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Tiene 74 años y es el rey de las olas: la sorprendente vida de Daniel Gil, el pionero del surf argentino que vive en la playa

De muy chico, conoció su pasión e hizo todo lo posible para traer al país las primeras tablas. Instalado en Mar del Plata, enseña el deporte a personas de todas las edades

Con la salud de un hombre de 89 años, Winston Churchill anunciaba su retiro de la política. En Casa Rosada, José Alfredo Martínez de Hoz juraba como ministro de Economía del presidente José María Guido. Y en la aduana de Ezeiza, los jugadores de fútbol Antonio Rattín y Silvio Marzolini hacían entrar las primeras tablas de surf a la Argentina.

En 1963 Daniel Gil viajó con el equipo de Boca Juniors a Perú. Su papá, Daniel José Manuel Gil, además de un empresario adinerado, dueño de más de quince empresas, era vicepresidente del club. “Si querés surfear venite ya a Buenos Aires que te mando a Perú con el equipo. Acabo de enterarme que hace mil años que hay surf allá”, escribió en un telegrama el empresario a su hijo. Daniel, de 17 años, estaba en Brasil. Había viajado con una meta: encontrar una tabla para comprar y poder surfear. Hacía dos años que la buscaba desde aquella escala en Miami que marcaría su vida.

Ahora, con 74 años, Daniel, que surfea cuando le viene la gana, charla con Infobae en su casa de Mar del Plata donde enseña a quienquiera aprender, no importa edad. Para ser becado de su escuela sólo hay que cumplir un requisito: tener un boletín de más de 7 puntos. Su casa, que está en la playa en la que surfea desde los 18 años, no tiene numeración, tiene nombre: Kikiwai. No vive frente a la playa, vive en la playa. Construida por él, de piedra y aberturas en madera, sólo hay 30 pasos entre los pies secos en el deck donde toma café y la espuma entre los dedos, en la orilla. Está en un recodo, entre el puerto y Punta Mogotes. Lejos de los apiñados de Playa Grande, el único vestigio de que ésta es esa Mar del Plata también es el asfalto gris con las juntas de alquitrán como boas aplastadas, tan característico de las calles internas de la ciudad.

Con 74 años, Gil vive en Mar del Plata, donde enseña surf a personas de todas las edades

Con 74 años, Gil vive en Mar del Plata, donde enseña surf a personas de todas las edades

“Cuando tenía 15 años me fui a Europa con papá. Fue un viaje de trabajo por sus empresas y también por Boca. Al volver lo hicimos por Nueva York, previa escala en Miami. Papá me propuso quedarnos unos días. Miami estaba amaneciendo, era un pantano lleno de cocodrilos en esa época. Él se fue a bañar y yo salí a dar una vuelta. Caminé una cuadra y ahí estaba”, cuenta.

—¿Qué había?

—Un surfer, la foto de un tipo parado en un longboard que venía bajando una ola de 5 metros de éste color (se señala un colgante que lleva, turquesa). Se me aflojaron las piernas. ¡Se podía barrenar parado! ¡¿Volando arriba de una tabla?! Me empezó a latir el corazón rapidísimo, se me aflojaron las piernas. Me senté en el cordón de la vereda de enfrente. No me animaba ni a arrimarme. Miraba desde ahí. Pasó un rato hasta que me levanté y me acerqué a la vidriera. Entré y vi las tablas. Las toqué.

— ¿Estaban paradas?

— Todas paraditas. Muchas. No sabía qué carajo preguntarle al vendedor. El mostrador era de madera con vidrio y abajo había cosas exhibidas. El tipo levantaba el vidrio, sacaba las cosas y te las daba. Vi una Cruz de Malta, con una piedra turquesa en el medio. Se me ocurrió preguntarle por la cruz; mi mamá era muy católica, siempre dibujaba santos y cruces. Levantó el vidrio, sacó la cruz, la miré, una belleza. Antes devolvérsela, no sé por qué, la di vuelta. Atrás decía “I’m a surfer” (Soy un surfer) ¡Ah, estalló mi corazón!

De regreso al hotel, Daniel le pidió a su padre que le comprara una tabla para poder surfear en Mar del Plata, donde iban todos los veranos. Antonio se negó; ya acarreaban baúles con regalos, además de una cámara Bolex y tres barriles de vino patero hecho por la familia de Galicia. La Aduana sería un suplicio, no estaba para sumar una tabla de dos metros. Prometió comprársela en Buenos Aires.

Ya en Argentina, descubrió que las tablas aún no existían. Tampoco en Chile ni en Uruguay. En Brasil sí: había una. En un extremo de Ipanema, había un hombre con una tabla. Daniel se la quiso comprar, pero no estaba a la venta.

—¿La probaste?

—Sí, pero tuve que esperar 25 días para que me la prestara 10 minutos. Tenía cola, lista de espera.

— ¿Se la pedían prestada?
—Sí. En una libreta de hule negro, como la de los almaceneros, anotaba los nombres. Durante los veinticinco días me senté sobre una piedra a mirar cómo surfeaban.

Gil tiene nueve hijos y doce nietos

Gil tiene nueve hijos y doce nietos

Fue en Brasil que Daniel recibió el telegrama de su padre. Antonio le decía que en Perú había tablas, que volviera a Bueno Aires y viajara con Boca, así podría hacerse de ese mamotreto de dos metros de largo por medio de ancho que lo encendían.

Viajó. Compró tres.

—¿Qué tal fue la Aduana?

—No me las dejaban pasar. “¿Esto qué es?”, preguntaban. Yo decía: “Tablas de surf”. “¿Tablas de qué?”. Las había envuelto en papel corrugado; parecían tres submarinos. Cuando me pidieron desenvolverlas, MarzoliniRattínAngelito Rojas y Antonio Romale dijeron al de la Aduana que no rompiera, que hacia mil horas que venían viajando. La discusión siguió hasta que dijeron que eran aparatos nuevos para entrenar. Pasé con mis tres longboard y me vine a Mar del Plata.

Cuando llegó a este mismo sitio donde está ahora, pero hace 56 años, la ola entraba perfecta, como un abanico. Dejó el auto, bajó la tabla y se zambulló.

—¿Sabías cómo pararte?

—Sí, porque más allá de la prueba en Brasil, había ensayado durante dos años el salto. En mi cuarto, en el living, en cualquier lado (ríe). Hijo único, me acostumbré a hacer lo que quise porque a mí me dieron la fórmula de la torta.

—¿De la torta?
—Viste que a nadie le sale la torta porque nadie tiene la posta de la receta de la abuela. Yo tengo la receta de la abuela.

— ¿Cuál es?

—Jesucristo y el amor, nada más. Cambiás eso y ya está. Cuando murió papá, pasé de millonario a linyera. Enfermo mi papá, le llevaron una pila de papeles para firmar.Entre todos los papeles le metieron cesión de acciones. Cuando se quiso acordar no tenía nada. Para no matar a nadie me fui de Buenos Aires. Tuve que hacer de todo para olvidarme y sacarme la bronca, perdonar. Al final terminé pensando que mis tíos, en vez de ser hijos de puta, fueron dos ángeles que me cagaron para que yo cambiara de vida y no tuviera que cargar con las historias de la familia, de la plata y de las fábricas, me hiciera surfista y me convierta en un tipo feliz.

“Enseñar a surfear es lo mejor que le puede pasar a una persona. Lo veo, resucito a la gente: vienen hechos mierda, de color verde, arruinados, enfermos”, asegura el surfer

“Enseñar a surfear es lo mejor que le puede pasar a una persona. Lo veo, resucito a la gente: vienen hechos mierda, de color verde, arruinados, enfermos”, asegura el surfer

— De haber seguido con esa vida…

— Me habría muerto a los 50 años como mi viejo.

— ¿Estás convencido de eso?

— Totalmente. No estaría acá. Estaría de smoking, zapatos de charol, Nueva York con Trump y Macri. Andaría por ahí. Enseñar a surfear es lo mejor que le puede pasar a una persona. Lo veo, resucito a la gente: vienen hechos mierda, de color verde, arruinados, enfermos.

— ¿Los ves verdes?

— Sí. Vienen a sanarse. La gente no puede más.

Mucho antes de sus tres matrimonios, nueve hijos y 12 nietos, Daniel inauguró en los años ’60 el boliche porteño Jaque, en las cinco esquinas, Libertad y Juncal. Pero el primer sueldo lo ganó dibujando baños de la mano de su primer suegro. “Era arquitecto, hizo los primeros edificios en Buenos Aires de vidrio, esos que subías en coche a tu departamento. Yo dibujaba los baños, con arcadas de piedra, espejos y plantas. Me ganaba 2 mil dólares por baño. Estaba todo el día dibujando”, recuerda.

Fue vendedor de autos en la concesionaria del presidente de Boca Alberto J. Armando, tuvo un estudio de fotografía publicitaria y en Mar del Plata instaló una fábrica de sweatersque alternaba con la pintura al óleo: exhibía y vendía en Buenos Aires. Con la venta de la fábrica compró un barco pesquero. Le fue bárbaro hasta que se le rompió la caja de cambios y debió venderlo. Entonces inventó una de las primeras empresas de radiotaxis en la costa. Para la misma época llegó a su vida una nueva faceta. “Conocí a una gente que oraba y me encantó como oraban. Me metí y llegué a ser dirigente y servidor de la Renovación Carismática Católica acá en Mar del Plata. Estuve 18 años con ellos coordinando grupos de oración”, detalla.

Cuando el Bosque Peralta Ramos era, según Daniel, tierra de nadie, organizó una empresa de seguridad. La bautizó Orvecong: Organización vecinal de control y guardia. Él mismo patrullaba. La productora de TV llegó más tarde, se llamó Daniel Gil producciones. Ya no existía para cuando fundó la subcomisión de surf dentro del club Atlético Huracán de Mar del Plata. “Ahí puse mi Academia Argentina de Surf que estaba guacha de institución”, cuenta.

” Se habla afuera del agua. En el agua, no”, afirma Gil

” Se habla afuera del agua. En el agua, no”, afirma Gil

Mientras le enseña cómo pasarle la parafina a su tabla a una de chica de unos veintipocos en su casa, es decir, en la playa, Daniel recuerda que el surf estuvo en su vida mucho antes que aquella vez que vio por primera vez una tabla: “Yo fui un barrenador empedernido toda la vida, desde los 7 años”.

— Pero si no había tabla, ¿con qué barrenabas?

— Con el pecho (ríe). Pechito y la mano. Cuando era chiquito barrenaba hasta la espumita. Mi hobby era hacer barrenar maderitas. El casero de mi casa en Mar del Plata era carpintero. Estaba todo el día serruchando y todo el día caían pedacitos de madera.Entonces la señora que me cuidaba, Ofelia, juntaba todas las maderitas y las metía en una bolsa en las que vienen las cebollas y me las daba. Cuando mamá se iba al centro, que todavía no existía la peatonal San Martín, me dejaba en la popular, al lado del muelle de los pescadores. Entonces me iba hasta la punta de la escollera y tiraba una maderita. Cuando venía la ola, la maderita venía barrenando, pa, pa, pa, y yo la seguía caminando por la escollera. Hasta la orilla, mirándola. Si podía rescatarla lo hacía. Si no, tiraba otra.

Aunque hace 56 años que viene a Mar del Plata a surfear, hace 24 años que vive aquí y 18 que vendió el auto: “Para no moverme. ‘Hay que venir’, ‘hay que ir’, ‘hay que llevar’, ‘hay que traer’, ‘No tengo más auto’. Basta: no voy nada. Llegué al lugar donde siempre quise estar“.

El cálculo no por rápido deja de ser certero: a uno de sus 8 perros le tiró la pelotita desde la casa al mar cien veces por día durante diez años. El resultado fue la lesión del hombro, el manguito rotador. También 10 años jugando con un perro, en la playa, todo el año.

María, su mujer desde hace más de veinte años, se acerca y ofrece café. Y él dice: “Con María nunca nos prometimos nada. Si hoy estamos bárbaro, si hoy pasamos un día espectacular mañana va a ser brutal. Y si mañana es brutal, pasado va a ser extraordinario”.

La chica que hace un rato enceraba su tabla regresa empapada y jadeando. Daniel le pregunta qué tal estuvo. Bajo el traje de goma, su panza se infla y desinfla rápidamente. Está ahogada pero alcanza a decir: “Espectacular”. Ambos sonríen. Hay algo del agua que sólo ellos saben.

(Christian Heit)

(Christian Heit)

—¿De qué se habla cuando estás metido en el agua, a la espera de una ola?

—¡No se habla de nada! Se habla afuera del agua. En el agua, no.

— ¿Nada?

—¡¿Qué tenés que decir en el agua?! Una vez que estamos adentro, que no escuchas a nadie, ¿viene uno a hablarte? No, tomatelás. No se habla.

—¿Por qué?

—Porque vos estás en paz. Estás disfrutando de eso. Es parte de la historia.

— Hay una especie de acto generoso que es dejarle la ola a otro. ¿Es así?

—Claro. Pero depende: si es un caga olas que le caga las olas a todo el mundo no se la dejo, lo paso por arriba.

—¿Qué es un caga olas?

— El tipo que pasa en rojo, cuando venís en verde, verde, verde y se te cruza. Hay caga olas. Si yo agarro la ola allá (señala la punta de la escollera) soy el dueño de la ola.No se puede meter nadie hasta que yo la termine. Si te cruzás o venís remando y yo vengo surfeándola me cortás el paso.

— ¿Se dice algo?

—La primera vez, “me cagaste la ola”. La segunda, algo más fuerte. A la tercera puede venir un cachetazo. Si no es principiante, claro. El dueño de esa ola es el que empieza primero, el que está arriba de la piedra jurándose que va a bajar.

A su hijo más chico, Surfiel (“Quiere decir ‘la ola de Dios’. Surf es ola y ‘El’ es ‘de Dios'”) Daniel le construyó una pequeña casita arriba de la suya. De piedra blanca, sólo tiene una cocina, un baño y un entrepiso en el que cabe un colchón de una plaza y una ventana: “La calculé para que sólo tenga que levantar el cuello a las 5 de la mañana: desde ahí puede ver si hay olas que agarrar”.

Todos los hijos de Daniel practican surf. Son campeones, son medallistas. Por caso, Surfiel competirá en longboard en los panamericanos de surf que se harán en Lima. En la anterior edición fue medalla de plata. Su hermano, Daniel Gil Junior, fue ocho veces campeón argentino.

— ¿Qué viene?

—Yo no espero nada, dejo que venga. Me encanta la sorpresa. Sigo con mi receta y la torta sale bárbara.

Fotos: Christian Heit

Fuente: Infobae

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Un patovica tiró a una chica por una escalera de un boliche, le fracturó la pierna y advirtió: “¿Alguien más quiere?”

La joven intentó intervenir en defensa de un amigo agredido por el seguridad. Testigos registraron el momento y lo viralizaron. Atención las imágenes pueden herir tu sensibilidad.

Una chica sufrió una fractura expuesta en la pierna después de ser empujada por la escalera por un patovica de un boliche de la localidad bonaerense de General Madariaga. La caída fue registrada por los celulares de varios testigos, al igual que la intimidante advertencia del agresor.

“¿Alguien más quiere?”, se lo escucha decir al seguridad, vestido totalmente de negro, en la grabación que se viralizó en las últimas horas. El relato de los testigos puso en palabras después la violenta secuencia ocurrida este fin de semana en el local ubicado sobre la calle Pellegrini.

Todo empezó con una discusión entre el acusado y un joven en el descanso de la escalera. En la filmación se observa como otro grupo se acerca a ellos y el patovica le da un golpe en la cara a uno de los chicos.

La chica interviene y defiende a su amigo agredido y recibe también un empujón que la arroja escaleras abajo. La joven no puede levantarse por una fractura expuesta en la pierna izquierda y tiene que ser auxiliada por otros asistentes al boliche mientras de fondo se escuchan las provocaciones del hombre de seguridad.

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La clase que aprendió el lenguaje de signos por su compañero Ílias

Imagine que sale a la calle y, allá donde vaya, se le entiende, sea su barrio o cualquier parte de la ciudad: las personas comprenden lo que quiere decir. Es decir, hablan su lenguaje. Parece obvio porque cada día cualquier persona habla, dialoga o se comunica con sus amigos, con su familia o con el que tiene al lado en el metro.

Ahora imagine el silencio o, como mucho, una especie de tumulto o de ruido que apenas permite diferenciar lo que se escucha. ¿Entiende algo? Así es como se sienten miles de personas con discapacidad auditiva cuando salen a la calle: necesitan de la ayuda de los demás.

Ílias Charif es un niño sordo de 13 años con implante coclear. Cada día, acude al centro de refuerzo escolar Puente de Vallecas, de la organización Save The Childen, a hacer los deberes del cole. Es un chico con la sonrisa puesta y aunque “se integraba muy bien en clase y daba todo lo que tenía de sí, le faltaba comunicación con sus compañeros”, cuenta Rocío, educadora e intérprete de Ílias en el centro.

Así que planteó la siguiente idea: que en clase de Ílias se enseñase -y aprendiese- el lenguaje de signos. Poco después de la puesta en marcha del proyecto, lo que surgió como una ayuda para Ílias se convirtió en una completa entrega por parte de sus compañeros. La comunicación estaba mejorando entre ellos y “con la lengua de signos los niños se habían integrado muchísimo en clase. Estaban todo el rato cooperando entre unos y otros”, detalla Rocío.

Ílias llevaba bastante tiempo yendo a las clases de refuerzo pero, hasta la llegada de Rocío, no había tenido oportunidad de comunicarse plenamente con todos y cada uno de sus compañeros. “Cuando Rocío llegó, vio raro que después de tanto tiempo los profesores o el resto de niños en clase no tuviéramos un signo para comunicarnos con Ílias. Pero claro, no habíamos tenido ocasión. El interés de los niños fue increíble y todos nos volcamos con la iniciativa”, cuenta Noelia, educadora del centro de Vallecas.

Al principio, cuenta Ílias a EL MUNDO desde su clase en el colegio, “cuando los niños no sabían el lenguaje de signos, yo estaba un poco aburrido porque no podía hablar con mis compañeros todo lo que quería, pero poco a poco aprendieron y me empecé a sentir más contento y feliz”.

La última hora de los miércoles era el turno de la lengua de signos. Rocío, intérprete de Ilías, y Noelia, la educadora, dedicaban el final de la tarde a enseñar a SaraSusanaPabloPaulaIsmael Farah. Noelia, que tampoco controlaba la lengua de signos, dice que también “estaba muy motivada”. “Porque me gustaba bastante y aprendí mucho”, especifica.

El primer paso era aprender el abecedario dactilológico, la representación de cada una de las letras que componen el abecedario con las manos. Los días de la semana, los meses, los colores… Después, lo aprendido se puso en práctica con diferentes actividades lúdicas que iban proponiendo las profesoras, cómo El juego del más rápido.

“La profesora decía una palabra y había dos personas que tenían que expresarla con lenguaje de signos. El que más rápido lo hacía ganaba”, rememora Ílias, que en los juegos es competitivo y, si no gana, a veces se enfada.

Otro juego era El pistolero, que servía para aprender los signos de las personas. Pero, ¿qué son los signos de las personas, Ílias? “Cada uno tenemos un nombre y, para referirnos a alguien, le asignamos un determinado signo para identificarlo, algo relacionado con el cuerpo o con lo que te gusta de esa persona”. De este modo, explica también su intérprete, “no pierdes tanto el tiempo en deletrear el nombre de cada persona”.

Ílias era el rey de los signos para sus compañeros de clase, se encargaba de ponérselo a cada uno. Incluso el de él mismo: suyo es el signo de la sonrisa porque de pequeño siempre estaba sonriendo. Así, cuando alguno quiere decir algo sobre Ílias, se lleva el puño cerrado con el meñique hacia arriba hasta el lado derecho de la boca y mueve el dedo varias veces, hacia arriba y abajo.

Poco a poco, todos los compañeros de Ílias han entrado de lleno en este aprendizaje e incluso lo continúan cuando están fuera de clase. Cuenta Noelia que sus alumnos dicen con orgullo que saben lengua de signos o “esto se dice así” y que se preguntan: “Cómo puedo decir esto?”. “Les ha motivado mucho a todos los compañeros”, prosigue.

Sara Montoya, compañera de clase de Ílias, fue una de las niñas que más rápido aprendió el dactilológico y que mejor se comunicaba con Ílias. Es una disfrutonadel lenguaje de signos: “No sólo aprendemos a hablar con Ílias, sino con más gente que es sorda”, explica.

Otra compañera de clase es Susana Heredia, de 13 años: “Nosotros intentamos que se sienta bien, que sepa que nos tiene ahí para cuando nos necesite. Es un niño diferente pero a la vez igual que todos, porque tiene los mismos derechos que todos los niños“, argumenta.

Aunque ya ha pasado un año desde la puesta en marcha del proyecto en el centro de Save The Children e Ílias ya no va con los mismos compañeros a clase porque ya ha pasado a Secundaria, sus compañeros del año pasado no dejan de insistir a los profesores para retomar las clases de lenguaje de signos. Los nuevos compañeros de Ílias también insisten en lo mismo. Así, el centro volverá a poner este año en marcha el proyecto, “con la intención de juntar a ambos grupos, ya que hay una gran motivación”, explica Noelia.

La relación con los hermanos

En casa, Ílias es el único sordo y enseña la lengua de signos a sus padres y a sus tres hermanos. Aunque dice que a sus padres al principio les costó, también afirma que cada día quieren aprender más. Su hermana Dúa, de tres años, ha aprendido el abecedario, los colores, los días de la semana…

“Ella sabe muchos signos pero cada día aprende más”, cuenta. Osama tiene un año menos que Ílias y se entiende perfectamente con su hermano. También acude cada semana al centro de refuerzo escolar y, cuando no hay intérprete en el centro, él explica todo lo que quiere decir su hermano.

En el centro de Vallecas también hacen actividades de ocio en verano. “En los campamentos que hemos hecho en la Comunidad de Madrid hemos compartido muchos momentos con Ílias”, cuenta Noelia. Aunque en verano él no tenía intérprete, “es un niño que se adapta perfectamente y lo coge todo al vuelo. Puede haber siempre alguna equivocación pero, a la hora de jugar, él sabía integrarse y comunicarse con sus compañeros. Nunca se ha sentido limitado y siempre se ha mostrado dispuesto a todo”, aclara.

No obstante, si en los campamentos había algún problema de comunicación, los responsables se dirigían “a su hermano Osama, un año menor que él, y él trasladaba todo lo que su hermano quería decir”, explica. Además, se dieron cuenta “de algo muy curioso: Ílias y su hermano hablaban con su propio lenguaje, nada técnico como lo hace la intérprete sino que, como se han criado juntos, tienen sus propias fórmulas“.

Los tres hermanos Charif van al colegio El Sol, en Ciudad Lineal (Madrid). Un colegio público bilingüe en el que hay oyentes y sordos. En algunas clases, como matemáticas, siempre hay un profesor que habla el lenguaje de signos y otro que habla de manera oral. Asimismo, la pizarra suele dividirse en dos, con una estructura más fácil para los niños sordos y con otra para los oyentes.

Mayor autonomía gracias al implante coclear

Aunque el implante coclear ayuda a superar algunos problemas de audición cuyo origen está en el oído interno o cóclea, “con él no se ha conseguido que Ílias pueda escuchar lo suficiente como para no tener que usar el lenguaje de signos. Con el aparato puede escuchar ciertos sonidos y eso es fundamental para el niño, ya no sólo a nivel comunicativo, sino a nivel emocional, ya que se siente más seguro y con mayor autonomía”, explica Rocío Montes, coordinadora del centro.

Aún así, personas como Ílias siguen enfrentándose cada día a cosas tan básicas como entenderse con el cajero cuando van a comprar al supermercado. Lo que para cualquiera es un hábito más, para muchos otros es un obstáculo diario.

“Para mí sería mucho más fácil y cómodo comunicarme con el lenguaje de signos y estaría bien que todo el mundo supiese algo de esta lengua”, cuenta a EL MUNDO Ílias Charif. Lo mismo opinan en su centro de refuerzo, donde dicen que les “gustaría que en los colegios se impartiese lenguaje de signos, para que se dieran cuenta de la realidad que vive Ílias día a día”.

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Existen personas que no beben alcohol, y aun así, se divierten

Cuenta la leyenda que hay personas que salen de fiesta y no prueban ni la espuma de la cerveza.

Aunque no lo crean, existen personas que pueden pasarse toda una noche de parranda, llegar a las 6 mañana y no haber bebido ni una gota de alcohol. Se pasaron toda la fiesta rechazando ofrecimientos embriagantes con gran estilo y bailaron al compás de algo llamado música, junto a la risa de las personas que le acompañaban, pero sin haber ingerido trago alguno.

Estas personas en la mayoría de sus grupos sociales, se han convertido en seres mitológicos, de los cuales se ciernen diversos rumores acerca del porque no disfrutan de ingerir una sola gota de alcohol. Pero créanlo o no, estas personas existen y doy prueba de eso porque mi mejor amigo es uno de ellos.

Por muy raro que parezca, no todo el mundo disfruta de un vaso espumeante de cerveza o un atractivo coctel de ron, vodka o tequila.

Esta gente no es nada diferente a los demás mortales que padecemos las resacas los domingos: les gusta ir a festivales de música, tomar algo con amigos en un bar o simplemente ir de fiesta a una discoteca, pero el estigma que siempre llevan con ellos son las palabras como “abstemio”.

Entonces llega el choque…

Sí, el primer choque de la tarde, noche o del evento con aquella persona que te pregunta porque no tomas. Podríamos decir que es algo como:

– ¿Tú no bebes?

– Bueno, tal vez suene tonto, pero la gaseosa también cuenta como bebida.

– Me refiero a que no tomas un trago. ¿Acaso vas a conducir?

– No, es que no me gusta beber alcohol.

– ¿Cómo? Anda, pídete una cerveza hombre.

– No, gracias. Descuida. (Cara de fastidio)

– Anda, tómate una conmigo, yo te invito.

– (Cara de “no entiendes que no me gusta”)

Sí conoces a personas que no gusta de beber, te contarán muchas conversaciones o historias similares a la anterior. Y del mismo modo esto te podría ayudar a preguntarte y reflexionar un poco porque las personas tienen que insistir tanto en que otras beban, cuando su premisa es clara: no necesitan el alcohol para divertirse.

Algunos pueden preguntarse: ¿Y esta gente sale por ahí y no bebe? ¿Cómo hace para divertirse? ¿Cómo logra desenvolverse sin ninguna “ayudita”? Y aunque es complicado para aquellos que no consumen alcohol, responder todo el tiempo interrogantes como las anteriores. La forma en que lidian con estas interrogantes es con algo de sarcasmo y respuestas precisas.

Algunas veces, las personas se pueden volver tan incasables con el tema del ¿por qué no bebes?, que es mejor no perder el tiempo tratando de explicarle que simplemente no se disfruta del alcohol.

Imagen: pexels

Entonces, si conoces o llegas a conocer a alguien que no necesita beber para divertirse, pasarla genial o desinhibirse totalmente, sé amable. No preguntes cosas tontas y déjala disfrutar del momento, mientras tú, saboreas de tu cerveza.

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