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La viuda de Pablo Escobar: "Si él no se hubiera muerto, a esta altura mis hijos y yo no estaríamos vivos"
Por primera vez, la esposa del narcotraficante más famoso de la historia habla con un medio argentino. Su pasado, sus miedos, su vida junto a uno de los hombres más temidos del mundo.
Pablo Escobar está solo y en silencio. Sin su pistola favorita, la mítica Sig Sauer, ni su ejército de sicarios alegres y dispuestos a gatillar ante la mínima amenaza. El patrón viste de blanco y está sentado en una fuente de aguas danzantes.Aparece su esposa, Victoria Eugenia Henao, y se sienta a su lado. El sonríe. Se abrazan, se besan, charlan.
Así fue el único sueño que tuvo su viuda desde que el narcotraficante más famoso de la historia murió el 2 de diciembre de 1993 rodeado por sus enemigos, solo y acorralado, mientras trastabillaba descalzo por los tejados de una casa de Medellín. Uno de sus matadores (aunque su hijo sostiene que se suicidó de un balazo detrás de la oreja), posó junto a sus compañeros con un pedazo de bigote de Escobar, como un trofeo de guerra.
María Isabel Santos (antes Victoria Henao Escobar) recuerda el sueño ante Infobae, en la primera entrevista que ofrece a un medio argentino desde que se exilió en Buenos Aires el 24 de diciembre de 1994. No puso condiciones, aunque pidió, de ser posible, que el encuentro fuera en un lugar tranquilo. "Mi madre está bien con una taza de café y un vas de agua", avisó su hijo Sebastián Marroquín, antes llamado Juan Pablo Escobar. Eligió su nueva identidad mirando una guía telefónica.
Su hijo, que no participará de la charla porque dice que la protagonista es su madre, lleva varios ejemplares de D'artagnan, la mítica revista argentina de historietas. Está sorprendido porque en esos ejemplares encontró una saga llamada El día del juicio. Aparece su padre con una metralla en la mano y acribillado. "El capo del cártel de Medellín ha sido asesinado. Pero el problema acaba de comenzar. Su hijo va a tomar el poder". Los autores son Ricardo Barreiro y Francisco Solano López. Justamente Sebastián no siguió en el camino de su padre: es arquitecto, escritor y produce documentales. Uno de ellos, Pecados de mi padre, fue premiado. Sin embargo le muestra los viejos ejemplares a su madre. Ella se sorprende, pero saca la vista enseguida.
Luego dice, con cordialidad, que el encuentro no pude durar más de cuarenta minutos porque deben ir al médico y a buscar al hijo de Sebastián, de seis años, a la escuela.
Tanto Isabel como su hijo miran el salón del hotel, los ventanales con vista a la calle Costa Rica, los sillones. Como si el fantasma de la persecución y el peligro estuvieran tatuados en ellos, en sus movimientos y miradas.
La mujer que conoció a Pablo Escobar cuando tenía 12 años (y él 23) cuenta su verdad en un libro fascinante: Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar, publicado por Planeta. En la foto de portada aparece abrazada junto a Escobar, aunque más que un abrazo él le entrelaza el cuello, como si fuera una rehén. En el libro, que va a compañado por fotos inéditas, cuenta cómo fueron sus años con el peligroso narcotraficante que construyó, como líder del Cartel de Medellín, un imperio que se derrumbó con sangre y balas.
-Firmó el libro con su nombre real. ¿Prefiere que la llamen Victoria o María Isabel?
-En este momento todavía estoy muy conectada con el María Isabel, que es el que siento que me abrió la posibilidad para poder conservar la vida. Es el nombre que elegí en nuestro exilio. Así que de alguna manera sentí que con los años había tenido que sepultar el Victoria Eugenia.
-¿Sigue siendo la misma mujer o se siente otra?
-No lo sé. Me tuve que reinventar. Hemos pasado momentos de peligro. Desde un atentado con un carro que tenía 700 kilos de dinamita a quedar en medio de un tiroteo o buscados por los enemigos de mi marido cuando él estaba en cautiverio. Mire, le voy a contar algo. Pablo va a cumplir 25 años de muerto y lo soñé una sola vez. Me ha llamado mucho la atención eso. En el sueño nos encontrábamos en un clima mágico, fue como un momento muy especial y celestial entre los dos. Había mucha paz. Una paz que quizá nunca tuvimos. Yo creo en los que se van. Creo en la fuerza de los que se van de este mundo. Y siento (hace silencio) que converso con Pablo, con mi madre y con mi padre. Los consulto muchas veces. Siento que puedo ver a través de esa fuerza de los que se fueron. Y también les hago sus reclamos.
-¿Qué reclamo le hace a Pablo?
-Estoy muy enojada con él en medio de este proceso de catarsis e introspección con este libro. Sentí mucho dolor y muchas veces le preguntaba: "¿Qué significaba cuándo me repetías tantas veces que todo lo que hacías era por tu familia?"
-¿Usted cree que no lo hacía por la familia?
-Los hechos son tan complejos que desbordan a veces el análisis de esa situación.
-Hay una escena muy fuerte en el libro. La despedida.
-Fue un adiós para siempre. Sí. Lo sentí de esa manera. Pasaron 25 años de ese momento doloroso y cada vez que lo recuerdo se me hace un nudo en la garganta. La muerte asomaba a la vuelta de la esquina. El nos abrazó a cada uno y cuando le tocó despedirse de nuestra hija Manuela no pudo contener las lágrimas. Luego nos siguió con su carro hasta que tocó la bocina dos veces antes de girar a la izquierda y perderse en la oscuridad. Ahí pensé que nunca más nos volveríamos a ver. Como si la bocina nos hubiese enviado un mensaje: "Adiós para siempre mi amor, adiós para siempre hijos míos". Fue muy doloroso tomar la decisión de separarnos y demasiado riesgoso también. Estábamos tan muertos al lado de él como en manos del Estado colombiano.
-¿A que atribuye haber sobrevivido a tanta muerte? ¿Al destino, a un milagro, a la suerte?
-Yo creo en el milagro y siento que cada experiencia de la vida de cada persona, si la logras transitar y sobrevivir a todo ese terror, tiene algún sentido por alguna razón. El Dios en el que yo creo te deja en este mundo para sumar y aportar desde tus experiencias.
-¿Qué pensaría Pablo si supiera del presente que viven?
-Sí, Pablo siempre me pedía que le cuidara mucho a los hijos. Que la prioridad eran ellos, que me fuera de Colombia a buscarles futuro. El decía que más adelante iba a venir en barco o cómo fuera. Pero ya estaba solo, sin sus soldados. Era un hombre muerto. El único sueño que no pudo cumplir fue ser enterrado al lado de un ceibo en la Hacienda Nápoles. Cada tanto le cuento adónde voy con los hijos, y lo orgullosa que me siento y que cumplí con todo ese pedido que me hizo en su momento. Así que me siento muy orgullosa por tener los hijos que tengo, también porque ha sido un trabajo entre todos. Poder haber llegado hasta acá, con sentido y con fuerza, es una bendición de Dios. También reconozco a mi hijo Sebastián, que fue la persona que tuvo el coraje de dar el primer paso, hace ya más de una década. No me voy a olvidar nunca cuando en un café en Pinamar me dijo: "Mamá, yo quiero pedirle perdón a Colombia, tengo que hacer algo, y quiero dar ese paso". Me generó mucho miedo por todo lo que significaba para nosotros volver a aparecer, volver a exponernos, pero en el momento dado le dije: "Te apoyo pase lo que pase". Le agradezco a él también, que es parte de la liberación del alma que nosotros fuimos encontrando a través suyo , y empezando a dejar una huella en este mundo, así no sea escuchada por muchos, pero una huella al fin. Le agradezco a Sebastián que haya dado ese paso. Mi hija Manuela, en cambio, sufre mucho y prefiere alejarse de la exposición.
Reconozco a mi hijo Sebastián, que fue la persona que tuvo el coraje de dar el primer paso, hace ya más de una década. No me voy a olvidar nunca cuando en un café en Pinamar me dijo: ‘Mamá, yo quiero pedirle perdón a Colombia, tengo que hacer algo, y quiero dar ese paso’
-¿La repercusión de los documentales y los libros de su hijo le dio impulso para escribir su libro?
-Si, Sebastián siempre me decía: "¿Cuándo vas a escribir tu historia mamá?". Y yo en realidad no me veía escribiendo la historia, pero van pasando los años, vas reflexionando y me parecía responsable también por Colombia, por mis hijos y por mi nieto escribir mi historia y mi experiencia desde mi lugar para que no se perdiera la esencia. Y más con la cantidad de series, películas y decenas de libros que se hicieron. Hablan de una mujer que yo no soy. Eso me impulsó también a tener la fuerza y el coraje para dar este paso.
-En su libro dice que sólo vio un capítulo de la serie El patrón del mal. ¿Vio las otras series o películas?
-Casi nada porque son series que te conectan mucho con la violencia y no soy capaz. Me duele demasiado. No soy capaz de mirar más violencia de la que ya viví, así que nada que se conecte con la violencia me gusta mirar. Además hay muchas mentiras.
-¿Cuál fue el capítulo que más le costó escribir?
-El del secreto que pensaba llevarme a la tumba. Fue muy fuerte para mí revivir esa experiencia. A la primera persona que me desnudé hace unos meses fue Sebastián. En esas noches de escribir y filosofar un rato, me salió del alma en ese momento y le dije: "Tú no fuiste el primero". Empezó a salir de mí desde mi incursión en las constelaciones familiares y eso fue muy fuerte. No sólo contárselo, sino empezar a conocer lo que me había pasado, porque en ese momento, desde mi niñez, y desde el miedo que tenia por ese paso que había dado, es una historia que ocultas para siempre. Pero cuando ya la empecé a ver con mi terapeuta fue muy traumático para mi entenderlo.
-Entender que se trató de un abuso cometido por Pablo cuando usted tenía 15 años.
-Un abuso sí, en ese momento cuando yo tuve la relación con mi marido, fue una relación de una niña, ingenua, donde realmente esa situación yo la permití, pero más me sentí violada cuando él ya me invita a visitar a esta señora y pasa la violación sin que me consulte nada ni me pregunte nada. Y me hicieron abortar introduciéndome dos tubos. Leer eso llevó a mis hijos a cambiar para mal la mirada que tienen de su padre.
-¿Eso también se lo reprocha aunque él esté muerto?
-Si, en este momento sí. He estado enojada, he estado en una conversación muy distante con él en este último año. En una separación, de tanto dolor.
El pasado nos persigue y el fantasma de Pablo no nos deja en paz. Como escribo en mi libro, soy, y ojalá no suceda más a partir de ahora, ‘la viuda de Pablo Escobar’
-¿Cómo afronta las críticas de las personas que a usted la apuntan cómo cómplice de todo lo que ocurría por esos años violentos?
-Los comprendo. Yo no tenía opción. Cuando lo conocí, pensé que la primera detención de mi marido había sido por contrabando, no por narcotráfico. El me dejaba al margen de lo que llamaban "negocios". Y cuando le pedía que se alejara de ese mundo, me decía que me quedara tranquila, que él no tenía otro incentivo en la vida que luchar por ustedes. También se ha dicho que tenemos su dinero y eso no es así. No nos quedó nada. Lo que no fue confiscado fue a parar a sus enemigos como retribución al daño que había causado en esa guerra. Me cuestionan por sus actos, sin que importen mis esfuerzos ni mi lucha como madre cabeza de familia. El pasado nos persigue y el fantasma de Pablo no nos deja en paz. Como escribo en mi libro, soy, y ojalá no suceda más a partir de ahora, "la viuda de Pablo Escobar".
Lujos, infidelidades y peligro
"Ma, tienes la mirada de (Magnum) 357", le dice Sebastián a su madre, que posa seria ante el fotógrafo de Infobae. "Hijo, por más que quiera, no puedo sonreír. Hay mucho dolor, y debo respetar a las víctimas de tu padre", le dice su madre. Es una mujer con sus contradicciones y una fortaleza que también puede volverse fragilidad. En sus ojos se percibe una tristeza que viene desde lejos.
Se enamoró de un hombre que era capaz de ser un padre tierno con sus hijos, de contarle cuentos a su niña mientras le señalaba las estrellas o llevar al parque de diversiones a su hijo, a ser despiadado con sus enemigos en la lucha territorial por el poder y la venta de cocaína. Un hombre que se comportaba como niño en juguetería a la hora de elegir los animales para el zoológico de la Hacienda Nápoles. Un hombre que despilfarraba millones de dólares porque era una máquina de ganar dinero sucio y llegó a mandarle flores en avión a su mujer, y a la vez era llamado Robin Hood por muchos habitantes, entre ellos los que comenzar a habitar las mil viviendas que Escobar mandó a construir en un lote donde funcionaba un basurero.
En el prólogo de su obra, Santos escribe: "'¿Cómo hizo para dormir con ese monstruo?'", me preguntó una de las víctimas de mi marido. '¿Era cómplice o víctima? ¿Por qué no hizo nada? ¿Por qué no lo dejó? ¿Por qué no lo denunció?'. Esas preguntas son las mismas que miles de personas se hacen sobre mí. La respuesta es porque lo amaba, y aunque a muchos les parezca insuficiente, la verdad es que esa fue la razón por la que estuve a su lado hasta el último día de su vida, a pesar de la infinidad de veces que no estuve de acuerdo con sus acciones y decisiones".
-¿Se arrepiente de algo?
-Claro. De muchas cosas. Otras las estoy procesando. Algunas me las guardo para mí. Con el tiempo veo la historia a la distancia y desde otra perspectiva. En ese momento era muy difícil.
-¿Conserva algo de todo el lujo que rodeó a su marido y a usted en su apogeo?
-Nada. Hemos tenido demasiado. En el edificio Mónaco tuvimos hasta una escultura de Rodin. Y en la Hacienda Nápoles ni hablar. En el libro derribo muchos mitos, pero tampoco quiero revelarlas ahora.
-¿Puede mencionar alguna?
–Siempre se dijo que mi marido ordenó que se le incrustara un cuerno a un caballo para el cumpleaños de Manuela, para convertirlo en un unicornio. Eso es falso. Y lo prueba una foto que hay en el libro. También es mentira que haya comprado el automóvil baleado de Bonnie & Clyde. Construyó uno y le ordenó a sus hombres que lo balearan para simular los 167 proyectiles que tenía el auto de la famosa pareja de gangsters.
-¿Cómo hizo pare reconstruirse después de tanto horror?
-Realmente son 25 años de trabajo personal en este país, me he encontrado con maestros, terapeutas maravillosos. Me encontré muy al principio de este camino con un coaching, que para mí fue una carrera trascendental porque me enseñó a resignificar mi vida. A que mi historia era mi historia. Pero yo podía resignificar la interpretación de esa historia. Allí encontré mucha fuerza y valor. Me costó muchísimo, yo realmente viví con dificultad los primeros cinco años en Buenos Aires, era el disco duro lo que sostenía toda esta corporalidad. Porque me sentí que estuve muy ausente esos años después de tanto dolor. No me podía conectar con mi vida, con mi ser ( hace un silencio). Pero también había dentro mío la fuerza de esa mamá que tenía que estar presente empezando a proyectar con mis hijos los primeros pasos. Entonces era la mezcla entre el zombie y el cuerpo que había ahí, y tenía que empezar a conectarme con él. Sigue siendo una tarea ardua, sigo trabajando todo el tiempo en eso, desde las constelaciones familiares encontrándome y leyendo filosofía de vida, historias de otros también que suman todo el tiempo. Gracias a todo eso y el deporte es que yo mantengo un gran deseo de vivir, y hasta este momento jamás me he tomado una pastilla para dormir, ni ninguna pastilla psiquiátrica.
-¿Nunca? ¿Ni en los peores momentos ?
-Jamás. Me aferre justamente a la filosofía de vida, a los libros y al deporte cuando podía, siempre y cuando fueran espacios cortos o estrechos.
-¿Qué libros la marcaron?
–El hombre en busca del sentido, de Viktor Frank, por ejemplo, me encanta. También me gusta el filósofo argentino Tomás Abraham, Leo Buscaglia con su libro Vivir, amar y aprender, Jorge Bucay, y muchos libros de coaching. Recuerdo que en su momento Pablo me regaló Tus zonas erróneas, de Wayne Dyer. Y también un libro de ejercicios matemáticos con una dedicatoria especial: "Para mi burrita que sólo se acuerda de mí". Pero en realidad todo el tiempo estoy buscando un libro que trate temas como ¿por qué a mí, por qué esto, por qué ahora? Ese tipo de libros que me conectaban con la vida, con lo moral. Siempre fue un encanto, me gusta ir a la librería, me gusta conectarme con la vida de otros también.
-¿Cree que todo le pasó por algo? ¿ O hubiera sido posible evitar su destino?
–Creo que hay un destino, una sincronicidad con él, que por alguna razón te tocan estas circunstancias porque a veces recordando la historia del barrio La Paz con las personas que conocí, mis amigas o mucha gente que admiraba Pablo, a veces me preguntaba: "¿Por qué no se casó con otra? ¿Por qué no miró a otra?(sonríe) Aunque él miraba a otras pero…
-La eligió a usted.
-Exacto.
-Y usted lo eligió a él.
-Si, yo lo elegí a él (los ojos se le llenan de lágrimas). Desde allí creo en la sincronicidad y que la vida te da, te toca tu destino.
-¿Cuándo hacía terapia en Buenos Aires, el terapeuta sabía quién era o le ocultaba su pasado?
–Los primeros años le oculté mi realidad a los terapeutas, y justamente las discusiones con Sebastián y con mi familia era que yo estaba totalmente loca, a qué iba a un terapeuta, cómo me iba poder ayudar si no tenía idea de que era lo que yo realmente estaba viviendo. Y yo les decía: "Converso con él y a mí realmente me va sumando". Porque aprendí de algunas frases filosóficas que me encontraba. Y le hablaba de mi viudez y de mis hijos.
-¿De su marido qué decía?
-Que se había muerto en un accidente. Le inventaba un pasado. Le decía que él había sido empresario cafetero. Había cosas que sacaba de las novelas que veía o de alguna canción. Me inventé un pasado. Y había que ensayarlo para no quedar en evidencia. Nadie debía saber que era la viuda de Pablo Escobar Gaviria. Hoy que lo vemos, la verdad que me parece todo una locura. En un momento les dije a Sebastián y a Ángeles, su esposa: "Necesito que me acompañen al doctor a hacer una terapia de familia". Ellos me apoyaban, pero me decían: "No entendemos qué terapia de familia puede hacer esta persona desde ese lugar". Seguí apostando a eso y a ese terapeuta que nos ayudó, mucho tiempo cuando viví la situación aquí en Argentina. Así que siempre me inventaba esos espacios. Aunque fuese una locura estaba hablando con un profesional que me sostenía alguna parte de mis emociones. Sigo sumergida en un proceso de crecimiento personal. Todo el tiempo lo hago, me gusta mucho porque siento que tengo mucho que limpiar como ser humano, y es una historia que no es fácil de soltar, esta muy tatuada dentro de ti. Tanta violencia. Pero también le doy gracias a la vida de haber encontrado la fortaleza, de haberme podido aferrar al amor y a la fuerza de mis hijos, y hoy es ese nieto maravilloso que la vida me regaló que me conecta con la plenitud.
-¿Es de malcriar a su nieto?
-Yo lo malcrío totalmente (se ríe), en mi casa y en mi vida hace lo que quiere.
-Me consta -acota Sebastián y vuelve a hacer silencio.
-¿Cuándo fue el día que dejó de sentir miedo o dejó de sentirse perseguida?
-A ver (piensa). Esto ha sido también pare de una montaña rusa diferente. Cuando llegamos a la Argentina, a pesar de la paz que yo sentía en este país, una paz que para mí era imposible mirar, tenía mucha guerra adentro mío. Entonces yo caminaba por las calles, veía a un policía y me cruzaba porque ya sentía que me iban a reconocer. Es tener esa angustia absoluta, que pasó durante muchos años este tema del cambio de identidad, que hay que estar recordando tu nombre que no te lo sabías. A veces me presentaba con mi nombre anterior.
-Se le escapaba.
-Sí, se me escapaba. A partir de mis 33 años yo tenía que nacer de nuevo.Inventar una nueva historia, y además la historia de mi familia. Cuando venían a visitarme debían sostener esa historia e inventarse un pasado ellos tambień. Y a cada rato en las conversaciones la historia se iba quedando corta, ¿no?
-¿Le costó adaptarse a esta ciudad?
-No fue fácil. Recuerdo que un día yo iba yo en el bus y recuerdo que me quedé muchos minutos con los ojos cerrados (los cierra), muchos. Porque sentí como un estallido. Del pánico que sentí y no me atrevía ni a abrir los ojos porque pensaba que estaba muerta. Fue muy fuerte cuando los abrí y sentía que el bus seguía andando, no entendía que había pasado. Fue muy fuerte. Y en realidad descubrí que aquí en Buenos Aires hay buses que pasan por debajo del tren. Y ese sonido que me era familiar era el del tren pasando.
-En el libro enumera las situaciones de peligro que pasó. ¿Cuál de todas ellas fue la peor?
-Yo siento que cada situación fue muy extrema. Desde el atentado con 700 kilos de dinamita. A los tiroteos, las amenazas de muerte, los intentos de secuestro a mi hijo, los allanamientos, las detenciones. La amenaza de los enemigos de mi marido y la reunión que tuve con los jefes narcos en los que debí darles todos los bienes y el dinero de mi marido, entre ellos un cuadro de Dalí (The Dance) valuado en tres millones de dólares, para que nos perdonaran la vida. El mismo cuadro que creímos incendiado. Cuando se enteró, Pablo me dijo que me iba a comprar otro Dalí. Lo cierto es que esa obra reapareció. Aun así cuando muere Pablo sus enemigos habían decidido sentenciar a muerte a mi hijo por ser heredero de Pablo. Pero todo eso pasó. Fue todo una situación muy límite y agradecí a Dios que en cada momento de eso me fue dando la luz y la fuerza como para transitar cada camino. Pero todos eran complejos, era la vida en todos y cada uno de ellos. Así que no podría decirle si alguno fue más leve que otro. Yo diría que todos tuvieron ese tinte impresionante de peligro.
-¿Ya no siente miedo o el peligro es un fantasma?
-El fantasma de Pablo nos sigue persiguiendo. Aunque vivo mucho más tranquila y con más liviandad, no tan perseguida. Pero hay momentos dolorosos que se siguen viviendo en el país, como las mismas circunstancias en las que nos sentimos perseguidos.
-¿Vivir con Escobar fue una cárcel? ¿Hubo más miedo o amor?
-Hay cosas que aún no pude tener en claro. Yo había empezado a lograr cierta autonomía. Por ejemplo, viajar sin él a ver obras de arte, yo sentía que el me daba esos espacios. Siento que desde la inteligencia que él manejaba, pienso yo hoy que dijo: "Si no le doy siquiera este espacio a "Tatica", como me llamaba él, seguramente no va a soportar toda esta historia". Entonces de alguna manera me permitió que yo pudiera ser en ese mundo diferente al de él.
El fantasma de Pablo nos sigue persiguiendo. Aunque vivo mucho más tranquila y con más liviandad, no tan perseguida. Pero hay momentos dolorosos que se siguen viviendo en el país, como las mismas circunstancias en las que nos sentimos perseguidos.
-De alguna manera él nunca quiso perderla.
-No, yo le propuse separarme. Estaba agotada por las mujeres que tenía, por tanta infidelidad, y a la vez por tanto riesgo de vida. Entonces le propuse separarnos en muchas oportunidades, y él me decía que no, que por ningún motivo, y que antes muerto que separarse de mí. Me decía que no iba a tener nunca hijos por fuera de su hogar, y cumplió con su palabra, a costa de los abortos que le hizo hacer a otras mujeres, cuyo dolor comprendo. Yo en ese momento sentía que tenía al hombre que estaba demasiado enamorado de mí, y me sentía toda una princesa en ese contexto cuando él me lo decía.
-La pulsión que él tenía por sus amantes es un capítulo extenso en su libro. ¿Fue como un desahogo escribir esa parte?
-Puede ser. Yo viví en una cultura muy machista, que el hombre tiene sus relaciones y la mujer se queda en la casa. En Colombia es un tema común, pero dado su poder, la situación fue mucho más intensa. En mi libro escribo lo que le decía: "Pablo, vos sos un hombre muy joven y tenés derecho a ser feliz; seguí adelante con tu vida y con la relación que elijas. Seré la madre de tus hijos, más no tu mujer. No te preocupes por mí, que Victoria Eugenia Henao es única en el planeta. No es necesario que te quedes, no es tan indispensable, Pablo". Y él me regalaba flores, me besaba y me respondía. "No, mi amor, Tata, Tatica, estás equivocada. No te dejes llenar la cabeza de chismes. No te dejaré por ningún motivo, muchos quieren vernos separados".
-Cuando él vivía sus aventuras amorosas y llegaba de madrugada y usted lo esperaba, ¿nuca pensó en vengarse y serle infiel?
-No, no se me ocurrió, porque venía de un hogar muy conservador. Mis padres eran muy conservadores y estaba cuidando a mis hijos. Ocupaba mi tiempo en ellos, que eran lo que más amaba, y en la cultura. Porque los últimos nueve años con Pablo fueron muy encerrados, los pasé muy escondida por temas de seguridad, y nuestros movimientos dependían de él. Así que no había ninguna oportunidad tampoco.
-¿Que extraña de esos años?
-Extraño no poder estar en Colombia al lado de mi familia. Poderlos ver cada mañana y poderlos abrazar realmente. Es lo que extraño.
-¿Sigue amando a Pablo?
-A partir de esta catarsis, y todo este proceso terapéutico que vengo haciendo, estoy tomando cierta distancia de ese hombre que idealicé llamado Pablo Escobar. Hasta hace dos años que empecé a escribir las primeras líneas de este libro, me empecé a encontrar con esa realidad. Ha sido muy fuerte para mi empezar a salirme de esa idealización.
-¿De dejar de amarlo?
-Es algo que no le puedo decir que lo tengo resuelto, es un proceso, porque nos unieron muchas cosas maravillosas: mis hijos y hoy tengo un nieto gracias a esa unión también. Es esa disociación. Por momentos siento un gran dolor por mirar la vida de mis hijos, adónde los sometimos desde esta relación y desde sus malas acciones. Me apena muchísimo también encontrarme con esa realidad. Como yo a un niño de siete años y a una bebé en brazos los manejé en los momentos más difíciles. Ellos estaban ahí. Nunca se rebelaron, o nos dijeron "nos vamos". Lloraban pero ahí se quedaban, entonces siento un gran dolor por eso, y un pedido de perdón hacia ellos.
Estoy tomando cierta distancia de ese hombre que idealicé llamado Pablo Escobar
-¿Pensó alguna vez qué rumbo hubiese tomado su vida si a Pablo no lo hubiesen matado?
–Si Pablo no se hubiera muerto, nosotros no existiríamos. Yo lo había hablado con mi hijo en muchas ocasiones y a esta altura no estaríamos vivos realmente.
-¿Qué siente cuándo ve las fotos que eligió para publicar en el libro?
-Es el único tesoro que me quedó en esta guerra, las fotografías de la familia y todo los videos. Fue lo único que escondí y guardé rigurosamente. No sé por qué, siempre me gusta guardar los recuerdos, y las cartas y las tarjetas y fue lo único que sobrevivió de la familia. Empezar a rescatar y mirar toda esa historia es muy fuerte, emotivo y doloroso. Juntar estas fotografías fue un proceso de familia muy especial. Las elegí con Sebastián y el editor.
-La mayoría son imágenes de momentos felices. De cuando existía ese idilio que una familia se veía feliz.
-Exactamente. Pero en el libro también intento mostrar mi verdad, para que puedan entender un poco más a la mujer. Y que de alguna manera sea un espacio de reflexión para muchas mujeres que tomamos decisiones irresponsables muchas veces.
-¿Cuál fue su decisión irresponsable?
-No tuve opción, pero cuando hablo de irresponsabilidades en realidad no tiene sentido porque tú te enamoras y no sabes qué va a pasar con tu vida, y no pude salir de ahí, no es tu responsabilidad. Por momentos era muy inconsciente de la situación real.
-¿El sueño de Pablo era ser presidente y que usted fuera su Primera Dama?
-Él me lo dijo. Cuando ingresó en la política como congresal, me dijo que me preparara para ser la Primera Dama. Por esos días me vestía con diseños de Valentino, intentaba aprender idiomas y él me preguntaba sobre las noticias: "Tata, qué han dicho del presidente Reagan, del Papa Juan Pablo II y de mí". Su sueño se esfumó. Y ahí empezó la guerra.
-¿Qué sintió al encontrarse con las víctimas de su esposo?
-Para mí fue una muy linda experiencia y muy sentida haberme encontrado con algunas víctimas en este proceso. No imaginé que iban a presentarse esas oportunidades a partir de la presentación del libro. Dado el camino que Sebastián ha recorrido también tuve la oportunidad de encontrarme con una de ellas, Jorge Lara, el hijo del ministro de Justicia asesinado Rodrigo Lara Bonilla. Cuando ocurrió eso me arrodillé y recé llorando. Encontarme con su hijo fue un momento muy especial para mí, fue un regalo de Dios poder acercarme a él, abrazarlo, pedirle perdón por todo ese dolor, y le agradezco a él su grandeza y su nobleza de corazón por haberme permitido acercarme y mirarme a los ojos y entender la situación. Por momentos me sentía a la deriva, abrazada a Juan Pablo, me miraba el vientre y me aterraba pensar que el futuro de mis hijos y el mío eran muy inciertos. Mi marido se había embarcado en una guerra de proporciones desconocidas y nosotros estábamos indefensos, esperando que decida él. Jamás imagné el horror que viviríamos poco después y no he dejado de reprocharme lo anestesiada que debía estar y mi falta de contacto con la realidad. Tenía 23 años y lo único que hice fue depositar todal a fortaleza en mi hijo de siete años y en la bebé que venía. Se lo recriminaba a Pablo, le pedía que parara pero él me respondía: "Te prometo Tata mi amor que esto se va a solucionar más pronto de lo que creés y vamos a disfrutar de nuestros hijos por mucho tiempo". Hay cosas que descubrí investigando para este libro. Prefiero no decirlas ahora.
-¿Piensa seguir escribiendo de su marido o tiene en mente escribir sobre tema?
-Si, me encantaría cambar de tema. Tengo un libro empezado justamente de coaching tiene que ver de la cima , con "ese", que es cuando estas en la cima del Everest y cuando estas en la "fosa de las Marianas". Es el abismo más profundo del mundo. Es como la vida. Entonces desde ese lugar me gustaría seguir escribiendo y lo que la vida te vaya mostrando en el proceso, juntarme con otros. Me gustaría también desde mi historia escribir con un neurocientífico, el comportamiento de la mente ante esas situaciones asesinas y terroristas. He estado leyendo algunas cosas sobre ese tema, y tanta gente que vive con personajes que no saben que tienen esos comportamientos.
-¿Cómo definiría la mente de Pablo?
-Me cuesta mucho disociar esas dos personalidades porque siempre es como que estuve al lado del hombre que apostaba por la familia, por sus hijos, por su mujer, y por mucha gente. Era un hombre al que le importaba mucho el dolor de la gente y estar presente en sus miserias. Pero al mismo tiempo era un hombre con esa ira ante un país y sus enemigos, y eso es muy fuerte. Ver esos dos personajes en un solo cuerpo, no he podido terminarlo de entender.
-¿Cómo le gustaría ser recordada?
-A mí me gustaría que me recordaran como una mujer resiliente, comprometida con sus hijos . Y una mujer comprometida también con las nuevas generaciones, para aprender de esta historia. Que en ninguna circunstancia de la vida, permita que la luz y tus sentidos se apague. A mí me gustaría que me recordaran no por ser la viuda de Pablo Escobar, sino por una mujer que siempre reinventó opciones para encontrarle sentido a la vida.
Pablo era un hombre al que le importaba mucho el dolor de la gente y estar presente en sus miserias. Pero al mismo tiempo era un hombre con esa ira ante un país y sus enemigos, y eso es muy fuerte. Ver esos dos personajes en un solo cuerpo, no he podido terminarlo de entender
-¿Le encontró sentido?
-Siempre. Yo creo que por esa razón nunca he tomado una pastilla, soy una persona sana, no tengo adicciones de licor, ni de drogas ni nada de eso. Todo el tiempo le he encontrado sentido a la vida.
-¿Nunca pensó en rehacer su vida con otro hombre?
-Quedé muy traumada con esa situación, y a mis terapeutas siempre les he dicho que me voy a enamorar de mis hijos y de los libros. Porque me da mucho miedo tener que hacerme responsable de lo que le pase al destino de otra persona que se me acerque.
-Siente que le quedó una marca.
-Exactamente. Puede tener sus consecuencias entonces, por más que el otro se equivoque yo voy a ser responsable de eso. Muy pocos me reconocen por mi nueva vida. No me miran como mujer, sino como la extensión en el tiempo de la maldad de mi marido. Antes era Victoria Eugenia Henao, ahora soy María Isabel Santos. Para siempre.
Luego de decir esas palabras, Sebastián, su hijo, hace señas. Es hora de irse. Su nieto los espera. Antes, Isabel dedica un libro para Infobae: sentada a un sillón, lo abre y escribe con letra prolija.
"Buenos Aires, 8 de noviembre. Un camino de vida que se pudo construir. Con cariño, Victoria Henao Escobar".
Luego de firmar, se sorprende. Y confiesa: "Es la primera vez en 25 años que firmo con mi nombre real. Quizá se me escapó, o es que este libro me hace reencontrar, aunque sea por instantes, con aquella que fui y nunca más volveré a ser".
Fuente: Infobae
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De la Ferrari negra de Maradona al DeLorean: los autos más icónicos de la historia se pueden ver en Palermo
El automóvil trascendió su función mecánica para integrarse profundamente en el imaginario colectivo, convirtiéndose en uno de los símbolos más potentes y versátiles de la cultura moderna. Más que simples objetos de transporte, son extensiones de la identidad, reúnen características aspiracionales y están cargados de narrativas.
Esta semana llegaron a Buenos Aires 15 de los modelos más icónicos de todos los tiempos, históricamente vinculados a celebridades y personas que dejaron su huella en el arte, la música y el deporte, entre otros campos.
La exhibición “Íconos sobre Ruedas” presentó por primera vez en Argentina varios vehículos de la colección de Jorge Yarur, creador de la Fundación Museo de la Moda que se encuentra en Santiago de Chile.
Acacia Echazarreta, integrante del Departamento de Curaduría de la institución, le contó a TN de qué trata la muestra. “Nuestra colección, con sus 19.000 piezas de vestuario y accesorios, busca congelar el tiempo. Tratamos de retratar distintos estilos, artes decorativas, el aspecto deportivo... de cómo la gente vestía para jugar fútbol, con camisetas y botines, entre otras prendas y objetos que se vinculan al deporte. En este caso, además, tenemos el auto de Maradona: un Ferrari Testarossa negro“.
La Ferrari negra de Diego Maradona, por primera vez en la Argentina
El modelo que protagoniza una de las mejores anécdotas relacionadas a la vida de Diego estuvo de visita por primera vez en el país, luego de casi cuatro décadas de estadía en Europa. Fue el primer obsequio que recibió “Pelusa” tras conquistar la Copa del Mundo de México 1986, cortesía del por entonces presidente del Napoli, Corrado Ferlaino.
El proceso para que las llaves de aquel mítico auto deportivo llegaran a las manos de Maradona fue caótico. Guillermo Coppola, exmanager del Diez, tuvo que convencer al mismísimo Enzo Ferrari de pintar de negro un modelo que solo conocía el rojo. Luego, gestionó la venta del coche en un aeropuerto por un precio mayor al que había pagado originalmente, con el fin de reconciliar a Ferlaino con Diego. Algo de esa historia estuvo presente en Buenos Aires.
“Tenemos una gran colección de Maradona porque obviamente es un gran ícono del fútbol. Se puede ver la evolución de su vestuario desde que tiene un short del Cebollitas, pasando por mítico año 86 y llegando hasta cuando le hacen su partido despedida", explica Acacia. Junto a la Ferrari negra se iluminó la camiseta titular del Napoli que usó Diego.
“Traer estos objetos y vehículos fue toda una experiencia”, cuenta la curadora. "Esta fue una primera vez que tuvimos que traer vehículos y toda una colección pasando la cordillera. Se necesitaron unos 11 camiones especializados para estos 15 autos. Fue un trabajo bien inusual para el museo: tuvimos que esperarlos, bajarlos, recibirlos y subirlos a las plataformas para luego ubicarlos en el pabellón".
Luego, explicó el criterio con el que se montó el evento al que pueden concurrir los fanáticos hasta el 2 de octubre en Costa Salguero. “La idea de la exposición, como decía el título, fue 'Íconos sobre Ruedas’. Por lo tanto, se eligieron vehículos emblemáticos. Obviamente, para la Argentina, este de Maradona es muy simbólico. Otros que le gustan mucho al coleccionista son por la época o por el personaje, como Marilyn Monroe".
Entre los coches exhibidos también estuvo el legendario DeLorean que se utilizó en la célebre película Volver al Futuro. El modelo fue abierto para el público, mostrando los detalles de un tablero que permanece impoluto y colorido.
“El fuerte de la colección del museo son los años 60 y los años 80, por lo que también hay personalidades de ese tipo y autos icónicos del cine, como el DeLorean, que es muy representativo de la máquina del tiempo de esa película. La selección tuvo que ver con la visión y la colección del propietario“, expresó Acacia.
“Si podemos nombrar algunos de los autos, el más representativo es el de Diego Maradona. Pero también tenemos el Thunderbird de Marilyn Monroe; un Beetle de Olivia Newton-John; un Lincoln de la colección presidencial, que es un modelo similar al que usaba Kennedy; y el Corvette del ’66 de Slash (de Guns N’ Roses), entre otros".
De esta manera, los fanáticos disfrutaron de una exposición casi sin precedentes en el que, con autos y piezas históricas, pudieron revivir parte de la experiencia que estos objetos les brindaron a las mayores celebridades de la historia.
Fuente: TN
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Eran adolescentes, sus familias se oponían al noviazgo y un embarazo los llevó al altar: el amor de 38 años que resiste prejuicios
Viajemos en el tiempo hacia 1987. Fue ese año que Fernando B. y Graciela D. se conocieron. Ella estaba en tercer año y por cumplir los 16. Él cursaba quinto en el mismo colegio y tenía 17. Si bien Fernando era compañero del hermano de Graciela, fue un amigo en común quien los terminó uniendo. El amor naciente se selló formalmente con un beso el día del cumpleaños de 16 de ella: el domingo 25 de octubre, en un boliche de Berazategui, en una especie de lo que ahora llamaríamos “matiné”, eventos donde solían sortearse viajes de egresados. Y el amor que los atravesó fue fulminante.
Resistencia intramuros
Fernando cuenta que con su compañero y hermano de Graciela eran “como el agua y el aceite. Te hago una metáfora musical… él era Rolling Stones y yo era Beatle, ¡muy distintos”!. Pero no solo el hermano era diferente, también la familia de su novia era muy estructurada. Graciela es la menor y además de tener dos hermanos varones, su padre es militar. Es de la marina. Ella era la única mujer y siempre intentó transgredir en lo que podía esas estrictas normas. Y bueno, hacía cosas que no aprobaban… ¡Yo era parte de lo que no aprobaban! Creo que me rechazaban por una cuestión de diferencias. Mi suegro es del interior y quizá pensaba que yo pretendía hacerme más de lo que era, que mi padre era medio como un intelectual… qué sé yo. No sé realmente. Pero no era fácil y a Graciela la controlaban completamente. Por todo esto, al principio, ella no les contó que estábamos de novios. Yo iba a visitarla con este amigo en común, pero un día empecé a ir solo y se volvió evidente que algo pasaba entre nosotros. Decidí que tenía que hacer algo para que su padre me habilitara a visitarla sin problemas. Sabía que él volvía de trabajar a las 16 y, entonces, me paré en la calle a esperarlo a las 15.30, cerca de su casa. Cuando lo vi llegar, lo paré y hablamos. ¡No se lo esperaba! Formalmente su respuesta fue que sí, que estaba todo bien, pero me advirtió que la cuidara…”.
Fernando quedó habilitado para las visitas como novio. Pero la resistencia a la relación entre ellos aseguran que se percibía en el aire. También en la casa de Fernando su madre se oponía: “El único que nos apoyó sin condiciones fue mi viejo. Él había estado casado dos veces antes, tenía más hijos, hasta que se casó en la tercera oportunidad con mi mamá a quien le llevaba veinte años. Había vivido mucho, era más abierto y nos entendía. Era mucho más permeable a nuestras elecciones y se lo notaba contento con mi pareja.. Se notaba contento con mi relación. ¡Nos bancó siempre!”.
A pesar de los recelos no abiertamente expresados por sus familias, el noviazgo siguió su curso.
La despedida
Fernando recuerda con profundo dolor esa época: “Yo ya estaba cursando medicina. Ella, en el colegio todavía. Pasado enero y febrero de 1989, Graciela empezaría quinto año del secundario en el sur. Fue un verano insoportable porque sabíamos que nos íbamos a tener que separar en breve. Me fui con mis padres y mi hermana de vacaciones a Córdoba, como todos los años. La pasé mal porque descontaba los días. Éramos dos adolescentes enamorados hasta el tuétano que estábamos devastados porque tendríamos que vivir lejos el uno del otro”.
Y llegó el momento de la despedida. Era un día gris de fines de marzo. El suegro de Fernando ya estaba instalado en el sur desde hacía algún tiempo. Ahora, viajaban su suegra con su novia y sus hermanos. Saldrían de Ezeiza en un avión de la marina.
“Fui con ellos para poder despedirme y estar con Graciela hasta el último segundo. Nos tomamos el tren en Berazategui, luego algo de Constitución a Retiro y de Retiro un micro de la Marina hasta Ezeiza. El vuelo se demoró porque había muchísima niebla. En esas horas de espera pensamos en fugarnos. Estábamos desesperados. Pero en un momento de normalidad pensé que no era una opción hacerlo, íbamos a lograr que hubiera más lío del que ya existía. ¡Nos mirábamos y nos decíamos nos vamos! Lo hablamos, pero al final no lo hicimos. En un momento, hasta llegamos a ir a la puerta, pero no pudimos tomar la decisión. Recuerdo que ella se iba caminando y me quedé, pegado al vidrio, mirando cómo subían a la escalera del avión. Hice el mismo recorrido que habíamos hecho juntos para volver. Solo y con un dolor inmenso”, recuerda Fernando como si fuera hoy.
Hoy no tienen dudas de que ese fue el momento más triste de sus vidas.
Ya para este entonces la joven pareja, es importante contarlo, ya mantenía relaciones sexuales.
Un reencuentro crucial
“Desde el principio, empecé a pensar cómo me iría hasta Río Grande para poder volver a verla”, admite Fernando quien aclara que no tenía un peso, eran muy chicos todavía y viajar en avión era carísimo.
La vida siguió con eternas llamadas telefónicas a diario. Horas y horas de teléfono diciéndose cuánto se amaban. Tanto se extrañaban que los padres de Graciela terminaron aceptando dejarla ir una semana a Buenos Aires en el mes de mayo.
Graciela llegó el 6 de mayo y se quedó unos días en la casa de Fernando y otros en la casa de una tía de ella.
“Mis suegros y mis padres estaban en contacto permanente porque imaginate que querían saber qué hacía su hija cada día. En mi casa dormía en la habitación con mi hermana. Pero estábamos todo el tiempo juntos. Te reconozco que mi mamá también boicoteaba, sutilmente, la relación. Creía que éramos muy chicos. Pero nosotros estábamos tan comprometidos con nuestro amor que si nos decían que teníamos que irnos a vivir abajo de un puente o a un caño lo hubiéramos hecho. No pensábamos mucho, sentíamos”, reconoce.
Cuando Graciela volvió al sur ya no lo hizo sola.
A las semanas notó que tenía un retraso en su menstruación. Como no se cuidaban, era claramente posible un embarazo. No dudó en hacerse un test. ¡Positivo!
“Me llamó a escondidas de todos -cuenta Fernando- y me dijo que tenía que hablar conmigo. Me dijo: Estoy embarazada. Imaginate, ¡yo estaba a 3000 kilómetros de distancia! Llorábamos los dos en el teléfono. Sabíamos que podía pasar y sucedió. Bueno, ahora había que ver qué hacíamos, cómo seguíamos”.
Era junio de 1989. Fernando eligió hablar primero con su padre porque era quien lo apoyaba siempre.
“Mi viejo fue sumamente práctico. Con él se podía hablar de todo, con mi vieja no podías. Me planteó las tres alternativas, no juzguemos si eran buenas o malas ideas, simplemente fue lo que me dijo y agregó que me iba a bancar lo que decidiera: interrumpir el embarazo, seguir adelante o hacerme el tonto y ver qué pasaba. Obviamente no pensaba hacerme el tonto, la amaba, era una pareja seria y mi novia. Tampoco quería un aborto porque era nuestro hijo. Íbamos a seguir adelante, eso le dije. Me dijo que nos ayudaría como pudiese. Yo sentía que necesitaba hablar con Graciela frente a frente, no por teléfono, para planear el futuro”.
La ayuda del cuñado
Fernando estaba decidido a verla. Tenían mucho para conversar y ponerse de acuerdo.
“Justo mi cuñado vino del sur por unos días. Graciela le había contado a su hermano lo que pasaba, no a sus padres. Así que hablé con él y le conté que pensaba viajar a verla y charlar pero que no tenía manera de hacerlo porque carecía del dinero necesario”.
Así fue que a Fernando se le ocurrió una transgresión. Le pidió a su cuñado el documento y le dijo que sacaría un pasaje gratis de la marina a su nombre e intentaría usarlo él para viajar. Su cuñado terminó accediendo, después de todo su hermana estaba en una situación compleja.
“Me lo prestó y fui al Edificio Libertad y saqué el pasaje a su nombre. Hasta ahí era todo legal. Pero lo que hice después fue devolverle el documento porque él lo necesitaba y el día del viaje fui solo con el pasaje. Me haría pasar por él. Como no era un vuelo comercial era distinto y, en esa época, por ahí era más fácil porque no había los controles actuales. Había un tipo de la marina que te miraba y pasabas. Pero justo el tipo que me recibió el pasaje era un compañero de mi suegro… Se dio cuenta de que yo no era el hijo de su amigo. Me miró, hizo una cara y me dijo: Pasá. Creo que fue de onda porque sabría del noviazgo, no sé. Salimos y en la parada de Trelew nos dijeron que había una tormenta brava y anunciaron que a lo mejor tendríamos que hacer noche en Río Gallegos y que para eso nos pedirían los documentos y los pasajes. Me quería matar… yo tenía el pasaje con un nombre y mi documento. Estaba en el horno. Pero otra vez tuve suerte: de pronto el clima mejoró y seguimos viaje hacia Río Grande. Cuando aparecí en la casa de mis suegros no entendían nada. Creo que se querían matar que estuviera ahí. A él se le salían los ojos de la cara como en los dibujitos animados… (se ríe) Creo que nunca supo cómo llegué ese día. Hasta hoy… ¡si es que lee esta nota!”
Fernando se quedó tres semanas en la casa de Graciela conviviendo con sus padres y hermanos. En esos días contaron lo del embarazo. Hubo discusiones, caras largas y muchísima tensión en el ambiente.
“Yo siempre fui bastante diplomático y traté de evitar el conflicto, pero un día de esos me cansé. Y dije me voy, armé mi bolso y dije que iba a dormir a la calle o dónde fuera. Dejé la casa sin un peso y hacía un frío brutal, doce grados bajo cero. Primero me fui al playón donde están los camiones y empecé a preguntar a los conductores si alguien me podía llevar hasta Buenos Aires. Nadie quiso. ¡Ahora que soy productor de seguros lo entiendo! Pero en ese entonces no lo entendí y me sentí decepcionado por la falta de ayuda. Luego pensé en irme al hospital, ahí habría calefacción. Finalmente los padres se apiadaron de mí y me fueron a buscar para que volviera. Tres o cuatros días después mi suegro me consiguió un vuelo de la marina para regresar a Buenos Aires. Llegué de sorpresa a mi casa, porque no tenía ni monedas para llamar por teléfono de una cabina pública. Mi madre estaba entre contenta y enojada por toda la situación”, relata, “Graciela y yo teníamos nuestros planes, no los consultábamos con nadie. Estos eran: casarnos, tener nuestro hijo y estar juntos donde pudiéramos. Mi viejo tenía un negocio de cirugía y ortopedia y otra vez nos puso el hombro, se convirtió en nuestro ángel guardián: me dio trabajo. Informamos a nuestras respectivas familias que nos íbamos a casar. No quedó otra que lo aceptaran, sino lo hacían esperaríamos a que ella cumpliera 18 y lo haríamos igual”.
Una cama prestada y la primera hija
En septiembre Graciela consiguió viajar a Buenos Aires. Ya cursaba el cuarto mes de embarazo. Fernando la esperaba con la fecha para casarse por civil: 28 de septiembre de 1989. En esos días, además, fueron juntos a hablar con el sacerdote Luis Farinello quien los recibió en Quilmes y aconsejó con infinita paciencia. Explica Fernando: “Yo soy católico, pero no practicante. Pero ella sí lo es. Quería el casamiento por iglesia. Entonces nos fuimos hasta Quilmes para reunirnos con él. Le reconocí a Farinello que lo hacía por ella, que no era creyente. Él nos habló de una manera que me llegó al alma. Aceptó la situación y me agradeció la sinceridad. Pusimos fecha en su iglesia de Quilmes para el día siguiente del civil: el 29. Las dos familias, medio a regañadientes, fueron a los dos casamientos, al civil y a la iglesia. No aprobaban, pero fueron”.
Pero eso no era todo. No tenían casa.
“No teníamos donde ir a dormir después de casarnos. Así que en los días previos le pedí a mi vieja si me prestaba el pequeño departamento de atrás de la casa de ellos, pero no aceptó. Y me recitó un dicho popular: El casado casa quiere. Mi viejo apareció una vez más para salvarnos y me alquiló enseguida, a escondidas de ella, un departamento pequeño y salió de garante. Pagó y listo. Se lo dijo a mamá cuando todo estaba cocinado y resuelto”.
Fernando trabajaba con su padre y empezó a estudiar menos. No le alcanzaba el tiempo. Pero ya estaban juntos, tenían un techo, una cama y una mesa prestadas. Eso les alcanzaba. El amor bastaba.
En febrero de 1990 nació M. La situación se fue normalizando de a poco. Con el tiempo consiguieron otro departamento, también ayudó un poco su padre, y Fernando optó por dejar definitivamente los estudios universitarios.
“No podía sostener la situación de trabajar y estudiar. Con un dinero que me prestaron puse un negocio de ortopedia, igual al de mi papá, en San Francisco Solano. Sorpresivamente, nos empezó a ir muy bien. Un año y medio después pudimos comprar nuestra primera casa. Era una quinta semiabandonada. Pagarla fue otro lío porque en el medio me estafaron con un plan de ahorros. En fin, por suerte el dueño me esperó a que sacara un crédito y en diciembre de 1993 nos instalamos ahí. Claro, pero no teníamos auto. Yo tuve varios trabajos distintos, uno en San Fernando, para sumar más dinero y Graciela trabajaba en el negocio que teníamos en Solano, al cual iba con nuestra hija. Abría a la mañana y a la tarde, en el medio volvía a casa por un par de horas. Para ir al local desde donde vivíamos tomábamos 3 colectivos, ¡entre ida y vuelta eran 6! Pero, como iba dos veces, terminaba tomando 12 por día. Hacíamos una vida de locos. Pero en la pareja siempre estábamos muy bien, enamoradísimos. Así que no había quejas. En 1996, nació X. Para esta época estábamos más acomodados, pero curiosamente siempre distante con nuestras familias. Quizá un poco por orgullo propio y no querer pedir nada más. Pero lo cierto es que, salvo mi viejo, nadie nos ofrecía ayuda con las chicas ni nada. Hacíamos nuestra vida como podíamos. Con mis suegros nos veíamos una vez cada ocho meses. A veces creo que ellos creían que nuestra pareja se iba a desmoronar, pero lo loco es que fue la única que perduró. En 2004 nació V. nuestra tercera hija que hoy tiene 20 años y trabaja conmigo”.
Deseos no cumplidos y mensajes
Fernando tiene guardados sentimientos encontrados con su familia política. Siente que no se interesaron lo suficiente por sus nietas: “Es como si no les interesaran demasiado. Nunca las llevaron a una plaza. ni al cine, ni al circo, ni a nada. En mi familia pasó algo parecido. Pero bueno eso generó discusiones, pases de factura de unos y otros y, por supuesto, lejanía. En el 2003 nos mudamos a Mar del plata, pensé que de alguna manera estaríamos más cerca de mis suegros que ya vivían en esa ciudad desde 1995. Pero tampoco fue remedio. En 2020, finalmente, nos compramos una casa en Mar del Plata. Mis suegros viven a 30 cuadras de mi casa, pero ¿podés creer que no la conocen? No los veo desde hace unos 5 años, mi mujer creo que desde hace 3. Es un poco frustrante porque nunca nos pudimos sentar a hablar bien de por qué es así la relación. Nuestro matrimonio fluye increíblemente, disfrutamos viajar, hacemos deporte, somos felices con nuestras hijas. No podemos entender qué es lo que pasa. Mi papá murió en 2003 y mamá vive, pero también la veo poco”.
El dolor por la lejanía familiar se nota presente en su relato. Pero el matrimonio de Fernando y Graciela parece indisoluble, se los percibe unidos, eligiéndose cada día.
“Llevamos ya 38 años juntos, 36 de casados. Sentimos que la familia somos nosotros cinco. Mis hijas tienen 35, 28 y 20 años. No entendemos por qué no se dio la de la familia extensa, no se terminó de resolver las diferencias. No creo que haya habido maldad, pero sí preconceptos o prejuicios. ¡Nos hubiera encantado tener una relación cercana con nuestras familias! Pero bueno si no sucede, ya está, qué le vamos a hacer”.
A Fernando -quien, además de productor de seguros, tiene inmobiliaria- le dio por la música y hace poco le grabó a su mujer una canción de Alejandro Lerner: Amarte así: “... es vivir un sueño eterno junto a ti, es confiarle al universo este milagro de sentir, amarte así, entregándome al destino que elegí, y que es ese mi camino y yo en el tuyo y compartir…”. La letra, dice, refleja con precisión lo que siente. Graciela, por su parte, maneja desde hace veinte años una escuela de pastelería. Todo el resto de sus vidas lo realizan juntos: suben al Lanín, cruzan la cordillera, realizan largas bicicleteadas y acompañan el camino de sus hijas. Siguen amándose, asegura, con la misma intensidad de aquel 1987. Imposible no creerles.
Fernando dice que se decidió a escribir a Infobae porque lee siempre la sección y observó que muchas historias de amor terminan mal: “¡Nuestro amor terminó bien! Mejor dicho ¡no terminó! Nuestro mensaje es que cuando te amás de verdad no hay boicot posible. Le diría a todos: nunca dejes que nadie frustre tus sueños y siempre peleá hasta el último round de la vida porque ¡vas a obtener tu recompensa!”.
Fuente: Infobae
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Ella lo buscó durante 33 años y él la encontró en 48 horas: la historia del reencuentro de una mamá con su hijo robado
“Él fue robado de mi panza. Yo lo esperaba para el 18 de diciembre. Pero una asistente social me internó el 15, y ya el 16 me operaron y nació. Es decir que adelantaron su nacimiento dos días. Y ahí comienza toda la historia. La triste historia”.
Desde ese día, Nélida Benítez pasó 33 años buscando a su hijo Alejandro. Viajaba desde Misiones para encontrar su cara, aquella que nunca había visto, en el rostro de cientos de niños que se cruzaba cerca de una dirección que le habían pasado en Buenos Aires. Y viéndo a los chicos jugar en el Parque Rivadavia, donde esperó, en vano, la llegada de ese hijo que le había arrebatado de los brazos. Y que crecía, que era un adolescente después, un joven más tarde. Hasta que se convirtió en un hombre de 33 años, que un día, en abril de 2021, decidió buscar comenzar a su madre. Y la encontró en 48 horas.
Así se llama, 33 años en 48 horas, el libro que escribió Alejandro Pérez Guahnon. En sus páginas narra su historia, que no solo es personal. Es también la denuncia -o el testimonio vivo- de un entratamado de corrupción que involucra a la Justicia y la Policía de Misiones. Una historia que Alejandro ya contó por primera vez en Infobae el año pasado.
“El libro no cuesta ningún dinero, no tiene precio: yo lo regalo para quien necesite -aclara Alejandro-. Está ayudando a mucha gente, porque se le empiezan a despertar cosas. Por ejemplo, me contactan madres que les dijeron que su hijo murió y nunca tuvieron la posibilidad de ver su cuerpo: ‘Leí tu libro y me doy cuenta de que también seguramente fui engañada, y me gustaría empezar a buscar’. Lo escribí para concientizar a la gente que estas cosas pasan. Y siguen pasando”.
En el libro, están las palabras de Alejandro. Y en esta entrevista con Infobae, están por primera vez las palabras de su mamá. La otra protagonista de esta triste historia.
La entrevista completa de Alejandro Pérez Guahnon y Nélida Benitez en Infobae.
—Vayamos hacia atrás, Nélida. A la llegada de Alejandro. ¿Cómo era tu vida en ese momento?
—Era de familia pobre pero de corazón limpio. Trabajaba, criaba a mis hijos, tenía mi casa propia. Alejandro era mi sexto hijo. Había tenido cinco, pero uno falleció mucho tiempo antes.
—¿Qué le pasó?
—Nació con un soplo, que tenían que verle siempre. Ese día había paro en el hospital y no lo pudieron atender a tiempo.
—¿Y el papá de Alejandro estaba presente en tu casa, ayudaba? ¿Cómo era el vínculo?
—Él tenía otra familia. Decía que trabajaba en el campo, iba; pero venía siempre. Eso sí.
—Y vos estabas muy sola.
—Sí...
—¿Y cómo te arreglabas para darle de comer a tus hijos estando embarazada?
—Siempre trabajé. A lo que más me dediqué fue a la construcción: yo sola hice mi casa. Entonces, lo que podía hacer, lo hacía.
—¿Había para comer?
—Sí, sí. Porque trabajaba.
—¿Qué pasa ese día? ¿Por qué te internan? ¿Cómo se acerca una asistente social a vos?
—Siempre recibíamos mercadería. Y ese día viene una de mis hermanas, Ana Benítez, y me dice que estaban dando mercadería. Fuimos caminando hasta Acción Social. Yo ya estaba con la panza grande. Mi hermana sube a anotarme para las bolsas de mercadería. Yo quedé abajo; le di mi documento, como de costumbre, para anotarme. Después ella baja: traía la mano cerrada, como que escondía algo; nunca le pregunté qué llevaba en esa mano. Volvimos a mi casa y llega la asistente social, me saluda amablemente, como si me conociera de antes.
—Pero vos no la conocías.
—No, nunca la había visto. No sabía que era asistente social. Como todos teníamos asistente social, entonces dije: “Una más”.
—¿Por qué siempre iba una asistente social? ¿Para ver que los chicos estuvieran bien?
—Mis dos hijos más grandes iban a guardería cuando yo trabajaba. Entonces, todo el tiempo estábamos supervisadas por una asistente social: si tenían las vacunas, si estaban bien. Y bueno, ese día me hizo preguntas, como cualquier asistente social: si yo estaba sola, qué sé yo. Pero empezó a hacer muchas preguntas. Me preguntó por la panza, si estaba atendida mi panza; le dije que sí, que me faltaba el último estudio, y ese fue mi error, porque ella me dice que me acompañaba a hacerme ese estudio. Fui con ella, confiada; era una asistente social. Me dijo que no íbamos a ir al hospital sino a una clínica, Clínica Misiones, porque así me hacía todo más rápido. Me atendieron. Al rato me dicen: “Mamá, no te podés ir porque la criatura ya viene”. “¿Y mis hijos?”, le digo, porque habían quedado solos en mi casa. “Nosotros nos hacemos cargo de todo. Somos asistentes sociales”, me dijo. Ahí ya no me dejaron salir más. Quedé internada. Y que el chico estaba mal, que venía mal... Me dijeron que me iban a preparar para una operación, para una cesárea; nunca me habían operado, a todos mis hijos los tuve normal. Al otro día me llevaron a… Y de ahí no sé más nada, porque me hicieron dormir totalmente.
—Te anestesiaron completo para una cesárea.
—Completo, completo.
—¿Tu hermana tuvo que ver con todo lo que pasó después, fue parte de todo lo que te hicieron?
—Sí, sí...
—Nace Alejandro. ¿Vos le pusiste el nombre?
—Sí. Ya lo tenía elegido.
—¿Y qué te dicen cuando te despertás?
—Pregunté por él. Me dijeron que estaba en neo porque, según ellos, nació mal: que tenía un defecto en la pierna y que tenía que viajar a Buenos Aires. Ellos ya sabían que así como yo estaba, sola, no iba a poder viajar. Y después me dijeron que él había muerto. Una enfermera fue la única que me dijo la verdad. Se acercó como escondida, y me dijo que tenga cuidado con él.
—¿Te hicieron firmar algo?
—Sí. Para que una asistente social lo traiga a Buenos Aires, porque yo de ahí no me podía mover. Yo no podía leer porque estaba dormida.
—Firmaste, todavía anestesiada.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo te tuvieron en ese lugar, Nélida?
—Alejandro nació un miércoles; el sábado salí.
—Y saliste sin él.
—Sí...
—¿Vos suponías que Alejandro estaba en Buenos Aires, atendiéndose?
—Claro. Porque después la asistente social, Nidia Inchausti, me dice: “Ya lo van a operar, está todo listo en el quirófano para él. Llega, lo operan, y en tres meses vas a tener noticias suyas. Nosotros te vamos a cuidar”. Pero desde ahí, nunca más supe de Alejandro. El sábado llega mi marido, Ramón Alcaraz, y me pregunta por Alejandro. “No creo nada”, fue lo primero que me dijo. El lunes hicimos la denuncia. Y fue a buscarla a esta asistente social, que le dice que Alejandro había muerto porque él era un papá ausente. Y que ellos se habían hecho cargo del entierro. Él le dijo que era el papá y que tenía que saber dónde estaba enterrado su hijo. Pero ella le decía que no. Mi marido no le creía, no aceptaba.
—¿Ya se hablaba de la venta de niños en Misiones? ¿Sabías que sucedía, conocías casos?
—Sí, sí. Por arriba, sí. Se hablaba, pero era como una noticia lejana.
—Mientras tanto, ¿qué pasaba con tu hermana? ¿Ella tuvo alguna mejoría económica?
—Sí, sí. Bastante.
—¿Por entregar a Alejandro?
—Sí. Siempre tuve sospechas.
—Hiciste una denuncia, pocos días después de su nacimiento.
—Sí. Por robo de bebé. En Defensoría (de Menores). Cuando me di cuenta, éramos 17 madres pidiendo la misma cosa. Las mentiras que ellos hacían para poder sacarte los bebés... Cómo la manejaban a la madre para firmar. Por ejemplo, yo no firmé la renuncia de él, sino que en uno de los papeles que ellos me hacían leer, ahí salió su adopción. Y yo firmé, por apurarme a que me lo entreguen, porque todos los días era: “Fijate aquella madre, recuperó el bebé. Yo le hice, yo le traje”.
—¿Eso quién te lo decía?
—La defensora de menores.
—¿Que también estaba involucrada?
—También.
—¿Y te seguía haciendo firmar papeles?
—Sí. Y esa denuncia que yo había hecho, me la escondieron. No podían mover ningún papel porque mi denuncia estaba escondida.
—¿O sea que la policía de la provincia también tenía que ver?
—La policía no sé. Pero yo iba todos los días a la comisaría a buscar mi denuncia: “¿Dónde está? ¿Quién llevó? ¿Quién tenía?”. Entonces, cuando todavía no había pasado un año, un buen hombre, que trabajaba en la comisaria, me dice un día: “Yo te veo que sufrís mucho y te voy a contar la verdad. Pero nunca me viste, ni me nombres”. Ahí me dijo que mi denuncia estaba encajonada en el juzgado de la jueza Norma Nilda Lampugnani. Que la familia que lo trajo era Pérez Guahnón. Y me dio la dirección exacta: avenida La Plata 555, en Buenos Aires. Eso se me grabó para toda la vida.
—¿En algún momento alguien quiso sugerir que vos vendiste a tu hijo?
—Siempre. Toda la vida dijeron. Hasta mis hermanas se encargaban de decirlo. Incluso cuando yo venía a buscarlo a Buenos Aires.
—Pero antes de venir a Buenos Aires, hubo un juicio.
—Sí. Cuando me pasan el nombre de la jueza, voy a verla. Y encuentro que también estaba involucrada. En el juzgado me negaban todo el tiempo, entonces un día me meto de la nada, entro a su despacho, porque todos me decían que no tenía que entrar. Yo estaba sacada. A mí no me importaba nada, ni tampoco sabía que era una jueza de mucho poder. Lo primero que le digo es por qué tenía encajonada mi denuncia. Y me dijo que lo iban a meter preso a mi marido para que yo le diga quién nos daba tanta información. Yo nunca le dije quién era. Y le dije que desde Buenos Aires iba a hacer algo por mi hijo, y se ve que ahí tuvo miedo. Lo que ella que quería era que esta gente, los Pérez, lo adopten. Buscaban, que yo le dé la firma para renunciar a la patria potestad.
—¿En ese momento estaban en el periodo de guarda?
—Claro, en el período de guarda.
—Acá tengo el fallo del juicio que se hizo. Un fallo inédito: dice que “tras determinar que los trámites de adopción fueron efectuados dentro de los carriles de la legalidad, la doctora sostuvo que la madre biológica vive en una extrema indigencia, tiene otros hijos, su concubino la abandonó cuando estaba encinta y no reconoció al niño como suyo”. Como si cualquiera de estas cuestiones habilitara sacarle un hijo a una madre: el Estado tiene que acompañar a esa mamá en situación de vulnerabilidad, para criar a su hijo. O sea, esto sucedió, y la jueza fue esta misma mujer.
—Sí. Norma Nidia Lampugnani. Ya no ejerce: en el 2021 le otorgaron la jubilación.
—La Justicia te deja sola. Pero vos seguiste buscando a tu hijo.
—Sí. Toda la vida. Y vine a Buenos Aires, a esa dirección en avenida La Plata. Me encuentro con el portero, le cuento mi historia. Le pregunto si hay una familia Pérez. Y me dice que sí. “¿Tienen un bebé?”, le pregunto. “Tienen dos bebés. Uno ya tiene un año y algo, y el otro está por cumplir uno. Están preparando una fiesta grande. Lo trajeron del Paraguay y la mamá murió”, me dijo. “No, no. Me lo robaron a mí. Yo soy argentina y estoy viva. Alejandro es mi hijo”, le dijo. “Sí, el bebé se llama Alejandro”, me dice. Le cuenta a su señora, que se entusiasma y me dice: “¡Vamos! Yo sé dónde están”. Subimos 10, 11, 12 pisos, no me acuerdo, y tocamos una puerta. La señora del portero dice: “Esta es la mamá del bebé que trajeron”. Y me cerraron la puerta en la cara.
—¿Quién abrió esa puerta?
—Una señora que limpiaba la casa.
—¿Alguna vez lo viste a Alejandro, de chiquito?
—No. Siempre era mi sueño verle, esa era mi misión. Yo me iba a Buenos Aires, trabajaba, hacía de limpieza, y en mis horas libres iba a esa dirección todos los días, porque yo pensaba que ellos lo iban a bajar un día. Me paraba horas y horas frente a ese edificio porque la señora del portero se asustó: “Me van a dejar sin trabajo”, me dijo. Entonces, cuando iba a ese lugar, tenía la Policía encima mío: me pedían los documentos, me preguntaban qué hacía en ese lugar. Al tiempo, cuando vuelvo, el portero me dice que se habían mudado. Después de eso volvía y hacía toda la avenida La Plata, mirando siempre dónde él podía estar. Miraba a todos los nenes. Iba al Parque Rivadavia y me sentaba y esperaba que él vaya a jugar ahí o algo. Durante años volví a esa plaza.
—Nunca renunciaste nunca a tu hijo.
—No, no.
—Lo buscaste, lo sentiste, lo esperaste.
—Toda la vida. Mi rezo siempre era: “Dios, acortá el camino que me separa de mi hijo Alejandro Martín”.
—Mientras tanto, él crecía. ¿Qué soñabas para Alejandro?
—Yo me iba imaginando cómo sería: que ya tenía hijos, que ya se había casado. Como que se iba grabando en mi mente lo que él iba haciendo.
—Hasta que un día, ¿qué pasó?
—Ese día fue fatal... Me llama una de mis hijas y me dice que tiene noticias de Alejandro Martín. “No juegues con eso”, le digo. Creí que me estaba haciendo una cargada, como me hacían mis hermanas. “Mami, te estoy diciendo la verdad”, me dice. Recién cuando me mostraron una foto suya, ahí parecía que yo pisé el suelo... Fue tan fuerte ese día que quería estar viva, sana, fuerte, para conocerlo. Y fue tan fuerte...
Una búsqueda de ida y vuelta
Desde aquel día en una clínica de Misiones, cuando a Nélida le robaron a su hijo, la historia debe hacer un salto, en tiempo y distancia: 33 años después, en Buenos Aires. Y en Alejandro.
“Yo siempre supe que era adoptado -cuenta ahora-. Toda la vida me lo hacían sentir porque yo soy morocho y toda mi familia siempre fueron rubios, de ojos claros, tez blanca. A mis 17, 18 años, cuando mi mamá, Ester, vio que estaba medio en una nube y no iba para ningún lado, entró a mi habitación abrazando una carpeta, llorando como nunca la había visto. ‘Yo siempre te quiero contar la verdad’, me dijo. Y como lo que uno menos quiere es ver a sus papás llorando, le dije: ‘No me interesa nada. Llevate esa carpeta’“.
—Esa carpeta era la posibilidad de conocer tu origen. ¿Te angustió? ¿Qué te pasó con eso?
—En ese momento no entendía qué era. Para mí había una familia que no podía hacerse cargo de mí, entonces cerré un candado en mi cabeza diciendo: “Esto queda de lado, no sé hasta cuándo”.
—Pero años después, cuando abrís esa carpeta, nace 33 años en 48 horas.
—Sí. 48 horas de búsqueda, sin parar. En esa carpeta estaban los papeles de mi adopción, pero también la denuncia de mi mamá hacia la asistente social, y hasta el artículo de un diario, donde estaba mi nombre escrito. Ahí mi cabeza hizo un clic.
—¿Les preguntaste a quienes te criaron qué era todo eso, o iniciaste una búsqueda por otro lado, buscando tus propias respuestas?
—Primero empecé a investigar solo. Yo ya era papá y estaba casado, pero me alquilé un departamento y me encerré a buscar. Necesitaba tener la cabeza totalmente en blanco para poder asociar todo esto, que era demasiado para mí. Y ahí, desde ese 12 de abril del 2021 que abrí la carpeta por primera vez, estuve 48 horas buscando sin parar.
—¿Qué te habían contado a vos?
—Que me adoptaron el mismo día de mi nacimiento. Ellos ya habían adoptado a mi hermano mayor con la misma asistente social, y también en Misiones. Esta asistente social le dijo: “Hay un chico en adopción, la madre lo dejó porque no podía hacerse cargo. Pero si ustedes quieren hacerse cargo del chico, tienen que viajar hoy”. Eso fue el 16 de diciembre, a las 10 de la mañana; el día que nací. A la noche ellos ya estaban viajando a Misiones. Y esa misma noche, me encontraron ahí, en la clínica. Mi mamá estaba dormida en la misma clínica.
—¿Vos les creés a ellos que no sabían?
—Sí, sí. La asistente social también le mintió a mis padres adoptivos diciéndoles que el problema no era que había una denuncia porque mi mamá me quería de vuelta, sino que mi papá quería plata por mí. Le daban una versión a mis padres adoptivos, y otra a mis padres biológicos.
—Esto es terriblemente doloroso, y me parece importante aclarar que hoy la adopción directa en Argentina está absolutamente prohibida para impedir todos estos mecanismos. ¿Vos entendés que existió algún tipo de intercambnio económico?
—Sí, sí. No me contaron en ningún momento que hubo un pago, pero sí que las adopciones en ese momento eran por escribanía pública. O sea, una persona se anotaba en una escribanía, entraba en una lista y una asistente social se comunicaba con las familias para avisarles que había un chico en adopción. Entonces, cuando se enteran de eso, la asistente social les dice que debían mandar plata, ropa y comida para poder ayudar a la madre. Y luego de eso, se hacían cargo del chico: ahí comenzaba el período de guarda. No me dijeron que hubo un pago, pero sí me contaron que pagaron la clínica y que ayudaban con estas cosas, que ayudaban con plata. Claramente, hubo un pago en cuotas, podemos decirlo, a la asistente social. Cuando empecé a investigar, me di cuenta cómo funcionaba este sistema. Y es más: hasta llegué a escuchar que hay chicos que valen 40.000 dólares, 50.000. Todo dependiendo si es rubio de ojos claros, si es moreno. No lo podía creer.
—¿Cómo la buscaste a tu mamá?
—Lo primero que hice fue buscarla con el nombre y apellido en Dateas. Me salía una dirección, que era la casa anterior donde vivían. Lo primero que dije fue: “Está viva. Tengo que buscarla”. En la denuncia estaban los nombres de tres de mis hermanas: Carolina, Micaela y Gisele. Me puse a buscar por Instagram y Facebook. Les mandaba mensajes a todo el mundo con ese apellido, con esos nombres, con paradero en Misiones, en Posadas. Trataba de ir atando cabos para poder ir achicando un poco esta búsqueda.
—Hasta que respondió alguien.
—Sí. Contacté a mi hermana Gisele. Tuvimos nuestro primer chat. Le dije que estaba buscando a mi mamá, de nombre Nélida Benítez.
—¿Y qué te dijo?
—Lo primero que me preguntó fue mi nombre. Después, la fecha de mi nacimiento. Y dijo: “¡Guau!”. Ella estaba muy ansiosa, no podía creer lo que estaba viviendo. Y me dijo: “A vos te robaron de la panza de mi mamá, de una clínica. Y te estuvimos buscando durante toda la vida. Dejamos nuestras cosas acá y viajamos a Buenos Aires, hasta que tuvimos que volver. Pero mamá después fue y volvió con papá a buscarte".
—¿Y a vos, qué te pasó cuando te dijo eso?
—Y... no tengo palabras para explicarlo. Es como saltar de una vida a otra, como resucitar de la muerte, que ni siquiera sé lo que significa eso. Como levantarme de un coma. Había vivido toda una vida y de repente me entero que esa no era mi verdadera identidad. Sabía que era adoptado, pero todo lo que había detrás de esta adopción.
—¿Y la primera conversación con tu mamá?
—Gisele me dijo: “Llegó mamá, si querés podés llamarla”. Y ahí me dio miedo... La llamé. Y tuvimos nuestra primera videollamada. Contale vos, mamá.
Nélida: —Hasta hoy no sé si creo o no creo. Si estoy en el aire o estoy caminando. Todavía no… Quedé un año en shock. No sabía quién era.
Alejandro: —Estábamos recuperando estos 33 años, porque el día que empezamos a hablar, de repente éramos como mamá e hijo, como si hubiéramos vivido toda la vida juntos.
Nélida: —Toda la vida juntos... Nos conocíamos los dos, todo.
—¿Y cuando lo viste?
Nélida: —Fue dar gracias a Dios porque me escuchó. Nada más. Eso fue todo lo que di: gracias a Dios, que lo encontré. En cada cumpleaños suyo, siempre se hacía una torta. Y la vela de Alejandro se apagaba entre todos los hermanos. Siempre estaba vivo en la mente de mis hijos. Para ellos, siempre estaba vivo.
—¿A cuánto tiempo de esa llamada viajaste por primera vez a conocerlos?
Alejandro: —A los pocos días. Tenía miedo de conocerlos, por temor a que me rechazaran. Hasta que no aguanté más, y fui.
—¿Te enojaste con Alberto y Ester?
Alejandro: —Sí, me enojé mucho.
—Nélida, ¿te pidieron perdón?
Nélida: —No, no. Yo fui para ellos un objeto: ellos buscaban un hijo adoptivo. Los que vendían encontraron el lugar para ubicarlo a él, para hacerme la maldad a mí. Los Pérez no estaban preparados para él: desde Misiones los amenazaban, que si no lo tenían a Alejandro, le sacaban el hijo por quien ellos tanto pelearon. El otro, adoptado.
—¿Esto era así?
Alejandro: —Sí. Los amenazaron diciendo eso: que no iban a poder adoptar más. Y mis papás no podían tener hijos. Entonces lo único que hicieron fue aceptarlo.
Nélida: —Pérez fue a mi casa con una asistente social, un abogado, no sé qué, a ofrecerme plata para que yo retire la denuncia. Es decir: él sabía donde yo vivía, sabía que buscaba a mi hijo. Sabía que me lo robaron. No podés tener un bebé y decir: “No supe que te robaron”.
—¿Hoy están separados?
Alejandro: —Sí. Se divorciaron en el ’98. Y para mí, esto tuvo que ver, totalmente.
—¿Cuál es tu lectura?
Alejandro: —Que vivieron cosas que unas personas normales no viven. Y habrán llegado a un punto que no quisieron más. Tenían muchas peleas, discutían mucho.
—¿Qué te pasa a vos con esa oferta de plata que cuenta tu mamá?
Alejandro: —Hay tres versiones distintas: la de mis padres biológicos, pero también la versión de Alberto y la versión de la abogada que lo acompañó. La de ellos dos se contradice mucho. Sé que hay cosas que no me están diciendo. Hay algo raro. Lo que me cuenta Alberto es que había unos chicos ahí jugando en el piso, que vivían en un lugar de mucha pobreza, con paredes de machimbre, piso de tierra, techo de chapa. Y le preguntó a la señora que estaba ahí, la hermana de ella, por qué había hecho una denuncia. Y lo que dice Alberto es que había hecho la denuncia porque apareció mi papá, que quería tener a su hijo de vuelta, y que quería plata. Entonces, se levantaron y se fueron. Ahí termina la versión de Alberto.
—¿Y vos qué crees Ale?
Alejandro: —Que se equivocaron mucho. Más que nada Alberto, porque no me habla, no me da explicaciones. “¿Vos todavía crees que te robaron?”, me dice. “Sí, por supuesto”. Yo todavía no terminé de cerrar la historia, no conozco toda la verdad.
—¿Seguís en contacto con ellos?
Alejandro: —No. A Alberto le mando mensajes para que nos veamos, me dice que sí, pero nunca tengo una respuesta. Y Ester también. Siento que están enojados conmigo. Pero bueno, es la búsqueda de mi identidad. Es más importante.
—¿Y vos, con ellos?
Alejandro: —Estoy decepcionado.
—¿Los extrañás?
Alejandro: —Tampoco.
—Nélida, yo lo escucho a Alejandro y siento que él también te buscó toda la vida.
Nélida: —O me necesitó toda la vida...
Fuente: Infobae
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