Redes Sociales

Virales

El diario de un monstruo: el violador y asesino de niños que gozaba al escribir cómo torturaba a sus víctimas

Esta perturbadora historia ocurrió en Estados Unidos hace 30 años. Desde muy chico Westley Dodd había dado señales: violencia, agresiones, fantasías depravadas. Pero nadie escuchó las alertas hasta que fue irremediable: 3 niños fueron abusados y asesinados. La valentía de su cuarta víctima, que siguió el consejo de su madre, puso fin al horror. Su caso cambió la ley en el país

Los aberrantes hechos aquí relatados ocurrieron hace poco más de 30 años en el estado de Washington, Estados Unidos.

El primer escenario es un parque. Allí donde los niños juegan, andan en bicicleta, pasean con sus familias. En esa oportunidad ese bucólico paisaje lleno de risas y tranquilidad se convirtió en una peligrosa trampa donde un depredador sexual acechó y atrapó a sus pequeñas víctima para satisfacer sus depravados instintos.

Fue el primer lugar donde actuó el monstruo. Habría más.

El perturbador historial al que nadie prestó atención

Westley Allan Dodd nació en Toppenish, Washington, el 3 Julio de 1961. Fue el mayor de los tres hijos de Jim y Carol Dodd.

Cuando fue detenido culpó a sus padres de no haberle dado contención emocional y alegó haber presenciado iracundas peleas entre ellos. Por otra parte, reveló que en el colegio no era bienvenido en ningún grupo social. Era solitario, no tenía amigos.

A los 13, empezó con sus conductas inapropiadas. Cuando los chicos pasaban por la vereda, él se paraba desnudo en la ventana que estaba en las escaleras de su casa y se exhibía mientras se tapaba la cara con la cortina. Algunos lo denunciaron y sus propios padres fueron alertados, pero las autoridades no le dieron importancia al asunto. Era algo menor.

Jim Dodd, su padre, en una entrevista años después de los horrendos hechos, con el diario The Oregonian, dijo que él se daba cuenta del extraño comportamiento de su hijo, pero que lo dejó pasar porque, después de todo, Westley Allan Dodd, era muy buen alumno y “no tenía problemas con las drogas, el alcohol o el cigarrillo”.

El joven Dodd cambió su estrategia: para no llamar la atención desde las ventanas de su casa, empezó a desnudarse por las calles. Salía con su bicicleta, buscaba chicos de unos 10 años, les hablaba o gritaba y, cuando le prestaban atención, él les mostraba sus partes íntimas.

Cuando entró en la secundaria y sus padres se divorciaron, Dodd ya experimentaba más y más deseos perversos. El mismo año en que se separaron, fue arrestado por exposición indecente, pero fue inmediatamente liberado con el consejo de que fuera supervisado por asesores juveniles. Por supuesto, no lo hicieron. El 3 de julio de 1976, el mismo día que cumplía 15 años, su padre intentó suicidarse luego de una pelea con su pareja.

Fue poco tiempo después que Dodd se animó y fue por más: concretó sus primeros abusos físicos. Agredió sexualmente a sus pequeños primos de 6 y 8 años. Se consumó como pedófilo y lo largo de su vida traicionaría a todos los niños que tuvo cerca. Avanzó sobre los hijos de una vecina, que él se había ofrecido cuidar, y también sobre los hijos de una mujer que había salido con su padre. La vecina se negó a presentar cargos pensando que iba a ser demasiado traumático para sus pequeños.

Dodd daba rienda suelta a sus bajos impulsos sin el menor remordimiento. Se describió a sí mismo como un ser aislado socialmente. Las chicas lo intimidaban. Mientras otros empezaban a salir con mujeres, él se quedaba en casa pensando alternativas para violar niños.

Se graduó del secundario en 1979 y con 18 años ya estaba desesperado por conseguir nuevas víctimas.

En agosto de 1981, con 20 años, intentó secuestrar a dos pequeñas niñas que lo denunciaron a la policía. No ocurrió nada con esa denuncia. Dos meses después, se alistó a la US Navy y fue enviado a la base de submarinos de Bangor. Allí siguió sumando acosos sexuales a su todavía ignoto prontuario: 14 casos más. Llegó a ofrecerles 50 dólares a unos chicos para convencerlos de que lo acompañaran a un motel a “jugar”. Fue denunciado y arrestado. Pero, a pesar de que confesó sus “pretensiones sexuales”, fue liberado nuevamente y no se dejaron asentados los antecedentes.

Poco después volvió a caer. Esta vez sí fue despedido de la fuerza y pasó 19 días detenido.

En mayo de 1984, fue otra vez encarcelado brevemente por molestar a un pequeño de 10.

Parecía que nadie quería ver lo obvio: Dodd se pasaba la vida planeando la mejor manera de acercarse a niños pequeños. Se mudó a un complejo de departamentos en un barrio de familias con hijos; trabajó en restaurantes de comidas rápidas frecuentado por jóvenes y se anotó como consejero para campamentos infantiles... Sus estratagemas eran variadas y exitosas. Generaba juegos divertidos donde lo que buscaba era que los chicos terminaran desnudándose. Explotaba la inocencia y los manipulaba con su simpatía. Era un pervertido al que los adultos no detectaban y al que las autoridades no tomaban con la seriedad debida.

Bajo la mirada del monstruo

En 1986, con 25 años, se mudó a Seattle. Se sentía invencible porque ya había atacado con éxito al menos a 30 niños. Quería más. Lo escribiría así: “Había decidido que usaría la fuerza y que no aceptaría nunca un no por respuesta”. Eligió los más vulnerables, incluido el hijo de un compañero de habitación que tenía sólo dos años, era parcialmente sordo y no hablaba. El pequeño se resistió con todas sus fuerzas, pero él le ató las manos con el cinturón de una bata de baño. "La idea de usar la fuerza me excitaba”, reconoció a los peritos psicólogos.

A medida que pasaba el tiempo sus fantasías viraron a una mayor oscuridad. Tenía deseos de matar a sus víctimas. “Cuanto más lo pensaba más me excitaba la idea de matar. Planeé muchas maneras de matar a un chico. Pensaba también en la tortura, la castración e, incluso, en el canibalismo”.

A estas alturas era un sádico sexual, que se sentía estimulado por tener el control del sufrimiento y la muerte, que se encaminaba a convertirse en un temible asesino.

Las personas mayores, que podrían haber anticipado estas mutaciones, veían solo la máscara: un joven menudo, buen estudiante, simpático, consejero de campamentos, que se había alistado en el ejército, que no mataba ni una mosca.

En 1987, Dodd eligió el primer niño para asesinar. Tenía 8 años y lo había conocido en una obra en construcción, donde él trabajaba como custodio de seguridad. Un día le propuso que lo ayudara a buscar a otro niño que estaba perdido. Lo que en realidad pretendía Dodd era llevarlo a un lugar desolado para violarlo y matarlo. Pero el pequeño era demasiado inteligente y desconfió de este amigo nuevo. Le mintió y le dijo que iría a su casa para buscar unos juguetes así podrían llevárselos a ese niño perdido, pero cuando llegó a su hogar le contó todo asustadísimo a su madre, quien llamó a la policía.

Los investigadores observaron su pasado de abusador sexual y recomendaron ponerlo, al menos, cinco años tras las rejas. Pero como no había tocado al menor, solo recibió un leve castigo. Fue puesto en probation, le pidieron evaluaciones psiquiátricas y le mandaron tratamiento. Terminada la probation, Dodd abandonó dicho tratamiento, pero sus fantasías de crimen y violencia sexual seguían ahí, creciendo. En su mente depravada se estaba gestando lo peor.

Los pobres hermanos Neer

En 1989, unos meses antes de que Dodd comenzara su trayectoria asesina, se mudó con una antigua novia con un hijo -que decía era de él- a un hotel. La convivencia duró solo cinco días. Ella se fue con el hijo y Dodd se mudó a la ciudad de Vancouver, en el estado de Washington. No se supo nunca el motivo por el que terminaron la relación.

Ansioso por llevar a cabo sus planes siniestros recorrió a conciencia el enorme parque David Douglas en Vancouver: los senderos de tierra, las zonas inaccesibles y muy arboladas, los rincones desolados. Era el lugar que estaba buscando y quedaba solo a un kilómetro y medio de su departamento. En su diario escribió: “Era un buen lugar para violar, matar, secuestrar… era un buen coto de caza”.

En el mes de septiembre Dodd trabajaba como empleado en la compañía Pac Paper. Sus compañeros de trabajo contaron, tiempo después, que Dodd era "odd "(significa extraño en inglés): se paraba en una esquina, cerca del trabajo durante largo rato para mirar a los chicos pequeños que pasaban. También dijeron que él les había relatado que estaba divorciado y que sufría depresión porque su hijo acababa de fallecer por muerte súbita en su cuna. No sospecharon nada sobre sus inclinaciones turbias y todos pensaron que, si él hubiera querido, podría haber ascendido en la compañía. Solo que Dodd no estaba para nada interesado en el progreso laboral. Su vocación era otra e inconfesable.

La tarde del 4 de septiembre fue una vez más al Parque David Douglas. Llevaba un cuchillo de pesca con una hoja de más de 15 cm y largos cordones de zapatos. Su idea fija era encontrar algún chico para concretar su fantasía más violenta.

Cole y William “Billy” Neer (de 11 y 10 años respectivamente) pedaleaban sus bicicletas de vuelta a su casa. Estaban llegando tarde a comer así que acortaron por el medio del parque. Habían pasado la tarde devolviendo las pelotas de golf a los jugadores que se salían de los links, ganando de esa forma un poco de dinero como recompensa. En su camino fueron detenidos por un hombre joven que les pidió amablemente que se bajaran de las bicicletas y fueran con él. Billy le preguntó por qué tenían que ir con él. Dodd respondió seco: “Porque yo te lo digo” y controló la situación.

Los hizo esconder las bicicletas entre los arbustos y salirse del camino. Los llevó a un sitio arbolado y aislado donde los hizo ponerse espalda con espalda. Les ató fuertemente las manos con los cordones. Les exigió que uno de ellos debía bajarse los pantalones. Los chicos estaban aterrados y muy confundidos. Cole preguntó si dolería... Dodd le aseguró que no. Cole, entonces, protegiendo a su hermano menor, se bajó primero el pantalón. Le siguió preguntando: “¿Por qué nos hacés esto?”. Dodd les prometió que después los dejaría libres.

Cuando comenzó a molestar sexualmente a Billy, el pequeño comenzó a llorar fuerte. Los obligó entonces a arrodillarse, sacó su cuchillo y cortó los cordones que los mantenían juntos. Billy chillaba que quería irse a su casa. Le ordenó sentarse y quedarse quieto, mientras volvió a atacar a Cole. El llanto de los chicos aumentaba su placer…. Se acercó a Billy con el cuchillo en la mano y le dijo: "Solo hay una cosa más”, y lo apuñaló en el estómago. Como Cole quiso escapar, Dodd se volvió hacia él. Mientras, Billy herido, pudo salir corriendo hacia una calle transitada. Iba en pánico absoluto. Dodd apuñaló varias veces a Cole hasta que paró de moverse. Luego salió corriendo tras Billy y lo alcanzó antes de que llegara a la ruta. Le dio dos cuchillazos más. Volvió para chequear si Cole había muerto y guardó los cordones para no dejar evidencia.

Se fue del parque con sus manos llenas de sangre escondidas en sus bolsillos.

Billy fue hallado enseguida. Primero pensaron que había sido atropellado por un auto, pero los médicos que lo revisaron rápidamente se dieron cuenta de que era algo mucho peor. De todas formas, Billy no vivió para contarlo.

Mientras, Clair Neer, el padre de los chicos, había llamado dos veces a la policía para reportar que no habían vuelto a casa y los buscaba preocupado por el vecindario. Los investigadores volvieron al parque para revisarlo bien. A las 2 de la madrugada hallaron a Cole, también brutalmente asesinado.

Al día siguiente, las familias de la ciudad de Vancouver, se aterrorizaron: dos chicos violados y asesinados en el parque era demasiado. Se organizaron para controlar los espacios verdes y los chicos tenían instrucciones severas para no ir a lugares desolados ni hablar con desconocidos. Estaban atemorizados y en alerta.

Pero Dodd no estaba conforme con la duración de su acto perverso. El ataque había sido demasiado rápido. No había podido concretar todas sus deseos. Lo que sí sabía era que las violaciones y los secuestros habían empezado a aburrirlo. Ahora fantaseaba con cirugías experimentales y muerte. En sus infinitos escritos de su horrendo diario, que el jurado tendría la ocasión de leer con disgusto, había expresado: “Deseo comerme los genitales…”.

Su desquicio iba tan lejos que daba náuseas. La violencia y la omnipotencia que sentía había desbordado absolutamente todos los límites.

El 29 de octubre, poco más de un mes después de haber terminado con la vida de los Neer, Dodd volvería a atacar.

Lee Iseli, el niño que jugaba solo

El domingo 29 de octubre de 1989 el sol brillaba con fuerza. Dodd manejó, cruzó el río y llegó cerca de Portland, Oregon. Justin Iseli, de 9 años, y su pequeño hermano Lee Joseph Iseli de 4, de lacio pelo rubio y unos bellísimos ojos azules, le dijeron a su padre Robert que irían al parque del colegio Richmond a jugar con amigos. Robert pensó que estaba bien, ya habían ido antes un par de veces sin problemas. Aunque el vecindario era seguro les pidió que se quedaran juntos y que no hablaran con extraños.

Esa misma mañana Dodd había llegado manejando hasta el parque que rodeaba al colegio Richmond. Esperaba con paciencia una víctima. Había chicos mayores jugando fútbol. Pero su ojo vigilante apuntó a un pequeño que vio jugando solo, en la parte superior de una estructura de concreto que los chicos llamaban “el volcán”. Cuando después de un rato, el chico se deslizó hasta la base Dodd se acercó amistosamente: “¡Hola! ¿cómo estás?”, le dijo con una sonrisa.

Lee también sonrió y le dijo “Hola”.

"¿Te gustaría divertirte y ganar un poco de dinero?”, siguió Dodd. Lee dudó y miró a su alrededor antes de negar con su cabeza diciendo que NO.

Dodd insistió y le estiró la mano. Lee mecánicamente se la tomó. Dodd empezó a caminar con Lee hacia su auto. El pequeño intentó resistirse y le dijo: “No quiero ningún dinero”. Dodd percibió su miedo y le aseguró que todo estaba bien, que su padre lo había enviado a buscarlos. Lo sentó en el coche y arrancó. Lee muy despierto le señaló: “Yo vivo para el otro lado”. A lo que Dodd respondió: "Vamos primero a mi casa a jugar. Solo hacés lo que yo te digo y no te lastimaré. Pero tenés que quedarte quieto porque la mujer encargada de mi edificio no quiere a los niños pequeños”. Para ese entonces Lee ya estaba muy asustado.

Al mismo tiempo comenzaba en el parque la búsqueda desesperada del padre de Lee. Robert Iseli ya había llamado a la policía cuando Justin había vuelto llorando mientras decía que no había podido encontrar a Lee por ningún lado.

Dodd llegó a su casa sin que nadie lo viera con el menor. Una vez dentro, le pidió que se desvistiera y le sacó fotos. Luego lo ató a la cama con cuerdas y le siguió sacando fotografías. Le puso dibujos animados en la tele mientras él escribía minuciosamente los hechos del día en su macabro diario. Luego, llevó a Lee a un negocio K-Mart para comprarle un juguete. Allí, Lee tuvo la única oportunidad de torcer su destino cuando empezó a llorar desconsolado y un empleado del negocio se acercó a ellos preocupado. Dodd, se lo sacó de encima: le explicó que estaba todo bien, que era su sobrino que quería volver a su casa y que él lo estaba cuidando. Un rato después, fueron a un McDonalds y volvieron al departamento. Mientras Lee jugaba con su regalo, Dodd escribía con obsesión: "El no sospecha nada ahora. Esperaré para matarlo hasta la mañana”.

Dodd continuó con los abusos durante toda la noche con algunas pausas para seguir escribiendo. En esos escritos fantaseaba cómo iba a matarlo.

Muy temprano despertó a Lee diciéndole al oído: “Te voy a matar esta mañana”. Lee lloró asustado y le pidió que no lo hiciera. Dodd lo calmó, le dijo que era una broma. El pequeño se volvió a dormir y a las 5.30 de la mañana lo ahorcó. Lee luchó con fuerza, pero era una batalla demasiado desigual. Entonces, en vez de terminar su crimen, Dodd le hizo maniobras de resucitación que fueron exitosas. Pero al rato lo estranguló nuevamente con una soga y lo colgó en el closet lleno de ropa. Sacó más fotos y se fue a trabajar. No quería llegar tarde.

Cuando volvió a su casa, después de la jornada laboral, tomó su diario y escribió. Luego bajó el cuerpo, lo llevó al auto y manejó hasta una planta de papel, cerca del lago Vancouver, donde descartó el pequeño cadáver desnudo. Quemó la ropa de Lee en un barril y se guardó el calzoncillo como “souvenir”.

La mañana del 1 de noviembre de 1989, el día de todos los Santos, la ciudad de Vancouver sentiría un nuevo cimbronazo. Una persona que paseaba cerca del lago descubrió los restos de Lee. La búsqueda había terminado de la peor manera.

Un héroe llamado James

La cacería del asesino de niños en los parques se desató. Pero Dodd sabía mantener un perfil bajo: se quedaba en su departamento escribiendo sobre sus planes futuros para seguir matando.

El 11 de noviembre de 1989, Dodd encontró a su nueva víctima. Estaba en el New Liberty Theater, en Camas, en las afueras de Vancouver. Se sentó en la última fila de la sala en la que se proyectaba Querida, encogí a los niños. En la oscuridad, sus ojos escaneaban a los presentes. Vio a un pequeño que salía por el pasillo hacia el lobby. Iba solo. Dodd se levantó silenciosamente de su asiento y lo siguió al baño. Llegó a la puerta antes que el niño, y con una sonrisa abrió y lo dejó pasar. El chico era James Kirk II y tenía 6 años.

Los empleados en el lobby estaban relajados cuando el aire se destempló con aterradores gritos infantiles provenientes del baño de hombres. Se acercaron a la puerta y se toparon con Dodd que salía llevando sobre sus hombros al chico que chillaba. Dodd que era menudo, bastante joven, tenía pelo oscuro y un tupido bigote le decía al niño: “Calmate, calmate hijo”.

Pero el chico no se calmó nada y empezó a gritar más fuerte frente a los empleados: “¡Ayúdenme, ayúdenme!”. Salieron dubitativos tras ellos. Dodds había bajado a James al suelo y lo llevaba con firmeza de la muñeca, pero cuando llegó al auto tuvo que soltar un momento a James para buscar sus llaves. James aprovechó el brevísimo instante de libertad y salió disparado hacia los empleados del cine. No paró hasta que se agarró con fuerza de las piernas de uno de ellos y gritó con desesperación: “¡Ese hombre me iba a lastimar!”.

Tenía razón.

El novio de la madre de James, William Graves, que había escuchado gritos desde el interior de la sala, justo salía a ver qué estaba pasando y por qué James no volvía del baño. En un par de segundos se enteró de todo. Le dijeron que el secuestrador estaba en un Ford Pinto Station Wagon color mostaza. Salió enfurecido a buscarlo a pie por el barrio. Increíblemente, a menos de dos cuadras de allí, el Pinto estaba detenido. Se le había parado el motor y no arrancaba. Graves se acercó a su conductor, disimulando su ira, y le ofreció ayuda. Cuando Dodd la aceptó y relajó, Graves lo tomó del cuello por sorpresa y lo detuvo: “Te atrapé. Ahora vamos a esperar a la policía”, le dijo. Lo llevó de vuelta al teatro y entre todos lo ataron con un cinturón. Dodd miraba el piso sin decir una palabra.

Después de los trágicos casos de los hermanos Neer y Lee Iseli, la madre de James, asustada, le había enseñado a él y a sus hermanos qué debían hacer si algo les pasaba: debían gritar como locos, patear, morder y pelear con todas sus fuerzas. Eso hizo James. El consejo de su mamá le había salvado la vida.

La valiente actitud de James despertó la admiración de la policía: "Este chico es un verdadero héroe”. Gracias a él, el depredador sexual más horrendo había sido detenido.

Una confesión detallada

Al Dr. Ronald Turco el FBI le había pedido elaborar un perfil psicológico de cómo podía ser el asesino serial de niños. El profesional, en su análisis, sostuvo: que era posible que tuviera entre 25 y 35 años; que si se había alistado en alguna fuerza seguro que había sido expulsado; que era un ser solitario; que guardaría fotos de sus víctimas y un diario de los hechos; que consumiría pornografía infantil. No se equivocó en nada.

Westley Allan Dodd era todo eso. Además, era pequeño de tamaño y poseía voz de niño. Era amigable y no encajaba en el perfil violento característico que los chicos naturalmente temerían.

La policía local contactó a la de Portland que estaba investigando el crimen de Lee Iseli. Turco junto con el capitán C.W. Jensen y el sargento Trimble de la policía de Portland, fueron los que se ocuparon de interrogarlo.

En menos de cinco minutos, con la red de datos del FBI, las autoridades sabían que tenían entre sus manos el sospechoso de tres recientes crímenes en el área.

Si bien, al principio, Dodd negó su participación diciendo que él “amaba a los niños”, a medida que pasó la noche y la policía le recordó que trabajaba en una planta a menos de dos kilómetros de dónde había sido hallado Lee Iseli, empezó a confesar todo brutalmente, dando detalles pormenorizados. Mientras sus interrogadores se descomponían escuchándolo, él disfrutaba más y más. Dodd descubrió, en ese momento, que su confesión le daba la oportunidad de revivir sus crímenes y eso le otorgaba mucho placer.

Se declaró culpable. En el juicio, entonces, sólo se decidiría su castigo.

El equipo de investigación fue con una orden de allanamiento a su vivienda de Vancouver. En el pequeño, pero ordenado departamento, encontraron: sogas y cinturones para atar a sus víctimas; cuchillos X-Acto de alta precisión; cuerdas en la cabecera y piecera de su cama; cuatro libros para padres e hijos; una copia del Nuevo Testamento con las palabras “Satán vive”, garabateadas en sus páginas; una cama de tortura que todavía no había sido usada; la ropa interior de Lee Iseli y un portafolio lleno de fotos… En ese portafolio encontraron lo peor: las fotografías polaroid de los abusos y torturas a Lee Iseli.

Dodd no tenía pensado detenerse nunca.

Por suerte, James Kirk II le hizo caso a su madre y gritó enloquecido. Sino Dodd hubiese seguido su sangriento derrotero.

La historia de Dodd cambió la manera de proceder de las fuerzas de la ley y las conductas de las familias. Logró, además, que se endurecieran las leyes contra los abusadores de niños.

Dodd confesó haber cometido unos 250 delitos contra niños. Durante el juicio, los siniestros diarios del acusado -en los que aceptaba su culpabilidad y describía los hechos- fueron leídos por la fiscalía en voz alta. También se mostraron sus propias fotos. La defensa no llamó a ningún testigo, se dedicó a pretender probar que Dodd era legalmente insano.

Pero el fiscal, Roger Bennett, ironizó efectivamente frente al jurado: "Miren lo que al señor Dodd le gusta hacer en su tiempo libre”. Y pasó a detallar lo que nadie quería escuchar.

La fiscalía pidió la pena de muerte y el jurado, seis hombres y seis mujeres, estuvo absolutamente de acuerdo. Uno de esos jurados se desmayó en la sala mientras se leían las atrocidades cometidas por Dodd.

El panfleto de la bestia, películas y libros

Dodd se dio el gusto de escribir un panfleto para padres sobre cómo mantener a los chicos a salvo de pedófilos como él. La comunidad donde él atacó dijo que no necesitaban que Dodd fuera su portavoz en contra de la pedofilia, no querían ser manipulados por este pavoroso personaje.

Pero Dodd necesitaba hablar y llamar la atención. Dio decenas de entrevistas a diarios y revistas. Llegó también a los talk shows de TV como el de Sally Jesse Raphael y tuvo un especial en la CNN. Desde la cárcel llamaba desde su propio celular a las radios. Hablaba con cualquiera que quisiera escucharlo. Encontraba placer en su infame-fama.

Durante el juicio, el juez Robert Harris se agotó de tanto rebusque mediático y lo amenazó: si seguía así endurecería sus condiciones de encarcelamiento y revocaría sus permisos de hablar por teléfono o mail. Cuando el acusado pidió que su juicio fuera televisado, el juez harto de tanta exposición, se lo negó.

La muerte de Lee Iseli en manos de Dodd fue retratada por Netflix en la serie Real Detective (Detective Real), en el episodio Malicia. Además, muchos libros fueron escritos sobre el caso. Uno fue Driven to Kill, del autor de crímenes reales Gary C. King. Otro, fue del psiquiatra forense Ronald Turco, que escribió sobre su experiencia en el caso cuando fue llamado para elaborar el perfil del asesino.

¿Qué pueden hacer los padres?

Westley Allan Dodd se convirtió en el símbolo de lo que se hacía mal en la sociedad. A pesar de su larguísimo historial de abusos nada funcionó para prevenir lo que vendría.

El caso le dio ímpetu al grupo de ciudadanos comprometidos, The Tennis Shoe Brigade, que demandaban: sentencias más largas para depredadores sexuales; terminar con las liberaciones anticipadas de los condenados; obligarlos a hacer tratamientos para rehabilitación y la creación de un registro obligatorio de delincuentes sexuales en el estado de Washington.

En Estados Unidos hay unos 354.600 chicos que son secuestrados por un miembro familiar cada año. Los raptados por un desconocido son muchos menos, cerca de 200. De esos casos no todos terminan en violación y muerte. Pero cada vez que ocurre, obviamente, los padres entran en pánico absoluto. La pregunta del millón es: ¿se puede prevenir? Las pautas de las autoridades del NCMEC (National Center for Missing and Exploited Children), del país del Norte dicen que sí y sugieren algunas conductas básicas:

-Acompañar siempre a los chicos a los baños públicos.

-Cuando estén solos en casa deben saber mantener las puertas cerradas y jamás decirle a alguien que estarán solos.

-Deben saber cómo llamar a un vecino si tienen miedo o necesitan ayuda.

-Si se pierden en un lugar público hay que enseñarles cómo buscar ayuda segura.

-Tienen que saber decir NO a un adulto, aun si el adulto se les acerca pidiendo ayuda.

-Bajo ninguna circunstancia deben subirse a un auto, aceptar dinero o tareas de un extraño.

-Tienen que estar preparados para gritar, patear y hacer todo lo que haga falta si algún extraño los agarra por la fuerza. Deben gritar claro y fuerte: “Él no es mi padre”.

Condena cantada

Westley Allan Dodd se esmeró en dejar documentado todo el horror que cometió. Eso facilitó enormemente la tarea policial.

Dodd admitió que era incontrolable y que volvería a matar si tuviera la chance: “Tengo que ser ejecutado antes de que tenga la oportunidad de escapar y vuelva a matar a alguien. Porque si escapo, yo les prometo que volveré a violar y a matar y voy a disfrutar cada minuto de ello (...) No voy a intentar mitigar mis culpas. Sería solo una excusa (...) Debo ser castigado con todo el peso de la ley, como todo los delincuentes sexuales y asesinos. Si mi muerte le trae alivio a las familias de la víctimas, ¡que sea tan pronto como sea posible!”, dijo a la Corte.

El psicólogo Kenneth Von Cleve dijo que vio en el acusado un peligro severo: "La historia de asaltos sexuales a menores de el señor Dodd es las más larga que he visto en mi vida en un hombre de su edad”. Y concluyó que Dodd en libertad era “un riesgo extremadamente alto. Que podía volver a hacerlo”.

El 14 de julio de 1990, fue condenado a muerte. Le dieron a elegir: inyección letal o ser colgado. Él eligió la horca, porque "esa fue la manera que Lee Iseli murió”, explicó. Los símbolos para él eran importantes.

Pero su elección generó controversias. La Unión Americana para las Libertades Civiles (American Civil Liberties Union) sostuvo que el método era una violación de la 8 enmienda de la Constitución Americana. El argumento no conmovió a nadie. Los hechos eran aberrantes por donde se los mirara.

Su ejecución en la horca fue la primera en los Estados Unidos desde 1965 y fue presenciada por 12 testigos: familiares de las víctimas, periodistas y oficiales de policía. Afuera de la prisión dos grupos de gente, con opiniones enfrentadas, gritaban.

Su última comida fue salmón hervido y papas fritas. Y sus palabras, recogidas ese día por los periodistas, fueron: “Una vez alguien que no recuerdo me preguntó si había alguna manera de que se pudiera parar a los abusadores sexuales y violadores. Le dije que no. Pero estaba equivocado. Estaba equivocado cuando dije que no había esperanza, que no había paz. Hay esperanza, hay paz. Yo encontré las dos en el Señor Jesucristo. Miren a Jesucristo y encontrarán la paz”.

A las 12.05 del 5 de enero de 1993, en la penitenciaría de Walla Walla, Dodd fue ejecutado. Tenía 29 años recién cumplidos.

Le llevó 3 minutos morir, dijeron los forenses. Mucho menos que la agonía que padeció su última víctima, Lee Iseli, que pasó una noche aterrado en sus manos y fue ahorcado, resucitado y vuelto a ahorcar.

Hay historias que revuelven las tripas. Esta es una de ellas. Tanto como para que Jensen, el detective que lo interrogó, dejó la fuerza y renunció años después del caso Dodd. Le diagnosticaron estrés postraumático. Había visto y escuchado demasiada maldad.

Fuente: Infobae.com

Virales

Es emprendedora y enterneció a todos cuando mostró el asistente menos esperado para sus videos

Félix no sabe de redes, reproducciones, likes y viralización. No tiene TikTok y no se preocupa por las métricas ni la difusión. Sin embargo, conoce de algo mucho más grande: amor, acompañamiento y fidelidad.

“Estas carcasas las hace mi nieta, se dedica mucho a hacerlas; están hechas con mucha dedicación y cariño, son lindas para tenerlas de recuerdo”, dijo en un video y estalló todo.

Quizás fue por su sonrisa franca, o por sus ojos llenos de ternura, o por la simpleza de un mensaje corto, pero que tenía como objetivo ayudar a su nieta, que consiguió -sin buscarlo- que todos detrás de las pantallas lagrimearan y sintieran ese cosquilleo en el corazón de eso que no termina de explicarse con palabras.

Camila quiso sacarlo de un mal momento, le pidió que le dé una mano sabiendo que no iba a decir que no y encendió la cámara sin saber que iba a llevarse para siempre un recuerdo invaluable.

La historia de Félix y Camila

Cuando volvía del colegio, los fines de semana y escapando de los retos y obligaciones de papá y mamá, como muchos, Cami encontró siempre su refugio en la casa de los abuelos Félix y Ana. Desde sus primeros pasos hasta las decisiones más importantes, ellos siempre estuvieron y él, de alguna manera, no solo se convirtió en su cómplice y su confidente, sino también en su inspiración y apoyo.

Félix es pediatra en Villa María, Córdoba. Hasta hace tres años, cuando tenía 90, todavía seguía atendiendo todos los días y fue el médico de varias generaciones. Es por eso que todos lo conocen en el pueblo. Pero ahora, su sonrisa traspasó las fronteras.

“El video surgió en un momento complicado con mi abuela. Él es muy compañero con ella, que tiene problemas graves de salud, la asiste todo el tiempo y ese día había tenido un inconveniente y lo puso mal”, recordó Camila en diálogo con TN.

Cuando todo se calmó, ella llegó a la casa con las fundas para celulares de su emprendimiento, a las cuales se encarga de hacerles diseños únicos y originales. “Siempre ando de un lado al otro con cajas y ese día las tenía encima porque me había llegado un pedido, así que para sacarlo del mal momento y distraerlo le dije ‘vamos a hacer un video’”, explicó.

Félix no dudó y enseguida se peinó y salió al patio. “Le dije ‘vos pasámelas y decí lo que quieras que yo le pongo música encima’”, detalló Cami sobre ese momento. “Así fue mostrando las carcasas y fue la mejor herramienta de marketing del mundo”, reconoció entre risas.

“Yo siempre subo videos a mis redes y hace unos meses abrí TikTok. Se me dio por subirlo y en este video él hizo magia”, reconoció la joven.

“Cuando terminé dije ‘esto es un tesoro’, porque yo me inspiro mucho en él. La marca antes se llamaba UP pero como resultaba difícil para la gente, el año pasado lo cambié por Russy (IG @russy.market) que es como me dice él desde chiquita", reveló la joven emprendedora.

Pero no solo el nombre, toda su vida, asegura, está marcada por él. “Es una relación muy presente en mi vida. Yo salía del colegio y me esperaba con la comida; siempre estuvo y fue el que me impulsó a estudiar inglés cuando terminé el secundario. Gracias a eso empecé a relacionarme con gente del exterior, diseñar ideas para productos y hasta viví afuera”, contó.

Es por eso que ella solo tiene palabras de amor hacia él: “Mi abuelo es el pilar fundamental para todo. Yo comparto mucho porque lo quiero hacer parte siempre”, aseguró Cami.

Sobre la repercusión del video, la joven expresó: “Creo que generó mucha espontaneidad, no fue nada armado, no tomé dimensión de que se podía hacer tan viral, fue algo normal. Te esperas que la gente comente, pero no así, nadie lo puede creer en la familia. La gente conectó con él y me comentaban que era el abuelo de todos. Nosotros veíamos el video y llorábamos, le ves la carita como si le explotara el corazón de orgullo, hizo una expresión que para mí eso también conectó mucho con la pantalla”.

Es por eso que la emprendedora de 31 años no escatimó en elogios: “No tengo más nada para decir que no sean cosas lindas e inspiradoras. Él me llama o voy a su casa a tomar mates, le llevamos las compras, y pasamos varios días ahí. Si necesita vamos a dormir, siempre están muy acompañados y puedo decir que de él heredé muchos valores”.

La repercusión tras la viralización

Cuando le contaron sobre la viralización del video, Félix tuvo una reacción que hizo reír a todos: “No sabía que tenía tanto poder de ventas”, dijo sorprendido.

Y aunque asegura que no lo necesita, también se llevó su parte de las ganancias: “Como todos los domingos, lo trajimos a casa a comer asado y le regalé un whisky. Esa fue su recompensa porque jamás me iba a aceptar un peso”, contó entre risas la nieta.

Hace poco Cami volvió al país después de vivir tres años en Italia. Fue entonces cuando decidió reversionar sus productos y apostar por diseños más modernos. Su emprendimiento, que tiene 12 años activo y comenzó con apenas 10 ventas, hoy vende cientos por su propio empeño, pero, claro, también gracias al impulso de Félix. De ventas dentro de su misma ciudad, ahora tiene consultas de, literalmente, todo el mundo. “Ojalá pueda seguir creciendo, creo que vamos por buen camino, tiene mucho corazón”, aseguró.

Y sobre su gran ayudante de ventas, completó: “Mi abuelo siempre va a estar presente porque es el pilar fundamental. Él dice que está orgulloso de mí, que no me voy a morir de hambre, que siempre me va a ir bien y yo siento que estoy con el cielo ganado con él. Hoy me gusta compartirlo y que la gente lo disfrute”.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Virales

Los trucos del mentalista que deslumbra a los famosos: era oficinista y ahora llena teatros

En las redes sociales, hace solo dos meses, se empezaron a viralizar videos de un mago joven haciéndole trucos a famosos de la talla de Lali Espósito, Gimena Accardi, Pollo Álvarez, Federico D’Elía y Fer Dente. El juego consiste en que la celebridad piense el nombre de un familiar para que Agustín Canolik lo adivine.

Los clips cosechan millones y millones de vistas, pero lo que hoy es un éxito rotundo, es fruto de un trabajo de más de 15 años. En diálogo con TN Show, el hombre de 30 años contó cómo fueron sus inicios en la materia. "Estoy enamorado del arte de la magia desde que tenía cuatro años y me dedico actualmente al ilusionismo y mentalismo“, dijo.

Consultado por su interés por este arte, Canolik, que tiene más de 100 mil seguidores en TikTok y casi 300 mil en Instagram, explicó: “Hago magia porque creo que el asombro nos despierta, nos despabila de la hipnosis cotidiana en la que estamos enfocados, en ver nuestro teléfono, en tratar de trabajar o de comprar cosas. Y me parece que es una herramienta para llegar a los corazones de las demás personas y, por lo tanto, también abrir el mío”.

Su inquietud y curiosidad por hacer actividades lo topó con la magia: “Más o menos a los 11 años, un día en el corcho de mi escuela, había un cartel que decía ‘Curso de magia’ y mi mamá me veía un poco hiperactivo y me mandaba a todas las cosas. Hacía cerámica, dibujo, batería, guitarra, hasta taekwondo. Cualquier actividad que hubiera para que yo pudiera gastar la energía que tenía. Primero que nada, me atrapó porque el primer libro que yo leí, que no tenía dibujos, fue Harry Potter".

“Además, pasó que mis papás cantan y tocan la guitarra, o bailan tango, entonces cada vez que íbamos a comer a la casa de alguien, alguien o que alguien venía a comer a nuestra casa, después de que se terminaba de cenar, alguien sacaba la guitarra, se ponían a cantar”, recordó.

En ese ambiente, pudo introducir la magia: “La posibilidad de traer un mazo de cartas a la mesa apareció muy rápido después de ir a las primeras clases, y a los adultos les podía mostrar un efecto de magia que los engañaba y me decían ‘´¿pero cómo hiciste?’. Esa sensación de ver a un adulto reaccionando a lo que yo compartí con 11 años era muy impactante, entonces eso creo que fue un estímulo muy fuerte".

Sobre su trabajo, Agustín destaca: “Me parece que la mejor parte son las caras de las personas que están en frente mío. De hecho, por eso grabamos eso en los videos que comparto”.

El recorrido de Agustín Canolik hasta hacerse viral y llenar una sala de teatro

Aunque actualmente se presenta los viernes y sábados de febrero en el Paseo La Plaza con un show de mentalismo interactivo, Canolik no siempre pudo vivir de la magia. “Empecé a estudiar diseño de imagen y sonido y me fui. Empecé a trabajar en una oficina haciendo fotografía y marketing y sostuve ese trabajo durante creo que cinco o seis años. Hice edición freelance, trabajé para productoras, fui filmmaker, asistente de escenario, hice todas cosas que siempre estaban cerca del mundo de lo artístico, porque no había encontrado todavía la forma de dedicarme 100% a la magia”, declaró.

El dinero que ganaba lo destinaba a seguir formándose: “Con todo mi tiempo libre y con todos los recursos que me alcanzaron iba a tomar clases, iba a ver teatro, como creo que trato de hacer todavía hasta el día de hoy. Estoy obsesionado con formarme, con volverme una mejor versión del mago que soy, entonces sí, hice un millón de cosas y ahora tengo la suerte desde hace muy poquito de poder dedicarme 100% de esto, y no me alcanza el corazón por la gratitud que siento”.

Un momento que marcó a Agustín y lo llevó a enfocarse 100% en la magia fue una ruptura amorosa: “Empecé a trabajar sin pausa ni descanso a partir de separarme, de sentirme solo, de sentirme medio que no sabía muy bien dónde encontrar mi lugar en el mundo de nuevo, como me pasó siempre históricamente. A partir de esa sensación de vacío y un poco de angustia o tristeza, fue como ‘bueno, ahora me voy a formar mucho más, ahora voy a ser mucho mejor de lo que venía siendo y me lo voy a tomar más en serio’. Y desembocó en que hoy pueda vivir de la magia”.

El boom de los videos de mentalismo con famosos

Los videos con famosos, que terminaron viralizándose en las redes, fueron producto de un proceso más largo, en donde ni siquiera estaba contemplado que Agustín Canolik hiciera ese juego con las celebridades.

Yo pasé siete años pensando en la idea para un show y a principio de 2025 decidí contratar a alguien para que me ayude a terminar de escribirlo como guion completo. Mientras estudiaba conocí a distintas personas del mundo de la producción del teatro que estaban estudiando conmigo, que me decían ‘¿vos tenés un proyecto? ¿Por qué no nos lo mostrás y ya está?’. Fue tanta la intensidad de ese pedido que dije ‘ok, se lo voy a mostrar a alguien’, y en todo ese movimiento se produjo la posibilidad de hacerlo en una sala en Paseo La Plaza y la posibilidad de empezar a producirlo con amigos", explicó el mago en diálogo con este medio.

“Entre las personas que producen su show está Gustavo Giordani, un productor de la TV Pública que le sugirió que vaya acreditado a la alfombra roja de los Premios Hugo para, ahora sí, deslumbrar a los famosos con su arte. “La idea era ir para vender diez entradas más, y ahora uno de esos videos tiene más de dos millones de reproducciones. A partir de la viralización, entre la primera función y la segunda, pasé por todos los programas que se me podían haber imaginado, por todos los canales que se me podían haber ocurrido”, recordó.

“Hicimos la segunda función y a partir de todo ese movimiento y toda esa intensidad, surgió la posibilidad ir a los Martín Fierro de Streaming el año pasado y ahí sí hicimos un video que ahora creo que va a llegar a 10 millones reproducciones en este mes o el mes que viene”, indicó el mentalista.

Fuente: TN

Sigue leyendo

Virales

Convirtió a su chihuahua en influencer y le creó una marca de ropa para perros: “Ahora ella paga las expensas”

Por las calles urbanas de la Ciudad de Buenos Aires, entre el olorcito del café de especialidad en cada esquina de Palermo y los reflejos de sol radiante en las vidrieras emerge una modelo única en su especie. Blanca y negra impoluta, petisa, con pasitos apurados y con la lengua afuera: María Pita o “La Titi”, la chihuahua famosa en redes sociales y protagonista en la industria de la moda canina.

Martina Villar, su madre y dueña, la pasea por el barrio y la acompaña en varios de sus quehaceres. Procura cumplir responsablemente con el atareado itinerario de la estrella canina: la lleva a las producciones de fotos, a probar ropa y lidera la nueva línea de ropa canina María Pita Concept.

En una entrevista con TN, Villar contó cómo un simple video en TikTok transformó su vida para siempre y afianzó el vínculo con María Pita de la manera más inesperada.

Una chihuahua fuera de serie

Cuando la imponente puerta del departamento se abre de par en par, uno espera que detrás de ella haya una gran mascota guardiana para defender su territorio, pero en la casa de Martina se cae ese estigma. La primera en recibir a los invitados es María Pita, su chihuahua de dos kilos. Se acerca corriendo, trotando como un poni en miniatura, y se avalancha a pedir mimos y repartir lengüetazos.

El departamento, aunque algo pequeño, es del tamaño ideal para La Titi y su familia. En un cajón guardan toda su ropita y pretales; en el perchero, la correa para salir a pasear y la botella para tomar agua; al lado del sillón, una rampa para que pueda subir y, por último —pero no menos importante—, en un estante, un altar con todos los regalos de los fans: mates, termos y dibujos, todos con su carita, como si fuera una estrella de cine que recibe obsequios por correspondencia.

Es una criaturita que emana ternura –y finura– por donde sea que se la vea caminar. Gruñe un poco cuando está con algún cambio de ropa rápido, se desespera cuando escucha la palabra mágica “pasear” y se vuelve loca de llanto cuando mencionan a Bambi, una chihuahua amiga de María Pita. Más allá de eso, pocas veces se la escucha ladrar; eso solo pasa cuando se enoja y se “transforma”.

La relación entre dueña y mascota –o empleada y jefa perruna– demuestra que el amor viene en todos los talles, colores y personalidades. La famosa chihuahua tiktoker tiene 10 años, pero le quedan muchos más para hacer su estrellato en el mundo del modelaje y las redes sociales.

“Azúcar, flores y muchos colores”

La pasión de Martina por los animales comenzó desde chica. Soñaba con ser veterinaria, pero con el tiempo se dio cuenta de que su corazón no resistía ver animales sufrir. “Desde chiquitita siempre amé a los animales. Yo decía que quería ser veterinaria; claramente no lo fui y me dediqué a otra cosa porque no puedo verlos sufrir, me cuesta horrores”, contó.

La obsesión por los chihuahuas nació por esas épocas, acompañada por películas: “Cuando era chica salió una película que se llamaba un Chihuahua en Beverly Hills, que la protagonista era una chihuahuita llamada Chloe. Cuando la vi, me pareció la cosa más tierna que había visto en mi vida”, recordó. Desde entonces, insistió durante años a su familia para tener uno.

Al principio, sus padres eran reacios a la idea de convivir con perros pequeños, ya que estaban acostumbrados a razas grandes. “Mi familia no quería saber nada con los perros chiquitos… hasta que un día me la regalaron”, recuerda. El sueño de Martina finalmente se cumplió, aunque no imaginaba que la personalidad de María Pita provocaría un verdadero cambio de paradigma: “Se ‘compró’ a toda mi familia y ahora todos la aman tanto como yo”.

Martina describe a María Pita como “una mezcla de varias cosas”. “Ella sería como la definición de Las chicas superpoderosas: azúcar, flores y muchos colores”, explicó. Es tierna, amorosa y muy mimosa, pero también testaruda. “Su veterinario le dice ‘vieja loca’, porque cuando se pone cascarrabias empieza a zapatear contra el piso. Si estás comiendo algo, es como si te dijera ‘dame esa comida’, y a eso sumale los aires de diva”, bromea.

Patitas de modelo

La vida de Martina junto a María Pita transcurría con normalidad hasta que comenzó a hacer lo que hoy parece inevitable: compartir videos en redes sociales. Ese fue el primer paso de un camino largo e inesperado. “Con La Titi nos hicimos conocidas por un video que subí a TikTok donde la bañaba. La gente empezó a reaccionar y a mandarle mensajes hermosos”, recordó.

Lo que Martina no sabía era que esos comentarios positivos pronto se convertirían en oportunidades únicas. De a poco, pasaron de ser simples usuarios a marcas interesadas en que la perrita modelara para ellas.

Así, sus vidas dieron un giro. “Yo soy licenciada en Marketing y trabajo en relación de dependencia, pero cuando empezaron a llamarla me convertí en su manager, o ‘momanager’ —una combinación de mom y manager—”, contó. Entre las marcas con las que María Pita colaboró se encuentran Las Pepas, Maniac y Cher Beauty.

Pasé de ser su mamá a su empleada. Ella trabaja y paga las expensas, porque se crió con un dicho muy conocido en mi casa: ‘el que no trabaja, de patitas a la calle’”, bromeó Martina. De hecho, confirmó que los ingresos de María Pita cubre los 500 mil pesos que les cobran como excedentes en su departamento.

De pronto, los videos dejaron de ser solo paseos por la calle con algún mimo de los transeúntes. La cámara se desviaba, entraban a un local de ropa y María Pita saludaba con la cola inquieta. Pedía mimos —que las vendedoras no dudaban en darle— y, al cabo de unos segundos, ya estaba en un probador con Martina para un cambio de vestuario. En otras ocasiones, pasaba de un breve viaje en ascensor a un photo shooting en plena calle, rodeada de modelos, mimos y lengüetazos para todos. María Pita demostraba que pertenecía al mundo del modelaje.

“A mis ojos, es la perrita más linda del planeta, y creo que lo que la hace una modelo ideal es su actitud”, afirmó Martina y agregó que “le gusta estar ahí, rodeada de gente, cambiarse la ropita y caminar por el set. Lo hace tranquila, lo disfruta, y eso es lo que la vuelve ideal”. “Ella va, saluda al fotógrafo, se sube a upa de la filmmaker, las modelos le dan besos y ella está en su mundo”, relató.

Con el tiempo, la gente comenzó a preguntarse qué usaba María Pita: desde pretales hasta ropitas. Además, Martina quería conseguir prendas con una impronta propia, algo que no encontraba en la oferta local. “No conseguía en ningún lado ropa distinta a lo que se ve en otros pet shops”, explicó. A partir de esa necesidad nació la idea de crear una marca propia.

La Titi viste a la moda

Martina tenía el concepto y el conocimiento en marketing; María Pita, la imagen. Quien terminó de darle forma al proyecto fue Lucas Domínguez, su pareja y socio. Filmmaker especializado en moda y publicidad, no dudó cuando Martina le acercó la idea. “‘Vamos para adelante, hagámoslo’, me dijo. Compartimos la misma visión y estamos en plena sinergia. Él es fundamental para María Pita Concept”.

La marca propone invertir la lógica tradicional: que la elección no pase solo por el gusto del dueño, sino también por la personalidad de la mascota. “Así como las personas usan la moda para expresarse, las mascotas también pueden hacerlo y se lo merecen”, sostuvo Martina. “Cada una tiene una forma de ser única”.

“Creo que las piezas que tenemos ayudan a destacar esa realidad con creatividad y autenticidad. La idea es dejar a las mascotas expresarse y brillar”,explicó. El objetivo es combinar la personalidad del animal con el estilo de vida de su humano.

La pasarela recién empieza

Al principio, la pareja tuvo dificultades como en todo emprendimiento, pero reconoce que recién empieza: “Me falta un montón, esto de ser emprendedora es algo nuevo para mí, hay cosas que aprendo sobre la marcha”. También admite que cada logro que tuvo también representó una dificultad en sí mismo: hacer conocida la marca, tener un perro influencer y lograr que la gente quiera a ambas indiscriminadamente.

Mientras crecen y aprenden, Martina y Lucas siguen llevando adelante el emprendimiento sin descanso: “Estamos pensando una colección para marzo y la idea es que hayan sorpresas todo el año, se vienen cosas hermosas y super pensadas”.

El objetivo final es que la gente se identifique con la marca y se sienta parte. “Me encantaría que alguien use la ropita y diga: ‘¿Viste esto de María Pita Concept?’ o ‘Mi perrito usa tal cosa de la marca’. Quiero eso”, resumió.

Hoy, entre veredas porteñas, probadores improvisados y sets de fotos, María Pita sigue caminando con el mismo ritmo apurado y la lengua afuera, ajena —o quizás no tanto— al fenómeno que genera a su paso. No entiende de métricas, campañas ni estrategias de marca, pero sí de miradas, mimos y disfrute. Y eso, para Martina, es lo esencial.

La historia de La Titi no es solo la de una perrita que se volvió famosa en redes, sino la de un vínculo que encontró una forma inesperada de expresarse, de crecer y de convertirse en proyecto. Entre ropa, cámaras y sueños compartidos, Martina y María Pita construyen un universo propio donde la actitud importa más que la pose y donde cada paso —por más corto que sea— deja huella. La pasarela recién empieza, pero si algo está claro es que María Pita no camina sola.

Fuente: TN

Sigue leyendo
Advertisement

Nuestro Clima

Facebook