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“Hoy entiendo a mi papá”: la joven que nació en una familia de barrenderos y viaja cuatro horas diarias para limpiar las calles porteñas

Mayra Castillo acomoda su uniforme, se ajusta los guantes y se prepara para empezar el día. Es viernes y le asignaron algunas calles del barrio de Belgrano. Acaba de llegar a la base desde donde saldrá a recorrer la ciudad. El viaje desde su casa, en Rafael Castillo, partido de La Matanza, le llevó casi dos horas. Ya está acostumbrada: el trayecto largo es parte de su rutina, como también lo es el gusto por lo que hace.

“Es un trabajo cansador. Ahora entiendo a mi papá”, dice, mientras sonríe. Carlos es barrendero y Victoria, su mamá, también. Se crio entre escobas y bolsas negras, en una familia que aprendió a valorar el esfuerzo detrás de cada vereda limpia. Aunque el trabajo es exigente, Mayra lo asume con compromiso y alegría.

Hace unos días vivió una experiencia distinta: le tocó limpiar la zona del estadio Monumental el día que la Selección argentina empató en un gol con su par de Colombia. Fue su primer operativo en un evento masivo. “Había muchísimas botellas plásticas tiradas, latas de cerveza, de gaseosa... no lo podía creer”, recuerda sobre la jornada que coincidió con el resultado que dejó tambaleando a Colombia para su ingreso al próximo Mundial.

El 14 de junio se conmemora en Argentina el Día Nacional del Barrendero y la Barrendera. En la Ciudad de Buenos Aires, más de 2.500 trabajadores y trabajadoras salen cada día a barrer, levantar residuos y dejar las calles en condiciones. “Barremos y levantamos todo lo que encontramos. Lo dejamos en el carro, lo embolsamos y después lo tiramos en los contenedores”, explica Mayra, con la naturalidad de quien sabe que su tarea, aunque muchas veces pase inadvertida, es esencial para que la ciudad funcione.

Herencia familiar

Todos los días, Mayra se levanta temprano para atender las necesidades de su hija de tres años, deja todo organizado en casa y emprende el camino al trabajo, un viaje que demanda tres colectivos. El primero es el 242, que toma en Rafael Castillo, en La Matanza, y la lleva hasta Liniers. Allí la espera su madre, con quien comparte el resto del trayecto: suben al 117 rumbo a Puente Saavedra y luego al 59, que las deja cerca de la base operativa de Higiene Urbana, en Belgrano. Desde ese punto, Mayra parte hacia su ruta asignada, que puede incluir calles de Belgrano, Núñez o, en ocasiones, Recoleta. Ya se acostumbró al ritmo, al trayecto extenso y a la rutina diaria. Dice que le gusta lo que hace.

Hasta diciembre de 2024, su vida laboral transcurría como emprendedora: vendía ropa en su barrio y se las ingeniaba para cuidar a su hija al mismo tiempo. Pero cuando se abrió una vacante en Cliba —la empresa de limpieza donde trabaja su madre, Victoria, desde hace 15 años— no lo dudó. También su padre, Carlos, es barrendero: lleva tres décadas en el oficio y trabaja en la zona de Caballito. “Mi familia viene de barrenderos”, dice Mayra, con una mezcla de orgullo y naturalidad.

Ese encuentro con su madre, justo antes de iniciar la jornada, se volvió parte de una rutina compartida que valora especialmente. “Cuando era chica, a mi papá lo veía poco. Hacía turno tarde, volvía cansado, comía algo y se iba a dormir. No hablaba mucho del trabajo, pero en mi infancia no entendía por qué pasaba eso. Hoy, vivo en carne propia esa experiencia”, admite, con la voz cargada de emoción.

A los 27 años, Mayra combina su rol de trabajadora con el de madre de Jana, su hija de tres. “Antes de entrar a Higiene Urbana, vendía ropa y me las rebuscaba con pequeños emprendimientos que me permitían estar más tiempo en casa”, cuenta. Hoy, el desafío es organizarse para que su pareja —también empleado en el sector de limpieza— se haga cargo de la nena mientras ella cumple su turno por la tarde.

Hace apenas unos días, vivió su primer operativo en un evento masivo: el partido entre la selección argentina y Colombia en el estadio Monumental, cuyo empate dejó a los colombianos con las ganas de cerrar su pasaje directo al próximo Mundial. “Cuando se trata de estos operativos, se barre toda la calle de punta a punta”, explica sobre ese tipo de jornadas agitadas, en las que la multitud deja un rastro de botellas, papeles y basura por todas partes. Aquella noche trabajó desde las 4 de la tarde hasta las 10 de la noche, recorriendo veredas, cordones y calzadas con su escoba, pala y carrito.

En otoño, con las veredas cubiertas de hojas secas y las lluvias que arrastran todo hacia los sumideros, el trabajo se vuelve aún más exigente. Hay días en que no alcanza el tiempo para completar las cuadras asignadas. “Algunos vecinos se quejan porque no ven al barrendero, pero no siempre se llega a todas las calles”, explica. Aun así, valora los gestos de quienes la saludan y le agradecen. Son pequeñas muestras de reconocimiento que hacen la diferencia en una tarea que muchas veces pasa desapercibida.

En ese sentido, pide: “Es importante que los vecinos estacionen a 20 centímetros del cordón, para poder limpiar, y saquen la basura entre las 19:00 y las 21:00, eso nos ayudan mucho. Y también que metan la basura dentro del contenedor. No al costado”.

Aunque lleva pocos meses en el oficio, Mayra se adaptó rápido. Dice que la zona le gusta, que la rutina no la pesa tanto. Pero lo más fuerte, lo más simbólico, es ese lazo que la une con sus padres, ese linaje de trabajo silencioso que mantiene la ciudad limpia mientras los demás duermen, miran al piso o simplemente no se dan cuenta.

El Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana tiene a su cargo la limpieza de las calles porteñas. De lunes a sábado, más de 24 mil cuadras son barridas en las 15 comunas de la ciudad. Todas reciben al menos una pasada diaria, aunque en zonas de alto tránsito —como centros turísticos, de transbordo o corredores gastronómicos— puede haber barrido doble o nocturno.

Durante el otoño y el invierno, épocas de vientos fuertes o ante alertas meteorológicas, el servicio se refuerza con personal adicional. La caída de hojas puede obstruir los desagües, por lo que se intensifican los operativos para garantizar el correcto funcionamiento de los sumideros y prevenir anegamientos.

Una labor esencial que aún busca su reconocimiento

El reconocimiento de esta fecha fue fruto de una construcción colectiva, impulsada por la CGT y organizaciones del sector, que durante años exigieron el reconocimiento de una tarea esencial pero invisibilizada.

La pandemia de COVID-19 expuso con crudeza el rol que cumplen estos trabajadores: mientras gran parte de la población permanecía en sus casas, ellos seguían en las calles, con recursos limitados y altos niveles de exposición al virus, asegurando la higiene en un momento crítico para la salud pública.

Cuando hay recitales, partidos de fútbol o eventos multitudinarios, la Ciudad de Buenos Aires despliega operativos especiales de limpieza en la vía pública. “Cuando hay recitales, partidos o eventos multitudinarios, como los que se organizan en grandes estadios, la Ciudad despliega operativos especiales de limpieza en vía pública. En el caso de un partido fútbol, la intervención se organiza en tres fases: antes, se realiza un repaso general de limpieza en los alrededores del estadio, con recolección de basura, residuos voluminosos y escombros, y el vaciado de contenedores. Durante: además del barrido, se colabora con el operativo de seguridad, y se ponen contenedores de basura a disposición si es necesario, por ejemplo para los residuos que producen los puestos de comida ambulante o food trucks. Al terminar, se refuerza la limpieza con barrido manual, lavado e higienización de contenedores para dejar la zona en óptimas condiciones, tal como se encontraba antes del evento”, detallan desde el Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana de la ciudad de Buenos Aires.

Fuera de los operativos especiales, el mantenimiento diario de la limpieza también requiere del compromiso de los vecinos. Desde la forma en que se estacionan los autos hasta el modo en que se deposita la basura influye directamente en el trabajo de los trabajadores de higiene. “Una distancia adecuada del cordón y de los contenedores facilita la tarea”, aseguran. También es importante “que los frentistas barran sus veredas, que las hojas secas no queden sueltas en la calle y que la basura se coloque dentro de los contenedores”. En los edificios, los encargados deben realizar el lavado y barrido en el horario estipulado, entre las 22:00 y las 9:00 horas.

Fuente: Infobae

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Él tenía 24 años, ella 29 y sus vidas cambiaron en el bar de un pueblito de Italia: “No recuerdo un beso tan lindo”

De principio a fin, el corazón es la brújula. “Me enamoré, amigo”, soltó Leo apenas cruzó la puerta del bar, a dos días de aterrizar en Italia. Su amigo Ezequiel lo miró, siguió la dirección de sus ojos y se largó a reír. “¿La rubia?”, preguntó. “Sí. Es ella”.

Era la noche del 5 de abril de 2024 y acababa de llegar a Paola, un pueblito costero de Calabria, en el sur de Italia. Había viajado desde Quilmes para tramitar su ciudadanía italiana. Apenas llevaba unos días en Europa. Todavía estaba acomodándose a la nueva vida, aprendiendo a moverse en un país desconocido y tratando de entender qué venía después. Pero esa noche, entre un grupo de argentinos que compartían el mismo sueño migratorio, vio a una chica de Rosario y sintió algo que no esperaba encontrar tan rápido.

Del otro lado de la historia, Irina también lo vio. Y recuerda exactamente el instante. “Lo miré a los ojos y fue como si el tiempo se frenara un segundo”, revela hoy enamorada. No sabía quién era, ni de dónde venía. Pero algo había pasado. Ese “no sé qué” imposible de explicar.

Dos argentinos que llegaron a Italia buscando otra vida

Irina nació en Rosario en mayo de 1994. Desde muy chica aprendió a arreglárselas sola. A los 17 años se fue de su casa. Trabajó en peloteros, coordinó fiestas infantiles, atendió comercios, vendió productos, cosió veladores junto a una amiga y aceptó prácticamente cualquier trabajo que le permitiera mantenerse independiente. Siempre tuvo la sensación de que quería algo más. No porque estuviera descontenta con su vida, sino porque sentía una curiosidad enorme por el mundo.

Durante años soñó con viajar. Pero cada vez que hacía cuentas, la realidad le devolvía la misma respuesta: era demasiado difícil. Hasta que descubrió algo que cambiaría todo. Tenía ciudadanía italiana. La noticia la empujó a una búsqueda obsesiva de papeles, partidas, certificados y documentos familiares. Reconstruyó una historia que parecía perdida hasta completar la carpeta necesaria para iniciar el trámite.

En febrero de 2024, cuando finalmente tuvo todo listo, tomó una decisión que asustaba incluso a quienes la querían. Renunció a su trabajo. Compró un pasaje de ida. Y se fue. Tenía 29 años.

Leo nació en Quilmes en agosto de 1999. Su historia era distinta pero sus sueños los mismos. Había crecido en una familia de clase media donde viajar era una pasión compartida. Todavía recuerda los recorridos por la Argentina dentro de un Renault 12 cargado hasta el techo. Seis personas. Poco dinero. Muchas ganas de conocer.

Estudió profesorado de Educación Física, se recibió y construyó una vida bastante ordenada. Trabajó en distintos lugares, tuvo una relación larga y desarrolló una carrera ligada al entrenamiento físico. Pero convivía con una sensación incómoda. Sentía que estaba construyendo una vida que no era exactamente la que soñaba. Mientras enseñaba, entrenaba y trabajaba, consumía videos de viajeros que recorrían el mundo haciendo trabajos temporarios. Y cada historia despertaba la misma pregunta. ¿Por qué ellos sí y yo no?

La respuesta llegó de la manera menos elegante. Lo asaltaron. Y algo se rompió. O se arregló, todo depende de dónde miremos. Pocos días después compró el pasaje hacia el Viejo Continente. El 3 de abril de 2024 llegó a Italia a ganarse la vida.

La noche en que todo cambió

Paola era un pueblo extraño. Quince mil habitantes. Playa. Calles tranquilas. Y unos quinientos argentinos haciendo ciudadanía italiana. Todos estaban atravesando algo parecido: habían dejado algo atrás e intentaban construir una nueva vida. Por eso el Thunder, un pequeño bar donde solían reunirse, funcionaba casi como una extensión de sus casas.

Aquella noche, Leo llegó con su amigo y dos compañeras de vivienda. Irina estaba con su prima Brunella, con quien había emigrado. Entre charlas, música argentina y cumbia santafesina, empezaron a acercarse. Hablaron. Bailaron. Se rieron. Y cuando la noche ya había avanzado bastante, Leo hizo algo que hoy parece imposible en la era de los mensajes ambiguos y las insinuaciones interminables.

¿Te puedo besar?”, le preguntó con respeto. Irina dijo que . Después del beso, lo miró sorprendida. “No puedo creer que tengas 24 años”. Y enseguida agregó algo que él jamás olvidó. “No recuerdo un beso tan lindo en mi vida”. Animarse a dar el primer paso tiene premio. Por eso siempre hay que hacer. Lo demás se va dando.

A la mañana siguiente fue ella quien escribió primero. Le pasó su número. Lo invitó a tomar mate en la playa. Y así empezó todo. No como una historia de amor. Sino como un grupo de amigos. Ellos, la prima de Irina, Ezequiel y las dos compañeras santafesinas de Leo comenzaron a compartir días enteros. Trámites. Playa. Mate. Charlas. Caminatas. La vida cotidiana de quienes intentaban sobrevivir lejos de casa. Y en medio de todo eso, la conexión entre ellos fue creciendo. Aunque había un problema. Una fecha de vencimiento.

Una historia con fecha de vencimiento

Irina estaba mucho más avanzada en el trámite de ciudadanía. Y apenas obtuvo los papeles consiguió trabajo en Cerdeña. Los separarían casi 700 kilómetros y un mar de por medio. La oferta era imposible de rechazar. Un hotel. Mejores condiciones. La posibilidad de empezar a ganar plata. Pero también significaba alejarse. Alejarse mucho.

Se habían conocido en abril. Ella debía irse el 1 de junio. Dos meses. Eso era todo. Entonces Irina levantó una muralla, la de su corazón. No quería enamorarse. Mucho menos sufrir ni despedirse de alguien que recién acababa de conocer. Pero cuanto más trataba de convencerse, más difícil resultaba.

Leo tampoco podía ignorar lo que sentía. Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien con quien imaginaba algo serio. Y entonces llegó la despedida. La primera.

Los siguientes meses fueron brutales. Los dos trabajaron en condiciones muy duras. “No todo es lo que se ve en fotos”. Aprendieron a sobrevivir en otro idioma. Aceptaron tareas que jamás habían imaginado hacer. Leo fue jardinero, fletero, camarero y guardavidas. Irina limpió habitaciones en hoteles sin dominar todavía el italiano.

La realidad migrante apareció con toda su crudeza. Sin embargo, siguieron hablando todos los días. Sin faltar uno. Hasta que una tarde ella encontró una excusa perfecta. En el hotel donde trabajaba necesitaban otra persona. Pensó en Leo. Dudó. Y finalmente le escribió.

El quilmeño recibió la propuesta mientras trabajaba. Económicamente no era un gran negocio. Incluso significaba renunciar a algo más estable. Pero había una pregunta que no lograba sacarse de encima. ¿Y si después es nunca?

Renunció. Hizo las valijas. Se subió a varios trenes. Y fue a buscarla. Porque a veces el amor no pide certezas. Apenas una decisión.

Los trenes que los separaban también los volvían a unir

El reencuentro no fue precisamente romántico. Los dos estaban agotados. Demacrados. Golpeados por meses de trabajo duro. Pero la conexión seguía ahí. Intacta.

Durante semanas se escondieron de compañeros y jefes. Estaba prohibido noviar entre ellos. Se encontraban de noche. Hablaban durante horas. Compartían besos robados. Y volvían a separarse antes del amanecer. Todo parecía volver a brillar.

Sin embargo, seguía existiendo un obstáculo. Los contratos tenían fecha de finalización. La incertidumbre seguía gobernando sus vidas. Y cuando terminó aquella temporada llegó una nueva despedida. Después otra. Y luego otra más.

Una ocurrió en la estación de Perugia. Irina subió al tren. Leo quedó en el andén. La vio alejarse. En su cabeza sonaban los acordes de Las pastillas del abuelo, cantando: “Porque me es imposible de imaginar / Agonía más cruel, más aterradora / Que mi canto y tu danza alejándose / Uno arriba del tren y otro en la estación”.

Pensó que quizás no volvería a verla nunca más. Y lloró fuerte. “Ahí ya me di cuenta que estaba hasta las bolas, que estaba recontra remilenamorado”, admite sin metáforas.

Fuente: TN

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Mauricio Macri anunció que la Fundación FIFA destinará un millón de dólares a comunidades afectadas por los sismos en Venezuela

En medio de la catástrofe humanitaria que atraviesa Venezuela luego de los dos terremotos del 24 de junio que dejó más de 4 mil muertos, la Fundación FIFA anunció una millonaria donación para colaborar con los equipos de rescate.

Así lo informó el expresidente Mauricio Macri, que es el titular de la institución. “La Fundación FIFA acompaña al pueblo venezolano en uno de los momentos más difíciles de su historia. Vamos a destinar 1 millón de dólares de nuestro fondo humanitario para apoyar a las comunidades afectadas por los terremotos y colaborar con las organizaciones que ya están trabajando en el terreno para brindar ayuda de emergencia”, expresó desde su cuenta de X.

En el mismo sentido, Macri añadió: “Sé que el fútbol tiene una capacidad única para unir a las personas, especialmente cuando más se necesita. Esa fuerza debe ponerse al servicio de quienes hoy atraviesan esta tragedia”.

“Mis pensamientos y todo mi cariño están con las familias afectadas, como el de Gianni (Infantino) y todos los que formamos parte de la FIFA. Seguiremos acompañando los esfuerzos para que la ayuda llegue lo antes posible”, finalizó el exmandatario.

La situación en Venezuela hoy

Los operativos de rescate en Venezuela sumaron este sábado 215 nuevos cuerpos rescatados, luego de lo que fue el trágico doble terremoto del 24 de junio. De esta manera, las víctimas fatales ascienden ya a 4333.

Así lo informó el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en conferencia de prensa. Se trata de una de las subidas más altas de fallecidos de las últimas dos semanas tras los terremotos.

Las labores de desescombro y recuperación de cadáveres prosiguen en La Guaira y se intensificaron en los últimos días. En tanto, la cifra de heridos se mantiene en 16.740, mientras que se ha atendido a 31.193 pacientes en hospitales y se ha dado de alta a más del 90%.

El número de personas sin vivienda en Venezuela es de 17.907 y las familias atendidas suman 86.794

El también hermano de la mandataria encargada, Delcy Rodríguez, aseguró que 18.437 personas se encuentran en un total de 94 campamentos transitorios.

Además, sigue subiendo el número de efectivos militares y de fuerzas de seguridad desplegados (31.837) y el de voluntarios registrados (30.197).

Según el balance oficial, ocurrieron 1.203 réplicas desde el 24 de junio -cuando se registraron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5- entre ellas una de baja intensidad este mismo sábado.

Fuente: TN

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“No llores, papá”: la historia del payador y su hija que emocionaron al país con una canción para la Selección

Hay canciones que nacen para acompañar un Mundial y otras que, casi sin proponérselo, terminan contando la historia de una familia. La que compusieron el payador santafesino Pedro Saubidet y su hija Paula, de ocho años, pertenece a esa segunda categoría. Porque detrás de la letra dedicada a la Selección hay una guitarra heredada, un abuelo que ya no está, lágrimas compartidas frente al televisor y una pasión futbolera que atravesó generaciones hasta encontrar una nueva voz.

En el video que se volvió viral, Pedro sostiene la guitarra y lleva el ritmo; a su lado, su hija canta con una seguridad que parece desmentir su edad. No hay escenario, luces ni una multitud delante de ellos.

Están en su casa cuando entonan una versión de Astros, la canción de Ciro y Los Persas, con una letra que resume un deseo compartido por millones: “Quiero volver a robarle un gol al ladrón, como el Diego y el Narigón, y que la cuarta estrella brille en el cielo de mi Nación”.

La canción rápidamente escapó del pequeño universo de seguidores que Pedro había construido como payador. Este sábado, mientras la Argentina se prepara para enfrentar a Suiza desde las 22 en Kansas City por los cuartos de final del Mundial, el tema vuelve a funcionar como una banda sonora para la espera.

El equipo de Lionel Scaloni llega a esa instancia después de vencer 3-2 a Egipto en un partido que se resolvió con sufrimiento y que dejó a Pedro y a Paula llorando juntos frente al televisor.

No llores, papá”, le decía la nena cuando terminó el encuentro. Sin embargo, ella también lloraba. Fue en ese clima, todavía con el corazón acelerado, cuando decidieron grabar la canción. “La estrella del video es ella, por su encanto, por la fuerza que le pone, por su garra y por su naturalidad”, contó Pedro en diálogo con TN.

En la casa de los Saubidet conviven los acordes, las camisetas y las identidades futboleras. Mercedes, la esposa de Pedro, es pampeana e hincha de Boca; él nació en Santa Fe, es fanático de Unión y se define como “muy futbolero”. Sus hijas Francisca, de 11 años, y Paula, de ocho, crecieron entre guitarreadas, reuniones familiares y chamamés.

“La música está presente en todo momento. A mis hijas les gusta mucho, siempre estamos cantando y guitarreando. Hay mucho chamamé por parte mía, pero también me voy adaptando a la música de ellas para poder acompañarlas”, contó Pedro.

El fútbol, en cambio, ingresó a la familia de la mano de Pedro y de su padre, don Pedro, fallecido el año pasado. Aunque era hincha de River y había llegado desde Buenos Aires, fue él quien comenzó a llevarlo a la cancha de Unión cuando era chico. Desde entonces, cada partido quedó unido a una imagen, una conversación o un viaje compartido. “Hoy que papá ya no está, el fútbol es mucho más que un deporte. Es un montón de recuerdos con él en la cancha”, dijo.

Esa pasión también alcanzó a la generación siguiente. Marcos Sanguinetti, sobrino de Pedro y nieto de don Pedro, se convirtió en periodista deportivo y actualmente se encuentra cubriendo el Mundial. “La figura de papá es fundamental para esta pasión. El que más la heredó fui yo y también mi sobrino Marcos. Siempre lo tenemos muy presente en cada partido”, señaló el payador.

Don Pedro no solo dejó el amor por el fútbol. También transmitió los versos, la guitarra, el canto criollo, la vida de campo y una manera de entender a la familia. Junto con doña María, su esposa, criaron a seis hijos: Rosario, Sole, Cruz, Constancia, Pedro y Maruca. “Fue un tipo extraordinario, un hombre íntegro y un gran ejemplo para nosotros. Le debemos a él y a mamá esta familia tan linda que nos dejaron”, recordó.

La canción viral, entonces, no nació solamente del entusiasmo mundialista. También lleva algo de esa herencia.

La frase sobre “robarle un gol al ladrón” recupera la histórica rivalidad con Inglaterra, la Mano de Dios de Diego Maradona y la figura de Carlos Bilardo, el “Narigón”, en México 1986.

Pedro también encontró inspiración en un cuento de Eduardo Sacheri que reflexiona sobre aquel gol y sobre la dimensión emocional que adquirió para los argentinos. “Estamos hablando de una trampa, pero tiene un trasfondo tan profundo lo de Inglaterra que creo que nos pega un poco a todos. Sería muy emocionante reeditar aquella epopeya de Diego. Es una ilusión que tenemos”, sostuvo.

Para Pedro, la identificación con la Selección actual no se limita a los resultados. Encuentra en Scaloni, nacido en el sur santafesino, la cercanía de un hombre de pueblo y reconoce en el cuerpo técnico un perfil que después se refleja en los futbolistas. “Scaloni podría ser el amigo de cualquiera de nosotros. Es muy humano, familiero, humilde, pero aguerrido. Eso se transmite a los jugadores”, afirmó.

Esa forma de representar al país es también lo que quiere transmitirles a sus hijas. “Creo que son un ejemplo que nos hace muy bien como sociedad. A los chicos los vuelve locos la Selección y tienen referentes que realmente son positivos. Sobran cosas para admirar de este grupo, que nos representa tan bien a los argentinos”, dijo.

Mientras la Scaloneta busca este sábado un lugar entre los cuatro mejores del Mundial, Pedro se permite imaginar otra escena. Ya no sería en el living de su casa ni frente a la cámara de un teléfono, sino alrededor de una mesa, con los jugadores, sus familias, sus propias hijas y una guitarra. “Me encantaría cantarla en un asado para todos los muchachos, con sus hijos y con mis hijas. Todos soñamos con estar en esa mesa junto a nuestros ídolos”, confesó.

También le gustaría improvisar un verso para cada integrante del plantel y llevar hasta ellos el oficio que aprendió de su padre y que hoy le permite vivir durante todo el año. Tal vez entonces Paula vuelva a mirarlo de reojo cuando se le quiebre la voz. Tal vez vuelva a decirle que no llore, aunque ella también tenga los ojos llenos de lágrimas.

Fuente: TN

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