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De un encuentro casual en Iguazú a una nueva forma de viajar: dos amigos que inspiran a explorar la Argentina
Javier Sarrelli y Nicolás Borini no podían imaginar que un encuentro fortuito cambiaría sus vidas para siempre. Dos colegas de Buenos Aires, con escritorios contiguos durante cuatro años, que apenas cruzaban palabras más allá de un saludo o alguna charla en el comedor, terminaron convirtiéndose en socios de una aventura que hoy inspira a miles de personas a descubrir rincones desconocidos de la Argentina y el mundo.
La historia comenzó de la manera más insólita: en plena pandemia, cuando la rutina de oficina se trasladó a los hogares y el home office los distanció, ambos decidieron escapar, por separado, a Iguazú. “Lo increíble es que lo decidimos por separado, sin tener la menor idea del plan del otro”, recuerda Javier. Ese destino, elegido casi por impulso, sería el punto de partida de algo mucho más grande.
Lo que parecía una coincidencia cualquiera pronto se transformó en un momento surrealista. Javier subió una historia a Instagram anunciando su viaje y, minutos después, recibió un mensaje de Nicolás: “¡No te puedo creer, yo también estoy yendo para allá!”. Pero ese mensaje fue apenas un preludio. La verdadera magia ocurrió dentro del Parque Nacional Iguazú, a bordo del tren ecológico que recorre la selva y conecta los circuitos de las cataratas. Allí, en medio de la naturaleza, se encontraron por casualidad.
“Nos cruzamos y empezamos a charlar. Las coincidencias se apilaban una sobre otra de forma casi cómica: estábamos en el mismo lugar, nos quedábamos la misma cantidad de días y, para rematar, ¡teníamos pasaje en el mismo vuelo de vuelta! No lo podíamos creer. En ese momento sentimos que era una de esas señales que te manda la vida”, cuenta Javier.
El kilómetro cero
Ese encuentro cambió su vínculo para siempre. Dejaron de ser simplemente compañeros de sistemas y se convirtieron en amigos exploradores. “Yo había llevado un dron y empezamos a filmar sin ningún plan, solo por el placer de registrar la belleza que teníamos enfrente. El material que juntamos, con vistas aéreas espectaculares de una de las siete maravillas naturales del mundo, se convirtió casi sin querer en nuestro primer video de YouTube”, recuerda Javier.
Lo que comenzó como un viaje vacacional terminó siendo el kilómetro cero de Exploranding, el proyecto que los conecta hoy con miles de personas. Javier, licenciado en sistemas, y Nicolás, contador, no tenían experiencia en el rubro: “El mundo audiovisual nos era completamente ajeno. No somos filmmakers ni expertos. Somos aprendices constantes, y creo que eso es lo que conecta con la gente. Nos propusimos mostrar algunos recorridos que se pueden hacer por nuestro hermoso país y dar a conocer el increíble patrimonio humano, que también merece ser mostrado”, dice Javier.
Cuatro años después, en mayo de 2025, regresaron a Iguazú. La diferencia fue abismal. “En aquel primer viaje filmábamos con un celular y un dron pequeño que apenas sabíamos usar. El video que salió de ahí era pura voz en off; nos daba vergüenza hablarle a la cámara. Esta vez volvimos equipados con cámaras, micrófonos y, lo más importante, la confianza para mirar a la lente y contar lo que sentíamos en el momento. De un único destino, esta vez sacamos cuatro videos, cada uno enfocado en una experiencia distinta”, relata Javier.
Ese regreso sirvió como espejo de su evolución. Pasaron de ser dos amigos que filmaban con un celular a creadores de contenido con una intención clara. Y, aunque hoy suene más profesional, el motor sigue siendo el mismo: la pasión por viajar y descubrir. “Exploranding es la excusa perfecta que inventamos para seguir viajando”, asegura Javier.
Redescubriendo la Argentina y el mundo
La pandemia, con todo su aislamiento, los llevó a redescubrir su propio país. “Nos dimos cuenta de que Argentina era un continente en sí mismo, lleno de lugares por explorar. Pero a medida que el mundo se abría, también lo hacían nuestras ganas de ver qué había más allá”, comenta Javier.
El primer salto fuera del país fue a Río de Janeiro. “No hubo una estrategia de marketing detrás, simplemente surgió. Nuestra forma de decidir destinos es muy nuestra: cada uno propone tres lugares, y si alguno coincide, ¡listo! Ese es el próximo avión que tomamos”, explica. Así, sin planearlo demasiado, mezclaron recorridos locales con viajes internacionales, explorando desde rutas argentinas hasta ciudades de Europa y otros continentes.
Entre sus destinos favoritos, la Puna salteña y catamarqueña ocupa un lugar especial. “Si me preguntan por ‘la joya escondida’, la respuesta es unánime: la puna. Llegamos ahí por un reel de Instagram que mostraba el Cono de Arita, pero lo que encontramos fue un universo. Lugares como Tolar Grande, Antofalla, El Peñón… sitios donde el turismo masivo aún no ha llegado. Fue un viaje en 4x4 que nos puso a prueba: pasamos del frío que congela los huesos al calor del desierto en cuestión de horas, nos perdimos, nos encontramos, y vivimos experiencias que nos marcaron para siempre”, cuenta Javier.
Compartiendo la aventura
Exploranding no quedó en manos de solo dos. Con el tiempo, sumaron a su equipo a seres queridos y amigos, multiplicando la mirada y la energía de cada viaje. La novia de uno de ellos, Stella Maris, conocida como Eti, se convirtió en una pieza clave: “ella está muchas veces detrás de cámara, aporta ideas frescas, nos empuja cuando dudamos. Es el sostén que el proyecto necesita”.
“También se han sumado amigos. Su visión y sus ganas nos ayudan a no estancarnos, a ver las cosas desde otra perspectiva. Si por nosotros fuera, alquilaríamos un micro en cada viaje y nos llevaríamos a todos los que quieran venir. Porque de eso se trata, de compartir”, asegura Javier.
Los imprevistos como oportunidad
Si bien son cuidadosos y nunca pierden un vuelo, Javier y Nicolás saben que los planes rara vez salen perfectos. “Aprendimos que los imprevistos no son problemas, son oportunidades. De hecho, tenemos una regla no escrita: cuando no sabemos para dónde ir o algo falla, siempre doblamos a la derecha. Muchas veces, un ‘error’ nos ha llevado a descubrir lugares o personas que no estaban en ningún mapa y que terminaron siendo lo mejor del viaje. Las cosas fallan por una razón, y casi siempre, es para mejor”, comenta Javier.
De seguidores a comunidad
El proyecto comenzó como una forma de compartir sus aventuras con familiares y amigos, pero hoy su alcance es internacional. En Instagram (@exploranding_ok.), la interacción va mucho más allá de la simple visualización.
“Ya no es solo ‘hacer un video’, es responder a la gente que nos pide consejos, que confía en nuestra palabra para planificar sus propias aventuras. Nos llegan mensajes que nos dejan sin palabras: personas que esperan el fin de semana para ver nuestros videos como si fueran una serie de Netflix. Seguidores de Barcelona, México, Chile, nos agradecen por mostrarles un rincón del mundo. Esos mensajes son nuestra nafta. Producir contenido de calidad lleva muchísimo trabajo, y a veces el cansancio se siente, pero leer esos agradecimientos nos recarga las pilas y nos recuerda por qué empezamos todo esto”, dice Javier.
El futuro
El lema del proyecto sigue siendo una pregunta: “¿Nos acompañás?”. Para Javier y Nicolás, esa frase resume su filosofía: inspirar a que más personas se animen a viajar, descubrir y compartir experiencias. “Viajar no empieza cuando te subís al avión, empieza en el momento en que lo soñás, cuando abrís el mapa y empezás a trazar la ruta”, reflexiona Javier.
El sueño, por ahora, es seguir expandiendo el proyecto: organizar viajes con la comunidad, llevar la experiencia de los videos a la vida real y continuar recorriendo caminos que aún esperan ser explorados. Mientras haya una ruta por descubrir, ahí estarán Javier y Nicolás, con sus cámaras, con sus amigos, con Eti, listos para ver qué hay más allá de la próxima curva y seguir haciendo la pregunta que los inspiró desde aquel primer encuentro en Iguazú.
Y así lo que nació de la casualidad, de un encuentro inesperado y de la curiosidad de dos amigos, hoy es mucho más que un proyecto de viajes: es una invitación a mirar la Argentina y el mundo con ojos abiertos, a redescubrir paisajes, a encontrar aventuras donde menos se esperan y a comprender que, a veces, la magia surge de lo inesperado.
Fuente: TN
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Una familia de cuatro personas necesitó más de $2,6 millones en agosto para ser de clase media en CABA
Una familia propietaria de cuatro integrantes en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) necesitó tener ingresos entre $2.603.556,34 y $8.331.380,27 en agosto para ser considerada clase media, según informó la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA.
En tanto, un grupo familiar -dos adultos y dos menores- requirió de $1.651.798,05 para no ser pobre durante el octavo mes de 2026.
Mientras un hogar de las mismas características debió contar con $903.930,35 para no ser considerada indigente.
Con estos números, la línea de indigencia subió 2,6% en agosto, la de pobreza 2% y el piso para ser de clase media, 1,7%.
Cuánto hubo que ganar para ser de clase media en CABA en agosto de 2026
En agosto, según la Dirección de Estadísticas porteña, una familia de cuatro integrantes necesitó los siguientes ingresos para ser considerada como parte de la clase media, ya sea en el segmento frágil, medio o acomodado:
- Sector medio frágil: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la Canasta Total y no alcanza 1,25 veces la canasta total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Tienen ingresos mensuales entre $2.082.845,07 y $2.603.556,33.
- Sector medio “clase media”: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos 1,25 veces la CT y no alcanza cuatro veces la CT del Sistema de Canastas de Consumo. Ganan desde $2.603.556,34 hasta $8.331.380,27 al mes.
- Sector acomodado: hogares cuyo ingreso mensual supera cuatro CT del Sistema de Canastas de Consumo, con ingresos al mes de $8.331.380,28 en adelante.
Cuánto dinero se necesitó para no estar bajo la línea de la pobreza en CABA
De acuerdo con los niveles socioeconómicos que establece el informe de la Ciudad de Buenos Aires, una familia de cuatro integrantes se encuentra en:
- En situación de indigencia: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). En agosto, una familia necesitó $903.930,35 mensuales para no ser indigente.
- En situación de pobreza no indigente: hogares cuyo ingreso total mensual no alcanza para cubrir la Canasta Básica Total (CBT) pero permite al menos adquirir la CBA. En esta situación se encuentran quienes perciban ingresos entre $903.930,36 y $1.651.798,05.
- No pobres vulnerables: hogares cuyo ingreso total mensual es de al menos la CBT y no alcanza la Canasta Total (CT) del Sistema de Canastas de Consumo. Este rango contempla a quienes ganan entre $1.651.798,06 y $2.082.845,06 al mes.
La inflación en CABA fue de 1,7% en agosto
La inflación de agosto fue de 1,7% en la Ciudad de Buenos Aires y acumuló 21,5% en lo que va del año.
Contra julio, el IPC de CABA registró una desaceleración de 1,2 puntos porcentuales. El alza fue de 33,3% en los últimos 12 meses.
La variación de los precios porteños en el séptimo mes del año estuvo impulsada por aumentos en: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles; Alimentos y bebidas no alcohólicas; Salud y Transporte.
Fuente: TN
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Fue adoptada de bebé, publicó un video para buscar a sus ocho hermanos biológicos y recibió una respuesta que no esperaba
Durante años, Lourdes Fernández supo que en algún lugar había una parte de su historia que todavía no conocía. Tenía un dato concreto: según consta en su expediente, su mamá biológica había tenido otros ocho hijos. Eran ocho nombres posibles, ocho vidas de las que no sabía prácticamente nada y una pregunta que, con el tiempo, se volvió cada vez más difícil de postergar.
El domingo 30 de agosto, Lourdes decidió dejar de buscar en silencio. Grabó un video, contó que había sido adoptada cuando era bebé y pidió ayuda para encontrar a sus hermanos biológicos. Lo publicó en sus redes sociales sin saber qué podía ocurrir y la respuesta fue mucho más rápida de lo que imaginaba.
“Por suerte se difundió y tuvo mucha masividad. El lunes ya me estaba juntando con una de mis hermanas”, cuenta la joven marplatense a TN. A partir de la repercusión de su pedido, cuatro personas que serían sus hermanos se comunicaron con ella y con dos ya pudo encontrarse personalmente.
De repente, aquellos hermanos que hasta entonces habían formado parte de una historia escrita en un expediente empezaron a tener voces, rostros y recuerdos. Y hubo algo que la sorprendió especialmente cuando los tuvo enfrente.
“Me vi reflejada en ellos, saber que les había pasado lo mismo o algo similar me conmovió”, explica. El encuentro no significó solamente empezar a reconstruir un vínculo familiar: también le permitió reconocer experiencias compartidas y descubrir que algunas de las preguntas que la habían acompañado durante años no eran únicamente suyas.
La búsqueda de Lourdes no nació de una sola pregunta. Había algo tan íntimo como saber quiénes eran esos hermanos que figuraban en su historia y a los que nunca había conocido, pero también interrogantes mucho más concretos que solo podían responder quienes compartieran con ella un origen. Entre ellos, conocer sus antecedentes médicos. “Quería saber sobre enfermedades, sobre la parte genética, si había alguna condición que yo tenía que conocer”, cuenta a TN.
Dar ese paso tampoco fue una decisión que tomó a espaldas de su familia. Sus padres sabían qué quería buscar y conocían las preguntas que ella tenía en la mente. Al principio apareció el miedo, quizás inevitable ante todo lo que podía traer una búsqueda así, pero después se impuso el apoyo. “Mis padres estuvieron un poco temerosos, pero me acompañaron en este proceso”, explica la joven.
Lourdes habla de sus papás adoptivos con una certeza que no entra en conflicto con su necesidad de saber de dónde viene. Encontrar a sus hermanos no supone reemplazar una familia por otra ni revisar el amor que recibió durante todos estos años. Es, simplemente, conocer una parte de sí misma a la que hasta ahora no había podido acceder.
Lo que no podía anticipar era cómo iban a recibirla quienes aparecieran del otro lado. Podía encontrar respuestas, silencios, dudas o incluso personas que no quisieran abrir esa puerta. Por eso, cuando comenzaron los primeros contactos, hubo algo que la conmovió especialmente: la voluntad de escucharla. “Me dijeron: ‘Necesitás sanar, ¿qué necesitás? ¿Qué querés saber?’”, recuerda Lourdes.
Fuente: TN
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Tenía US$200, compró un viejo trolebús canadiense y lo convirtió en un estudio de tatuajes: “Es como un portal en el tiempo”
La primera vez que lo vio, no imaginó todo lo que iba a pasar después. El viejo trolebús estaba en un desarmadero, lejos de parecerse al estudio de tatuajes en el que terminaría convertido. Era enorme, estaba abandonado y llevaba consigo una historia que a Matías le llamó la atención desde el primer momento. Él solo tenía US$200 en el bolsillo. No mucho más. Ni mucho menos.
El hombre de 32 años no sabía, pero en ese momento estaba poniendo en marcha un sueño: convertir aquel vehículo de unos 15 metros de largo en uno de los espacios más particulares de su proyecto en Chacras de Coria, Mendoza.
El comienzo del sueño
Algo de su infancia quedó marcado en aquel lugar que construyó. Quizás sean los árboles, las paredes pintadas o esa sensación de que en cada rincón hay algo que alguien hizo con sus propias manos. Cuando era chico, la propiedad estaba lejos de ser el emprendimiento que es ahora.
Sus padres la habían comprado y durante una década allí funcionó una escuela de verano que ellos mismos habían creado. Matías creció viendo entrar y salir gente todo el tiempo. Incluso había días en los que se despertaba y se encontraba con cerca de cien chicos en el predio. Ese movimiento terminó siendo parte de él.
A sus 19 años, sus padres alquilaron el lugar para que funcionara como geriátrico. Pero cuando el contrato terminó, tres años después, Matías sintió que quería volver a darle vida a ese espacio. Tenía 22 y una idea que, para muchos, parecía demasiado grande: abrir un hostel en una zona que no parecía ser la más adecuada.
No tenía detrás una gran inversión ni un proyecto empresarial armado. Lo que tenía era el lugar, algunas ideas y una necesidad que lo había acompañado desde siempre: hacer cosas con las manos. Desde chico dibujaba en la escuela, sobre los bancos y en cualquier superficie que encontrara. Le gustaban las manualidades, pintar y construir. Así que decidió que, si iba a abrir un hostel, no quería que se pareciera a ningún otro. Quería que se pareciera a él.
Empezó a pintar las paredes. Hizo un mural de Frida Kahlo después de leer un libro sobre ella y otro de Gustavo Cerati, uno de los músicos que escuchaba. Cada pared empezó a convertirse en una parte de su historia y, casi sin darse cuenta, el hostel fue tomando una identidad propia.
Con el tiempo, el lugar comenzó a recibir cada vez más turistas. Y aquello que había empezado casi como una apuesta personal terminó dándole el respaldo económico que necesitaba para seguir soñando. Porque Matías nunca dejó de hacerlo.
Una idea
Además de emprendedor, Matías había incursionado en el muralismo y se estaba especializando en tatuajes. Después de unos tres años de haber abierto el lugar empezó a pensar en sumar un estudio. La idea tenía sentido: muchos de los turistas que llegaban podían llevarse de Mendoza un recuerdo que los acompañara durante toda la vida.
Pero había una condición: uno de los tatuadores que lo había guiado le explicó que no podía improvisar el espacio. El estudio tenía que ser exclusivo, sin gente entrando y saliendo, y debía cumplir con todas las condiciones de bioseguridad y esterilidad necesarias para trabajar.
Matías pensó en una habitación del hostel, pero enseguida entendió que no era suficiente. Si iba a hacerlo, quería hacerlo de una manera que nadie esperara. Fue entonces cuando apareció aquel trolebús.
Alrededor de 2018, el joven fue a un desarmadero y se encontró con uno de los viejos trolebuses que habían llegado desde Canadá. La provincia los había comprado, pero no funcionaron y terminaron en desuso, abandonados en distintos desarmaderos. Uno de ellos estaba allí, esperando que alguien decidiera qué hacer con él. Matías lo vio y empezó a imaginar.
Era un vehículo de unos 15 metros de largo, enorme, fuera de funcionamiento y sin siquiera dos de sus ruedas. Para cualquier otra persona podía ser un problema. Para él era exactamente lo contrario: podía convertirse en el espacio que estaba buscando.
Había, sin embargo, un detalle bastante importante: Matías tenía apenas US$200. Eran los únicos que llevaba encima ese día. Le preguntó al hombre del desarmadero cuánto quería por el trolebús y terminó comprándolo con ese dinero.
Después de encontrarlo, todavía tenía que resolver cómo llevar semejante vehículo hasta su propiedad. “Llamé a una grúa y le pedí a mi papá que me prestara plata para pagarla. Vino la grúa con un camión, con un chasis bajo, lo levantamos y lo llevamos hasta el hostel”, explicó.
El trolebús viajó en un camión hasta Chacras de Coria y quedó estacionado en la calle, detrás del terreno. Ahí apareció el segundo problema: no había manera de meterlo adentro.
El trolebús no funcionaba y tenía unas dimensiones que hacían imposible moverlo como si fuera un vehículo cualquiera: “Al otro día me puse a buscar en Google cómo hacían los vikingos en la serie para mover cosas pesadas. Pensé: si ellos lo hacían hace 100 años, yo también puedo”.
Consiguió madera en un aserradero y una retroexcavadora. Entre todos fueron levantando el vehículo y colocándolo sobre los troncos para hacerlo avanzar poco a poco. Fue una escena casi absurda: un viejo trolebús canadiense avanzando sobre troncos para entrar al jardín de una propiedad de Chacras de Coria. “Fue una odisea entrarlo”, recordó entre risas.
Cuando finalmente entró, Matías sintió que había conseguido lo más difícil. Pero en realidad recién empezaba. “Cuando lo metí estaba feliz de tener semejante bicho, sobre todo por la historia que tenía. Quería reutilizarlo, no quería que quedara abandonado”, expresó.
Sin embargo no fue fácil. El trolebús pasó aproximadamente un año sin convertirse en nada. Lo utilizaba como depósito mientras el hostel seguía funcionando. Cada vez que podía juntar algo de dinero, volvía a invertir en él. Sacó todos los asientos, trabajó sobre el piso, primero con cerámicos y después con porcelanato, modificó las ventanas y empezó a fabricar los muebles junto con familiares y amigos. “Fue remar en dulce de leche”, aseguró.
Un primo que trabaja con metal lo ayudó con parte del mobiliario. Otros amigos fueron colaborando en distintas tareas. Matías aprendió mientras hacía. Y así pasaron los años.
La restauración completa llevó alrededor de ocho años. A los tres, sin embargo, el lugar ya estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera empezar a trabajar allí.
Hasta los detalles más pequeños llevaron tiempo: las luces delanteras y traseras, distintas partes de la carrocería y hasta una bocina inspirada en Los Dukes de Hazzard. Nada parecía demasiado pequeño como para no dedicarle horas. “Yo no tenía idea, mi vida se maneja de forma improvisada”, recordó Matías al recordar aquel proceso. Pero esa improvisación tenía una regla: hacerlo despacio y hacerlo bien.
Hoy, cuando alguien entra al estudio, cuesta imaginar que alguna vez aquel lugar fue simplemente un vehículo abandonado en un desarmadero.
El trolebús conserva por fuera buena parte de su aspecto original. Es largo, ancho y mantiene la estética de fábrica. En uno de sus laterales, la inscripción que alguna vez decía “Empresa provincial de Mendoza” fue reemplazada por una mucho más acorde con su nueva vida: “tatuajes”.
Fuente: TN