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“Hoy entiendo a mi papá”: la joven que nació en una familia de barrenderos y viaja cuatro horas diarias para limpiar las calles porteñas
Mayra Castillo acomoda su uniforme, se ajusta los guantes y se prepara para empezar el día. Es viernes y le asignaron algunas calles del barrio de Belgrano. Acaba de llegar a la base desde donde saldrá a recorrer la ciudad. El viaje desde su casa, en Rafael Castillo, partido de La Matanza, le llevó casi dos horas. Ya está acostumbrada: el trayecto largo es parte de su rutina, como también lo es el gusto por lo que hace.
“Es un trabajo cansador. Ahora entiendo a mi papá”, dice, mientras sonríe. Carlos es barrendero y Victoria, su mamá, también. Se crio entre escobas y bolsas negras, en una familia que aprendió a valorar el esfuerzo detrás de cada vereda limpia. Aunque el trabajo es exigente, Mayra lo asume con compromiso y alegría.
Hace unos días vivió una experiencia distinta: le tocó limpiar la zona del estadio Monumental el día que la Selección argentina empató en un gol con su par de Colombia. Fue su primer operativo en un evento masivo. “Había muchísimas botellas plásticas tiradas, latas de cerveza, de gaseosa... no lo podía creer”, recuerda sobre la jornada que coincidió con el resultado que dejó tambaleando a Colombia para su ingreso al próximo Mundial.
El 14 de junio se conmemora en Argentina el Día Nacional del Barrendero y la Barrendera. En la Ciudad de Buenos Aires, más de 2.500 trabajadores y trabajadoras salen cada día a barrer, levantar residuos y dejar las calles en condiciones. “Barremos y levantamos todo lo que encontramos. Lo dejamos en el carro, lo embolsamos y después lo tiramos en los contenedores”, explica Mayra, con la naturalidad de quien sabe que su tarea, aunque muchas veces pase inadvertida, es esencial para que la ciudad funcione.
Herencia familiar
Todos los días, Mayra se levanta temprano para atender las necesidades de su hija de tres años, deja todo organizado en casa y emprende el camino al trabajo, un viaje que demanda tres colectivos. El primero es el 242, que toma en Rafael Castillo, en La Matanza, y la lleva hasta Liniers. Allí la espera su madre, con quien comparte el resto del trayecto: suben al 117 rumbo a Puente Saavedra y luego al 59, que las deja cerca de la base operativa de Higiene Urbana, en Belgrano. Desde ese punto, Mayra parte hacia su ruta asignada, que puede incluir calles de Belgrano, Núñez o, en ocasiones, Recoleta. Ya se acostumbró al ritmo, al trayecto extenso y a la rutina diaria. Dice que le gusta lo que hace.
Hasta diciembre de 2024, su vida laboral transcurría como emprendedora: vendía ropa en su barrio y se las ingeniaba para cuidar a su hija al mismo tiempo. Pero cuando se abrió una vacante en Cliba —la empresa de limpieza donde trabaja su madre, Victoria, desde hace 15 años— no lo dudó. También su padre, Carlos, es barrendero: lleva tres décadas en el oficio y trabaja en la zona de Caballito. “Mi familia viene de barrenderos”, dice Mayra, con una mezcla de orgullo y naturalidad.
Ese encuentro con su madre, justo antes de iniciar la jornada, se volvió parte de una rutina compartida que valora especialmente. “Cuando era chica, a mi papá lo veía poco. Hacía turno tarde, volvía cansado, comía algo y se iba a dormir. No hablaba mucho del trabajo, pero en mi infancia no entendía por qué pasaba eso. Hoy, vivo en carne propia esa experiencia”, admite, con la voz cargada de emoción.
A los 27 años, Mayra combina su rol de trabajadora con el de madre de Jana, su hija de tres. “Antes de entrar a Higiene Urbana, vendía ropa y me las rebuscaba con pequeños emprendimientos que me permitían estar más tiempo en casa”, cuenta. Hoy, el desafío es organizarse para que su pareja —también empleado en el sector de limpieza— se haga cargo de la nena mientras ella cumple su turno por la tarde.
Hace apenas unos días, vivió su primer operativo en un evento masivo: el partido entre la selección argentina y Colombia en el estadio Monumental, cuyo empate dejó a los colombianos con las ganas de cerrar su pasaje directo al próximo Mundial. “Cuando se trata de estos operativos, se barre toda la calle de punta a punta”, explica sobre ese tipo de jornadas agitadas, en las que la multitud deja un rastro de botellas, papeles y basura por todas partes. Aquella noche trabajó desde las 4 de la tarde hasta las 10 de la noche, recorriendo veredas, cordones y calzadas con su escoba, pala y carrito.
En otoño, con las veredas cubiertas de hojas secas y las lluvias que arrastran todo hacia los sumideros, el trabajo se vuelve aún más exigente. Hay días en que no alcanza el tiempo para completar las cuadras asignadas. “Algunos vecinos se quejan porque no ven al barrendero, pero no siempre se llega a todas las calles”, explica. Aun así, valora los gestos de quienes la saludan y le agradecen. Son pequeñas muestras de reconocimiento que hacen la diferencia en una tarea que muchas veces pasa desapercibida.
En ese sentido, pide: “Es importante que los vecinos estacionen a 20 centímetros del cordón, para poder limpiar, y saquen la basura entre las 19:00 y las 21:00, eso nos ayudan mucho. Y también que metan la basura dentro del contenedor. No al costado”.
Aunque lleva pocos meses en el oficio, Mayra se adaptó rápido. Dice que la zona le gusta, que la rutina no la pesa tanto. Pero lo más fuerte, lo más simbólico, es ese lazo que la une con sus padres, ese linaje de trabajo silencioso que mantiene la ciudad limpia mientras los demás duermen, miran al piso o simplemente no se dan cuenta.
El Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana tiene a su cargo la limpieza de las calles porteñas. De lunes a sábado, más de 24 mil cuadras son barridas en las 15 comunas de la ciudad. Todas reciben al menos una pasada diaria, aunque en zonas de alto tránsito —como centros turísticos, de transbordo o corredores gastronómicos— puede haber barrido doble o nocturno.
Durante el otoño y el invierno, épocas de vientos fuertes o ante alertas meteorológicas, el servicio se refuerza con personal adicional. La caída de hojas puede obstruir los desagües, por lo que se intensifican los operativos para garantizar el correcto funcionamiento de los sumideros y prevenir anegamientos.
Una labor esencial que aún busca su reconocimiento
El reconocimiento de esta fecha fue fruto de una construcción colectiva, impulsada por la CGT y organizaciones del sector, que durante años exigieron el reconocimiento de una tarea esencial pero invisibilizada.
La pandemia de COVID-19 expuso con crudeza el rol que cumplen estos trabajadores: mientras gran parte de la población permanecía en sus casas, ellos seguían en las calles, con recursos limitados y altos niveles de exposición al virus, asegurando la higiene en un momento crítico para la salud pública.
Cuando hay recitales, partidos de fútbol o eventos multitudinarios, la Ciudad de Buenos Aires despliega operativos especiales de limpieza en la vía pública. “Cuando hay recitales, partidos o eventos multitudinarios, como los que se organizan en grandes estadios, la Ciudad despliega operativos especiales de limpieza en vía pública. En el caso de un partido fútbol, la intervención se organiza en tres fases: antes, se realiza un repaso general de limpieza en los alrededores del estadio, con recolección de basura, residuos voluminosos y escombros, y el vaciado de contenedores. Durante: además del barrido, se colabora con el operativo de seguridad, y se ponen contenedores de basura a disposición si es necesario, por ejemplo para los residuos que producen los puestos de comida ambulante o food trucks. Al terminar, se refuerza la limpieza con barrido manual, lavado e higienización de contenedores para dejar la zona en óptimas condiciones, tal como se encontraba antes del evento”, detallan desde el Ministerio de Espacio Público e Higiene Urbana de la ciudad de Buenos Aires.
Fuera de los operativos especiales, el mantenimiento diario de la limpieza también requiere del compromiso de los vecinos. Desde la forma en que se estacionan los autos hasta el modo en que se deposita la basura influye directamente en el trabajo de los trabajadores de higiene. “Una distancia adecuada del cordón y de los contenedores facilita la tarea”, aseguran. También es importante “que los frentistas barran sus veredas, que las hojas secas no queden sueltas en la calle y que la basura se coloque dentro de los contenedores”. En los edificios, los encargados deben realizar el lavado y barrido en el horario estipulado, entre las 22:00 y las 9:00 horas.
Fuente: Infobae
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Irina Werning, la fotoperiodista que se dedica a documentar la realidad dondequiera que esté
Irina Werning nació en Buenos Aires y estudió en la Universidad de San Andrés; se licenció en Economía, obtuvo un máster en Historia y luego se fue de viaje como mochilera. Anduvo en India, se quedó un tiempo en Israel, pasó de lugar en lugar y por fin aterrizó en Europa.
No tenía claro qué quería hacer hasta que leyó en una revista un reportaje a Colin Jacobson, un legendario editor que describió la vida de un fotoperiodista: alguien que sale por el mundo a la caza de historias, documentando la realidad.
Eso decidió su vocación. Werning comenzó a estudiar Fotoperiodismo en la Universidad de Westminster, en Londres; tenía 30 años y nunca antes había tenido una cámara en las manos. Sus compañeros no hacían otra cosa desde la infancia. No es una tarea fácil, afirmó: hay que salir a la calle, probar, cometer errores y aprender. Por fin se graduó con un máster en la carrera y comenzó a trabajar.
Su mirada peculiar, la curiosidad por las tradiciones de las diferentes culturas, el interés por las costumbres y creencias de lugares remotos colocaron a Irina Werning en un lugar destacado del mundo de la fotografía. Comenzó a obtener becas y reconocimientos: la revista Time declaró que era una de los nueve fotógrafos argentinos a quienes era preciso seguir, y su libro Back to the Future (Regreso al futuro) fue declarado en 2014 uno de los mejores libros de fotografía. Obtuvo una beca de la National Geographic y en 2021 la de Pulitzer. Hubo más premios y subsidios, muchos más.
El proyecto Back to the Future es una colección de fotografías en las que Irina Werning propone a una serie de personas o grupos de personas reproducir en la edad adulta una fotografía de su infancia. Los sujetos invitados aceptaron con gusto y el resultado es asombroso y divertido, casi milagroso.
Werning buscó y encontró en cierta zona de América Latina una comunidad que venera la cabellera de las mujeres: nunca se cortan el pelo porque entienden que cortar el pelo es como cortar una parte de su alma. Es una tradición de orgullo generacional que afirma su vínculo con la tierra a la que pertenecen. Las cabelleras son formidables.
Hay una colección de conmovedora belleza en las pequeñas escuelas enclavadas en los Andes, donde las ventanas de las modestas aulas se apoyan en la base de la cordillera. Y resulta irresistible el Proyecto Chin, su perro crestado chino, para quien armó infinitas situaciones: en la playa, en la cárcel, en un auto convertible, como músico, cocinero, astronauta, constructor y arquero de fútbol. Irresistible.
Fuente: TN
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Tiene 21 años, fue admitido en “la universidad de los astronautas” y necesita ayuda para cumplir su sueño
En una casa de Bahía Blanca, mientras sus padres trabajaban afuera durante horas, un chico se quedaba solo y pasaba parte de ese tiempo frente a una computadora investigando sobre el espacio. Ahí empezó a tomar forma una meta que todavía sostiene: ser astronauta.
Ese chico, Tomás Agustín Lopreite, hoy tiene 21 años, estudia en la Universidad Nacional de La Plata y está ante el paso más importante de su vida: fue admitido en Embry-Riddle, una de las universidades aeronáuticas más reconocidas de Estados Unidos, donde obtuvo una beca parcial para cursar ingeniería aeroespacial.
La institución, con sede en el estado de Florida, que tiene entre sus egresados a astronautas en actividad, le otorgó el beneficio más alto disponible para estudiantes extranjeros.
“Postulé en diciembre del 2025 y saqué 1360 de 1600 puntos. Rendí un examen de proficiencia de inglés, entregué dos cartas de recomendación de profesores y finalmente, envié un ensayo sobre por qué quería ir a la universidad, ambiciones y camino académico”, explicó Tomás a TN Tecno. “Al no ser ciudadano estadounidense, no puedo aspirar a beca completa. En mi caso, al ser admitido, me dijeron que podían darme entre 3000 a 17.000 dólares anuales, pero recibí mucho más”, contó.
La administración de Embry-Riddle le otorgó 23.500 dólares anuales durante los cuatro años de carrera. Pero no alcanza. Para empezar a cursar en agosto, Tomás necesita completar el resto (otros 25.000 dólares por año) más los gastos de alojamiento y comida. Y el tiempo corre.
Tomás creció en el Barrio Noroeste de la ciudad del sur de la Provincia, en una casa alquilada donde el techo se filtraba cuando llovía y las paredes acumulaban humedad. Su padre no terminó el secundario y durante más de 30 años trabajó como canillita, repartiendo diarios y haciendo changas. Su madre finalizó la escuela, pero nunca pudo acceder a la universidad; durante muchos años limpió casas en jornadas que a veces superaban las 12 horas diarias. Cuando no había dinero para pagarle a una niñera, Tomás se quedaba solo. A los 6 años ya sabía barrer, lavar los platos, tender su cama y calentar su propia comida. “Trataba de darle el menor trabajo posible a mis padres”, recordó Tomás, que es hijo único.
En esa soledad, la computadora familiar se convirtió en su ventana al mundo. Buscaba lanzamientos de cohetes, imágenes del cosmos, información sobre misiones espaciales. También jugaba horas interminables al Kerbal Space Program, un simulador donde se construyen cohetes, se diseñan satélites y se lanzan naves. “Tenía una PC con la cual investigué y aprendí muchas cosas sobre el espacio que terminaron encendiendo la llama de curiosidad por ese tema. Igual, yo ya venía con un interés que no sé de dónde salió. Pero en ese tiempo, ese interés se transformó en pasión”.
La primaria tampoco fue fácil. Repitió primer grado cuando se descubrió que no veía el pizarrón: tenía miopía y astigmatismo severos, -4 en cada ojo. Tuvo además dificultades en el habla que con el tiempo logró trabajar, pero que en esos años lo exponían ante sus compañeros. Fue blanco de burlas. Le costaba socializar. “Eso me hizo mucho más tímido. No me adaptaba”, confesó. Y cuando alguien le preguntaba qué quería ser de grande y él respondía astronauta, la respuesta era siempre la misma: que fuera realista, que pensara en otra cosa. “Eso me bajaba mucho la moral”, recuerda. Igual no cambió de idea.
El punto de inflexión llegó en cuarto año del secundario, cuando pasó a la Escuela Técnica N°2 “Ingeniero César Cipolletti” de Bahía Blanca, con orientación aeronáutica. Antes cursaba en un bachillerato que no lo motivaba. “Era un alumno mediocre”, reconoció. Cuando llegó a la técnica, todo cambió. Los profesores eran ingenieros, arquitectos, profesionales que venían directamente del mundo aeronáutico. Los problemas para relacionarse con sus compañeros desaparecieron. Y el rendimiento académico se disparó. “El cambio fue de 720 grados. Di dos vueltas completas sobre mí mismo”, bromeó.
Lo que construyó desde entonces es para aplaudir de pie. Participó dos años consecutivos en las Olimpiadas Matemáticas Argentinas y llegó a instancias provinciales. Alcanzó la final de los Juegos Bonaerenses en ajedrez. Dio una charla en el Planetario de la Universidad Nacional del Sur sobre el cosmos y el sistema solar. Fue presidente del Centro de Estudiantes durante dos períodos consecutivos y participó en la mesa bonaerense de educación técnica junto al Ministerio de Educación. Con su curso, diseñó y construyó un simulador de vuelo para trasladar la enseñanza del plano teórico al práctico. Y ganó las Olimpiadas Aeronáuticas con medalla de oro, una competencia en la que participan escuelas técnicas de todo el país. Egresó con promedio de 9,87 y el título de técnico aeronáutico.
Tomás no habla del espacio desde la emoción desbordada del fanático, sino desde la convicción metódica del que lleva años estudiando cómo llegar. “A todo el mundo le encantan los astronautas y las naves espaciales. Pero ¿a quién le gusta diseñarlas o construirlas? Ser astronauta no es solo ir al espacio, también es colaborar desde la Tierra. Es todo un proceso que hay que recorrer, y yo quiero hacerlo desde el principio”, afirmó a TN Tecno. Lo que le interesa en concreto es la construcción, el diseño, la planificación y el mantenimiento de vehículos espaciales: cohetes, satélites, sondas.
En busca de esa meta, se mudó a La Plata para cursar ingeniería aeroespacial en la UNLP, donde hoy transita su segundo año, vive en una habitación con un amigo y, para costear sus gastos, da clases particulares de matemática y cuenta con el apoyo de Bis Blick, una organización que acompaña a jóvenes con alto potencial para que sean los primeros profesionales de su familia. Valora profundamente lo que la educación pública le dio: “La UNLP es excelente en muchos ámbitos, y puedo afirmarlo porque curso en ella actualmente”. Pero en paralelo a esa cursada, apuntó más lejos.
El año pasado aplicó a Embry-Riddle y a principios de 2026 llegó la respuesta: admitido, con la beca más alta disponible para extranjeros. Fue el reconocimiento más grande de su vida. Y también el inicio de una nueva carrera contra el reloj.
Los 23.500 dólares anuales que le otorgó Embry-Riddle son una cifra importante, pero dejan un hueco enorme. Para comenzar a cursar en agosto, Tomás necesita otros 35.000 dólares por año: 25.000 para completar la matrícula, y unos 10.000 para alojamiento, comida y materiales de estudio. Así, lanzó una colecta (se lo puede contactar en Instagram @tomas_lopreite), que ya acumula 6.200.000 pesos, para afrontar los primeros gastos concretos: pasaje, pasaporte, visa, chequeos médicos. Además, está en negociaciones con la universidad para ver la posibilidad de trabajar mientras estudia y aliviar parte de esos costos.
Lo que busca en Embry-Riddle es específico y lo puede enumerar sin dudar. “Tiene proyectos y profesores con experiencia directa en la industria, trabajando de la mano con la NASA, la FAA, Lockheed Martin y Boeing, además de laboratorios avanzados”, describió. “Espero tener contacto directo con la industria de la cohetería, en diseño y mantenimiento, además de prácticas físicas con aviones y laboratorios. Lo que puedo traer al país son contactos, conocimiento específico del sector y experiencia real en el mundo aeroespacial que, sin lugar a duda, enriquecerían a la Argentina”, agregó.
El problema es que, si Tomás no consigue el dinero que le falta, la beca se pierde. En ese año, el plan B es seguir en la UNLP y volver a postular el año que viene, aunque el nuevo monto podría ser menor. No lo dice con resignación, pero sí con urgencia. “Quiero iniciar una startup, quiero que Argentina vuelva a tener lanzadores. Este país está lleno de profesionales que terminan yéndose porque la industria está muy debilitada. Hay que ponerle empeño, porque las cosas no salen solas”, aseguró.
Y finalizó con una sencillez que contrasta con la enormidad de todo su recorrido, agrega lo que tal vez resume mejor que nada su historia: “Este país lo dio todo por mí. Quiero seguir haciendo que mis viejos estén orgullosos de mí”.
El mismo chico que se quedaba solo en casa mirando cohetes en una pantalla e imaginaba viajar al espacio, está a solo un paso de comenzar su sueño. Solo falta el empujón que lo ayude a despegar.
Fuente: TN
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Según un estudio privado, la mitad de los argentinos no llega a fin de mes y el 40% busca un segundo empleo
La situación económica de muchos hogares argentinos se complicó en los últimos meses. Según un relevamiento de la consultora Delfos, apenas 17% de la población logra cubrir sus gastos y ahorrar, mientras que cuatro de cada diez trabajadores ya está buscando un segundo empleo porque el sueldo actual no alcanza.
El informe muestra que el 52% de los argentinos asegura que no llega a fin de mes. Es el valor más alto registrado por la consultora y confirma una tendencia que viene en alza desde principios de año.
Otro 31% dijo que le alcanza “con lo justo”, lo que amplía el universo de personas con serias dificultades para cubrir sus necesidades básicas. “Si sumamos a los que llegan con lo justo, el porcentaje de argentinos en situación de vulnerabilidad económica asciende al 83%”, indicó la consultora en X.
Así, solo una minoría (17%) logra ahorrar o tener un margen para imprevistos. Si bien este segmento creció cinco puntos respecto a meses anteriores y se acercó al promedio histórico, sigue siendo muy reducido frente al resto de la población.
“Los datos exponen un deterioro progresivo del poder adquisitivo de las mayorías argentinas, que conlleva una dependencia creciente de redes de contención para sobrevivir, ya sean familiares, sociales o estatales”, advirtió el estudio.
La serie mensual muestra que, tras una baja puntual a comienzos de 2026, cuando llegó a 35%, el porcentaje de quienes no llegan a fin de mes volvió a subir para marcar 40% en febrero, 49% en marzo y 52% en abril. Al mismo tiempo, el porcentaje de quienes llegan con lo justo bajó, y el grupo con capacidad de ahorro se mantuvo en niveles bajos.
Mas de 40% de los argentinos buscan un segundo empleo
La misma consultora publicó otro informe relacionado con esta situación, en el que advirtió que 43% de los argentinos está buscando un segundo trabajo porque necesita sumar ingresos. El hallazgo supera a los últimos datos del INDEC, que indicaban que al cuarto trimestre del año pasado, había un 16,5% de ocupados demandantes de empleo.
“Este diagnóstico expone que los problemas laborales de los argentinos no pasan únicamente por el acceso al empleo, sino por la incapacidad de cubrir sus necesidades básicas”, indicó la consultora.
En contraste, solo el 20% de los consultados afirmó que no necesita un trabajo adicional. El resto se reparte entre quienes no participan del mercado laboral o están enfocados en otras actividades.
Con respecto a la ubicación geográfica de aquellas personas que demandan un segundo trabajo, Delfos mostró que 20% viven en Buenos Aires; 19% en el noreste; y 17% en el nororeste.
La búsqueda de un segundo empleo atraviesa distintos perfiles. Entre quienes buscan ingresos extra se destacan trabajadores independientes (28%) y empleados del sector privado (15%). Pero también llega a los jubilados, que representan un 14% de ese universo, lo que muestra la necesidad de complementar ingresos incluso después de la vida laboral activa.
Fuente: TN