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“No hay que esconder la depresión como si fuese una debilidad”

En "El campeón de la depresión", el escritor y periodista deportivo reúne sus recuerdos de infancia, su pasión por San Lorenzo de Almagro y por el barrio de Boedo, pero no esconde sus angustias.

Los relatos que integran los dos volúmenes de “El campeón de la depresión” de Gabriel Casas conjugan la crudeza de lo autobiográfico y la belleza que solo la literatura puede conferirle al dolor y a la melancolía.

Los cuentos que editó Eloísa Cartonera narran la lucha del protagonista por sobreponerse a sus propios demonios y la ayuda que éste recibe de su familia, sus amigos, su barrio y sus recuerdos.

“Uno tiende a pensar que hay algo de autobiográfico en la narración. Pero al mismo tiempo, cuando se avanza, y tal vez para mantener la paz interior, se opta por creer que mucho forma parte de un relato ficcional”, reflexiona Mariano Hamilton en el prólogo.

“Cuando dejás que la mente te labure constantemente, es una locomotora que no para nunca”, confiesa el protagonista. “Igual, uno cuando cree que toca fondo, también se escuda en la comodidad y se enamora de su estado”, admite poco después. “Mi miedo a salir al sol superaba todo”, insiste. Y estas situaciones y emociones se espejan con otras tantas que el mismo Casas reflejó en sus redes sociales, con lo cual las distancias se acortan y los relatos se convierten en un espacio donde encuentran un espacio su lucha contra la depresión, pero también sus recuerdos de infancia en el barrio de Boedo, el amor por sus padres y por sus hermanos, su pasión por San Lorenzo de Almagro.

Sobre la literatura como lugar de salvación, el fútbol, el barrio y la familia y su elección de editar en una cooperativa de trabajo que les compra a los recicladores urbanos el material con que realiza sus libros con procedimientos artesanales habló Casas, que es periodista y docente, con Télam.

-Télam: Los relatos están narrados en primera persona y uno tiende a pensar que se trata de acontecimientos de tu propia biografía. Una convicción que refuerza al leer algunos de los posteos de Facebook donde contás tu lucha contra la depresión. Tu literatura tiene arraigo en tu propia vida…

-Gabriel Casas: Sí, son cosas que me sucedieron y me parecía bueno plasmarlas en un libro. Cierto que también está en mis redes sociales. Allí compartí pormenorizadamente las etapas que fui atravesando. Desde el título mismo, que es una metáfora que me dijo un especialista, que yo era el campeón de la depresión. Nunca me había deprimido hasta los 40 años, pero me pasó. Y hay que buscar por qué sucede. Necesitás ayuda, necesitás terapia.

-Sin embargo, no recurrís a la autoayuda.

-No. Porque el libro es más literario que de consejos de autoayuda. De hecho, es un libro que está atravesado por la depresión, pero tiene otros muchos como el barrio, la familia y el fútbol. Tuve que tomar una decisión y elegí convertir mis experiencias en literatura.

-Algunos de los relatos ponen en palabras a la lucha del protagonista por sobreponerse a su angustia, pero otro, “El protegido” cuenta la experiencia de vivir en un barrio y ser el hermano menor, de ir a la cancha. Actos cotidianos con los que muchos lectores se pueden identificar…

-Claro. En ese me centró en mi relación con el barrio. Yo me fui de Boedo a los 12 años y volví hace poco, pero sigo sintiéndolo mi lugar.

-También contás la muerte de tu mamá, un acontecimiento que interpretás como el origen de la depresión.

-Si. Ella murió cuando yo tenía 17 años y fue muy duro, pero nunca hice el duelo. Me di cuenta a los 40 cuando falleció mi suegra. Entonces yo la acompañé a mi esposa y me hice cargo de algunas cosas y a los pocos días no me podía levantar de la cama y ahí empezamos a investigar y surgió esto.

-Resaltás la importancia de la familia: tu esposa, tus hijos, tus hermanos…

-Sí. Mis hermanos me llevaban al psicólogo. También me insistían para que fuese a actividades en el colegio de los chicos.  Mi esposa Laura me apoyó en todo momento. Yo no quería ni siquiera hacer terapia y ella me llevó y también al psiquiatra. Uno piensa que le alcanza con charlar con los amigos, pero ellos no van a ir a fondo. Así que necesitás alguien de afuera. De ahí surgió el título del libro porque después de contarle cómo me sentía él me dijo que yo era el campeón de la depresión.

Junto a Ángel Cappa, quien escribió uno de los prólogos de sus libros.

-En relación con ese título, está presente el fútbol y, concretamente, San Lorenzo de Almagro, el club del que sos hincha. Un psiquiatra te llegó a decir que verlo jugar te hacía mal…

-Él tenía razón. En ese momento yo tenía ataques de pánico y estaba medicado. Recuerdo cuando el equipo peleaba el descenso. Jugó un partido con Tigre y estaba perdiendo. Mi mujer se había ido con mis hijos a una kermesse del colegio y yo estaba solo en casa. Estaba sufriendo así que llamé a mi psiquiatra y él me dijo que no podía verlo en esas condiciones.

-Tampoco pudiste disfrutar de la época de triunfos de San Lorenzo…

-No. Cuando San Lorenzo ganaba y andaba bien no pude ir a ningún partido. Los vi por televisión. Incluso cuando salió campeón y terminó el partido, vi un poquito los festejos, tomé la medicación y me fui a dormir. Fue increíble porque fue un momento histórico para el club. Al día siguiente tenía un montón de mensajes de gente que se pensaba que había estado en la cancha o en los festejos. No sabían porque yo lo ocultaba todo. Uno pone un caparazón y se enamora de la depresión.

-¿Qué repercusiones tuviste tanto del libro como de tus publicaciones en las redes sociales?

-Me escribió mucha gente contando que se sentía identificada con mi historia. También me escribieron familiares de personas con depresión, que me identificaban con su familiar y los había ayudado a entenderlo. Es difícil cuando vivías con alguien con depresión en la misma casa. Por eso valoro tanto lo que hizo mi mujer. Ella llegó a analizarse para entenderme mejor y ver cómo ayudarme.

-Tus hijos Zoe y Bruno participaron en el libro ya que las ilustraciones son de ellos.

-Sí. Quise que estuviesen presentes.  Ellos eran chicos, pero vivieron todo el proceso de mi enfermedad. También hicieron terapia para que pudiesen expresar lo que sentían. Tratamos de acompañarlos lo más posible. Pero la depresión es un pájaro carpintero que te taladra la cabeza. Yo quería hacer otras cosas, pero todo el tiempo estaba pensando en cómo me sentía. Te anula todo lo demás. Me quedaba en la cama y no iba a buscar a los chicos al colegio, le pedía a una madre de un compañero que los trajese. O iba y me quedaba apartado, pensando que todo el mundo sabía cómo me sentía.

-Creés que puede haber nuevas historias sobre la depresión

-Yo estoy diagnosticado como bipolar y tomo medicación. Por suerte no atravieso ninguna etapa depresiva y estoy mejor, pero en el hospital de día también escribía. Lo mío es la gráfica y yo necesito escribir. La escritura es la única forma que tengo de creer que puedo salir, que puedo hacer cosas. Necesito escribir.

-En medio de la angustia, ¿escribir te hace feliz?

-La felicidad no existe. Son sólo momentos. Tampoco creo que se puedan medir las cosas en términos de éxito o fracaso. El éxito y el fracaso son dos impostores.

-También igual que con los dibujos de tus hijos, los prólogos son el testimonio de la presencia de queridos amigos en tu vida: el periodista Mariano Hamilton, el ex DT Ángel Cappa, y tu compañera de secundaria Lucrecia Pérez Clemen.

-Sí, Mariano es muy amigo de mi familia. Él le puso el punto de vista del fútbol. Por otro lado, Ángel Cappa, con quien trabajé en varios proyectos periodísticos habla de fútbol, pero también de muchas otras cosas como el barrio. Con él hablamos de todos los temas no solo de fútbol, de política, de familia.

-Elegiste para editar los dos volúmenes de “El campeón…” a Eloísa Cartonera, una cooperativa que les compra papel a los recicladores urbanos y realiza ediciones artesanales…

-Sí. Les mandé un cuento sobre el Mundial 78 que era mitad realidad, mitad ficción. Yo tenía ocho años cuando se jugó y estaba fascinado con que ganase Holanda, la Naranja Mecánica. Creo que ese equipo revolucionó el fútbol, pero también revolucionó la literatura porque hubo que ponerse a escribir sobre ellos. En la editorial les gustó y me pidieron más material. Es una cooperativa que la lucha cada día. Los autores cedemos los derechos, y los acompañamos en las presentaciones y la difusión de los textos. Por eso los libros tienen un valor tan bajo, al alcance de cualquier bolsillo. Probablemente saque más cuentos con ellos. Yo soy un autor cartonero.

-La editorial precisamente tiene el lema: “Leer te salva”, ¿creés que en tu caso la escritura fue una salvación?

-Si. Me sirvió contar mi historia. Entender que podía hacer esto. Hay gente que no quiere demostrar su estado de ánimo. Que cree que a la depresión hay que esconderla como si fuese una debilidad. No es así. Yo no estoy de acuerdo, y a otros les puede servir mi experiencia.

 

Fuente: Eva Marabotto para Télam

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Comenzó a coser a los 5 años, se convirtió en diseñador de alta costura y hoy viste a su sobrina para “sanar a su niño interior”

Hay una escena que se repite en la casa de Michel: él llega con una tela nueva y Calu se acerca. La mira, la toca, la observa frente al espejo. Tiene apenas tres años, pero ya sabe que detrás de ese retazo puede aparecer un vestido, una pollera o alguna otra prenda hecha especialmente para ella.

No necesita demasiadas explicaciones. Su tío es diseñador y desde que ella era bebé encontró en esos pequeños pedacitos una manera de compartir con ella algo que lo acompaña desde que era un nene.

“Desde chiquito me gustaba hacer ropita para muñecas. A los cinco arranqué cosiendo a mano, pero por bullying lo dejé de hacer”, relata a TN el joven diseñador sobre sus primeros pasos en la costura.

Sin embargo, pese a los comentarios, el deseo de crear permanecía intacto a pesar del contexto y finalmente el sueño reflotó: “Como me veía muy triste, a los 12 mi padrastro me regaló mi primera máquina para coser. Ahí arranqué y no paré, hacía ropa que quería comprarme y no podía”.

Ese impulso creativo pronto se convirtió en un gesto hacia su entorno más cercano. “Mi mamá una vez me pidió un kimono de una marca costosa, me mostró una foto, fuimos a buscar la tela y ahí arranqué a hacer más ropita para otros”, recuerda.

Con el tiempo, fue ganando experiencia y emprendiendo a pequeña escala: “También un tiempo laburé por mi cuenta y les hice ropa a las egresadas de colegios de la zona”. Y hoy, el boca a boca a es su mayor marketing.

El sueño de vestir a Calu: moda, complicidad y juego

La llegada de un nuevo integrante a la familia marcó un punto de quiebre tanto en su vida personal como en su vocación. Su hermana quedó embarazada y Michel no dudó en empezar a diseñar para la pequeña que venía en camino.

“Empecé a hacer ropita de nena para Calu. Al principio tenía miedo de que no le gustara, pero ella salió re coqueta. Le encanta cuando nos vestimos a juego y le hago ropita que acá no hay”, cuenta emocionado sobre su sobrina de tres años.

La dinámica entre ambos trascendió el simple vestuario para convertirse en una complicidad única. “Lo de matchear arrancó por hacer ropa para mí; siempre me sobraba poquito de tela y no la iba a tirar. Calu era re bebé, tenía cuatro meses, yo me había hecho una camisa blanca de lino y dije ‘le voy a hacer una pollerita’, Así fui haciéndole prendas con todo lo que sobraba. Cuando fue más grande era más fácil, porque compraba una tela y le preguntaba qué quería que haga, me decía ‘quiero un vestido’, yo me hacía una camisa y combinabamos”, detalla.

Hoy en día, la pequeña es su mayor crítica y compañera de proyectos. “Yo estoy muy presente siempre en su vida, es muy malcriada porque es mi sobrina única: ella pide algo y lo tiene. Después de tanto escucharme, no dice ‘me gusta’, me dice ‘no me mata’, y cuando le gusta algo dice ‘me encanta’. Cuando ve que compro tela se pone a mirarlas frente al espejo. Yo también le corto el pelo, entonces también tenemos esa relación. Mientras ella quiera seguir modelando, yo regio, sigo. Conmigo tiene todo su equipo”, explica sonriendo.

Para Michel, esta experiencia va más allá del diseño de moda infantil. Hay una razón profunda detrás de cada prenda que confecciona para la pequeña: “Todo lo que le doy a ella lo quería cuando era chiquito y no lo podía tener, es como sanar mi niño interior”.

Aunque Michel ya trabajaba activamente en sus creaciones, la repercusión masiva llegó de manera inesperada a través de internet. Un video luciendo una prenda inspirada en una princesa clásica captó de inmediato la atención del público.

“El video de Blancanieves que se viralizó no lo iba a subir porque lo había grabado dos meses antes. El día que lo hice estaba con fiebre, el video tenía mala calidad; mi hermana me pasó más fotos y dije ‘el vestido quedó re lindo’, pero no se veía bien. Lo que tiene es que es un vestuario, no está hecho con tela de disfraz, es como un mini vestido de 15, capaz eso genera también un poco de impacto”, detalla.

Sin esperar demasiado lo publicó y el alcance de la publicación lo tomó por sorpresa: “Las redes las uso como una vidriera para llegar a más gente, pero no más. Un día lo subí y al otro tenía 200 mil vistas. Me angustió porque no quería exponer a mi sobrina, pero por suerte no tuve nada de hate. A veces lloro por los comentarios hermosos de la gente”, cuenta.

Sin embargo, pese a su edad y la viralización que le dieron las redes, asegura que no es algo que lo atraiga tanto. “Algún día me gustaría no usarlas tanto; es una gran herramienta para el trabajo y conectar con la gente, pero si bien dan mucha exposición, mi mayor trabajo es el boca en boca”, explica.

De las aulas de costura a desafiar los códigos urbanos

El aprendizaje de Michel combinó el estudio formal con una fuerte impronta autodidacta. “El 80% de las cosas las aprendí solo. Con la peluquería pasó igual: empecé a hacerle el pelo a todas las mujeres de mi familia y surgió, todo pasó muy de chico, fui muy emprendedor siempre”, sostiene.

Con respecto a la costura, el joven asegura que nunca consideró estudiar porque sentía que tenía hacer algo más técnico, pero como le gustaba tanto la ropa se convenció: “‘Si es lo que más amo hacer, ¿por qué no?’“.

Estudió en la escuela en Roberto Piazza y se enamoró del oficio. “Las profesoras me ayudaron un montón a aprender a fabricar y a compartirlo con mi familia y amigos. A los 22 años me recibí”, rememora sobre sus años de formación.

“Lo de ‘ropita old money para planes no money’ es porque yo, antes de empezar a estar más en entornos de moda, hacía ropa de gasa con volados porque me inspiro mucho en el cine. Me encantan las películas de vampiros y la época romántica victoriana, y quería camisas así. Me las hago, pero después en la vida real, cuando terminan de salir de la máquina y me las tengo que poner, salgo a la calle y me miran raro porque no están acostumbrados”, relata.

La idea tomó fuerza al ver la reacción de las clientas en su otro oficio: “Cuando tenía una cápsula de eso y les mostraba en la pelu, me decían ‘es hermoso, pero ¿dónde me lo pongo?’. Y ahí dije: ‘hay que usarlo igual, aunque sea para ir a comprar pan. Capaz mañana nos morimos, así que no hay que tener guardada la ropa; si la tenés, usala’. De esa manera surgió la idea de mostrarlo y de usarlo aunque sea solo para tomarse el colectivo".

Pese a que su mundo es la costura, el joven diseñador asegura que la moda no es algo que le interese: “Es algo pasajero; a mí me gusta mucho la ropa y crear personajes. Entonces mi intención es hacer una prenda que te genere algo, ver qué te hace sentir. Yo me ponía las camisas de gasa y me creía que era lujoso y estoy en un yate; es vivir la fantasía”, relata entre risas.

La autogestión, la alta costura y el camino del esfuerzo

A pesar de los logros y del reconocimiento, el camino dentro de la industria textil independiente implica enfrentar constantes desafíos económicos y logísticos.

“Trabajo de dos cosas: soy peluquero —me dediqué hace muchos años, ya no tanto— y hago vestuarios. Tengo un cliente que hace obras y estoy haciendo unas cositas para su show de Navidad, pero ahora en septiembre. Ahora me estoy abocando más a la alta costura; es todo a pedido. Me gustaría tener una marca de ropa también para niños”, reconoce.

Sin embargo, sabe que no escapa al gran dilema de un oficio no tan amplio. “Lo que tiene el tema de la alta costura, con la situación del país, es que te lleva a remarla bastante, está todo muy caro”, lamenta.

Aun así, no baja los brazos: “Hace un par de años siento que la remo y cuesta muchísimo. Necesitás plata para todo si querés hacerlo bien y eso tiene que ser con buenas telas, y si no tenés equipo no podés mandar a confeccionar, así que todo lo tenés que hacer vos. Necesitás mucha plata y contactos, más que nada para entrar a desfiles, fotógrafos. Cuando no conocés a nadie cuesta un poco más, tenés que ir, mandarte... hay gente que no es tan buena”.

Con el esfuerzo diario, asegura que no va a alejarse de sus proyectos y a la hora de diseñar, su proceso no empieza con el lápiz sobre el papel, sino con la imaginación y la narrativa. “Amo el cine. Para hacer ropa o diseñar para colección, lo imagino, lo escribo. No dibujo, solo si lo tengo que mostrar a alguien; elijo la música, edito, imagino la pasarela, el peinado de la modelo, maquillaje. Siento que los desfiles son una re herramienta para performance”.

Y entre los caminos que se fue abriendo durante su joven carrera, el diseñador también recuerda su reciente experiencia en la Argentina Fashion Week y cómo la perseverancia le abrió puertas: “Fue una experiencia muy linda. Siempre quise ir, pero no podía. Este año finalmente me anoté en un concurso y participé”.

Sin embargo, nada detiene sus ganas de buscar oportunidades en el medio: “La semana que viene, para que veas cómo me la busco y sigo luchando, es la semana de la alta costura y me metí de peinador”.

Fuente: TN

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Diego Mengual, el científico que investiga la cura del cáncer y defendió la camiseta argentina en un Mundial de hockey

Diego Mengual es una rara avis en el mundo del deporte. Pasa sus días en el laboratorio investigando curas y paliativos contra el glioblastoma —un agresivo tumor cerebral sin cura— y sus tardes entrenando con la camiseta de la Selección Argentina de hockey máster +45, con la que acaba de disputar la Copa del Mundo.

Para el biotecnólogo formado en la Universidad Nacional de Quilmes, la convivencia entre ambas disciplinas es perfecta. La descompresión de la cancha le permite destrabar respuestas científicas en la mesada, mientras que el método del laboratorio le enseña a gestionar las frustraciones en el deporte.

Sin embargo, el orgullo de haber marcado su primer gol mundialista convive con un presente complejo. Sin subsidios públicos vigentes, Mengual y su equipo sostienen la investigación con recursos residuales, demostrando que la resiliencia es su principal motor tanto en la ciencia como en la cancha.

¿Cómo se compatibilizan dos pasiones tan exigentes como la investigación científica contra el cáncer y el deporte de representación nacional?

Mi primera pasión fue el deporte y después fue apareciendo la ciencia. Hoy, la mezcla de las dos me permite fluir. Tener la cabeza despejada en el deporte me permite liberar tensiones para después reformular respuestas y soluciones a los problemas que me trae el laburo en la ciencia. Y viceversa: la frustración que te da el trabajo científico, donde los resultados tardan años, la llevás al deporte para decir: “Hoy no soy titular, pero hay que darle el doble para estar

Trabajás en el desarrollo de fármacos contra el glioblastoma. ¿En qué consiste esa investigación y en qué situación se encuentra hoy?

Es un tumor cerebral muy agresivo que no tiene cura actual y cuyo tratamiento no cambia hace más de dos décadas. Iniciamos el proyecto en 2018. Sin embargo, hoy el trabajo disminuyó porque dos chicos dejaron el laboratorio por falta de financiamiento y becas dignas. Veníamos trabajando con subsidios del sector público (Agencia, CONICET, Instituto Nacional del Cáncer) y hoy nos mantenemos con lo residual que nos quedó de insumos. Tratamos de no abandonar el proyecto, buscando una nueva dirección conceptual para optimizar los recursos.

¿Cuánto tiempo le dedicás a la investigación de glioblastoma y cuánto a practicar el hockey?

Hoy en día, el trabajo es muy demandante, requiere de mucha atención y de trabajar muy a conciencia con lo que estamos haciendo. Sabemos que nuestra investigación no tiene un resultado inmediato y que el desarrollo de fármacos puede llevar años. Por eso, tener esos momentos en los que la cabeza respira otra cosa, en este caso, el hockey, y te lleva a otro lugar, permite que el día a día sea más productivo.

¿Cómo fue el camino que te llevó de jugar en los clubes de barrio a vestir la celeste y blanca en un Mundial?

Empecé de chico en el club Ducilo de Berazategui y pasé por otros clubes que me hicieron enamorar del hockey. Tuve idas y vueltas por el estudio y la familia, pero nunca lo solté. El año pasado jugamos un amistoso con el preseleccionado máster, me invitaron a entrenar y en abril dieron la lista para el Mundial de este año. Recibir la camiseta celeste y blanca con tu apellido fue la primera dosis de realidad y un broche de oro maravilloso para la entrega que uno le dio al deporte amateur.

¿Qué sentiste al convertir tu primer gol en la Copa del Mundo?

Fue supremo. En el segundo partido tuve la posibilidad de hacer el primer gol de la Selección en el Mundial. En el instante en que le pegás a la bocha y entra, se te pasan mil imágenes por la cabeza: tu familia bancándote, los pibes que te insistieron para no dejar de jugar o mi ‘pequeño yo’ agarrando un palo por primera vez.

¿De qué manera se cruzan la disciplina del laboratorio y la del deportista en tu día a día?

Tiene un poco de todo. Lo metódico que tenés que ser para entrenar te lleva a ponerle un plus y creo que es complementario con lo metódico que tenés que ser en la mesada. Y después, el compromiso que te da la familia del club para formar parte de un equipo lo traés acá y lo llevás al plano científico.

Rompés bastante con el estereotipo del científico encerrado en un laboratorio sin vida social...

La imagen del científico encerrado es bastante real, pero somos gente común y corriente. Tenemos mucha formación académica (grado, doctorado, posdoctorado), pero eso no quita que le dediques tiempo a la familia o a hobbies que te hagan salir de la mesada. En mi caso, el deporte me da una energía increíble y es de lo más cotidiano quitarle tiempo a otras cosas para dárselo a la cancha.

Fuente: TN

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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA

Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.

En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.

Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.

Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.

Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026

En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:

  • Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 $2.603.556,33.
  • Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
  • Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.

Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA

De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:

  • En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
  • En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 $1.651.798,05.
  • No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.

La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto

La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.

Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.

La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustiblesAlimentos y bebidas no alcohólicasSalud Transporte.

Fuente: TN

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