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Drogas, alcohol, sexo, prostitución y excesos: la declaración completa de los testigos de la muerte de Natacha Jaitt
En exclusiva, Infobae accedió a los testimonios de las cinco personas que estaban en el salón de eventos cuando la actriz murió en la madrugada del sábado.
Cuando murió, en la madrugada del sábado, la actriz Natacha Jaitt, de 41 años, estaba acompañada por otras cinco personas en el salón de eventos Xanadú, de Villa La Ñata, en Tigre. Infobae accedió en exclusiva a las declaraciones los cuatro hombres y una mujer que estaban en el lugar, de las que se desprende que Jaitt falleció luego de haber consumido cocaína en reiteradas ocasiones además de LSD ("pepa") y champagne en exceso.
El anfitrión Guillermo Gonzalo Rigoni (45), sus amigos el empresario Gaspar Esteban Fonolla (45) y el electricista Gustavo Andrés "Voltio" Bartolín, el productor y socio de Jaitt Raúl de Jesús Velaztiqui Duarte (47) y la joven Luana Micaela M. (19) declararon durante el sábado en el destacamento de Villa La Ñata, y dieron un detallado panorama de lo que fue una noche plagada de excesos que terminó en desgracia. A continuación, los detalles.
1. La declaración del empresario Gaspar Esteban Fonolla
Gaspar Esteban Fonolla tiene 45 años, es soltero, empresario y vive en un country de General Rodríguez. En su declaración, dijo que no tenía relación con Natacha Jaitt y que, en cambio, es amigo de Rigoni, el dueño del salón, desde la adolescencia. Sin embargo, aclaró que "se fue alejando porque no es su onda".
Según el relato de Fonolla, él llegó a la casa de Rigoni cerca de las 17. El dueño de casa lo había invitado con la promesa de que iría una chica. Media hora después, cerca de las 17:30, llegó a la quinta una mujer que para él era "desconocida". Su amigo le dijo que era "una chica paga", que les iba a "cobrar 3 lucas". Luego, se fue con ella a "la habitación de la planta superior".
Según declaró en ese momento, cuando fue "no sabía que esa era la finalidad del encuentro". Y agregó: "No imaginaba que iba a a ser una chica paga sino que pensé que era una chica fácil, así que le dije que yo no iba a pagar".
En ese transcurso llegó un amigo de Gonzalo al que llaman "Voltio" -Gustavo Bartolín, a quien también se refiere como "el gordito de la moto"- y le preguntó: "¿Querés una raya, negro?". "Me invitó una rayita y yo la consumí pero me dijo que no le cuente a Gonzalo para que él no la consuma, no sé si para cuidarlo o para no convidar", contó.
Enseguida, Gonzalo bajó de la habitación diciendo que no había tenido una erección porque "la chica no lo calentaba así que le dije que quizás él no estaba bien, porque se acaba de pelear con su novia. Bajó la chica, nosotros estábamos tomando cerveza o champagne y ella tomó un vaso de agua, y me preguntó si yo estaba interesado en estar con ella, pero le dije que yo no tenía plata y no estaba interesado, así que ella se fue y nos quedamos los tres hombres solos".
En ese momento, el dueño de casa les dijo que iban a venir unas personas para alquilar el lugar para eventos, y dijo que le habían comentado que era una famosa, Natacha Jaitt, "y que el contacto se lo hizo el dueño de un restaurante que le presentó un hombre llamado Raúl, que es quien estaba con Natacha en ese negocio. Yo le dije que ella era una quilombera, y que alquilarle a ellos el lugar le podía o dar beneficios por ser conocida o hacer quilombos".
Yo le dije que ella era una quilombera, y que alquilarle a ellos el lugar le podía o dar beneficios por ser conocida o hacer quilombos
Por ese motivo, Fonolla le recomendó al dueño de casa "que les hiciera una oferta alta para que no acepten, porque no estaba al tanto del carácter mediático".
Jaitt y Raúl Velaztequi Duarte iban a llegar a las 21 pero se demoraron casi una hora. Al llegar, pidieron que ordene sushi para cenar. "El gordito ('Voltio') iba y venía, y se ve que fue a buscar la merca. No digo que él venda, pero no sé de dónde la sacó", contó Fonolla.
"Ella era re simpática, cariñosa, agradable, se sentó al lado mío. Tomamos champagne, hablamos". En ese momento, "el gordito 'Voltio' me dijo '¿querés tomarte una?' y me indicó que dentro del salón (sobre una mesa de mármol en la cocina) había cortado unas líneas, y yo consumí dos rayas más. Vi que en distintos momentos de la noche fueron a aspirar unas líneas, aunque no vi cuando lo hicieron porque estaba sentado afuera. Habían 5 o 6 rayitas. Estimo que era una bolsita porque yo no conozco la calle, sé que era una cantidad como para pasar el momento nada más. Que yo sepa'Voltio' no le cobró la droga a nadie, no vi billetes ni habló al respecto. No vi que Natacha llevara drogas", declaró Fonolla.
Según su relato, durante la velada hablaron de ideas para eventos, fiestas temáticas y posibles modelos de negocios. "Natacha era una chica bastante rara. Durante la noche 'Voltio' dijo que iba a buscar una amiga, dijo 'si te la querés clavar es re linda'. No sé si cuando llegó esa chica o antes, 'Voltio' llevó más cocaína a lo de Gonzalo. Durante la noche en la mesa había una pipa de metal chiquita con marihuana, no sé quién la llevó, de la cual fumamos la chica de rulitos y yo, y no sé quién más".
En un momento Natacha pidió que le mostraran la casa de Gonzalo y el complejo. "No noté nada extraño en ella, solo el 'pire' que se ve en televisión cuando ella sale". A los 5 minutos Gonzalo volvió, pero sólo. Dijo que Natacha se había quedado durmiendo en la casa. "No recuerdo que haya dicho que ella estaba descompuesta o algo así".
Nadie es culpable de la muerte de esta chica, a mi parecer, ya que nadie la obligó a nada
"La amiga de Voltio me hacía caritas, me miraba, y en un momento que se va al baño 'Voltio' me dice '¿Te la querés llevar? Dale, dale, un regalito. Es una piba conocida del barrio', dando a entender que era una chica paga". En ese momento, Fonolla se fue con la joven a una habitación, que no era la de Natacha. "Nos dimos unos besos, nos sacamos la ropa, le hice sexo oral pero a mí no se me paraba por la cocaína que había consumido, y uno o dos minutos después de que llegáramos a la habitación, 'Voltio' golpeó la puerta de la habitación y gritó 'vamos nena, vamos' y ella se vistió y bajó, y se fue con 'Voltio' en la moto. Entonces salió Gonzalo hasta la puerta. Lo vi exaltado, pero no sabía el motivo ya que como yo ya tenía ganas de irme, me subí al auto y me fui. Esto fue unos 20 minutos después de que Natacha y Gonzalo entraran solos al salón y ella se quedara dormida. Yo estaba puesto por la cocaína, había tomado mucho champagne, así que quizás no me di cuenta de lo que pasaba, pero como estoy acostumbrado a irme sin saludar de ahí cuando Gonzalo tiene gente, y tenemos la confianza suficiente para eso, me fui directamente".
El dueño de casa lo alcanzó, le preguntó si ya se iba y él le dijo que sí. Llegó a su casa a las 2 AM, por lo que cree que entre la 1 y la 1:15 se fue de Xanadú. Se enteró de la muerte a las 9 AM, cuando se despertó. Llamó a su abogada y decidió "poner la cara, así que decidimos que lo mejor era presentarme acá".
"Por lo que ví y lo que estuve, nadie es culpable de la muerte de esta chica, a mi parecer, ya que nadie la obligó a nada", declaró y agregó que no quería que nada le pasara al dueño de casa y que a él lo afectaron las sustancias pero "a Natacha no la noté descontrolada, la noté normal en cuanto a la personalidad que mostraba en la tele, extrovertida, jodona. No me transmitió que se sintiera mal, ni me dijo que tomara medicación, tampoco la vi tomando ninguna medicación".
2. La declaración de la joven prostituta Luana Micaela M.
Luana Micaela M. tiene 19 años y trabaja como prostituta. En la noche del viernes llegó al complejo Xanadú invitada por 'Voltio', con quien había tenido relaciones sexuales a cambio de dinero en el pasado. Incluso le ofreció llevar a una amiga al "encuentro con amigos" que 'Voltio' le dijo que estaba organizando. El electricista se negó porque "esa chica era medio villera y la gente del lugar era de nivel alto".
Cuando Luana llegó a Xanadú, su anfitrión le mostró el lugar y la llevó al patio trasero. Allí había una mesa con sushi en la que estaban sentados tres hombres y quien luego supo era Natacha Jaitt: "Yo no hablaba mucho porque no soy de su ambiente. Ellos hablaban de viajes, de Europa, de bolichas, cosas así".
Tanto Natacha como ‘Voltio’ y “el hombre peladito” entraban todo el tiempo, iban a donde estaba la cocaína y aspiraban de la mesada
Según la declaración de la joven, Natacha "se reía mucho y hablaba pavadas". Luana también recordó que le llamó la atención cómo "le titilaba (pestañaba) el ojo". "Claramente estaba alcoholizada ya que estaba tomando champagne desde antes que llegara yo", señaló, y agregó que "hablaba con la lengua como trabada pero seguía tomando".
Según su declaración, dentro del salón había una mesita de mármol en la que había varias líneas de cocaína. Tanto Natacha como 'Voltio' y "el hombre peladito" (Fonolla) "entraban todo el tiempo, iban a donde estaba la cocaína y aspiraban de la mesada". Como ella no consume esa droga aceptó el ofrecimiento de su "amigo", quien también había llevado "pepa" (LSD). "Voltio dijo que tenía pepa y Natacha le dijo que ella quería. Me pasó el cartoncito para que se lo diera a Natacha, ella lo consumió y luego 'Voltio' y yo tomamos una pepa cada uno", relató con lujo de detalles.
También recordó un momento que le llamó la atención: "Ella como riéndose y en forma ingenua preguntó dónde se ponía la pepa, pero igual sabía que iba debajo de la lengua".
Luego, Jaitt se levantó junto con el dueño del lugar y se "quedó charlando con él cerca de donde aspiraban cocaína". "Al ratito salió él solo, contento, como sonriendo, así que pensamos que habían tenido algo adentro cuando estuvieron solos, pero el hombre dijo que en realidad ella estaba descompuesta", explicó Luana.
En ese momento, ella y Fonolla se retiraron a una habitación para tener relaciones sexuales a cambio de dinero, pero el hombre no logró tener una erección porque había consumido mucha cocaína.
"Enseguida escuché desde abajo los gritos de 'Voltio' que me llamaba y me dijo que nos fuéramos rápido porque la otra chica se había descompuesto y que iba a venir la ambulancia. Insistía desesperado en que nos fuéramos del lugar. Me fui en moto con 'Voltio' a su cabaña que queda cerca", dijo, aunque aclaró que al día siguiente al ver el revuelo mediático en torno a la muerte de Jaitt, el electricista la instó a ir a declarar a la comisaría todo lo ocurrido. "Decí la verdad que nosotros no tenemos nada que ver", fue la recomendación.
3. La declaración del electricista Gustavo Andrés "Voltio" Bartolín
Gustavo Andrés Bartolín, llamado "Voltio" o "el gordo de la moto" en las declaraciones del resto de los testigos, tiene 44 años, es estadounidense y es electricista matriculado. Vive "usualmente" en una cabaña en la calle Isla Verde y Río Lujan.
Bartolín explicó que fue al salón de eventos invitado por el dueño Gonzalo Rigoni, a quien considera "un hermano". Al llegar, dijo, Rigoni estaba "con su amigo Gaspar (Fonolla) y se estaba yendo una chica, pero no le dí importancia, no sé quién era".
Yo no lo considero prostitución, lo considero como ayuda
A continuación, indicó que "como varias veces nos hemos convidado drogas (cocaína, marihuana, pepas), alcohol y tabaco, Gaspar me preguntó si yo tenía". "Le dije que te tenía un 'saque' de cocaína, que se lo daba pero que no le dijera a Gonzalo porque no le quería convidar", explicó.
Bartolín contó que acto seguido se fue a bañar, porque "había arreglado con una chica Luana para encontrarnos en el salón de eventos". Dijo que ya la conocía de antes, y que tuvo al menos cuatro encuentros sexuales a cambio de dinero, pero aclaró: "Yo no lo considero prostitución, lo considero como ayuda".
"Yo le dije a Luana que igualmente esa noche podía tener sexo con Gaspar o Gonzalo y hacerse unos mangos, algo que ella aceptó", agregó "Voltio" y dijo que una vez que salió de bañarse, "Gaspar y Gonzalo insistieron para que les consiga cocaína", pedido que aceptó. Luego de preguntarle a gente de la zona, dijo, consiguió "en el puente de la costa del Dique Luján".
"Es un pibe de visera al que le compré $2.000 de cocaína. Así que volví con la cocaína a la casa de Gonzalo y ya estaban las dos personas que esperaba Gonzalo, un hombre -cuyo nombre no recuerdo- y una mujer que resulta ser Natacha Jaitt, que me dio la impresión de ser putona, extravagante, cabaretera, con la tanga afuera", dijo al respecto.
Entonces ella dijo ‘yo siempre tengo, soy judía’, dando a entender que tenía encanutada cocaína para ella sola
Bartolín explicó que le dio la cocaína a Gonzalo, y luego de aclarar que "sólo consumí una línea", escuchó a Jaitt "jactarse de que ella solía consumir 20 gramos de cocaína y que entonces lo que yo había llevado no iba a alcanzar", por lo que le pidió que fuera a conseguir más, algo a lo que se negó. "Entonces ella dijo 'yo siempre tengo, soy judía', dando a entender que tenía encanutada cocaína para ella sola. Es más, yo sé que se guardó dos o tres bolsas de cocaína en el pantalón".
Jaitt comenzó a decir que también consumía drogas sintéticas, por lo que el le reveló que tenía consigo "unos pedacitos de pepa" que le habían dado hace tiempo. Él, Luana y Jaitt los consumieron. "Luana las cortó en la mesa de la cocina, tomando Natacha sola un cuarto. El cuarto restante lo compartimos Luana y yo".
Ya cerca del desenlace fatal, Bartolín indicó que el anfitrión y la actriz entraron juntos, solos, al salón, lo que él interpretó "que se habían ido a garchar, ya que durante la noche ella le había dicho a Gonzalo cosas como 'vos vas a ser mi marido'". "Unos 20 minutos después bajó Gonzalo sonriente, a lo cual yo lo cargaba diciendo que seguramente había tenido sexo con Natacha pero él dijo que se había quedado durmiendo", agregó.
Minutos después de esa escena, le informaron que Jaitt no respiraba, por lo que fue a la habitación donde ella se encontraba. "Le dije 'flaca, flaca, ¿estás bien?' y la senté en la cama, sosteniéndola con mis manos y hablándole. Sentí que tenía el cuerpo caliente y cuando la senté sentí que hizo un sonido gutural, como largando aire una sola vez. Jamás imaginé que pudiera correr riesgo su vida, pensé que estaba desmayada, le dije a su amigo que la sostuviera y le dije que llamaría a la ambulancia".
Una vez Rigoni llamó al 911, "Voltio" decidió irse junto a Luana, a quien le dijo que "Natacha se descompuso". "Hice eso para protegerla, porque no sabía que Natacha había muerto, pensé que sólo se había descompuesto y como iba a venir la policía y había habido 'falopa', no quería que tuviera problemas".
Tras dejar a Luana en su propia casa, Bartolín volvió al salón Xanadú "para ver cómo estaba todo" y para recuperar la campera de Luana. La policía ya estaba presente en el lugar, pero nadie le dijo que Jaitt había muerto. Cuando efectivos policiales le preguntaron qué hacía allí, dijo que era un vecino y que volvía a su casa.
Una vez en su casa "(Luana y él) tuvimos sexo tres veces, y siendo eso de las 5 o 5:30 llamé un remise para que se fuera". Sin embargo, el remisero al que llamó le dijo que no podía entrar porque la zona rebosaba de policías y cámaras, por lo que allí le "cayó la ficha de que algo malo pudo haber pasado".
El electricista finalizó su testimonio revelando que luego, a pedido de Rigoni, "descartó" un paquete de cigarrillos de marihuana que le pertenecían. "Luego me fui a buscar a Luana para que no esté en el lugar cuando llegara la policía", cerró Bartolín.
4. La declaración del socio de Jaitt, Raúl de Jesús Velaztiqui Duarte
De nacionalidad paraguaya, Raúl de Jesús Velaztiqui Duarte tiene 47 años, es profesor de danza y organizador de eventos, y fue quien llegó con Jaitt a Xanadú. Según su declaración, es amigo de la actriz "desde hace muchos años", pero hace poco reanudó la frecuencia de verse. "Nos reencontramos hace unos días, el 31 de enero creo, y ahí surgió la idea de hacer proyectos en común, de hacer eventos juntos", relató.
A mediados de febrero, el dueño de un restaurante les propuso trabajar juntos. Fue él, "Marcelo", quien les dijo que les presentaría a un amigo suyo dueño de un espacio más grande donde tendrían la posibilidad de hacer eventos de mayor convocatoria. "Me contacté con esa persona de nombre Gonzalo y acordamos una reunión al día siguiente que era viernes 22 a las 21, por sugerencia de él. Yo pasé a buscar a Natacha en mi Fiat Adventure color rojo. Como Natacha vive en Villa Urquiza y llovía mucho, llegamos tarde. Llegamos y allí se encontraba Gonzalo que me hizo un recorrido por el lugar, donde ya se encontraban dos hombres, uno delgado y pelado y el otro más robusto que tenía pelo oscuro, con quienes cenamos sushi".
"Durante la noche yo no vi que se consumiera estupefacientes, la verdad es que no sé si tomaron y yo no lo vi, ya que yo desde la cena estuve todo el tiempo afuera y no sé lo que hacían los demás cuando reingresaban al salón. Si yo hubiera visto que ellos estaban consumiendo me hubiera ido porque yo no consumo, fui solo por trabajo", aseguró el socio de Jaitt.
Tras hablar de trabajo, "un par de horas después", ya cuando había llegado Luana junto a Voltio, "yo ya me quería ir pero Natacha se fue con Gonzalo, supuse que iban a hacer un recorrido del lugar y esa fue la última vez que la vi".
"Al rato, creo que unos 15 o 20 minutos después, bajó Gonzalo solo y me dijo: 'Tu amiga se quedó dormida, no sé si estaba cansada pero se quedó dormida', lo cual me asombró porque ya nos teníamos que ir, me sorprendió que me dijera eso ya que con Natacha solo habíamos ido a hablar de trabajo y nada más".
Ya a la 1.30, Raúl Velaztiqui estaba solo sentado afuera. "Como vi que Natacha no volvía le mandé un Whatsapp preguntándole si estaba bien, pero ella no me respondió así que la llamé y no me atendió. Como no me atendió me pareció extraño y la fui a buscar porque teníamos que irnos. Cuando subo a buscarla, Gonzalo fue detrás mío. Vi que ella estaba acostada en la cama boca arriba, desnuda, con su ropa (un short de jean, un corset, una remera y unas botitas) en el piso y la cortina de pelo apoyada sobre la mesita de luz".
En su declaración el socio de Jaitt dijo que no vio en el cuerpo golpes ni marcas, y tampoco había nada en el lugar que le llamara la atención. "La quise despertar y ella no hizo reacción alguna, así que me acerqué, vi que estaba inconsciente, así que la cacheteé, la zamarreé para ver si reaccionaba, pero nada. Gonzalo también intentó lo mismo para hacerla despertar", añadió.
"Le dije a Gonzalo: ¿Qué onda? Llamá a la ambulancia y él llamó al 911. Me desesperé y yo también llamé al 911. No sé si ella estaba respirando o no en ese momento. La ambulancia tardó bastante, los primeros que llegaron fueron los policías. Cuando subió el policía conmigo me dijo que Natacha no respiraba y que no le sentía el pulso. Los oficiales llamaron a la ambulancia y la doctora constató que ella estaba fallecida. Yo entré en crisis, no lo podía creer, ahora lo cuento y lloro porque me angustia mucho".
5. La declaración completa del dueño de Xanadú, Guillermo Gonzalo Rigoni
El empresario Guillermo Gonzalo Rigoni, referido en los relatos como "Gonzalo", tiene 45 años, es importador de material vial, es dueño del salón de eventos Xanadú y vive en Ituzaingó. Hasta el viernes, no conocía a Natacha Jaitt. Incluso cuando Raúl Velaztiqui Duarte le dijo que era su socio, él no supo de quién se trataba: "Yo no la conocía porque no miro la tele".
"El viernes hablé con mi amigo Gaspar Fonolla y lo invité a venir a mi casa de Villa La Ñata (donde ya no resido habitualmente) a visitarme y le dije que iba a venir una amiga, ya que yo había contratado una chica paga pero no le había dicho a él que era una prostituta, solo le di a entender que estaba la posibilidad de tener sexo con ella", explicó.
Cuando llegó Gaspar y se enteró de que en realidad la chica era una prostituta, dijo que no estaba interesado, por lo que Rigoni se fue con ella a su habitación para mantener relaciones sexuales. "Pero no las consumé porque no pude. La chica se fue, ya siendo aproximadamente las 19 o 19:30", explicó.
Serían unas 2 o 3 bolsitas. De esa cocaína consumimos Natacha, Gaspar, Voltio y yo
En ese momento, llegó a la quinta el elecricista Gustavo "Voltio" Bartoloni, quien tenía cocaína y convidó a los presentes.
"Mi amigo Gaspar, cuando se enteró que venía Natacha Jaitt me dijo 'con esta o la podés pegar o te hundía' o algo así, porque ella tenía fama de quilombera y falopera", declaró Rigoni.
Al enterarse de que los invitados estaban demorados, pidió sushi por PedidosYa "porque no tenía nada que ofrecerles y teníamos champagne para tomar". "Voltio además había ido a comprar cocaína para Gaspar, para Voltio y para mí. Voltio llamó para arreglar la compra y fue con mi camioneta a comprarla. Esa cocaína la dejamos cortada en rayitas en la mesada de la cocina de mi salón, serían unas 2 o 3 bolsitas. De esa cocaína consumimos Natacha (yo la vi consumir al menos una vez de ahí), Gaspar, Voltio y yo", explicó.
Natacha ya llegó de entrada recontra acelerada, ella ni comió sushi, estaba muy drogada
Cuando llegaron Jaitt y su acompañante, dijeron que querían hacer una fiesta en el lugar "muy cool, con valet parking, música de los 80 y 90, que les encantó. Intercambiamos ideas para la fiesta, pensando en un perfil de glamour", dijo Rigoni y agregó que "Natacha ya llegó de entrada recontra acelerada, ella ni comió sushi, estaba muy drogada, desde el momento que llegó la noté acelerada, hablando a mil, exaltada, y visiblemente bajo los efectos de la cocaína, lo que puedo notar por mi propia experiencia".
Jaitt también tomó champagne durante la noche, mientras cenaban. Si bien no vio más drogas esa noche, el anfitrión dijo que al menos había una pipa de marihuana.
A la medianoche llegó "una chica amiga de 'Voltio'" (Luana), que el electricista les dijo que era una prostituta, y se quedó con ellos.
"No me acuerdo quién tomó la iniciativa, pero en un momento dado Natacha y yo nos fuimos solos a recorrer mi salón y terminamos en mi habitación", relató ante los investigadores y pidió "aclarar" que "Natacha además había llevado su propia cocaína, fue dos veces al baño para consumirla y me dijo 'qué rica, yo me traje mi propio papelito. Soy judía, la quiero toda para mí', gesticulando con la nariz como haciendo ademanes de aspirar'".
Cuando subí Natacha estaba desnuda tirada en mi cama y haciendo movimientos ondulantes boca abajo como frotándose los genitales
Cuando entraron a la parte de los baños, Jaitt pidió un encendedor, por lo que el anfitrión fue a buscarlos. Al regresar, la encontró aspirando dos líneas de cocaína de la que había llevado ella. "Enseguida, a pedido de Natacha, volví a bajar para buscar un champagne y cuando subí Natacha estaba desnuda tirada en mi cama y haciendo movimientos ondulantes boca abajo como frotándose los genitales de una forma claramente sexual. Yo me acerqué a ella, me acosté a su lado y, sin mediar palabra, le toqué un poco la vagina, le pedí si me la chupaba un ratito, pero ella no me contestó, se quedó quieta, con la boca abajo con la cara hacia un costado, así que pensé que se había dormido, por lo que me retiré despacito. Bajé a donde estaba el resto y les dije 'se quedó dormida'. Habré tardado entre que me fui con Natacha y que regresé para avisar que se durmió unos 10 minutos. Me quedé con el resto, Gaspar se fue con la amiga de 'Voltio' y no sé si antes o después subió Raúl a ver a Natacha", contó el dueño de casa.
"Eso menos de 5 minutos después de que yo bajara, previo a mandarle mensajes y llamar a Natacha, pero como ella no contestó, él subió a la habitación para verla. No recuerdo si primero él subió el solo y me llamó o fuimos los dos juntos de una, pero sí sé que en un momento subimos los dos y vi a Natacha acostada igual que como la había dejado. La dimos vuelta y le sentí calor en el cuerpo, estaba con la piel caliente y transpirada, así queno temí ni imaginé que estuviera muerta. No se despertaba, y pensé que se había desvanecido. Como Raúl se asustó por el estado de su amiga, salí de la habitación y llamé al 911. Cuando reingresé, sí me asusté porque Raúl dijo que ella estaba mal. Le levanté la nuca, le di unos cachetazos para que reaccione y cuando vi que aun así no recobraba la conciencia, le acerqué la cara al aliento, notando que no respiraba. La miré bien y la vi muerta. Salí nuevamente y llamé al 911, pero no quería creer que estuviera muerta, me re asusté. Bajé para avisarle a los demás, vi a 'Voltio' y le conté la situación. Me fui afuera a esperar la ambulancia. Supongo que 'Voltio' les avisó a Gaspar y a la otra chica porque de pronto salieron los tres rápidamente. Dijeron 'nos vamos, nos vamos', y se fueron pese a que yo les pedí a Gaspar y a 'Voltio' que se queden conmigo a hacerme el aguante. Yo no entré más, luego llegó la policía. No me acuerdo cuando llegó la ambulancia, pero sí creo que vi a los médicos", declaró.
"Mis recuerdos no son claros porque estaba en crisis. Después me trajeron para acá, donde me confirmaron que Natacha había fallecido, y eso es todo lo que pasó", concluyó Rigoni ante los investigadores.
Fuente: Infobae
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De la Ferrari negra de Maradona al DeLorean: los autos más icónicos de la historia se pueden ver en Palermo
El automóvil trascendió su función mecánica para integrarse profundamente en el imaginario colectivo, convirtiéndose en uno de los símbolos más potentes y versátiles de la cultura moderna. Más que simples objetos de transporte, son extensiones de la identidad, reúnen características aspiracionales y están cargados de narrativas.
Esta semana llegaron a Buenos Aires 15 de los modelos más icónicos de todos los tiempos, históricamente vinculados a celebridades y personas que dejaron su huella en el arte, la música y el deporte, entre otros campos.
La exhibición “Íconos sobre Ruedas” presentó por primera vez en Argentina varios vehículos de la colección de Jorge Yarur, creador de la Fundación Museo de la Moda que se encuentra en Santiago de Chile.
Acacia Echazarreta, integrante del Departamento de Curaduría de la institución, le contó a TN de qué trata la muestra. “Nuestra colección, con sus 19.000 piezas de vestuario y accesorios, busca congelar el tiempo. Tratamos de retratar distintos estilos, artes decorativas, el aspecto deportivo... de cómo la gente vestía para jugar fútbol, con camisetas y botines, entre otras prendas y objetos que se vinculan al deporte. En este caso, además, tenemos el auto de Maradona: un Ferrari Testarossa negro“.
La Ferrari negra de Diego Maradona, por primera vez en la Argentina
El modelo que protagoniza una de las mejores anécdotas relacionadas a la vida de Diego estuvo de visita por primera vez en el país, luego de casi cuatro décadas de estadía en Europa. Fue el primer obsequio que recibió “Pelusa” tras conquistar la Copa del Mundo de México 1986, cortesía del por entonces presidente del Napoli, Corrado Ferlaino.
El proceso para que las llaves de aquel mítico auto deportivo llegaran a las manos de Maradona fue caótico. Guillermo Coppola, exmanager del Diez, tuvo que convencer al mismísimo Enzo Ferrari de pintar de negro un modelo que solo conocía el rojo. Luego, gestionó la venta del coche en un aeropuerto por un precio mayor al que había pagado originalmente, con el fin de reconciliar a Ferlaino con Diego. Algo de esa historia estuvo presente en Buenos Aires.
“Tenemos una gran colección de Maradona porque obviamente es un gran ícono del fútbol. Se puede ver la evolución de su vestuario desde que tiene un short del Cebollitas, pasando por mítico año 86 y llegando hasta cuando le hacen su partido despedida", explica Acacia. Junto a la Ferrari negra se iluminó la camiseta titular del Napoli que usó Diego.
“Traer estos objetos y vehículos fue toda una experiencia”, cuenta la curadora. "Esta fue una primera vez que tuvimos que traer vehículos y toda una colección pasando la cordillera. Se necesitaron unos 11 camiones especializados para estos 15 autos. Fue un trabajo bien inusual para el museo: tuvimos que esperarlos, bajarlos, recibirlos y subirlos a las plataformas para luego ubicarlos en el pabellón".
Luego, explicó el criterio con el que se montó el evento al que pueden concurrir los fanáticos hasta el 2 de octubre en Costa Salguero. “La idea de la exposición, como decía el título, fue 'Íconos sobre Ruedas’. Por lo tanto, se eligieron vehículos emblemáticos. Obviamente, para la Argentina, este de Maradona es muy simbólico. Otros que le gustan mucho al coleccionista son por la época o por el personaje, como Marilyn Monroe".
Entre los coches exhibidos también estuvo el legendario DeLorean que se utilizó en la célebre película Volver al Futuro. El modelo fue abierto para el público, mostrando los detalles de un tablero que permanece impoluto y colorido.
“El fuerte de la colección del museo son los años 60 y los años 80, por lo que también hay personalidades de ese tipo y autos icónicos del cine, como el DeLorean, que es muy representativo de la máquina del tiempo de esa película. La selección tuvo que ver con la visión y la colección del propietario“, expresó Acacia.
“Si podemos nombrar algunos de los autos, el más representativo es el de Diego Maradona. Pero también tenemos el Thunderbird de Marilyn Monroe; un Beetle de Olivia Newton-John; un Lincoln de la colección presidencial, que es un modelo similar al que usaba Kennedy; y el Corvette del ’66 de Slash (de Guns N’ Roses), entre otros".
De esta manera, los fanáticos disfrutaron de una exposición casi sin precedentes en el que, con autos y piezas históricas, pudieron revivir parte de la experiencia que estos objetos les brindaron a las mayores celebridades de la historia.
Fuente: TN
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Eran adolescentes, sus familias se oponían al noviazgo y un embarazo los llevó al altar: el amor de 38 años que resiste prejuicios
Viajemos en el tiempo hacia 1987. Fue ese año que Fernando B. y Graciela D. se conocieron. Ella estaba en tercer año y por cumplir los 16. Él cursaba quinto en el mismo colegio y tenía 17. Si bien Fernando era compañero del hermano de Graciela, fue un amigo en común quien los terminó uniendo. El amor naciente se selló formalmente con un beso el día del cumpleaños de 16 de ella: el domingo 25 de octubre, en un boliche de Berazategui, en una especie de lo que ahora llamaríamos “matiné”, eventos donde solían sortearse viajes de egresados. Y el amor que los atravesó fue fulminante.
Resistencia intramuros
Fernando cuenta que con su compañero y hermano de Graciela eran “como el agua y el aceite. Te hago una metáfora musical… él era Rolling Stones y yo era Beatle, ¡muy distintos”!. Pero no solo el hermano era diferente, también la familia de su novia era muy estructurada. Graciela es la menor y además de tener dos hermanos varones, su padre es militar. Es de la marina. Ella era la única mujer y siempre intentó transgredir en lo que podía esas estrictas normas. Y bueno, hacía cosas que no aprobaban… ¡Yo era parte de lo que no aprobaban! Creo que me rechazaban por una cuestión de diferencias. Mi suegro es del interior y quizá pensaba que yo pretendía hacerme más de lo que era, que mi padre era medio como un intelectual… qué sé yo. No sé realmente. Pero no era fácil y a Graciela la controlaban completamente. Por todo esto, al principio, ella no les contó que estábamos de novios. Yo iba a visitarla con este amigo en común, pero un día empecé a ir solo y se volvió evidente que algo pasaba entre nosotros. Decidí que tenía que hacer algo para que su padre me habilitara a visitarla sin problemas. Sabía que él volvía de trabajar a las 16 y, entonces, me paré en la calle a esperarlo a las 15.30, cerca de su casa. Cuando lo vi llegar, lo paré y hablamos. ¡No se lo esperaba! Formalmente su respuesta fue que sí, que estaba todo bien, pero me advirtió que la cuidara…”.
Fernando quedó habilitado para las visitas como novio. Pero la resistencia a la relación entre ellos aseguran que se percibía en el aire. También en la casa de Fernando su madre se oponía: “El único que nos apoyó sin condiciones fue mi viejo. Él había estado casado dos veces antes, tenía más hijos, hasta que se casó en la tercera oportunidad con mi mamá a quien le llevaba veinte años. Había vivido mucho, era más abierto y nos entendía. Era mucho más permeable a nuestras elecciones y se lo notaba contento con mi pareja.. Se notaba contento con mi relación. ¡Nos bancó siempre!”.
A pesar de los recelos no abiertamente expresados por sus familias, el noviazgo siguió su curso.
La despedida
Fernando recuerda con profundo dolor esa época: “Yo ya estaba cursando medicina. Ella, en el colegio todavía. Pasado enero y febrero de 1989, Graciela empezaría quinto año del secundario en el sur. Fue un verano insoportable porque sabíamos que nos íbamos a tener que separar en breve. Me fui con mis padres y mi hermana de vacaciones a Córdoba, como todos los años. La pasé mal porque descontaba los días. Éramos dos adolescentes enamorados hasta el tuétano que estábamos devastados porque tendríamos que vivir lejos el uno del otro”.
Y llegó el momento de la despedida. Era un día gris de fines de marzo. El suegro de Fernando ya estaba instalado en el sur desde hacía algún tiempo. Ahora, viajaban su suegra con su novia y sus hermanos. Saldrían de Ezeiza en un avión de la marina.
“Fui con ellos para poder despedirme y estar con Graciela hasta el último segundo. Nos tomamos el tren en Berazategui, luego algo de Constitución a Retiro y de Retiro un micro de la Marina hasta Ezeiza. El vuelo se demoró porque había muchísima niebla. En esas horas de espera pensamos en fugarnos. Estábamos desesperados. Pero en un momento de normalidad pensé que no era una opción hacerlo, íbamos a lograr que hubiera más lío del que ya existía. ¡Nos mirábamos y nos decíamos nos vamos! Lo hablamos, pero al final no lo hicimos. En un momento, hasta llegamos a ir a la puerta, pero no pudimos tomar la decisión. Recuerdo que ella se iba caminando y me quedé, pegado al vidrio, mirando cómo subían a la escalera del avión. Hice el mismo recorrido que habíamos hecho juntos para volver. Solo y con un dolor inmenso”, recuerda Fernando como si fuera hoy.
Hoy no tienen dudas de que ese fue el momento más triste de sus vidas.
Ya para este entonces la joven pareja, es importante contarlo, ya mantenía relaciones sexuales.
Un reencuentro crucial
“Desde el principio, empecé a pensar cómo me iría hasta Río Grande para poder volver a verla”, admite Fernando quien aclara que no tenía un peso, eran muy chicos todavía y viajar en avión era carísimo.
La vida siguió con eternas llamadas telefónicas a diario. Horas y horas de teléfono diciéndose cuánto se amaban. Tanto se extrañaban que los padres de Graciela terminaron aceptando dejarla ir una semana a Buenos Aires en el mes de mayo.
Graciela llegó el 6 de mayo y se quedó unos días en la casa de Fernando y otros en la casa de una tía de ella.
“Mis suegros y mis padres estaban en contacto permanente porque imaginate que querían saber qué hacía su hija cada día. En mi casa dormía en la habitación con mi hermana. Pero estábamos todo el tiempo juntos. Te reconozco que mi mamá también boicoteaba, sutilmente, la relación. Creía que éramos muy chicos. Pero nosotros estábamos tan comprometidos con nuestro amor que si nos decían que teníamos que irnos a vivir abajo de un puente o a un caño lo hubiéramos hecho. No pensábamos mucho, sentíamos”, reconoce.
Cuando Graciela volvió al sur ya no lo hizo sola.
A las semanas notó que tenía un retraso en su menstruación. Como no se cuidaban, era claramente posible un embarazo. No dudó en hacerse un test. ¡Positivo!
“Me llamó a escondidas de todos -cuenta Fernando- y me dijo que tenía que hablar conmigo. Me dijo: Estoy embarazada. Imaginate, ¡yo estaba a 3000 kilómetros de distancia! Llorábamos los dos en el teléfono. Sabíamos que podía pasar y sucedió. Bueno, ahora había que ver qué hacíamos, cómo seguíamos”.
Era junio de 1989. Fernando eligió hablar primero con su padre porque era quien lo apoyaba siempre.
“Mi viejo fue sumamente práctico. Con él se podía hablar de todo, con mi vieja no podías. Me planteó las tres alternativas, no juzguemos si eran buenas o malas ideas, simplemente fue lo que me dijo y agregó que me iba a bancar lo que decidiera: interrumpir el embarazo, seguir adelante o hacerme el tonto y ver qué pasaba. Obviamente no pensaba hacerme el tonto, la amaba, era una pareja seria y mi novia. Tampoco quería un aborto porque era nuestro hijo. Íbamos a seguir adelante, eso le dije. Me dijo que nos ayudaría como pudiese. Yo sentía que necesitaba hablar con Graciela frente a frente, no por teléfono, para planear el futuro”.
La ayuda del cuñado
Fernando estaba decidido a verla. Tenían mucho para conversar y ponerse de acuerdo.
“Justo mi cuñado vino del sur por unos días. Graciela le había contado a su hermano lo que pasaba, no a sus padres. Así que hablé con él y le conté que pensaba viajar a verla y charlar pero que no tenía manera de hacerlo porque carecía del dinero necesario”.
Así fue que a Fernando se le ocurrió una transgresión. Le pidió a su cuñado el documento y le dijo que sacaría un pasaje gratis de la marina a su nombre e intentaría usarlo él para viajar. Su cuñado terminó accediendo, después de todo su hermana estaba en una situación compleja.
“Me lo prestó y fui al Edificio Libertad y saqué el pasaje a su nombre. Hasta ahí era todo legal. Pero lo que hice después fue devolverle el documento porque él lo necesitaba y el día del viaje fui solo con el pasaje. Me haría pasar por él. Como no era un vuelo comercial era distinto y, en esa época, por ahí era más fácil porque no había los controles actuales. Había un tipo de la marina que te miraba y pasabas. Pero justo el tipo que me recibió el pasaje era un compañero de mi suegro… Se dio cuenta de que yo no era el hijo de su amigo. Me miró, hizo una cara y me dijo: Pasá. Creo que fue de onda porque sabría del noviazgo, no sé. Salimos y en la parada de Trelew nos dijeron que había una tormenta brava y anunciaron que a lo mejor tendríamos que hacer noche en Río Gallegos y que para eso nos pedirían los documentos y los pasajes. Me quería matar… yo tenía el pasaje con un nombre y mi documento. Estaba en el horno. Pero otra vez tuve suerte: de pronto el clima mejoró y seguimos viaje hacia Río Grande. Cuando aparecí en la casa de mis suegros no entendían nada. Creo que se querían matar que estuviera ahí. A él se le salían los ojos de la cara como en los dibujitos animados… (se ríe) Creo que nunca supo cómo llegué ese día. Hasta hoy… ¡si es que lee esta nota!”
Fernando se quedó tres semanas en la casa de Graciela conviviendo con sus padres y hermanos. En esos días contaron lo del embarazo. Hubo discusiones, caras largas y muchísima tensión en el ambiente.
“Yo siempre fui bastante diplomático y traté de evitar el conflicto, pero un día de esos me cansé. Y dije me voy, armé mi bolso y dije que iba a dormir a la calle o dónde fuera. Dejé la casa sin un peso y hacía un frío brutal, doce grados bajo cero. Primero me fui al playón donde están los camiones y empecé a preguntar a los conductores si alguien me podía llevar hasta Buenos Aires. Nadie quiso. ¡Ahora que soy productor de seguros lo entiendo! Pero en ese entonces no lo entendí y me sentí decepcionado por la falta de ayuda. Luego pensé en irme al hospital, ahí habría calefacción. Finalmente los padres se apiadaron de mí y me fueron a buscar para que volviera. Tres o cuatros días después mi suegro me consiguió un vuelo de la marina para regresar a Buenos Aires. Llegué de sorpresa a mi casa, porque no tenía ni monedas para llamar por teléfono de una cabina pública. Mi madre estaba entre contenta y enojada por toda la situación”, relata, “Graciela y yo teníamos nuestros planes, no los consultábamos con nadie. Estos eran: casarnos, tener nuestro hijo y estar juntos donde pudiéramos. Mi viejo tenía un negocio de cirugía y ortopedia y otra vez nos puso el hombro, se convirtió en nuestro ángel guardián: me dio trabajo. Informamos a nuestras respectivas familias que nos íbamos a casar. No quedó otra que lo aceptaran, sino lo hacían esperaríamos a que ella cumpliera 18 y lo haríamos igual”.
Una cama prestada y la primera hija
En septiembre Graciela consiguió viajar a Buenos Aires. Ya cursaba el cuarto mes de embarazo. Fernando la esperaba con la fecha para casarse por civil: 28 de septiembre de 1989. En esos días, además, fueron juntos a hablar con el sacerdote Luis Farinello quien los recibió en Quilmes y aconsejó con infinita paciencia. Explica Fernando: “Yo soy católico, pero no practicante. Pero ella sí lo es. Quería el casamiento por iglesia. Entonces nos fuimos hasta Quilmes para reunirnos con él. Le reconocí a Farinello que lo hacía por ella, que no era creyente. Él nos habló de una manera que me llegó al alma. Aceptó la situación y me agradeció la sinceridad. Pusimos fecha en su iglesia de Quilmes para el día siguiente del civil: el 29. Las dos familias, medio a regañadientes, fueron a los dos casamientos, al civil y a la iglesia. No aprobaban, pero fueron”.
Pero eso no era todo. No tenían casa.
“No teníamos donde ir a dormir después de casarnos. Así que en los días previos le pedí a mi vieja si me prestaba el pequeño departamento de atrás de la casa de ellos, pero no aceptó. Y me recitó un dicho popular: El casado casa quiere. Mi viejo apareció una vez más para salvarnos y me alquiló enseguida, a escondidas de ella, un departamento pequeño y salió de garante. Pagó y listo. Se lo dijo a mamá cuando todo estaba cocinado y resuelto”.
Fernando trabajaba con su padre y empezó a estudiar menos. No le alcanzaba el tiempo. Pero ya estaban juntos, tenían un techo, una cama y una mesa prestadas. Eso les alcanzaba. El amor bastaba.
En febrero de 1990 nació M. La situación se fue normalizando de a poco. Con el tiempo consiguieron otro departamento, también ayudó un poco su padre, y Fernando optó por dejar definitivamente los estudios universitarios.
“No podía sostener la situación de trabajar y estudiar. Con un dinero que me prestaron puse un negocio de ortopedia, igual al de mi papá, en San Francisco Solano. Sorpresivamente, nos empezó a ir muy bien. Un año y medio después pudimos comprar nuestra primera casa. Era una quinta semiabandonada. Pagarla fue otro lío porque en el medio me estafaron con un plan de ahorros. En fin, por suerte el dueño me esperó a que sacara un crédito y en diciembre de 1993 nos instalamos ahí. Claro, pero no teníamos auto. Yo tuve varios trabajos distintos, uno en San Fernando, para sumar más dinero y Graciela trabajaba en el negocio que teníamos en Solano, al cual iba con nuestra hija. Abría a la mañana y a la tarde, en el medio volvía a casa por un par de horas. Para ir al local desde donde vivíamos tomábamos 3 colectivos, ¡entre ida y vuelta eran 6! Pero, como iba dos veces, terminaba tomando 12 por día. Hacíamos una vida de locos. Pero en la pareja siempre estábamos muy bien, enamoradísimos. Así que no había quejas. En 1996, nació X. Para esta época estábamos más acomodados, pero curiosamente siempre distante con nuestras familias. Quizá un poco por orgullo propio y no querer pedir nada más. Pero lo cierto es que, salvo mi viejo, nadie nos ofrecía ayuda con las chicas ni nada. Hacíamos nuestra vida como podíamos. Con mis suegros nos veíamos una vez cada ocho meses. A veces creo que ellos creían que nuestra pareja se iba a desmoronar, pero lo loco es que fue la única que perduró. En 2004 nació V. nuestra tercera hija que hoy tiene 20 años y trabaja conmigo”.
Deseos no cumplidos y mensajes
Fernando tiene guardados sentimientos encontrados con su familia política. Siente que no se interesaron lo suficiente por sus nietas: “Es como si no les interesaran demasiado. Nunca las llevaron a una plaza. ni al cine, ni al circo, ni a nada. En mi familia pasó algo parecido. Pero bueno eso generó discusiones, pases de factura de unos y otros y, por supuesto, lejanía. En el 2003 nos mudamos a Mar del plata, pensé que de alguna manera estaríamos más cerca de mis suegros que ya vivían en esa ciudad desde 1995. Pero tampoco fue remedio. En 2020, finalmente, nos compramos una casa en Mar del Plata. Mis suegros viven a 30 cuadras de mi casa, pero ¿podés creer que no la conocen? No los veo desde hace unos 5 años, mi mujer creo que desde hace 3. Es un poco frustrante porque nunca nos pudimos sentar a hablar bien de por qué es así la relación. Nuestro matrimonio fluye increíblemente, disfrutamos viajar, hacemos deporte, somos felices con nuestras hijas. No podemos entender qué es lo que pasa. Mi papá murió en 2003 y mamá vive, pero también la veo poco”.
El dolor por la lejanía familiar se nota presente en su relato. Pero el matrimonio de Fernando y Graciela parece indisoluble, se los percibe unidos, eligiéndose cada día.
“Llevamos ya 38 años juntos, 36 de casados. Sentimos que la familia somos nosotros cinco. Mis hijas tienen 35, 28 y 20 años. No entendemos por qué no se dio la de la familia extensa, no se terminó de resolver las diferencias. No creo que haya habido maldad, pero sí preconceptos o prejuicios. ¡Nos hubiera encantado tener una relación cercana con nuestras familias! Pero bueno si no sucede, ya está, qué le vamos a hacer”.
A Fernando -quien, además de productor de seguros, tiene inmobiliaria- le dio por la música y hace poco le grabó a su mujer una canción de Alejandro Lerner: Amarte así: “... es vivir un sueño eterno junto a ti, es confiarle al universo este milagro de sentir, amarte así, entregándome al destino que elegí, y que es ese mi camino y yo en el tuyo y compartir…”. La letra, dice, refleja con precisión lo que siente. Graciela, por su parte, maneja desde hace veinte años una escuela de pastelería. Todo el resto de sus vidas lo realizan juntos: suben al Lanín, cruzan la cordillera, realizan largas bicicleteadas y acompañan el camino de sus hijas. Siguen amándose, asegura, con la misma intensidad de aquel 1987. Imposible no creerles.
Fernando dice que se decidió a escribir a Infobae porque lee siempre la sección y observó que muchas historias de amor terminan mal: “¡Nuestro amor terminó bien! Mejor dicho ¡no terminó! Nuestro mensaje es que cuando te amás de verdad no hay boicot posible. Le diría a todos: nunca dejes que nadie frustre tus sueños y siempre peleá hasta el último round de la vida porque ¡vas a obtener tu recompensa!”.
Fuente: Infobae
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Ella lo buscó durante 33 años y él la encontró en 48 horas: la historia del reencuentro de una mamá con su hijo robado
“Él fue robado de mi panza. Yo lo esperaba para el 18 de diciembre. Pero una asistente social me internó el 15, y ya el 16 me operaron y nació. Es decir que adelantaron su nacimiento dos días. Y ahí comienza toda la historia. La triste historia”.
Desde ese día, Nélida Benítez pasó 33 años buscando a su hijo Alejandro. Viajaba desde Misiones para encontrar su cara, aquella que nunca había visto, en el rostro de cientos de niños que se cruzaba cerca de una dirección que le habían pasado en Buenos Aires. Y viéndo a los chicos jugar en el Parque Rivadavia, donde esperó, en vano, la llegada de ese hijo que le había arrebatado de los brazos. Y que crecía, que era un adolescente después, un joven más tarde. Hasta que se convirtió en un hombre de 33 años, que un día, en abril de 2021, decidió buscar comenzar a su madre. Y la encontró en 48 horas.
Así se llama, 33 años en 48 horas, el libro que escribió Alejandro Pérez Guahnon. En sus páginas narra su historia, que no solo es personal. Es también la denuncia -o el testimonio vivo- de un entratamado de corrupción que involucra a la Justicia y la Policía de Misiones. Una historia que Alejandro ya contó por primera vez en Infobae el año pasado.
“El libro no cuesta ningún dinero, no tiene precio: yo lo regalo para quien necesite -aclara Alejandro-. Está ayudando a mucha gente, porque se le empiezan a despertar cosas. Por ejemplo, me contactan madres que les dijeron que su hijo murió y nunca tuvieron la posibilidad de ver su cuerpo: ‘Leí tu libro y me doy cuenta de que también seguramente fui engañada, y me gustaría empezar a buscar’. Lo escribí para concientizar a la gente que estas cosas pasan. Y siguen pasando”.
En el libro, están las palabras de Alejandro. Y en esta entrevista con Infobae, están por primera vez las palabras de su mamá. La otra protagonista de esta triste historia.
La entrevista completa de Alejandro Pérez Guahnon y Nélida Benitez en Infobae.
—Vayamos hacia atrás, Nélida. A la llegada de Alejandro. ¿Cómo era tu vida en ese momento?
—Era de familia pobre pero de corazón limpio. Trabajaba, criaba a mis hijos, tenía mi casa propia. Alejandro era mi sexto hijo. Había tenido cinco, pero uno falleció mucho tiempo antes.
—¿Qué le pasó?
—Nació con un soplo, que tenían que verle siempre. Ese día había paro en el hospital y no lo pudieron atender a tiempo.
—¿Y el papá de Alejandro estaba presente en tu casa, ayudaba? ¿Cómo era el vínculo?
—Él tenía otra familia. Decía que trabajaba en el campo, iba; pero venía siempre. Eso sí.
—Y vos estabas muy sola.
—Sí...
—¿Y cómo te arreglabas para darle de comer a tus hijos estando embarazada?
—Siempre trabajé. A lo que más me dediqué fue a la construcción: yo sola hice mi casa. Entonces, lo que podía hacer, lo hacía.
—¿Había para comer?
—Sí, sí. Porque trabajaba.
—¿Qué pasa ese día? ¿Por qué te internan? ¿Cómo se acerca una asistente social a vos?
—Siempre recibíamos mercadería. Y ese día viene una de mis hermanas, Ana Benítez, y me dice que estaban dando mercadería. Fuimos caminando hasta Acción Social. Yo ya estaba con la panza grande. Mi hermana sube a anotarme para las bolsas de mercadería. Yo quedé abajo; le di mi documento, como de costumbre, para anotarme. Después ella baja: traía la mano cerrada, como que escondía algo; nunca le pregunté qué llevaba en esa mano. Volvimos a mi casa y llega la asistente social, me saluda amablemente, como si me conociera de antes.
—Pero vos no la conocías.
—No, nunca la había visto. No sabía que era asistente social. Como todos teníamos asistente social, entonces dije: “Una más”.
—¿Por qué siempre iba una asistente social? ¿Para ver que los chicos estuvieran bien?
—Mis dos hijos más grandes iban a guardería cuando yo trabajaba. Entonces, todo el tiempo estábamos supervisadas por una asistente social: si tenían las vacunas, si estaban bien. Y bueno, ese día me hizo preguntas, como cualquier asistente social: si yo estaba sola, qué sé yo. Pero empezó a hacer muchas preguntas. Me preguntó por la panza, si estaba atendida mi panza; le dije que sí, que me faltaba el último estudio, y ese fue mi error, porque ella me dice que me acompañaba a hacerme ese estudio. Fui con ella, confiada; era una asistente social. Me dijo que no íbamos a ir al hospital sino a una clínica, Clínica Misiones, porque así me hacía todo más rápido. Me atendieron. Al rato me dicen: “Mamá, no te podés ir porque la criatura ya viene”. “¿Y mis hijos?”, le digo, porque habían quedado solos en mi casa. “Nosotros nos hacemos cargo de todo. Somos asistentes sociales”, me dijo. Ahí ya no me dejaron salir más. Quedé internada. Y que el chico estaba mal, que venía mal... Me dijeron que me iban a preparar para una operación, para una cesárea; nunca me habían operado, a todos mis hijos los tuve normal. Al otro día me llevaron a… Y de ahí no sé más nada, porque me hicieron dormir totalmente.
—Te anestesiaron completo para una cesárea.
—Completo, completo.
—¿Tu hermana tuvo que ver con todo lo que pasó después, fue parte de todo lo que te hicieron?
—Sí, sí...
—Nace Alejandro. ¿Vos le pusiste el nombre?
—Sí. Ya lo tenía elegido.
—¿Y qué te dicen cuando te despertás?
—Pregunté por él. Me dijeron que estaba en neo porque, según ellos, nació mal: que tenía un defecto en la pierna y que tenía que viajar a Buenos Aires. Ellos ya sabían que así como yo estaba, sola, no iba a poder viajar. Y después me dijeron que él había muerto. Una enfermera fue la única que me dijo la verdad. Se acercó como escondida, y me dijo que tenga cuidado con él.
—¿Te hicieron firmar algo?
—Sí. Para que una asistente social lo traiga a Buenos Aires, porque yo de ahí no me podía mover. Yo no podía leer porque estaba dormida.
—Firmaste, todavía anestesiada.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo te tuvieron en ese lugar, Nélida?
—Alejandro nació un miércoles; el sábado salí.
—Y saliste sin él.
—Sí...
—¿Vos suponías que Alejandro estaba en Buenos Aires, atendiéndose?
—Claro. Porque después la asistente social, Nidia Inchausti, me dice: “Ya lo van a operar, está todo listo en el quirófano para él. Llega, lo operan, y en tres meses vas a tener noticias suyas. Nosotros te vamos a cuidar”. Pero desde ahí, nunca más supe de Alejandro. El sábado llega mi marido, Ramón Alcaraz, y me pregunta por Alejandro. “No creo nada”, fue lo primero que me dijo. El lunes hicimos la denuncia. Y fue a buscarla a esta asistente social, que le dice que Alejandro había muerto porque él era un papá ausente. Y que ellos se habían hecho cargo del entierro. Él le dijo que era el papá y que tenía que saber dónde estaba enterrado su hijo. Pero ella le decía que no. Mi marido no le creía, no aceptaba.
—¿Ya se hablaba de la venta de niños en Misiones? ¿Sabías que sucedía, conocías casos?
—Sí, sí. Por arriba, sí. Se hablaba, pero era como una noticia lejana.
—Mientras tanto, ¿qué pasaba con tu hermana? ¿Ella tuvo alguna mejoría económica?
—Sí, sí. Bastante.
—¿Por entregar a Alejandro?
—Sí. Siempre tuve sospechas.
—Hiciste una denuncia, pocos días después de su nacimiento.
—Sí. Por robo de bebé. En Defensoría (de Menores). Cuando me di cuenta, éramos 17 madres pidiendo la misma cosa. Las mentiras que ellos hacían para poder sacarte los bebés... Cómo la manejaban a la madre para firmar. Por ejemplo, yo no firmé la renuncia de él, sino que en uno de los papeles que ellos me hacían leer, ahí salió su adopción. Y yo firmé, por apurarme a que me lo entreguen, porque todos los días era: “Fijate aquella madre, recuperó el bebé. Yo le hice, yo le traje”.
—¿Eso quién te lo decía?
—La defensora de menores.
—¿Que también estaba involucrada?
—También.
—¿Y te seguía haciendo firmar papeles?
—Sí. Y esa denuncia que yo había hecho, me la escondieron. No podían mover ningún papel porque mi denuncia estaba escondida.
—¿O sea que la policía de la provincia también tenía que ver?
—La policía no sé. Pero yo iba todos los días a la comisaría a buscar mi denuncia: “¿Dónde está? ¿Quién llevó? ¿Quién tenía?”. Entonces, cuando todavía no había pasado un año, un buen hombre, que trabajaba en la comisaria, me dice un día: “Yo te veo que sufrís mucho y te voy a contar la verdad. Pero nunca me viste, ni me nombres”. Ahí me dijo que mi denuncia estaba encajonada en el juzgado de la jueza Norma Nilda Lampugnani. Que la familia que lo trajo era Pérez Guahnón. Y me dio la dirección exacta: avenida La Plata 555, en Buenos Aires. Eso se me grabó para toda la vida.
—¿En algún momento alguien quiso sugerir que vos vendiste a tu hijo?
—Siempre. Toda la vida dijeron. Hasta mis hermanas se encargaban de decirlo. Incluso cuando yo venía a buscarlo a Buenos Aires.
—Pero antes de venir a Buenos Aires, hubo un juicio.
—Sí. Cuando me pasan el nombre de la jueza, voy a verla. Y encuentro que también estaba involucrada. En el juzgado me negaban todo el tiempo, entonces un día me meto de la nada, entro a su despacho, porque todos me decían que no tenía que entrar. Yo estaba sacada. A mí no me importaba nada, ni tampoco sabía que era una jueza de mucho poder. Lo primero que le digo es por qué tenía encajonada mi denuncia. Y me dijo que lo iban a meter preso a mi marido para que yo le diga quién nos daba tanta información. Yo nunca le dije quién era. Y le dije que desde Buenos Aires iba a hacer algo por mi hijo, y se ve que ahí tuvo miedo. Lo que ella que quería era que esta gente, los Pérez, lo adopten. Buscaban, que yo le dé la firma para renunciar a la patria potestad.
—¿En ese momento estaban en el periodo de guarda?
—Claro, en el período de guarda.
—Acá tengo el fallo del juicio que se hizo. Un fallo inédito: dice que “tras determinar que los trámites de adopción fueron efectuados dentro de los carriles de la legalidad, la doctora sostuvo que la madre biológica vive en una extrema indigencia, tiene otros hijos, su concubino la abandonó cuando estaba encinta y no reconoció al niño como suyo”. Como si cualquiera de estas cuestiones habilitara sacarle un hijo a una madre: el Estado tiene que acompañar a esa mamá en situación de vulnerabilidad, para criar a su hijo. O sea, esto sucedió, y la jueza fue esta misma mujer.
—Sí. Norma Nidia Lampugnani. Ya no ejerce: en el 2021 le otorgaron la jubilación.
—La Justicia te deja sola. Pero vos seguiste buscando a tu hijo.
—Sí. Toda la vida. Y vine a Buenos Aires, a esa dirección en avenida La Plata. Me encuentro con el portero, le cuento mi historia. Le pregunto si hay una familia Pérez. Y me dice que sí. “¿Tienen un bebé?”, le pregunto. “Tienen dos bebés. Uno ya tiene un año y algo, y el otro está por cumplir uno. Están preparando una fiesta grande. Lo trajeron del Paraguay y la mamá murió”, me dijo. “No, no. Me lo robaron a mí. Yo soy argentina y estoy viva. Alejandro es mi hijo”, le dijo. “Sí, el bebé se llama Alejandro”, me dice. Le cuenta a su señora, que se entusiasma y me dice: “¡Vamos! Yo sé dónde están”. Subimos 10, 11, 12 pisos, no me acuerdo, y tocamos una puerta. La señora del portero dice: “Esta es la mamá del bebé que trajeron”. Y me cerraron la puerta en la cara.
—¿Quién abrió esa puerta?
—Una señora que limpiaba la casa.
—¿Alguna vez lo viste a Alejandro, de chiquito?
—No. Siempre era mi sueño verle, esa era mi misión. Yo me iba a Buenos Aires, trabajaba, hacía de limpieza, y en mis horas libres iba a esa dirección todos los días, porque yo pensaba que ellos lo iban a bajar un día. Me paraba horas y horas frente a ese edificio porque la señora del portero se asustó: “Me van a dejar sin trabajo”, me dijo. Entonces, cuando iba a ese lugar, tenía la Policía encima mío: me pedían los documentos, me preguntaban qué hacía en ese lugar. Al tiempo, cuando vuelvo, el portero me dice que se habían mudado. Después de eso volvía y hacía toda la avenida La Plata, mirando siempre dónde él podía estar. Miraba a todos los nenes. Iba al Parque Rivadavia y me sentaba y esperaba que él vaya a jugar ahí o algo. Durante años volví a esa plaza.
—Nunca renunciaste nunca a tu hijo.
—No, no.
—Lo buscaste, lo sentiste, lo esperaste.
—Toda la vida. Mi rezo siempre era: “Dios, acortá el camino que me separa de mi hijo Alejandro Martín”.
—Mientras tanto, él crecía. ¿Qué soñabas para Alejandro?
—Yo me iba imaginando cómo sería: que ya tenía hijos, que ya se había casado. Como que se iba grabando en mi mente lo que él iba haciendo.
—Hasta que un día, ¿qué pasó?
—Ese día fue fatal... Me llama una de mis hijas y me dice que tiene noticias de Alejandro Martín. “No juegues con eso”, le digo. Creí que me estaba haciendo una cargada, como me hacían mis hermanas. “Mami, te estoy diciendo la verdad”, me dice. Recién cuando me mostraron una foto suya, ahí parecía que yo pisé el suelo... Fue tan fuerte ese día que quería estar viva, sana, fuerte, para conocerlo. Y fue tan fuerte...
Una búsqueda de ida y vuelta
Desde aquel día en una clínica de Misiones, cuando a Nélida le robaron a su hijo, la historia debe hacer un salto, en tiempo y distancia: 33 años después, en Buenos Aires. Y en Alejandro.
“Yo siempre supe que era adoptado -cuenta ahora-. Toda la vida me lo hacían sentir porque yo soy morocho y toda mi familia siempre fueron rubios, de ojos claros, tez blanca. A mis 17, 18 años, cuando mi mamá, Ester, vio que estaba medio en una nube y no iba para ningún lado, entró a mi habitación abrazando una carpeta, llorando como nunca la había visto. ‘Yo siempre te quiero contar la verdad’, me dijo. Y como lo que uno menos quiere es ver a sus papás llorando, le dije: ‘No me interesa nada. Llevate esa carpeta’“.
—Esa carpeta era la posibilidad de conocer tu origen. ¿Te angustió? ¿Qué te pasó con eso?
—En ese momento no entendía qué era. Para mí había una familia que no podía hacerse cargo de mí, entonces cerré un candado en mi cabeza diciendo: “Esto queda de lado, no sé hasta cuándo”.
—Pero años después, cuando abrís esa carpeta, nace 33 años en 48 horas.
—Sí. 48 horas de búsqueda, sin parar. En esa carpeta estaban los papeles de mi adopción, pero también la denuncia de mi mamá hacia la asistente social, y hasta el artículo de un diario, donde estaba mi nombre escrito. Ahí mi cabeza hizo un clic.
—¿Les preguntaste a quienes te criaron qué era todo eso, o iniciaste una búsqueda por otro lado, buscando tus propias respuestas?
—Primero empecé a investigar solo. Yo ya era papá y estaba casado, pero me alquilé un departamento y me encerré a buscar. Necesitaba tener la cabeza totalmente en blanco para poder asociar todo esto, que era demasiado para mí. Y ahí, desde ese 12 de abril del 2021 que abrí la carpeta por primera vez, estuve 48 horas buscando sin parar.
—¿Qué te habían contado a vos?
—Que me adoptaron el mismo día de mi nacimiento. Ellos ya habían adoptado a mi hermano mayor con la misma asistente social, y también en Misiones. Esta asistente social le dijo: “Hay un chico en adopción, la madre lo dejó porque no podía hacerse cargo. Pero si ustedes quieren hacerse cargo del chico, tienen que viajar hoy”. Eso fue el 16 de diciembre, a las 10 de la mañana; el día que nací. A la noche ellos ya estaban viajando a Misiones. Y esa misma noche, me encontraron ahí, en la clínica. Mi mamá estaba dormida en la misma clínica.
—¿Vos les creés a ellos que no sabían?
—Sí, sí. La asistente social también le mintió a mis padres adoptivos diciéndoles que el problema no era que había una denuncia porque mi mamá me quería de vuelta, sino que mi papá quería plata por mí. Le daban una versión a mis padres adoptivos, y otra a mis padres biológicos.
—Esto es terriblemente doloroso, y me parece importante aclarar que hoy la adopción directa en Argentina está absolutamente prohibida para impedir todos estos mecanismos. ¿Vos entendés que existió algún tipo de intercambnio económico?
—Sí, sí. No me contaron en ningún momento que hubo un pago, pero sí que las adopciones en ese momento eran por escribanía pública. O sea, una persona se anotaba en una escribanía, entraba en una lista y una asistente social se comunicaba con las familias para avisarles que había un chico en adopción. Entonces, cuando se enteran de eso, la asistente social les dice que debían mandar plata, ropa y comida para poder ayudar a la madre. Y luego de eso, se hacían cargo del chico: ahí comenzaba el período de guarda. No me dijeron que hubo un pago, pero sí me contaron que pagaron la clínica y que ayudaban con estas cosas, que ayudaban con plata. Claramente, hubo un pago en cuotas, podemos decirlo, a la asistente social. Cuando empecé a investigar, me di cuenta cómo funcionaba este sistema. Y es más: hasta llegué a escuchar que hay chicos que valen 40.000 dólares, 50.000. Todo dependiendo si es rubio de ojos claros, si es moreno. No lo podía creer.
—¿Cómo la buscaste a tu mamá?
—Lo primero que hice fue buscarla con el nombre y apellido en Dateas. Me salía una dirección, que era la casa anterior donde vivían. Lo primero que dije fue: “Está viva. Tengo que buscarla”. En la denuncia estaban los nombres de tres de mis hermanas: Carolina, Micaela y Gisele. Me puse a buscar por Instagram y Facebook. Les mandaba mensajes a todo el mundo con ese apellido, con esos nombres, con paradero en Misiones, en Posadas. Trataba de ir atando cabos para poder ir achicando un poco esta búsqueda.
—Hasta que respondió alguien.
—Sí. Contacté a mi hermana Gisele. Tuvimos nuestro primer chat. Le dije que estaba buscando a mi mamá, de nombre Nélida Benítez.
—¿Y qué te dijo?
—Lo primero que me preguntó fue mi nombre. Después, la fecha de mi nacimiento. Y dijo: “¡Guau!”. Ella estaba muy ansiosa, no podía creer lo que estaba viviendo. Y me dijo: “A vos te robaron de la panza de mi mamá, de una clínica. Y te estuvimos buscando durante toda la vida. Dejamos nuestras cosas acá y viajamos a Buenos Aires, hasta que tuvimos que volver. Pero mamá después fue y volvió con papá a buscarte".
—¿Y a vos, qué te pasó cuando te dijo eso?
—Y... no tengo palabras para explicarlo. Es como saltar de una vida a otra, como resucitar de la muerte, que ni siquiera sé lo que significa eso. Como levantarme de un coma. Había vivido toda una vida y de repente me entero que esa no era mi verdadera identidad. Sabía que era adoptado, pero todo lo que había detrás de esta adopción.
—¿Y la primera conversación con tu mamá?
—Gisele me dijo: “Llegó mamá, si querés podés llamarla”. Y ahí me dio miedo... La llamé. Y tuvimos nuestra primera videollamada. Contale vos, mamá.
Nélida: —Hasta hoy no sé si creo o no creo. Si estoy en el aire o estoy caminando. Todavía no… Quedé un año en shock. No sabía quién era.
Alejandro: —Estábamos recuperando estos 33 años, porque el día que empezamos a hablar, de repente éramos como mamá e hijo, como si hubiéramos vivido toda la vida juntos.
Nélida: —Toda la vida juntos... Nos conocíamos los dos, todo.
—¿Y cuando lo viste?
Nélida: —Fue dar gracias a Dios porque me escuchó. Nada más. Eso fue todo lo que di: gracias a Dios, que lo encontré. En cada cumpleaños suyo, siempre se hacía una torta. Y la vela de Alejandro se apagaba entre todos los hermanos. Siempre estaba vivo en la mente de mis hijos. Para ellos, siempre estaba vivo.
—¿A cuánto tiempo de esa llamada viajaste por primera vez a conocerlos?
Alejandro: —A los pocos días. Tenía miedo de conocerlos, por temor a que me rechazaran. Hasta que no aguanté más, y fui.
—¿Te enojaste con Alberto y Ester?
Alejandro: —Sí, me enojé mucho.
—Nélida, ¿te pidieron perdón?
Nélida: —No, no. Yo fui para ellos un objeto: ellos buscaban un hijo adoptivo. Los que vendían encontraron el lugar para ubicarlo a él, para hacerme la maldad a mí. Los Pérez no estaban preparados para él: desde Misiones los amenazaban, que si no lo tenían a Alejandro, le sacaban el hijo por quien ellos tanto pelearon. El otro, adoptado.
—¿Esto era así?
Alejandro: —Sí. Los amenazaron diciendo eso: que no iban a poder adoptar más. Y mis papás no podían tener hijos. Entonces lo único que hicieron fue aceptarlo.
Nélida: —Pérez fue a mi casa con una asistente social, un abogado, no sé qué, a ofrecerme plata para que yo retire la denuncia. Es decir: él sabía donde yo vivía, sabía que buscaba a mi hijo. Sabía que me lo robaron. No podés tener un bebé y decir: “No supe que te robaron”.
—¿Hoy están separados?
Alejandro: —Sí. Se divorciaron en el ’98. Y para mí, esto tuvo que ver, totalmente.
—¿Cuál es tu lectura?
Alejandro: —Que vivieron cosas que unas personas normales no viven. Y habrán llegado a un punto que no quisieron más. Tenían muchas peleas, discutían mucho.
—¿Qué te pasa a vos con esa oferta de plata que cuenta tu mamá?
Alejandro: —Hay tres versiones distintas: la de mis padres biológicos, pero también la versión de Alberto y la versión de la abogada que lo acompañó. La de ellos dos se contradice mucho. Sé que hay cosas que no me están diciendo. Hay algo raro. Lo que me cuenta Alberto es que había unos chicos ahí jugando en el piso, que vivían en un lugar de mucha pobreza, con paredes de machimbre, piso de tierra, techo de chapa. Y le preguntó a la señora que estaba ahí, la hermana de ella, por qué había hecho una denuncia. Y lo que dice Alberto es que había hecho la denuncia porque apareció mi papá, que quería tener a su hijo de vuelta, y que quería plata. Entonces, se levantaron y se fueron. Ahí termina la versión de Alberto.
—¿Y vos qué crees Ale?
Alejandro: —Que se equivocaron mucho. Más que nada Alberto, porque no me habla, no me da explicaciones. “¿Vos todavía crees que te robaron?”, me dice. “Sí, por supuesto”. Yo todavía no terminé de cerrar la historia, no conozco toda la verdad.
—¿Seguís en contacto con ellos?
Alejandro: —No. A Alberto le mando mensajes para que nos veamos, me dice que sí, pero nunca tengo una respuesta. Y Ester también. Siento que están enojados conmigo. Pero bueno, es la búsqueda de mi identidad. Es más importante.
—¿Y vos, con ellos?
Alejandro: —Estoy decepcionado.
—¿Los extrañás?
Alejandro: —Tampoco.
—Nélida, yo lo escucho a Alejandro y siento que él también te buscó toda la vida.
Nélida: —O me necesitó toda la vida...
Fuente: Infobae
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