿Desde lo legal, no quisiste hacer nada?
—No puedo hacer nada. La Justicia dice que mi causa prescribió. Y no tengo contra quién ir. A mucha gente que está buscando a sus hijos y quiere hacer la denuncia, le dicen: “No, la causa ya prescribió porque el chico o la nena debe tener más de 10 años, entonces no se puede hacer nada”. Y es mentira, porque un crimen de lesa humanidad no prescribe. Pero bueno, vas a un lugar donde te dicen eso, ¿y qué podés hacer?
—¿Crees que esto sigue pasando en nuestro país?
—Sí. Totalmente. Sigue pasando. Pasó con Loan: es exactamente lo mismo, de la misma forma, la misma modalidad. Una tía que la usan de campana como entregadora a una asistente social, del Estado o como quieras llamarlo. En el caso de Loan, un nene de cinco años.
—¿Te llegan denuncias a partir de que contaste tu caso?
—Sí, muchísimas, porque hay gente que no sabe a quién recurrir, a quién denunciar. Entonces, me lo cuentan a mí en mi instagram @soy_alejandro_martin . Son chicos que buscan a sus padres, y también padres que buscan a sus chicos. Es muy duro escuchar las historias porque todo funciona con la misma modalidad. Encima, me dan nombres de asistentes sociales. También me nombran muchísimas parteras. Pero es una organización.
—¿De la adopción de tu hermano sabés algo?
—No. Él no quiso buscar su historia, sus raíces.
—¿Cómo siguió tu vínculo con Nélida?
—Muy bien. Elegí adoptar a mi familia biológica como familia del corazón. Y desde el día uno les digo “mamá”, “papá”, “mami”, “papi”. Los trato como si hubiésemos tenido vínculo toda la vida. A mis hermanos también.
—¿Viajás a verlos?
—Siempre. Dos o tres veces por año, por lo menos. Hace unas semanas que volví. Tenemos un vínculo muy lindo. Siempre me esperan ahí, para comer. Siempre nos juntamos a hacer un asado.
—¿Cómo fue el primer encuentro en persona?
—Muy intenso... La primera comunicación la tuvimos el 14 de abril y recién el 28 viajé. Necesitaba verlos, saber que esto era real. Nélida y Ramón viven juntos en las afueras de Posadas. No se separaron nunca más. Fui con el auto. A mí me temblaba todo el cuerpo, transpiraba. Llegué al barrio, que es de calles de tierra, y me perdí. Veo un auto: era Gonzalo, mi hermano. “¿Ale?”, me dice. “Sí”. “Seguime”. Me guió hasta la casa. Estaba todo oscuro, pero me acuerdo que vi la silueta de mi madre, y la de un señor alto, que era claramente mi papá, que vino corriendo y nos dimos un abrazo...
—Se lloraron la vida.
—Y... lloramos mucho. “Gracias por todo lo que me buscaron, por haberse ocupado de mí”, le dije a mi papá. Después fui con Nélida y también la abracé. Y me pasó algo... Siempre algo tuve especial con los olores: reconozco las cosas por los olores. Y cuando la abracé, mi mamá no llevaba perfume, y tenía un olor especial. Y dije: “Esto yo lo olí toda la vida. ¿Cómo puede ser? Si a ella nunca la vi en la vida”. Debe ser algo de la piel, de la esencia... Ese abrazo fue interminable. Y fue muy fuerte.
Cuentan que ese abrazo que se demoró 33 años, ya terminó. Pero Nélida y Alejandro todavía no se sueltan. Ya nunca lo harán.
Fuente: Infobae
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN