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A los 88 años cumplió el sueño que postergó cuatro décadas: saltar en paracaídas
Betty Anastasio tiene 88 años, vive en Hurlingham y habla con una mezcla de dulzura y firmeza que desarma. No levanta la voz, no exagera, no se presenta como heroína. Pero lo es: después de más de cuatro décadas de espera, cumplió su sueño de tirarse en paracaídas.
“No se dio por no animarme o simplemente no llevarlo a cabo, pero las ganas estuvieron siempre”, explicó en diálogo con TN, como si estuviera contando algo simple. El deseo había quedado guardado, intacto, esperando su momento.
Ese momento llegó a los 88 años.
“Es mi locura”
La escena que lo cambió todo ocurrió casi sin aviso. Un viaje por el campo junto a su hija y su yerno. De repente, vio gente lanzándose al vacío.
“Ahí quiero yo”, expresó.
No fue una frase al pasar. Fue una decisión. Sus hijos se miraron, hicieron un trato silencioso y empezaron a averiguar. Betty no sabía nada. El regalo de cumpleaños fue una sorpresa.
“¿Cómo que no?”, respondió cuando le preguntaron si se animaba. “Es mi locura y quiero cumplirla”, dijo.
El salto fue apenas diez días después de su cumpleaños. No pidió tiempo para pensarlo. No pidió garantías imposibles. Solo quiso hacerlo.
El regalo y la certeza
Antes de contratar el servicio, su hija hizo lo que cualquiera haría: consultó con médicos, cardiólogos y reunió distintas opiniones. El día del cumpleaños, el regalo llegó en forma de folleto, con su nombre impreso y una sola palabra que lo decía todo: paracaidismo.
“Hasta el último momento le preguntábamos si estaba segura. Una vez que te subís, ya no hay vuelta atrás”, contó Claudia, su hija. Betty no dudó ni una vez.
Cuando llegó el día, caminó con bastón hasta la avioneta. En un punto, alguien le dijo que debía dejarlo. Betty, sin problemas, accedió. Allí comenzó la travesía. La aventurera estaba acompañada de cuatro instructores, que no solo la sostenían, sino que también la guiaban.
“El instructor me preguntó si estaba segura, que si no me sentía cómoda podía avisar y no hacer el salto. Yo le dije: ‘Por supuesto que estoy segura. Póngame los equipos’”, recordó entre risas.
Chocaron los puños. Betty estaba feliz.
Sobre el cielo, sin miedo
Arriba del avión no hubo nervios ni arrepentimiento. Hubo canto. “No tenía miedo, para nada. Era tal el placer que me daba la vista desde el avión que me puse a cantar en italiano”, sostuvo. Miró al cielo. Pensó en su marido y en su hijo, que ya no están. “Los tengo ahí arriba. Son mis guías, mis ángeles. Los saludé y les agradecí por acompañarme siempre”, explicó entre lágrimas.
Cuando la avioneta atravesó las nubes, lo que vio la dejó sin palabras: abajo, un piso completamente blanco. Arriba, un cielo celeste infinito.
Los otros dos compañeros de salto se reían de todo lo que decía. Betty no paraba de hablar, de señalar, de mirar. Hasta que llegó el momento.
El fuerte viento y la presión generada por la gravedad acentuaron la sonrisa que llevaba de oreja a oreja. Lejos de desesperarse, lo disfrutó segundo a segundo.
“Me encanta, me enloquece”, son los gritos de felicidad que se le oyeron a Betty y que no solo quedaron grabados en un video filmado por el equipo de paracaidismo, sino también en su memoria y en su corazón.
Cuando pasó la caída libre y se abrió el paracaídas, miró hacia abajo y apareció algo conocido: los campos parecían ravioles. No es una metáfora casual. Betty tuvo una fábrica de pastas durante años. Su mirada sigue siendo la de quien trabajó con las manos.
“Era hermoso. De golpe me di cuenta de que todo estaba conectado con mi vida”, aseguró. Finalmente aterrizó, puso los pies nuevamente sobre la tierra, sin dificultades, y con la confianza y seguridad de que su sueño se había cumplido.
Una vida de trabajo y fortaleza
Betty no llegó con esa condición física por casualidad. Toda su vida trabajó. Antes incluso de formar su familia, lo hizo junto a su padre, que fabricaba moldes para fideos, únicos en el país.
“Pesaban como 80 kilos de bronce. Los cargaba al hombro, los llevaba hasta la camioneta y manejaba hasta el centro para repartirlos”, recordó.
Después llegó el matrimonio, la fábrica de pastas propia, los cajones de verdura, la limpieza, la atención al público, la crianza de los hijos.
“Mi marido me decía Kung Fu. Porque no paraba nunca”, recordó entre risas.
Fuente: TN
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Resistencia vuelve a ser epicentro grandes eventos con la Convención Mundial “Crece y Multiplícate” 2026
Del 5 al 7 de marzo de 2026, en la Iglesia Portal del Cielo, vamos a vivir una convocatoria sin precedentes con la Convención Mundial “Crece y Multiplícate” de Invasión del Amor de Dios.
Estamos preparando este encuentro con profunda expectativa, sabiendo que Resistencia será nuevamente un punto de referencia espiritual a nivel mundial, al recibir delegaciones de los cinco continentes. Para nosotros, este evento confirma que 2026 será un año de cosecha sobrenatural, donde Dios está levantando hombres y mujeres preparados para llevar el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra.
Nos honra contar con la presencia de ministros internacionales como el Obispo Dag Heward-Mills (Ghana), los pastores Miguel y Montserrat Bogaert (República Dominicana) y el Apóstol Leandro Quipungo (Angola), junto a nuestros anfitriones, el Apóstol Jorge y la Profeta Alicia Ledesma (Argentina).
Durante estos tres días, viviremos plenarias enfocadas en el crecimiento y la multiplicación, con tiempos de impartición, activación espiritual y entrenamiento ministerial, creyendo que la gloria de Dios se manifestará con poder.
Nos inspira la promesa de Génesis 35:11, donde Dios declara: “Crece y multiplícate”, marcando el llamado profético que guía esta convención.
Invitamos a todos a sumarse y ser parte de este tiempo histórico. La inscripción puede realizarse a través del link oficial www.invasiondelamordedios.com
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Es campeona de oratoria de la Argentina y sueña con representar al país en un concurso internacional
Pilar Urbina alcanzó una meta que nunca imaginó cuando comenzó a estudiar oratoria a los 17 años: ganó un campeonato nacional y tendrá la oportunidad de representar a la Argentina en Antigua y Barbuda.
La primera vez que tuvo que dar un discurso frente a 200 personas fue casi imposible. Leyó un papel sin poder levantar la vista, colorada de vergüenza y con la voz trabada. Pero gracias a su empeño, será parte del campeonato mundial de la JCI (Cámara Junior Internacional).
La pasión por el debate y la oratoria
Desde muy chica, se apasionó por la lectura y a los 16 ya había ganado concursos de literatura. Pero a los 17, conoció la JCI de Bahía Blanca, una organización internacional presente en más de 110 países que busca desarrollar líderes jóvenes.
“Era post pandemia, yo estaba en el último año de secundaria y la JCI hizo un programa que se llamaba ‘Aprendiendo a debatir’”, recuerda. Ella y una amiga se anotaron en la competencia, sin saber nada de debate. “Nos había copado la idea, pero era exponernos por primera vez”, confiesa.
Al año siguiente, se mudó de Saavedra, su pueblo natal, a Bahía Blanca para estudiar Abogacía y se sumó de lleno a la organización, donde recibió formación en habilidades blandas, comunicación, gestión de proyectos y, sobre todo, oratoria. Para ella, la oratoria y su carrera van de la mano para generar bueno cambios en la sociedad y visibilizar problemas que suelen ser ignorados.
Pero el camino de la oratoria no fue fácil. “Al principio no me gustaba hablar en público, como a todo el mundo”, reconoce. “Me ponía muy nerviosa, me empezaba a poner colorada, me daba cuenta de que me ponía colorada y me ponía más nerviosa todavía. Me trababa toda, la pasaba muy mal”.
Su primera presentación pública en la JCI fue un desastre confesado: “Ninguna de las dos nos animamos a hablar. Pasamos con un papel al frente porque realmente no nos animábamos. No podíamos ni mirar al público, nos daba mucha vergüenza”.
Pero sabía que quería dominar esa habilidad. “La clave para mejorar era tratar de hacerlo la más veces posible”, explica. Entonces empezó a exponerse más: dio capacitaciones en colegios secundarios, compitió en debate a nivel nacional y se sumó al equipo de litigación penal de su universidad.
“Muchas veces me frustré mucho, me largué a llorar porque las cosas no me salían como quería. Soy muy exigente”, admite. Pero con el tiempo aprendió a manejar los nervios: “Ya no era que no había nervios, pero sabía cómo manejar la presión”.
La competencia que lo cambió todo
En 2025, se anotó por primera vez en la competencia nacional de oratoria de la JCI en Mendoza. Entre sus rivales había competidores que ya habían llegado a instancias internacionales, por lo que se propuso disfrutar de la experiencia y trató de no pensar en el resultado.
El tema que le asignaron para su discurso fue “Educar para liderar es la mejor estrategia para transformar el destino de un país”. Basándose en el libro “Mindset” de Carol Dweck, Pilar construyó su argumento en torno a la mentalidad de crecimiento de los líderes. Y contra todo pronóstico, ganó.
“Fue una confirmación de que este era el camino, de que esto es lo que me gusta”, dice. “Fue una sorpresa enorme porque no me lo esperaba”.
Esta victoria le dio la oportunidad de representar a la Argentina en el campeonato americano de oratoria durante la Conferencia de América de la JCI. El evento tendrá lugar en Antigua y Barbuda desde el 13 al 16 de mayo.
Ahora, Pilar necesita recaudar fondos para poder cumplir ese sueño. En vista de que la JCI es una organización voluntaria, debe autofinanciarse el viaje completo, explica. Tiene que cubrir el ticket de la conferencia, los vuelos (un día y medio de viaje), hospedaje y comida.
En diciembre, lanzó un video en su cuenta de Instagram (@pilarurbina_) para recaudar fondos y contactó empresas. El objetivo es cubrir los costos mientras entrena para el campeonato.
Su campaña, asegura, ha tenido “muy buena recepción”, y agradece el apoyo de su universidad y de los medios. Además, inspiró a otros chicos que ahora le escriben para pedirle consejos sobre oratoria, y Pilar asegura que está “a disposición” para ayudar a quienes necesiten una guía.
“Me gustaría que la gente que no se anima a salir de esa zona de confort pueda animarse. Yo también fui una persona que no le gustaba hablar en público, que la pasaba mal, pero que tenía ganas. Y creo que si tenés ganas, no hay ningún tipo de limitación que te haga no poder hacerlo”, afirma.
Antes de cerrar, hace una mención especial a tres personas de su círculo cercano: Mariela, Pamela y Raúl. “Son pilares que tenés a lo largo de tu vida, te dan confianza para todo lo que hacés y creen en vos. Se merecen ese agradecimiento”, dice emocionada.
Fuente: TN
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La historia de Leo, el delivery que recorre la ciudad en silla de ruedas para mantener a su hijo
Leo tiene 41 años y sale todos los días a las calles de Belgrano, San Fernando y Morón para ganarse la vida. Lo hace en silla de ruedas y trabajando como repartidor de delivery, en una rutina marcada por el esfuerzo, la constancia y el deseo de salir adelante pese a las dificultades.
“Estoy haciendo seis u ocho horas. No soy ejemplo de nada, estoy en silla de ruedas, trabajo lo mismo que alguien que lo hace caminando; el esfuerzo es el mismo”, dice Leo en diálogo con Telenoche.
Su objetivo es claro: demostrar que las personas con discapacidad también pueden trabajar y sostenerse por sus propios medios. “Los límites se los pone uno mismo hasta donde quiere llegar”, expresó.
Sin embargo, cada jornada empieza con un obstáculo. Cuando prende la aplicación para salir a repartir, se encuentra con una barrera que lo excluye. “Solo aparece auto o bicicleta para trabajar. No contemplan que alguien reparta en silla de ruedas”, explicó. A pesar de eso, se las ingenia para sumar pedidos y horas de trabajo.
La elección de cada envío no es azarosa. “Es un trabajo que me lo tomo tranquilo. Si me sale $1500 y tengo que hacer tres kilómetros, por ahí no lo tomo y prefiero otro que deje un poco más de plata”, detalló sobre cómo mide el esfuerzo físico que implica cada recorrido.
Leo reconoce que el delivery es una ayuda, pero no alcanza. “Necesito un trabajo para mejorar mi calidad de vida y darle lo mejor a mi hijo. Tengo una pensión y los pedidos me ayudan, pero no llego a fin de mes”, lamentó.
Su historia está atravesada por la superación desde la infancia. “Tuve meningitis de chico. Pero la vida no me detuvo. Tengo que seguir adelante, tengo por quién”, sostuvo.
Lejos del enojo, destaca lo que aprendió en el camino: “La discapacidad me dio un montón y yo estoy agradecido de la vida, pese a esta situación”.
A las dificultades laborales se suman las del espacio público. Las rampas para personas con discapacidad son escasas o están mal hechas: “Uno se la tiene que ingeniar. Vas a mitad de cuadra y buscás una rampa de estacionamiento”.
Aun así, Leo no baja los brazos. Sale todos los días, enfrenta los obstáculos y repite una frase que lo define: “La vida sigue”.
Fuente: TN